La Rioja
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Autor: teri
Comer lentejas
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Teri Sáenz | 13-03-2017 | 12:45| 0

paella

El yayo Tasio había creído ingenuamente durante sus muchos años que la política era una cuestión de ideologías y servicio público. Siempre de consenso y a veces, hasta de cumplimiento de la palabra dada. El coordinador general del PP, ese tipo de tez aceitunada y mofletes amables al que se le cierran los ojillos cada vez que sonríe, le ha bajado del burro. Para Fernando Martínez Maíllo, un acuerdo entre partidos es, simplemente, gastronomía. Cuando ha llegado el plazo de materializar algunos de los puntos nucleares del pacto que suscribieron con C’s al estilo naranja – con cientos de fotógrafos revoloteando alrededor, manos entrelazadas y perfume de estadistas– los populares empiezan a excusarse con requiebros procedimentales e interpretaciones de lo firmado. Ni siquiera el haber solemnizado el pacto y claudicar a aquello que parecía el inicio de una nueva era lejos del rodillo y la opacidad reconduce a Maíllo. ¿Por qué rubricó entonces algo a sabiendas de que presumiblemente no lo acataría? «Eran lentejas», responde el hombre sin perder la simpatía. El documento podría haber sido caviar de regeneración, marisco democrático, trasparencia patanegra. Pero no. La urgencia por mantenerse en La Moncloa se quedaron en unas vulgares legumbres sazonadas por Rajoy«no he incumplido nada», eructa– que con los meses se han revenido hasta convertirse en un potaje pastoso y lleno de grumos. A ver cómo C’s deglute el engrudo que se le ha quedado pegado en el paladar.

Fotografía: El Norte de Castilla

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Miradas raras
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Teri Sáenz | 06-03-2017 | 7:53| 0

enfermedades raras

Hay algo mucho peor que padecer una enfermedad: no saber cuál es. Le ha ocurrido o le ocurrirá en el futuro a cientos de personas en La Rioja y miles en el mundo. El paciente acude al médico, pero si su cuadro no se ajusta a los estándares de una patología reconocible recibe el pasaporte para iniciar un peregrinaje incierto que acostumbra a prolongarse durante años. Un especialista remite a otro. Y éste a un tercero que quizás le derive a alguno más aquí o allá. Agostado por la incertidumbre, frustrado de recitar hasta la saciedad sus síntomas y someterse a análisis, biopsias y pruebas que nunca son concluyentes mientras su metabolismo se deteriora, el paciente entra en un bucle de esperanza/frustración que sólo se ataja cuando algún experto es por fin capaz de dar con cuál es su mal. Se provoca entonces una paradoja que sólo quien sufre una de las más de 7.000 enfermedades raras identificadas hasta ahora puede explicar. Poner por fin nombre (esdrújulo, alambicado, ignoto) a su dolencia supera saber al mismo tiempo que en la mayoría de los casos no existe cura ni tratamiento posible. Sin embargo, lo que no puede superar el alivio parcial que conlleva disponer de un diagnóstico definitivo es la incomprensión circundante. Las miradas extrañas de un entorno que no asume la diferencia ni siquiera en la enfermedad. Una sociedad más rara aún que esas patologías impronunciables a la que cuesta entender el dolor de los demás aunque, tal vez, un día engrosará esa minoría.

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Un buen ejemplo
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Teri Sáenz | 27-02-2017 | 10:18| 0

