La Rioja
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Autor: teri
Un lugar, dos miradas
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Teri Sáenz | 01-04-2018 | 6:52| 0

SAN MILLAN DE LA COGOLLA. Turistas en el Monasterio de Yuso en Semana Santa. 29.03.2018 Justo Rodriguez

El paisaje que está observando en este instante es doble. Uno es ese que usted mira cada día ;el otro, que en realidad es el mismo, el que contemplan por primera vez los ojos de un turista. Probablemente a usted no le provoque ningún entusiasmo y hasta le suscite cierto desdén. Todo lo contrario de quien acaba de conocerlo, que es capaz de encontrar un encanto inusitado y perderse en detalles en los que nunca repararía quien lo tiene delante cada día. Las razones de esa esquizofrenia visual no están en el objeto. Ni siquiera en el observador. El filtro lo impone la actitud. Esa que impide apreciar lo más próximo y difrutar lo lejano con el efecto rebote (sólo a veces) de denostar lo propio, como un disco duro de capacidad limitada que obligara a desechar una parte para ensalzar más otra. En La Rioja conviven estos días ambas miradas. Los miles de turistas que copan cada pueblo están saboreando ahora de lo que muchos ignoramos. Las mismas chuletillas que a usted ya le provocan ardor son el manjar para quien nunca antes se ha manchando los dedos con su grasilla. Las iglesias que nunca pisa donde vive se parecen mucho a las que no deja de conocer cuando sale fuera. Los recorridos que siempre hace en coche por aburrimiento son la ruta predilecta de los caminantes que atraviesan extasiados las calles. El Jueves Santo, en San Millán de la Cogolla, una de esas viajeras llegada de Madrid mostraba a sus hijos los mismos monasterios que ella ya ha disfrutado boquiabierta cien veces. Si por ella fuera, cada aeropuerto de España debería tener una indicación señalando a Suso y Yuso. Hasta que llegue ese el día, aún queda hacer el ejercicio de mirar nuestro propio entorno con ojos de turista.

Fotografía: Justo Rodríguez

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Abriendo puertas
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Teri Sáenz | 26-03-2018 | 9:50| 0

LOGRONO. Tres jovenes síndrome de down comparten un piso tutelado. 19.03.2018 Justo Rodriguez

Usted no valora (casi ninguno lo hacemos) la sensación de plenitud que produce rebuscar en el bolsillo y notar el tacto de las llaves de casa. Volver del trabajo o de cualquier otra actividad con que rellena su jornada y sacar ese manojo de anodinas piecitas metálicas para escoger una de ellas e introducirla en la cerradura. Franquear la puerta del lugar donde reside y plantarse en un territorio privado, un hábitat propio. En su mano está hacer a partir de ahí lo que le plazca. Tirarse en el sofá y demorar sus obligaciones domésticas. O ponerse a hacer la comida y esperar a que el resto de su familia o sus compañeros de piso en caso de que no viva solo vuelvan para compartir la cena comentado los avatares del día. María, Andrés y Álvaro tienen desde hace pocos meses las llaves de su propia casa por primera vez. Un piso estándar en alquiler en una calle cualquiera donde experimentan diariamente el placer de entrar en él después de sacar el llavero que llevan consigo. Y no sólo eso. Dentro disponen de una habitación para ellos solos. Unos modestos metros cuadrados que cada uno ha decorado a su gusto, sin que nadie les sugiera qué cuadros colgar en la pared ni le obligue a hacer la cama cada mañana antes de marchar a sus labores. El fortín de sus respectivas independencias. Eso que para cualquier joven constituye un pequeño triunfo en su proyecto vital, para María, Andrés y Álvaro es la victoria más absoluta. Porque ellos tienen síndrome de Down y vivir por su cuenta era una quimera que unas veces por razones económicas y otras por las dudas (propias o de los suyos) nunca llegaba. Con el gesto de abrir solos cada día la puerta de su casa lo están logrando. Ojalá que nunca se cierre.

