La Rioja

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Categoría: La Rioja
Volver a la tierra

tomate

La apuesta por los huertos sociales y de ocio son el ejemplo de cómo la acción política municipal, entendida como la mejora de la ciudad y sus ciudadanos, no tiene por que enfocarse hacia proyectos de postín ni grandes inversiones en tiempos, por otra parte, de languidez económica. Tener la posibilidad de experimentar la sensación de comerse los mismos tomates que uno mismo ha mimado con paciencia y visto colorear no está escrito en ningún programa político y, sin embargo, cuesta tan poco como poner a disposición de la gente de a pie de un pedazo de terreno hasta entonces lleco. El beneficio no sólo recae en quien quizá no ha sostenido jamás hasta entonces un azadón entre las manos. La propia ciudad agradece que roturen esos rincones arrumbados e incluso desconocidos para los propios vecinos. Pero es que, además, el cultivo de la huerta tiene un componente de reivindicación de la propia tierra, de aquel Logroño con aire de pueblo grande donde los calabacines no crecían en el supermercado y alguien dejaba a la puerta del otro una docena de pimientos recién arrancados en su pieza como muestra de una convivencia sin contaminar aún por las prisas ni la desconfianza. Los huertos ya en marcha y los que se deberían seguir ofreciendo son además el lugar propicio para el encuentro. Intercambiar aperos y opiniones, mirar al cielo para vaticinar el astro o matar el tiempo pensando qué buena sabrá esa lechuga a punto de ser cortada.

Fotografía: Juan Marín

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La primera vez

chuletillas

Sin previo aviso y con mucho misterio, el yayo Tasio pidió una mañana hace muchos años que me calzara para salir juntos de casa. Asido a su mano arrugada, empezamos a caminar hacia los límites de la ciudad un mocete en pantaloneta y un viejo taciturno. No abrió la boca en todo el trayecto y en su cara llevaba tatuado ese aire de solemnidad que gasta cuando rumia algo trascendente. El destino resultó ser la destartalada huertita que cuidaba a veces al lado del río, donde ahora se levanta una urbanización más, y en la que mataba el tiempo arrancando malas hierbas o mirando colorear los tomates. Frente a un semicírculo de ladrillos ennegrecidos que había improvisado a modo de barbacoa me ordenó colocar una gavilla de sarmientos resecos y prenderle fuego. Colocamos a cuatro manos la parrilla encima de la lumbre y al rato la limpiamos con un manojo de periódicos viejos. El ritual continuó sacando del morral que siempre llevaba al hombro una docena de chuletillas de leche, varias tiras de panceta y media careta. Me enseñó ceremoniosamente como distribuir todo a en la parrilla y volvimos a colocarla sobre las brasas aplanadas. Observamos en silencio como la carne empezaba a gotear y el aire se llenaba de un humo salado que me hizo salivar. Después de otra media vuelta a pulso abrió la parrilla y trasladamos en clucillas la manduca a un plato. Mientras rebañábamos los huesos, me preguntó si había aprendido. A partir de ahora, dijo, te tocará asar a ti.

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Nueva política

twitter

El yayo Tasio recuerda aquel tiempo en que los partidos ofrecían líderes de un carisma arrebatador, programas músculos y promesas sin par. La oferta era diversa y el votante se plantaba ante las urnas convencido de que su papeleta era decisiva para hacer realidad una opción concreta. Pero llegó la nueva política y la oferta caducó. Los dirigentes ensalzaron su condición de personas triviales, los ideales exclusivos resultó que en realidad eran complementarios y las promesas, susceptibles de que un pacto las matizara, jibarizara o directamente enterrara. Donde había habitado la diferencia se instaló de súbito el acuerdo, y al que jamás había recibido ni agua de su oponente se le regaló vino bueno a cántaras. Nadie se atrevía a elevar la voz, no fuera que le acusaran de partidista. La austeridad se hizo pasado y la condescencia virtud. Tan agresiva fue la falta de agresividad que los vivos empezaron a estar muertos. Había mil camisas blancas. En los mercadillos florecieron ofertas para vender un stock de corbatas que ya nadie se anudaba al cuello. Todo era diálogo, talante, consenso, honestidad, trasparencia. Se repetían con tal frecuencia las mismas palabras que algunas se deshacían en las manos al cogerlas. Los políticos presumían de estar en la calle. Y en las calles llegó a haber tantos políticos que no cabía la gente. Todo era tan intensamente neutro, crujiente y añil, que el yayo Tasio sufrió un ataque de nostalgia y pidió perdón por ser un viejo radical y no estar en Twitter.

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Tres diamantes

pengo

Lo único que he hecho bien alguna vez en la vida ha sido jugar al Pengo. Nunca supe regatear al fútbol, el aro siempre escupía mis tiros a canasta y cuando se me ocurría montar en bici me ringlaba a la primera cuestita. Con el Pengo, sin embargo, alcancé una maestría inigualable. Eran los tiempos de Sega y Arcade. Y de las salas de recreativos. Del Nico y el Sport Club. Los templos del aire acondicionado, el ocio bastardo y aquellas máquinas prehistóricas  donde con dos duros (literalmente) podías pasar de un tirón las pegajosas tardes de verano. El reto era tan simple que exigía una pericia extrema. Con el botón izquierdo dirigías a un pingüino rojo a través de un laberinto de ladrillos azules. Por allí también pululaban unos fantasmas empecinados en comerte antes de que pudieras cumplir el objetivo con el botón derecho: mover tres diamantes diseminados en la pantalla que, una vez alienados, permitían pasar a la siguiente fase. A cada nivel, los perseguidores se multiplicaban. La velocidad crecía, la música arreciaba, el entramado se alambicaba. Daba igual. Era capaz de  dominar el caos casi con los ojos cerrados. Alcanzar un nuevo récord de puntuación y volver a empezar hasta que el local echaba la verja o yo me aburía. En las comidas del domingo, cuando el yayo me preguntaba qué quería hacer mayor, siempre le contestaba que jugar al Pengo. Reía como se ríen las ocurrencias de un crío y volvía a interrogarme. Encajar tres diamantes, abuelo. Sólo eso.

