Agosto (III): La playa

El autobús que nos lleva a la playa es un cómodo vehículo de 28 plazas, en el que viajamos unas setenta personas. Como la carretera está llena de curvas, por tres o cuatro veces me quedo incrustado en el sobaco de una teutona que imagino estará preguntándose a qué vienen estos cariños míos por esa parte de su anatomía. Por fin, tras quince minutos de recorrido, 16 personas mareadas y un par de niños con el cráneo aplastado, llega el autobús a la playa. Cuando las puertas se abren, los viajeros nos lanzamos a la arena como me imagino que el día “D” lo hicieron en Normandía las tropas aliadas. Mi mujer dice que no hace falta que corramos, porque nosotros ya tenemos puestas las toallas y lleva razón, el problema es que las he puesto en la otra punta de la playa, no en la que nos ha dejado el autobús. Cuando explico lo que pasa, mi mujer, el niño y el hijo puta del Pato Donald me miran con ojos incrédulos. Subido en una barca abandonada diviso, al fondo de la bahía, unas rocas solitarias. Allá deben de estar las toallas. Le digo a mi mujer que se vayan colocando donde puedan, que ya voy yo a buscarlas. La oigo refunfuñar algo pero no hago caso y emprendo entre las dunas mi peatonal París-Dakar. Dos horas y media más tarde y sudando por cada pelo una gota, estoy de vuelta. No veo a mi familia y casi estoy contento de haberme perdido. Decido irme a tomar un refresco al chiringuito cuando veo a Borja Luis que, titiritando y con los mocos colgando, me dice, que dice su madre, que por qué he tardado tanto. De la mano del niño llego hasta donde mi mujer ha conseguido establecer el campamento base. Cuando le explico, ante su extrañeza, que alguien nos ha robado las toallas, sus ojos he de confesar que, más que incredulidad, en esta ocasión reflejan el desprecio más absoluto. Antes de marcharme al chiringuito me pregunta mi mujer que dónde va a sentarse ahora el niño, que es alérgico a la arena seca. Le digo que se siente en el tebeo, pero enseguida me doy cuenta que no puede, pues en el tebeo se ha sentado la teutona. Cargando a Borja Luis sobre mis hombros, y mientras los taconazos de sus sandalias de goma van repiqueteando sobre mi esternón, le digo a mi mujer que la esperamos en el chiringuito que, completamente rodeado de gente, casi ha desaparecido de la vista. Durante más de media hora y a codazo limpio, Borja y yo vamos avanzando hacia la barra. En el preciso momento en que una voz nos pregunta qué es lo que vamos a tomar, otra, la de mi mujer, nos grita que lo que hay que tomar y rápido es el último autobús que antes de la hora de comer sale hacia los apartamentos. A palo seco abandono el multitudinario abrevadero y sin bajar al niño de mis hombros, corro a coger el autobús. Al subir al vehículo, la cabeza de Borja Luis se estrella contra el dintel de la puerta. El grito de mi hijo se deja oír por toda la playa. Su madre lo baja de mis hombros y mientras le limpia la sangre que le resbala por la frente me dice que ya está harta de que no pare de hacer burradas. Prefiero no contestar y sacando una tirita de la caja, intento ponérsela a Borja Luis en la frente. Imposible, el autobús ha arrancado de repente y, en el empellón, la tirita ha acabado en el sobaco de la teutona. Mientras la buena mujer, con la tirita colgando, me sonríe, el autobús nos acerca al edificio de los apartamentos. Al llegar, todos salimos desaforados hacia el ascensor. Delante de mi corre la teutona. Sobre su bamboleante y albina nalga derecha puede verse, con toda nitidez, una viñeta de “El reporter Tribulete, que en todas partes se mete”. Batiendo otro record Guinnes, nos metemos 33 personas en la cabina del ascensor. Borja Luis me dice llorando que ha visto cómo su tebeo se lo lleva impreso en el culo una señora gorda. Le suelto un capón para que se calle, pero al coincidir mi acción con la arrancada del ascensor, el capón va a parar a la calva de un señor bajito y con gafas, que ha venido desde Murcia con un viaje del Inserso. El caponeado se vuelve para buscar al culpable del traicionero ataque. Mientras silbo y miro fijamente los apliques del techo, el ascensor para en nuestro piso.

(Próximo y último capítulo: La vuelta a casa)

Escrito por: julioarmas 0 comentarios 18 Ago 2007 URL Permanente

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Caras, caretas, carotas

El industrial y escritor Julio Armas (Logroño, 1946) es experto en el descubrimiento de América y autor, entre otros de los libros 'Jirones de un sueño. Los mitos de la conquista de Indias', y 'Las lágrimas de Caxamarca'.

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