La Rioja
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Autor: teri
Dos en uno
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Teri Sáenz | 12-09-2017 | 12:21| 0

arrimadas

Rosa María llegó a su casa y encendió la tele. Seguramente se puso cómoda, abrió una cervecita y empezó a practicar ese deporte tan ibérico consistente en despotricar en la intimidad del salón contra los comentaristas de algún debate cuando lo que dicen no coinciden con nuestra postura. A Rosa María no le bastó desfogarse contra una pantalla de plasma. Las palabras que en ese momento pronunciaba Inés Arrimadas en un plató le molestaron tanto que necesitó contarlo al mundo entero. Cambió el mando de la tele por el móvil y deseó a través de Facebook que violaran en grupo a la dirigente de Ciudadanos al salir del programa. “No merece otra cosa semejante perra asquerosa“, dejó escrito. El comentario de la hasta entonces anónima telespectadora empezó a correr por Internet como la pólvora hasta que, cuatro horas más tarde, Arrimadas anunciaba lo que cualquiera en una situación similar: iba a presentar una denuncia contra Rosa María. Lo llamativo es que el foco de la polémica no se ha ceñido al calibre de la barbaridad que eructó para luego arrepentirse, sino en el hecho de que la empresa en la que había encontrado trabajo de teleoperadora a través de una ETT la ha despedido ante el grosor de los insultos y la magnitud del guirigay, aduciendo que una opinión a título personal (sic) no puede interferir en el ámbito laboral público. ¿Confiaría usted en alguien capaz de vomitar una brutalidad así? El caso demuestra que la dualidad entre el yo personal y el social no es una opción ni las redes una barra libre de chupitos de impunidad.

 

Fotografía: Efe

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Siempre libro
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Teri Sáenz | 23-08-2017 | 11:59| 0

librosEl mejor regalo que le hecho al yayo Tasio es el que nunca le di. El día de su último cumpleaños se me pasó por la cabeza comprarle un libro electrónico. Además de acumular un catálogo inabarcable de rarezas, el abuelo siempre ha sido un lector voraz como atestiguan las abarrotadas estanterías de su casa, así que vi en aquel dispositivo el obsequio idóneo para alguien único. No recuerdo por qué retrasé comprarlo y la mañana que le invitamos a comer –él nunca lo hace, no sé si por negar que se hace viejo o evitar sólo aflojar la cartera– me presenté a la mesa con las manos vacías pero adelantándole que en breve tendría todas las novelas que quisiera a su disposición en formato electrónico. Tasio escupió la cucharada de caparrones que acaba de meterse en la boca y amenazó con desheredarme mientras engolaba la voz defendiendo sus libros de papel. Los cientos que tiene y los que dejará de tener. Porque la liturgia literaria del yayo no sólo incluye oler los capítulos antes de devorarlos, sino acariciar las tapas, doblar la esquina de la página cuando el sueño le vence, manchar los márgenes. Y sobre todo, regalar los que más le gustan en cuanto llega al punto final, igual que recibe los que sus amigos le entregan para que experimente las sensaciones compartidas. Porque los libros no son para el abuelo un patrimonio material, sino un hilo que cose imaginaciones simétricas y convierte en su dueño a quien lo tiene en las manos. Y esa carnalidad, dijo antes de soplar las velas, nunca podrá ser plástica, fría e inodora.

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El único dolor
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Teri Sáenz | 21-08-2017 | 9:50| 0

LOGRONO. Plaza del Mercado. La Comunidad Musulmana en La Rioja convoca un acto de paz como «dialogo interreligioso». 20 agosto 2017. Justo Rodriguez