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Verano azul oscuro

bicicross

Mi mejor verano no se pareció al anterior mejor verano. Ni al anterior del anterior. La diferencia principal es que a mi vecino se le quedó pequeña la bicicleta y su madre tuvo la feliz idea de cedérmela ante la mirada turbia de la mía, que vio en ella una zarría más por casa y una diabólica máquina diseñada para abrirme la crisma. Sin que ninguna de las dos lo supiera, aquella donación me abrió un universo ignoto. De pronto, los límites del barrio se ensancharon. Las distancias menguaron, la libertad eclosionó y yo dejé de ser un mocoso al que los demás dejaban de lado porque nadie quería llevarme de paquete sus flamantes Motorettas. Que aquella bici repintada y llena de bollos no estuviera a la altura estética y aerodinámica del resto no impidió sumarme a un grupo de devoradores de kilómetros urbanos hasta los confines de la ciudad. Lo importante no era a dónde ir ni cuánto calor soportar. La clave era enroscar una toalla al manillar y pedalear lejos. Viajar en dirección contraria, surfear entre la acera y el asfalto, escuchar como un efecto Doppler los insultos de los viandantes cuando pasábamos a su lado a toda hostia. Así descubrimos el agua de piscinas donde nunca nos habíamos zambullido y riberas del Iregua que jamás habíamos pisado. Pero sobre todo, la suprema sensación de tirar la bici en una chopera, robar las cerezas más rojas y regresar a la ciudad para alquilar en un videoclub la peli en VHS que nos hiciera olvidar a Verano Azul.

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El libro de los amores limón

Nada en ‘El libro de los amores limón’ es indiferente. Ni siquiera su propio título, en el cual Diego Fandos (Pamplona, 1971) hace confluir las dos autopistas emocionales por donde discurre su propuesta: los afectos más íntimos y ese regusto ácido que genera la contradicción en un mundo predispuesto a la lógica. fandos

A través de quince relatos en los que el autor se coloca en el centro de un juego provocador, Fandos exprime su capacidad para trufar de inquietud sus historias y dejar en cada punto final una gavilla de incógnitas cuando no de sorpresa y a veces hasta una pizca de desazón. Los puntos de partida para conseguirlo son heterogéneos. Aunque la obra se arma sobre el denominador común de la imprevisibilidad y las turbulencias comunicativas, Fandos despliega una panoplia de situaciones y técnicas narrativas, abundando así en la riqueza propositiva de ‘El libro de los amores limón’. Unas veces anécdotas inocuas en primera instancia, otras encuentros insospechados o en ocasiones imágenes abiertas a interpretaciones poliédricas le sirven para provocar a cada rato la reacción del lector desprevenido. 

El escritor navarro aplica además a su recorrido de exploraciones emocionales una variable geográfica. O más bien, la ubicación de buena parte de sus relatos en territorios casi siempre ajenos al gran público que acaba imprimiendo a cada cuento un plus de asepsia y zozobra. Su experiencia vital y profesional –Fandos ejerce de profesor de guión en la Escuela de Cine de Praga, donde vive desde hace diez años después de un largo periplo por diferentes ciudades europeas– facilitan esa versatilidad. Desde Polonia a Escocia o la República Checa, sin olvidar tampoco en el trazado del mapa sus raíces navarras, el autor describe una ruta apátrida para contextualizar sus relatos. El resultado de esa combinación de coordenadas y territorios resulta una nunca rutinaria propuesta sobre géneros diversos, con una leve inclinación hacia una clase de realismo mágico con un acento mucho más centroeuropeo que sudamericano. Y todo ello, sin renunciar a tramos en los que bordea el thriller, la reflexión política o hasta el retrato del absurdo social.

El factor audiovisual juega también un papel crucial en el desarrollo del texto. Director y guionista de la película ‘Cosmos’ que compitió en la edición del 2007 del Festival de Cine de San Sebastián, además de responsable de un buen puñado anuncios, cortometrajes y documentales, de la literatura de Fandos llega un eco del mismo frío líquido que desprenden las filmografías de Antonioni, Kieslowski o Von Trier u otros tantos cineastas enfrentados al convencionalismo. El músculo de imágenes poderosas convive así a lo largo de las páginas con el fluido de una voz absolutamente genuina.

Y como botón de muestra, el arranque de uno de los relatos agrupados en torno al apartado donde hurga sobre los pecados humanos: «El día amaneció pesado. Supongo que fue la presión atmosférica lo que finalmente me decidiera a matar a mi mejor amigo». Imposible no avanzar hasta hollar la cumbre de ‘El libro de los amores limón’.

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