Quince Mordiscos (Completo)

Las notas del piano repiquetearon contra la ventana del salón. Vega, sentada sobre el radiador, fumando un cigarrillo con tranquilidad, vio cómo el hombrecillo verde del semáforo se movía al ritmo lento y tenso de la canción, cómo el viento susurraba su melodía a los árboles, que respondían con sugerentes movimientos de hojas, y cómo las gotas de lluvia morían contra el cristal atraídas por el melancólico sonido de aquel instrumento.
Cuando terminé la interpretación y el muñeco del semáforo se tornó rojo y estático, Vega apagó su cigarrillo, suspiró abatidamente y dijo “Dejémoslo”.
- Tus canciones me recuerdan cosas que no quiero recordar. Me estás quitando la
vida con tanta tristeza.
Más vale que la beses o te vayas, me dijo la conciencia. Pero ni la besé ni me fui, así que ella cogió sus cosas, su pequeño bolso de Louis Vuitton, y cerró la puerta desde fuera.
Como si la muerte fuera una molestia para quienes están alrededor, como si al morir se convirtiera en un estorbo, mi perrita decidió quitarse de en medio, irse de mi casa aquella tarde de principios de abril. Desde entonces no puedo evitar preguntarme en qué lugar decidió dejar su cuerpecito de color canela.
He caminado por las calles de esta ciudad muchas veces, de incógnito, como un insignificante individuo más, mordiéndome los labios para evitar llorar frente a un escaparate. He caminado en equilibrio sobre el borde de la acera y he mirado a los ojos de los hombres que observan a los niños en los parques. He tropezado con baldosas rencorosas, he fotografiado cosas que me parecieron bonitas en la fugaz memoria de mi retina y he apretado los puños dentro de los bolsillos del abrigo cuando me he visto con ganas de gritar. Pero no he encontrado a mi canela. Quizá nunca estuvo conmigo.

Ilyena me saluda siempre que me ve, al otro lado de la carretera. Su sonrisa dice que envidia mi suerte, mis ojos a veces quieren verme desde fuera, con la vida de ese ruso maniquí. Ella no sabe quién soy, así como yo no sé quién es ella, pero nos conocemos mejor de lo que nos ha llegado a conocer cualquiera. Compartimos el miedo y la melancolía, aunque yo no sé a qué teme, y ella no conoce mis anhelos.
- ¿Por qué no cruzas? – Me pregunta. Porque no tengo iniciativa ni ganas de terminar en tu casa, decorada de forma pobre y hortera. Seguro que las paredes de su habitación son moradas o estridentes. Me imagino sus paredes recubiertas de pósteres o fotos de lo que algún día dejó de ser. Una despensa repleta de botellas de vodka y ginebra, como la mía.
Porque no quiero caer en la tentación de pagar por ti, o de convertirme en algo como tú. No quiero volver a ser víctima de una infección de personalidad. Y no respondo a su pregunta porque mi voz se fue con Vega.Después regreso a casa, a beber y ahogarme en el humo de mi propio tabaco, y llorar mientras veo porno casero en algún canal autonómico de bajo presupuesto. Otras veces imagino a Ilyena sentada a mi lado, otras veces es Vega la que está sentada en este sillón. Quizá sean la misma persona.

