La Rioja

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Categoría: La Rioja
Viaje al prejuicio

maleta

Le presumo a estas alturas del año disfrutando de unas merecidas vacaciones. Si no se encuentra en el catálogo de las presas que se ha cobrado la crisis, puede que haya tomado rumbo a Salou para disputarse un metro cuadrado en la quintar línea de playa donde extender la toalla, si es que no ha optado por las costas de nubosidad invariable del norte. Tal vez su presupuesto no le dé más que para volver al pueblo. Reconquistar la casa del yayo y tumbarse a la fresca oyendo el trino de los mirlos o sufriendo el picor de los tábanos. Todo lo contrario al entusiasta que se ha empaquetado en un tour para recorrer ocho países en cuatro días o visitar alguna de esas míticas capitales que descubre que ya conoce de tanto verlas en las películas que pasan los fines de semana por la tele. En todos los casos tendrá la tentación de practicar esa gimnasia tan recurrente cada vez que uno sale de casa consistente en criticar lo que le rodea y rebozarse en el prejuicio. Lamentar lo mal que se come allí, censurar la incultura del prójimo, protestar por costumbres prehistóricas, mofarse del vecino, mirar más al rincón sucio que a la calle luminosa. Cuando así sea, tómese un respiro. Haga el ejercicio de ponerse en el lugar del otro. Mirar con ojos de turista su propia casa, su pueblo, su ciudad. A usted mismo. Tal vez así pueda replegar todos los clichés. O mejor, tirarlos a la primera papelera que encuentre y pasar las vacaciones sin más aspiraciones que disfrutar de un lugar distante.

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Subir las escaleras

La clase gobernante tiene aún pendiente interiorizar su exigente responsabilidad no ya como gestores del dinero de todos sino como amplificadores de mensajes con los que va construyéndose una conciencia social. El político no es sólo lo que hace sino lo que dice. Y en esa duplicidad nunca puede olvidar que cualquier gesto, el más mínimo susurro, forma parte de un todo en el que su faceta privada queda obligatoriamente sometida a su vertiente pública. Por eso, las recientes palabras del alcalde popular de Valladolid asegurando darle reparo entrar en un ascensor por si alguna mujer le busca las vueltas inhabilitan a Javier León de la Riva como representante por muchas mayorías absolutas que haya cosechado o disculpas huecas de última hora. Porque su comentario está cargado de un menosprecio inasumible para la mujer. Porque las sospechas que desliza asumiendo que un hombre puede ser acusado de violación si su vecina lo finge son una patada en el orgullo y la integridad de la mujer. De todas. Incluso las de su propio partido, que al margen de ideologías y olvidando esa defensa feroz de los propios que imponen las siglas deberían salir en tropel a afearle su opinión. Más aún repasando el catálogo reincidente de comentarios machistas que esta vez ya no tiene en la diana a ninguna ministra socialista, sino a todas las mujeres que en vez de subir por las escaleras coincidan en el ascensor con personajes que no deberían ascender a ninguna parte.

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Chicos de barrio

colajet

Los que en verano no teníamos pueblo nos conformábamos con ocupar el barrio. El resto de los chavales no iban de vacaciones, pasaban unas semanas o visitaban el pueblo en el que quizás residían sus abuelos o los tíos aún conservaban alguna casa vieja: ‘Tenían’ un pueblo. Además de la absurda sensación de pobreza infantil por estar fuera de ese catálogo de latifundistas, quienes lo único que poseíamos registrado a nuestro nombre era un tramo del Iregua o el hueco que medía la toalla en el césped de Cantabria nos vengábamos de los propietarios de un pueblo conquistando los espacios del barrio que quedaban vacantes. Vivir lejos del centro no era entonces una anhelo precrisis con piscina comunitaria y una plaza doble de garaje, sino el destino natural en un Logroño en expansión. Los barrios tampoco aspiraban a elevarse como esas celdas de lujo exclusivo que ahora proyectan algunos. Sólo eran el prólogo gris sin que el no se podía leer el resto de una novela juvenil. En las calles vacías hacía un calor incandescente mientras la tele echaba un culebrón. Los que no teníamos pueblo recorríamos las aceras paladeando ese placer nunca bien valorado que es no hacer nada. Sólo esperar a que se pusiera el sol para regresar a casa. O a lo sumo, tirar contra una canasta. Burlarnos del loco del tercero, hacernos postillas en la rodilla, compartir un colajet a la sombra de cualquier portal abierto. Pensar que el verano era eterno y nosotros nunca creceríamos.

