#!/bin/php Toda la presión

La clase media

En otros tiempos, la afición española esperaba ansiosa esta fase del calendario donde brillan los torneos menores (Bastad, Sttugart, Gstaad) y la clase media del circuito aspira a ennoblecer su currículum. Porque entonces el tenis patrio era eso, clase media: era la época anterior a la emergencia del gran Sergi Brugera, cuando la generación de Emilio Sánchez y Joan Aguilera, entre otros, bastante hacía con clavar la bandera nacional en los torneos del segundo escalafón. Fueron años meritorios; sin ellos, sin esos tenistas resignados a doblar la rodilla en los grandes picos de la temporada pero combativos allí donde olían algo de púrpura, probablemente no hubiera venido lo que llegó después: la costumbre de arrasar en Roland Garros, por ejemplo, donde después de Brugera vimos a Moyá, Ferrero y el tremendo Nadal, la supremacía en la Davis (salvo el fiasco de este año: no siempre es domingo), los éxitos en Australia y Londres del propio Nadal y, sobre todo, esa hegemonía que cada lunes escupe el ranking de la ATP. Allí, como en Sudáfrica por otros motivos, luce enhiesta la rojigualda, porque los tenistas españoles no sólo atesoran el número uno, sino que Verdasco prosigue firme en el top-ten y se cuelan Ferrer, Ferrero y ahora Almagro entre los veinte primeros.
Nico Almagro protagoniza un meritorio ascenso en esta semana, luego de su inesperado triunfo sobre Soderling en el Open sueco. Las dudas parecen acabadas; el tenista murciano, más centrado bajo la dirección de Perlas, mantiene sus bazas (saque, derecha) y completa su catálogo de golpes mientras su cerebro envía (ahora sí) mensajes positivos: de lo contrario, resultaría imposible derrotar al tremendo número sueco nada menos que ante su público.
La otra gran noticia con apellido español se llama Albert Montañés, el jugador catalán que se merendó en Alemania a Monfils, un tenista con mejor puntuación, para hacerse con su segundo título del año y lograr un sitio entre los 25 mejores. Montañés es pura clase media, pero cuidado: uno de estos jugadores, cuando encuentra su hábitat natural (la arcilla) y se crece subido a la ola buena de resultados, resulta un enemigo temible para los mandamases del circuito. Tal vez no alcancen la gloria de las primeras páginas, pero alimentan la potencia de un deporte que no vive sólo de Nadal.

