La Rioja

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Categoría: La Rioja
Historia viva

bosque

Todos (sí, también usted) guardamos en el cajón un placer que nos avergüenza confesar. El mío consiste en escuchar al yayo Tasio. Algunas mañanas me llego hasta su casa sin ningún pretexto y me siento junto a él sobre una de las sillas del salón que reciben la luz del mediodía. No abro la boca. El abuelo se coloca frente a mí y sin más empieza a hablar. Su catálogo de historias es infinito, aunque muchas se repiten. La más recurrente es esa en la que rememora cuando de muy mocete su padre le ordenó que ese día tenía que cambiar el hatillo de libros por el zurrón y sacar a pastar las cuatro ovejas que les daban de comer en el pueblo. Según cuenta, el cielo había amanecido negro oscuro. Al llegar al otro lado de la montaña, las nubes se desbocaron y estalló una tormenta de nieve y rayos como sólo había imaginado en las leyendas. Desorientado, hambriento y calado hasta el tuétano, se agazapó en el hueco de un tronco hasta que muchas horas después sin probar bocado un vecino le rescató para devolverlo a casa medio muerto. Tasio no lo sabe, pero en cada versión introduce detalles distintos y hasta contradictorios.  Unas veces le amenazaba un lobo blanco. Otras ve pasar a lo lejos una sombra que ignora sus gritos. En ocasiones bebe su propia orina para no deshidratarse. En silencio rumio que quizá todo es mentira. O que el relato es una almazuela cosida con retales propios y ajenos. Me limito a saborear las palabras del yayo Tasio. Ni siquiera le discuto si de verdad está vivo.

Ilustración: Ona Folch y Judit Romero

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Pequeños jabalíes

jablí

La historia que más ha conmovido esta semana al yayo Tasio no se ha llevado grandes titulares. Nada que ver con offshores, corruptelas, dimisiones ni papeles (de Bárcenas, de Panamá). La atención del abuelo se la ha ganado un animalillo peludo de apenas 800 gramos. Una cría de jabalí que, todavía nadie sabe bien cómo ni por qué, apareció en el falso techo de una casa cualquiera en pleno centro de Logroño. Como en esas películas de terror psicológico donde el misterio convive con la cotidianidad de los inquilinos, los propietarios empezaron escuchar ruidos anómalos entre la escayola del baño cuando la casa permanecía en silencio. Lo que a priori barruntaban que podría tratarse de algún insecto hiperactivo o un roedor perdido entre los conductos de la calefacción resultó ser un minúsculo y tembloroso jabato encajonado en un rincón imposible. Al acabar la lectura de la noticia y llegar al punto final, Tasio empezó a gruñir. El abuelo encogió a cuatro patas, se le afilaron levemente los colmillos y le creció un pelo duro en el lomo. De pronto se sintió como aquel pequeño jabalí, débil y desorientado. Igual que el bicho, el abuelo empezó a preguntarse cómo ha llegado hasta aquí. De qué forma los años le han conducido hasta la desabrida actualidad que vive hoy, cómo ha recalado en un destino ajeno, quién ha manejado su vida sin pedirle permiso. Como el jabato, Tasio también aguarda que alguien escuche su susurro y le rescate de un mundo donde siente que no encaja.

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El hombre sin móvil

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Al acabar de charlar le pedí, por favor, su número de móvil. La solicitud venía adjunta a la promesa de que recurriría a él exclusivamente en caso de necesidad y a una hora razonable. Sólo lo marcaría si fuera preciso confirmar un dato, matizar alguna idea o aclarar un concepto para no incurrir en confusiones al transcribir. Se encogió de hombros, esbozó un sonrisa neutra y confesó lo inconfesable: no podía dármelo. La revelación ulterior elevó el nivel de conmoción. No se trataba de preservar su intimidad. Ni siquiera un tic de desconfianza que pudiera malinterpretarse. Simplemente, no tenía móvil. Ni un dispositivo de última generación ni de primera. Ninguno. Lo más impactante para un adicto por obligación a un smartphone como yo (como usted) es que quien reconocía su orfandad tecnológica no era un niño en tránsito a la adolescencia al que sus padres se resisten a regalar un terminal en desuso. Tampoco un abuelo de esos que se quedaron anclados a un teléfono rojo de góndola y piensan que PIN es el diminutivo de pan. Aquel insumiso del móvil tenía trabajo, familia, amigos. Cobertura y wifi gratis. Tenía pulgares con los que teclear un whatsapp, orejas con las que recibir una llamada, piernas para hacerlo en movimiento. El hombre sin móvil no se excusó. Ni sentía ni debía hacerlo. Tomó el boli y escribió nueve números sobre un papel donde podía localizarle sin problema. Una especie de jeroglífico que empezaba por un extraño 941.

