La Rioja
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Autor: teri
MADERA DE LIDER
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Teri Sáenz | 01-09-2006 | 11:38| 0

    Usted tiene madera de líder. Quizás aún no se haya dado cuenta, pero así es. No se tome el diagnóstico como un cumplido hipócrita y barato. En realidad, cualquiera tiene madera de líder. Lo único que le diferencia a usted (o a mí) de los que se llevan las fotografías de portada y los titulares grandes son las palabras. Cuáles escogen, cómo las ordenan, cuándo se subrayan, de qué manera les dan énfasis.
    Es lo que tiene escuchar casi a diario a los políticos por razones laborales. Unos cobran por unir tornillos y otros por ensamblar palabras sobre un papel. A fuerza de atender a sus mítines y comparecencias públicas sin el fervor de un militante, a uno le queda tiempo de meter el bisturí en los discursos y extraer las palabras con las que están cocinados.
    Existen dos grandes escuelas. La una gasta como ingredientes recurrentes España, Constitución, unidad, desmembramiento y sus correspondientes sinónimos: nación, Carta Magna, solidaridad, resquebrajamiento. La otra se inclina más por el sabor que da a sus platos sustantivos como diálogo/ encuentro, consenso/acuerdo, ciudadanía/pueblo, España/ nación… Sí, ya sé que algunas veces se repiten, pero insisto: cambian de sabor según el modo de cocción.
    Tengo un amigo que en sus tiempos de estudiante seguía el mismo patrón. Guardaba en su cabeza una gavilla de palabras que volcaba indefectiblemente en todos los exámenes: multidisciplinar, idiosincrasia y coyuntura. Daba igual la materia a la que se enfrentara. Le importaba poco si había estudiado o no la asignatura que tocaba. «La formación multidisciplinar de Lorca imprime a su poesía una especial idiosincrasia fruto también de la coyuntura nacional», escribía un día.  «La idiosincrasia rusa ante una coyuntura tan violenta como la revolución de 1917 facilitó un desarrollo multidisciplinar de su economía», ponía al otro. Aprobó todo y demostró su madera de líder. Hoy es capataz en una fábrica de tableros.

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SOY UN ACUSICA
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Teri Sáenz | 31-08-2006 | 4:57| 0

    Ocurrió en el ágape posterior a uno de esos eventos de postín que suelen tener como colofón un Rioja. Entre canapé y canapé, los políticos se aflojan (levemente) el nudo de la corbata y el resto de las fuerzas vivas de la región aprovechan la distensión del momento para preguntar qué hay de lo suyo. A los periodistas también a veces se les hace un hueco. Tal vez por cortesía. Quizás porque intimidan menos con una ración de salmón ahumado en la mano que con un micrófono.
    Por una u otra razón me encontraba allí compartiendo copa y charla con varios colegas cuando llegó el drama. Con las prisas, una de las camareras encargadas de servir el catering tropezó sin querer y empujó una botella que reposaba en la balaustrada donde estábamos acodados. Como en una de esas películas japonesas donde las escenas de violencia extrema están rodadas a cámara lenta, todo se desencadenó al ralentí: el vino cayó, mi camisa se tiñó de rojo, todos pusieron cara de asombro y yo di por instinto un ridículo saltito hacia atrás que no me libró de la debacle.
    La camarera mostró reflejos  de lince para guardar el equilibrio. Sosteniendo 200.000 copas sobre una mano, logró levantar la otra para apuntar el dedo índice hacia mí antes de que yo pudiera hacer un balance provisional del desastre. «Yo no he hecho nada; has sido tú», me recriminó automáticamente.
    Me retiré del cuadro con la cabeza gacha mientras el resto de los invitados miraba de soslayo y susurraba qué torpes son estos periodistas. En el camino, el que parecía jefe de los camareros lo dejó claro: «Ha sido esa chica, que lleva sólo cuatro días y no se entera». Un poco más adelante, el organizador del acto culpó al jefe de los camareros y, a renglón seguido, el mandamás supremo se disculpó cargando contra el organizador. Desde entonces me reconozco un acusica confeso. Nunca tengo la culpa de nada. Siempre ha sido otro. Y si a usted le parece una bazofia esta columna, le juro que yo no la he escrito.

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DESTINOS DE BAJO COSTE
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Teri Sáenz | 30-08-2006 | 1:18| 0

