La Rioja y sus quebrantos
29 Ago 2008
Porno para Fidel
Igual es que a Fidel no le gusta la pornografía. Y mira que eso es bueno: una buena ración de carne y pelo cura casi todos los males, además de kilo y medio de obsesiones.
A Castro, sin embargo, el desparrame cárnico no le va. Lo suyo es más espiritual, más como de guía de la Revolución, en plan ‘la Libertad guiando al pueblo’ con la barba al viento.
Era normal, así, que un grupo llamado «Porno para Ricardo» no le pusiera al Comandante. Y más si el ahora jubilado ha entrado en la página web del grupo, www.pornopararicardo.com (seguro que él tiene acceso, aunque el resto de los cubanos no) para ver a cuatro isleños no tan chavales y no tan melenudos gritando punk-rock del original: rápido, basto y sucio, a toda pastilla.
Si a usted, o a un presidente tipo estándar, no le gusta un grupo, lo más que hace es darle a la tecla de «stop», la única forma de censura realmente democrática. Pero claro, Fidel no tiene nada de estándar, y su solución para estos casos es... el trullo.
Gorki Águila, el líder de la banda, ya probó la cárcel con sus huesos en el 2003. Y dice que no quiere volver, pero lo lleva chungo; le han vuelto a detener y hoy, si nadie lo remedia, será juzgado.
¿La razón? Atentos a una estrofa de su último disco: «La gente se pregunta qué es lo que va a pasar/ pero con Raúl al frente, la mierda sigue igual». Vale, no es precisamente Machado, pero tampoco es para meter a alguien a la sombra. Pero no se preocupen, que la ley cubana tiene un remedio para este tipo de casos: en La Habana pueden meter a alguien en el trullo por una cosa llamada «peligrosidad pre-delictiva».
En plata: que delito, lo que se dice delito, el pobre Gorki no ha cometido ninguno. Pero que tiene una carita de ir a hacerlo... Mejor una celda. Y por cuatro añitos.
No me digan que no es moderno. Viva la Revolución, y abajo el rock&roll. Donde esté Julio Iglesias...
22 Ago 2008
De Beijing a Girona
La cosa es, en realidad, comprensible. Tanto tiempo que llevamos sin saber ni cómo llamar a las ciudades españolas, como para ahora, de pronto, aprendernos las chinas. O sea. Suficiente hacemos con aprender cómo se dice 'Gasteiz', 'Girona' o 'Ourense', como para ahora ponernos finos con la capital de la más popular de todas las chinas.
Y es que los pobres hispanoablantes soportamos mucha presión. Por un lado, todo tipo de politiquillos, tontainas y modernos analfabestias pensando que con cambiar los nombres se cambia la realidad. Por otro, la lengua con su normativa y el español (idioma) con su genio. Ése que nos recuerda que cuando uno está hablando en castellano, lo normativo es llamar a las ciudades, pueblos y demás por su nombre español tradicionalmente admitido, si es que existe y su uso no se ha perdido. Nadie nos pide decir 'Mastrique' en lugar de Maastricht, pero sí decir Orense, Gerona o Vitoria. Igual que decimos 'Londres' y no London, o 'Moscú' en lugar de 'Mockba'. Algo que no se aplica a los nombres propios de personas y entidades (Bush no es Jorge, y eso tampoco le hace más listo).
¿Es tanto pedir? A saber. Desde la cercana Oion a la lejana Beijing, el mundo está como siempre. Mu complicao.
15 Ago 2008
Racistas todos
exitoso disimulo, nos han desenmascarado; ha sido, quién si no, la prensa inglesa, ayudada (cinco minutos más tarde) por sus colegas del otro lado del charco.
Desde hace un tiempo, la prensa anglo se ha empeñado en desvelar que España -ese «pequeño país», según Los Angeles Times- está llena de racistas. Y para ello emplean cada episodio posible: una arenga de Luis Aragonés, cuatro aficionados haciendo el mono (literalmente) en Montmeló o, lo último, una foto de la selección española de baloncesto achinando los ojos para un anuncio.
Si usted, como yo, no
fuera un racista de mierda, seguramente podría objetar algo a todas esas cosas. Podría decir, por ejemplo, que vaya racista extraño que es Luis Aragonés, el mismo que dijo que el muy negro Senna había sido el mejor de la Eurocopa, el mismo que ahora entrena un equipo en Turquía. Podría decir también que es extraño llamar racista a todo un país por lo que hagan media docena de tontos; incluso podría argumentar que cuando una afición saca los grititos de mico para fastidiar a un jugador contrario, el argumento principal no es que el insultado sea negro: es que no sea «nuestro».
