La Rioja y sus quebrantos
25 Jul 2008
Por qué gana Pedro

Pero no es todo. A media mañana, con la misma corbata a rayas pero en mangas de camisa, está en La Grajera, en una concentración de jubilados. Charla con un cocinero -camiseta sin mangas, gorra- que le da vueltas al rancho de toda la vida, patatas y carne. Prefiero no mirar, que estoy a dieta.
FOTO: ALFREDO IGLESIAS
20 Jun 2008
Como argentinos
Tener un amigo argentino puede ser un dolor. Yo tengo uno que, encima, trabaja aquí mismo: de hecho amenaza con quedarse con esta columna a la que me descuide. Y aunque eso no sería malo para ustedes, he de decir que de vez en cuando le odio. A él y a los suyos. Así, en bloque.
Los españoles no lo estamos haciendo mal. Tenemos un montón de autovías, bancos que compran bancos ingleses, equipos de baloncesto que ganan mundiales. Y hasta están dejando de hacernos gracia los chistes de mariquitas de Arévalo. Grandes avances todos ellos, sí.
Y sin embargo, cada vez que nos medimos a un argentino resulta que no pasamos de ser un país de segunda. Es lo que tiene: qué más da que en Buenos Aires usen más las cacerolas en la calle que en la cocina, qué más da que sus camioneros (que ésos sí que saben) paralicen el país, qué más da que no hayan salido del corralito cuando ya agarran la depreciación. Porque al final sale la verdad peluda: tienen, los malditos, dos Mundiales.
No podemos negarlo. El fútbol viene a ser para los países lo que la
talla del pito es para los adolescentes. O se tiene, o no se tiene. Vayan ustedes a decirle a un vecino de Maradona que el tamaño no importa. Ja.
Porque al final lo que nos falta es orgullo. Y aunque nunca podamos igualar a uno de la Pampa -dicen que el argentino, cuando quiere suicidarse, se sube a su ego y salta- sí hay unas cuantas cosas que podemos hacer. Como llamar España a España, y borrar la palabra «estado» del diccionario. Como mirarnos al espejo y ver que ya no somos ni tan feos como López Vázquez ni tan bajitos como Esteso. Como canonizar el gazpacho, el Rioja y a Amancio el de Zara.
Y como, de una vez, ganar a los italianos (que son argentinos con gomina), pasar de cuartos, probar el tacto del oro. Porque sí, porque nos da la gana, porque a por ellos. Como si fuéramos argentinos
13 Jun 2008
Comiendo huevos
Tengo la nevera llena de huevos. Apenas hay nada más, entre otras cosas porque la mía es una familia en eterna dieta: cero hidratos, nada de dulces, poquito de lo demás. El hecho de que ni aún así baje tripa debe ser cosa de la genética (gracias, papá).
Pero huevos sí tenemos. Un puñao. Fue mi señora, que el otro día se pasó por el Mercadona y a poco se queda en el sitio del susto. No había aceite, ni agua, ni una lechuga. La sección de carnes se reducía a un paquetito de salchichas, y en la pescadería sólo faltaba ver pasar esos arbustos esféricos que ruedan en las pelis de vaqueros. Ante tamaña escasez, mi chica hizo lo que cualquier madre responsable, pillar lo que pudo. O sea, un par de docenas de huevos que habían sobrevivido, solitarias en su estante, a la catástrofe.

La psicosis, en fin, nos ha pillado desprevenidos. Pero hay que ver qué raros que somos. Nos pensamos tan modernos, tan civilizados, tan siglo XXI, y resulta que estamos a pasito y medio de la selva. Sólo hace falta que los medios (nostra culpa) se pongan un poquito histéricos con una huelga de camioneros para que asaltemos supermercados y gasolineras. Tonto el último. Luego resulta que no era para tanto, pero qué más da. Al menos tenemos papel higiénico para un semestre.
Y mientras los consumidores se asilvestraban un poco, los camioneros hacían el bestia del todo. No seré yo quien no entienda sus problemas: los chóferes de a pie, los autónomos de «Mari Luci» en el parabrisas, se están viendo expulsados del mercado a medias por el petróleo y a medias por la competencia de los grandes que tiran el precio. Su desesperación, empero, les ha llevado demasiado lejos (barbacoa de compañero incluida) y parece que vayan a pagar caro el error: han perdido el favor de la calle.
En fin, sigamos hasta el próximo apocalipsis. Yo lo esperaré tranquilo: comiendo huevos. Que pa eso soy padre.
06 Jun 2008
Me molesta, me gusta
Me gusta el Ibarrola. De verdad, me gusta mucho. La escultura que el escultor vasco ha dejado caer en pleno Espolón logroñés ha llegado como suele pasar en esta ciudad; o sea, con vocerío más o menos razonado y algún que otro exabrupto. La opinión mayoritaria parece ser contraria. Como mucho, se argumenta a favor de la obra pero en contra del lugar. Que la lleven a un parque, dicen. Que la escondan, quieren decir.
