EL SEXO EN EL CINE

“La sexualidad pierde su fuerza y su magia cuando se hace explícita, automática, exagerada, cuando se convierte en una obsesión mecánica. Llega a ser aburrida. Usted nos ha enseñado mejor que nadie lo erróneo que es no combinarla con la emoción, la sed, el deseo, la lujuria, los antojos, los caprichos, los lazos personales, las relaciones más profundas, que cambian su color, su sabor, sus ritmos y sus intensidades. No sabe usted lo que pierde con su análisis microscópico de la actividad sexual y la exclusión de todo lo demás, sin el combustible que la enciende: lo intelectual, lo imaginativo, lo romántico, lo emotivo. Es todo esto lo que da a la sexualidad sus sorprendentes texturas, sus sutiles transformaciones, sus elementos afrodisíacos. Usted reduce el mundo de sus sensaciones. Lo está marchitando, lo hace pasar sed, lo deja sin sangre… No hay dos pieles que tengan la misma textura, nunca hay la misma luz, ni la misma temperatura ni las mismas sombras, ni tampoco el mismo gesto; porque el amante, cuando está encendido por un verdadero amor puede recorrer la interminable historia de tantos siglos de cuentos de amor. Una enorme gama, enormes cambios de época, variaciones de madurez e inocencia, perversidad y arte, animales graciosos y naturales.”

Anaïs Nin

En su último libro, antimanual de sexo, Valérie Tasso habla del discurso normativo del sexo, una especie de programa ideológico, lo que nos quieren hacer creer que es el sexo pero que no es más que una representación moralista de él. Un modelo que se apoya en tres patas: el coito, el falo y la pareja. Y en el cine ¿qué ocurre con el sexo? ¿También se apoya simplemente en estas tres patas?



El sexo en el cine.

Desde hace unos años el planteamiento del sexo en el cine ha ido evolucionando hacia un punto que oscila entre la belleza de lo erótico y lo explícito del porno. Pero ni es pornografía ni podría considerarse simplemente cine erótico.

Se trata de ver el sexo con la máxima naturalidad, dejando a un lado los tabúes pero sin llegar a banalizarlo como ocurre con el cine clasificado X.

Bernardo Bertolucci supo reflejar esta idea a la perfección hace ya treinta y cinco años con El último tango en París (Last Tango in Paris, 1973), un film que relataba la historia de un hombre y una joven que se encuentran fortuitamente en un piso vacío, comenzando así una relación puramente carnal, estableciendo el pacto de encontrarse ocasionalmente en el mismo lugar sin saber si quiera sus nombres.


La película es un drama en toda regla que refleja el cansancio de vivir, la desesperación y la angustia de un hombre cuya mujer acaba de suicidarse, en contraste con la actitud de la protagonista: una joven en la flor de la vida, dispuesta a vivirla, a descubrirla por completo.

Hay muchísimas formas de ver el sexo, como también hay muchísimos fines para los cuales utilizarlo.



En 1975, Pier Paolo Pasolini estremeció al mundo con su obra Saló, o los 120 días de Sodoma, una película donde el sexo interpretaba el papel protagonista, junto a la violencia, como arma para criticar los pilares de la sociedad italiana de su época, representados en el film por medio de los personajes del Presidente, el Duque, el Obispo y el Magistrado. Estos personajes secuestran a nueve jóvenes de entre catorce y dieciocho (he ahí la polémica de la película, ya que los actores tenia esa edad, censurada en varios países) a los que violan, torturan, humillan… Toda una crítica, durísima, a los poderes de la sociedad, muchas veces por medio de metáforas, como la famosa escena en la que unos chicos y chicas comen heces, que es una crítica a los alimentos producidos en masa.

Hasta esta película (basada en una obra del Marques de Sade) no se habían rodado escenas con toda esa crudeza y tanta libertad con la que el creador se dotó a sí mismo, desdibujando los límites convencionales y cinematográficos que encierran el erotismo, pornografía, expresión, sadismo, provocación y degradación humanas. No apta para todos los estómagos, la cinta hipnotiza a cualquier cinéfilo avezado y sin prejuicios, que entienda realmente el universo de Pasolini y los contornos (o aristas) de su lenguaje, y la película rebosa calidad artística. No obstante no impidió que tras esta película fuera asesinado en circunstancias un tanto extrañas.