moviles

La hiperconectividad es la manera sofisticada de llamar a esa subordinación brutal que (casi) todos tenemos al móvil y las redes sociales. No es ni fenómeno baladí ni un hábito inocuo. Para José Luis Orihuela, el experto en nuevas tecnologías de la información que esta semana ha recalado Logroño para advertir de los valores que esa dependencia acecha, se trata de la mayor brecha de la historia entre cómo fue alfabetizada una generación y lo está siendo la siguiente. Los patrones de educación que han gobernado hasta ahora no valen. O, cuando menos, deben adaptarse. Mientras que hace años un chaval se informaba consultando un libro o escuchando la voz de la experiencia, hoy domina sin más criterio ni referencias lo que ponga en Internet. Los padres no dormían tranquilos hasta que el mocete volvía a casa una noche de fiesta, pero ahora la amenaza puede encerrarse con él en su propia habitación mientras chatea sin saberlo con un pederasta. El catálogo de peligros abarca intangibles menos visibles. El secuestro de la mirada al otro por unos ojos pegados a la pantalla, el conocimiento sosegado, la capacidad de estar solo, la conciencia del largo plazo. Ese bien tan infravalorado como es el silencio. Visto así, el panorama se antoja tenebroso. Pero no tiemble. Hay un antídoto capaz de atenuar los síntomas más graves: el ejemplo. Y si la próxima vez que esté comiendo en familia consulta Twitter o el correo electrónico, no se asuste si sorprende a sus hijos haciendo lo mismo entre plato y plato.

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Señoras y señores
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Teri Sáenz | 20-02-2017 | 1:00| 0

mato

Ana Mato no sabía nada.  Llegaba el cumpleaños de sus hijos y, como cualquier madre, se afanaba por organizar la mejor fiesta posible junto a sus compañeritos de clases con globos, payasos, chucherías y tal vez emparedados de Nocilla. Cuando sacaba un hueco entre sus intervenciones en el Congreso, la exministra se encargaba seguramente de contactar con el resto de padres. Hacía una lista de posibles invitados –esta sí, porque vais juntos a clase de pádel; este no, que es un pegón y dice palabrotas–, dibujaba por la noche las invitaciones con rotuladores de brillantina y ponía una nota al pie de las cartulinas de colores: se ruega confirmación. Del resto del evento, ni mu. Los gastos corrían a cargo de otra persona. Concretamente, del señor Sepúlveda. Sentada en el banquillo, a preguntas sobre los regalos de Correa y compañía, Mato habla de su exmarido como un intruso. Un alien tan ajeno y respetable que no merece ser llamado por su nombre sino con el título de señor. Ella se encargaba de la logística, pero las facturas las pagaba no sabe cómo aquel extraño. Que fuese entonces su marido es irrelevante. El suyo no era una hogar, sino una empresa mercantil. En vez de cohabitar en un dormitorio, coincidían en su particular consejo de administración doméstico. Lo más escalofriante del testimonio de Mato no es su dejadez por el dinero, que por un hijo se hace todo, sino la gélida distancia con la que habla del que con un día casó. Si a usted en casa dejan de tutearle, vaya haciéndose a la idea de que ya es un don (o una doña) nadie.

Fotografía: EFE

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Seguir vivos
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Teri Sáenz | 12-02-2017 | 7:49| 0

Cuando el yayo Tasio sale a pasear cada mañana, organiza su ruta de forma que en algún momento del recorrido pueda detenerse ante la Sombrerería Dulín. El abuelo se planta frente al escaparate y experimenta una conexión que no tiene tanto que ver con la exquisita oferta de productos alineados tras el cristal como con el aroma que rezuma la tienda. Tasio mira a un lado y a otro de Portales y certifica que la mayoría de negocios vecinos han mutado a lo largo de los años. O peor: han desaparecido para siempre. La calle que una vez fue el epicentro de aquel Logroño orgulloso de sus raíces, la arteria de paso obligada para turistas ansiosos de encontrar una postal genuina cargada de historia, es ahora un cúmulo de establecimientos y bazares sin encanto ni criterio. Sombrerería Dulín ha ido sobreviviendo a esa metamorfosis constante. El local se ha mantenido más de un siglo incólume al viento de los cambios y el tornado de las modas. Como un periódico de papel, un teléfono de góndola, una cocina de leña. Aunque Tasio nunca se ha tocado la cabeza con nada más que su vieja boina, una vez traspasó el umbral y se hizo con una elegante gorra. Rara vez sale a la calle con ella, pero en aquellos duros que quedaron en la añeja máquina registradora Krupp quiso imaginar una inyección de eternidad para que el negocio espantara el cierre. Lo hizo, sobre todo, por egoísmo. Con la secreta certeza de que si Dulín continúa vivo, él también lo estará. Y que mientras pueda seguir observando sus anaqueles intactos, él tampoco morirá.

Fotografía: Justo Rodríguez

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