Lo cual, creo yo, sería un desatino de tamaño catedral. No sería el primero que se comete en esta ciudad -y El Espolón está lleno de ellos, por cierto- pero en este caso sería especialmente doloroso.
El Ibarrola me molesta. Como a mucha gente: tapa la vista, dicen, estropea perspectivas y ángulos, y casa mal con los arbolitos y las horrendas farolas fernandinas. Pues sí, seguramente es verdad. Y qué.
Pocas veces un monumento abstracto es tan fácil de sentir como éste dedicado a las víctimas del terrorismo. Las planchas de Ibarrola están ahí, plantadas en el jardincillo del XIX que los logroñeses consideran como su corazoncito, como si fueran una herida. No son bonitas, no tienen una peana ni una llama ardiendo ante la cual dejar bonitos ramos de rosas. Son, como el propio terrorismo, una cicatriz fea, un tajo que molesta y que no corresponde a su lugar. Un muro enorme en precario equilibrio pero, como las propias víctimas, más duro de lo que parece.
Y no creo que haya manera más ajustada de recordar de qué estamos hablando. De hacer que en nuestras conciencias, que nosotros quisiéramos llenas de parterres y florecitas, no deje de aparecer el espanto y el sufrimiento, el corte que supone la locura de los que matan en la vida de los que mueren.
Me molesta y me gusta, o me gusta porque me molesta y me intriga. Arte, en fin, que para serlo ha de tener riesgo. Porque de lo contrario no es arte: es decoración.
(Foto: Justo Rodríguez)
30 May 2008
Momento histórico
Estaba yo comiéndome una seta (en El Cid, claro), cuando empezó la cosa. La Laurel estaba hasta los topes; entre las cuadrillas de padres con niño y las dos mil despedidas de soltero, no había quien parase: borrachos y cochecitos, gran combinación.
La barra estaba lo normal de llena. O sea, un grupo de cincuentones, tres o cuatro matrimonios, unos críos, una pareja en la que el novio corría riesgo de despeñarse por el escote de la zagala (se hubiera matao), mi colega y yo.
Pues eso, que estábamos con la seta en la boca (y el ojo en el escote) cuando de repente el bar se llenó hasta el borde. Y no es que hubiese entrado una despedida de ésas capaces de llenar un bar de borrachos en menos de dos segundos. No era eso. Todo Dios estaba, de repente atento a la tele. Empezaba el Chiki-Chiki.
No es El Cid uno de esos bares que se han dejado llevar por la manía de colocar un plasma de 200 pulgadas y 3.000 watios de sonido. Allí hay lo normal, una tele pequeñita y con culo, lo justo pa que el parroquiano vea los goles de los sábados. El que quiera más pantalla, al cine.
Pero bastaba. La vida se había detenido en el instante supremo. Las cámaras serbias volaban de lado a lado del escenario y tapaban la coreografía de desastre estudiado de las chicas-chiki. Y no se oía, porque la televisioncilla no daba más de sí. Qué más daba: toda España, Laurel incluida, estaba parada viendo al tipo del tupé de cartón haciendo el ridículo.
Con el mundo suspendido y las setas enfriándose en la barra, en el momento en que (lo juro) el bar estalló en cerrada ovación, me di cuenta de que vivía un momento histórico. En cuarenta años el Chiki-chiki será lo que el Lalalá es a nosotros. Y yo podré contarlo; ahí estaba yo, nietecillo mío, con una seta que me iba pringando la mano y casi con lágrimas en los ojos: pasa el siglo, pero España, snif, sigue siendo different. Y cómo me gusta.
23 May 2008
Gaviotas revueltas
Andan las gaviotas revueltas: ya no saben ni hacia dónde volar. Con la que está cayendo en el PP, hasta la mascota se diría que se descoloca. Porque ni en los mejores tiempos de los cainitas líos socialistas (guerristas y renovadores, ¿se acuerdan?) se había visto tanta leche suelta en las filas de un partido.
Debe ser que no nos tenían acostumbrados: el PP, que siempre había presumido de una imagen externa a prueba de bombas -todos a una y todos con el jefe- parece ahora un coro en el que cada uno tenga una partitura distinta ante los ojos. Y claro, suena raro.

A estas alturas, a uno no le queda demasiado claro el motivo de tanta leña, más allá del típico 'quitate tú, que me ponga yo' que sigue a las derrotas electorales. De hecho, las únicas coordenadas ideológicas que se asoman en el barullo se resumen en dos opciones: básicamente, seguir como hasta ahora o cambiar. Mantener el estilo de oposición de los último cuatro años, o efectuar un leve tirabuzón que le coloque en otra posición. Qué posición sea ésa, está por ver.
