EL IMPERO DEL ROSTRO Y DE LA IMAGEN

¿Y la sustancia?  Fíjate en cualquier página web de internet: rostros maquillados y delineados con enfoque seductor; o mira las portadas de las revistas: adorables rostros vendiendo pluses de notoriedad; o repara ante las vallas publicitarias: rostros perfectos adosados a cuerpos espectaculares (¿espectaculares según qué cánones?); o acércate a los multicines y observa los carteles anunciadores de películas: rostros vacíos que intentan transmitir una historia; o, en fin, mira distintos programas de televisión y encontrarás siempre rostros o caras parlantes con los correspondientes mensajes que nos quieren colar.

Y por si acaso piensas que no es así, atento a la última: en la próxima película de James Bond veremos su rostro norteuropeo e inclasificable, y de su cuerpo apolíneo saldrá la mano ostentando una cerveza Heineken.  ¡Adiós también a esa botella de Burdeos y de paso al Dry Martini “mezclado, no agitado”! Pero así son las cosas hoy en día.  La marca cervecera paga por tal publicidad y por lo tanto se acabó para James Bond el glamour de las grandes etiquetas bordelesas .  Una vez más la cerveza se adelanta y, tirando de rostro como igualmente hizo Nexpresso  con el guaperas actor norteamericano, se posicionan y crean tendencia a la vez que venden producto.

¿Y qué pasa con los vinos?  Pues ahí están.  Tiran de rostros conocidos de los cuatro enólogos- estrella (pero solo -me temo- para quienes conocemos este mundo) pero de transmitir a un gran espectro de gentes lo sustancioso que puede atesorar una copa de vino, junto con todo lo que supone la cultura del vino… más bien poco.  Por algo será. Si ya es difícil para los gustos alienados de hoy en día entender y disfrutar vinos de otros tiempos como los maravillosos vinos  del Marco de Jerez, o los de podredumbre noble de Tokaji, además se elaboran vinos tintos con un exagerado grado alcohólico, y para colmo no tiran (a quienes competa) de imagen para hacerlos deseables… pues vaya plan.  En fin, a lo que vamos, entiendo que el mayor atractivo de los vinos de calidad es la sustancia, su riqueza intrínseca en prestaciones aromáticas, sápidas, táctiles. Que quizá no necesiten rostros para ser vendidos, pero al menos que su publicidad incida (además de su parte como ingrediente básico en la dieta diaria) en esos valores por otra parte hoy tan demandados de placer sensorial, signo del gusto por vivir, aportación de alivio y relax, acompañante a la hora de compartir con amigos o seres queridos tanto en el restaurante como en el bar o en la tranquilidad del hogar.

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