La Rioja
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Autor: teri
DESTINOS DE BAJO COSTE
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Teri Sáenz | 30-08-2006 | 1:18| 0

    Tengo un amigo importante. Entiéndanme: todos mis amigos son importantes para mí, pero éste en concreto lo es por sí mismo. Tiene despacho propio en el último piso de una gran empresa, su uniforme habitual incluye traje y corbata caros y sus subordinados le tratan de usted cuando se dirigen a él.
    Después de años sin darse un respiro, este verano ha tomado la determinación de descansar durante el mes de agosto. Su primera decisión, obviamente, ha sido no marcharse de vacaciones. La última vez que tuvo un arrebato similar, acabó solicitando una baja por estrés.
    Su trabajo diario contempla cuestiones que le tienen en perpetua tensión como gestionar miles de euros, despedir y contratar gente como aquel que hace la compra y marcar las líneas estratégicas de su compañía en función de un mercado globalizado y amenazado por la competencia asiática. Nada comparado, según me confesó mientras reposaba por prescripción médica en su chalé adosado, a cotejar con su familia las ofertas que proponen las agencias de viajes, pelearse con hordas de turistas por echar el primero la toalla en la arena o dar crema a sus inquietos hijos con una mano mientras con la otra evita que alguna de las sombrillas que acribillan la playa le arranque ojo.
    Pero lo que de verdad le mató aquella vez que se fue de vacaciones fue el móvil. Los móviles, para ser exactos: los dos que siempre lleva consigo (el personal y el de la empresa, aunque siempre los confunde) y que suenan incesantemente. Esas llamadas divorciadas del relax que le requieren sin demora esté donde esté, que no saben que anda intentado charlar con algún amigo menos importante que él.
    Este año se ha quedado en casa para descansar. Con esa intención ha hojeado los folletos turísticos y a quien ha mandado de vacaciones es a sus dos móviles. Con su experiencia, no le ha supuesto esfuerzo encontrar un destino de bajo coste. Los ha mandado a la mierda.

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UN LINDO GATITO
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Teri Sáenz | 23-07-2006 | 11:17| 0

    Si el calor aún no ha derretido sus neuronas, le propongo un ejercicio de imaginación. Póngase en situación: usted va caminando tranquilamente por El Espolón un domingo cualquiera como hoy y se encuentra una caja de cartón flotando dentro la fuente de El Espartero. En ella hay un gato negro que agita las patas reclamando ayuda antes de que su frágil embarcación se hunda. ¿Qué haría usted? A poca sangre que corra por sus venas, estoy convencido de que se acercaría hasta el borde de la piscina e intentaría sacarlo de allí, ayudarle a poner sus pezuñas en tierra firme.
    No se relaje aún. Avance unas cuantas casillas más. Ya tiene al animalillo en sus manos, tiritando a pesar de los 40 grados que hay en la plaza. Usted ha cumplido con lo que le sugería el instinto y busca entonces alguien que se haga cargo de ese minino que ni habla, ni sabe de dónde ha salido, ni puede prestarle más atención porque el tiempo y otras responsabilidades le apremian.
    En esas anda cuando el primer viandante al que se dirige, un anciano rodeado de media docena de gatos, se cambia de acera alegando que no puede acoger a uno más. El policía que pasa unos minutos después también se desentiende. No es la autoridad competente, dice. Las personas que toman el vermú en la terraza se apartan sigilosamente cuando ven que avanza hacia a ellas en busca de una mano amiga.
    Ya está. Deje de dar cuerda a su imaginación. Al patrón del pesquero español ‘Francisco y Catalina’ que ha rescatado a 51 inmigrantes al borde de la muerte en aguas de Malta le ha pasado lo mismo. Así se ha pasado una semana. Esperando que alguien dijera dónde llevar a esas personas. «¿Qué debíamos haber hecho?¿Dejar que se ahogaran?», se preguntaba el marinero en medio del mar y de la incertidumbre.
    Ya lo sabe: si un día de estos ve un gato abandonado en la calle, mire para otro lado. Puede que arañe. O mucho peor, que tenga hambre y sed.

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RUMBO A BUCAREST
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Teri Sáenz | 17-07-2006 | 10:45| 0