El director de Merckx

Hace unos años, Miguel Indurain enfilaba una cuesta por el corazón de Italia, en dirección al santuario de Oropa. Detrás, al volante, su patrón, José Miguel Echávarri, que ya en la meta, victorioso su pupilo, se confesaba con la prensa: «Ya no hay que decirle nada. Yo iba en el coche y me limité a disfrutar. Qué gozada. Parecía el director de Merckx». Merckx, apodado ‘El Caníbal’, fue uno de los monumentos del deporte del siglo XX, un belga que no se limitaba a ganar: sólo era feliz arrasando a sus rivales. Había en este caballero un gen competitivo similar al que guiaba a Indurain, sólo que añadía otro don: era insaciable. Allí donde el ciclista de Villava veía a un colega de profesión, Eddie Merckx sólo intuía la amenaza de un enemigo. No hacía prisioneros. Se trata del mismo mensaje que el domingo lanzaba desde la opaca hierba de Londres Rafael Nadal, otro deportista genial, uno que viene a poner patas arriba el escalafón, a revolucionar la historia del tenis, con una mezcla de habilidades que harían feliz a Indurain: talento más esfuerzo.
A la misma hora en que Nadal despedazaba a Berdych, incapaz de entender qué lógica debe aplicarse cuando se pisa territorio sagrado, una final de un Grand Slam, un escenario que ya es el cuarto de estar del mallorquín; casi al mismo tiempo en que Borg y McEnroe se frotaban los ojos (uno en la grada, otro en las cabinas de prensa) y confirmaban a la vez que estaban ante uno de los suyos, otro entre los grandes; coincidiendo con esa lluvia de golpes donde se mezclaban la poesía (ese revés cortado, ese sutil saque de zurdo) y la prosa (qué piernas las de Nadal), Merckx se subía al podio del Tour en Bruselas para despachar los premios al ganador de etapa y al maillot amarillo, sin saber que sentado en su asiento de Wimbledon había un caballero que probablemente se sentía hermanado, sin saberlo, con José Miguel Echávarri. Ese señor con gorrita se llama Toni Nadal y el domingo también se pareció al director de Merckx.
Porque su sobrino se ha convertido no sólo en el tenista del momento, un jugador que va lanzado a convertirse este verano en el séptimo en hacerse con todos los títulos del Grand Slam, sino en una referencia para la siguiente generación de tenistas. Alguien que ya no necesita que le guíen y conserva a su tío-entrenador como talismán-amuleto. En alguna academia ya habrá un tipo observando sus movimientos, descodificando su juego, aplicando la tecnología al servicio de la creación de algún clon del inimitable Nadal, ignorando que la principal virtud del número uno del tenis mundial no se copia, no puede copiarse: esa sabiduría descomunal para interpretar los partidos, emplear el tono exacto y adecuado en cada momento de cada set, leer los golpes del contrario con esa pericia que le permite ir siempre un poco por delante. El domingo, por ejemplo, ganó con superbreak sus tres sets. Es decir, conservó siempre su servicio y sólo apretó en el resto cuando vio una rendija, cuando la puerta se entreabría y por el quicio asomaba la conquista del set. La misma medicina que recetó a Andy Murray para dejar a la afición local sin un campeón británico desde Fred Perry.
En compensación, Nadal ofreció una final inmaculada que permitió a los fans de Murray olvidarse de él y entregarse a su auténtico ídolo. El entusiasmo de los aplausos finales confirmaba que Wimbledon no sólo saludaba a su campeón: se rendía ante una leyenda.

Nuevas reglas

Ion Tiriac es un caballero nacido en Rumanía, de amplios mostachos y el pelo (escaso) ceniciento. Ocupa un lugar destacado en la tribuna de autoridades de cada torneo de la ATP, especialmente si lo organiza él. Desde su asiento ve con su habitual aire aburrido deambular a Nadal, Federer y compañía; como tenista en activo, fue un notable jugador de dobles, lo cual suele equivaler a que estamos ante un chico listo. Cuando dejó la raqueta, pasó al lado de los negocios donde ganó más dinero y autoridad: la suficiente para advertir, hace ya una década, de que el tenis iba camino de despeñarse si no se cambiaba alguna regla: raquetas más pesadas, bolas menos ligeras, cordajes no tan potentes.

Ignoro qué pensaba Tiriac cuando veía en Londres ese monumento de partido entre Isner y Mahut; sospecho que nada bueno. Tenía motivos para ver confirmados sus peores augurios, aquellos que exigían un cambio sustancial en este juego salvo que sus dirigentes lo quieran conducir al suicidio. Sí, a todos nos hace gracia que una cita en Wimbledon derive en un maratón, también alucinamos con los récords batidos en este duelo londinense entre sacadores, es inevitable frotarse los ojos mientras vemos cómo van cayendo los juegos sin que nadie rompa el empate. Y, sin embargo. Sin embargo, la lección que deberíamos extraer de este partido ya histórico es que Tiriac tenía razón: necesitamos nuevas reglas. Hace años, el tenis ya tuvo que cambiar; le obligó otro partido que también alcanzó en aquella época cierta relevancia: jugaban nuestro Pepe Higueras y el italiano Conrado Barazutti una tediosa final en Estados Unidos cuando el árbitro les interrumpió, que decidió suspender el partido. Sólo así logró sofocar el conato de rebelión que llegaba desde la grada, incapaces los espectadores de soportar durante más tiempo aquel plomizo intercambio de golpes. Pasaban los minutos, seguían pasando y ningún de los contendientes parecía dispuesto a acabar con el primer set.
Eran dos jugadores prototipos del tenista conocido en aquel tiempo como ‘cocodrilo’, animal de tierra batida cuyo hábitat natural se alberga tras la línea de fondo, alérgico a la red, refractario al riesgo. Así que aquel árbitro mandó parar y la ATP tomó nota. Estrujó el reglamento para imponer un nuevo modelo tecnológico (perdieron peso las raquetas, ganó terreno el material sintético en su elaboración, la tecnología se incorporó a la fabricación de cordajes) y el tenis cruzó una nueva frontera. Con éxito. Un éxito que fue también su fracaso: propició la aparición de estos trenes de mercancías con una sartén por brazo, armados de paelleras más que de raquetas y con ademanes de jugador de béisbol. (Vaya, me ha salido el retrato de Isner). Sí, aquel cambio de reglas obligó a los tenistas a ofrecer un plus de fuerza, un suplemento de ingenio: así nacieron Nadal y tantos otros. Pero el modelo parece en trance de agotarse; si alguien no hace algo rápido, nos pasará como a la buena gente de Wimbledon: que se les rompió el marcador de tanto usarlo.