Resulta patético llorar mientras escucho Heart in a cage, de los Strokes. Me veo caer bajo al beber el último trago de café, que se ha quedado frío, y a veces me sobresalta el ruido de la nevera o el crujir de estas viejas paredes. En realidad, lo que realmente me asusta es el gemido. Ese gemir que no cesa, ese sollozo agónico que se escucha cada noche desde mi habitación, que me obliga a levantarme de la cama para encontrarme después con la imagen de un bebé al que se lo engullen dos ancianos. Están los tres en el salón, en el hueco que hay entre el sofá y el piano. No distingo los colores, sólo veo el dolor, sólo escucho ese gemido chirriante y helador. ¿Soy yo acaso ese bebé? Es ese el reflejo de mi impotencia, de mi insignific­ancia.
Me siento tan mayor. Mi rostro ya no tiene expresión, no veo un mañana. Hace tiempo que olvidé lo que es la felicidad. Hace tiempo que camino en círculos... y aún sigo perdiéndome.. Morí hace un año, cuando Vega huyó de mí. He ido muriendo, mejor dicho, apuñalándome cada vez que me preguntaba por qué se había ido. Qué hice para que me dejara así. Si no soy capaz de cuidar lo que quiero, ¿qué me queda?
Ilyena seguía saludándome cada noche. Aquello se había convertido en un ritual, pero no me decidí a cruzar hasta pasados seis meses de su desaparición.
- Imparto clases de filosofía en un instituto.
- ¿En serio? – Ilyena daba vueltas sin cesar al café con una cuch­arilla demasiado
pequeña. Las tazas eran realmente feas, como la decoración de todo el apartamento. Colores demasiado fuertes, como deduje. – Nunca lo hubiera imaginado.
- Es el trabajo más triste del mundo. Los alumnos desprecian esa clase.
Ilyena bebió un sorbito de café. Noté que mis palabras le habían incomodado. Ella era prostituta, maldita sea. Se quiebra el silencio en mil pedazos que repican contra el suelo.
- ¿Vodka? Por cierto, ¿no crees que “vodka” debería escribirse con zeta? “vozka”.
- Prefiero ginebra.
Ilyena era estúpida, bastante corta y rural. Habría llegado ya a la treintena, pero seguía comportándose como una quinceañera. Maldita niñata inconsciente.
Como no me gustaba el apartamento de Ilyena: se me antojaba demasiado desordenado y colorista, decidí que los siguientes encuentros, en caso de haberlos, fueran en mi piso. Antes de lo que pensaba, ella se fue apoderando de mí. Se apoderó de mi casa y con ella de mi intimidad. Volvía a estar como antes, como con Vega. Era una sensación enfermizamente parecida, pero había diferencias: esta vez la chica no se iba: la echaba yo. Y regresaba, esa también era una diferencia considerable. La tercera y más importante: no solía quedarse a dormir.
Pequeños ataques al corazón. Miedo a la eternidad de lo inexistente.
A veces me sorprendo soñando y me despierto. No recuerdo haberme dormido: sólo recuerdo haber estado en estado de vigilia toda la noche, dando vueltas, con inquietud. Recuerdo haberme levantado, yendo de un lado a otro del apartamento. Pero no recuerdo haberme dormido. Me pregunto si la muerte es así. No dejo de pensar cómo fue la muerte de Vega. Si sufrió o fue rápida. Ilyena se enfada conmigo si le hablo de esto.

- ¿Por qué das por hecho que ha muerto? – Me pregunta.
- Porque soy realista. Se fue hace ya medio año sin dejar rastro. Las personas sólo desaparecen de una manera.
- Eres idiota. Idiota y pesimista.
- Eres una absurda idealista.
- Necia. ¿Cómo puedes tener tanto orgullo? O quizá egoísmo, no sé... ¿Te das cuenta de que prefieres creer que ha muerto antes de admitir que te abandonó?
- No tienes ni idea. – Lo digo con rotundidad, pero en el fondo temo que haya
algo de verdad en sus palabras.
- ¡Claro que no tengo ni idea! No sé nada de esa historia. A veces me das miedo, ¿sabes? No sé por qué se fue, ni el porqué de tu empeño en afirmar su muerte. A veces me pregunto si tan si quiera existe, ca. Has sido tú quien la ha matado. Tú la has matado con tus historias.
- ¡No sabes lo que dices! – Su piel es tan blanca, su pelo tan oscuro. Los labios rojos se encienden cuando se enfada, y me hace gracia. Pero también me asustan sus palabras. Me descoloca con su descaro adolescente, aunque hace tiempo que dejó de serlo.
- ¡No sabes lo que me estás haciendo! ¡Me estás matando con tanta tristeza!
- ¡No vuelvas a decir eso, maldita! Más vale que no vuelvas a repetir eso,
perversa. Ignominiosa y perversa, retorcida, inicua y maliciosa.
- Que te jodan. – Es en este momento cuando me río, me voy de su lado, abro la
puerta y la dejo marchar. Minutos después me derrumbo y lloro pesadas gotas de remordimiento que aturden mi pensamiento.

