Siempre he dicho que, en mi opinión de mero lector y crítico totalmente inexperto, Carlos Fuentes es el mejor escritor en lengua castellana del pasado siglo XX. Sin ningún reparo. Quizá hay novelas puntuales que me gusten más, como la Saga/Fuga de J.B. de Torrente Ballester. Pero no hay ninguna obra estudiada en su conjunto que me parezca más rotunda, perfecta e inteligente que la de Carlos Fuentes.
Llegué tarde a su lectura. Para cuando comencé a leer algo de Carlos Fuentes ya había leído mucho de García Márquez, de Vargas Llosa o de Cortázar, por ejemplo. Y comencé con una novela menor, La frontera de cristal, que me dejó totalmente extasiado. Entiéndase que una novela menor de Carlos Fuentes sería siempre una gran obra de casi cualquier otro autor. Es menor pues luego uno lee La Muerte de Artemio Cruzy cae totalmente deslumbrado ante el perfecto dominio del lenguaje de su autor o ante la delirante técnica narrativa empleada, tan compleja y excesiva sí, como estimulante una vez haces un pequeño esfuerzo por meterte en ella.
Carlos Fuentes
No era un escritor sencillo en absoluto. Incluso en sus últimas novelas en las que ya no recurría a complejos entramados artificiales para enredar su estilo, exigían a su lector una constante atención y un esfuerzo muy superior a la media. Y esa era una de las cosas que más me gustaba de leer a Carlos Fuentes. No defraudaba. No engañaba. No buscaba la aprobación rápida y sencilla. Era un escritor terriblemente culto e inteligente y exigía de sus lectores atención y esfuerzo para alcanzar esa cultura y esa inteligencia. Con la convicción de que la literatura era un instrumento poderoso para denunciar la realidad, para mostrar los errores de los seres humanos pero también, para la esperanza, para la educación, para la enseñanza, para combatir el olvido. Haciendo un trabajo en la Universidad sobre él leí en un artículo (no recuerdo donde, lo siento) una cita que tengo grabada. Cuando se le preguntaba por la excesiva complejidad de Terra Nostra (doy fe de ello, si hay que escoger una novela realmente compleja de Carlos Fuentes sería esta) él respondía que no escribía para que sus libros se leyeran entre dos paradas de metro. No era prepotencia. Era convicción de que la literatura debe ayudarnos a aprender, debe exigirnos esfuerzos para que las recompensas sean realmente eso, recompensas.
Y así escribió. Ayudando a que comprendamos el mundo. Explicando los lazos que unen a España con América en todas sus novelas o en ensayos excepcionales como El espejo enterrado. Denunciado al poder como en El sillón del Águila o La frontera de cristal, gritando desde sus líneas frente a la atrocidad como en Cambio de piel, decubriéndonos la vida de Frida Kahlo y Diego Rivera y mucho más en la excepcional, triste y esperanzadora (todo al mismo tiempo) Los años con Laura Díaz o causando desasosiego y angustia en Aura. Me dejo muchos libros, todos merecedores de un homenaje y de un recuerdo. Todos brillantes. Todos de Carlos Fuentes.
Ha muerto Carlos Fuentes. Me queda el consuelo de que aún tengo algún libro suyo por leer. Me queda la tristeza de que no habrá más.