Vísperas londinenses

Nadal, suma y sigue. O de cómo fracasar (es un decir) en la hierba de Queen´s y añadir más puntos a su número uno de la ATP. El mallorquín cayó ante Feliciano pero como atraviesa ya la parte del calendario donde el año pasado le sorprendió lesionado, añade 45 puntitos a su cuenta y se escapa en dirección al segundo torneo consecutivo que aguarda en la misma superficie, sin salir de Londres. Por el rabillo del ojo, vio a Federer fracasar (es otro decir) ante el renacido Hewitt en el torneo que se solapa con Queen´s en el circuito, de modo que todas las raquetas pueden elegir cómo preparar Wimbledon: bien desde el corazón de la capital inglesa, bien desde Alemania. La derrota en Halle confirma que el suizo no anda fino, de modo que el abanico de posibles triunfadores en el tercer Grand Slam del año se abre un poco más y alcanza no sólo a los dos máximos estilistas, sino incluso a jugadores situados muy lejos en el escalafón. Así que ojo a los yanquis (Roddick, Querrey, Fish), ojo al aussie Hewitt y ojo a los otros dos zurdos españoles, Verdasco y López, cuyo juego se adapta muy bien a la superficie londinense. Entramos en una semana de vísperas: siempre nos quedará el Mundial.

De cómo se fundió el hombre de hielo (y 2)

Borjn Borg, el hombre de hielo, era realmente frío como un témpano sueco y dejó más cosas para la posteridad. Hemos citado en la entrada anterior unas cuantas pero olvidaba otra fundamental: puso a Suecia en el mapa del tenis. Hasta entonces, el circuito quedaba dominado por los yanquis y los aussies, que se repartían la púrpura con jugadores de la Europa meridional (la legión de franceses siempre carente de un número uno, la Italia de Adriano ‘Il Bello’ Panatta, los españolitos con Santana y Orantes a la cabeza) y aceptaban alguna rareza, como Tom Okker, el holandés volador, o el gran Nastase de la Rumanía comunista. La fiebre Borg precipitó un alud de jugadores cortados por el mismo patrón: también eran de hielo, parecían insensibles a la derrota, procuraban pegar el último golpe ganador mientras escondían sus emociones y su melenita rubia seguía haciendo furor entre las fans. Por ese sendero llegó Matts Wilander, uno de los jugadores más pesados de la historia; de una generación posterior salió el tercer gran sueco, Stefan Edberg, que no participaba del gusto por el peloteo de sus hermanos mayores y dejó una anécdota en forma de tragedia: siendo junior, mató a un juez de línea de un pelotazo. El tipo recibió el impacto en la entrepierna, quedó medio inconsciente, cayó al suelo y se abrió la cabeza. Asombroso. Truculencias al margen, como último representante de la escuela del saque-volea, Edberg merece un comentario aparte, así que con su permiso sigamos a lo nuestro.