Fotografía: Justo Rodríguez

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Viejos amigos
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Teri Sáenz | 05-03-2018 | 6:49| 0

telefono

Entro en casa del yayo Tasio y le noto más extraño que de costumbre. Inclinado sobre la mesa camilla que preside el salón, aprieta un bolígrafo con el que despliega a paso de burra su caligrafía temblorosa sobre un papel en blanco. Al lado, un sobre y un sello. Me informa de que se trata de un artefacto llamado carta que puede enviarse a cualquier parte del mundo. No hace falta conexión a Internet; sólo introducirlo en una boca metálica conocida como buzón. Mientras está completando el escrito, le llaman por teléfono. El suyo es muy particular. No puede llevarlo de aquí para allá, porque tiene un cable conectado a la pared. Al acabar de hablar, es él quien marca para hablar con un tercero. Sí, utiliza el dedo para completar un número que empieza por 941. Pero lo hace de un modo insólito, incrustando el índice sobre los agujeros de una ruleta. Hasta que la circunferencia no vuelve a su sitio como regurgitando perezosamente, no puede hacer girar el siguiente número. Antes de retornar a la mesa, me pregunta si quiero escuchar música. No me atrevo a negarme. Quita el trapo de ganchillo que protege del polvo el tocadiscos y extrae un vinilo plano de los que tiene apilados en la estantería del mueble. Lo deposita delicadamente sobre la superficie giratoria y coloca encima un brazo metálico acabado en una minúscula aguja. Como por arte de magia, de aquel trozo de plástico brota una música que llena la estancia. Aún noqueado, me despido del yayo Tasio hasta la próxima semana. Antes de marchar, me regala algo semejante a un ladrillo de papel relleno de hojas con letras fijadas con tinta. Es un libro, me aclara. Y se lee pasando una página tras otra. Le doy mil gracias. Todas analógicas.

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Turismo inmortal
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Teri Sáenz | 26-02-2018 | 12:11| 0

cementerio

No es extraño que al yayo Tasio le asalte de vez en cuando algún turista despistado para preguntarle, mapa en mano, por dónde se va algún lugar señalado. Como el abuelo acostumbra a invertir sus horas muertas deambulando por Logroño para certificar que cada baldosa sigue en su sitio, los visitantes deben verle como una presa amable para satisfacer su curiosidad. Tasio se traga entonces la mala leche que gasta con los conocidos y regala a los desconocidos su mejor sonrisa de anfitrión, dándose el pisto de cicerone avezado. Si intuye que el foráneo es además de esos que ansía ir más allá de tomar unos vinos en la calle Laurel o fotografiarse junto a los rosales de El Espolón y le interroga sobre algún rincón fuera de la ruta convencional, el abuelo se viene arriba y apunta con el dedo al otro lado del río. Directamente al cementerio. Algunos se espantan, como si fuera la invitación macabra de un viejo transtornado. Otros, sobre todo extranjeros habituados a ver los composantos como una parte natural del paisaje urbano, toman la palabra al abuelo y hacen el delicioso paseo que atraviesa el Ebro por cualquiera de sus puentes. Allí descubren un espacio tan arrumbado por la historia como fascinante arquitectónicamente y, por supuesto, cargado de paz. Una postal de simetrías con olor a ciprés y mármol, donde la colosal tumba de Fernando Gallego compite con las de Zubía, Blanco Lac, Segundo Arce, el general Zurbano o el Marqués de Romeral esperando a que las guías reconozcan que están vivas para el turismo.

Fotografía: Juan Marín

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Ganar a las encuestas
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Teri Sáenz | 20-02-2018 | 10:55| 0

encuesta

Mientras está leyendo estas líneas puede que esté brotando una nueva encuesta que solapará a la que se publicó hace cinco minutos y que quedará caduca dentro de diez, cuando una nueva confirme (o desmienta) la anterior. Si no llega a sus oídos el resultado, los partidos se encargarán de hacerlo porque todos encontrarán en ella un dato que les avalará. Aunque retrocedan en la escala, a pesar de que su líder pierda puestos sobre el oponente, sin importar que el tamaño de las siglas mengüe. Y cuando ya no puedan retorcerlo más, en ese momento en que estrujando las cifras sean incapaces de destilar ningún aspecto favorable, se encargarán de minusvalorarlas. Incluso despreciarán sin disimulo el sondeo hasta el siguiente que aúpe sus aspiraciones, aunque provenga de la misma fuente y siga un método idéntico. Entonces, lo que para unos será sólo la radiografía de un instante fijo con una validez coyuntural, para otros resultará la evidencia de una tendencia incontestable. Es comprensible la fascinación que provoca la demoscopia. Nadie puede sustraerse a esa borrachera de colores, el vaivén de porcentajes y barras fluctuantes. Golosas tartas que medran y se encogen, con sobredosis de cocina y digestión inmediata que cuando se eructan saben a sueños de poder. Así se gobierna (o se aspira a gobernar), a golpe de encuestas. Entre la euforia contenida y el canguelo disimulado. Con la esperanza de que si no se vence en las urnas, al menos sea posible ganar a las encuestas.

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