En otros tiempos, la afición española esperaba ansiosa esta fase del calendario donde brillan los torneos menores (Bastad, Sttugart, Gstaad) y la clase media del circuito aspira a ennoblecer su currículum. Porque entonces el tenis patrio era eso, clase media: era la época anterior a la emergencia del gran Sergi Brugera, cuando la generación de Emilio Sánchez y Joan Aguilera, entre otros, bastante hacía con clavar la bandera nacional en los torneos del segundo escalafón. Fueron años meritorios; sin ellos, sin esos tenistas resignados a doblar la rodilla en los grandes picos de la temporada pero combativos allí donde olían algo de púrpura, probablemente no hubiera venido lo que llegó después: la costumbre de arrasar en Roland Garros, por ejemplo, donde después de Brugera vimos a Moyá, Ferrero y el tremendo Nadal, la supremacía en la Davis (salvo el fiasco de este año: no siempre es domingo), los éxitos en Australia y Londres del propio Nadal y, sobre todo, esa hegemonía que cada lunes escupe el ranking de la ATP. Allí, como en Sudáfrica por otros motivos, luce enhiesta la rojigualda, porque los tenistas españoles no sólo atesoran el número uno, sino que Verdasco prosigue firme en el top-ten y se cuelan Ferrer, Ferrero y ahora Almagro entre los veinte primeros.
Nico Almagro protagoniza un meritorio ascenso en esta semana, luego de su inesperado triunfo sobre Soderling en el Open sueco. Las dudas parecen acabadas; el tenista murciano, más centrado bajo la dirección de Perlas, mantiene sus bazas (saque, derecha) y completa su catálogo de golpes mientras su cerebro envía (ahora sí) mensajes positivos: de lo contrario, resultaría imposible derrotar al tremendo número sueco nada menos que ante su público.
La otra gran noticia con apellido español se llama Albert Montañés, el jugador catalán que se merendó en Alemania a Monfils, un tenista con mejor puntuación, para hacerse con su segundo título del año y lograr un sitio entre los 25 mejores. Montañés es pura clase media, pero cuidado: uno de estos jugadores, cuando encuentra su hábitat natural (la arcilla) y se crece subido a la ola buena de resultados, resulta un enemigo temible para los mandamases del circuito. Tal vez no alcancen la gloria de las primeras páginas, pero alimentan la potencia de un deporte que no vive sólo de Nadal.
Toda la presión
Todo lo que sé de tenis, en un blog que repasa los mejores momentos de este deporte, revisa la actualidad y hace memoria de su vertiente riojana
La clase media
El director de Merckx
Nuevas reglas
Ion Tiriac es un caballero nacido en Rumanía, de amplios mostachos y el pelo (escaso) ceniciento. Ocupa un lugar destacado en la tribuna de autoridades de cada torneo de la ATP, especialmente si lo organiza él. Desde su asiento ve con su habitual aire aburrido deambular a Nadal, Federer y compañía; como tenista en activo, fue un notable jugador de dobles, lo cual suele equivaler a que estamos ante un chico listo. Cuando dejó la raqueta, pasó al lado de los negocios donde ganó más dinero y autoridad: la suficiente para advertir, hace ya una década, de que el tenis iba camino de despeñarse si no se cambiaba alguna regla: raquetas más pesadas, bolas menos ligeras, cordajes no tan potentes.
Vísperas londinenses
Nadal, suma y sigue. O de cómo fracasar (es un decir) en la hierba de Queen´s y añadir más puntos a su número uno de la ATP. El mallorquín cayó ante Feliciano pero como atraviesa ya la parte del calendario donde el año pasado le sorprendió lesionado, añade 45 puntitos a su cuenta y se escapa en dirección al segundo torneo consecutivo que aguarda en la misma superficie, sin salir de Londres. Por el rabillo del ojo, vio a Federer fracasar (es otro decir) ante el renacido Hewitt en el torneo que se solapa con Queen´s en el circuito, de modo que todas las raquetas pueden elegir cómo preparar Wimbledon: bien desde el corazón de la capital inglesa, bien desde Alemania. La derrota en Halle confirma que el suizo no anda fino, de modo que el abanico de posibles triunfadores en el tercer Grand Slam del año se abre un poco más y alcanza no sólo a los dos máximos estilistas, sino incluso a jugadores situados muy lejos en el escalafón. Así que ojo a los yanquis (Roddick, Querrey, Fish), ojo al aussie Hewitt y ojo a los otros dos zurdos españoles, Verdasco y López, cuyo juego se adapta muy bien a la superficie londinense. Entramos en una semana de vísperas: siempre nos quedará el Mundial.