Lo nuestro es ahora explicar a los más jóvenes a qué sabía Borg, qué tipo de tenista era. Así como algo en Nadal remite al primer Connors, ese aire un poco insolente, su fiereza descomunal, su gen competitivo, en realidad su juego traza una línea de continuidad con el de Borg. Digamos que es el más depurado producto salido de esa factoría donde se provee a los tenistas de una derecha tipo misil, un revés también muy contundente y un juego de fondo, en general, sin fisuras, adornado por una autoconfianza ciega y un par de piernas que permiten un altísimo ritmo, a menudo imposible de seguir para sus rivales. El retrato quedaría amputado si no se añadiera otra marca de la casa: un deseo febril por seguir mejorando, incorporando nuevos golpes a la paleta, buscando la gloria no en su hábitat natural (la tierra batida), sino en escenarios más incómodos. Cuenta la leyenda que Borg sólo triunfó en Londres (y lo haría cinco veces consecutivas) cuando se encerró un mes ensayando el saque sobre la hierba, hasta hacerse con un servicio bastante efectivo para esa superficie. En ese afán perfeccionista también reconocemos a Nadal, cuya singladura es muy semejante. Por su bien, ojalá los parecidos se acaben ahí. Borg fue un tenista precoz y su declive fue también prematuro. Se retiró todavía joven, probablemente bloqueado emocionalmente porque lo había ganado ya todo y no encontraba estímulos en el circuito. El único tenista con quien podía medirse, McEnroe, terminó por atrapar el número uno y nuestro héroe sueco decidió dejarlo. Abandonó el tenis y nos demostró que su genialidad no alcanzaba al mundo de los negocios. Cosechó un fracaso tras otro en cada aventura empresarial y fue dilapidando su fortuna, aunque nunca perdió el fulgor con que todavía lo recordamos. El tenis tiene una deuda con él; si yo también la tenía, espero haberla pagado con este par de entradas.

P.D. En La Rioja también tuvimos por esa misma época a nuestro Borg particular, sólo que se llamaba Eloy Coloma. Juraría que nadie ha ganado más veces el título territorial. En los años 70, no tuvo rival. Era casi infranqueable para el resto de tenistas locales, que encontraban enfrente a una roca. Dotado de un físico exuberante y una enorme potencia en sus golpes, Coloma se hizo a sí mismo: su estilo era manifiestamente mejorable (creo que había empezado en el tenis luego de jugar a pala y le quedaban numerosos resabios), pero como sucedía con Borg (salvemos las siderales distancias, sí, salvémoslas) le mantenía en el número uno su carácter, una fiereza que nadie más poseía. Ese carácter era a menudo mal interpretado y generaba a su alrededor cierta antipatía (llámele usted envidia), pero a mí siempre me pareció la prueba de su singularidad. Conmigo fue siempre simpático, se avenía a pelotear con aquel renacuajo cuando casi nadie de su edad perdía así el tiempo y hasta hubo un invierno en que me inició en los secretos de su preparación física, un camino de aprendizaje del que pronto deserté. Hace tiempo que no sé nada de él, pero en mi memoria permanece como lo que fue, lo que acabo de escribir: nuestro Borg particular.

