El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad
El corazón de las tinieblas
Joseph Conrad
Traducción de Araceli García Ríos e Isabel Sánchez Araujo
Alianza Editorial, Madrid, 2005
Joseph Conrad, nacido en 1857 en Polonia como Josef Teodor Konrad Korzeniovski, era hijo de un noble. Huérfano a los 12 años, abandonó su país natal ocupado por los rusos, y a los 16 años se trasladó a Marsella. Navegó en barcos franceses. Más tarde se enroló en la marina británica, se nacionalizó inglés en 1886 y cambió su nombre. Siguieron diez años en los que navegó mucho, sobre todo por Oriente.
Conrad viajó, en 1890, al corazón de África, y siguió el cauce del río Congo. Entonces se llamaba Congo Belga. Después de su independencia, República Democrática del Congo. Luego, Zaire. Ahora ha recuperado el nombre anterior. Un lugar legendario y sangriento que todavía lo sigue siendo hoy.
Entonces Conrad era oficial de la marina mercante británica. Fue testigo de espantosos horrores cerca de lo que hoy es Kinshasa, y a finales del siglo XIX era Leopolville en honor al rey belga. Más de diez años después, el escritor recordaba a Mr. Kurtz, uno de los agentes de ese monarca; un tipo desalmado que esclavizaba a los nativos, los torturaba, exponía sus cadáveres empalados para público escarmiento. Mientras tanto, acumulaba una gran fortuna. Uno de los horrores colonialistas que contribuyeron a la angustiosa situación del África central de ahora mismo.
En 'El corazón de las tinieblas' se narra el viaje por el río Congo de Marlow, un capitán de barco mercante. Cuenta, él mismo, a su tripulación, la vez que dirigió una expedición a la impenetrable jungla. La oscuridad de la selva durante el día, la oscuridad de la noche y la ceguera de la niebla son imágenes de la sima moral en la que se encuentran los implicados en el saqueo del marfil a los aborígenes. Mr. Kurtz, el agente que se ocupaba de conseguir el marfil de los cementerios de elefantes, ha dejado de enviar mercancía. Se sospecha que pudiera estar enfermo. Pero la envidia de los otros agentes, que no consiguen de los habitantes de la selva tanto marfil como Kurtz, les lleva a poner trabas a Marlow, el enviado de la empresa, y retrasar así una expedición en su ayuda. Desearían que a su llegada estuviera muerto y así hacerse con las influencias que pudiera haber conseguido Mr Kurtz en Europa.
La envidia es ciega como lo es la avaricia. Mr Kurtz maltrató a los negros del Congo, y explotó tanto su fuerza física como su ignorancia imponiéndoles un trato de sumisión como si fuera una deidad. Y la avaricia de los otros agentes es tan grande que se apoderan de las pertenencias de Kurtz –beneficios de su actividad mercantil- y procuran que no llegue vivo de regreso.
El encuentro de Marlow con él supondrá un cambio de vida del ya viejo marino, que es capaz de distinguir la codicia y la miseria de los otros agentes y presta su apoyo a Kurtz, aún a sabiendas de que es culpable del trato bárbaro a los nativos. Le ayuda y recibe el ruego del moribundo de custodiar unos papeles.
Kurtz muere sintiendo el horror del mal que había infligido a los nativos; el horror del saqueo que supuso el trapicheo de mercancías fraudulentas a cambio del marfil; el horror de su aniquilamiento personal, moral y físico.
De regreso a Europa, Marlow entrega un informe sobre la tragedia de los nativos del Congo a la prensa, escrito por Kurtz, para que lo hagan llegar a la población europea y un paquete de cartas a la mujer que le esperaba para casarse con él. Ella pide a Marlow que le diga cuáles fueron sus últimas palabras. Marlow no se siente lo suficientemente fuerte como decirle que fueron precisamente “¡horror, horror!”. Ante el dolor de la mujer le asegura que Kurtz, lo último que dijo fue su nombre.
Conrad nos ofrece un análisis, en estas 140 páginas, del horror al que conduce la conducta del hombre que pone en las riquezas su corazón y se olvida del respeto al ser humano como tal, aunque esté en unas circunstancias en las que la ley civil no llegue a alcanzarle o a condenarle; aunque no exista ninguna ley civil que le obligue a respetar al otro como a sí mismo, sin importar el color de la piel, la edad o el sexo.
El sobrino de Atilano Nicolás
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El sobrino de Atilano Nicolás
mirpaceAtilano Nicolás, hombre nacido y "trabajado" en un pueblo de Castilla y León es apreciado por sus vecinos por su criterio justo y perspicaz a la hora de encarar la realidad de su comunidad rural y de compararla con la evolución, mejor con la revolución, a la que la sociedad española del siglo XXI nos somete, sin pedirnos permiso. De ese acertado mirar la realidad que nos envuelve y de su contraste con el punto de vista de su sobrino "habitante de la ciudad" (El sobrino de Atilano Nicolás) sale la tinta de todos estos artículos, que bien pudieran pertenecer a varias plumas, una de las cuales será sin duda, la tuya, paciente lector. Eperamos tu comentario. Sin duda, acertado también.
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