De cómo se fundió el hombre de hielo (y 2)
Lo nuestro es ahora explicar a los más jóvenes a qué sabía Borg, qué tipo de tenista era. Así como algo en Nadal remite al primer Connors, ese aire un poco insolente, su fiereza descomunal, su gen competitivo, en realidad su juego traza una línea de continuidad con el de Borg. Digamos que es el más depurado producto salido de esa factoría donde se provee a los tenistas de una derecha tipo misil, un revés también muy contundente y un juego de fondo, en general, sin fisuras, adornado por una autoconfianza ciega y un par de piernas que permiten un altísimo ritmo, a menudo imposible de seguir para sus rivales. El retrato quedaría amputado si no se añadiera otra marca de la casa: un deseo febril por seguir mejorando, incorporando nuevos golpes a la paleta, buscando la gloria no en su hábitat natural (la tierra batida), sino en escenarios más incómodos. Cuenta la leyenda que Borg sólo triunfó en Londres (y lo haría cinco veces consecutivas) cuando se encerró un mes ensayando el saque sobre la hierba, hasta hacerse con un servicio bastante efectivo para esa superficie. En ese afán perfeccionista también reconocemos a Nadal, cuya singladura es muy semejante. Por su bien, ojalá los parecidos se acaben ahí. Borg fue un tenista precoz y su declive fue también prematuro. Se retiró todavía joven, probablemente bloqueado emocionalmente porque lo había ganado ya todo y no encontraba estímulos en el circuito. El único tenista con quien podía medirse, McEnroe, terminó por atrapar el número uno y nuestro héroe sueco decidió dejarlo. Abandonó el tenis y nos demostró que su genialidad no alcanzaba al mundo de los negocios. Cosechó un fracaso tras otro en cada aventura empresarial y fue dilapidando su fortuna, aunque nunca perdió el fulgor con que todavía lo recordamos. El tenis tiene una deuda con él; si yo también la tenía, espero haberla pagado con este par de entradas.
P.D. En
El increíble Nadal
El otro Verdasco
Sin novedad en las entradas semanales de la ATP, cuyo ranking queda prácticamente congelado a la espera de cómo evolucione Roland Garros. La única noticia relevante es el regreso de Richard Gasquet, cuyo triunfo en Niza le reporta una subida de 23 puestos y le sitúa de nuevo entre los 50 mejores, mucho más cerca de su auténtico lugar, luego de superados sus problemas de lesiones y la (injusta) sanción por dopaje: besar a una chica que había esnifado coca es lo que tiene. Pero si Gasquet alcanzó el éxtasis en la Costa Azul fue gracias a la inestimable ayuda de su rival, el español Fernando Verdasco, que recordó demasiado a aquel tenista volcánico, incapaz de reprimir sus emociones, fatalista como un héroe de Dostoievski cuando las cosas van mal. Era aquel Verdasco que creíamos olvidado, sepultado por este nuevo jugador emocionalmente intenso, sí, pero propietario de la sangre fría imprescindible para escalar hasta el top-ten. En Niza no rompió la raqueta como solía, pero fue casi lo único que no hizo: malgastó varias bolas para el 5-1 en el tercer set y luego sucumbió en la muerte súbita, dejando tras de sí el reguero de insultos, feos gestos y peor actitud que ya habrán visto ustedes por todas las teles del mundo. Uno de esos momentos que se rescatan en los especiales de Nochevieja para resumir lo más loco del año en el deporte mundial; seguro que el primero en arrepentirse es él. Lo preocupante es, con todo, haber visto emerger al tenista que habíamos dejado atrás y el mal ejemplo que regala a los críos que hoy empuñan una raqueta y le tienen entre sus héroes. Un consuelo: en París, de nuevo sobre la arcilla francesa, tiene la ocasión de redimirse. Bastaría con que concentrase sus energías en lo importante: jugar al tenis. Y él sabe hacerlo muy bien.
P.D. De Arnedo llegan las felicitaciones de la familia Rubio por el artículo sobre Joel. Ojalá que nuestro número uno sepa copiar lo bueno de gente como Verdasco y nunca imite lo malo. En los tiempos en que una Dunlop Maxply costaba 3.500 pesetas de las de antes (primeros años 70), el dueño de este blog vio a un compañero de generación destrozar su raqueta de un modo sistemático, concienzudo, contra el poste de la red. Sucedió ante el estupor de sus padres en las pistas de abajo de Cantabria, tras una cruel derrota. Lo hizo sin emocionarse, como un cyborg; de premio, recibió esta noticia: “Te has quedado sin paga para el resto del año”. Entonces, antes de que llegara la ESO, este tipo de amenazas sí se cumplían, así que nuestro hombre desapareció de las canchas por una temporada. Allí se acabó su carrera por el tenis regional. Recuérdalo, Verdasco.
