La Rioja

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Categoría: La Rioja
Aprender inglés

inglés

La próxima instalación de un colegio privado bilingüe al sur de Logroño ha generado una expectación mayúscula en la calle que, en realidad, discurre en parte paralela a la proliferación de guarderías que ofertan clases de inglés entre pañales, la frenética apuesta de la Consejería por incorporar un doble idioma en las aulas y, en definitiva, la obsesión de los padres de hoy por que sus hijos viajen por el mundo mañana sin miedo a comunicarse como en muchos casos ellos no pudieron (o no les enseñaron)hacer. Todas esas recetas tratan indismuladamente de atajar complejos y carencias generacionales, aunque debería prescribirse en las dosis adecuadas para que el fulgor no ciegue las buenas intenciones. Ni la presencia de un nativo garantiza por sí misma una mejor enseñanza ni que un bebé repita mecánimamente green cuando le muestran una cartulina verde prometen mayor fluidez. El bilingüismo no son unas horas aisladas de clase a la semana ni notas encabezadas con un ‘good job’. Se trata de un concepto más ambicioso y arranca con la aplicación de un método riguroso y adecuado a cada edad sin abrir más brechas de las que ya genera el ritmo del aprendizaje general, sigue con equipos de profesionales formados sin fisuras y se prolonga con una lluvia fina de contacto constante con el idioma para hacerlo propio como sucede en el norte de Europa. Todo lo demás sonará ‘great’. Quizá incluso satisfaga algunas conciencias paternas. Está por conocer si surte un efecto real.

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Pequeñas mentiras

impostor

Hoy me atrevo a recomendarle un libro. Se titula ‘El impostor’, lo firma Javier Cercas y aborda en ese sugestivo híbrido que combina hiperrealismo ajeno y personal la figura de Enric Marco. Si el nombre no les suena, su historia lo hará. Él es aquel mentiroso compulsivo –mediopatía, le diagnostica Cercas– que sin haber estado nunca preso en ningún campo de concentración llegó a presidir la asociación Amical de Mauthausen que agrupa a los españoles encarcelados allí por el régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Y no sólo eso. Su arrolladora personalidad, el ansia de protagonismo, la hipertrofiada capacidad de invención (incluso de su propia vida familiar) y una dialéctica efervescente que seducía a periodistas y políticos en pleno auge de la Memoria Histórica le erigieron en un icono que sólo la audacia del historiador Benito Bermejo logró desenmascarar. Como las buenas lecturas, ‘El impostor’ contiene múltiples lecturas. Una de las más jugosas reflexiona sobre el proceso de construcción de las mentiras. Cercas concluye que los grandes embustes se fabrican con pequeñas verdades, que sólo un poso de realidad puede hacer verosímil un fraude. Al pasar las páginas, el lector sufre un escalofrío al aplicar esa máxima a su vida cotidiana. Cuántas medias certezas hay en lo que oye, en lo que se da por seguro. Qué número de minúsculos Marcos habitan ocultos entre nosotros. Y sobre todo, quién se atreverá algún día a destaparlos.

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Libertad a secas

charlie hebdo

A los periodistas de provincias nos gusta el titular de que nuestro trabajo diario es una profesión de riesgo. Con ese halo porque algún gerifalte presiona (con o sin disimulo), un analfabeto te insulta anónimamente en las redes sociales o aquel sobre el que escribiste algo incómodo amenaza con darte una hostia si te encuentra por la calle digerimos con un jarabe ufano la rutina pastosa. Tanta grandilocuencia se desvanece en migajas ridículas ante la masacre del Charlie Hebdo. El ego se achanta al imaginar a los humoristas de la revista que ha sido objeto del atentado más sangriento y salvaje de las últimas décadas con sus lápices y arrobas de sátira como única defensa ante los fanáticos que les acribillaron por juzgar que ofendían a Alá. La información que uno pueda escribir aquí desde una cómoda silla giratoria se hace de pronto minúscula e irrelevante;salir de la redacción con la seguridad de que ningún intransigente espera fuera engrasando un kalashnikov adquiere un gusto inaudito. Es verdad que los asesinatos no son (solo) un ataque contra la libertad de expresión sino por alcance contra la libertad sin adjetivos. Tampoco el hecho de que la matanza se haya producido en el epicentro del elitista primer mundo debe nublar la consternación ante tantos crímenes en nombre de cualquier dios cometidos en otras partes del planeta menos visibles. Todos somos Charlie Hebdo. Y todos tenemos la obligación de hacer fuerte una democracia sin fronteras.

