Agosto (y IV): La vuelta a casa

Son las dos y media de la madrugada y ya tengo hechas las maletas. He querido madrugar un poquito, porque así cogeremos menos tráfico. Borja Luis está todavía dormido y le digo a mi mujer que le despierte, que nos vamos. Como la toma de sol en los últimos días ha sido intensiva, aquí, mi señora, tiene la espalda como si la hubieran acariciado con un lanzallamas. Ayer estuvimos en un médico particular y le recetó una pomada que casualmente vendía su enfermera. Al llegar a casa me tocó poner el condimento a esa especie de “chateaubriand poco hecho” que era la espalda de mi mujer. Unté y unté y pronto me di cuenta que, de dos una, o la espalda era muy grande para el tubito o el tubito muy pequeño para la espalda. Al acabar comenté si alguien sabía dónde vendían la crema en tinajas. Mi santa esposa me preguntó si era idiota. Tras deshacer su duda, le recordé que tenía que despertar al niño y desincrustarle de la cintura al pato Donald. Fue imposible despertar a Borja Luis. Como dirían los taurinos, el angelito parecía “descordado” y se nos desmorcillaba, cogiéramos por donde le cogiéramos. Por fin, tras sacar todos los bultos al descansillo, pude cerrar la puerta del apartamento. El ascensor no funcionaba y tuvimos que iniciar el descenso a pie. Dos pisos más abajo tuve que volver a subir; nos habíamos olvidado a Borja Luis en el apartamento. Cuando abrí, vi al pobre hijo que, apoyado en el rincón de la puerta, inclinándose, inclinándose y todavía dormido, había acabado por meter la cabeza en el paragüero de la entrada. No pude sacárselo y con paragüero y todo me lo eché a la espalda como un fardo más. En recepción me preguntaron si el niño había cambiado a Donald por el capuchón de Semana Santa. Al recepcionista le di afectuosos recuerdos para su madre, pagué el paragüero y nos marchamos. Los primeros treinta y ocho kilómetros, hasta que salimos a la carretera general, los hicimos bastante bien. Borja Luis, con el paragüero incrustado, iba dormido en el asiento trasero y mi mujer, entretenida en despegarse del respaldo del asiento, no estaba resultando demasiado molesta. Todo cambió cuando cogimos la general y nos metimos en medio de lo que parecía una emigración civil por peligro nuclear. Viendo que los primeros cien kilómetros los habíamos recorrido en cuatro horas, le dije a mi mujer que no comprara todavía el cardo, que no estaba seguro de que esta Nochebuena cenáramos con su madre. A las nueve de la mañana el calor comenzó a apretar. Fui a poner el aire acondicionado del coche, pero mi mujer me dijo que no lo hiciera, que Borja Luis y el paragüero podrían coger un resfriado. Le hice caso y me contenté con bajar la ventanilla. Un segundo más tarde, subí la ventanilla y puse el aire acondicionado a tope. Volví a oír lo del catarro del niño, pero le dije a mi mujer que no me jodiera la vida y que tapara al niño con una toalla, que por ir con la ventanilla bajada me había mordido una avispa. Luego le pedí una tirita. A pesar de las cincuenta y ocho cajas que había comprado, no había tiritas. Estaban en el bolsón de la playa y el bolsón al fondo del portamaletas. Puse la radio. Al ruido se despertó el niño y, aunque por poco deja dentro una oreja, sacando él solito la cabeza del paragüero pasó a informarnos de que tenía frío, hambre, sed y ganas de hacer pis. Para evitar discusiones dejé claro que hasta que no nos hiciera falta echar gasolina no tenía pensado salirme de la caravana. Mi mujer le pasó al niño un emparedado seco y un botellín de agua caliente. Crónica de una colitis anunciada. Para el tema del pis le dije que se aliviara por la ventanilla. Mi mujer me aclaró que ella no pensaba hacer lo mismo. A las once y media de la noche, con el antebrazo izquierdo como una bota, llego sólo a casa. A Borja Luis, con media oreja menos y un principio de pulmonía doble, lo hemos dejado en el pueblo, en casa de mi hermano, y mi mujer, a quien las llagas de la espalda se le han infectado, se ha quedado ingresada en el Hospital de Móstoles. Cuando dejo el coche en el parking, oigo por la radio que se recomienda que la vuelta a casa se haga escalonada. ¡Joder, es lo único que hemos hecho bien! Pensé; al menos nosotros hemos vuelto de uno en uno. Mañana, al trabajo a descansar. Hasta el verano que viene, si Dios quiere.

Escrito por: julioarmas 1 comentario 25 Ago 2007 URL Permanente

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david

david dijo

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Caras, caretas, carotas

El industrial y escritor Julio Armas (Logroño, 1946) es experto en el descubrimiento de América y autor, entre otros de los libros 'Jirones de un sueño. Los mitos de la conquista de Indias', y 'Las lágrimas de Caxamarca'.

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