La Rioja

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Autor: teri
Alcaldes eternos
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Teri Sáenz | 25-04-2017 | 9:44| 0

alcalde

En contra de lo que digan las crónicas electorales, la condición de alcalde no se agota cuando quien ha ostentado el cargo cede la vara de mando. Y menos en una capital de provincias, donde la cercanía se sublima y el que un día ocupa la zona más noble del Ayuntamiento al siguiente comparte fila para pagar en la tienda del barrio. El primer edil lo es de por vida, beneficiado por una memoria colectiva siempre generosa que lo asocia a las mejoras de la ciudad que se acometieron bajo su mandato y borra del disco duro las incongruencias y errores inherentes a la condición política. Bermejo y Santos también siguen siendo alcaldes de Logroño aunque hace años que el despacho que ocuparon tiene otra inquilina. Los vecinos con los que se topan ahora que pasean sólo para disfrutar del día en vez de con la obligación de revisar el estado de esta ludoteca o aquel asfaltado no les llaman José Luis ni Tomás, sino por su título indeleble. ¿Cómo estás alcalde?. Y ambos no ocultan, pero lo cuentan si se les pregunta, que padecen Párkinson. En ese reconocimiento de la enfermedad sin lamentaciones pero tampoco eufemismos radica también el legado de su mandato. Los que un día fueron la voz de todos lo son hoy, por ese hábito que imprime haber habitado en la primera línea pública, de los que sufren su mismo mal. Tomás y José Luis vuelven a ser un referente y dar la cara, esta vez de quienes no se atreven a mostrarla quizás por temor al estigma. Y los que una vez gobernaron aplauden su gesto. Gracias, alcaldes.

Fotografía: Justo Rodríguez

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El alma de la radio
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Teri Sáenz | 12-04-2017 | 11:25| 0

Hubo una época en que los barrios no eran ninguna frontera ni las familias una adición de individuos ajenos en hogares blindados. Los mocetes salían a la calle a jugar sin miedo, la juventud tenía la seguridad de que sus expectativas superarían a las de sus padres y la mayoría de las mujeres callaba lo que la sociedad no estaba preparada para oír. En aquel tiempo previo a las redes sociales, las auténticas redes sociales se tejían en torno a tertulias improvisadas en sillas a la puerta de un portal y cocinas donde las conversaciones se cocían a fuego lento. Las voces que salían de la radio eran el pegamento para unir a las personas que empezaban a conocer aquella cosa llamada libertad y nadie era consciente de que un día no demasiado lejano Internet lo jodería todo. Hasta allí viaja Ángeles Doñate en ‘El alma de la radio’.

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En su segunda novela tras la exitosa ‘El invierno que tomamos cartas en el asunto’, que ha sido traducida a seis idiomas, la periodista catalana reconvertida en retratista de emociones cambia de escenario sin alterar en exceso ni el registro ni el punto de mira. Como en su anterior trabajo, Doñate se apoya en las misivas que en este caso los oyentes remiten a la conductora del programa ‘El Consultorio de la Señorita Leo’ –un homenaje confeso al mítico ‘Consultorio de la Señorita Francis’– para radiografiar una Barcelona en plena transición no sólo política sino social que es en realidad el diagnóstico de la España del momento. Lo que Virtudes Leo dentro de la emisora y Aurora en la soledad de su hogar descubre en las líneas que se compromete a responder pese a las trabas para desvelar una fealdad anticomercial es una realidad cruenta. Jóvenes frustradas por su entorno, mujeres enfrentadas a la disyuntiva entre los sentimientos y los estereotipos que la época esperaban de ellas. Y, sobre todo, episodios de violencia de género emparedados entre los muros conyugales. La obra ofrece una doble lectura. La amabilidad de su escritura y el paisaje añejo que describe invitan a disfrutar de un libro dominado por la coralidad e historias cruzadas de gente corriente que unas veces coinciden y otras se alejan. Bajo esa capa de costumbrismo palpita una reflexión sobre temas imperecederos encarnados en la galería de personajes que pueblan una sociedad que empezaba a desperezarse de sus miedos. La soledad, la incertidumbre, las relaciones personales y el amor en sus todas sus formas se agitan en ‘El alma de la radio’ con esa habilidad que despliega Doñate para llevar de la mano al lector a través de una gran historia conformada por las pequeñas historias de cada protagonista. De entre todos ellos sobresale Aurora/ Virtudes Leo como eje sobre el que gira el resto y ejemplo de esa dualidad intrínseca al ser humano. La exitosa locutora sin rostro que da sostén a las esperanzas de sus oyentes, mientras fuera de ese papel brujulea indecisa en busca de su destino.

El alma de la radio’ reafirma las bondades apuntadas por Ángeles Doñate en ‘El invierno que tomamos en el asunto’ y agrega una dosis extra de madurez narrativa, alumbrando un libro que reivindica la literatura de los sentimientos y el cotizado placer de la lectura sosegada.

