La Rioja
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Autor: teri
Invasiones
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Teri Sáenz | 10-08-2017 | 10:51| 0

invasiones

El extraño que cohabita en el interior de cada uno puede generar más convulsión que el instintivo miedo a lo desconocido. Sobre esa premisa arma Ismael Martínez Biurrun (Pamplona, 1972) su última novela, que es en realidad una triple versión de la misma tesis. ‘Invasiones’ despliega en los tres actos que aglutina la genuina mirada sobre el terror que el autor navarro había dejado intuir ya en sus cinco trabajos precedentes. En esta ocasión no recurre a distopías ni se apoya en andamios artificiales. Le basta dirigir el radar hacia lo cotidiano para contagiar la sensación del miedo como algo factible, una opción que late próxima. Tan cerca como en un rascacielos madrileño donde una cena entre dos parejas prevista como la confirmación de un ascenso laboral deviene en catástrofe natural y personal (Coronación), en un decadente complejo turístico entre pinares y carreteras comarcales que se resquebrajan –literalmente– agrietando a la vez la vida de sus inquilinos (El color de la tierra) o en la cumbre de una colina desde la cual la observación del cielo al anochecer desencadena una obsesión criminal (Nebulosa).

Las invasiones a las que alude el título son las alteraciones en el cromosoma de cada historia que agitan la sucesión de hechos. La remueven a la manera en que Martínez Biurrun suele: primero de forma sugerida, asomándose en primera instancia sólo como una posibilidad difusa, y a medida que los acontecimientos avanzan, apropiándose de la narración hasta un clímax que rehuye de eufemismos y acostumbra a escorarse hacia la crudeza. Unas veces instigado por una plaga de langostas; otras por la indefinible sustancia que supura el terreno quebrado; en el caso del relato que cierra la novela, un meteorito cuya explosión activa instintos brutales.

Martínez Biurrun se maneja con autoridad en ambos frentes. En la descripción psicológica, desmenuza el perfil de personajes envueltos en un contexto en apariencia inocuo del que van brotando espinas camino del derrumbe. En el dibujo de las situaciones, combinando la asfixia de los ambientes en los que ubica cada escena con hachazos de contundencia que obligan a un permanente estado de alerta.

Invasiones’ es la confirmación de Martínez Biurrun como nombre de referencia en la ciencia ficción nacional. La escalada desde aquel seminal ‘Infierno nevado’ (2005) hasta su penúltima y a ratos abrupta ‘Un minuto antes de la oscuridad’ (2014) no sólo queda patente en la modulación de una voz propia, que sin huir de los registros más identificables los actualiza para conducirlos a su propio terreno. En su trayectoria se vislumbra además un afán por explorar continuamente caminos distintos, sin acomodarse, haciendo despuntar el miedo allá donde en apariencia gobierna la rutina. La inclusión ahora en una editorial de relumbrón como Valdemar cuyo catálogo acoge a algunos de los más ilustres del género denota también ese salto de calidad hacia una madurez narrativa sin más concesiones que las de una imaginación desbordante. Y para satisfacción del lector exigente, siempre perturbadora.

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Viva el pueblo
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Teri Sáenz | 08-08-2017 | 9:53| 0

avemaria

Un día de estos empaquetará las maletas y pondrá rumbo al pueblo. Su propio pueblo, el de sus ancestros, un pueblo ajeno. Lo mismo da. Nada más llegar al destino estirará los brazos y exhalará la bocanada de aire más puro que recuerda. Y de pronto, percibirá que falta algo: el ruido. Además del oxígeno y el silencio, se reconciliará con la amabilidad. Por las callejuelas se cruzará con vecinos que le saludarán sin miedo, como si fuera uno de ellos. Empezará a convivir también con el mugido lejano del ganado, las campanadas puntuales de la iglesia, el camión que trae el pan de mañana, un zumbido de moscas a la hora de la siesta. Musgo, geranios y piedra labrada. Con tanta calma las horas se le estirarán como días y los días como semanas. Y se preguntará qué coño hace instalado en la ciudad. Por qué no rompe con todo y se viene aquí a vivir. Echar un par de vacas y aprender a hacer queso, trabajar ese huerto comido ahora por la maleza. Hace falta bien poco. Pero el verano caducará. Y cuando reingrese en la polución, la rutina y el agua con sabor a hiel, algún día de invierno se escapará un rato a ese idílico paraíso en el que durante unos instantes luminosos se sintió pleno para intentar desestresarse. Sin embargo, descubirrá que aquel mismo lugar ahora es otro distinto. Porque la paz habrá mutado en desolación, la soledad en falta de servicios, el encanto rural en aislamiento social. Los tañidos le sonarán ténebres, las plantas se habrán marchitado y el viento soplará gélido. El retrato sin maquillar de una España vacía.

