Una representante del pueblo, en apuros

UNA REPRESENTANTE DEL PUEBLO, EN APUROS

 

(O CÓMO GASTARLE UNA PUTADA A UNA DIPUTADA)

 

   Ayer, según he podido leer en dos gacetillas o sueltos sin firma de sendos periódicos de tirada comunitaria, autonómica, una diputada, una político de postín, fue a cobrar un cheque al portador a cierta oficina de determinada caja de ahorros, sita en el centro de la capital de una provincia del septentrión de ésta, nuestra piel de toro puesta a secar al sol, que ahora apenas calienta, que algunos, inasequibles y renuentes o refractarios al desaliento, seguimos llamando por su nombre, España.

 

   Al parecer, la representante del pueblo en cuestión había extraviado su cartera o se la habían birlado o levantado; quiero decir que la había perdido o había sido objeto de un hurto o robo en el Altaria o en el recinto de la recién estrenada estación intermodal, a donde hacía una hora escasa había llegado con el propósito de hacerse un reconocimiento médico exhaustivo en la prestigiosa Clínica Universitaria (por cierto, a ver si la persona del área de radiodiagnóstico del susodicho recinto hospitalario, con la que hablé por teléfono el otro día y que quedó en ponerse en contacto conmigo a la mayor brevedad, lo hace de verdad cuanto antes, y me da una buena nueva a propósito de cuándo me hacen la PET, tomografía por emisión de positrones, que tengo pendiente) allí radicada; ergo, difícilmente podía presentar su carné de identidad, conditio sine qua non que el cajero (un zumbón de mucho cuidado o marca mayor) le exigía cumplir a rajatabla para poder proceder a entregarle la guita; que previamente debía acreditar de modo inexcusable su personalidad, o sea.

 

   La diputada de postín, extrañada de que el cajero no la hubiera reconocido, como sí lo habían hecho, por los cuchicheos que escuchaba a sus espaldas, las personas que conformaban la cola, pidió al cajero que llamara al director de la sucursal o, en su ausencia, al apoderado, para que la atendiera. ¡Imposible! El director, en esos precisos momentos, viajaba en su coche con su esposa, primeriza, que había roto aguas, camino del hospital. Y el apoderado acababa de salir a tomarse un café.

 

    La representante del pueblo se dirigió entonces a la señora que le seguía en la fila y le preguntó si la conocía, si sabía quién era ella. La señora respondió un doble sí; y añadió que era tal y tal, la diputada de marras.

 

-Señora, a mí no me eche la culpa, porque no la tengo. Échesela, si quiere, a quien ideó o mandó redactar las normas de funcionamiento de esta casa. A mí déjeme a un lado y en paz; que yo sólo me limito a cumplir escrupulosamente las susodichas pautas (le replicó el cajero, que hacía ímprobos esfuerzos para que no se le desencajara la cara, debido a la hilaridad que aquella situación grotesca, sin ninguna hesitación, le estaba provocando).

 

-Si quiere, puedo preguntarle al siguiente... o, si lo prefiere usted, al último de la fila.

 

-No se moleste, señora. Responderá, me temo, lo mismo. Lo siento mucho, de veras; pero, si no se identifica, no hay nada que hacer. No puedo entregarle la cantidad que figura en el cheque.

 

-Pues no sé a qué atenerme.

 

-Ayer, sin retrotraernos más datas en el tiempo, por pura coincidencia, o una simple cuestión de serendipia o serendipidad, palabra que aún no recoge el DRAE, pero que, cuando lo haga, será definida, poco más o menos, de esta guisa, "don, facultad o virtud de encontrar cosas valiosas en lugares inesperados por neta casualidad", ocurrió que una famosa soprano, que se hallaba en parecidas circunstancias a las que usted, por desgracia, padece hoy, aquí y ahora, demostró quién era cantándonos primorosamente dos arias de dos óperas conocidísimas de Verdi.

 

-Desconozco cómo puedo persuadirle a usted de que soy quien digo ser y, asimismo, abundan y coinciden los demás en decir que soy. Y es que en este momento, como siempre que tengo que enfrentarme a una situación embarazosa, sólo se me ocurren botaratadas y memeces.

 

-¿Ve, usted, qué fácilmente ha logrado convencerme? Firme el cheque por detrás y no olvide consignar el número y la letra de su DNI. ¿Cómo quiere los quinientos euros?

 

   E. S. O., un andoba de Cornago

   esounandobadeco@tudela.com

   www.blogs.larioja.com

 

   Ángel Sáez García

   angelsaezgarcia@tudela.com

Escrito por: esounandobadeco 0 comentarios 27 Dic 2006 URL Permanente

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Mendalerendadas de E. S. O., un andoba de Cornago

Detrás o al lado del heterónimo o seudónimo E. S. O., un andoba de Cornago (con el que pretendo hacer un pequeño homenaje a mi señor padre, finado, del que escogí o tomé prestadas las iniciales de su nombre y apellidos reales, Eusebio Sáez Ovejas, y su lugar de nacimiento, Cornago, La Rioja) se encuentra el filólogo y escritor Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), que parece seguir al pie de la letra los tres pasos que diera quien urdiera esta verdad (como una seo –no como un aseo- de grande): “Tres cosas puedes hacer con una mujer: quererla, sufrir por ella y, finalmente, convertirla en literatura”, Lawrence Durrell, si no marro.

Otra manera (coincidente o discrepante, semejante o distinta) de ver las cosas y/o los casos en las casas y en los cosos

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