La Rioja
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Autor: teri
DOS MUJERES
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Teri Sáenz | 26-02-2007 | 10:49| 0

    María del Carmen Galayo y Ángela Bustillo no se conocen. Al margen de su condición de mujer, dudo de que tengan algún otro rasgo en común. La primera vive en Canarias y la segunda reside en Cantabria. Una se mueve en las aulas y la otra desfila por las pasarelas.
    María del Carmen ejercía como profesora de religión en varios colegios públicos hasta que las autoridades eclesiásticas decidieron rescindir su contrato por mantener una relación con un hombre distinto de su esposo, del que se había separado. La Iglesia consideró que su «testimonio vital» no encajaba con el temario que debía transmitir a los chavales y le quitaron de su puesto.
    Lo que sustrajeron a Ángela fue una corona. La de Miss Cantabria que ganó en un concurso donde competía con otro puñado de jóvenes de piernas largas y sonrisa esforzada. El jurado decidió que era la mejor, pero se retractó más tarde al conocer que había parido un hijo. «Las bases del concurso subrayan que no es compatible», se justifica la organización de Miss España.
    Ambas se agarran ahora a la igualdad que reconoce la Constitución para denunciar el atropello de sus derechos. La una lo hace con un catecismo en las manos; la otra, con un biquini ajustado en el cuerpo. En el caso de la maestra, el Tribunal Constitucional ya ha dicho que los acuerdos firmados entre el Estado y la Santa Sede son los que son. Falta por ver qué decide el Tribunal de las Medidas Perfectas para la miss.
    Lo que ni ellas ni quienes se echan ahora las manos a la cabeza por esta flagrante discriminación dicen es que las ligas en las que juegan estas mujeres tienen sus normas. Antiguas y muy particulares. Y ellas, además, las conocían. Mientras critican lo antediluviano y rancio de las reglas, se olvidan discutir si es antediluviano y rancio lo que regulan. A este paso, los antitaurinos protestarán porque los toreros visten un traje de luces, y no por matar seis toros cada tarde.

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PRUEBA DE AMOR
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Teri Sáenz | 19-02-2007 | 10:26| 0

    El PSOE de Logroño ha criticado esta semana que el arquitecto de la Gran Vía haya utilizado el nombre de su mujer para bautizar las farolas instaladas allí. Las luminarias tienen forma de ‘Y’ y sí, efectivamente en los albaranes de la empresa murciana que las ha fabricado constan como modelo ‘Yolanda’.
    Lo que chirría de la noticia no es el predicado, sino el verbo. ¿Criticar? Si no fuera por la polvareda (en el sentido literal y en el político) que han levantado estas obras, el detalle debería ensalzarse como una muestra de cariño, el guiño privado de alguien que, por su profesión, tiene colateralmente un escaparate público.
    El caso denunciado por los socialistas sería preocupante si ese jugueteo cundiera. Si el diseño de las papeleras, los bancos, los setos o las alcantarillas que salpican la ciudad quedara a expensas del árbol genealógico del encargado municipal de compras. «¿Cuáles son las iniciales de su mujer? ¿No tendrá ella un nombre compuesto?», le preguntarían en la entrevista de trabajo antes incluso de interesarse por el currículum y su experiencia laboral.
    Conozco pruebas de amor igual de luminosas que la del arquitecto de Gran Vía. El trabajo de un amigo mío consiste en pulir durante ocho horas diarias planchas de maderas. Al final del lijado siempre graba disimuladamente en la esquina de cada pieza las iniciales de sus hijos por si, causalidades de la vida, acaba convirtiéndose en el pupitre, la mesa o la raqueta de pádel de sus chavales. Hasta tengo un compañero de profesión en el periódico que en sus columnas formaba elaboradísimos acrósticos con mensajes para su novia.
    Sé incluso de un ex ministro que está loco por su última chica. Ella es galerista y le acompaña por toda España buscando un sitio idóneo para ubicar sus esculturas. «¿Dónde te gustaría ponerlas, cielo? ¿Debajo de estas enormes farolas con forma de ‘Y’?», le preguntó un día que se paseaban de la mano por Logroño.

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FALLO JUDICIAL
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Teri Sáenz | 13-02-2007 | 9:53| 0

