La Rioja

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Categoría: La Rioja
El verbo y la palabra

sanz y luena

Los engolados cantos a la regeneración política y la transparencia a saco seguirán sonando desafinados mientras quienes los entonan conjuguen mal parejas de verbos elementales. Por el ejemplo, el decir/hacer. A finales de abril, el secretario general del PP riojano anunció a todo volumen la presentación de una querella contra Luis Bárcenas por las afirmaciones del extesorero sobre la presunta financiación del partido. Puesta en escena marcial, recitado solemne, titular a cinco columnas. Dos meses después y sólo a preguntas de la misma prensa a las que pronunció aquellas palabras, sabemos que no ha dado el paso aunque era inminente. En el caso de su homólogo socialista, el error semántico ha llegado en el uso de los adjetivos público/privado. Después de que Pedro Sanz pusiera en duda la legitimidad de su tesis doctoral, César Luena confirmó que le llevaría ante la Justicia exigiendo una rectificación. Lo anunció a través de Twitter, como si sonara más bajito y el asunto podría enmarcarse así en una cuestión privada cuando todo lo que le rodea es público: el jefe de un Ejecutivo que formula las insinuaciones, la sede del partido donde se plantearon, la universidad que avaló el trabajo. Sólo otra vez las preguntas de los medios que trasladaron aquellas intenciones revelaron –inmediatamente después lo colgó en las redes sociales– que las partes se vieron en los tribunales… hace un mes. ¿Cuál era esa palabra tan enrevesada de pronunciar? Ah, sí: transparencia.

Fotografía: Justo Rodríguez

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Prueba de amor

El 12 de septiembre del año pasado se abrió el cielo en Vitoria. De repente, las borrascas que han sobrevolado atávicamente las relaciones entre La Rioja y el País Vasco se disolvieron. Bastó un apretón de manos, la firma de un protocolo oficial y un atracón de fotos entre Iñigo Urkullu y Pedro Sanz en las escalinatas de Ajuria Enea para que todas las diferencias que han separado desde el principio de los tiempos a ambas administraciones se esfumaran como por ensalmo. Se acabó. Ya está. Los adjetivos se agotaron y las frases hechas coparon todos los titulares. Hasta aquí hemos llegado. La apertura de un nuevo tiempo. Los puentes tendidos. Pelillos al Ebro. Sentido de estado. Un encuentro histórico. La airada reacción del PNV de Álava ante la decisión del Ayuntamiento de Logroño de licitar en condiciones ventajosas suelo industrial a puertas de su territorio demuestra la fragilidad de las palabras, el adobe blando que cimienta las buenas intenciones. Resulta nada alentador que la primera prueba de fuego ante aquel abrazo en Vitoria se haya saldado con una pataleta de los vecinos temiendo una fuga industrial en sentido inverso a la que en su día sufrió La Rioja. El caso demuestra que los lazos no se atan sólo con una declaración de intenciones o epítetos luminosos, sino con una dosis real de respeto mutuo. Y sobre todo que, como en la política, las relaciones humanas o hasta la prestación sanitaria, el dinero es (a veces) más poderoso que el amor.

 

Fotografía: Juan Marín

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El poder de la casta

Pablo Iglesias (perdón por el empacho)ha tenido el tino de colocar en el supermercado político una jugosísima oferta de mensajes apetitosos y digestión instantánea que el consumidor ha comprado hasta vaciar las estanterías. En algún caso por la tentación de la novedad, y en muchísimos otros por el hartazgo de esos precocinados de siempre que saben a plástico revenido y nunca traen dentro del frasco lo que prometen en la etiqueta. El catálogo de venta incluye transparencia, transversalidad y asamblearismo por arrobas. Pero su artículo estrella es, sin duda, la casta. El producto tiene un algo de marca blanca. Podemos invita que cada cual identifique la casta en lo que más detesta. El político apoltronado, el concejal amigo de corruptelas de baja (o alta) intensidad, el diputado servil, el opositor acomodado en su incapacidad, el líder que nunca ha trabajado más allá de su despacho oficial. Iglesias ha convertido la reacción contra esa actitud vital que amenaza con enmohecer todo lo que toca en un plato jugosísimo. El desafío para Podemos a partir pasa por no empacharse con su propia receta. Que su crecimiento como partido no le haga convertirse en aquello contra lo que predica. No será fácil. La política lleva consigo el riesgo de la antipolítica en cuanto saborea por primera vez el dinero público, las jerarquías y el egocentrismo. Podemos tiene por delante el reto de medrar sin morir. De no contaminarse de los mismos vicios que han alimentado su gestación.

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La frontera exterior de los miedos interiores

En su insistente búsqueda de territorios inexplorados para conjugar el terror con la ciencia ficción, Ismael Martínez Biurrun (Pamplona, 1972) ha encontrado esta vez uno de los más desasosegante a las puertas de su casa. En ‘Un minuto antes de la oscuridad’, el autor afincado en Madrid recurre como escenario a la capital de España en un futuro inconcreto y quebrado, donde las revueltas y el caos han convertido a la periferia en una península hostil. La M-30 ejerce como muro de separación (físico y moral) en el que urbanizaciones antes pluscuamperfectas son ahora un reducto de inseguridad en el que sus inquilinos tratan de sobreponerse sin defraudarse a sí mismos a la falta de recursos y los miedos. Los propios y también los ajenos, representados en bandas salvajes como los devastadores ‘hawaianos’ que organizan sus propias razzias para exterminar cualquier brote de humanidad. Martínez Biurrun emplea un formato de thriller para desplegar su particular distopía. Ciro, su esposa Sole y el hijo de ambos, Pau, conforman el triángulo protagonista sobre el que se arracima el resto de protagonistas que luchan por sobrevivir. O al menos, descubrir si merece la pena seguir viviendo en un mundo que se desmorona minuto a minuto hacia la oscuridad que anuncia el título.

