La Rioja
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Fecha: agosto, 2017
Siempre libro
Teri Sáenz 23-08-2017 | 11:59 | 1

librosEl mejor regalo que le hecho al yayo Tasio es el que nunca le di. El día de su último cumpleaños se me pasó por la cabeza comprarle un libro electrónico. Además de acumular un catálogo inabarcable de rarezas, el abuelo siempre ha sido un lector voraz como atestiguan las abarrotadas estanterías de su casa, así que vi en aquel dispositivo el obsequio idóneo para alguien único. No recuerdo por qué retrasé comprarlo y la mañana que le invitamos a comer –él nunca lo hace, no sé si por negar que se hace viejo o evitar sólo aflojar la cartera– me presenté a la mesa con las manos vacías pero adelantándole que en breve tendría todas las novelas que quisiera a su disposición en formato electrónico. Tasio escupió la cucharada de caparrones que acaba de meterse en la boca y amenazó con desheredarme mientras engolaba la voz defendiendo sus libros de papel. Los cientos que tiene y los que dejará de tener. Porque la liturgia literaria del yayo no sólo incluye oler los capítulos antes de devorarlos, sino acariciar las tapas, doblar la esquina de la página cuando el sueño le vence, manchar los márgenes. Y sobre todo, regalar los que más le gustan en cuanto llega al punto final, igual que recibe los que sus amigos le entregan para que experimente las sensaciones compartidas. Porque los libros no son para el abuelo un patrimonio material, sino un hilo que cose imaginaciones simétricas y convierte en su dueño a quien lo tiene en las manos. Y esa carnalidad, dijo antes de soplar las velas, nunca podrá ser plástica, fría e inodora.

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El único dolor
Teri Sáenz 21-08-2017 | 9:50 | 0

LOGRONO. Plaza del Mercado. La Comunidad Musulmana en La Rioja convoca un acto de paz como «dialogo interreligioso». 20 agosto 2017. Justo Rodriguez

Todos los atentados son el mismo atentado. Barcelona es París; París replica a Londres; Londres como Berlín. Un grupo de fanáticos ha rezado para matar muriendo. Llenan sus cuchillos de sangre o atropellan inocentes con un vehículo. O acuchillan y arrollan. Urbes concurridas. Lugares estratégicos. Asesinatos en masa. La muerte por sorpresa. Al principio las noticias son confusas. Un fallecido y veinte heridos. Dos fallecidos y cuarenta heridos. La cuenta exponencial a cada minuto. Bulos y certezas. Sirenas. El caos. Las televisiones interrumpen su programación. Los periódicos paran las rotativas en seco. Reporteros apostados detrás de la cinta policial con conexiones en directo. El virus de las fotografías del instante que alguien ha tomado con el móvil. Testimonios digitales. El que pasó por allí. El que iba a pasar. El que pasaba y jamás volverá a hacerlo. Un logo en recuerdo de Barcelona (¿o era Bruselas?). Solidaridad. El relato de héroes improvisados contra criminales sin escrúpulos. Turistas anónimos un día, biografías públicas al siguiente. Las mismas críticas a la prensa por esa portada, por aquella fotografía. Primeras declaraciones. Lo malo que ha pasado. Lo peor que podría haber sucedido. Las condelencias de siempre. Concentraciones de repulsa. Llamadas a la unidad. Un minuto de silencio. Banderas a media asta. No podrán con nosotros. Musulmanes sí, terroristas no. Exaltados. Escenas calcadas que lo único que jamás podrán reproducir es el dolor individual de cada muerto. Sólo las víctimas son únicas.

Fotografía: Justo Rodríguez

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Ropa vieja
Teri Sáenz 16-08-2017 | 11:17 | 0

percha

Nunca vi tirar nada en casa del yayo Tasio. Allí todo era eterno y lo que caducaba, se heredaba o renacía. Con el pan duro se hacían sopas de ajo y la carne de un día se transforma al siguiente en albóndigas. En las pocas fotografías en papel que el abuelo conserva en una lata oxidada de galletas y dan fe de que una vez fue joven aparece con una chaqueta de pana marrón. Las más antiguas, donde todavía era mocete, dejan ver que las mangas le sobresalen y ocultan prácticamente sus dedos. Las hombreras le desbordan la espalda y el tejido reluce. En las imágenes que le suceden va vestido con la misma prenda. Le ajusta mejor, como si el tiempo la hubiera ahormado a su figura, pero el color es más difuso y los bolsillos parecen deshilachados. Si un día profano su armario, estoy seguro de que encontraré una solitaria percha. Me da vergüenza confesarle que en mi casa valoramos poco todo y compramos ropa sin mucho criterio. Un día decretamos que algo es viejo aunque esté nuevo y acudimos a una de esas franquicias donde la gente se uniforma para creerse única. A diferencia de Tasio, repaso mis propias fotos que ya no apilo en ninguna caja sino en un disco duro y no encuentro dos donde lleve la misma camiseta. Al yayo se le reconoce al instante. A nosotros hace falta mirarnos a la cara para identificar quiénes somos. Una día, al salir de su piso después de visitarle, empezó a caer un chaparrón de verano. Preguntó si quería una chaqueta para resguardarme y yo no supe cómo agradecerle un gesto tan sumamente generoso.

