¡Vaya mierda de cumpleaños! (I)
¡VAYA MIERDA DE CUMPLEAÑOS! (I)
“Me apoderaré del destino agarrándole por el cuello. No me dominará”.
Ludwig van Beethoven
Si algunos días fueran, amén de precisos, preciosos, como ciertos cuadros, e/o inolvidables, como determinadas fotografías, el de ayer, que fue el de mi cuarenta y tantos cumpleaños, lo llevaría de inmediato a enmarcar (urdido con suma guasa o ironía, por supuesto). Cuando me desperté, mi marido ya estaba en la cocina, preparándose el frugal desayuno hodierno, un café con dos terrones de azúcar, sin más, cuando no se lo avío o dispongo yo, claro. Tras darme una ducha rápida, como había intuido, los “¡buenos días!” de rigor, sin beso (sólo hay ósculo las mañanas dominicales, tras haberle hecho con o dejado hacerle en mi apetecible anatomía la noche anterior el abanico de guarradas que su caletre calenturiento había acopiado o recordaba de cuantas marranadas sus obsesos compañeros de trabajo le habían hecho pormenorizado relato y/o confesión), que salieron de su mui como el proverbial gruñido matutino al que, después de más de cuatro lustros de matrimonio, ya me he acostumbrado, no fueron acompañados ni acompasados por el regalo con el que, viniendo de él, me hubiera conformado, que se hubiese acordado de florearlos con las clásicas y consabidas “¡muchas felicidades!” o, en su defecto, musicarlos echando mano de la tarjeta que tengo guardada para tal fin en el cajón de la mesilla del vestíbulo y que, al punto de ser desplegada o desdoblada, suena el nanananananá, nanananananá... del “¡cumpleaños feliz!”.
Cuando apareció, legañoso, Apolodoro, siguió acaeciendo lo asiduo u ordinario. Eso sí, antes de que mi hijo saliera pitando hacia la “Uni”, le dije que hiciera el favor de darme un par de besos, porque aquel día la menda, su progenitora, cumplía cuarenta y tantos tacos. “Prometo comprarte algo”, me espetó mi retoño.
De camino a la parada del bus, me di cuenta de que en el bolso no llevaba el paraguas. La verdad es que me hubiera servido de poco. Ni siquiera la celebérrima égida hubiese bastado para guarecerme de aquella lluvia de granizo (¡algunos del tamaño de los huevos de gallina, pero de los que contienen dos yemas!).
Debido a que el firme estaba muy resbaladizo, por dos veces di con mis posaderas en el suelo. A la segunda caída, el tacón de mi zapato derecho decidió divorciarse inopinadamente de su suela.
(Continuará mañana.)
E. S. O., un andoba de Cornago
esounandobadeco@tudela.com
Ángel Sáez García
angelsaezgarcia@tudela.com
Sobre este blog
Mendalerendadas de E. S. O., un andoba de Cornago
esounandobadecoDetrás o al lado del heterónimo o seudónimo E. S. O., un andoba de Cornago (con el que pretendo hacer un pequeño homenaje a mi señor padre, finado, del que escogí o tomé prestadas las iniciales de su nombre y apellidos reales, Eusebio Sáez Ovejas, y su lugar de nacimiento, Cornago, La Rioja) se encuentra el filólogo y escritor Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), que parece seguir al pie de la letra los tres pasos que diera quien urdiera esta verdad (como una seo no como un aseo- de grande): Tres cosas puedes hacer con una mujer: quererla, sufrir por ella y, finalmente, convertirla en literatura, Lawrence Durrell, si no marro.
Otra manera (coincidente o discrepante, semejante o distinta) de ver las cosas y/o los casos en las casas y en los cosos
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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario
Diego dijo
maricas
esounandobadeco dijo
A ver Diego (acaso con un "ciego" morrocotudo), sólo por si te sirve:
Si dicen mal de ti y es verdad, corrígete; si es mentira, (son)ríete.
Te recomiendo que leas "El arte de injuriar", de Jorge Luis Borges. Lo digo porque tu insulto (deberías saber que no denigra quien quiere, sino quien puede), "maricas", es de los tiempos de maricastaña (personaje proverbial, símbolo de antigüedad muy remota).
Sin otro particular, por ahora,
Ángel.
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