La Rioja
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Autor: teri
BASURA PASIVA
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Teri Sáenz | 12-10-2006 | 11:00| 0

    Si como sostienen los creadores de Gran Hermano una de las virtudes del programa consiste en servir como reflejo de la sociedad actual, les informo de que apuramos los últimos días de nuestra civilización.
    Haciendo caso a la publicidad de GH-8, resulta que un considerable porcentaje de la población es tal y como se autodefinía Dani en la nueva edición de este año: frío, racional, crítico, educado e intolerante a la vez (sic). Otro generoso puñado de personas se correspondería al perfil de otra joven jienense ‘habitante de la casa’ llamada Mari Carmen que no tenía reparo en reconocerse ante toda España como una luchadora, extrovertida, amante de la televisión y la mitología que acudía al programa para dedicarse al sueño de su vida: ser algún día funcionaria en un centro geriátrico.
    A Laura (Bilbao, 23 años, separada) le encanta bailar y salir por la noche. Siempre y cuando, eso sí, se lo permita su responsabilidad como madre de un mocete de de cinco años. Un compañero suyo hacía estremecer a la audiencia revelando que jamás se viste con vaqueros. Algo lógico teniendo en cuenta que entre sus prioridades vitales están los coches deportivos, la ropa de marca y el fueraborda con el que de vez en cuando sale al mar para quitarse estrés y gomina.
    ¿A cuál de estos especímenes corresponde usted? ¿De verdad es así la sociedad? Y si es así, ¿dónde me puedo desapuntar?
Dirán que existe el mando a distancia, que nadie está obligado a ver la televisión, que la oferta de canales es grande. Pero lo que no hay es antídoto para ese efecto que, como ocurre a los fumadores pasivos, hace que a pesar de no ver Gran Hermano uno acabe intoxicado por el efecto de las tertulias, las crónicas televisiva o hasta las conversaciones en casa de la suegra. Se lo adelanto: cuando menos lo espere, aunque no quiera, tendrá a Dani, Laura y Carmen formarán parte de su vida. Tiempo al tiempo.

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COLUMNA DE HUMO
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Teri Sáenz | 10-10-2006 | 12:21| 0

    No hace falta decir nada. Cuando pasa una hora levanto la cabeza del ordenador y me topo con la mirada del compañero que tengo enfrente. «Venga, vamos», dice sin preguntarle. Como dos asesinos a sueldo que hablan en clave para no dejar rastro de sus (malas) intenciones nos levantamos al unísono y enfilamos el pasillo hasta la puerta de entrada del periódico. Allí nos espera un cenicero repleto de colillas y el aire libre. Demasiado caliente en verano; excesivamente frío ahora que acecha el invierno.
    Alguien ha bautizado este rincón como el paritorio. La gente que se reúne alrededor fumamos compulsivamente, sin saborear las caladas, pensando en el párrafo que queda por escribir o la llamada que no termina de llegar. Sólo falta que de repente aparezca el ginecólogo por el pasillo y confirme la noticia: ha sido niño.
    Las conversaciones que rellenan este paréntesis de nicotina no dan para mucho. La mayoría de las ocasiones se fragmentan en fascículos. La primera parte se entrega a las cinco de la tarde, la segunda a las seis, la tercera a las siete… Las tapas llegan a veces de regalo al final de la jornada en el bar de enfrente. Un local para fumadores, claro.
    Insospechadamente y nueve meses después de que haya entrado la Ley en vigor, el lapso que transcurre entre cada una de estas escapadas ya no provoca ningún efecto secundario. Hasta esas informaciones rocosas que antes era impensable poner en página sin un cigarrillo esperando junto al teclado, acaban fluyendo sin alquitrán ni benceno. Como esta columna de humo, que será la última que firmo sobre el tema para no encasillarme en el mismo papel como un actor mediocre. Y si me obligan a escribir alguna otra vez sobre lo mismo, lo prometo: dejaré de fumar.

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SALCHICHÓN A MIL EUROS
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Teri Sáenz | 01-10-2006 | 7:05| 0

    El hijo de mis vecinos tiene 16 años recién cumplidos y un anhelo: ganar dinero. «¿Cómo van los estudios, majete?», le interrogo por compromiso cuando coincidimos dentro del ascensor. «Vaya», afirma con sequedad. Y como vivimos en el último piso y el silencio se prolonga, insisto: «¿Ya has pensado qué vas a hacer cuando termines el bachillerato? «Ir a la universidad», replica. «Para ganar dinero». «Mucho», apostilla luego sin preguntarle cuando nuestros caminos se bifurcan en el largo pasillo del quinto.
    Su claridad de ideas me desarma. Por su madre conozco que el chico no muestra ninguna inclinación especial más allá de su rotunda declaración de intenciones. Ni ciencias ni artes. Ni números ni letras. Ni blanco ni negro. «Irá a la universidad», confirma al día siguiente su progenitora mientras compramos salchichón (ella ibérico, yo serrano) en la charcutería de la esquina y mira con una ración de desprecio al chico que nos sirve al embutido. «Es muy listo», garantiza ante dos docenas de jamones de bellota como testigos mudos. «Seguro que cuando acabe la carrera ganará dinero; mucho».
    «¿Y qué asignaturas le gustan a tu mocete?», me atrevo a preguntarle antes de pagar nuestras respectivas carnes. Ella pone cara de perplejidad. Como si le estuviese pidiendo un resumen de la filosofía de Wittgenstein o una reflexión sobre el alza del Ibex-35, mi vecina enmudece y abandona la tienda con aire de derrota, sin brújula. Antes de entrar en el mismo ascensor en el que suelo coincidir con su hijo, la mujer por fin recupera la voz. Es un hilillo trémulo, casi imperceptible: «Pero… que va a ir la universidad; no va a ser fresador, ni carpintero, ni electricista…».
    Fuerzo una sonrisa hueca para tranquilizarla. Y mientras cada uno abre la puerta de sus respectivas casas, pienso para mis adentros: ¿Costará más de mil euros el salchichón ibérico cuando el chaval acabe la universidad?

