La Rioja
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Mil mamíferos ciegos
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Teri Sáenz | 02-10-2017 | 17:25

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Tras una abultada trayectoria literaria cristalizada desde en dos obras ilustradas hasta en su participación en varios volúmenes colectivos –‘La Aldea de F.’ y ‘Pelos’– y un transgresor libro de relatos propio –‘Casi tan Salvaje’–, Isabel González (Zaragoza, 1972) debuta en el territorio de la novela fiel a la originalidad apuntada hasta ahora y una voz tan genuina como los universos que explora. El andamiaje sobre el que construye ‘Mil mamíferos ciegos’ está sostenido por tres personajes enmarcados inicialmente en mundos distantes. El primero en asomar es Yago, un hombre desterrado de sí mismo que vagabundea aislado en el bosque mientras talla troncos y envía cartas en una búsqueda incansable de lo mismo que huye. En el contraplano, Santi y Eva se debaten en la ciudad contra sus demonios personales de pareja con la obligación de quererse pese a ellos mismos.

González construye sobre ese trío un crisol de contrarios que es precisamente uno de los imanes de la novela. Un enfrentamiento constante entre la naturaleza y lo urbano, la comunión social y la soledad del individuo, la necesidad de amor y el placer del desencanto. La autora extiende esa contraposición del fondo a las formas con un especial gusto por la experimentación, estructurando la novela en capítulos protagonizados de manera alterna por uno y los otros junto a sus respectivos mundos hasta que todo confluye en un sorprendente final. Una apuesta por la antítesis que alcanza también a la propia edición de la novela con la introducción de tramas en diversos colores e incluso interpelaciones a modo de fractura del hilo conductor, superando así el libro como una simple acumulación de palabras hasta convertirlo en un artefacto físico sin el que resulta imposible entender la historia que contiene. En ese nada condescendiente balanceo entre escenarios enfrentados, ‘Mil mamíferos ciegos’ se inclina, o al menos aporta sus momentos más lúcidos, en el hábitat que acoge a Yago. Quizás por su reconocida querencia hacia lo rural como origen y refugio, González captura en el retrato interior de su personaje y el paisaje donde se inscribe una esencia que destila el olor de otras propuestas que en los últimos tiempos toman el campo como punto de partida y meta, unas veces a modo de ensayo y otras como recurso narrativo. En el caso de la escritora aragonesa afincada en Madrid no cabe impostura en esa tendencia y se decanta por envolver con ese aroma lo que acaba siendo una fábula adulta sin moraleja. O, mejor dicho, tantas como cada uno de los lectores pueda reconocer de acuerdo a su propia experiencia. Ahí reside también otra de las singularidades de este desasosegante debú:interpelar sin exigir una sola respuesta.

Sin embargo, uno de los más estimulantes hallazgos de ‘Mil mamíferos ciegos’ es el acerado uso del lenguaje. Es esa reverberación poética con la que González presenta cada escena y disecciona el (intrincado) reverso de sus protagonistas la que dota al libro de una rotundidad que le condecora como una de las firmas con mayor proyección de entre quienes militan más allá de los convencionalismos y la ortodoxia.

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