La Rioja
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Autor: teri
Humo(s) negro(s)
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Teri Sáenz | 10-05-2006 | 11:35| 0

    «¿Tú tampoco puedes dejarlo?», le interrogaba el otro día un compañero de trabajo a otro fuera de la oficina para rellenar la conversación. «Lo he intentado, pero lo necesito continuamente», confesaba su colega con un mohín de resignación. Como los minutos se alargaban hacían un esfuerzo por estirar las palabras. «He probado a coger la bicicleta, caminar un poco más, dar una tregua permanente a los pulmones… Nada». El otro asentía al tiempo que se lamentaba de cómo iban subiendo el precio a traición una semana sí y a la otra también y, aún así, seguían allí de pie pasando el rato y exhalando un humo negro.
    «Y todo para que el día menos pensado acabemos muriendo», llegó a profetizar con rotundidad bíblica el que parecía menos joven y tenía la voz más ronca. Su interlocutor le daba nuevamente la razón. Le recordó entonces que las autoridades no se cansan de advertirlo y que nadie se da cuenta de que le puede tocar a él hasta que le toca y, claro, quién iba a pensar que un día puede ocurrir y ya lo decía yo que te puedes morir.
    El diálogo se zanjó de sopetón. Los surtidores de combustible saltaron al unísono en cuanto los depósitos de sus respectivos coches se llenaron. Ambos miraron entre atónitos y frustrados cómo el indicador de los litros se quedaba por debajo del de los euros gastados y se marcharon.
    En cuanto salieron de la gasolinera, aparcaron junto al único bar del centro comercial que permite fumar para suministrarse una dosis de cafeína y compartir un cigarrillo antes de regresar al tajo. Mientras consumían el pitillo como si fuese el último de su vida, inauguraron una conversación de compromiso. «¿Tú tampoco puedes dejarlo?», preguntaba uno aspirando más humo negro. «Lo he intentado, pero lo necesito continuamente», respondió tras otra calada. «He probado a coger la bicicleta, caminar un poco más, dar una tregua permanente a los pulmones… ».

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REAL
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Teri Sáenz | 26-04-2006 | 1:28| 0

    El viernes por la noche vi la realidad. Estaba dentro de la televisión. En el interior de un programa. Se llamaba ‘Callejeros’. El espacio trazaba una ruta existencial de personas que comparten pasiones «singulares». Por ejemplo ‘Musiquito’, que desde hace años se disfraza de astronauta cantando por las calles de Sevilla la misma canción chirriante. O Encarnita y Josefina, herederas desdentadas de un baptisterio romano que descubrió su abuelo y que ellas enseñan por unas monedas con un cirio mugriento en una mano y la foto ajada de su antecesor en la otra. O ‘Toro Bravo’, un pintor de barba espesa, ojos desorbitados y discurso inapelable: «Soy Dios; nunca moriré; Dalí fue un impostor».
    El material humano del reportaje no resultaba novedoso. Es el pan de cada día en tertulias con famosos de tercera y otros aquelarres de madrugada. Circos sin arena donde en medio de la pista se pone a algún freak desasistido que se deja saetear por cuatro perras. El presentador se ríe, la gente aplaude y el invitado, como un niño chico, se crece en su oligofrenia viendo que la gracia surte efecto. El último capítulo de ‘Callejeros’ recurría a los mismos protagonistas pero con una aproximación radicalmente distinta. Micrófono en mano, el periodista se acercaba a estos personajes entrevistándolos en su hábitat natural. Con respeto, dejándoles hacer, exprimiendo a plena luz toda la realidad que llevan dentro. Ni cámaras ocultas ni focos cegadores. Y con el buen detalle de difuminar la cara cuando el entrevistado dejaba claro que quería preservar su microcosmos. Cada uno de esos retazos concluía igual: la cámara alejándose como pidiendo perdón por la intromisión y el protagonista saludando.
    Lo que vi el otro viernes era Real. En vez de Beckam y Ronaldo aparecían Encarnita y Josefina.

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CULPABLE
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Teri Sáenz | 06-04-2006 | 1:25| 0

    El periodista siempre es culpable. Así, en genérico. Culpable de todo. Ante todos. Dentro y fuera. Culpable de los errores propios y de los ajenos. De lo que escribe y de lo que deja de escribir. ¿A un fresador se le puede reprochar si maneja bien o mal su máquina ¿Y sobre las otras? ¿También se le echa en cara cómo no han quedado las piezas que no manipula?
    «Eres un sinvergüenza, solo decís mentiras», me espetó un día un vecino de mi padre. Me pilló por sorpresa. Como quedaba pendiente una derrama para arreglar el portal y no quería provocar un conflicto al estilo ‘Aquí no hay quien viva’, me limité a escucharle con gesto patibulario. Después de una perorata irreproducible, deduje que su enfado derivaba de un titular de prensa que sostenía que el Barcelona había humillado al Madrid en el último derby. Algo que había hecho bullir su merenguismo y aventar el odio. Ni siquiera me esforcé en matizarle que no tenía nada vez con esa información. Que no escribo en la sección de deportes. Que el fútbol me da igual. Que ni siquiera trabajo en el periódico del que hablaba. Pero claro, yo era el periodista y el vecino de mi padre sólo podía emitir el mismo veredicto que sistemáticamente dicta el mundo entero como un exorcismo: culpable.

