La Rioja
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Autor: teri
MIEDO A VOLAR
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Teri Sáenz | 13-11-2006 | 1:06| 0

    A diferencia de otros miedos, el que provoca volar no se cura con los años sino que va medrando a medida que pasa el tiempo.
    Confieso que la primera vez que tomé un avión tuve mis recelos. Yo era muy joven y el aparato muy viejo, pero al sentarme y comprobar que tenía más estabilidad que la destartalada furgoneta en la que mi padre nos llevaba al pueblo me tranquilicé. En aquel momento puse a cero el cuentakilómetros del pánico. Sin embargo, desde entonces ha ido creciendo la intensidad de mi temor al entrar a un aeropuerto. Pero no por las turbulencias del cielo, sino por los controles de seguridad que cada vez se endurecen más en la tierra.
    Cuando piso una terminal no pienso en si las alas están bien soldadas o el piloto viene de celebrar su despedida de soltero. Mi obsesión sólo mira al arco de seguridad y los policías con aspecto de rottweiler que me aguardan unos metros antes de embarcar. El repelús que me provoca su presencia, combinado con los temblores que empiezo a experimentar en la fila donde aguardo junto a los otros pasajeros, me convierten en un sospechoso habitual. Y un segundo antes de pasar por el control, se agolpan en mi cabeza Guantánamo y el expreso de medianoche, descargas eléctricas y celdas de castigo, interrogatorios implacables y mangueras de agua helada.
    Si hasta ahora era carne del miedo, ahora soy picadillo remostado. La prohibición de transportar líquidos en el equipaje de mano que acaba de entrar en vigor en la UE me ha dado la puntilla. Ahora estoy seguro de que cada vez que atraviese el escáner las miradas aviesas de los agentes se posarán en mí. Y sí: el chivato pitará. Me separarán del grupo, me obligarán a levantar los brazos y separar las piernas, pasarán un detector portátil por todo mi cuerpo. Luego me cachearán. Y cuando en el manoseo lleguen hasta mi entrepierna, descubrirán que llevo líquidos. A ver cómo les explico yo que me he meado de miedo.

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ROLLITO DE LIBERTAD
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Teri Sáenz | 05-11-2006 | 11:18| 0

    Como otras grandes compañías del sector de las comunicaciones, Google, Yahoo y Microsoft han desembarcado en Pekín y Shanghai intentado hincar el diente en el descomunal mercado chino. Además de desplegar un ejército de altos ejecutivos y hacer una inversión mareante, han debido acomodarse a las reglas de aquel país. Estas exigencias incluyen aspectos como comer el rollito de primavera con palillos, no hacer ascos al tofu y un pequeño detalle consistente en censurar los contenidos que ofrecen, los resultados de sus motores de búsqueda, las noticias generadas.
    Steve Ballmer, un tipo con el que usted nunca coincidirá en la calle Laurel tomando pinchos porque sus obligaciones como sucesor de Bill Gates se lo impiden, justifica esta coyuntura con un curioso argumento. Una gran empresa sólo tiene dos posibilidades ante esta coyuntura: estar o no estar. Echando cuentas, el resultado no puede ser otro que estar allí, y eso supone acatar las condiciones que impone el Gobierno comunista viene a decir Ballmer con total naturalidad. Un razonamiento que se vende por el mismo precio junto a la idea de que la actuación de su firma ayudará a la la mejora económica del país y ello traerá bienestar, y el bienestar más cultura, y la cultura libertad.
    ¿Por qué no desembarcar con el mismo ímpetu en Sudán, Cuba, Albania o Guinea? Los 1.300 habitantes/consumidores y el frenético ritmo de crecimiento de China tienen la respuesta. O lo que es igual: la libertad de expresión tiene un precio. ¿Imagina que el periódico que usted lee cada día aplicara el mismo criterio? Que por un buen puñado de euros se plegara a contar la mitad de las noticias. Lo que en un caso sería una flagrante falta de ética, en el de Microsoft es cuestión de logística financiera planetaria.
    Voy a mandar un e-mail a un compañero de clase que ahora trabaja en Liaocheng para decirle que todo eso me parece inconcebible. Aunque, ahora que lo pienso, no creo que le llegue.

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ALIANZAS A LA VENTA
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Teri Sáenz | 01-11-2006 | 1:38| 0

    El supermercado donde los políticos compran grandilocuencia está de rebajas. En la sección de conceptos brillantes, debajo de la estantería en la que reposan las frases pomposas, las alianzas están de saldo. Zapatero compró una bien grande en cuanto entró en La Moncloa: ‘Alianza de Civilizaciones’. Casi nada. Por el precio de un simple reproche al adversario se llevó a casa una idea XXL. Todos con todos, juntos pero también revueltos, te cambio tu burka por mi sombrero de cowboy.