El increíble Nadal

A veces, Dios juega a los dados. O al tenis: sólo a una mente divina se le puede ocurrir un guión como el recién presenciado en París. Nadal contra Soderling, el tipo que le apeó del pedestal cuando asaltaba el récord de Borg (cinco títulos seguiditos). Soderling, que viene de doblegar a Federer y cumplir con la primera parte de la ecuación: si el suizo caía antes de semifinales y Nadal triunfaba en París, el número uno cambiaría de dueño. Y Nadal, en fin, que también cumple con la cuota propia y remata la triple carambola: séptimo Grand Slam (iguala a John McEnroe, entre otros: casi nada) y vuelve a reinar en el escalafón de la ATP. Sí: a veces, Dios juega a los dados.
La dolorosa lección que se oculta detrás de cada derrota sorprendió a Nadal hace un año, mientras enfilaba sin gasolina, maltrechas las rodillas, su quinto Roland Garros consecutivo, cuando parecía invencible sobre la arcilla, reciente entonces su condición de número uno. Un empacho de púrpura que frenó abruptamente un jornalero, Robin Soderling, intermitente tenista de golpes furiosos, a quien aquel partido también le cambió la vida: en su caso, a mejor. Desde entonces, frecuenta el top-ten y amenazaría con asaltar el duopolio sostenido entre Federer y el jugador balear. si lograra calmar su propensión a la irregularidad, controlar su tendencia a cometer algún fallo imperdonable tras cada golpe ganador, un estigma que le acompaña en los torneos menores del circuito pero que desaparece cuando afronta algún Grand Slam. De nuevo finalista en París, de nuevo golpeado por el número uno mundial de turno: hace un año le detuvo Federer y el domingo Soderling probó a qué sabe la nueva medicina que receta Nadal, cuyo catálogo de golpes parece inacabable.
Cuando pensábamos que ya lo sabíamos todo sobre él, que su construcción como jugador estaba conclusa, el Nadal del 2010 nos revela detalles nuevos, insospechados, los que forjan a un campeón: el deportista capaz de reinventarse cuando otros se limitarían a paladear la gloria. Este Rafa renacido se alimenta de dos vetas: la primera, emocional, porque ha fortalecido su proceso de madurez aprendiendo a decir no, por doloroso que sea negarse a jugar el torneo que organiza su club (el Godó del Tenis Barcelona), por impopular que resulte desertar de la Davis que le debía traer hasta Logroño.
La segunda vertiente del nuevo Nadal sucede sobre la cancha: allí brota el mismo tenista febril, dueño de una paleta que se ensancha desde el fondo (ese sutil revés cruzadito que exhibe este año) y gana en potencia en todas las facetas del juego. Incluido su lunar de siempre, el saque, que parece funcionar mejor cuando acecha la fase final de un torneo o afronta los momentos decisivos de sus duelos. Porque ésa es otra cualidad del Nadal de toda la vida que sólo parece mejorar: una sobresaliente capacidad para ofrecer su versión fetén en ese tramo de los partidos que a otros se les atraganta.
¿Un ejemplo? Comienzos del segundo set de la final parisina: Nadal resiste como un numantino el asalto de Soderling, quien tropieza con su incapacidad para romper el saque de su oponente y acaba cediendo tras un intercambio de golpes maravilloso y feroz. El tenista mallorquín se toma el siguiente juego de descanso (gana el sueco 40-0) pero se impone en blanco en los dos siguientes y sale de esa zona del partido impulsado hacia la victoria. Dos sets arriba en el marcador. Imposible imaginar un partido sobre tierra que Nadal pierda en el quinto set; el primero que no lo imagina es Soderling. Durante esos minutos, el nuevo número uno jugó como los ángeles, los vecinos de ese Dios que a veces juega a los dados. Y a veces, juega al tenis: entonces se llama Rafael Nadal, el tenista que empieza esta semana en Londres la campaña sobre hierba, que sólo puede traerle buenas noticias porque apenas tiene puntos que defender en la ATP. Todo lo contrario que Federer, quien preparaba ayer su viaje a Wimbledon en el césped alemán de Halle mientras el tenista que le ha destronado exhibía por Eurodisney el trofeo de pentacampeón parisino antes de cruzar bajo el canal de la Mancha rumbo a Queen’s. Allí le espera el ganador del encuentro entre el brasileño Daniel Marcos y el esloveno Kavcic Blaz, en las venerables pistas del club donde Woody Allen rodó ‘Match point’: sí, esa película donde Dios (o el destino) jugaba a los dados.

