La Rioja

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Categoría: La Rioja
A su salud

gamarraEn una televisión cualquiera emiten otro debate más. El tema, en un arrebato de originalidad, es Grecia. Descubro que los peluqueros helenos se prejubilan a los 50 años por ejercer una profesión de riesgo (sic), ningún motorista lleva casco aunque es obligado y allí no paga impuestos ni Zeus. Presumo que habrá algún ateniense honesto y esforzado. Los expertos catódicos descartan que exista esa raza. Hurgando en las causas del colapso del país, uno de los contertulios sentencia que si España no se quiere contagiar hay que ir olvidándose de los contratos fijos, huir de esa absurda aspiración a una cierta estabilidad en el empleo y brincar a lo largo de los años por distantas empresas ejerciendo tareas dispares. Flexibilizar el paradigma laboral, resume el gurú con ese aplomo que te hace saltar de la barra del bar donde arreglas el mundo con tus amigotes a pontificar en un plató en prime time. A pesar del calor pegajoso, experimento un escalofrío. Llevo tanto tiempo en el periódico que resulto inútil para cualquier otra cosa que no sea asfaltar páginas con una brea de letras. Aunque lo que me inquieta de verdad es que, de cumplirse el oráculo, mis compañeros (y yo mismo) seremos efímeros. Ya no tendré la suerte de aprender de los que llevan trabajando aquí desde que vestían pantalón corto. Me pregunto a quién preguntaré si busco uno de esos datos prehistóricos que escapan hasta de la wikipedia. Ignoro dónde fluirá ahora la memoria histórica que mana de la experiencia. La beberemos a tu salud, Luis.

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Material dúctil

ruptura

Por si alguien albergaba alguna sospecha postrera, el pacto de investidura entre PP y Ciudadanos se cumplirá en su integridad. Más aún: será la hoja de ruta que guiará el nuevo gobierno de José Ignacio Ceniceros según solemnizó en sede parlamentaria. La rotundidad del compromiso resulta directamente proporcional a la incógnita de descubrir el grado de flexibilidad que ofrece del acuerdo. Cuánto se puede llegar a doblar hasta romperse y C’s decida virtualmente ejecutar la claúsula del contrato que advierte de una moción de censura. La primera prueba de fuerza ha llegado en el minuto uno con el estudio del traslado del instituto Sagasta al solar de Maristas. La iniciativa estrella de Ciudadanos acaba de borrarse unilateralmente del documento ante el empuje de la calle, mientras otros capítulos de relumbrón como la reforma del Estatuto Autonomía quedan en manos de una mayoría cualificada que compromete a terceros o juegan con la ventaja del tiempo para materializarse. Los que sin embargo no presentan (a priori) duda alguna de su rigidez son puntos como la limitación de los cargos de libre de designación. La exigencia fijada por Ciudadanos de que el Gobierno y sus aledaños dejen de utilizarse para sufragrar fidelidades y por debajo de las subdirecciones generales cada puesto se adjudique por oposición pública y trasparente. Tan sencillo de leer como fácil de comprobar. Sólo falta conocer el temario, la fecha del examen y el tribunal calificador.

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Abrir el cajón

El yayo Tasio se sabe cada día más viejo porque empieza a tener lagunas mentales. Los detalles que olvida son inocuos y tienen más que ver con lo que debe hacer hoy que con su pasado cuando era un mocete. El abuelo le da la importancia justa porque, como contrasprestación, con la edad también se está haciendo un poco brujo y es capaz de vaticinar cosas que ocurrirán en el futuro. Sabe a ciencia cierta, por ejemplo, que en breve alguien matará a tiros a alguien en Estados Unidos. En su cabeza anticipa con todo lujo de detalles como un joven aparentemente normal avanza por la calle con la misma desgana que podría ir a comprar una doble cheeseburger. Se detiene ante sus objetivos y les descerraja un tiro (o varios, la imagen se nubla ahí de interferencias) segundos antes de encabezar los informativos del universo entero. Lo que su sueño premonitorio no precisa del todo es dónde y sobre quién dispara. La imagen se difumina. A veces es en Massachusetts, Alabama, Columbine. En ocasiones acribilla a negros, metodistas o hasta compañeros de pupitre. En las visiones del yayo, el asesino coge del cajón de su habitación una pistola que le ha regalado su padre o ha comprado en la esquina de barrio antes de encaminarse hacia la masacre. El abuelo imagina entonces qué ocurriría si el homicida en potencia abriera ese mismo cajón y en vez de encontrar una calibre 45 se topara con un libro. Tasio, entonces, se acuerda de repente de que hoy es domingo.

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Beber de la fuente

En cuanto el yayo Tasio puso un pie en la calle le llovieron mil versiones sobre la renuncia de Pedro Sanz a continuar como presidente de La Rioja. Fue salir del portal y quedar sepultado por una avalancha de confidencias por parte de conocidos, vecinos, compañeros de barra a la hora del café y hasta algún anónimo con el que en su vida ha cruzado sólo un par de taluego, majo. Todos sin excepción conocían las razones y entresijos de una salida que, por supuesto, a nadie le había pillado por sorpresa y conocían hace tiempo. Nada sustentado en rumores ni hipótesis. Qué va. Cada cual manejaba informaciones de fiabilidad extrema que, como el abuelo podía comprender, no estaban autorizados a revelar quién se las había facilitado. Se lo decían entre susurros –que no salga de aquí, eh– guiñándole un ojo como hacen los agentes dobles en las películas de espías. Y Tasio les escuchaba con un mohín de interés, devolviéndoles con su gesto el favor de la confianza, arrimando discretamente la oreja y hasta levantando un poco la solapa de la americana para amortiguar el eco. Aunque lo que realmente le llamó la atención no fue que todo el mundo supiera qué, cómo, cuándo y por qué ha pasado, sino que todos esos interrogantes tuvieran respuestas diversas y hasta divergentes. Todas, faltaría más, absolutamente irrefutables. La sobredosis de  certeza le provocó al al yayo Tasio una sed infinita  Tanta que se fue a buscar una fuente. La única que manaba agua fresca estaba en Igea.