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Sonría, por favor

rajoy

No hay nada más impostado que intentar disimular una impostura. La pérdida de la mayoría absoluta y los casos de corrupción que salpican a cada rato a los populares están obligando al partido a someterse a una mutación exprés de caras y estrategias en busca del centro del que ahora todos se proclaman dueños. En ese recorrido contrarreloj, la mayor dificultad con la que topan es la credibilidad. Para enjugarla y dar fe de su comunión con los nuevos tiempos, el PP no deja de sonreír. Una exhibición de dientes y palmadas en la espalda aliñadas con una apelación tan reiterada al diálogo que a veces roza el empalago. La sonrisa que ofrece la gaviota como si todo fuera un proceso intrínseco y espontáneo es, sin embargo, todavía forzada. En el mohín amable que proyecta aún rezuman las formas bruscas y las maneras autoritarias de las que el PP ha hecho bandera durante años como alarde de determinación frente la flacidez de otras siglas. Uno escucha la palabra consenso en boca en algunos de los dirigentes del PP y resuena el eco bien reciente del menosprecio a la oposición, la promesa de no pactar jamás, los mítines de Aznar donde la masa de proclamaba su único dios verdadero. La segunda unidad que los populares están empezando a sacar del banquillo ante el agotamiento de los titulares tiene ante sí una misión mucho más crucial que exhibir un gesto dulzón ante las cámaras: convencer de que la mano que ahora tienden no es con la que antes golpeaban.

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Espacio público

terraza

El domingo casi aún no ha levantado la persiana cuando recibo una llamada telefónica. Una voz recia me informa de que es la Policía Local. Mientras intento recordar si había algún vado dónde aparqué anoche y calcular qué multazo me puede caer, el agente  pregunta si conozco a Tasio. Lejos de apaciguarme, la aclaración me intranquiliza aún más. Confieso sin reclamar la presencia de mis abogados que sí, que soy su nieto. La autoridad me exhorta a presentarme a la mayor brevedad en la Gran Vía. El yayo está alterando el orden público y se niega a abandonar el lugar de los hechos. Salgo de casa a toda velocidad temiéndome lo peor. Cuando arribo, la escena no tiene desperdicio. El yayo está sentado en el suelo como un Gandhi rural. En su regazo tiene abrazada una loseta que se ha despegado del suelo y grita ante la mirada incrédula de la autoridad:«¡Es mía, es nuestra, es de todos!». Como en una de esas películas de catástrofes donde los antidisturbios envían a un negociador antes de explotar una bomba, le pregunto qué le ocurre. Y el yayo estalla. Está harto de que las terrazas hayan invadido la avenida. Le frustra que no pueda pasear por la principal calle de la ciudad sin tropezar con un velador. Le indigna que el metacrilato robe su área de recreo y en la reforma que costó un riñón los bares hayan ganado a los caminantes. No sin esfuerzo, logro llevármelo a casa aún agitado. Prometo a los policías que devolveré el adoquín secuestrado antes de la hora del vermú.

Fotografía: Justo Rodríguez

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Refugio interior

Refugiados

El yayo Tasio ya tiene decidido donde irá de vacaciones esta Semana Santa. Después de barajar múltiples opciones, cotejar los folletos de las agencias de turismo que han inundado  los buzones y repasar el estado de su cuenta corriente, ha acordado consigo mismo que viajará por su propia casa. Ya tiene casi hecho el equipaje. Cuando meta la última muda en la maleta, se desplazará desde su dormitorio hasta el resto de las estancias. En el itinerario disfrutará de la arquitectura minimalista del pasillo. Un pasadizo sombrío con el gotelé desconchado donde tiene alineados en orden cronológico la foto de su boda, la comunión de sus hijos y el bautizo de los nietos. De ahí desembocará en el comedor con vistas a los acantilados del barrio, sin dejar de pasar la oportunidad de echar una cabezadita en el sillón si atrapa algún rayo de sol evadido de los visillos. Vadeará el cuarto de baño con las juntas de los mosaicos ennegrecidas y el suelo siempre húmedo por el agua que se escapa de la ducha. La gira, tan limitada como la estrechísima planta de su apartamento sin ascensor ni calefacción, concluirá de nuevo en el dormitorio. Allí tiene previsto tumbarse sobre el colchón con la colcha todavía echada. Un poco para descansar del trayecto y un mucho para tener la seguridad de que si las paredes de su casa se rebelan, si el vecindario se conjura para expulsarle de su hogar, podrá acogerse como refugiado en el único lugar donde tiene garantía de que habita la solidaridad humana.

Imagen: PE

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