El otro Verdasco

Sin novedad en las entradas semanales de la ATP, cuyo ranking queda prácticamente congelado a la espera de cómo evolucione Roland Garros. La única noticia relevante es el regreso de Richard Gasquet, cuyo triunfo en Niza le reporta una subida de 23 puestos y le sitúa de nuevo entre los 50 mejores, mucho más cerca de su auténtico lugar, luego de superados sus problemas de lesiones y la (injusta) sanción por dopaje: besar a una chica que había esnifado coca es lo que tiene. Pero si Gasquet alcanzó el éxtasis en la Costa Azul fue gracias a la inestimable ayuda de su rival, el español Fernando Verdasco, que recordó demasiado a aquel tenista volcánico, incapaz de reprimir sus emociones, fatalista como un héroe de Dostoievski cuando las cosas van mal. Era aquel Verdasco que creíamos olvidado, sepultado por este nuevo jugador emocionalmente intenso, sí, pero propietario de la sangre fría imprescindible para escalar hasta el top-ten. En Niza no rompió la raqueta como solía, pero fue casi lo único que no hizo: malgastó varias bolas para el 5-1 en el tercer set y luego sucumbió en la muerte súbita, dejando tras de sí el reguero de insultos, feos gestos y peor actitud que ya habrán visto ustedes por todas las teles del mundo. Uno de esos momentos que se rescatan en los especiales de Nochevieja para resumir lo más loco del año en el deporte mundial; seguro que el primero en arrepentirse es él. Lo preocupante es, con todo, haber visto emerger al tenista que habíamos dejado atrás y el mal ejemplo que regala a los críos que hoy empuñan una raqueta y le tienen entre sus héroes. Un consuelo: en París, de nuevo sobre la arcilla francesa, tiene la ocasión de redimirse. Bastaría con que concentrase sus energías en lo importante: jugar al tenis. Y él sabe hacerlo muy bien.

P.D. De Arnedo llegan las felicitaciones de la familia Rubio por el artículo sobre Joel. Ojalá que nuestro número uno sepa copiar lo bueno de gente como Verdasco y nunca imite lo malo. En los tiempos en que una Dunlop Maxply costaba 3.500 pesetas de las de antes (primeros años 70), el dueño de este blog vio a un compañero de generación destrozar su raqueta de un modo sistemático, concienzudo, contra el poste de la red. Sucedió ante el estupor de sus padres en las pistas de abajo de Cantabria, tras una cruel derrota. Lo hizo sin emocionarse, como un cyborg; de premio, recibió esta noticia: “Te has quedado sin paga para el resto del año”. Entonces, antes de que llegara la ESO, este tipo de amenazas sí se cumplían, así que nuestro hombre desapareció de las canchas por una temporada. Allí se acabó su carrera por el tenis regional. Recuérdalo, Verdasco.

