La Rioja
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Autor: teri
VIAZÉ UN HOSPITÁ
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Teri Sáenz | 26-05-2006 | 5:59| 0

    La revelación musical del verano que acecha se llama Jesús Rodríguez. ¿Le suena? Tal vez el nombre de El Koala les diga más. Es ese treintañero chaparrito, de barba cerrada, poderoso entrecejo y encanto disperso que últimamente aparece en los medios como la última esperanza blanca del rock rural patrio.
    ¿Sigue sin ponerle cara? Suyo es el honor de perpetrar Opá, yo viazé un corrá. Si aún no ha escuchado el tema, pronto lo hará. Las radios se han conjurado para convertirla en una de esas canciones de las que uno no puede huir. Repiquetean en los altavoces del supermercado, gobiernan las verbenas de pueblo, saltan de emisora en emisora y, el día menos pensado, ya se ha instalado a traición en la cabeza. Cuando una mañana esté afeitándose y se descubra frente al espejo tarareando inocentemente     «…viazé un corrá pa echá una potra, ¡Ay, con zu potrillo!…» dése por vencido: El Koala le ha poseído.
    Ya que musicalmente tiene poca chicha y la presunta gracia de la letra se agota a las mil primeras escuchas, lo jugoso de El Koala es ver cómo ha saltado a la fama. Los genios del márketing no han debido considerar muy honorable lanzarlo como ¡El auténtico sucesor de Georgy Dann! o ¡El hijo bastardo de Macarena… aaaaaaha!, así que insisten en que internet ha sido su catapulta mediática con un video tan mostrenco como la canción de marras. Uno le pasa el archivo a otro, éste al de más allá y de la noche a la mañana El Koala se convierte en ídolo de masas.
    Si tan efectivo es el sistema, los partidos políticos deberían tomar nota. Ahora que se avecinan las elecciones, podrían ahorrarse (ahorrarnos) las palabras gruesas y los mítines agotadores. Bastaría con sumergir sus mensajes en la Red y dejarse llevar por el boca a boca. El guión está listo. Sólo tendrían que aderezarlo a su gusto. Opá, viazé un hospitá… de referensia nacionaaaá, diría el estribillo de unos. Los otros tampoco lo tienen difícil: Opá, voy a liberalizá… la jautopista enteraaaa.

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LA BARONESA SE LO PIENSA
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Teri Sáenz | 14-05-2006 | 11:36| 0

    El alcalde de Madrid ha reculado. El proyecto para reurbanizar el eje El Prado-Recoletos se toma una tregua. Los árboles de la columna vertebral de Madrid seguirán (por ahora) en su sitio. Seis meses de prórroga para «escuchar» todas las voces y «repensar» la idea, ha dicho. Y eso, en el metalenguaje que gastan los políticos, es decir mucho.
    Parte de culpa en esa marcha atrás la ha tenido la protesta popular. Una movilización que, a diferencia de otras tantas, no ha tenido al frente ningún sindicalista de discurso fiero. El abanderado ha sido una señora vestida con un traje de lino blanco-roto, zapatos de Chanel y título nobiliario. Con manicura impecable y el pelo milimétricamente revuelto, Tita Cervera se ha lanzado a la calle. Y tras ella, una multitud.
    No ha sido necesario recurrir a las/los pelotas de goma. Ni una carrera por delante de los antidisturbios se ha visto. Tampoco era cuestión de que en una de éstas la baronesa encasquillara sus tacones en el adoquín. O que los guardaespaldas que la escoltaban tuvieran que frenar las cargas policiales con la montura de sus Ray-Ban. Por no haber, no ha habido ese cielo plomizo que acompaña las manifestaciones de las empresas en reconversión o de los estudiantes de botellón. Todo era sol en la protesta de Tita. Ni siquiera se llegó al insulto más allá del bizarro ‘Gallardón: pódate tú la pilila’ que rezaba alguna de las pancartas. Ha bastado la perfecta sonrisa de uno para que se oiga la voz de todos.
    Un vecino de Logroño ha llamado a la baronesa. Tras las reverencias protocolarias, le ha preguntado si alquila por horas su poder de convicción. Si de viaje a Aspen o a Mónaco no podría dejarse caer por las aceras de Gran Vía jibarizadas por las obras. O pasear su glamour por los garajes anegados de Jorge Vigón. Incluso le ha propuesto encadenar se a una de esas estruendosas trepanadoras que madrugan mucho y trasnochan más. La baronesa se lo está pensando.   