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TODOS CONTRA EL PERIODISTA
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Teri Sáenz | 21-03-2006 | 7:34| 0

Hágase esta pregunta: ¿Qué hace usted bien? Me refiero a algo en lo que sobresalga de verdad, en lo que pueda decir que muy pocos pueden igualarle. No vale eso de que no se le da mal resolver sudokus o que una vez consiguió la medalla de oro en un torneo local de minibasquet. Concrete su especialidad. ¿Lo tiene?
Ese es el espíritu de un programa de Cuatro del que me reconozco adicto. En ‘Todos contra el chef’, cualquiera que de puertas adentro crea que por ejemplo prepara las patatas con chorizo como nadie tiene la posibilidad de medirse con un cocinero metrosexual que (casi) indefectiblemente mejora la receta del concursante.
Más que lo culinario, lo que me atrae del espacio es su planteamiento en forma de desafío. La cara que se les queda a la mayoría de los concursantes cuando, después de aplicarse entre los fogones, comprueban que el plato de Darío (así se llama el chef en cuestión) le da mil vueltas y un improvisado jurado encargado de paladear las dos cazuelas en lid se queda a ojos ciegas con la del cocinero profesional.
No estaría mal vampirizar la idea y trasladar la mecánica al ámbito del periodismo. Aunque cambiaran los ingredientes por letras y los pucheros por teclados, el sistema no diferiría demasiado. El concursante tipo sería cualquiera que, sin ir más lejos, tuviera la convicción de que su manera de elaborar las entrevistas es exquisita, que es el Ferrán Adriá del pregunta/respuesta. Como en el programa de Cuatro, estoy convencido de que fuera de su estrecho ámbito de trabajo siempre habría alguien que le daría una buena ración de humildad. Y todo eso, aliñado con otras maneras de hacer las cosas que el día a día impide experimentar y/o practicar porque el menú nunca empalaga ni está pasado de sal. ‘Todos contra el periodista’, bautizaría el programa.
Claro que cabe otra variante. Una en la cual el concursante no concursara. En que el periodista fuera simplemente un periodista que lidia a diario con el tiempo, el espacio, la maqueta, los malentendidos, los prejuicios, las presiones, los errores humanos (e inhumanos). La pieza clave aquí sería el jurado. Todos opinando desde fuera (y desde dentro) sobre un trabajo que olvidan que no compite. El nombre sería otro y remitiría más bien a un espacio plagado de mandiles y famosos de tercera que perpetra Tele5: ‘La redacción del infierno’.

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UN ASCENSORISTA PURO
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Teri Sáenz | 12-03-2006 | 1:19| 0

Un amigo defendía el otro día cerveza en mano que él sólo conocía a un escritor puro en La Rioja. No daré el nombre para no levantar polvaredas que luego se hacen barrizales, pero sí sus razones: es el único (de la hornada más reciente, se sobreentiende) que está volcado en sus propias novelas aun a costa de su trabajo, todos los días le dedica varias horas a la literatura y periódicamente gana algunos premios de los muchos a los que concurre. Ser escritor es a juicio de mi amigo una cuestión de espíritu, perseverancia, infinitas lecturas. Y de talento, añadía yo. «Crear una historieta medianamente lúcida en dos fines de semana que tienes libres y que suene la flauta y el ayuntamiento de turno te dé un accésit no te hace escritor de verdad», decía.
Mientras me iba convenciendo, traspolaba los argumentos a eso del periodismo. ¿Es periodista el que vuelca teletipos, transcribe entrecomillado todos los días lo que el político de turno recita o engorda artificialmente un tema para rellenar el hueco que deja la publicidad? Muchos recelan que alguien se autodenomine escritor, pero creen que trabajar en un periódico o una radio otorga ya los galones de periodista. No estoy tan seguro. Como mi amigo, soy de la opinión de que se trata de una cuestión de actitud, convencimiento. Todo ello, claro está, cocinado con las obligaciones laborales que impone un medio de comunicación que ante todo es una empresa donde por la cadena de montaje pasan letras en vez de tornillos. Una rueca de mitos desconchados en la que un día redactas una crónica parlamentaria y al siguiente entrevistas a un grupo punk del estilo ‘Telaraña en la castaña’.
Cuando el barman tiraba la siguiente cerveza, me vino a la cabeza el caso del señor que todas las semanas revisa el ascensor de mi bloque. Como presidente de la comunidad (de vecinos) me toca firmarle el parte. El otro día aprovechó ese minuto para explicarme el nuevo mecanismo que han instalado para acolchar la parada del trasto. Hablaba del sistema hidráulico, las correas de enganche y del mimo con el ha colado el rotor como una pasión por su trabajo que hacía tiempo que no escuchaba a nadie. Ni a los escritores (aunque lo sean a tiempo parcial) ni a los periodistas. Un ascensorista puro, que diría mi amigo.

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