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Nada que hacer
Teri Sáenz 14-08-2017 | 10:35 | 0

DOCU_RIOJA

E l que fuéramos unos ‘sinpueblo’ le tenía preocupado al yayo Tasio. Como no disponíamos de una casa propia ni prestada en el campo donde pasar el verano escuchando el cencerro de las vacas y el trino de los pájaros, el abuelo creía que yo corría el riesgo de convertirme en un repelente niño de ciudad de esos que creen que los yogures brotan en los supermercados y las lentejas se cosechan en botes al vacío. Para superar esa carencia, Tasio me montaba en su destartalado R4 cada fin de semana que salía el sol y visitábamos un pueblo al azar para inyectarme esa dosis de ruralismo que según él debía incluir mi crianza. Cuando recalábamos en el destino para echar el día no hacíamos nada en particular. Tasio echaba a andar en silencio por las cuestas empedradas y yo le seguía sin abrir tampoco la boca. Al llegar a las eras solía detenerse con las manos apoyadas sobre la cachaba y, simplemente, respiraba. En un momento dado sus piernas se dirigían hacia la chopera más próxima. Acomodados sobre un par de piedras, abría el zurrón y almorzábamos unos cachos de pan, queso y chorizo que él regaba con un trago de vino. Luego se recostaba bajo la copa más frondosa y antes de echarse la siesta me enviaba al río a pegarme un baño. Yo buscaba sin rechistar alguna poza y, aburrido sin nadie con quien jugar, me limitaba a hacer el muerto sobre el agua para dejar pasar el rato. Al volver con el pelo mojado donde estaba el abuelo, él preguntaba qué había hecho. Nada, le informaba yo. Y él sonreía satisfecho.

Fotografía: Juan Marín

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Invasiones
Teri Sáenz 10-08-2017 | 10:51 | 0

invasiones

El extraño que cohabita en el interior de cada uno puede generar más convulsión que el instintivo miedo a lo desconocido. Sobre esa premisa arma Ismael Martínez Biurrun (Pamplona, 1972) su última novela, que es en realidad una triple versión de la misma tesis. ‘Invasiones’ despliega en los tres actos que aglutina la genuina mirada sobre el terror que el autor navarro había dejado intuir ya en sus cinco trabajos precedentes. En esta ocasión no recurre a distopías ni se apoya en andamios artificiales. Le basta dirigir el radar hacia lo cotidiano para contagiar la sensación del miedo como algo factible, una opción que late próxima. Tan cerca como en un rascacielos madrileño donde una cena entre dos parejas prevista como la confirmación de un ascenso laboral deviene en catástrofe natural y personal (Coronación), en un decadente complejo turístico entre pinares y carreteras comarcales que se resquebrajan –literalmente– agrietando a la vez la vida de sus inquilinos (El color de la tierra) o en la cumbre de una colina desde la cual la observación del cielo al anochecer desencadena una obsesión criminal (Nebulosa).

Las invasiones a las que alude el título son las alteraciones en el cromosoma de cada historia que agitan la sucesión de hechos. La remueven a la manera en que Martínez Biurrun suele: primero de forma sugerida, asomándose en primera instancia sólo como una posibilidad difusa, y a medida que los acontecimientos avanzan, apropiándose de la narración hasta un clímax que rehuye de eufemismos y acostumbra a escorarse hacia la crudeza. Unas veces instigado por una plaga de langostas; otras por la indefinible sustancia que supura el terreno quebrado; en el caso del relato que cierra la novela, un meteorito cuya explosión activa instintos brutales.

Martínez Biurrun se maneja con autoridad en ambos frentes. En la descripción psicológica, desmenuza el perfil de personajes envueltos en un contexto en apariencia inocuo del que van brotando espinas camino del derrumbe. En el dibujo de las situaciones, combinando la asfixia de los ambientes en los que ubica cada escena con hachazos de contundencia que obligan a un permanente estado de alerta.

Invasiones’ es la confirmación de Martínez Biurrun como nombre de referencia en la ciencia ficción nacional. La escalada desde aquel seminal ‘Infierno nevado’ (2005) hasta su penúltima y a ratos abrupta ‘Un minuto antes de la oscuridad’ (2014) no sólo queda patente en la modulación de una voz propia, que sin huir de los registros más identificables los actualiza para conducirlos a su propio terreno. En su trayectoria se vislumbra además un afán por explorar continuamente caminos distintos, sin acomodarse, haciendo despuntar el miedo allá donde en apariencia gobierna la rutina. La inclusión ahora en una editorial de relumbrón como Valdemar cuyo catálogo acoge a algunos de los más ilustres del género denota también ese salto de calidad hacia una madurez narrativa sin más concesiones que las de una imaginación desbordante. Y para satisfacción del lector exigente, siempre perturbadora.

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