La Rioja

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Categoría: La Rioja
TV con corazón

ébola

Conectar la televisión en ese tramo laxo de la noche en que la casa enmudece y la cama reclama ser ocupada concede momentos extraordinarios en una programación que sabe a cieno. El mando bascula entre putrefactos programas de un corazón de máxima audiencia, realities que por repetidos no dejan de encontrar aspirantes al frikismo y shows donde lo mismo ocupa la silla de invitados la última estrella del pop que un líder de la oposición, en esa desconcertante estrategia de acercamiento a la sociedad consistente en aparecer indiscriminadamente en las mismas alcantarillas que la sociedad huele. Cuando la basura alcanza cotas irrespirables y uno se flajela por no haber invertido esos preciados minutos en cualquier lectura, la pantalla resucita. Toda la mierda queda al instante desplazada por algo humano, crudo, lacerante. El reportaje se traslada al corazón del ébola y con él, el espectador viaja por caminos de barro y miasmas hasta las entrañas de Sierra Leona donde el virus ha sepultado la vida. La de quienes han muerto por la enfermedad y la de un país paralizado por terror al contagio. En la televisión surgen personajes tan reales que parecen de mentira. Voluntarios aferrados al afán por echar una mano, pacientes que aguardan con la resignación que imprime la pobreza el resultado de los análisis. Falta de medios y sobredosis de miedos. Desconcierto. Sólo falta la llamada en directo de un político denunciando por qué a esas horas ya hemos apagado la tele.

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La misma muerte

emilio botin

Cuando usted o yo muramos, dispondremos con suerte de un par de módulos en estas mismas páginas informando del óbito. Puede que algún amigo se preste a redactar unas líneas debajo de la sección de esquelas ensalzando nuestras virtudes y obviando las toneladas de defectos que vamos arrastrando a lo largo de la vida, refrescando alguna absurda anécdota de juventud que abrillante nuestro pobre curriculum. Es probable también que por el cementerio se lleguen nuestros enemigos, no se sabe si como reconciliación in extremis o para certificar de que no vamos a levantarnos nunca de la tumba. Y que quienes más nos quieren lloren amargamente un tiempo hasta comprobar que todos los días amanece aunque nosotros no nos despertemos. Será así porque no nos apellidamos Botín. Ni somos poderosos ni manejamos el mundo. Nuestra voz (y nuestro monedero) no tiene el peso de la del Emilio fallecido; ni nuestras opiniones derrumban mercados o levantan emporios. El presidente del Banco Santander ha sido despedido con la aureola que envuelven a los ilustres entre los ilustres. No ha sido mérito suyo. Ni la culpa de un hombre que tal vez hubiera preferido un discreto sepelio. Usted o yo nos habríamos ganado ese mismo trato postmorten de haber nacido en su misma cuna y gobernado los mismos consejos de administración. Pero no. Nuestras vidas  están escritas sobre un guión más modesto que empieza distinto pero tiene el mismo final.

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La plaza amable

primero de mayo

El yayo Tasio recuerda con nostalgia que la de Primero de Mayo estuvo muy cerca de ser una de las plazas nobles de Logroño. Cuando se alumbró en los 80, muchos como el abuelo no daban una peseta por ella. El solar era un lodazal con ese aire ténebre que inspiran las grúas trabajando y el esqueleto de los edificios en fase de construcción. Y además, quedaba muy lejos del centro, según el diagnóstico de los que siempre han vivido en la órbita del Casco Antiguo y todo lo que fuera ir más allá de la Gran Vía suponía cruzar una frontera insondable de retorno incierto. El tiempo y el crecimiento voraz de la ciudad no sólo la integró en el todo urbano, sino que la plaza tomó vida propia. Los toboganes se llenaron de niños, brotaron comercios, las terrazas (ay, ese gran termómetro social) salieron de los soportales y la agenda local la tuvo en cuenta al programar unos títeres o repartir chucherías. Tanto, que casi antes de que brotara la fiebre por los parkings subterráneos también allí se horadó la tierra para enterrar uno. Como el propio Tasio, también la plaza ha sufrido el paso de los años. Hace tiempo que se veía más rancia, con la cara agrietada, las costuras por remendar. Pero por lo que se ve cuando se llega hasta allá, el yayo no cree que su reforma vaya a reponerle los galones perdidos. Y no porque le sobre cemento armado o le falten unas docenas de árboles. No es cuestión de sol ni de sombra, de más parterres o farolas, sino de algo que, piensa el yayo, ha debido extraviar el proyecto por el camino: amabilidad.

