Ciento una (...) divagaciones de un andoba de Cornago

 

CIENTO UNA (¡MIRA QUE ERES HIPERBÓLICO!) DIVAGACIONES DE UN ANDOBA DE CORNAGO


En "Amor y pedagogía", de Miguel de Unamuno y Jugo, una de las cuatro novelas canónicas (junto con "La voluntad", de José Martínez Ruiz, "Azorín"; "Camino de perfección", de Pío Baroja Nessi; y "Sonata de otoño", de Ramón María del Valle-Inclán) de 1902, annus miríficus, concretamente, en la página 79 (de la novena edición de Espasa-Calpe -en su colección Austral-, que manejo), podemos leer: "-Extravaga, hijo mío, extravaga cuanto puedas, que más vale eso que vagar a secas. Los memos que llaman extravagante al prójimo, ¡cuánto darían por serlo! Que no te clasifiquen; haz como el zorro, que con el jopo borra sus huellas; despístales. Sé ilógico a sus ojos, hasta que renunciando a clasificarte se digan: es él (y, llegados a este punto -que, en realidad, no es más que una coma-, los lectores daremos de lleno en el blanco o centro de la diana y aprenderemos la lección si mudamos la gracia y el primer apellido del protagonista del relato, Apolodoro Carrascal, por los nuestros), especie única". Hacemos caso al rector salmantino (que ha conseguido disfrazarse o -mejor urdido todavía- metamorfosearse en su padre, Avito) y nos disponemos a llevar a feliz colofón la tarea dicha, mas no sin advertir antes, como hiciera asimismo el bilbaíno en el prólogo a y/o de la citada obra, que "el capricho o la impaciencia, tan mal consejero el uno como la otra", han debido dictarnos esta se llame como se llame, "multiextravagancia" o "pluridivagación", y/o sea lo que sea. Tenemos por verdad radical (la esperanza de vida de una certeza de este jaez está en relación directa con la calidad del brillo que despide, pero no es, como cabría esperar y sostienen legión, inversamente proporcional a la cantidad de polvo -habría que distinguir, como ocurre con el colesterol, entre bueno y malo- que contrata) que acertamos (a excitar nuestra hilaridad hasta aproximarla a las fronteras infrecuentes de sus umbrales máximos, las playas del mar Muerto, patria común del llanto alegre -al que solemos acudir siempre que lo necesitamos y del que acostumbramos a recibir, siempre que se lo impetramos, unas cuantas lágrimas de su donoso humor, las cabales; está comprobado: para aderezar los intentos intermitentes y vanos del demonio por doblegar, ejercitando todas las malas artes aprehendidas o entresacadas del vasto "Repertorio de tentaciones", compilado por Astarot, Belial y Cojuelo, la voluntad insobornable de una inteligencia íntegra, no hay condimento mejor ni toque más personal- y del amargo, y las riberas del río Manzanares, que -esta digresión la agradecerán los desmemoriados: su fama descansa en el eterno retorno de su befa o mofa- continúa riéndose -y nosotros acompañando con la habitual guarnición de grácil retranca, aliviando sin querer el contenido áureo de nuestro botijo y tiñendo de gualdo el algodón polípomo o la afrutada o atrufada seda, cada nueva greguería del dios Ra, cada nueva aldraguería del dios Amón; ayer, sin ir más lejos, en el frontispicio de la revista El zahorí, leímos la última: "El mejor (re)medio anticonceptivo del mercado es la boba fealdad"- de los caudales de sus hermanos, porque entiende que el suyo, suma del producto de las enuresis de quienes acuden a verlo, sigue siendo el único de oro neto) cada vez que impedimos el acceso (quienes damos la bienvenida al martillo de candores, el haz, la cara que muestra Selene, no solemos advertir que, en ese mismo -incauto- momento, estamos despidiéndonos de nuestra cotizada prez, desprendiéndonos de la renombrada probidad de nuestro cántaro, el envés, la cruz con la que el Orbitnik o Lunik III, en octubre de 1959, condecoró sin decoro, o sea, condenó subrepticiamente a la pudibunda Febea) a nuestros benditos altares a quienes, hisopo en mano, esgrimen falsa devoción por nuestras reliquias y, plegaria en boca, fingen honesta veneración por nuestros sagrarios.


Así, de este perspicaz modo (magro, pero no lo suficiente como para poder optar al fantasmagórico plácet, el pase que permite a los espectros entrar en todos los salones del mundo y, aherrojándoles cuello, muñecas y tobillos, vagar por todos los pasillos de moda), evitamos la catástrofe, esto es, tener que vernos en la turbadora obligación de reconocer lo que tantos (interinos) tontos, lo que tantas (transitorias) tontas: que los únicos responsables del desasosiego y la caquexia (error y horror) reinantes en nuestros respectivos santuarios somos nosotros; que si nosotros no hubiéramos acogido al camaleónico íncubo/súcubo en nuestras catedrales ni incubado las protervidades del susodicho en nuestras capillas, los fanales o faroles satánicos nunca habrían deslumbrado nuestras sacrosantas tallas (ni, en consecuencia, habríanse demudado nuestras alcancías ni amojamado nuestras alhajas) y las lamentaciones (¿Quién ha vulnerado con blasfemias nuestros fervores? ¿Quién ha usurpado con irreverencias nuestras ustorias? ¿Quién ha avinagrado nuestros griales? ¿Quién ha enmohecido nuestras patenas?) nos las habríamos ahorrado.


E. S. O., un andoba de Cornago




Escrito por: esounandobadeco 0 comentarios 02 Dic 2006 URL Permanente

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Mendalerendadas de E. S. O., un andoba de Cornago

Detrás o al lado del heterónimo o seudónimo E. S. O., un andoba de Cornago (con el que pretendo hacer un pequeño homenaje a mi señor padre, finado, del que escogí o tomé prestadas las iniciales de su nombre y apellidos reales, Eusebio Sáez Ovejas, y su lugar de nacimiento, Cornago, La Rioja) se encuentra el filólogo y escritor Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), que parece seguir al pie de la letra los tres pasos que diera quien urdiera esta verdad (como una seo –no como un aseo- de grande): “Tres cosas puedes hacer con una mujer: quererla, sufrir por ella y, finalmente, convertirla en literatura”, Lawrence Durrell, si no marro.

Otra manera (coincidente o discrepante, semejante o distinta) de ver las cosas y/o los casos en las casas y en los cosos

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