    Quitando una temporada que por obligaciones laborales debí frecuentar casi a diario los juzgados de Bretón de los Herreros, mi trato con la Justicia se ha limitado a ejercer como testigo en dos asuntos menores.
    La principal sensación que me infundió ese mínimo contacto fue la de un respeto solemne. A pesar de que mi papel se ciñó a ratificar un puñado de obviedades -«¿Escribió usted lo que escribió?, sí, claro, la noticia lleva mi firma; ¿Vio cómo el turismo del señor A colisionaba frontolateralmente contra la furgoneta del señor B? Mmmmm… sí, le dio»- la presencia de esa pléyade de hombres y mujeres con gesto adusto y mirada severa me causó una cierta desazón. Como si en vez de subrayar mi testimonio en los tochos que cada uno sostenía en sus manos, estuvieran en realidad tomando nota de ese hilito de sudor frío que empezaba a caerme por la frente para concluir que no era un simple testigo, sino el culpable en la sombra.
    Intuyo que en mi contra jugaba esa frágil creencia de que la Justicia es ciega. Que quienes la imparten han invertido media vida superando complejísimas oposiciones, están tocados por el rigor y la imparcialidad corre por sus venas.
    En esas andaba yo hasta que el Tribunal Constitucional se ha revolucionado al tomar las medidas al traje del Estatut por la recusación de uno de sus miembros. Pero no cualquiera, sino uno de una determinada «sensibilidad». A un periodista se le mira con recelo si alguna vez desliza una opinión política, mientras que los magistrados y jueces llevan su filiación pegada a la pechera con todos los honores. Al jurado popular cada vez le duele más ver que en esas instancias de primera división no participan los mejores jugadores. Sólo hay dos equipos. Dos rivales no encargados de tomar una sesuda decisión, sino de ratificar decisiones que vienen dadas. Y, por el camino, usar la maza para golpear al contrario en la tibia. A ver si así lo sacan del campo.

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QUE LOS ZURZAN
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Teri Sáenz | 04-02-2007 | 11:43| 0

    Confiéselo: también a usted le ha sucedido alguna vez. Entra en una zapatería, husmea entre las estanterías y, cuando topa con unas botas que más o menos le llaman la atención, pide a la dependienta que le facilite un par de su número para comprobar cómo le sientan.
    Cuando la chica llega solícita con el pedido, usted está sentado frente a un espejo bajo y se descalza sobre una alfombrilla de rizo. Toda la sangre del cuerpo se le agolpa de pronto en las mejillas al comprobar que los calcetines que se ha puesto esa mañana en casa nada más levantarse están deshilachados o, mucho peor, agujerados. Como una perfecta profesional, la vendedora hace como que ignora el descuido. Si lleva años en el puesto, hasta puede que salga un momento de la escena alegando que se ha confundido de modelo y debe volver al almacén para coger el correcto.
    Paul Wolfowitz también sabe lo amargo que es ese trago. La diferencia entre él es y usted es que él es presidente del Banco Mundial y usted, como mucho, sólo preside una sociedad gastronómica o la comunidad de vecinos. En una reciente visita a Turquía, Wolfowitz debió descalzarse para entrar en una mezquita. Todas las televisiones del planeta tuvieron así ocasión de recoger los dos enormes boquetes que adornaban la punta de sus calcetines.
    Las imágenes del traspiés de uno de los hombres más poderosos del mundo no me han dado risa. Sólo una mezcla de ternura y compasión. Inmediatamente le imaginé en la soledad de su despacho, en la cúspide de un edificio de lujo de cien plantas. A los pies de una montaña de papeles llenos de números, con la corbata suelta y el pelo revuelto intentado desazonadamente cuadrar el exceso de riqueza del primer mundo con la más absoluta misera del tercero. Y debajo de tal maraña de legajos, sin tiempo para prestarles atención, las cuentas de su propia casa subrayadas en rojo y una nota a pie de página en inglés que dice: «Zurcir los calcetines».

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GRAVA QUE TE GRABA
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Teri Sáenz | 29-01-2007 | 1:29| 0

    Mi nómina de mártires domésticos se acaba de engrosar con un señor llamado Carles Veiret. Se trata de un hombre absolutamente estándar, de 41 años, recién divorciado y que posee una vivienda sin lujos heredada de su familia en la calle Urgell de Barcelona. O eso creía.
    Un día que acudió al piso que tenía cerrado hasta entonces para hacer alguna reforma, cayó en la cuenta de que la llave no entraba en la cerradura. De la extrañeza inicial pasó a la inquietud al comprobar que habían cambiado el bombín. Un vecino le aclaró el entuerto: desde hacía semanas vivía allí alquilada una educada familia de chilenos. Un desconocido había desmontado la puerta de acceso y gestionado un arrendamiento del que Carles ni sabía ni percibía nada.
    Pero como en un cuento de Cortázar o una de esas alambicadas películas de David Lynch, su pesadilla no había hecho más que empezar. Los inquilinos inciertos se niegan a abandonar la casa por la cual están pagando religiosamente. Han presentado incluso una denuncia por lo que consideran una violación de su intimidad, y mi héroe sin techo está enredado ahora en una telaraña jurídica para demostrar que él es él y su casa suya.
    Al menos, a Veiret le queda el consuelo de que el Gobierno catalán, como el vasco, aún no ha puesto en marcha la iniciativa de gravar las viviendas deshabitadas. Un canon diario pensado para evitar la especulación e incentivar el alquiler.
    Al abuelo Tasio, que ha invertido media vida en pagar un maltrecho cuarto sin ascensor ni calefacción, esta historia le ha disparado la tensión. Como desde que le dio el achuchón vive con su hermana, pasea a diario hasta su casa en lo más antiguo del Casco Antiguo para, cachaba en ristre, certificar que nadie le ha usurpado su cama ni las estampas de San Judas que tiene en el cabecero. Tampoco lo de gravar le suena bien: «Fíjate la que se ha montada aquí con Sanz y las palabras de Zapatero».

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