El hombre de hielo

En puridad, este blog debería haber empezado así. Con Borg. Incluso rima. Se podía haber llamado blogborg o borgblog y todos sabríamos de qué estábamos hablando, pero en fin… Uno es leal a sus principios y mantengo la fidelidad por don Andrés Gimeno. Digamos que es mi padre tenístico; según esa teoría, Borg sería mi hermano mayor. A fin de cuentas, sólo me lleva seis años y cuando surgió ante nuestros ojos todo en él desprendía cercanía: hasta su aparición estelar, los tenistas, incluidos los más jóvenes, nos parecían gente mayor en zapatillas, con mayor o menor habilidad, con mayor o menor encanto. Con Borg, quienes nos empezamos a afeitar en los 70 encontramos un igual, un héroe próximo, el primer tenista pop. No brotó de la nada: emergió en la estela de Jimmy Connors, que era más bien roquero línea Neil Young, con su Wilson metálica. Lo que Connors conquistó, Borg lo trasladó a otra frontera. Una frontera sideral, convertido en uno de los primeros deportistas globales, una marca, un icono que trascendía el tenis y se convertía, entre otras cosas, en un fenómeno para adolescentes. Borg es el padre fundador del tenis actual. Nada menos. Se podrá discutir quién fue mejor, qué palmarés impresiona más, quién reunió más talento. Pero nadie objetará nada a la siguiente frase: con Borg, este juego penetró en su actual dimensión. Y lo hizo para quedarse.
¿Cosas que cambiaron con Borg? Lo primero, los golpes. Nadie jugaba así hasta que llegó él. Recuerdo que incluso nuestros profesores, a la cabeza el maravilloso Moncho Infante, nos desaconsejaban imitarle. No fue difícil hacerles caso: ninguno sabíamos cómo coger la raqueta con las dos manos. Luego nos enteramos de que ese modo de ejecutar el golpe lo había aprendido de crío, jugando a ¡¡¡hockey sobre hielo!!!. Aún nos desconcertó más saber que su tiro de derechas, el primer drive liftado del que teníamos noticia, estaba sacado ¡¡¡del ping-pong!!! Como para atender los consejos de nuestros maestros; no podíamos seguir sus consejos, estábamos auténticamente excitados con la posibilidad de imitar a Borg, de copiar sus gestos.
¿Más novedades? Bueno, hemos dicho que fundó el tenis moderno, así que a él le debemos que se institucionalizara la figura del entrenador, algo que hasta entonces era impensable. Los tenistas eran cazadores solitarios, miembros de una cofradía adicta al bricolaje, que mejoraban a base de mirarse en el espejo de los mejores, ensayando entre ellos, sin esa idea de superación constante tan cara al deporte actual. El entrenador de Borg se llamaba Lennart Bergelin y guiaba sus pasos al parecer por control remoto o parasicología porque jamás se le veía dándole consejos desde la grada; era algo más que su entrenador: su mentor, su tutor, una especie de papá portátil que le guiaba por el circuito sin más palabras que las necesarias. Borg no parecía necesitar su protección, porque siempre pareció un tenista autosuficiente, pero supongo que le tranquilizaba ver la figura patricia de su técnico en la grada, con aquel aire de mayordomo aburrido.
De Bergelin tal vez extrajo Borg otra de sus aportaciones al circuito: la dureza mental. Hasta entonces, los jugadores eran del tipo artista, a quienes veías flaquear en la cancha si perdían o sonreír si atrapaban un tanto. El tenista de hoy, de mirada mineral (¿alguien ha visto sonreír a Ljubicic?) llegó con Borg, que sólo se permitía algún exceso (siempre contenido) cuando liquidaba a su rival. Esa fiereza de carácter tan insólita iba acompañada de otra incorporación que también llevaba su sello: la preparación física. En alguna cancha se veía a ciertos jugadores ya otoñales incapaces de disimular la tripita; la mayoría apenas concedía importancia a factores como potencia, intensidad, resistencia, energía… El tenista sueco también fue en eso un pionero: por primera vez, las piernas tenían en este juego tanta importancia como los brazos.
Y otra novedad final, que esto está saliendo muy largo (se ve que me emociono) y lo voy a despiezar. Borg fue el primer tenista que llevó la publicidad a las canchas. Trajo una marca nueva de raquetas (Donnay: todos queríamos tener una y abandonamos a la fiel Dunlop Maxply ¡Mea culpa!) y de pelotas (Penn, que todavía siguen por ahí), llenó de adolescentes las pistas (sobre todo en Wimbledon, donde le arrojaban ¡sujetadores! las más exaltadas, para felicidad de los tabloides ingleses) y arruinó a muchos barberos: su melena era lo más fácil de imitar que teníamos a nuestro alcance. Mañana continuamos.

P.D. Siendo unos pipiolos, por Logroño llegó Pedro Masip, entonces el mayor gurú del tenis español. Un sesentón encantador, que impartió un clinic masivo en Cantabria, comió en el bar de las piscinas y por la tarde cumplió su promesa de proyectarnos una película “con los mejores tenistas del mundo”. Borg, Borg, pensábamos. Así que se puede imaginar nuestra decepción cuando apostó en el salón social su proyector de super8 para reclamar una sábana como pantalla y deleitarnos con las leyendas… del tenis australiano. Laver, Roche, Newcombe nos parecieron reliquias, a pesar de que uno de ellos, Ken Rosewall, había llegado a la final de Londres el año anterior frisando los 40 años. “Ahí va el mejor revés del mundo” nos alertaba cuando veíamos al tenista aussie ejecutar un golpe con mucho estilo, sí, pero que representaba una caricia para Connors, su verdugo en 1974. No entendíamos nada. Así que alguno nos acercamos hasta él cuando recogía sus cosas y le preguntamos si no tenía alguna película de Borg y su revés a dos manos. “¿Borg? Pero si el revés a dos manos lo inventó Pancho Segura. Ese chico no tiene futuro, ya lo veréis”. En aquel tiempo se respetaba la palabra de una persona mayor y en honor de don Pedro debo decir que yo me lo creí con tanta fe que luego no podía evitar una sonrisa cada vez que, a partir de aquella tarde, Borg atrapó un Grand Slam.