En fin. Si yo, como todos los españoles, no fuera un convencido de la supremacía blanca (por eso inventamos el KKK, ¿no?), podría argumentar que hay que estar podrido para ver algo ofensivo en el gesto de achinarse los ojos. Porque pensar que eso es hacer burla denota que uno cree que tener los ojos achinados es peor que tenerlos como Dios manda. Como ya lo sabía el que escribió lo de «chinita tú, chinito yo». Fofó, ese fascista.
08 Ago 2008
Muérete de una vez
Pero hemos llegado a un punto en el que todo lo que fue grande ahora es ridículo. Estamos hablando de un club que ha descendido tres veces en ocho años por no poder pagar los sueldos de sus jugadores. Un club que tiene que celebrar sus reuniones en un hotel porque en su sede no tiene teléfono: se lo han c
ortado por impago. Un club que ha estado media temporada sin entrenador, por no poder pagar al anterior; un club a cuyos jugadores sólo les faltaba acabar de dependientes en Zara para poder comer.
Un club de chiste, de risa. Un club que cuenta, sin embargo, con la única afición fiel que hay en La Rioja. Pero es una afición pequeña, y ya casi exhausta. Que en la última temporada, ésa que se suponía iba a ser la de la resurrección, hubiera menos de mil socios es una señal difícil de malinterpretar. Y en esa afición, además, hay un grupito de indeseables que se las ha arreglado para tener broncas con la mitad de los clubes de Tercera, y con algunos del extrarradio.
Y así estamos: este club ya ridículo sobrevive contra toda lógica. Sus dueños no tienen un duro, pero exigen que el Ayuntamiento (es decir, su cartera de usted) les solucione la papeleta. Y aunque su futuro es negro como el carbón, cualquier intento de hacer fútbol en Logroño sin él es tachado inmediatamente de usurpación.
Pues ya vale. Deja paso, Club Deportivo. Que se acabe esta agonía, que corra el aire. Si es posible, que haya futuro.
01 Ago 2008
En defensa del malo
No puedo en realidad defenderle a él; ni aunque fuera abogado. Pretendo defender su derecho, y eso tampoco es agradable; digamos que me resulta desagradablemente necesario.
No se me ocurre nadie vivo a quien esté más justificado odiar que a Iñaki De Juana Chaos. No sólo mató o ayudó a matar a 25 personas, con un ejercicio de crueldad tal que hasta las ratas de sus compañeros etarras le temían. Además, cuando por fin acabó en una celda, su maldad se aderezó con un repugnante
histrionismo: aquellas escenitas de pedir champán tras un asesinato sólo buscaban las páginas de los periódicos. Páginas que, tristemente, también consiguió.
Ahora, 20 años después de que fuera condenado a 3.000 de cárcel, Iñaki De Juana va a salir a la calle. Tal día como mañana, según las previsiones. Y por muy doloroso que nos resulte a todos (no quiero ni imaginarme lo que debe resultarles a sus víctimas) la realidad es que debe ser así. Por el bien de todos.
Muchas son las voces estos días que piden una solución que mantenga a De Juana en la cárcel. Algo deben hacer los políticos, se oye, para que este asesino no pueda pisar las mismas calles que sus víctimas. Y aunque esas reacciones son comprensibles -unas más que otras- lo cierto es que están profundamente equivocadas.
De Juana fue juzgado de acuerdo con las leyes vigentes en aquel momento. Ahora, tras los cambios de los últimos años, las cosas serían distintas. Pero a día de hoy debemos cumplir la ley que le ampara, porque es la misma que nos ampara a nosotros.
Es, en realidad, la diferencia esencial entre nosotros y los etarras. Ellos se creen su propia ley, y sólo son su propia locura. Nosotros somos mejores. Odiamos: pero cumplimos la ley.
25 Jul 2008
Por qué gana Pedro

Pero no es todo. A media mañana, con la misma corbata a rayas pero en mangas de camisa, está en La Grajera, en una concentración de jubilados. Charla con un cocinero -camiseta sin mangas, gorra- que le da vueltas al rancho de toda la vida, patatas y carne. Prefiero no mirar, que estoy a dieta.