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Millones de Mosabs

siria

Mosab tiene 25 años y una mirada serena que, sin embargo, trasluce un mohín no se sabe si de mi miedo o tristeza. Sus maneras son extremadamente respetuosas, la tez morena, lleva una camisa muy parecida a la que podría vestir usted mismo y habla con esa pausa que delata a las personas educadas. Sólo un detalle chirría al hablar con un joven que podría ser su hijo, mi vecino o el nieto del yayo Tasio: apenas sonríe. Es el rostro visible desde el centro de acogida temporal de Cruz Roja en La Rioja de una estadística internacional. La que acaba de denunciar el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) advirtiendo de que los desplazados en Siria a causa del conflicto armado que sufre el país ha superado ya la cifra récord de tres millones de personas. Si los números no le estremecen, los ojos de Mosab lo harán. Arquitecto de profesión, huye de un conflicto bélico luchando por desprenderse de otro conflicto, el interior, que le ha supuesto separarse de su familia, de sus amigos, de sus raíces, del escenario vital de su día a día. Y mientras su futuro y el de su país se resuelve, espera. Aguarda sufriendo la lentitud del tiempo que gravita sobre quien no ve el mañana ejerciendo, sin él ser consciente, como ejemplo de lo que nos podría pasar a cualquiera de nosotros instalados en una confortable seguridad como la que vivía Siria antes de la guerra. Porque Mosab no es sólo un refugiado entre nosotros. Mosab somos todos.

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Nada ni nadie

agua

Recuerdo nítidamente el día que aprendí a nadar. Era de color verde césped y azul tanque de agua. Tenía sabor a cloro y un regusto pegajoso a canícula de agosto. Yo era un moco miedica, esmirriado, uniformado con una pantaloneta meyba dos tallas más grandes. Con los pies en el bordillo de la parte más profunda de la piscina, había decidido que aquella tarde, por fin, aprendería a nadar. Salté con la decisión de quien se lanza desde un acantilado. Y mi cuerpo se hundió hasta el fondo. Salí con dificultad a la superficie, agitándome como un pollo apurando su último hálito de vida. Pero esta vez algo cambió respecto a los infinitos cursillos en los que nunca aprendí espantar el miedo. Aquel día, sin saber por qué, la cabeza se mantuvo unos centímetros más arriba. Lo suficiente para morder unas bocanadas de oxígeno y no sentir los pulmones a punto de estallar. A cada patada debajo del agua, mi cuerpo se hundía y el paisaje se borraba. El ruido exterior se hacía hueco como dentro de un líquido amniótico. Sin embargo, una fuerza desconocida hasta entonces me elevaba para volver a ver, escuchar de nuevo. Arriba. Abajo. Y luego una brazada que me empujaba. Y otra. Cada vez más ligero, menos torpe. Y mi hermana en el otro extremo de la piscina con los brazos extendidos esperándome llegar. Ya llegas. Estás aquí. Ahora sí. Fue el mismo día que decidí que nadie me amedrentaría; que nada me impediría seguir avanzando para alcanzar la orilla.

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Viaje al prejuicio

maleta

Le presumo a estas alturas del año disfrutando de unas merecidas vacaciones. Si no se encuentra en el catálogo de las presas que se ha cobrado la crisis, puede que haya tomado rumbo a Salou para disputarse un metro cuadrado en la quintar línea de playa donde extender la toalla, si es que no ha optado por las costas de nubosidad invariable del norte. Tal vez su presupuesto no le dé más que para volver al pueblo. Reconquistar la casa del yayo y tumbarse a la fresca oyendo el trino de los mirlos o sufriendo el picor de los tábanos. Todo lo contrario al entusiasta que se ha empaquetado en un tour para recorrer ocho países en cuatro días o visitar alguna de esas míticas capitales que descubre que ya conoce de tanto verlas en las películas que pasan los fines de semana por la tele. En todos los casos tendrá la tentación de practicar esa gimnasia tan recurrente cada vez que uno sale de casa consistente en criticar lo que le rodea y rebozarse en el prejuicio. Lamentar lo mal que se come allí, censurar la incultura del prójimo, protestar por costumbres prehistóricas, mofarse del vecino, mirar más al rincón sucio que a la calle luminosa. Cuando así sea, tómese un respiro. Haga el ejercicio de ponerse en el lugar del otro. Mirar con ojos de turista su propia casa, su pueblo, su ciudad. A usted mismo. Tal vez así pueda replegar todos los clichés. O mejor, tirarlos a la primera papelera que encuentre y pasar las vacaciones sin más aspiraciones que disfrutar de un lugar distante.

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