    Tengo un amigo importante. Entiéndanme: todos mis amigos son importantes para mí, pero éste en concreto lo es por sí mismo. Tiene despacho propio en el último piso de una gran empresa, su uniforme habitual incluye traje y corbata caros y sus subordinados le tratan de usted cuando se dirigen a él.
    Después de años sin darse un respiro, este verano ha tomado la determinación de descansar durante el mes de agosto. Su primera decisión, obviamente, ha sido no marcharse de vacaciones. La última vez que tuvo un arrebato similar, acabó solicitando una baja por estrés.
    Su trabajo diario contempla cuestiones que le tienen en perpetua tensión como gestionar miles de euros, despedir y contratar gente como aquel que hace la compra y marcar las líneas estratégicas de su compañía en función de un mercado globalizado y amenazado por la competencia asiática. Nada comparado, según me confesó mientras reposaba por prescripción médica en su chalé adosado, a cotejar con su familia las ofertas que proponen las agencias de viajes, pelearse con hordas de turistas por echar el primero la toalla en la arena o dar crema a sus inquietos hijos con una mano mientras con la otra evita que alguna de las sombrillas que acribillan la playa le arranque ojo.
    Pero lo que de verdad le mató aquella vez que se fue de vacaciones fue el móvil. Los móviles, para ser exactos: los dos que siempre lleva consigo (el personal y el de la empresa, aunque siempre los confunde) y que suenan incesantemente. Esas llamadas divorciadas del relax que le requieren sin demora esté donde esté, que no saben que anda intentado charlar con algún amigo menos importante que él.
    Este año se ha quedado en casa para descansar. Con esa intención ha hojeado los folletos turísticos y a quien ha mandado de vacaciones es a sus dos móviles. Con su experiencia, no le ha supuesto esfuerzo encontrar un destino de bajo coste. Los ha mandado a la mierda.

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UN LINDO GATITO
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Teri Sáenz | 23-07-2006 | 11:17| 0

    Si el calor aún no ha derretido sus neuronas, le propongo un ejercicio de imaginación. Póngase en situación: usted va caminando tranquilamente por El Espolón un domingo cualquiera como hoy y se encuentra una caja de cartón flotando dentro la fuente de El Espartero. En ella hay un gato negro que agita las patas reclamando ayuda antes de que su frágil embarcación se hunda. ¿Qué haría usted? A poca sangre que corra por sus venas, estoy convencido de que se acercaría hasta el borde de la piscina e intentaría sacarlo de allí, ayudarle a poner sus pezuñas en tierra firme.
    No se relaje aún. Avance unas cuantas casillas más. Ya tiene al animalillo en sus manos, tiritando a pesar de los 40 grados que hay en la plaza. Usted ha cumplido con lo que le sugería el instinto y busca entonces alguien que se haga cargo de ese minino que ni habla, ni sabe de dónde ha salido, ni puede prestarle más atención porque el tiempo y otras responsabilidades le apremian.
    En esas anda cuando el primer viandante al que se dirige, un anciano rodeado de media docena de gatos, se cambia de acera alegando que no puede acoger a uno más. El policía que pasa unos minutos después también se desentiende. No es la autoridad competente, dice. Las personas que toman el vermú en la terraza se apartan sigilosamente cuando ven que avanza hacia a ellas en busca de una mano amiga.
    Ya está. Deje de dar cuerda a su imaginación. Al patrón del pesquero español ‘Francisco y Catalina’ que ha rescatado a 51 inmigrantes al borde de la muerte en aguas de Malta le ha pasado lo mismo. Así se ha pasado una semana. Esperando que alguien dijera dónde llevar a esas personas. «¿Qué debíamos haber hecho?¿Dejar que se ahogaran?», se preguntaba el marinero en medio del mar y de la incertidumbre.
    Ya lo sabe: si un día de estos ve un gato abandonado en la calle, mire para otro lado. Puede que arañe. O mucho peor, que tenga hambre y sed.

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RUMBO A BUCAREST
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Teri Sáenz | 17-07-2006 | 10:45| 0

    Ayer bajé de casa y me fui a Bucarest. No necesité cambiar moneda, renovar el pasaporte ni atravesar ninguna aduana. Madrugué un poco más de la cuenta y me planté allí en diez minutos.
    Bucarest es un modesto bar de barrio situado en ese ‘Viejo Logroño’ que cotiza a la baja ante el musculoso y enladrillado ‘Nuevo Logroño’. Se encuentra en una calle exenta -por el momento- de esos socavones donde colocan semillas de parkings para que germinen en primavera. Y hasta aquí puedo leer. No daré más pistas. Las coordenadas exactas del Bucarest me las guardo para mí o para quien como yo lo descubra sin buscarlo.
    Como su propio nombre indica, el bar está atendido por una joven extranjera que habla un español más que esforzado. La decoración reúne una peculiar combinación: entre banderas rumanas y cuadros alegóricos quedan todavía señales del local original que (imagino yo) fue traspasado al nuevo propietario tras la jubilación del antiguo. De esa etapa pervive un banderín sepia de cuando la Real Sociedad ganó la liga con Arconada, un enorme reloj de plástico cortesía de Johnny Walker y varios de esos azulejos con inscripciones lapidarias del tipo ‘Aquí no se fía ni a tu tía’.
    La clientela también participa de ese mestizaje. Los grupos de rumanos comparten barra con cuadrillas de chiquiteros veteranos que siguen fieles a su ruta aunque los dueños hayan cambiado. De vez en cuando me cuelo entre unos y otros para desayunar café con leche y una tostada. En la televisión, el canal internacional ofrece un culebrón rumano en versión original. La gente lee los periódicos con parsimonia sin meterse con el vecino y a nadie se le hincha la vena discutiendo por qué Zapatero permite casarse a los gays o Aznar creyó ver uranio en Irak. Ni siquiera se entretienen en culparme a mí de todo lo que dice la prensa cuando descubren que soy periodista. La única que me exige algo es la camarera: «Son tres eurrros, porrr favorrr».

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