Regalo de Reyes

El niño pensó que, además, así hacía méritos a la insistencia de su padre en que viera menos la tele y leyera mucho más. Arrampló el catálogo del buzón del portal donde se acumulaba la publicidad de telepizza y tiendas de muebles, y furtivamente se encerró en su habitación con aquel tesoro de letras y santos. Lo abrió como el que descubre la tapa de un cofre colmado de oro.

Ahí estaba todo lo que su universo necesitaba para ser feliz. Cien versiones de la comisaría de los playmobil, la guerra de barcos, un geomag reluciente, tantas piezas de lego como para construir un planeta paralelo, barcos a pilas reclamando surcar el mar de su bañera, la bicicleta que debía sustituir a esa que aún tenía cuatro ruedas y tanta vergüenza le daba ya sacar a la calle… Dilató la respuesta a las llamadas a cenar con alguna excusa infantil, y extrajo de las páginas centrales del folletín unas pegatinas colores con la leyenda “Me lo pido”. Colocó cada una de ellas en todos los juguetes hasta que abarrotó la revistilla y salió de su escondite para enfrentarse a las mismas espinacas que no se había comido por la mañana. Antes de atacar el plato, el niño se acordó de todo ese rollo con que le machacan en casa de que este año los Reyes Magos no podrán ser generosos y que hay mucha gente que lo esta pasando mal y tal y tal. Nada más tragar la primera cucharada, informó a sus padres de que este año  quería un solo regalo: otro catálogo de juguetes con los que soñar.

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La Rioja

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