La Rioja

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Categoría: La Rioja
Debate en juego

candy crush

El Debate sobre el estado de la Nación podría eliminarse del calendario político y el mundo seguiría girando a igual velocidad. La expectación que genera en la previa a la subida de sus señorías al atril del Congreso y después de que hayan concluido sus respectivas intervenciones resulta inversamente proporcional al contenido de sus palabras porque, entre otras cosas, sus discursos ya han sido pronunciados antes hasta el infinito. Sabiendo de antemano que las realidades que van a describirse desde la tribuna serán antagónicas porque cada cual pisa calles distintas o simplemente por cálculo electoral, el único aliciente mediático reside –como bien se encargan de explotar sus protagonistas y los contertulios afines– en ese titular redondo, aquel gesto estudiado, un tic de victoria, algún renuncio. Tan fútil es el resultado de sesiones maratonianas leyendo rígidos legajos que todo parece deber resumirse en quién ha ganado el debate. Como si la dialéctica fuera un ring donde en vez de contabilizarse los uppercuts del contrincante todo se midiese a golpe de los tuits generados desde las propias filas para ser replicados hasta superar los retuiteos del rival. Todo es tan anodino, las palabras tan huecas y los exégetas que interpretan el sentido último de sus líderes tan sobreactuados que a mí lo único que me interesa es la única verdad del debate. La épica, el arrebato, la improvisación. Saber si Celia Villalobos logró pasar de nivel en la partida de Candy Crush que jugó en el hemiciclo.

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La grey

50 sombras de grey

Viernes por la noche. 22 horas. Un cine en el extrarradio de la ciudad. Me premio yendo a ver una película estándar después de siglos sin acomodarme en una butaca a disfrutar de algo más que dibujos animados, superhéroes torpes y ardillas parlantes. No sé por qué, anticipo que será una experiencia solitaria. El 21% de IVA cultural. La crisis del celuloide. Estrenos en streaming desde el salón de casa. Un frío glacial. Error. La escena inicial describe un travelling por el vestíbulo abarrotado de público. La cámara recorre el pasillo y capta un grupo de mujeres. Y otro. Y otro. Y otro más. Trato de recordar cuándo he visto tanta gente ansiosa de sentarse frente a una pantalla más grande que la del televisor de su casa. La memoria se estira tanto hacia atrás que casi quiebra. Se detiene en 1977. La Guerra de las Galaxias. Un fila infinita recorría el centro de la ciudad y hasta colapsaba el tráfico frente a las salas. Esto se parece bastante. Entonces había niños, adolescentes, padres con niños y adolescentes. Aquí entreveo a las niñas y las adolescentes de entonces. Quizá también alguna de las madres que les acompañaron hace tres décadas. Me contorsiono y suplico paso para llegar a la taquilla. El que reparte las entradas me informa de que ya no hay sitio para la película antes de decirle cuál quiero ver. Le sorprende que me interese por otra. Un torrente femenino entra en una sala. Yo me acomodo a mis anchas en la contigua. Al otro de la pared se escuchan jadeos y silencio.

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Súper Felipe

rey

Tasio compadece al Rey. La inclinación innata del yayo a sufrir con los que sufren por padecer la guillotina de los recortes le ha hecho derramar una lagrimita por Felipe VI. También él se ha visto obligado a ajustarse el cinturón. Un reducción de sueldo del 20%. Sólo 234.000 euros. 58.000 migajas menos de las que recibía su padre. El abuelo se pone en su piel. Le imagina también a él haciendo cabriolas para llegar a fin de mes, garabateando cuando todos se han ido a dormir un folio donde irá tachando conceptos en la columna de gastos. Cómo negará los domingos con una sonrisa de dolor a sus hijas el capricho que otras amiguitas disfrutan –no puede ser, princesa mía–, de qué manera convencerá a su mujer para quedarse en casa viendo una película alquilada en vez de volver a ese restaurante con cubertería de plata y mantel de lino que tan buenos recuerdos trae a ambos. Se acabaron las vacaciones de invierno en la estación de esquí de Suiza. Adiós a las regatas en el Mediterráneo. Habrá que despedir al jardinero, aunque las orquídeas del palacio se amustien. Tasio fabula con el día que coincida con ellos en el súper cotejando precios, aprovechando los descuentos de cada estantería, cambiando la merluza por panga. El yayo confía en que entonces, cuando compartan la larga fila para pagar en caja sus carritos trufados de marcas blancas y paquetes 3×1, el Rey demuestre su jerarquía y le ceda el paso a un viejo al que se hinchan los tobillos si pasa demasiado rato de pie.

