La Rioja

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Categoría: La Rioja
Sus patrias

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Cuando las generaciones se sucedan y ya no haya quien testimonie  lo que la memoria aniquila, las décadas de violencia en el País Vasco correrán el riesgo de ser sólo un epígrafe en los libros de historia. Quienes no hayan conocido por boca de quienes sufrieron aquella falta de aire que ahogaba a pueblos enteros y enfrentaba a familias que siempre habían convivido en paz abrirán ese puñado de papeles encuadernados –si Internet aún no los ha enterrado– y encontrarán una ingente relación de fechas y números. Sin embargo, ni el frío catálogo de días en que se cometieron tales atentados o se detuvo a aquel terrorista ni la cifra total de víctimas podrá dar una idea exacta de cómo tantas personas se sumieron en un estado tal de terror y cobardía. Tampoco los ensayos que vean la luz  ayudarán a entenderlo, porque sus autores estarán contaminados por el odio o el dolor. Unos pondrán el foco en los muertos inocentes, la sinrazón política, el silencio cómplice. Otros relatarán torturas, dispersiones y afanes reprimidos que llevaron a tomar las armas. Ninguno trasmitirá fielmente cómo sufrió tanta gente. Sólo la ficción salvará la verdad. Libros como Patria y otros tantos, que inyectan en personajes inventados las sensaciones de nombres propios a los que se les hurtó la vida. La forma de vigilar la calle a través de los visillos, el olor acre de territorios hostiles, la lluvia constante cayendo sobre las tumbas, la crueldad cotidiana. Cuando las generaciones se sucedan, el mayor crimen será no leer.

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Educando en la fe

finlandiaRioja tiene el orgullo de ser la tierra con nombre de vino y Finlandia, el país sinónimo de Educación de calidad. ¿Conoce usted en qué consiste el laureado modelo finlandés más allá de un par de brochazos naif y los lugares comunes que la clase política invoca cada vez que clama por un pacto que nunca fragua? Inger Enkvist, sí. Y de primera mano. La ensayista y pedagoga sueca ha resumido esta semana en Logroño sus virtudes en las muy castizas ‘tres bes’. La ensañanza allí es buena, ya que sus resultados son óptimos; barata porque prevé menos clases pero concentradas; y bonita en tanto que desde la globalidad articula mecanismos para ayudar a los estudiantes rezagados y estimular a los brillantes. Según explica Enkvist y contra lo que pudiera parecer en una sociedad española que siempre reclama más dinero como solución a todos los males, el éxito finlandés no está directamente asociado al presupuesto dedicado a las aulas. La clave para llegar a extrapolar aquel modelo radica en una fuerte inversión. Pero no económica como se acostumbra a traducir, sino de energía. Un esfuerzo unívoco que empieza en la selección y reconocimiento del profesorado entre los mejores profesionales –la espina dorsal del andamio y antídoto a debates fatuos sobre los deberes o la extensión con calzador del bilingüismo– y se prolonga en la total implicación de los alumnos y sus familias. Como condensa Enkvist con una cálida frialdad nórdica: recuperar la fe que España tuvo alguna vez en  su Educación.

 

Fotografía: Miguel Herreros

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Des Moines

Donald Trump

La casa del yayo Tasio debe ser el único lugar del planeta ajeno al seísmo provocado por la victoria de Trump. Sentado sobre su orejero, apurando los rayos de sol que se cuelan por los cristales que siempre limpia la víspera de un chaparrón, el abuelo me pregunta a qué tanto revuelo. Y sobre todo, por qué tanta gente, hasta su avinagrado vecino del entresuelo que jamás ha salido del barrio ni sabe siquiera cuántos estados están unidos, opinan del sucesor de Obama como sesudos analistas de geopolítica planetaria. Yo, el único Donald que conozco tiene pico, plumas y voz de lija, reconoce sin rubor. Como conozco al abuelo, me limito a callar disimulando media sonrisa. Tasio, en realidad, habla para sí mismo. Me pregunta si todos los norteamericanos son tan retrógrados e ignorantes como pontifican los parroquianos del bar donde se toma a media tarde un café con leche ardiendo. Qué es un swing state, cómo no ha ganado Hillary si era tan fetén, por qué una papeleta en Ohio vale igual que otra en Florida, a qué viene que tantos inmigrantes hayan votado republicano si Donald (el pato no, el otro) ha prometido levantar un muro para frenar la entrada de otros compatriotas. No tengo ni idea, confiesa. Le revuelve que tantos censuren alegremente voluntades tan democráticas como cualquier otras o critiquen una sociedad de la que ignoran hasta su geografía. ¿Tú sabes, por ejemplo, cuál y dónde está la capital de Iowa?, me dice. Y yo me levanto para pasar un paño a las ventanas.