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Humo(s) negro(s)
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Teri Sáenz | 10-05-2006 | 11:35| 0

    «¿Tú tampoco puedes dejarlo?», le interrogaba el otro día un compañero de trabajo a otro fuera de la oficina para rellenar la conversación. «Lo he intentado, pero lo necesito continuamente», confesaba su colega con un mohín de resignación. Como los minutos se alargaban hacían un esfuerzo por estirar las palabras. «He probado a coger la bicicleta, caminar un poco más, dar una tregua permanente a los pulmones… Nada». El otro asentía al tiempo que se lamentaba de cómo iban subiendo el precio a traición una semana sí y a la otra también y, aún así, seguían allí de pie pasando el rato y exhalando un humo negro.
    «Y todo para que el día menos pensado acabemos muriendo», llegó a profetizar con rotundidad bíblica el que parecía menos joven y tenía la voz más ronca. Su interlocutor le daba nuevamente la razón. Le recordó entonces que las autoridades no se cansan de advertirlo y que nadie se da cuenta de que le puede tocar a él hasta que le toca y, claro, quién iba a pensar que un día puede ocurrir y ya lo decía yo que te puedes morir.
    El diálogo se zanjó de sopetón. Los surtidores de combustible saltaron al unísono en cuanto los depósitos de sus respectivos coches se llenaron. Ambos miraron entre atónitos y frustrados cómo el indicador de los litros se quedaba por debajo del de los euros gastados y se marcharon.
    En cuanto salieron de la gasolinera, aparcaron junto al único bar del centro comercial que permite fumar para suministrarse una dosis de cafeína y compartir un cigarrillo antes de regresar al tajo. Mientras consumían el pitillo como si fuese el último de su vida, inauguraron una conversación de compromiso. «¿Tú tampoco puedes dejarlo?», preguntaba uno aspirando más humo negro. «Lo he intentado, pero lo necesito continuamente», respondió tras otra calada. «He probado a coger la bicicleta, caminar un poco más, dar una tregua permanente a los pulmones… ».

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REAL
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Teri Sáenz | 26-04-2006 | 1:28| 0

    El viernes por la noche vi la realidad. Estaba dentro de la televisión. En el interior de un programa. Se llamaba ‘Callejeros’. El espacio trazaba una ruta existencial de personas que comparten pasiones «singulares». Por ejemplo ‘Musiquito’, que desde hace años se disfraza de astronauta cantando por las calles de Sevilla la misma canción chirriante. O Encarnita y Josefina, herederas desdentadas de un baptisterio romano que descubrió su abuelo y que ellas enseñan por unas monedas con un cirio mugriento en una mano y la foto ajada de su antecesor en la otra. O ‘Toro Bravo’, un pintor de barba espesa, ojos desorbitados y discurso inapelable: «Soy Dios; nunca moriré; Dalí fue un impostor».
    El material humano del reportaje no resultaba novedoso. Es el pan de cada día en tertulias con famosos de tercera y otros aquelarres de madrugada. Circos sin arena donde en medio de la pista se pone a algún freak desasistido que se deja saetear por cuatro perras. El presentador se ríe, la gente aplaude y el invitado, como un niño chico, se crece en su oligofrenia viendo que la gracia surte efecto. El último capítulo de ‘Callejeros’ recurría a los mismos protagonistas pero con una aproximación radicalmente distinta. Micrófono en mano, el periodista se acercaba a estos personajes entrevistándolos en su hábitat natural. Con respeto, dejándoles hacer, exprimiendo a plena luz toda la realidad que llevan dentro. Ni cámaras ocultas ni focos cegadores. Y con el buen detalle de difuminar la cara cuando el entrevistado dejaba claro que quería preservar su microcosmos. Cada uno de esos retazos concluía igual: la cámara alejándose como pidiendo perdón por la intromisión y el protagonista saludando.
    Lo que vi el otro viernes era Real. En vez de Beckam y Ronaldo aparecían Encarnita y Josefina.

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CULPABLE
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Teri Sáenz | 06-04-2006 | 1:25| 0

    El periodista siempre es culpable. Así, en genérico. Culpable de todo. Ante todos. Dentro y fuera. Culpable de los errores propios y de los ajenos. De lo que escribe y de lo que deja de escribir. ¿A un fresador se le puede reprochar si maneja bien o mal su máquina ¿Y sobre las otras? ¿También se le echa en cara cómo no han quedado las piezas que no manipula?
    «Eres un sinvergüenza, solo decís mentiras», me espetó un día un vecino de mi padre. Me pilló por sorpresa. Como quedaba pendiente una derrama para arreglar el portal y no quería provocar un conflicto al estilo ‘Aquí no hay quien viva’, me limité a escucharle con gesto patibulario. Después de una perorata irreproducible, deduje que su enfado derivaba de un titular de prensa que sostenía que el Barcelona había humillado al Madrid en el último derby. Algo que había hecho bullir su merenguismo y aventar el odio. Ni siquiera me esforcé en matizarle que no tenía nada vez con esa información. Que no escribo en la sección de deportes. Que el fútbol me da igual. Que ni siquiera trabajo en el periódico del que hablaba. Pero claro, yo era el periodista y el vecino de mi padre sólo podía emitir el mismo veredicto que sistemáticamente dicta el mundo entero como un exorcismo: culpable.

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