El hombre de hielo
En puridad, este blog debería haber empezado así. Con Borg. Incluso rima. Se podía haber llamado blogborg o borgblog y todos sabríamos de qué estábamos hablando, pero en fin… Uno es leal a sus principios y mantengo la fidelidad por don Andrés Gimeno. Digamos que es mi padre tenístico; según esa teoría, Borg sería mi hermano mayor. A fin de cuentas, sólo me lleva seis años y cuando surgió ante nuestros ojos todo en él desprendía cercanía: hasta su aparición estelar, los tenistas, incluidos los más jóvenes, nos parecían gente mayor en zapatillas, con mayor o menor habilidad, con mayor o menor encanto. Con Borg, quienes nos empezamos a afeitar en los 70 encontramos un igual, un héroe próximo, el primer tenista pop. No brotó de la nada: emergió en la estela de Jimmy Connors, que era más bien roquero línea Neil Young, con su Wilson metálica. Lo que Connors conquistó, Borg lo trasladó a otra frontera. Una frontera sideral, convertido en uno de los primeros deportistas globales, una marca, un icono que trascendía el tenis y se convertía, entre otras cosas, en un fenómeno para adolescentes. Borg es el padre fundador del tenis actual. Nada menos. Se podrá discutir quién fue mejor, qué palmarés impresiona más, quién reunió más talento. Pero nadie objetará nada a la siguiente frase: con Borg, este juego penetró en su actual dimensión. Y lo hizo para quedarse.
¿Cosas que cambiaron con Borg? Lo primero, los golpes. Nadie jugaba así hasta que llegó él. Recuerdo que incluso nuestros profesores, a la cabeza el maravilloso Moncho Infante, nos desaconsejaban imitarle. No fue difícil hacerles caso: ninguno sabíamos cómo coger la raqueta con las dos manos. Luego nos enteramos de que ese modo de ejecutar el golpe lo había aprendido de crío, jugando a ¡¡¡hockey sobre hielo!!!. Aún nos desconcertó más saber que su tiro de derechas, el primer drive liftado del que teníamos noticia, estaba sacado ¡¡¡del ping-pong!!! Como para atender los consejos de nuestros maestros; no podíamos seguir sus consejos, estábamos auténticamente excitados con la posibilidad de imitar a Borg, de copiar sus gestos.
¿Más novedades? Bueno, hemos dicho que fundó el tenis moderno, así que a él le debemos que se institucionalizara la figura del entrenador, algo que hasta entonces era impensable. Los tenistas eran cazadores solitarios, miembros de una cofradía adicta al bricolaje, que mejoraban a base de mirarse en el espejo de los mejores, ensayando entre ellos, sin esa idea de superación constante tan cara al deporte actual. El entrenador de Borg se llamaba Lennart Bergelin y guiaba sus pasos al parecer por control remoto o parasicología porque jamás se le veía dándole consejos desde la grada; era algo más que su entrenador: su mentor, su tutor, una especie de papá portátil que le guiaba por el circuito sin más palabras que las necesarias. Borg no parecía necesitar su protección, porque siempre pareció un tenista autosuficiente, pero supongo que le tranquilizaba ver la figura patricia de su técnico en la grada, con aquel aire de mayordomo aburrido.
De Bergelin tal vez extrajo Borg otra de sus aportaciones al circuito: la dureza mental. Hasta entonces, los jugadores eran del tipo artista, a quienes veías flaquear en la cancha si perdían o sonreír si atrapaban un tanto. El tenista de hoy, de mirada mineral (¿alguien ha visto sonreír a Ljubicic?) llegó con Borg, que sólo se permitía algún exceso (siempre contenido) cuando liquidaba a su rival. Esa fiereza de carácter tan insólita iba acompañada de otra incorporación que también llevaba su sello: la preparación física. En alguna cancha se veía a ciertos jugadores ya otoñales incapaces de disimular la tripita; la mayoría apenas concedía importancia a factores como potencia, intensidad, resistencia, energía… El tenista sueco también fue en eso un pionero: por primera vez, las piernas tenían en este juego tanta importancia como los brazos.
Y otra novedad final, que esto está saliendo muy largo (se ve que me emociono) y lo voy a despiezar. Borg fue el primer tenista que llevó la publicidad a las canchas. Trajo una marca nueva de raquetas (Donnay: todos queríamos tener una y abandonamos a la fiel Dunlop Maxply ¡Mea culpa!) y de pelotas (Penn, que todavía siguen por ahí), llenó de adolescentes las pistas (sobre todo en Wimbledon, donde le arrojaban ¡sujetadores! las más exaltadas, para felicidad de los tabloides ingleses) y arruinó a muchos barberos: su melena era lo más fácil de imitar que teníamos a nuestro alcance. Mañana continuamos.