Once años después de Saló, David Lynch estrenó Blue Velvet, una película en la que se nos desvelaban las dos caras del sexo. Por un lado, Frank Booth y Dorothy Vallens, interpretados por Dennis Hopper e Isabella Rossellini, representan la sexualidad descarnada, extraña, sádica. Mientras que Jeffrey (Kyle MacLachlan) y Sandy (Laura Dern) son el sexo inicial, mojigato e ingenuo. Un contraste que se verá enfrentado a través de Jeffrey, cuando descubre variables sexuales de la mano de Dorothy.



En este caso el sexo es utilizado por David Lynch para mostrar el bien y el mal, las dos caras de la sociedad, en este caso la americana: hay un aspecto muy inocente e ingenuo en la vida americana, y también hay horror y maldad.

La película relata el descubrimiento de ese horror y esa maldad ocultos. Una evolución hacia la madurez, dejando atrás la inocencia y la concepción clásica de la relación de pareja.

Un descubrimiento que comienza en el momento en que Jeffrey encuentra la oreja amputada. Esta oreja, “es una obertura. Una oreja es ancha y te metes. Va hacia algún lugar inmenso. Es un ticket hacia otro mundo.” Este recurso lo utilizaría David Lynch de nuevo en el 2001, representado esta vez por una extraña cajita, en Mulholland Drive. Un lugar que encierra la triste realidad, con toda la oscuridad que contiene el ser humano. El camino al infierno en realidad es el camino hacia la realidad.

En 1990, Philip Kaufman se atrevería a abrir el universo de Anaïs Nin (1903-1977), quizá la escritora de literatura erótica por antonomasia.


Anaïs Nin escribió diarios desde los doce años. Diarios en los que relataba todas sus experiencias, como por ejemplo, la relación que tuvo con el escritor Henry Miller y su mujer, June, hasta la para nada convencional relación que mantuvo con su padre, recogida en su obra Incesto: diario amoroso.

Henry Kaufman se centró en la etapa vital de Nin en la que conoció a Henry Miller y June, para realizar el film Henry y June.

Una historia real más erótica que ninguna fantasía.

Esta película, protagonizada por Maria de Medeiros en el papel de Nin, Fred Ward como Miller y Uma Thurman como June, relata la relación triangular, desenfrenada y erótica de estos tres personajes. June, ex prostituta, inicia a Anaïs Nin en el voyeurismo y las relaciones lésbicas, por ejemplo, brindándonos una de las escenas lésbicas más oníricas de la historia del cine protagonizada por María de Medeiros y Uma Thurman. Aunque once años más tarde David Lynch también volvió a abrir ese sendero con Naomi Watts y Laura Harring en Mulholland Drive.

Si bien fue El último tango en París la película precursora en la forma de ver el sexo en el cine, Henry y June consiguió que en Estados Unidos se creara una nueva cateogoría: NC-17. Sólo para mayores de diecisiete años. Una clasificación que se encuentra un peldaño más abajo que la categoría X.

Recuerdo cuando se estrenó Lucía y el sexo (Julio Médem, 2001). Por aquel entonces yo tenía trece años y mis amigos querían ir al cine a verla porque decían que era porno. Era porno, según ellos, porque Paz Vega salía desnuda y “se pasan media película follando”. Después, cuando ya la vieron, se quedaron sólo con la imagen de las tetas de Paz Vega, pero la película no les gustó en absoluto porque no la entendieron.

No considero Lucía y el sexo como una película de visualización necesaria, pero creo que fue un punto clave en la evolución del tratamiento del sexo en el cine. El sexo es aquí un torrente de sensaciones, mucho más que una moneda de cambio. Es un medio de expresión para los protagonistas. Desde Paz Vega (Lucía, un rayo de sol, que vive la sexualidad estable, quizá más convencion­al) hasta Najwa Nimri, que ve el sexo como un instrumento con poder sobre el destino. Una vez más, como en Blue Velvet, se nos muestran dos caras diferentes de la sexualidad y la evolución de un personaje en el camino del sexo más o menos convencional hacia un lado más oscuro o, en este caso, más espiritual.

Michael Haneke se atrevió en 2001 a adaptar cinematográficamente la novela de Elfriede Jelinek Die klavierspielerin. A través de Erika (interpretada magistralmente por Isabelle Huppert) nos adentramos en un mundo de dolor, en la represión del placer llevaba al máximo. El placer ya no es disfrutar del sexo en las propias carnes, sino verlo desde fuera (voyeurismo). El placer de ser humillada, maltratada. Una conducta sadomasoquista situada muy lejos de lo que actualmente se conoce como BDSM. Ella quiere el dolor real, que Walter (su alumno y amante) la abofetee y haga con ella cuanto quiera. Quiere, simple y llanamente, ser una esclava. Esta actitud esta claramente marcada por la figura de una madre extremadamente represiva y posiblemente una juventud de aislamiento y desconocimiento.