    Ayer bajé de casa y me fui a Bucarest. No necesité cambiar moneda, renovar el pasaporte ni atravesar ninguna aduana. Madrugué un poco más de la cuenta y me planté allí en diez minutos.
    Bucarest es un modesto bar de barrio situado en ese ‘Viejo Logroño’ que cotiza a la baja ante el musculoso y enladrillado ‘Nuevo Logroño’. Se encuentra en una calle exenta -por el momento- de esos socavones donde colocan semillas de parkings para que germinen en primavera. Y hasta aquí puedo leer. No daré más pistas. Las coordenadas exactas del Bucarest me las guardo para mí o para quien como yo lo descubra sin buscarlo.
    Como su propio nombre indica, el bar está atendido por una joven extranjera que habla un español más que esforzado. La decoración reúne una peculiar combinación: entre banderas rumanas y cuadros alegóricos quedan todavía señales del local original que (imagino yo) fue traspasado al nuevo propietario tras la jubilación del antiguo. De esa etapa pervive un banderín sepia de cuando la Real Sociedad ganó la liga con Arconada, un enorme reloj de plástico cortesía de Johnny Walker y varios de esos azulejos con inscripciones lapidarias del tipo ‘Aquí no se fía ni a tu tía’.
    La clientela también participa de ese mestizaje. Los grupos de rumanos comparten barra con cuadrillas de chiquiteros veteranos que siguen fieles a su ruta aunque los dueños hayan cambiado. De vez en cuando me cuelo entre unos y otros para desayunar café con leche y una tostada. En la televisión, el canal internacional ofrece un culebrón rumano en versión original. La gente lee los periódicos con parsimonia sin meterse con el vecino y a nadie se le hincha la vena discutiendo por qué Zapatero permite casarse a los gays o Aznar creyó ver uranio en Irak. Ni siquiera se entretienen en culparme a mí de todo lo que dice la prensa cuando descubren que soy periodista. La única que me exige algo es la camarera: «Son tres eurrros, porrr favorrr».

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SANGRE DE MI SANGRE
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Teri Sáenz | 09-07-2006 | 11:28| 0

De las muchas leyendas urbanas que circulan sobre el mundo del rock, mi favorita es una que tiene a Mick Jagger como protagonista. Según estas fuentes apócrifas, las razones de la eterna juventud del cantante de los Rolling Stones no residen en la meditación, la dieta mediterránea ni el ejercicio físico. Aunque desde su más tierna adolescencia ha sido un fiel militante del exceso en todas sus vertientes, sus conciertos continúan siendo todavía hoy un derroche de energía y efervescencia.
    ¿Cómo es posible tanta vitalidad en alguien así? Algunos sostienen que la causa está en Suiza. En una lujosa y exclusivísima clínica escondida en algún paradisíaco rincón de los Alpes donde multimillonarios de todo el planeta acuden para recibir transfusiones integrales. Igual que a un coche le limpian todos los circuitos cuando empieza a renquear, a Jagger le inyectarían periódicamente dosis de su propia sangre que alimentan la elasticidad y refuerzan su vigor.
    El ginecólogo Eufemiano Fuentes -¿quién puede fiarse de alguien que se llama Eufemiano, o Eustaquio, o Eleuterio?- hacía presuntamente algo parecido en España con los deportistas lo élite. Cuando las exigencias de la competición lo requerían, inyectaba a sus clientes una ración de extra de sus propios glóbulos rojos que los dejaba a puntito para superar cualquier obstáculo. Lo más escalofriante del caso no es la propia práctica, sino cómo el médico conservaba la sangre dentro de un frigorífico de campaña en bolsas de plástico sin glamour alguno. Y ese libro de notas un poco grasiento donde escribía con caligrafía nerviosa cómo, cuándo, dónde, cuánto y a quién debía chutarle.
    Señor doctor: la sangre de uno merece un respeto. El mismo trato exquisito que seguramente le prestan al flujo de los Rolling. Si un día de estos la vida me supera y no me localizan, que busquen en Suiza. Llevaré allí mis venas aunque me desangre pagando la factura.

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RIESGO DE CONTAGIO
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Teri Sáenz | 04-07-2006 | 12:35| 0

    De todas las enfermedades que atacan al riojano medio, la que más trastornos provoca y secuelas más graves deja es el yaquemepongo. Las consultas de los médicos (públicos o privados; o públicos de día y privados de tarde) están plagadas de pacientes que en su día se contagiaron y a estas alturas presentan todos los síntomas: apreturas estomacales por no poder pagar unas obras que no estaban previstas en principio; dificultades para aparcar el monovolumen que sustituye al coche que no necesitaban jubilar; sarpullido general tras haber comprado por un poquito más un piso nuevo y bien alejado en vez de ese otro céntrico y coqueto que me gustaba mucho pero no tenía piscina ni garaje ni vistas a un hipermercado…
    Los más prestigiosos laboratorios farmacéuticos trabajan en un posible antídoto. Todo indica que aún queda mucho camino por recorrer. No hay nada como no tener un millón de pesetas para cavilar cómo gastar ese dinero. O traspasar esa estrecha frontera que separa las dudas de cambiar la grifería del baño para embarcarse a continuación en reformar la casa entera. El yaquemepongo empieza entonces a hacer estragos en el organismo.
    En casos extremos, y sólo si la salud del paciente corre peligro, recomiendan en voz baja hidratarse bien, huir de alimentos ricos en grasa y dar paseos matutinos hasta la Gran Vía de Logroño. Allí, al menos, pueden rascarse comprobando que las posibilidades de contagio son amplias. Que hasta los ayuntamientos no escapan de los brotes que empiezan con un cambio de arbolado y acaban levantando el corazón de la ciudad, construyendo un enorme parking y, yaquemepongo, 600 plazas más de las previstas.
    Si los picores persisten, es más que probable que el paciente esté atacado además con otra bactería nociva. Un análisis de orina dirá cuál es: el quechorramasdá, el yatelodeciayo, el soymaslistoquenadie, o puede que incluso el estoteloarreglaunoqueyoconozco.

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