Sobre ese eje gira una trama donde los asesinatos, la búsqueda de la normalidad arrebatada y la incertidumbre sobre quién reside a un lado u otro de la razón empuja el relato de forma excitante. Como en sus obras precedentes –‘Infierno nevado’, ‘Rojo alma, negro sombra’, ‘Mujer abrazada a un cuervo’ y ‘El escondite de Grisha’– la principal baza del escritor navarro reside en la potencia de las imágenes que describe. Escenas impactantes, de una brutalidad a veces perturbadora, que la capacidad descriptiva de Martínez Biurrun permite recrear con esa plasticidad literaria que le ha llevado a convertirse en uno de los nombres de referencia nacional del género y hacerse merecedor de premios como el Celsius o el Nocte. Más allá de las coordenadas estrictamente fantásticas, ‘Un minuto antes de la oscuridad’ abre un amplio frente para la reflexión social con reminiscencias al presente. Entre sus páginas se cuelan las referencias a una crisis existencial en la que resulta inevitable reencontrarse con la actualidad y las disyuntivas que se plantean. Es el caso de esa comunidad instalada en la Avenida de los Fuegos, donde el sentimiento colectivo va agrietándose por la carencia de medios, el recelo a permanecer o marchar y el continuo reclamo a una autoridad difusa y corrupta. La novela respira también un evidente aire cinematográfico.

Y no sólo en la atmósfera que domina el relato sino en la aparición a modo de punto de inflexión de los miméticos, una suerte de replicantes que abundan en la impronta fantástica del libro y abundan en su punto de partida: ¿a qué lado de la frontera está la realidad?

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Quitar el gotelé

Felipe VI

La coronación del nuevo Rey huele como la casa del yayo Tasio. Todos los fastos, cada símbolo, las sonrisas robóticas de los personajes que sustituyen en su casilla a sus iguales expiden el mismo aroma de ese hogar en una sombría calle del Casco Antiguo que el abuelo no ha renovado en el último medio siglo. El miasma de habitación cerrada, sin airear, donde los vapores de la cocina cuelgan del techo. Ahí siguen los sillones orejeros que se compró de oferta, con el relieve de los apoyabrazos desgastado de tanto trote. La televisión de tubo que aún gobierna el mueble de melamina del salón con las esquinas levantadas y corronchos de algún café que alguien se dejó olvidado. Y las fotografías en blanco y negro de sus años mozos, con estampas de su boda y mi comunión. La instantánea en un marco de alpaca de la mili en Ceuta, la placa ennegrecida con que los compañeros de trabajo le obsequiaron cuando se jubiló de la fábrica. Todo es rancio, como la parafernalia que rodea la entronización. El tapiz de caza en el pasillo, una moqueta invadida por los ácaros, el hule grasiento de la cocina, la vajilla de duralex verde, la estufa de butano, la mesa camilla con un mantel ganchillo, las sábanas ásperas que ni la lejía ha impedido que amarilleen. Un tufo denso y rugoso. Tan desvanecido como el gotelé con que pintó la casa el día que la compró y muchas veces ha pensado en actualizar. Y siempre que se la pasa por la cabeza le retrae la misma duda: ¿para qué si siempre ha estado ahí?

 

Fotografía: Andrea Comas

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El Rey ha muerto

 

Entre el aluvión de páginas que informan estos días sobre la abdicación del Rey hay toneladas que loan su figura y compromiso con España y sólo un puñadito que auditan su afición por agujerear la piel de los elefantes africanos, flirtear con corinas o mirar para otro lado cuando algún yerno se llenaba los bolsillos con algo más que orgullo y satisfacción. En lo que todas coinciden es en el tiempo verbal. Pretérito indefinido. Las crónicas se remontan a sus tiempos de cadete en Ezcaray, recuerdan su determinación ante el 23F, le ubican en cada una de las casillas históricas del damero de la democracia. Una figura del pasado verbal. Y físico. Don Juan Carlos sigue vive pero el Monarca ha muerto. Ha dejado de ser el padre de Príncipe; ya sólo cuenta como abuelo de una niña de bucles rubios que algún día llegará al trono. La abdicación y toda la literatura asociada demuestran que llevaba  tiempo yacente. Hacía años que ya no se saltaba el protocolo para saludar a las masas con la misma naturalidad. Aunque los corrillos reían igual su espontaneidad, los chistes inocuos que contaba en los ágapes que rematan las audiencias no tenían la misma chispa. Quizá no estaba muerto clínicamente; sólo hueco por dentro. Una vacuidad camuflada con galones y discursos regios que ahora colgarán en el esqueleto de otro. Como un muñeco que se rompe y es sustituido por otro más bruñido, menos gastado. Un juguete que nadie ha preguntado si queremos volver a comprar.

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