 

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Un auténtico crack
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Teri Sáenz | 10-04-2017 | 10:29| 0

pele

Aunque nunca me lo ha confesado por ese carácter austero en palabras que se gasta, el yayo Tasio se siente frustrado conmigo. Lo que al abuelo le hubiera gustado de verdad es que yo hubiera sido una estrella del deporte. Su sueño cuando era un mocete no pasaba por verme de vez en cuando en esa fotito anticuada que encabeza esta columna, sino encender la televisión y que mi rostro abriera todos los telediarios. En su cabeza me imaginaba fichando por un equipo de los grandes. Algún cazatalentos me veía enfrentándome a los chavales de mi edad y los principales clubes del país (qué hostias, del mundo entero) empezaban a pelearse por mis servicios. La disputa alcanzaba cifras astronómicas, promesas de una vida resuelta para mi familia, análisis de viejas glorias que veían en mí su heredero directo. Una nube de micrófonos me asaltaba a la salida del último entrenamiento con los ídolos que todavía coleccionaba en cromos y yo declaraba con una mezcla de humildad y madurez: ‘mis compañeros son unos auténticos cracks’. Tasio barruntó que jamás llegaría a la cumbre (ni al valle) en cuanto me apuntó a regañadientes al equipo del barrio. No sólo no despuntaba, sino que cada partido era un sufrimiento. Desde la grada únicamente escuchaba la violencia verbal del resto de padres y abuelos, no tenía ninguna habilidad y yo hacía lo imposible por pasar inadvertido. Lo que siempre agradeceré al yayo es que entonces se dio cuenta de que aquello no era un deporte para adultos. Sólo un juego de niños para disfrutar.

Foto: Soydelateja

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El día después
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Teri Sáenz | 03-04-2017 | 11:05| 0

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El programa estrella de Canal + cuando las cadenas privadas echaron a andar en 1990 se llamaba ‘El día después’. El espacio inauguró un formato entonces genuino en el que un puñado de comentaristas entre graciosillos y sesudos diseccionan los partidos jugados la jornada anterior. El éxito del espacio fue tal que al final carecía de importancia haber visto el encuentro. Lo realmente interesante era comprobar 24 horas más tarde los pequeños detalles que las cámaras habían captado y cómo aquellos matices ignorados en la retransmisión oficial daban una dimensión radicalmente diferente al resultado y provocaban consecuencias impredecibles. Y no sólo entre los jugadores o el cuerpo técnico, sino entre el público que asistía inocentemente al campo para ver luego proyectadas sus vergüenzas en millones de televisores. El PP de La Rioja vivió ayer su particular día después del congreso más polarizado y áspero de su historia. Lo importante no es quién ha ganado, sino cómo actuará (cómo esté actuando ya) con el contrincante. Fuera de los focos que han monitorizado el proceso han menudeado zancadillas, codazos, palabras gruesas, tuits envenenados, airadas reclamaciones al árbitro, acusaciones en doble dirección. Como en los grandes derbis. En vista de la acritud desplegada, nada será pasado por alto. Todo ha sido registrado, diseccionado y almacenado en una nevera de rencores. Cuanto más fuertes sean los abrazos y promesas de integración, más dura será (está siendo ya) la venganza.

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El relato vacío
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Teri Sáenz | 28-03-2017 | 9:21| 0

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Sergio del Molino acumula un doble mérito. El primero es haber alumbrado una envolvente novela a medio camino entre el ensayo y la etnografía donde dibuja el sombrío panorama de la despoblación rural y el otro, bautizar el libro con una etiqueta que se ha incrustado ya en el vocabulario social: La España vacía. El éxito de Del Molino ha propiciado en unos casos editar y otros redescrubir un buen puñado de trabajos que maman del mismo espíritu. Algunos con un enfoque más localista, un puñado en un tono decidamente literario y todos con el telón de fondo de ese mundo que se debate entre la ruina y el olvido mientras se agranda la brecha con el mostruo urbano. El fenómeno de la España vacía no sólo se ha impuesto sobre el resto de aspirantes a verbalizar el mismo proceso (demotanasia, el gran trauma, la Laponía española…) sino que ha calado hasta en el discurso político. Dirigentes de todos los colores apelan a la vertebración territorial, fijar población, revitalizar la sierra, dignificar los pueblos. Lo hacen, claro, desde ciudades enmoquetadas. Y agitan la bandera como si el silencio que habita en las casas de abobe desmembradas hubiera aterrizado ayer. Igual que si los corrales huecos, los caminos comidos por la maleza, los campanarios desmoronados o las escuelas sin niños hayan surgido tras una súbita lluvia amarilla. Sin saber, como hace Del Molino, que La España vacía no es un diagnóstico, sino un certificado de defunción tras muchas agonías ignoradas.

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