FOTO: ALFREDO IGLESIAS
20 Jun 2008
Como argentinos
Tener un amigo argentino puede ser un dolor. Yo tengo uno que, encima, trabaja aquí mismo: de hecho amenaza con quedarse con esta columna a la que me descuide. Y aunque eso no sería malo para ustedes, he de decir que de vez en cuando le odio. A él y a los suyos. Así, en bloque.
Los españoles no lo estamos haciendo mal. Tenemos un montón de autovías, bancos que compran bancos ingleses, equipos de baloncesto que ganan mundiales. Y hasta están dejando de hacernos gracia los chistes de mariquitas de Arévalo. Grandes avances todos ellos, sí.
Y sin embargo, cada vez que nos medimos a un argentino resulta que no pasamos de ser un país de segunda. Es lo que tiene: qué más da que en Buenos Aires usen más las cacerolas en la calle que en la cocina, qué más da que sus camioneros (que ésos sí que saben) paralicen el país, qué más da que no hayan salido del corralito cuando ya agarran la depreciación. Porque al final sale la verdad peluda: tienen, los malditos, dos Mundiales.
No podemos negarlo. El fútbol viene a ser para los países lo que la
talla del pito es para los adolescentes. O se tiene, o no se tiene. Vayan ustedes a decirle a un vecino de Maradona que el tamaño no importa. Ja.
Porque al final lo que nos falta es orgullo. Y aunque nunca podamos igualar a uno de la Pampa -dicen que el argentino, cuando quiere suicidarse, se sube a su ego y salta- sí hay unas cuantas cosas que podemos hacer. Como llamar España a España, y borrar la palabra «estado» del diccionario. Como mirarnos al espejo y ver que ya no somos ni tan feos como López Vázquez ni tan bajitos como Esteso. Como canonizar el gazpacho, el Rioja y a Amancio el de Zara.
Y como, de una vez, ganar a los italianos (que son argentinos con gomina), pasar de cuartos, probar el tacto del oro. Porque sí, porque nos da la gana, porque a por ellos. Como si fuéramos argentinos
13 Jun 2008
Comiendo huevos
Tengo la nevera llena de huevos. Apenas hay nada más, entre otras cosas porque la mía es una familia en eterna dieta: cero hidratos, nada de dulces, poquito de lo demás. El hecho de que ni aún así baje tripa debe ser cosa de la genética (gracias, papá).
Pero huevos sí tenemos. Un puñao. Fue mi señora, que el otro día se pasó por el Mercadona y a poco se queda en el sitio del susto. No había aceite, ni agua, ni una lechuga. La sección de carnes se reducía a un paquetito de salchichas, y en la pescadería sólo faltaba ver pasar esos arbustos esféricos que ruedan en las pelis de vaqueros. Ante tamaña escasez, mi chica hizo lo que cualquier madre responsable, pillar lo que pudo. O sea, un par de docenas de huevos que habían sobrevivido, solitarias en su estante, a la catástrofe.

La psicosis, en fin, nos ha pillado desprevenidos. Pero hay que ver qué raros que somos. Nos pensamos tan modernos, tan civilizados, tan siglo XXI, y resulta que estamos a pasito y medio de la selva. Sólo hace falta que los medios (nostra culpa) se pongan un poquito histéricos con una huelga de camioneros para que asaltemos supermercados y gasolineras. Tonto el último. Luego resulta que no era para tanto, pero qué más da. Al menos tenemos papel higiénico para un semestre.
Y mientras los consumidores se asilvestraban un poco, los camioneros hacían el bestia del todo. No seré yo quien no entienda sus problemas: los chóferes de a pie, los autónomos de «Mari Luci» en el parabrisas, se están viendo expulsados del mercado a medias por el petróleo y a medias por la competencia de los grandes que tiran el precio. Su desesperación, empero, les ha llevado demasiado lejos (barbacoa de compañero incluida) y parece que vayan a pagar caro el error: han perdido el favor de la calle.
En fin, sigamos hasta el próximo apocalipsis. Yo lo esperaré tranquilo: comiendo huevos. Que pa eso soy padre.