El revés de Federer

Triple revés para Federer en Madrid. El primero, porque pierde los puntos ganados el año pasado en la misma proporción en que sube Nadal, que ya viaja hacia París como número dos y el tenista más en forma, de nuevo rey de la arcilla, el jugador con más títulos de Masters Series en su mochila tras superar ayer a Agassi.
Segundo revés: el de Nadal. Concretamente, su revés cruzado, su golpe para este año, su particular I+D. Rafa innova y desarrolla cada temporada; esta vez, añade a su paleta una jugada que fue en la Caja Mágica una tortura para Federer, incapaz de leerla. A ratos, el suizo pareció capaz de plantar cara a Nadal, sobre todo en el tramo final del segundo set, pero ni siquiera esa crecida evitó su derrota. Malas noticias para aterrizar en Roland Garros, que ya acecha.
Y tercer revés: el revés de Federer. Al segundo Grand Slam del año llegará después de haber ensayado mil veces ese golpe, las mil veces que le envió Nadal la pelotita hacia la esquina, esa bola profunda, no demasiado potente, pero sí muy liftada, la bola que impide a Federer ser Federer. Incómodo, no gobierna el peloteo, tiene problemas para encontrar su golpe de derechas; ayer, extrañó que casi siempre le pegara plano o liftado de revés, porque cuando pinchaba la pelota cortadita le creaba más problemas a Nadal que cuando devolvía golpe por golpe. Una mala elección. Lo dicho: todo un revés.

P.D. La subida de Nadal no es la única gran noticia que envía este lunes el ranking de la ATP. También Ferrer avanza un puesto (ya ocupa el lugar número once) y Almagro recibe la recompensa a su sensacional semana en Madrid, su estupenda marcha sobre tierra: mejora su ranking en 13 puestos, alcanza el número 22 y rubrica la hegemonía española, con seis tenistas entre los 25 primeros.

Viva la Pepa

Por fin… El legado de Arancha y Conchita revivió esta semana en Roma, donde Pepa Martínez demostró que tiene toneladas de talento al servicio del top-ten, donde debería fijar su techo. Despachó a tres jugadoras de muchos kilates (Wozniacki, Ivanovic, Jankovic) y alzó un trofeo que a España se le resistía desde el abandono de sus dos glorias nacionales, una suerte de Masters 1000 para chicas, antesala del Grand Slam. Y lo hizo una jugadora enorme, que ha tenido que esperar hasta la madura edad de 27 años para demostrar al gran público todo el tenis que lleva dentro, un tenis diferente, que le permite esta semana figurar por primera vez entre las 20 mejores del mundo: la jugadora yeclana ocupa ya el puesto número 19, un salto de siete puestos.

En una entrada anterior, ya alertaba de que estábamos ante una Navatrilova rediviva: zurda, gran saque, elegantísima volea, un revés cortado que parece gemelo de aquel con que la checo-americana nos maravilló en los 80… Y un atributo propio, grandioso, que reserva para los torneos sobre tierra: la dejada, un palo que apenas aparece en el tenis de hoy, pero que tiene infinidad de posibilidades. Ya vimos a Gulbis, también en el Foro Itálico, poner en problemas al gran Nadal con este golpe que no es un golpe, que es una caricia que sirve para varias cosas: a) bien ejecutado, otorga un tanto directo; b), si el rival te pilla el truco, surgen varias opciones, todas ellas atractivas: b1) te devuelve forzado y le tiras un passing o un globo o una contradejada; b2) le haces correr un rato hacia delante y si encima le ganas el tanto, le machacas por partida doble; b3) le rompes el ritmo, que no sólo de cañonazos vive el tenis.. Y lo más importante, que se me olvidaba: aunque salga mal y pierdas el tanto, ya le has instalado en la duda y, de paso, tú te has divertido un rato.

P.D. Cuando entrevisté hace unos días a Joel Rubio, fue sincerísimo cuando me contestó quién era su jugador favorito haciendo dejadas. “Ni idea. Ahora no se hacen” Así que me remitió a uno de los históricos, “McEnroe o uno de esos”. Bueno, pues Joel y sus colegas de generación pueden verse algún vídeo de Pepa Martínez y ponerse a practicar. La dejada ha vuelto.

La Rioja

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