¡Vaya mierda de cumpleaños! (II)

¡VAYA MIERDA DE CUMPLEAÑOS! (II)

(Sigue el de ayer.)

En el metro, atestado como siempre a esa concreta hora de la mañana, me vomitó en el hombro izquierdo su última toma un bebé al que, al parecer, le dio apuro echar sólo el típico y tópico airecito. Suceso que fue aprovechado por dos raudas manos sin cuerpo para masajearme el glúteo equivocado, el condolido, y magrearme mi teta menos agraciada, la derecha.

Llegué a la oficina con un cabreo morrocotudo, de los de aquí te espero, Juana, indignadísima. Menos mal que Alejandro, el compañero con el que mejor me llevo, confidente de muchas de mis neuras, se acordó que era mi “cumple”, sorprendiéndome gratamente con dos docenas de flores, una de rosas rojas y otra de margaritas, e invitándome a comer en un restaurante tranquilo, para sibaritas, esto es, gente de bolsillos y gustos selectos. Al acabar, me propuso que nos acercáramos hasta su apartamento a tomar una copa. Como los comentarios que fuimos trenzando, entre plato y plato, habían sido más que subidos de tono, quiero decir que exhalaban y rezumaban por doquier mil y una muestras sicalípticas, interpreté que Alejandro quería (darme y recibir) caña, o sea, tener un rato de cama o sexo conmigo. Así que, cuando él se fue al baño, a mí se me fueron cayendo las prendas del cuerpo, como les ocurre a los árboles caducifolios en esta época del año, otoño, con sus hojas, no quedándome como ejemplar, modelo o prueba en cierto sitio pudendo ni la que, según cuentan las lenguas de doble filo, portaba en el paraíso Eva, permaneciendo servidora tumbada de lado en el sofá, emulando a la maja que pintara in illo témpore don Francisco de Goya.

Cuando la mascota de Alejandro me advirtió de su presencia, esto es, empezó a reptar entre mis tobillos, pues se trataba, pásmese usted, desocupado lector, de una boa asquerosa, el grito que di lo debieron oír en las antípodas y el salto que pegué no se quedó atrás de los que diera Daryl Hannah (o su doble) en “Blade Runner” (1982), película dirigida por Ridley Scott, basada en una novela de ciencia ficción, “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” (1968), escrita por Philip K. Dick.

El bochorno que pasé en el pasillo, estando en cueros (“¡a su edad!” y “¡qué poca vergüenza!” fueron los escuetos comentarios que se hicieron con la mirada una pareja de ancianos que se disponían en aquel preciso instante, digno de proferir el clásico “tierra, trágame”, a abrir la puerta de su apartamento), lo recordaré mientras viva.

E. S. O., un andoba de Cornago

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Ángel Sáez García

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Escrito por: esounandobadeco 0 comentarios 13 Nov 2007 URL Permanente

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Mendalerendadas de E. S. O., un andoba de Cornago

Detrás o al lado del heterónimo o seudónimo E. S. O., un andoba de Cornago (con el que pretendo hacer un pequeño homenaje a mi señor padre, finado, del que escogí o tomé prestadas las iniciales de su nombre y apellidos reales, Eusebio Sáez Ovejas, y su lugar de nacimiento, Cornago, La Rioja) se encuentra el filólogo y escritor Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), que parece seguir al pie de la letra los tres pasos que diera quien urdiera esta verdad (como una seo –no como un aseo- de grande): “Tres cosas puedes hacer con una mujer: quererla, sufrir por ella y, finalmente, convertirla en literatura”, Lawrence Durrell, si no marro.

Otra manera (coincidente o discrepante, semejante o distinta) de ver las cosas y/o los casos en las casas y en los cosos

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