No sé si son ciertas o no las teorías del dualismo de sustancias, pero reconforta pensar que la mente trasciende al tiempo, que la muerte no es sólo un túnel negro del cual, al entrar, es imposible regresar, tal y como leí en un libro infantil que trataba el tema de la muerte. Resultan siniestros, ¿verdad? Que se hable de la muerte en tono infantil. Encontrar libros de esta índole en la sección infantil de una librería. ¿Cómo puedes paliar el temor a la muerte de un niño? ¿Cómo? Si ni siquiera tú eres capaz de afrontarlo, ¿Eh?
- Siento que me ve. Que me ve continuamente, que me ha visto cometer errores.
No puedo quitármela de cabeza. La veo ahí: vigilándome continuamente, mientras duermo, mientras hago la compra, cuando me masturbo, cuando me acuesto contigo. Siento que me ve, que se avergüenza de mí, que me odia desde donde quiera que esté. Me odia, doy asco... Siento que se avergüenza de mí...
- No llores, mi vida. – Me dijo Ilyena desde el otro lado del teléfono.
- Ya sé que cabe la posibilidad de que no esté muerta... – Susurré. - Para lograr la
redención me exigí matarla, pero la suerte jugó a mi favor en el último momento, cuando me di cuenta que no podía hacerlo (Dolía pensar en una vida sin ella), y sus piernas se quebraron, su cuerpo se deshizo en mil pedazos hasta desvanecerse ante mis ojos. Debía haberme salvado, pero nadie me advirtió de cuánto dolor causa la melancolía. – Lloré un poco, maldito carácter sensible resaltado por el alcohol, y colgué.
Tuve que matarla para lograr la redención. Resulta estúpido, como esos zapatos dorados que le regalé por su veinte cumpleaños. Rompió el papel y su ilusión tornada en decepción hizo que aquellos zapatos fueran arrojados por ella hacia mi cara. Son muy horteras. Puede ser, querida, bienvenida a los ochenta.Unos años más tarde amaneció, y ella se los puso respaldada por la excusa “revolución contra la dictadura de las tendencias”. Y salió de casa con aquellos viejos tacones d’or.

Mi perplejidad alcanzó las estrellas, o más bien descendió hacia el infierno de mi retorcida imaginación, y colisionó contra mis ojos. Para hacerle frente protegí con las manos mi rostro. Ocurrió el día veintitrés del décimo mes.

Al finalizar las clases siempre suelo coger el autobús urbano. Por desgracia suelo coincidir con la profesora de francés. Se le nota a la legua ese complejo que acompaña a los profesores de clases optativas. Aunque a veces envidio su puesto: tiene pocos alumnos y los pocos que tiene parecen interesarse por la asignatura, aunque sólo sea por ese viaje a París exclusivo, si bien únicamente van a su asignatura para poder terminar el bachillerato follando con une petit illusionne . Los jóvenes hacen aviones de papel con los textos de Gasset.

Mientras me hablaba de lo incómodo que resulta, ahora que han estrechado los autobuses, sentarse al lado de una persona eufemísticamente llamada “ancha”, el conductor de autobús me sorprendió al soltar tal exclamación: ¡cuidado con la puerta, rubia!

Acababa de subir una chica distraída con un teléfono móvil. Ella dijo y yo a ti y colgó. Creí ver a Vega en su rostro, pero no podía ser ella pese a tener todas sus facciones, su abrigo, su pelo y sus zapatos. No podía ser ella, aunque llevara su mismo pequeño bolso de Louis Vuitton. No podía ser Vega diciendo y yo a ti a un te quiero que no hubiera salido de mi boca. Esa no era mi canela.

Pues parece que se ha quedado un buen día, dijo la profesora de francés al no encontrar más razones para criticar el transporte urbano. Cualquier cosa con tal de no callar. Será porque es primavera, le dije, en primavera suele hacer este tiempo. Es raro que haga este tiempo en marzo, continuó, demostrando no haberme escuchado. Como el árbol que está en el bosque y nadie ve, no existe; si a mí nadie me escucha, ¿no existo?

Me vio y ocultó la mirada, volviéndose hacia la ventana, de pie en el reservado para minusválidos. Quería hacer un círculo en el cristal con un diamante y saltar con el autobús en marcha. El dolor que supone verme parece más dañino que cualquier magulladura física.

Dos o tres paradas más tarde, su piel se tornó gris y escamosa. Escurridiza zarcilleta colándose entre la gente hacia la puerta de salida.

- Vega – le grité. Pero ella echó a correr. Ella me ignoró y en mi ignorancia intenté alcanzarla, pero esta vez no lograría cortarle la col­a e introducirla en mi tarro de cristal, piano y vodka.

Una vez más se adelantó, y en lugar de encontrarla yo a ella, Vega reapareció en mi vida para volver a desaparecer. Tamaño patetismo mostraba mi rostro.

Por la noche, en la esquina del salón, apareció un gato muy pequeño y anaranjado, al

vacío envasado. De vez en cuando podía escuchar un maullido hermético y agudo, pero muy suave, lejano. Lo cogí con cuidado, pero al tocar el plástico el animal se deformó, sus colores se difuminaron, se hizo plastilina. Pero no pausó el maullido.