P.D. Siendo unos pipiolos, por Logroño llegó Pedro Masip, entonces el mayor gurú del tenis español. Un sesentón encantador, que impartió un clinic masivo en Cantabria, comió en el bar de las piscinas y por la tarde cumplió su promesa de proyectarnos una película “con los mejores tenistas del mundo”. Borg, Borg, pensábamos. Así que se puede imaginar nuestra decepción cuando apostó en el salón social su proyector de super8 para reclamar una sábana como pantalla y deleitarnos con las leyendas… del tenis australiano. Laver, Roche, Newcombe nos parecieron reliquias, a pesar de que uno de ellos, Ken Rosewall, había llegado a la final de Londres el año anterior frisando los 40 años. “Ahí va el mejor revés del mundo” nos alertaba cuando veíamos al tenista aussie ejecutar un golpe con mucho estilo, sí, pero que representaba una caricia para Connors, su verdugo en 1974. No entendíamos nada. Así que alguno nos acercamos hasta él cuando recogía sus cosas y le preguntamos si no tenía alguna película de Borg y su revés a dos manos. “¿Borg? Pero si el revés a dos manos lo inventó Pancho Segura. Ese chico no tiene futuro, ya lo veréis”. En aquel tiempo se respetaba la palabra de una persona mayor y en honor de don Pedro debo decir que yo me lo creí con tanta fe que luego no podía evitar una sonrisa cada vez que, a partir de aquella tarde, Borg atrapó un Grand Slam.
El revés de Federer
Triple revés para Federer en Madrid. El primero, porque pierde los puntos ganados el año pasado en la misma proporción en que sube Nadal, que ya viaja hacia París como número dos y el tenista más en forma, de nuevo rey de la arcilla, el jugador con más títulos de Masters Series en su mochila tras superar ayer a Agassi.
Segundo revés: el de Nadal. Concretamente, su revés cruzado, su golpe para este año, su particular I+D. Rafa innova y desarrolla cada temporada; esta vez, añade a su paleta una jugada que fue en
Y tercer revés: el revés de Federer. Al segundo Grand Slam del año llegará después de haber ensayado mil veces ese golpe, las mil veces que le envió Nadal la pelotita hacia la esquina, esa bola profunda, no demasiado potente, pero sí muy liftada, la bola que impide a Federer ser Federer. Incómodo, no gobierna el peloteo, tiene problemas para encontrar su golpe de derechas; ayer, extrañó que casi siempre le pegara plano o liftado de revés, porque cuando pinchaba la pelota cortadita le creaba más problemas a Nadal que cuando devolvía golpe por golpe. Una mala elección. Lo dicho: todo un revés.
P.D. La subida de Nadal no es la única gran noticia que envía este lunes el ranking de
Viva la Pepa
Por fin… El legado de Arancha y Conchita revivió esta semana en Roma, donde Pepa Martínez demostró que tiene toneladas de talento al servicio del top-ten, donde debería fijar su techo. Despachó a tres jugadoras de muchos kilates (Wozniacki, Ivanovic, Jankovic) y alzó un trofeo que a España se le resistía desde el abandono de sus dos glorias nacionales, una suerte de Masters 1000 para chicas, antesala del Grand Slam. Y lo hizo una jugadora enorme, que ha tenido que esperar hasta la madura edad de 27 años para demostrar al gran público todo el tenis que lleva dentro, un tenis diferente, que le permite esta semana figurar por primera vez entre las 20 mejores del mundo: la jugadora yeclana ocupa ya el puesto número 19, un salto de siete puestos.
En una entrada anterior, ya alertaba de que estábamos ante una Navatrilova rediviva: zurda, gran saque, elegantísima volea, un revés cortado que parece gemelo de aquel con que la checo-americana nos maravilló en los 80… Y un atributo propio, grandioso, que reserva para los torneos sobre tierra: la dejada, un palo que apenas aparece en el tenis de hoy, pero que tiene infinidad de posibilidades. Ya vimos a Gulbis, también en el Foro Itálico, poner en problemas al gran Nadal con este golpe que no es un golpe, que es una caricia que sirve para varias cosas: a) bien ejecutado, otorga un tanto directo; b), si el rival te pilla el truco, surgen varias opciones, todas ellas atractivas: b1) te devuelve forzado y le tiras un passing o un globo o una contradejada; b2) le haces correr un rato hacia delante y si encima le ganas el tanto, le machacas por partida doble; b3) le rompes el ritmo, que no sólo de cañonazos vive el tenis.. Y lo más importante, que se me olvidaba: aunque salga mal y pierdas el tanto, ya le has instalado en la duda y, de paso, tú te has divertido un rato.
P.D. Cuando entrevisté hace unos días a Joel Rubio, fue sincerísimo cuando me contestó quién era su jugador favorito haciendo dejadas. “Ni idea. Ahora no se hacen” Así que me remitió a uno de los históricos, “McEnroe o uno de esos”. Bueno, pues Joel y sus colegas de generación pueden verse algún vídeo de Pepa Martínez y ponerse a practicar. La dejada ha vuelto.

