O respiras. O no respiras. Si respiras te vuelves loco. Si respiras te infectas los bronquios con un enjambre de virus. Al margen de las cenizas boreales, la bronquitis más frecuente estos días es la del juez Garzón, pillada en uno de sus campos de prevaricación, que puede terminar en neumonía nacional múltiple. Garzón lleva años siendo un bálsamo de efectos paradójicos: fue el único que consiguió amedrentar a un general, y que ahora se enfrenta al fantasma de otro que mantiene a sus matados durmiendo en guerra; es de los pocos a los que la varita mágica de la Anjana Botín cubrió de tantos miles de euros como para resucitar a un muerto; es un juez obligado a presumir inocencias y respetar intimidades, al que acusan de mortificar su sueño carcelario los teléfonos de la cuadrilla Gürtel; azote de etarras, al que de vez en cuando le fallan los papeles, como en la última petición de extradición que un juez francés le ha denegado por olvidar una póliza. Es uno de esos enfermos que no se lee los prospectos, se salta una línea, salta de vía crucis en vía crucis y los defectos de forma flotan mientras el fondo se hunde
Garzón no es un santo, sólo un actor consagrado del sarpullido que aqueja a la toreada piel de España, tan poblada de jueces, enjuiciados, jueces enjuiciados, presuntos en espera de juicio y gentes sin juicio. Se ve y se oye al mapa burbujear, eructar, fallear, explotar en tracas de ferias de vanidades, que recuerdan lo peligroso que es asomarse al exterior. Precisamente del exterior, del otro lado del río, que cantaría Jorge Drexler, llega el eco del derecho internacional sobre delitos que no prescriben, por mucho que las ansias de una noble y pacífica transición los prescribieran. ¿No fue prevaricación mirar para otro lado mientras los herederos del franquismo se reinsertaban adecuadamente? La foto fija de aquellos pactos se está moviendo en los últimos años de manera inquietante.
El eczema y la congoja bronquial también han llegado a la tierra del bon vino, aunque más livianos y espirituosos. Tras el revuelo de la finca Rihuelo, se han avistado velas de miles de uvas piratas, llegadas como en patera, en busca de papeles y de una familia que las adopte: la de la consejera Vallejo, cuya cabeza política quieren cortar cada tres por dos sus adversarios y ni se mueve. El loco viento del país las ha pillado a lo loco, a simple ojo clínico, sin ningún fonendoscopio ni documento. Ni a Garzón se le suelta tanto la pinza administrativa, procedimental o como jurídicamente se llame. Y como las pinzas nunca se sueltan solas, otra pinza de doble agarre se soltó el otro día en el Parlamento riojano, con el presidente Ceniceros gripado por la diputada Ortega, a la quiso desalojar, y como la Agustina de la Rioja opuso resistencia, desalojó a toda la tropa parlamentaria. Todos a una, todos a la calle, todos locos.
Oculto tras el catarro ibérico queda el dolorido sentir de José Bono, al que acusan de ser excesivamente rico. Tose euros, pero ha demostrado que le salen del sudor de su frente, de su suerte en los negocios, del susurro de sus caballos, de su santa esposa y de su buena memoria, que emana oro editorial en recuerdos socialistas y católicos. Todo legal. Es legal su patrimonio, que sobrenada por encima de parados que se ahogan, y sobre pobres para los que acendradamente implora mercedes. Si luego viene un parado y pobre carpintero de Nazareth y le pide que dé todo lo que tiene y le siga, ya se levantará acta y se incluirá en el diario de sesiones.
Hay revoltosos que no se conforman con nada.