El cine ha representado en más ocasiones personajes oscuros, frutos de infancias traumáticas y reprimidos por una madre obsesiva, no necesariamente incluyendo escenas sexuales o el sexo como tema, sino más bien las manifestaciones de una educación sexual confusa. Estos personajes suelen poblar las películas de terror o el cine negro. El mejor ejemplo de ello lo podemos encontrar en Norman Bates, de Psicosis.

El sexo femenino y la sangre.

La sangre en el sexo femenino siempre ha sido sinónimo de cambio de etapa vital. Como el paso de la infancia a la edad adulta, etcétera. Personalmente no creo que la primera menstruación signifique gran cosa, como tampoco creo que signifique mucho la primera relación sexual. No creo que después de la primera regla o el primer encuentro sexual la mujer cambie radicalmente, pero sí es cierto que existe una tradición vinculada a este hecho que no podemos obviar. Quizá por eso cuando lo vemos en el cine nos infunda una serie de diversas sensaciones.

Como nos han hecho creer en la vida real, en el cine la sangre vinculada a la mujer puede marcar un corte. El comienzo o el fin de algo.

Por ejemplo, en La Pianista (Michael Haneke, 2001) vemos un claro antes y un después bifurcado por la escena de la mutilación. Apenas ha llegado el minuto treinta y seis del film, Erika (Isabelle Huppert), se sienta en la bañera y con la misma tranquilidad que podría manifestar quien se depila las ingles a cuchilla, comienza a auto herirse con una cuchilla. Michael Haneke no nos permite mirar entre sus piernas. No sabemos precisamente dónde se está dañando. Lo único que vemos es la tranquilidad en su rostro y un reguero de sangre descendiendo desde su sexo hacia la bañera. Después limpia la bañera, se pone una compresa y va hacia el salón, donde le espera su madre con la cena en la mesa.

En el año 2003 Bernardo Bertolucci regresó a París, a los colores pastel y el sexo, como ya haría treinta años antes con El último tango en París.

Pero ahora retrocede. La historia no se centra en los años setenta, si no un poco antes: en 1968, cuando el espíritu revolucionario estaba al dente.

Matthew, un joven estudiante americano, llega a París y conoce a Isabelle y Theo, dos hermanos mellizos. En el momento en que les conoce él ya se siente fascinado por su amor al cine y la música, surgiendo entonces una simple amistad que se verá intensificada cuando los padres de Theo e Isabelle se vayan de casa y Matthew se quede con los hermanos.

Es entonces cuando Matthew descubre la enfermiza dependencia que une a Theo e Isabelle, los retorcidos juegos que llevan a cabo. El mundo que se han creado para quizá evadirse de aquello que se está gestando en la calles de Francia.

Hay una escena bellísima en la que los tres están jugando a “Dime la película o paga la prenda”. Theo se tira al suelo y pregunta: ¿En qué película una cruz marca el lugar del crimen?

La película es Scarface, el terror del hampa (Howard Hawks, 1932), pero Matthew no lo acierta, por lo que Theo le propone la siguiente prueba: quiere verlos, a Isabelle y a él, hacer el amor.

Lo que Matthew no sabe es que ella es virgen. Una vez más vemos en el cine la pérdida de la “inocencia” (aunque no me gusta mucho utilizar este término, pues no creo que uno sea más o menos inocente por haber o no haber practicado sexo). En las calles bulle la revolución, gente corriendo, banderas y fuego; Theo fríe unos huevos como si tal cosa y Matthew descubre que Isabelle es virgen. Eso es lo más importante en ese momento, en ese mundo que han creado encerrados en casa, entre el cine y el sexo.

La sangre de Isabelle en las manos de Matthew, que se encuentra sorprendido, o más bien estupefacto. ¿Por qué ha hecho eso Theo? ¿Qué clase de relación tienen esos hermanos? ¿Por qué ha cedido ella a las órdenes de Theo, si al fin y al cabo aquella prueba sólo era parte de las reglas de un juego? Sólo, sólo un juego.

Matthew agarra el rostro de Isabelle y la besa, manchando sus caras de sangre y lágrimas. Dando lugar al verdadero comienzo de la película. El surgir de los celos entre los hermanos. Un vórtice de incesto, dependencia y, sobretodo, de descubrimiento. Pero todo ello dentro de un universo cerrado, un universo narcisista, alejado de la realidad que colma las calles de París.