Y lo cierto es que, visto desde fuera, a uno no se le alcanzan las razones por las que alguien en el PP podría querer mantenerse como hasta el momento. La política de trazo grueso de los últimos cuatro años le ha llevado a sumar muchísimos millones de votos muy convencidos, sí, pero también a reunir en torno a sí el odio de todos aquellos que no les votan. Y en España se puede gobernar sin que te vote la mayoría, pero no se puede si esa mayoría está dispuesta a lo que sea para que tú no gobiernes. Hasta a votar al PSOE.
Los tiempos revueltos son para los buenos nadadores, o para los que toman la inteligente decisión de no tirarse a la piscina hasta el último minuto, como parece ser el caso del PP riojano. Y mientras tanto, ZP pasa los días más tranquilos desde que es presidente del Gobierno. «Qué buena vida», debe pensar. «Si no fuera por lo del Barça...»
16 May 2008
La puerta de Telma
Telma Ortiz ha dado una patada en el suelo y ha provocado un terremoto. La broma le ha costado cara –más de 40.000 euros, dicen– y encima ha perdido. Pero sólo por lo que ha dado que hablar, la cosa merece la pena. Y la reflexión.
Verán ustedes. No soy de los que creen en el sentido mesiánico de este curro, pero tampoco desconozco que, si somos siempre de los primeros objetivos de cualquier dictadura, será por algo. Mas ahora ha venido Telma, la hermana-de-princesa, a ponernos delante un espejo en el que, se quiera no, hay que mirarse.

Ayer, a bote pronto, casi todo lo que leí o escuché sobre el asunto iba en la misma dirección, darle la razón a Telma y lamentar que, por culpa de la ley, no sea posible hacerle caso. Una pena: habría que poner un candado a los churrimedios rosas y prohibir que la sigan sacando en el Hola.
Y sin embargo, Telma Ortiz no tiene razón. Por mucho que repugne y aburra el mal llamado ‘periodismo’ del corazón, la cuñada del futuro rey se equivoca. Por buenas, comprensibles y humanas razones, pero se equivoca.
Porque uno no elige si es o no noticia. Ese derecho no corresponde al objeto de la noticia, sino a los que ejercemos este trabajo, que debemos tomar decisiones basadas en criterios si no imparciales (un buen mito, ése) al menos sí honestos. Que haya quien se salte esos criterios, que haya quien malinterprete, ofenda o mienta, no invalida el principio general. Para esos casos está el juicio de los tribunales. Y el suyo, lector.
La puerta a la que Telma querría darle un empujoncito está ya, para nuestra desgracia, bastante entornada. Son muchos los que consiguen, por medios más torticeros, que no se hable de ellos, o no como se debería. La decisión sobre lo que es o no es noticia ha de estar dentro de los medios, y no en otras instancias. Es una de las (pocas) garantías que nos quedan.
09 May 2008
El porqué de una 'X'
No creo en Dios, y bien que lo siento: qué placidez debe dar eso de estar convencido de que uno es inmortal. Tampoco creo en la Conferencia Episcopal, pero eso no lo siento. De tan en desacuerdo que puedo llegar a estar con Rouco (ya saben, el tío de su sobrina) a veces dudo de que seamos de la misma especie.
Y sin embargo, siempre que llega esta época y con ella me enfrento a la declaración de Hacienda -o lo hace mi señora, que es más lista pa los recaos- acabo dibujando una 'X' que es todo un monumento a mi incoherencia: la pongo invariablemente en la casilla que manda parte de mis dineros al sostenimiento de la Iglesia. La más católica, apostólica y romana de las religiones equivocadas.
Alguna vez me planteo por qué darle mis euros a una cofradía de personas que básicamente se dedican a vender algo que es mentira. Pero resulta que, cada vez, algo me hace recordar el porqué de esa X.
Pienso, por ejemplo, en los curas sucesivos del pueblo de mis padres, Fuenmayor. Gente que, mucho antes de que se inventaran las ONG, se ocupaba casi en solitario de atender a los vendimiadores pobres, recolectando cuanto podían de los buenos vecinos y pagando el resto con su sueldito de cura raso. O pienso en el párroco que me dio los cursillos prematrimoniales en San Francisco Javier: poca doctrina, mucha comprensión y lecciones de vida real.
Este año, sin embargo, me he acordado de otros dos curas. Manuel Sáenz y Florentino Hurtado, se llamaban. Gente de sotana en plena Guerra Civil, de derechas como los que más, pero dispuestos a demostrar que no erraban quienes les llamaban 'padre': ambos se jugaron el pescuezo por sus hijos rojos, robando las llaves de la cárcel de Aguilar para evitar una saca nocturna o poniéndose ante los camiones que los llevaban a fusilar en Ribafrecha.