Fotografía: Charlie Neibergall (AP Photo)

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La vida sigue igual

accidente

Decidí dejar de tomar la N-232 una mañana de invierno hace una eternidad. Manejaba un Ford Fiesta de segunda mano heredado de no sé de quién y tenía que viajar a La Rioja Baja tampoco recuerdo para qué. El caso es que llovía. Y con ganas. A la habitual romería de camiones se unía una multitud de turismos urgidos de llegar a su destino. El que más prisa llevaba era el que vi de pronto frente a mí. Unos metros más allá del limpiaparabrisas que no daba abasto para retirar la manta de agua, el coche estaba en plena maniobra de adelantamiento no de uno, sino de dos traílers a la vez. Se me heló la sangre al atisbarlo entre la bruma. Como en esas películas de ciencia ficción donde el tiempo se dilata y el espacio se contrae, clavé los dedos en el volante, apreté los ojos y me metí en el arcén en el momento justo que el kamikaze volvía a su carril. Por un instante y con el corazón aún en vilo, me imaginé en las portadas de los periódicos del día siguiente. Yacía debajo de la manta con que se cubren los cadáveres antes de que lleguen las asistencias sanitarias, al lado de un amasijo de hierros que una vez había sido mi viejo coche. La información se completaba con una sarta de declaraciones donde los partidos se culpaban mutuamente del colapso de la nacional y el retraso para liberar la AP-68 prometiendo (otra vez) fechas límite para atajar la sangría. Como esta semana se ha oído en el Parlamento, tantos años después la vida sigue igual excepto para quienes continúan muriendo en la N-232.

Fotografía: Miguel Herreros

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Fantasmas de barro

mansilla

Al yayo Tasio no le sacas de casa ni a tiros. A sus años, pasear más allá de los límites de su barrio es agotador y montar en coche, una heroicidad. No me quedó así otra que engañarle. A regañadientes aceptó llegarnos conduciendo un poquito más allá de la ciudad y parar a almorzar en algún hayedo donde las hojas ya están pintadas de otoño. Tuve que darle palique para que no percibiera que hacíamos más kilómetros de los prometidos devorando curvas y sorteando baches. Para cuando se quiso dar cuenta, ya habíamos arribado a Mansilla. Fue bajar del vehículo y ver cómo su cara mutaba en un espejo de la desolación que tenía delante. El pueblo que una vez fue fértil y populoso asomaba el esqueleto húmedo que durante años permanece oculto bajo las aguas. Aunque no abrió la boca para decirlo, el abuelo estaba viendo en aquellas ruinas las de su propia aldea y otras tantas que las riadas del tiempo han enterrado no en un embalse, sino en el sótano de la memoria. Me rogó que le dejara solo. Apenas había otro puñado de curiosos. Bajó torpemente hasta la vaguada y vagabundeó entre calles que aún dibujan su trazado sobre la tierra cuarteada, unas pocas piedras erguidas, los vanos que se resisten a desmoronarse. Desde la distancia vi cómo palpaba los pocos troncos negros que siguen en pie, de qué forma reproducía en su mente la vida que ahora sólo se intuye tras la sequía. Al regresar al coche, no supe si al mi lado se sentó el abuelo Tasio o el fantasma de sí mismo con las suelas manchadas de barro.

Fotografía: Justo Rodríguez

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Animales en manada

manada

La manada no siempre sabe que forma un grupo. Y tal vez ni siquiera de que es capaz de la crueldad más atroz. El rebaño hiberna cuando la suma no es posible y sus integrantes constituyen una unidad inocua. Cada cual actúa individualmente con el rol asignado en su día a día. Vigila una carretera comarcal, estudia sobre un pupitre, despacha viandas detrás de un mostrador. Puedo hasta que se dedique a escribir en un periódico. Nada en su rutina deja entrever el animal que lleva dentro hasta que esas células se aglutinan. Entonces, como una reacción química entre elementos dañiños, dan lugar a un ente que no tiene el rostro de nadie pero acumula el odio de todos. Basta poco para que el conjunto se arracime. Y mucho menos para ejercer una brutalidad latente regada por la impunidad que inyecta a veces la masa. La excusa puede ser un compañero demasidado apocado. O excesivamente extrovertido. O si en vez de cachorros la grey es de presuntos machos adultos, una chica a la que solos no se atreverían a mirar pero juntos se alían para manosearla. Como las alimañanas, rodean a su víctima. Primero con insultos o descargas de vergüenza. Al rato, a base de forcejeos y hostias en el orgullo. Ese oscuro Frankenstein  cosido con los órganos más negros de otros seres extiende sus garras. Arrincona. Humilla. Hiere. Y luego, cuando ha asestado tantas detentalladas, se diluye otra vez en solitarios pusilánimes que reciben el asco de una pluralidad más valiosa: la de quienes repudiamos su cobardía.

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teri 17-05-2016 | 10:06 en:
El papel de la memoria
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