 

Fotografía: Sonia Tercero

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Cartas para Sara

Como las cartas que arman la columna vertebral de la narración, la obra de Ángeles Doñate tiene dos caras. La que encabeza el enunciado se presenta con un tono amable, una prosa nada impostada, el homenaje metaliterario a las que sin duda son algunas de las referencias artísticas (y hasta vitales) de la autora. En su anverso, ‘El invierno que tomamos cartas en el asunto’ abre una trampilla más honda: la que conduce al alambicado universo de las relaciones interpersonales donde los miedos y el silencio encuentran su antídoto en la verbalización de los  sentimientos. cartas

El punto de partida de Doñate para desplegar su tesis se apoya en una sencilla premisa. El puesto de Sara, la cartera de un pequeño pueblo llamado Porvenir que la autora desubica con toda intención temporal y geográficamente, está a punto de extinguirse por falta de trabajo. Para intentar remediarlo, una vecina octogenaria que ha compartido desde una cercana distancia las tribulaciones de Sara inicia una cadena de cartas anónimas que doten de actividad a la oficina de correos y eviten su cierre. Misivas que deben ser el acicate para que el destinatario escogido al azar tome otro sobre y lo llene para que la cartera deba hacérselo llegar a una tercera persona. No importa el contenido. Da igual la condición social del remitente. Ni siquiera que el buzón a donde finalmente recale lleve años vacío. La fórmula no sólo alcanza su objetivo sino que consigue algo más trascendente e inesperado. Con ello se desnudan los secretos personales de cada uno de los habitantes de Porvenir, activando una catarsis individual que acaba redundando en el colectivo. Un retablo con tantas reflexiones personales como los actores de una cadena compuesta por eslabones variopintos. En el caso de Alma, su redención está vinculada al dilema que como otros tantos jóvenes se le plantea entre escoger el camino laboral que se presupone o el que conduce a sus verdaderas ansias. Para Mara Polsky, una arisca poeta renegada con la vida y su talento que recala en Porvenir para huir de todo, la forma de reconciliarse con el mundo. Una situación antagónica a la de Karol, la apocada inmigrante que añora su tierra natal y acaba descubriendo una vida paralela a miles de kilómetros de donde las circunstancias le han llevado a buscarse el pan.

«En las cartas, las personas muestran la cotidianidad de su alma», resume Doñate en boca de sus personajes en un relato que ejerce a cada capítulo como tributo del género epistolar y algunos de los autores que más lúcidamente lo han practicado en la historia.

La reivindicación de la pureza que rezuma la novela con un punto naif no se circunscribe a una forma de comunicación. ‘El invierno que tomamos cartas en el asunto’ es también una llamada a recuperar el contacto humano arrinconado por las nuevas tecnologías, urbanizaciones como trincheras, sensaciones estándar. Y, por supuesto, el amor en su dimensión más amplia y en el que la propia Sara acaba jugando un papel medular. Periodista de formación y escritora de largo recorrido, la barcelonesa Doñate despliega en la primera novela que firma en solitario un amplio bagaje narrativo y una frescura que anuncian nuevos ejercicios de sinceridad emocional. De esos que nunca cabrán en un e-mail.

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Diálogo súbito

manos

El taciturno y arisco yayo Tasio salió de casa para darse el garbeo de rutina y aislarse de paso de tanta matraca electoral cuando, de pronto, experimentó una sensación extraña. Una opresión repentina le atrapó la garganta y en nada se le extendió hasta el ombligo. El abuelo se puso en lo peor. Tuvo que agarrarse con fuerza a la cachaba, comió uno de esos caramelitos de menta que guarda en el bolsillo para cuando se le dispara el azúcar y contuvo la respiración. Al instante reconoció en las señales enviadas por su metabolismo que no era nada grave. Se trataba, simplemente, de una fiebre dialogante. Pero no una cualquiera. Un diálogo honesto, sin dobleces ni líneas rojas. Un afán conversador cara a cara desde la sinceridad más brutal, con el programa sobre la mesa y en busca no supo bien si de una obligada estabilidad o un cambio imperativo con el afán siempre del interés general. Tasio tuvo de repente ganas de estrechar una multitud de manos, hablar con todo el mundo. Con el vecino que nunca ha querido poner la derrama para arreglar el portal, ese primo carnal que le retiró la palabra hace un siglo por unas fincas. El acceso de diálogo venía, además, agravado por unos escalofríos de trasparencia. En las tripas del yayo se revolvían también unas ganas inauditas de desnudar sus intenciones, que a nadie le quedara duda de su disponibilidad. Pasaron unos segundos eternos. La brisa de la mañana volvió a rellenar sus pulmones, recuperó el nivel de glucosa y siguió caminando.

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