Agosto (I)

Vacaciones: El apartamento.

Hace un calor de pelotas y son las seis de la mañana. Como todavía no hemos escarmentado, este año hemos vuelto a alquilar un apartamento: semi lujo, dos habitaciones, salón y cocina-comedor, a 5 minutos de la playa. Llegamos ayer. Desgraciadamente tenemos quince días de vacaciones por delante. En la terraza, con los codos apoyados en la barandilla y poco acostumbrado, como estoy, a respirar aire sin contaminar, me da una sensación de ahogo. Enciendo un cigarrillo y le doy tres caladas profundas. El humo entra en mis pulmones. Esto ya es otra cosa. Veo una brasa que se ilumina en la terraza de enfrente. Otro insomne, pienso, mientras me siento en un taburetito que hay junto a una maceta de colores en la que agoniza un geranio medio seco. Oigo la voz de mi mujer diciéndome que apague el cigarrillo, que huele a humo. Sin decir nada, tiro la colilla, sin apagar, por encima de la barandilla. Una voz de hombre sale de la terraza del piso de abajo y manda afectuosos recuerdos para la madre del que haya tirado la colilla. Doy un paso hacia atrás y me escondo en las sombras. Reflejado en el cristal de la casa de enfrente, veo al vecino de abajo intentando apagar el fuego que se ha prendido en uno de los pañales que hay colgados en su tendedero. Oigo a mi mujer pedirme que vuelva a la cama, pero me hago el sordo. No quiero seguir sudando; la cama es tan pequeña que no sé si estoy acostado con mi mujer o con una pierna. Hasta las nueve de la mañana sigo en la terraza dando cabezadas. Profundamente dormido, siento cómo una mano me golpea en un muslo. Abro los ojos y veo a Borja Luis en braguitas, con el flotador del Pato Donald metido hasta la cintura y un cubo, con rastrillo y pala, en las manos. Cuando me repongo de la visión y se me quita un poco la tortícolis, me dice, que dice su madre, que vaya a la playa a poner las toallas para coger sitio y que me esperan desayunando. Me quito el pantalón del pijama y me pongo el Meyba. Debe de ser nuevo porque casi no me cabe. Al final, aunque la tripa me cuelga por encima de la cinturilla, consigo embutírmelo. Le digo a mi mujer que la próxima vez me compre un par de tallas más y me aclara que es el bañador del año pasado. Malhumorado le contesto que se habrá encogido y me subo el traje de baño hasta taparme la tripa. Al salir por la puerta, me miro en el espejo. Estoy gordo, despeinado, sin afeitar, llevo dos toallas enormes en la mano y voy embutido en una cosa que parece un bermudas con escote “palabra de honor”. Llevo un buen rato en el rellano, pero soy incapaz de conseguir que el ascensor pare en mi piso. Al fin, me decido a bajar andando. Dos pisos más abajo, me quito las tableteantes chancletas y, descalzo, bajo las escaleras de los diez pisos que faltan. Una vez en la calle, cruzando el terreno sin urbanizar que separa los apartamentos del mar, me dirijo a la playa. Llegado a la arena y tras quitarme de las piernas los pinchos de los putos cardos, extiendo las toallas en el suelo y las sujeto con una docena de piedras. Con la labor cumplida, vuelvo a cruzar la estepa rusa hasta llegar de nuevo al bloque de los apartamentos. Paso por recepción a ver si tienen tiritas, pero la recepcionista no me hace el más mínimo caso. Quiero entrar al lavabo a lavarme un poco las piernas, pero a su puerta hay una fila de señoras que llega hasta la entrada del bloque. Espero un poco a que las piernas me dejen de sangrar y me dirijo al restaurante. En la puerta veo que han puesto una cadena que impide la entrada; colgada de la misma hay un cartel en el que leo: “Cerrado. Abierto para desayunos de 6 ½ a 9 ½.”.

(Próxima entrega: El bufé.)

Escrito por: julioarmas 0 comentarios 04 Ago 2007 URL Permanente

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Caras, caretas, carotas

El industrial y escritor Julio Armas (Logroño, 1946) es experto en el descubrimiento de América y autor, entre otros de los libros 'Jirones de un sueño. Los mitos de la conquista de Indias', y 'Las lágrimas de Caxamarca'.

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