06 Jun 2008
Me molesta, me gusta
Me gusta el Ibarrola. De verdad, me gusta mucho. La escultura que el escultor vasco ha dejado caer en pleno Espolón logroñés ha llegado como suele pasar en esta ciudad; o sea, con vocerío más o menos razonado y algún que otro exabrupto. La opinión mayoritaria parece ser contraria. Como mucho, se argumenta a favor de la obra pero en contra del lugar. Que la lleven a un parque, dicen. Que la escondan, quieren decir.
Lo cual, creo yo, sería un desatino de tamaño catedral. No sería el primero que se comete en esta ciudad -y El Espolón está lleno de ellos, por cierto- pero en este caso sería especialmente doloroso.
El Ibarrola me molesta. Como a mucha gente: tapa la vista, dicen, estropea perspectivas y ángulos, y casa mal con los arbolitos y las horrendas farolas fernandinas. Pues sí, seguramente es verdad. Y qué.
Pocas veces un monumento abstracto es tan fácil de sentir como éste dedicado a las víctimas del terrorismo. Las planchas de Ibarrola están ahí, plantadas en el jardincillo del XIX que los logroñeses consideran como su corazoncito, como si fueran una herida. No son bonitas, no tienen una peana ni una llama ardiendo ante la cual dejar bonitos ramos de rosas. Son, como el propio terrorismo, una cicatriz fea, un tajo que molesta y que no corresponde a su lugar. Un muro enorme en precario equilibrio pero, como las propias víctimas, más duro de lo que parece.
Y no creo que haya manera más ajustada de recordar de qué estamos hablando. De hacer que en nuestras conciencias, que nosotros quisiéramos llenas de parterres y florecitas, no deje de aparecer el espanto y el sufrimiento, el corte que supone la locura de los que matan en la vida de los que mueren.
Me molesta y me gusta, o me gusta porque me molesta y me intriga. Arte, en fin, que para serlo ha de tener riesgo. Porque de lo contrario no es arte: es decoración.
(Foto: Justo Rodríguez)
30 May 2008
Momento histórico
Estaba yo comiéndome una seta (en El Cid, claro), cuando empezó la cosa. La Laurel estaba hasta los topes; entre las cuadrillas de padres con niño y las dos mil despedidas de soltero, no había quien parase: borrachos y cochecitos, gran combinación.
La barra estaba lo normal de llena. O sea, un grupo de cincuentones, tres o cuatro matrimonios, unos críos, una pareja en la que el novio corría riesgo de despeñarse por el escote de la zagala (se hubiera matao), mi colega y yo.
Pues eso, que estábamos con la seta en la boca (y el ojo en el escote) cuando de repente el bar se llenó hasta el borde. Y no es que hubiese entrado una despedida de ésas capaces de llenar un bar de borrachos en menos de dos segundos. No era eso. Todo Dios estaba, de repente atento a la tele. Empezaba el Chiki-Chiki.
No es El Cid uno de esos bares que se han dejado llevar por la manía de colocar un plasma de 200 pulgadas y 3.000 watios de sonido. Allí hay lo normal, una tele pequeñita y con culo, lo justo pa que el parroquiano vea los goles de los sábados. El que quiera más pantalla, al cine.
Pero bastaba. La vida se había detenido en el instante supremo. Las cámaras serbias volaban de lado a lado del escenario y tapaban la coreografía de desastre estudiado de las chicas-chiki. Y no se oía, porque la televisioncilla no daba más de sí. Qué más daba: toda España, Laurel incluida, estaba parada viendo al tipo del tupé de cartón haciendo el ridículo.
Con el mundo suspendido y las setas enfriándose en la barra, en el momento en que (lo juro) el bar estalló en cerrada ovación, me di cuenta de que vivía un momento histórico. En cuarenta años el Chiki-chiki será lo que el Lalalá es a nosotros. Y yo podré contarlo; ahí estaba yo, nietecillo mío, con una seta que me iba pringando la mano y casi con lágrimas en los ojos: pasa el siglo, pero España, snif, sigue siendo different. Y cómo me gusta.
Sobre este blog
Cautivo y desarmado
palvarezPablo Álvarez (o sea, yo) es redactor de Diario La Rioja desde hace 10 años. No, once. En ese rato ha pisado muchos sembrados: ha hecho encuestas, información municipal, tribunales, política... Ahora vive en la sección de deportes, a la sombra del Ciudad de Logroño y del Caja Rioja (entre otros), pero sigue visitando de vez en cuando otros terrenos.
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