Coloqué en mi estantería al mullido animal.

Era imposible dormir. Los celos, de noche, son como carcoma cerebral. No podía cerrar los ojos sin que entre la oscuridad apareciera Vega con otra persona. Mirara donde mirara, ahí estaba Vega, siendo feliz. Toda mi mente quedó enturbiada por su recuerdo, y su recuerdo violado por la perversa imaginación que provocan los celos. Encerradas en mi mente iban y venían imágenes de Vega desnuda, siendo tocada por otra persona. Podía distinguir perfectamente cada detalle y rasgo de aquel ente perfecto, besándola en recovecos de su cuerpo que hasta hace pocos meses sólo a mi pertenecieron. Y cada beso era un mordisco en mi pecho. Pude ver sus labios, entreabiertos en suspiros de placer que sentía como míos.

Quería sacármelo de la mente a toda costa. No podía soportar tanto placer ajeno. Me golpeo la cabeza cada vez que la recuerdo. Me muerdo la lengua cada vez que pienso, digo o escribo su nombre.

Con Ilyena siempre iba una pelota de goma rosa. Al parecer se lo había regalado un antiguo cliente tetrapléjico.
- ¿Por qué no te deshaces de la pelota? – Pregunto cuando entra en casa.
- ¿Por qué no te deshaces tú de esa merluza congelada que tienes en la estantería de la habitación?
De noche, querida, todos los gatos son pardos. Hasta las merluzas.
Ilyena, estúpida e ingrata prostituta. Besarla es lo más que pude hacer ese día, antes de comentarle lo ocurrido el día anterior.
- Vi a Vega.
- ¿Quieres volver con ella?
- ¿Qué pregunta es esa, Ilyena? ¡Claro que quiero volver con ella!
- ¿Y yo...? – Sus ojos estallaron como dos bolas de gel explotadas por un lápiz.
- Tú ¿qué? Tú... – En ese instante pude haber dicho que me importaba más bien nada, que no es más que una puta y que ya podía ir yéndose para no regresar. Pero fui realista. – No tienes de qué preocuparte. Ella jamás volverá.
Me di cuenta entonces de que acababa de hacer un reemplazo.
El capricho y el orgullo hicieron de mí un fantasma arrogante.
Bajo el tacón d’or, baldosa luminosa que hace de este circo un escaparate y de Ilyena un maniquí. La odio tanto que no puedo evitar querer besarla.
Ilyena me araña, y de mis llagas emana gelatina azul con sabor a vodka. Ilyena me muerde, y el color de mi piel se torna naranja incandescente.
No me aporta nada más que recuerdo y ganas de gritar, aunque me empeñe en morderme la lengua.
Podría romper todas las ventanas y arrojarme al infinito, pero prefiero quedarme aquí, desnuda con ella, ahogada en un grito de silencio.
La naturaleza me dotó de esta capacidad hacia la infelicidad.
Simple, parece simple esta situación, de acostarme a su lado entregada al dolor, o tal vez al placer. No entiendo, no duele esta vez. O sí, quizá más adentro.
Áspera sensación de sábana blanca, reacción de felicidad indolente; un poco menos inteligente.
La maté para lograr la redención, pero nadie me advirtió de cuánto dolor causa la melancolía.

  • Publicado anteriormente aquí
  • Escrito por: awixumayita 2 comentarios 10 Jun 2008 URL Permanente

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    awixumayita

    awixumayita dijo

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    La Niña De Las Naranjas

    Nací un 13 de marzo, así que no tuve más opción que ser piscis.
    Un día me dio por presentar a concurso el relato The box secret (3er premio del concurso literario “Día del libro”, ayuntamiento de Logroño, Logroño 2003).
    A partir de ahí comencé a interesarme más por la literatura y poco a poco me fui encontrando en mis relatos breves, caracterizados por un peculiar surrealismo erótico.
    Estudié bachillerato en la Escuela de arte y superior de diseño de Logroño y ahora estudio filosofía en la UVa.
    Misi (1er premio “Esteban M. de Villegas, Nájera 2005), Naftalina (4º accésit “Esteban M. de Villegas”, Nájera 2006) y La musa onírica (2º premio “Día del libro”, ayuntamiento de Logroño, Logroño 2006), son algunos de mis relatos.
    A parte de relatos breves existe La soledad del café, una novela editada por Ediciones Emilianenses en 2005.
    He publicado en el número 21 de la revista Fábula, y en el número 0 de la plaquette Poemas de la chica de la curva, junto a COLMO colectivo.

    http://awixumayita.blogspot.com

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