La Rioja

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Autor: teri
MI LEY, MI TRABAJO Y YO
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Teri Sáenz | 13-02-2006 | 7:26| 0

Hace un mes despedí a mi cenicero. Fue un adiós sin explicaciones ni finiquito. Me miró con rencor desde su ojo de cristal. Como restregándome los servicios prestados durante tanto tiempo.
El mechero sigue en plantilla. Aunque ya no es lo que era. Ahora trabaja en jornada reducida. Se enciende media docena de veces por la mañana. Seis como mucho por la tarde. Y siempre fuera del calor de la redacción. Busca donde prenderse en algún rincón próximo a la puerta principal. Sale un instante y vuelve a las profundidades del bolsillo. Hasta luego. Algunas veces hasta mañana. Se sabe clandestino. Arrinconado. Menos casi que una cerilla de palo.
Los cigarrillos tampoco se han mudado. Todos los días desfila alguno de la cajetilla. Eso sí, sin las prisas con que lo hacían antes. Lo único que han notado es que ya no yacen juntos. Cuando se consumen acaban en una alcantarilla. O en el suelo. Humeantes. Pisoteados. Engrosando el cementerio anónimo de colillas que brota de baldosa en baldosa.
La única que de un mes a esta parte hace horas extra es la ansiedad. Ahora aparece sin que le inviten. Siempre encuentra su oportunidad. Cuando un titular se atasca. Cuando la hora de cierre aprieta. Cuando pasan los minutos y el cursor sigue parpadeando esperando completar la frase. Como ésta que termina aquí. Como la última que escribo antes de acabar mi jornada. Antes de salir a la calle y sí: fumar un pitillo.

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EL 30%
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Teri Sáenz | 10-01-2006 | 12:58| 0

La Ley Antitabaco obliga a los establecimientos de más de 100 metros cuadrados a acotar el 30% de su espacio para los fumadores. Así se marcará la necesaria diferencia para preservar las buenas costumbres: de aquí para allá nosotros; de allá hacia más allá, vosotros. A la vista del tino de la iniciativa se cuecen nuevas normas. La mejor posicionada es la Ley Anticolesterol, en cuyo preámbulo se especifican las medidas precisas para que el sistema sanitario tampoco deba correr en un momento dado con los gastos de quienes gustan de comer un par de huevos fritos con panceta al día. De esta manera, los establecimientos de más de 100 metros deberán reservar el 30% del 30% de su superficie para que esa raza de amigos del unto no salpique al resto cada vez que paladee su plato favorito. Puestos a legislar, los diputados barruntan también las virtudes que una Ley Antichocolate podría reportar para las arcas del Estado. Que los amantes del cacao no colapsen con sus caries las consultas de los dentistas públicos. Para ponerla en práctica, bastará con que los locales de más de 100 metros guarden para esta categoría el 30% del 30% restante del 30% del espacio. Con ello, dicen, no se coarta la libertad del que quiera saborear una chocolatina pero, eso sí, que las calorías se queden en él y sólo para él. La maquinaria legislativa es imparable. Una vez puesto en marcha el engranaje, todo será una simple cuestión de tiempo. De tiempo y, para ser exactos, también de espacio. Porque lo que aún no ha logrado engarzar el legislador es en qué 30% del 30% del 30% del local podrá sentarse el fumador que almuerce morcilla y tome de postre canutillos calientes.

Esta es su baldosa, caballero: ¿Qué desea tomar?

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Era sólo agua
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Teri Sáenz | 28-12-2005 | 12:28| 0

    El lunes por la noche Cuatro recordaba en un programa especial la tragedia del tsunami en Indonesia. El espacio ponía en orden toda la información, las imágenes, los testimonios y las explicaciones científicas que hace ahora un año inundaron los telediarios. De entre todos los comentarios -unos muy personales y todos sin excepción dramáticos- el más llamativo para mis ojos fue el de un turista sueco de nombre turco y rasgos mediterráneos que en aquellas fechas pasaba las vacaciones con su novia en un hotel de postal. Cámara en mano, tenía grabado cómo su chica posaba junto a la playa y, de buenas a primeras, el mar se retiraba sin saber que lo hacía para tomar impulso y anegar a continuación violentamente lo que hasta ese instante era un paraíso. Sus palabras resumían el impacto: “No era una guerra, no había bombas; era solo agua”. Esa sensación es lo que, imagino, llevó a muchos a seguir el fenómeno desde la costa y contemplarlo plácidamente sin que su instinto les llevara a correr para ponerse a salvo. “Era solo agua”, repetía incrédulo aún.

    Otro tsunami acecha desde entonces en el debate político internacional. Acusaciones, comentarios y declaraciones mal medidas amenazan con tener el efecto perverso que nadie espera. Palabras que, cargadas de rencor, pueden de un momento a otro volverse contra quien las pronuncia y contra a quienes van dirigidas para provocar una reacción difícil de medir. Y como aquel turista que observaba hace un año los caprichos del mar sin barruntar cuál sería su demoledor respuesta, el espectador escucha a (algunos) dirigentes repantigado en el sofá de su casa sin imaginar que esas cargas de profundidad pueda hacer estallar algún conflicto más cerca que lejos. Y como aquel turista, cuando el desastre se haya desencadenado por lo que unos u otros dijeron, todos los damnificados sentenciaremos con el mismo gesto de asombro: “No era una guerra, no había bombas; eran solo palabras”.

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