Por eso la X. Porque pocas cofradías pueden presumir de tan buena gente. Aunque Dios (no) exista.
02 May 2008
Mi vida de objetor
Pues he decidido que no. Que paso. Vamos, que no me da la gana, no quiero y no se me pone. En dos palabras: yo objeto.
Paso, en primer lugar, de pagar impuestos. Hasta ahí podíamos llegar: la propiedad es uno de los Derechos Humanos, ¿no? Pues eso. Que Solbes me mande a los marines si quiere, porque me declaro objetor del IRPF.
Objeto también a la doble fila. ¿No tengo derecho a la libre circulación? Pues que se vea: al primer munipa que me ponga una multa lo llevo ante el Tribunal de La Haya. Por fascista. Y también objeto a la zona azul, al límite de velocidad y al semáforo en rojo. Que nadie decida por mí, coñe.
Y es que he decidido vivir la vida como un objetor. El truco lo he aprendido de mis compadres de la Conferencia Episcopal y de todos los que conforman la peña anti-Educación para la Ciudadanía. Me gusta su argumento: la tal asignatura va contra sus convicciones y sus convicciones, como derecho humano que son, están antes que la Ley. Luego tienen derecho a objetar. 
Más o menos así lo dicen. Hace un par de semanas, cuando el Gobierno de Pedro Sanz hizo lo que tenía que hacer -es decir, cumplir la ley, y dejar que los tribunales hablen- apareció por aquí el sheriff de los padres de alumnos católicos para amenazar al presi con una hecatombe electoral. Con un par.
Y mira que es curioso: los que dicen que EpC es vil adoctrinamiento son casi exactamente los mismos que hace cuatro días defendían una asignatura de Religión obligatoria y evaluable. O sea, nada de doctrina, a no ser que sea la mía.
En fin, que me adhiero. Por objetar, objeto hasta al curro. Ya sé que, según la ONU, tengo derecho al trabajo, pero también tengo derecho al descanso. Y entre uno y otro, pues me quedo con el que más se ajusta a mis personales convicciones: si preguntan por mí, estoy en el sofá. Termino esta columna y me las piro.
25 Abr 2008
Seguiré equivocado
Mi jefe es una mala persona. De hecho, muy mala: estoy por denunciarle ante el Tribunal de Jefes, o alguna instancia semejante. Porque no hay derecho al trato que me da, a mí, fiel subordinado que trabaja todo lo que debe. O casi.
Yo sólo le había pedido un favorcillo. Poca cosa, en realidad: que me diera media tarde libre para estar en casa a tiempo, cenar, mandar al niño con alguna abuela y prepararme, en religiosa intimidad, a disfrutar con toda mi mismidad de la Gala de La Rioja.
Pero menudo déspota, mi jefe. Dijo que no. Y eso que yo había hecho propósito de enmienda para este año: convencido de que tanta gente inteligente no puede equivocarse, había resuelto olvidar todas mis dudas, ensanchar mis tragaderas y darle una oportunidad a la cosa esa de la 'Tierra Universal'. Y ya que no llegué a tiempo para conseguir entradas (y eso que mi señora ya había sacado el visón) al menos estaba preparado a no perderme detalle desde el sofá.
Pero no. Por culpa de mi jefe (no mía, dense cuenta) tendré que mantenerme en mi error. O sea: no me quedará más remedio que seguir pensando -equivocadamante, sin duda- que esta gala es una especie de residuo hortera y un poco pueblerino de la tele de otros tiempos, más pasado que Espinete. Seguiré manteniendo -por no poder verlo, claro- que es ridículo tragarse tres horas de desfile de artistas más o menos talentudos haciendo como que cantan, rodeados de barricas y cepas falsas: música de pega, decorado de pega.
Seguiré preguntándome por qué insisten tanto con lo de los 500 millones de 'espectadores potenciales', aunque luego la audiencia en TVE no supere el 12%, catástrofe en toda regla para cualquier programa no subvencionado. Y seguiré preguntándome -sin respuesta, por cierto- por cuánta pastita nos sale el invento a estos riojanitos tan universales.
Seguiré en mi error, en fin. Culpa de mi jefe. Que conste.
Sobre este blog
Cautivo y desarmado
palvarezPablo Álvarez (o sea, yo) es redactor de Diario La Rioja desde hace 10 años. No, once. En ese rato ha pisado muchos sembrados: ha hecho encuestas, información municipal, tribunales, política... Ahora vive en la sección de deportes, a la sombra del Ciudad de Logroño y del Caja Rioja (entre otros), pero sigue visitando de vez en cuando otros terrenos.
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