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IMC
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Teri Sáenz | 26-09-2006 | 11:06| 0

¿Conoce cuál es su IMC? Pues debería. Está de moda. Los organizadores de la Pasarela Cibeles de Madrid han recurrido a este parámetro nutricional para evitar que desfilen por este escaparate modelos extremadamente delgadas.
    Las siglas del omnipresente IMC corresponden al Indice de Masa Corporal, que se calcula dividiendo el peso en kilos de una persona por su altura al cuadrado. Si el ratio resultante se sitúa más o menos entre el 18 y el 25, la persona en cuestión tiene una apariencia saludable. Por debajo roza la anorexia, y por encima se acerca a la obesidad.
    Yo mismo, sin ir más lejos, podría participar en Cibeles y estoy, según esta fórmula matemática, en el vagón de los sanos. No importa que fume más de lo debido, que me duelan las rodillas los días que cambia el astro o que desluzca el vestido más glamuroso del planeta con mi andar desgarbado. Son detalles accesorios. El meollo de la medida impuesta por Cibeles y que a partir de ahora parecen querer extender otras pasarelas internacionales como Milán o Londres está en poner coto a esas figuras cadavéricas sin tetas ni alma que, queriendo o no, se convierten en el espejo donde se miran miles adolescentes de todo el mundo.
    Aunque mejorable, la decisión resulta más que lógica: si muchos siguen lo que hace uno, ese uno debería responder a un patrón más o menos cabal.
    Y en cuestión de dar ejemplos, la clase política que copa a diario las portadas y convierte sus mensajes en biblia para cientos de seguidores tiene mucho que dar. También a ellos habría que aplicar un parámetro similar al de las modelos. Un IMC que midiese, en este caso, el Índice de Masa Cerebral y que se calcula dividiendo el argumentario de cada partido por las veces que un político es capaz de sostener los insostenible al cuadrado. Intuyo que muchos se verán anémicos de ideas y otros tendrán sobrepeso de odio. A alguno le tocará desfilar tras las elecciones.

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COMIENZO DE CURSO
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Teri Sáenz | 17-09-2006 | 1:28| 0

    El niño borró de golpe la sonrisa que traía puesta de casa en cuanto atravesó la puerta del colegio. La euforia que le había provocado ponerse en casa la bata bordada con su nombre y un enorme botón rojo se diluyó al verse en medio de aquel guirigay de mocetes chillones que nunca antes había visto.
    Al principio fue un leve apretón sobre la mano de su padre. Al minuto tiró más del brazo obligándole a inclinarse y, cuando estaba a su altura, susurrarle al oído: «Aquí no; a casa, papá. A casa». Ni las palabras tranquilizadoras del padre ni la promesa de una ración doble de chucherías al final de la jornada consiguieron atenuar en el chaval un malestar que tuvo una contundente escalada: del morrito torcido al llanto; de las lágrimas secas al grito inconsolable; del grito a la pataleta pura y dura con revolcón por el patio incluido.
    El primer día de clase del chiquillo se saldó con un suave forcejeo que lo dejó solo a la puerta de su aula. Solo, y con la cara llena de mocos. «Aquí no, papá; a casa», repetía ronco mientras la profesora lo conducía por fin desarmado junto al resto de sus compañeros.
    El padre regresó a casa cargado con una mezcla de pena y, sobre todo, infinita comprensión. Dos días antes, lo que había empezado para él era otro curso: el político. Las obligaciones laborales le llevaron hasta el Parlamento riojano para asistir a la puesta de largo de la nueva temporada de debates. Para su chiquillo, al menos, todo era distinto. Él, sin embargo, se topó con lo mismo de siempre. Palabras ásperas, trapos sucios, recriminaciones polvorientas al de aquí y al de Madrid, el mismo estribillo cantado mil veces de y tú más…
    Un ataque de profesionalidad contuvo al padre de recoger su cabás y marcharse por donde había entrado. Pero lo que más le hubiese gustado es que allí también estuviera el abuelo de su hijo. Poder cogerle su mano ahora ya pellejuda y pedirle bajito al oído: «Aquí no; a casa, papá. A casa».

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