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Caramelos gratis
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Teri Sáenz | 13-07-2017 | 9:25| 0

caramelos-nuevos

El yayo Tasio confirmó que la crisis había llegado a su fin cuando el otro día acudió a la consulta del dentista y encontró a rebosar la bandejita de caramelos que endulzan la espera de la clientela. Hace años, cuando el Gobierno y la prima de riesgo sentenciaron que el abuelo llevaba años perpetrando presuntamente el delito de vivir por encima de sus posibilidades, aquel platillo se vació. Y no fue el único síntoma de que la cosa se había torcido. Los bares ya no daban agua del grifo, en las empresas se escribía por la parte de atrás de los folios usados, el Rioja de honor desapareció de los actos oficiales. Se racionaron las gracias y los buenos días y hasta dejaron de aparecer las pinzas caídas de los tendederos que el yayo recogía del suelo y guardaba para colgar luego su propia ropa. Aunque a Tasio le costaba reconocerlo, él no sufrió la crisis más allá de lamentar que a los suyos les estrujaran. Como siempre ha sido un ahorrador compulsivo y jamás ha caído en la tentación de gastar lo que no tenía, vadeó los recortes sin excesivos espasmos. Ahora que se ha decretado que todo va menos mal aunque él no lo percibe, se pregunta si no será más que un bucle perverso que se activa pulsando un botón ignoto. Un estado de sugestión colectiva por el cual, de repente, las estadísticas engordan y el vino vuelve a correr entre invitados que llenan su copa sin preguntarse nada más. Pero el yayo no se fía. Por si acaso mañana vuelven a ordenar que hay crisis, no prueba ni una gota y se llena los bolsillos de caramelos gratis.

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El zulo de la memoria
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Teri Sáenz | 10-07-2017 | 9:21| 0

lara

Los aniversarios son esas fechas egoístas que menosprecian al resto del calendario. Celebrar un éxito (o una tragedia) coincidiendo con el día que se produjo supone ignorar la tragedia (o el éxito) el resto del tiempo y a malas penas la pirotecnia de imágenes en sepia y testimonios desempolvados que se concentran en esa cifra redonda compensa el desequilibrio que sufre el recuerdo. La conmemoración ahora de los 20 años de la liberación de José Antonio Ortega Lara tras uno de los secuestros más crueles perpetrados por ETA presenta esa doble cara. Por un lado revive por si alguien los había traspapelado los detalles que certifican que existe la muerte en vida. Y por otro, hace preguntarse por qué aquellos lazos azules que invocaban al funcionario de prisiones durante su cautiverio se arrumbaron en algún cajón en cuanto volvió a ver el sol. En la hemeroteca permanecen su mirada desorientada ante miles de personas aclamándole, sus rasgos famélicos envueltos en una barba rala, el primer abrazo tembloroso a una familia arrebatada. Y las descripciones del agujero donde estuvo recluido, que trasmiten tanta angustia como humedad y obligan a releerlas encorvado. Ortega Lara no celebró ningún aniversario durante su secuestro. O tal vez lo hizo íntimamente 532 veces:una por cada día que despertaba y la trampilla que se abría para darle comida le informaba que seguía vivo. Por eso, no hay que esperar otros 20 años (ó 25, ó 30, ó 31) para que la memoria corra el riesgo de quedar confinada en un zulo.

Fotografia: Efe

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Amenaza interior
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Teri Sáenz | 27-06-2017 | 5:29| 0

DOCU_RIOJA

A cada atentado yihadista se lenvanta una voz unánime de condena. Casi no han acabado de resonar las bombas, atropellar las camiones o blandir los cuchillos y en la bandeja de entrada del correo electrónico brotan los comunicados de repulsa que son, en realidad, un solo comunicado tan contudente como obvio. En paralelo, todas las gargantas en una reclaman normalidad. Que los terroristas no se salgan con la suya y la gente continúe inalterable su vida cotidiana. Contra la barbarie, rutina. Y el mensaje cala en cuanto los informativos olvidan el ataque y los periódicos dejan de hablar de los héroes. Los turistas siguen volando a Londres, los viajes de estudios eligen París como destino, nadie se privan de comer mejillones en Bruselas. La estadística vence al miedo y se impone la confianza en que, si algo malo sucede, es improbable que uno esté ahí en el momento fatal. Demasiados miles para que la mala suerte no se fije en otros. Esto es Occidente, donde los atentados son menos y los muertos valen más que en Oriente. Sin embargo, la semilla del terror que siembran los cinturones llenos de explosivos germina mucho más cercana como quieren los terroristas. A veces en el bloque de enfrente, si la inquilina viste un velo. A la vuelta de la esquina, donde dicen que va abrir una mezquita. Nadie dice nada. La vida sigue igual. Pero las miradas se enturbian. La convivencia se enrarece y nadie se atreve a confesarlo. Y un día, cuando vuelve a estallar otra bomba allí lejos, aquí cerca se cierran puertas.

Fotografía: Juan Marín

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