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El verbo y la palabra

sanz y luena

Los engolados cantos a la regeneración política y la transparencia a saco seguirán sonando desafinados mientras quienes los entonan conjuguen mal parejas de verbos elementales. Por el ejemplo, el decir/hacer. A finales de abril, el secretario general del PP riojano anunció a todo volumen la presentación de una querella contra Luis Bárcenas por las afirmaciones del extesorero sobre la presunta financiación del partido. Puesta en escena marcial, recitado solemne, titular a cinco columnas. Dos meses después y sólo a preguntas de la misma prensa a las que pronunció aquellas palabras, sabemos que no ha dado el paso aunque era inminente. En el caso de su homólogo socialista, el error semántico ha llegado en el uso de los adjetivos público/privado. Después de que Pedro Sanz pusiera en duda la legitimidad de su tesis doctoral, César Luena confirmó que le llevaría ante la Justicia exigiendo una rectificación. Lo anunció a través de Twitter, como si sonara más bajito y el asunto podría enmarcarse así en una cuestión privada cuando todo lo que le rodea es público: el jefe de un Ejecutivo que formula las insinuaciones, la sede del partido donde se plantearon, la universidad que avaló el trabajo. Sólo otra vez las preguntas de los medios que trasladaron aquellas intenciones revelaron –inmediatamente después lo colgó en las redes sociales– que las partes se vieron en los tribunales… hace un mes. ¿Cuál era esa palabra tan enrevesada de pronunciar? Ah, sí: transparencia.

Fotografía: Justo Rodríguez

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Prueba de amor

El 12 de septiembre del año pasado se abrió el cielo en Vitoria. De repente, las borrascas que han sobrevolado atávicamente las relaciones entre La Rioja y el País Vasco se disolvieron. Bastó un apretón de manos, la firma de un protocolo oficial y un atracón de fotos entre Iñigo Urkullu y Pedro Sanz en las escalinatas de Ajuria Enea para que todas las diferencias que han separado desde el principio de los tiempos a ambas administraciones se esfumaran como por ensalmo. Se acabó. Ya está. Los adjetivos se agotaron y las frases hechas coparon todos los titulares. Hasta aquí hemos llegado. La apertura de un nuevo tiempo. Los puentes tendidos. Pelillos al Ebro. Sentido de estado. Un encuentro histórico. La airada reacción del PNV de Álava ante la decisión del Ayuntamiento de Logroño de licitar en condiciones ventajosas suelo industrial a puertas de su territorio demuestra la fragilidad de las palabras, el adobe blando que cimienta las buenas intenciones. Resulta nada alentador que la primera prueba de fuego ante aquel abrazo en Vitoria se haya saldado con una pataleta de los vecinos temiendo una fuga industrial en sentido inverso a la que en su día sufrió La Rioja. El caso demuestra que los lazos no se atan sólo con una declaración de intenciones o epítetos luminosos, sino con una dosis real de respeto mutuo. Y sobre todo que, como en la política, las relaciones humanas o hasta la prestación sanitaria, el dinero es (a veces) más poderoso que el amor.

 

Fotografía: Juan Marín

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El poder de la casta

Pablo Iglesias (perdón por el empacho)ha tenido el tino de colocar en el supermercado político una jugosísima oferta de mensajes apetitosos y digestión instantánea que el consumidor ha comprado hasta vaciar las estanterías. En algún caso por la tentación de la novedad, y en muchísimos otros por el hartazgo de esos precocinados de siempre que saben a plástico revenido y nunca traen dentro del frasco lo que prometen en la etiqueta. El catálogo de venta incluye transparencia, transversalidad y asamblearismo por arrobas. Pero su artículo estrella es, sin duda, la casta. El producto tiene un algo de marca blanca. Podemos invita que cada cual identifique la casta en lo que más detesta. El político apoltronado, el concejal amigo de corruptelas de baja (o alta) intensidad, el diputado servil, el opositor acomodado en su incapacidad, el líder que nunca ha trabajado más allá de su despacho oficial. Iglesias ha convertido la reacción contra esa actitud vital que amenaza con enmohecer todo lo que toca en un plato jugosísimo. El desafío para Podemos a partir pasa por no empacharse con su propia receta. Que su crecimiento como partido no le haga convertirse en aquello contra lo que predica. No será fácil. La política lleva consigo el riesgo de la antipolítica en cuanto saborea por primera vez el dinero público, las jerarquías y el egocentrismo. Podemos tiene por delante el reto de medrar sin morir. De no contaminarse de los mismos vicios que han alimentado su gestación.

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