La Rioja
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Fecha: noviembre, 2017
El olor de la muerte
Teri Sáenz 27-11-2017 | 10:45 | 0

232

La semana pasada casi un millar de riojanos (siendo muy generosos) se congregó en el centro de Logroño para manifestarse contra la alta siniestralidad que sufre la N-232 y exigir la liberación de la autopista como antídoto de urgencia. Tras las consignas de rigor y un par de paradas simbólicas ante el Palacete de Vara de Rey la Delegación del Gobierno (sus inquilinos no trabajaban ese día), tomaron la voz sobre La Concha de El Espolón tres representantes de otros tantos colectivos que conocen y/o sufren la sangrante realidad de una carretera que ya se ha cobrado quince vidas e incontables heridos en lo que va de año. El primero fue un bombero que después de lamentar la tibia respuesta a una convocatoria vital (5.500 espectadores asistieron horas más tarde a un partido de fútbol de 2ªB cerca de allí) relató qué se encuentran él y sus compañeros cada vez que suena la alerta de accidentes que, casi siempre, les dirige camino a la N-232. Según explicó ante un público estupefacto (a esa hora la mayoría del público ya había desertado), lo primero que perciben no es una imagen, sino un olor. El olor de la muerte. Un olor que es en realidad la combinación de dos:el de los fluidos del vehículo siniestrado mezclado con los de las personas que iban en su interior. Un olor que, confesó, se cuela hasta el fondo de los pulmones,  se pega al uniforme como una lapa y perdura durante días (hasta el siguiente accidente). Ese olor que nunca han aspirado las narices de los responsables de atajar un drama insoportable.

Fotografía: Justo Rodríguez

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Seis mujeres
Teri Sáenz 20-11-2017 | 11:22 | 2

Centro Asesor de la Mujer Gran Via 7 Logrono Mujeres que han superado el maltrato 16 noviembre 2017 Sonia Tercero

Hoy le impongo la obligación de leer esta columna. Por su propio bien. De aquí hasta el punto final voy a presentarle a seis mujeres. Son el grupo que esta semana iban pensando que se prestaban a hablarme pero lo que en realidad hicieron fue concederme el honor de escucharles. Tienen edades distintas, provienen de estratos sociales diferentes, habitan en localidades distantes entre sí, no todas comparten el mismo acervo cultural. Lo que les une a todas ellas es una fortaleza de granito. El mismo coraje con el que durante años resistieron el maltrato de sus respectivas parejas y hoy contagian ese músculo psicológico e íntimo a todas las que están pasando por el mismo trance. Unas de forma consciente; otras sin saber todavía que son víctimas de la violencia de género en cualquiera de sus formas. No voy a revelar sus circunstancias ni los detalles de relatos demoledores. Ese es su patrimonio, intransferible. Lo importante es lo que tienen ahora, lo que ha venido después de un prolijo proceso de reconquista de sí mismas. Y sobre todo, la solidaridad que espontáneamente surte de sus experiencias para ayudar a otras en vez de guardar el sufrimiento pasado en el cajón del olvido. Escucharles de igual a igual sabiendo de qué hablan (y sufren),encarnando en primera persona la esperanza de que es posible salir de esa madeja que tanto enreda. El grupo dice que haga algo para visibilizar su fuerza, pero me siento pequeño ante algo tan grande. Sólo puedo escribir que las conozco.

Fotografía: Sonia Tercero

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Olor a barrio
Teri Sáenz 13-11-2017 | 7:01 | 0

lirios

La reivindicación de Los Lirios de instalar una pasarela que evite a sus vecinos jugarse la vida cada vez que cruzan la circunvalación de Logroño huele a otros tiempos, cuando vivir en un barrio era algo más que hacerlo circunstancialmente aquí o allá y sus habitantes formaban parte de aquel todo en cuanto se asentaban allí. Una época en la que al ser preguntado casi nadie se identificaba con una calle concreta y sí con una zona de la ciudad que le ubicaba para el resto pero también para sí mismo. La imagen de buena parte de los inquilinos de Los Lirios atravesando en comandita cada viernes el paso de cebra ‘de la muerte’ llevando de la manos a sus hijos resulta encomiable. Más aún en un presente en que movilizarse es un valor a la baja y nadie acostumbra a exigir desde su propia burbuja mucho más allá de lo que indivualmente le resulta rentable. Los reiterados accidentes registrados en esa zona, las denuncias trasladas a nivel político, el compromiso arrancado de las instituciones dicen que el barrio empieza a ser tenido en cuenta. Otra cosa será que esa ansiada pasarela sea una realidad en breve. Que la palabra comprometida desde el Ayuntamiento o el Parlamento se evapore entre una niebla de burocracia y trabas admnistrativas o mucho peor, en el humo de demagogias encendidas al calor de unas elecciones. La circunvalación abrió una brecha en la ciudad que costará décadas suturar, pero al menos el gesto de Los Lirios dice que los barrios pueden unirse con un fin común.

Fotografía: Miguel Herreros

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La vida eterna
Teri Sáenz 06-11-2017 | 12:23 | 0

© JUSTO RODRIGUEZ

El yayo Tasio me llama puntual a primera hora cuando llega el día de acudir al cementerio para reponer las flores de las tumbas y quitar el polvo de las lápidas. Yo me dejo llevar, porque los protocolos del más allá son negociado del abuelo. Como dice medio en broma, los jóvenes hemos sido (mal)educados en la vida pero no sabemos nada de la muerte. Y como yo le respondo medio en serio lleva razón, aunque la culpa de esa asimetría no es toda mía. Empezó con el atavismo de ocultar a los niños el dolor, alimentado el hábito de alejarnos de todo lo feo que tiene la enfermedad como si pudiera contagiar. Y cuando algún vecino del barrio, algún pariente lejano ya no estaba, no moría de cáncer sino que se apagaba de viejo y subía al cielo. En esa quimera naif fabricada de ángeles con arpa y alas de algodón, los entierros eran para Tasio territorio exclusivo para los adultos donde la calidad del finado se medía por el número de asistentes, las alabanzas del cura y el tamaño de la esquela. Con esa barrera de protección tan bien intencionada como contraproducente, ahora envidio la capacidad del yayo para manejarse en los tanatorios, mantener la compostura sin desbordar las lágrimas. Y sobre todo, recorrer el cementerio en estas fechas, postrarse ante las tumbas con nuestro apellido que a mí me cuesta localizar entre un laberinto de cruces y cipreses y rendir ese tributo que algún día me tocará heredar y del que sólo puede salvarme la única ilusión infantil que conservo: que Tasio nunca muera.

Fotografía: Justo Rodríguez

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