Con esta película Bertolucci volvió a abrir una ventana al cine y la visión del sexo como ya hiciera al estrenar El último tango en París. Desde que se estrenara la historia de aquellos dos desconocidos en un apartamento de alquiler (como vemos, un universo también cerrado al mundo exterior), la visión del sexo en el cine tuvo un auge, pero también una decadencia que volvió a recuperarse, y esta vez de manera más explícita, a partir de Soñadores.

A estas dos películas les separa un periodo de treinta años por el que han transcurrido filmes como Saló, Blue Velvet, Henry y June, El Piano (Jane Cambpion, 1993), Entre las piernas (Manuel González Pereira, 1999), Eyes wide shut (Stanley Kubrick, 1999), Lucía y el sexo o Mulholland Drive.

Si bien las primeras películas tenían el sexo como un aliciente importante, donde se le intentaba dar una imagen natural al sexo en todas sus vertientes (desde la parte más oscura, unido a la tortura, en Saló, hasta una manifestación de amor y sentimientos en El Piano). A partir de la segunda mitad de los noventa el sexo volvió a ser un tabú. No importa cuántos desnudos integrales aparezcan en Eyes Wide Shut o que la historia se desarrolle en un club. La película no deja de ser menos moralista por eso. Es lo que decía Valérie Tasso cuando hablaba del discurso normativo del sexo. Es lo que decía

Anaïs Nin en el fragmento de Pajaros de fuego con el que di comienzo a este trabajo: La sexualidad pierde su fuerza y su magia cuando se hace explícita, automática, exagerada, cuando se convierte en una obsesión mecánica. Llega a ser aburrida.

Cuando hablamos de sexo, cuando lo mostramos ante una pantalla de cine, corremos el riesgo de vulgarizarlo, convirtiéndolo en un instrumento contra él mismo. Y quizá fuera ese el fallo que cometió Julio Médem con Lucía y el sexo. ¿Por qué iban todos aquellos púberes a verla? Porque al final el argumento de la película (que, personalmente, me parece bastante bueno) quedaba subordinado a las tetas de Paz Vega.

Soñadores, como ya he dicho, abrió una puerta, una escotilla hacia una nueva filmografía sexual, a un nuevo género que aún no tiene nombre: películas con escenas de sexo explícitas, que son más que eróticas pero menos que porno: 9 songs (Michael Winterbottom) Lie With Me (Clément Virgo, 2005) y Shortbus (John Cameron Mitchell, 2006).

Nine Songs

¿Se puede definir una relación en nueve canciones? Según Michael Winterbottom, sí.

En esta película se dan cita una americana de 21 años en Londres, un inglés en la Antártida, nueve conciertos, alguna que otra raya y, lo que no podía faltar: mucho sexo.
Desde Black Rebel Motorcycle Club hasta Michael Nyman, pasando por Franz Ferdindand y Dandy Warhols entre otros, Michael Winterbottom nos hace testigos de una relación tan profunda como efímera.
Una de esas películas sencillas, (y tanto, como que apenas tiene guión), que te dejan un buen sabor de boca. Amor a quemarropa con canciones pop. Una relación que podría derretir la Antártida entera.

Esta película, que dura un poco más de una hora, abrió el debate sobre los límites de la sexualidad en el cine. ¿Cuándo una película deja de ser un film convencional para considerarse pornografía?

Es pornografía cuando su objetivo es sólo la excitación sexual de quien lo contempla, dejando a un lado otros factores como un argumento sólido, diálogos y cualquier otro sentimiento que no sea la manifestación de un orgasmo.

Pero claro, teniendo en cuenta que Nine Songs no contaba con dialogos elaborados

(todos los diálogos del filme fueron improvisados durante el rodaje) y el argumento es bastante simple: flashbacks de un amor que duró nueve conciertos, ¿en qué categoría cinematográfica estamos?

Lo que está claro es que no podríamos compara este filme con Hot Rats (Narcís Bosch, 2003). No es una película al gusto de los fans del cine porno, pero tampoco una película recomendable a moralistas o conservadores. ¿En dónde se encuentran esta clase de películas? ¿Ha nacido un limbo de la erótica?

Melissa P y Lie With Me.

Hace pocos años se pusieron de moda los diarios eróticos de lulús del dos mil. Dos ejemplos a destacar son Melissa Panarello y Tamara Faith Berger y sus novelas Los 100 Golpes y Lie With Me respectivamente.