Todos los atentados son el mismo atentado. Barcelona es París; París replica a Londres; Londres como Berlín. Un grupo de fanáticos ha rezado para matar muriendo. Llenan sus cuchillos de sangre o atropellan inocentes con un vehículo. O acuchillan y arrollan. Urbes concurridas. Lugares estratégicos. Asesinatos en masa. La muerte por sorpresa. Al principio las noticias son confusas. Un fallecido y veinte heridos. Dos fallecidos y cuarenta heridos. La cuenta exponencial a cada minuto. Bulos y certezas. Sirenas. El caos. Las televisiones interrumpen su programación. Los periódicos paran las rotativas en seco. Reporteros apostados detrás de la cinta policial con conexiones en directo. El virus de las fotografías del instante que alguien ha tomado con el móvil. Testimonios digitales. El que pasó por allí. El que iba a pasar. El que pasaba y jamás volverá a hacerlo. Un logo en recuerdo de Barcelona (¿o era Bruselas?). Solidaridad. El relato de héroes improvisados contra criminales sin escrúpulos. Turistas anónimos un día, biografías públicas al siguiente. Las mismas críticas a la prensa por esa portada, por aquella fotografía. Primeras declaraciones. Lo malo que ha pasado. Lo peor que podría haber sucedido. Las condelencias de siempre. Concentraciones de repulsa. Llamadas a la unidad. Un minuto de silencio. Banderas a media asta. No podrán con nosotros. Musulmanes sí, terroristas no. Exaltados. Escenas calcadas que lo único que jamás podrán reproducir es el dolor individual de cada muerto. Sólo las víctimas son únicas.

Fotografía: Justo Rodríguez

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Ropa vieja
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Teri Sáenz | 16-08-2017 | 11:17| 0

percha

Nunca vi tirar nada en casa del yayo Tasio. Allí todo era eterno y lo que caducaba, se heredaba o renacía. Con el pan duro se hacían sopas de ajo y la carne de un día se transforma al siguiente en albóndigas. En las pocas fotografías en papel que el abuelo conserva en una lata oxidada de galletas y dan fe de que una vez fue joven aparece con una chaqueta de pana marrón. Las más antiguas, donde todavía era mocete, dejan ver que las mangas le sobresalen y ocultan prácticamente sus dedos. Las hombreras le desbordan la espalda y el tejido reluce. En las imágenes que le suceden va vestido con la misma prenda. Le ajusta mejor, como si el tiempo la hubiera ahormado a su figura, pero el color es más difuso y los bolsillos parecen deshilachados. Si un día profano su armario, estoy seguro de que encontraré una solitaria percha. Me da vergüenza confesarle que en mi casa valoramos poco todo y compramos ropa sin mucho criterio. Un día decretamos que algo es viejo aunque esté nuevo y acudimos a una de esas franquicias donde la gente se uniforma para creerse única. A diferencia de Tasio, repaso mis propias fotos que ya no apilo en ninguna caja sino en un disco duro y no encuentro dos donde lleve la misma camiseta. Al yayo se le reconoce al instante. A nosotros hace falta mirarnos a la cara para identificar quiénes somos. Una día, al salir de su piso después de visitarle, empezó a caer un chaparrón de verano. Preguntó si quería una chaqueta para resguardarme y yo no supe cómo agradecerle un gesto tan sumamente generoso.

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Nada que hacer
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Teri Sáenz | 14-08-2017 | 10:35| 0

DOCU_RIOJA

E l que fuéramos unos ‘sinpueblo’ le tenía preocupado al yayo Tasio. Como no disponíamos de una casa propia ni prestada en el campo donde pasar el verano escuchando el cencerro de las vacas y el trino de los pájaros, el abuelo creía que yo corría el riesgo de convertirme en un repelente niño de ciudad de esos que creen que los yogures brotan en los supermercados y las lentejas se cosechan en botes al vacío. Para superar esa carencia, Tasio me montaba en su destartalado R4 cada fin de semana que salía el sol y visitábamos un pueblo al azar para inyectarme esa dosis de ruralismo que según él debía incluir mi crianza. Cuando recalábamos en el destino para echar el día no hacíamos nada en particular. Tasio echaba a andar en silencio por las cuestas empedradas y yo le seguía sin abrir tampoco la boca. Al llegar a las eras solía detenerse con las manos apoyadas sobre la cachaba y, simplemente, respiraba. En un momento dado sus piernas se dirigían hacia la chopera más próxima. Acomodados sobre un par de piedras, abría el zurrón y almorzábamos unos cachos de pan, queso y chorizo que él regaba con un trago de vino. Luego se recostaba bajo la copa más frondosa y antes de echarse la siesta me enviaba al río a pegarme un baño. Yo buscaba sin rechistar alguna poza y, aburrido sin nadie con quien jugar, me limitaba a hacer el muerto sobre el agua para dejar pasar el rato. Al volver con el pelo mojado donde estaba el abuelo, él preguntaba qué había hecho. Nada, le informaba yo. Y él sonreía satisfecho.

Fotografía: Juan Marín

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