 

Fotografía: Agencia Efe

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Marcas caras

candidato

El manual de uso de las campañas electorales incluye (o al menos incluía)la forja de un rostro solvente y reconocible como vehículo para intentar atrapar la mayor cuota de votos. Especialmente en el ámbito doméstico, donde la cercanía de una cara es (o venía siendo) uno de esos valores intangibles para el vecino de provincias por el cual las virtudes y/o defectos de un cabeza de cartel se suponen una prolongación de los de la organización que representa haciendo bueno el recurrente ‘aquí nos conocemos todos’. Hasta ahora. Mientras el PSOE se afana por inyectar a marchas forzadas visibilidad mediática a Concha Andreu o el PP vuelve a jugar a demorar que Pedro Sanz volverá a autoimponerse como apuesta por revalidar el Gobierno de La Rioja, partidos que hace dos días eran un embrión como Ciudadanos o Podemos –con todas las infinitas diferencias ideológicas que les separan– siguen todavía inmersos en el proceso de elección de sus candidatos a pesar de que el 24M está a la vuelta de la esquina. Y aún así, las encuestas les otorgan a priori una representatividad que otras formaciones con un recorrido mucho mayor y una estructura más consolidada observan con incredulidad. Se confirma así no sólo la influencia replicante de un liderazgo nacional como el de Iglesias o Rivera, sino el poder de la marca. Su peso específico entre los ingredientes de esa mezcla de sentimientos, a veces insondables, que se remueven en la voluntad a la hora de depositar una papeleta.

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Ser y no ser

grecia

El yayo Tasio me pregunta entre solemne y contrariado qué somos realmente. Su soprendente duda existencial, lanzada a quemarropa, me inquieta. Temo que se le haya ido la cabeza. Que de sopetón haya dejado ser un abuelo cascarrabias y entrañable para convertirse en un viejo enajenado y dependiente. Tasio se explica, me sosiega. Al minuto uno de que Syriza ganara las elecciones, no sabe por qué extraña razón todos los partidos nacionales han coincidido en declarar que Grecia no es España, que ellos no son aquí igual que los que han ganado o perdido allí. Unos para alejar la sombra de la radicalidad, otros para limpiar de su ropa la mancha de la derrota ajena. Al yayo le espina la obviedad. Le escama la negación como mecanismo de autoafirmación. Como si para certificar que él es de Montalvo tuviera que aclarar que no ha nacido en Luezas ni San Román. Igual que si debiera especificar que detesta la mentira y la corrupción para evidenciar que es un hombre de pueblo sin dobleces. Los líderes políticos, no. Ahora se distancian de sus homólogos helenos con la misma rapidez que durante la precampaña se fotografían a su lado y ejercer una política por ósmosis. Aunque bien pensado y conociendo el paño, Tasio concluye que todo es un gran eufemismo. Una vía de escape para asumir con miedo lo contrario de lo que niegan. Que los españoles somos griegos, con la misma libertad ante las urnas para elegir y errar (o acertar)por nosotros mismos.

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Aprender inglés

inglés

La próxima instalación de un colegio privado bilingüe al sur de Logroño ha generado una expectación mayúscula en la calle que, en realidad, discurre en parte paralela a la proliferación de guarderías que ofertan clases de inglés entre pañales, la frenética apuesta de la Consejería por incorporar un doble idioma en las aulas y, en definitiva, la obsesión de los padres de hoy por que sus hijos viajen por el mundo mañana sin miedo a comunicarse como en muchos casos ellos no pudieron (o no les enseñaron)hacer. Todas esas recetas tratan indismuladamente de atajar complejos y carencias generacionales, aunque debería prescribirse en las dosis adecuadas para que el fulgor no ciegue las buenas intenciones. Ni la presencia de un nativo garantiza por sí misma una mejor enseñanza ni que un bebé repita mecánimamente green cuando le muestran una cartulina verde prometen mayor fluidez. El bilingüismo no son unas horas aisladas de clase a la semana ni notas encabezadas con un ‘good job’. Se trata de un concepto más ambicioso y arranca con la aplicación de un método riguroso y adecuado a cada edad sin abrir más brechas de las que ya genera el ritmo del aprendizaje general, sigue con equipos de profesionales formados sin fisuras y se prolonga con una lluvia fina de contacto constante con el idioma para hacerlo propio como sucede en el norte de Europa. Todo lo demás sonará ‘great’. Quizá incluso satisfaga algunas conciencias paternas. Está por conocer si surte un efecto real.

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