Ahora bien, Melissa P (Luca Guadagnino, 2005) título de su adaptación al cine, es, más que otra cosa, un insulto en toda regla a la autora del libro. Da vergüenza ajena ver a María Valverde protagonizando este filme que se escapa de todo lo que representa la novela y a Geraldine Chaplin haciendo las veces de una abuela inexistente en los diarios. La película se convierte en un drama italiano sobre la relación de tres generaciones de mujeres donde la única racional parece ser la madre, pues es l­a que no toma parte en las excentricidades de la abuela y la relación tan anodina que tiene la protagonista (María Valverde) con el sexo.

Melissa P, la de verdad, tal como se describe en la novela, es descarada y sabe llevar con clase unas medias bajo un minivestido aunque acabe sin bragas en el asiento trasero de un coche con su profesor de matemáticas. Melissa P, la del diario, no menciona en el mismo a nadie ajeno a sus relaciones sexuales. Porque la Melissa que retrata Panarello es una adolescente egocéntrica e impúdica que mira con insolencia la obscena hipocresía de su pudorosa ciudad . En las líneas que componen Los Cien Golpes no hay ni rastro de su familia, salvo pequeñas menciones que no son relev­antes para la historia, y al único amigo que presta algo de atención es un chico gay que se disfraza de mujer para deleite de otros y del suyo propio. Los Cien Golpes es una confesión en toda regla que podría haber derivado en un sicalíptico film sin precedentes. Pero se conformaron con hacer un drama moralista para adolescentes.

Lie With Me (Clément Virgo, 2005) en cambio, es arriesgada y sin censuras. No puedo compararla con el libro pues no he tenido el gusto de leerlo pero a nível fílmico, personalmente, creo que es bastante bueno.

La protagonista, Leila, es interpretada de forma magnífica por Lauren Lee Smith (The L World), y el chico con el que miente es David, interpretado por el modelo Eric Balfour.. El argumento de esta peli podría definirse con el título de una de las canciones que componen la banda sonora: I want you to love me (but you just let me go), de Jonny Gee Rogers.

El film comienza con un monólogo interior de la protagonista que nos anticipa qué buscará la protagonista a lo largo del filme y qué vamos a encontrar nosotros:

He visto cómo el placer toca una polla y hace que un tío parezca que no va a volver nunca. El placer le atraviesa por completo. Sé cómo follar y cómo conseguir lo que quiero, pero mi placer nunca brota del todo. Incluso cuando llego al éxtasis hay partes que quedan atrapadas dentro. Es como si el placer me agarrara el estómago removiéndolo por dentro. Necesito sentir como nunca he sentido.

Ahora bien, ¿por qué recaudó más en taquilla Melissa P que Lie With Me? ¿Por qué la gente fue a ver la primera, movidos por el morbo de encontrar en imágenes todo lo que les sugirió la novela, o porque preferían ver algo light e hipócrita antes que una película con un alto contenido en sexo?

Shortbus

Hace poco más de un año en España se estrenó Shortbus (John Cameron Mitchel, 2006), eclipsando la controversia que suscitó nine songs.

Esta película nos muestra Nueva York y sus circunstancias tras el atentado del once de septiembre. Nos muestra la soledad de los protagonistas, sus obsesiones y sus dramas; todo narrado desde sus formas de vivir el sexo, manifestadas en un local llamado Shortbus, donde puede pasar de todo.

En Shortbus se mezclan la política, el arte y el sexo. Un lugar donde los protagonistas del film se evaden del Nueva York de Bush. Toda la represión americana (desde el pezón de Janet Jackson hasta la censura de video clips en la MTV, etcétera). En una sociedad en la que oprime la moral (más o menos falsa) existe un refugio donde nadie va a juzgar al resto por sus conductas sexuales o sus tendencias políticas.

De modo que aquí nos encontramos con Sofia (Shock-Yin Lee), una terapeuta sexual que nunca ha alcanzado un orgasmo; Severin (Lindsay Beamish), una dominadora profesional; James y Jaime (Paul Dawson y PJ DeBoy), una pareja que se plantea hacer un trío, etcétera.

Esta película contiene escenas de sexo nunca antes vistas en el cine, como por ejemplo la autofelación que se practica James al comienzo del film o la orgía multitudinaria que contempla Sofia al entrar por vez primera en Shorbus. Todo esto sin olvidar que nada es fingido (o eso nos quiere hacer pensar el director. He buscado información y no encuentro nada que lo desmienta… aunque tampoco nada que lo corrobore con certeza).

Pero, ¿ acaso no ocurre lo mismo con cualquier película? Qué más da si es cierto o no. El cine es ficción y, cuando lo vemos, queremos que nos mientan.

adriana Bañares

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