    Como siempre pasa en los grandes almacenes en los cambios de temporada, el que llega tarde se queda sin talla. Pedro Sanz se ha hecho con una ‘Alianza de Regiones’, que no es tan deslumbrante pero también viste mucho. En vez de ensamblar Oriente con Occidente, la idea es casar media España con la otra media. En vista del panorama, la cosa podría funcionar. Siempre y cuando, eso sí, se pongan sobre la mesa productos gastronómicos y no financiación, territorialidad, nacionalidades históricas y todos esos ingredientes que suelen resultar indigestos cuando se come fuera de casa.
    Francisco Martínez Aldama se ha sumado a la moda. La suya es una ‘Alianza de Región’. Sólo quedaban unidades sueltas, así que adquirió una alianza pequeña, apañadita, pero muy útil también cuando en la propia comunidad (desde la de vecinos hasta la autónoma) los unos no se hablan con los otros y, el día que lo hacen, es para citarse ante un juez.
    La mañana que yo llegué al híper los anaqueles estaban desiertos. Sólo quedaba una ‘Alianza de Secciones’ caída por el suelo que metí en el carrito para aplicarla en este periódico. Pienso ponerla en práctica a ver si logro que Deportes no critique a Local, Local trate bien a Cultura y Cultura haga las paces con Publicidad. Espero así que mis colegas me ayuden a decidir si la fiebre de alianzas que ha brotado últimamente sirve para algo más que para dar un titular vistoso o es, simplemente, una chorrada.

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BAILE DE DISFRACES
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Teri Sáenz | 23-10-2006 | 12:19| 0

    Incluso cuando era pequeñito y todavía se llamaba Iberpop, el festival Actual sufría ya el ‘síndrome del envoltorio’. Sucedía antes y pasa ahora.
    Si un chaval se lía la manta a la cabeza y organiza un concierto en Logroño, la cosa está clara: su meta es sacarse unas pelas o, en su defecto, no perder demasiado dinero. Pero si quien está detrás del mismo evento es la Consejería de Cultura y lleva el sello Actual, entonces resulta que todo tiene necesariamente un sentido erudito, trascendente, casi místico.
    Los más veteranos, aquellos que al principio sólo ansiaban un concierto que echarse a la boca en mitad de la nada y ahora se dejan llevar por la sorpesa al abrigo del Palacio de los Deportes, han tenido que tragarse año tras año esa medicina con los ojos cerrados y la nariz tapada. El ‘sindrome del envoltorio’ ha hecho que el mismo festival haya sido mil cosas sucesivamente: oportunidad de ver en Logroño un grupo nacional de moda (en los albores), plataforma para el artista revelación de ese año (luego), escenario de culturas contemporáneas (más tarde), escaparte de músicas mestizas (últimamente).
    Con ese traje se han vestido cientos de santos y se han operado milagros imposibles. Así ha pasado un Rosendo cincuentón por el Adarraga con la vitola de gran esperanza blanca, han actuado charangas que de no ser por un pasaporte exótico no hubieran pasado el primer corte en las fiestas de mi barrio y se ha improvisado el día mundial del diyei cuando la imaginación languidecía.
    Ahora que Actual por fin parecía haber tomado un rumbo fijo, se anuncia la nueva programación y toca pellizcarse para creerlo. Madness, Cypress Hill, New York Dolls… Totems internacionales del ska, el hip-hop y el rap del siglo XX para un festival del XXI. Se me escapa una lagrimita y pienso que ahora soy yo al que le toca ponerse un disfraz. Será uno de treintañero maquillado de adolescente dispuesto a escuchar a los grupos que quiso disfrutar hace quince años.

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EL OTRO ALONSO
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Teri Sáenz | 19-10-2006 | 1:02| 0

    Hay ocasiones (pocas) en las que ser periodista de provincias depara alguna íntima satisfacción profesional de las que no están escritas en el guión. Aparecen por sorpresa y, ha acertado usted, no acostumbran a reportarlas ninguno de los repetidos rostros que repetidamente engordan la agenda informativa diaria.
La más reciente me ha llegado de la mano de Pedro Alonso. De su mano y de su cerebro. ¿Le suena el personaje? Que el apellido no le confunda: ni es asturiano ni va a 300 por hora vestido con un mono azul.
    Si no hubiera tomado el atril en la reunión de la Sociedad Española de Epidemiología que se celebró la semana pasada en Logroño, si las autoridades no le hubieran presentado entre reverencias, el director del equipo que ha descubierto la vacuna contra la malaria podría haber pasado inadvertido para la gente de la calle entre los congresistas que circulaban por Riojafórum. Ni un fan histérico y llorica reclamándole un autógrafo, ni un guardaespaldas que le preservara de las masas, ni una legión de periodistas cosiéndole a preguntas del tipo: «Ha estado a punto de salirse en la última curva, pero ahora ya no se le escapa el triunfo ¿no?».
    ¿Y cuál es la palabra más recurrente de quien, a falta de los últimos ensayos, inscribirá su nombre en la historia de la medicina mundial? «Prudencia». Tan habituado está el oído a la autocomplacencia y la falta de humildad, que una declaración de principios así ante lo que puede salvar millones de vidas suena incluso extraña.
    El único signo de duda que mostró Alonso llegó al preguntarle cómo es la malaria, a qué se parece, qué supone para miles de personas en pueblos de Tanzania o Mozambique. No hay analogía posible, es la enfermedad por definición, la muerte que acompaña la experiencia vital de un continente entero…
    Desde ese día me siento más pequeño, insignificante. Ahí fuera hay alguien grande, mayúsculo. Ya sé que Alonso, el otro, ganará la carrera final.

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