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Podemos con todo

pablo iglesias

Fuera hace frío y el yayo Tasio vota por unanimidad no salir de casa. Enciende la televisión y se topa con un debate político. Hay representantes de una gavilla de partidos excepto de Podemos. Sin embargo, todas las conversaciones gravitan (y gritan)en torno a Podemos. Cambia de canal. El zaping le conduce a una tertulia de actualidad más. Aunque tampoco hay rastro de Podemos, los participantes no paran de hablar (y porfiar) contra una tertulia anterior donde apareció uno de Podemos. Al tercer intento aterriza en otra cadena donde no sabe por qué don de ubicuidad catódica reconoce a alguno de los contertulios que acaba de ver en otra pantalla. Misteriosamente no están tratando el tema de Podemos y el conductor anuncia que ahora van anuncios. Tras la publicidad, nuevos datos sobre la catadura moral de Podemos, adelanta. El yayo gana una moción de censura contra sí mismo y sale a tomarse un café. En el bar ojea el periódico. En la portada dice que los sondeos dicen que Podemos puede ganar en algunas comunidades. En letra más pequeñuja aclara que Podemos aún no tiene candidato en esas comunidades. Junto al yayo, un par de señoronas juran por su abrigo de pieles que nunca ningún harapiento les despojará de lo suyo, aunque llegue a presidente. Aturrullado, Tasio vuelve a casa. Para entrar en calor se hace una sopa de ajo. Al tercer sorbo se encuentra un pelo en la cuchara. Es demasiado largo para ser suyo. Se ha debido caer de la coleta de Pablo Iglesias.

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Figuras del belén

Entonces la Navidad cabía en una caja rectangular de zapatos con las costuras entreabiertas que el yayo Tasio guardaba en lo alto del armario de su viejo dormitorio. Cada primero de diciembre pasaba por su casa, el abuelo bajaba la caja que había acumulado el polvo de un año entero y volcaba el contenido sobre la colcha de la cama. La Navidad era unas pocas figurillas de plástico de entre las que hace años había desaparecido el rey Baltasar y una legión de pastores. También había un pesebre con un niño Jesús desmesurado y tuerto y metros de espumillón arrebujado que al extenderlos se deshilachaban. Era un belén feo. Nada que ver con esas virguerías de cerámica y expresión beatífica que las tiendas caras del centro empezaban también a exhibir en sus escaparates. A mí, sin embargo, me fascinaba. El carácter un poco ácrata de Tasio, pero sobre todo la escasez de elementos y la estrechez de la mesita del teléfono que el yayo quitaba para acomodar el belén durante un mes, invitaba a colocar a cada personaje al tuntún. El resultado era una abigarrada escena que ni el musgo, ni el papel albal que intentaba simular el riachuelo, ni la harina que el yayo derramaba como colofón para impostar la nieve salvaba de la distopía. Año a año el belén va menguando. Ovejas, pajes y romanos siguen desertando misteriosamente y el espumillón es ya un hilillo ralo. Aún así, sigue siendo mi belén favorito porque conserva la pieza que más adoro: el yayo Tasio.

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Os vamos a matar

ultras

La última vez que el yayo Tasio fue el fútbol era menos viejo y Las Gaunas un estadio vetusto que miraba ya de reojo la piqueta. Yo acaba de terminar la EGB y al abuelo se le ocurrió ejercer de tal y celebrar mis buenas notas invitándome a asistir juntos a un partido de postín. Aunque por entonces ya mostraba mi anomalía de no expresar ningún entusiasmo por el fútbol, el yayo no me consultó y le invadió la idea senil de compartir con su nieto un domingo luminoso entre una muchedumbre de caras pintadas, banderas al viento, cánticos de ánimo y goles de primera. La casualidad hizo que detrás de nosotros se sentara una gavilla de chavales que abultaban poco más que yo y que desde el minuto uno dejaron claro que el partido les importaba lo justo. Sus insultos al árbitro –y algún lapo al juez de línea que aterrizó en la cazadora que mi madre me ponía los días de fiesta– rivalizaban con las amenazas recitadas a coro a otro pequeño rebaño de seguidores ubicados en la parte opuesta del campo. El grito de «hijosdeputaaaa, os vamos a matarrrr» taladró mis oídos 90 minutos y el tiempo añadido mientras Tasio me instaba a apreciar un remate imposible del delantero o saborear la técnica del extremo derecho para ejecutar bicicletas. No recuerdo quién era el equipo rival. Ni siquiera hago memoria de cuál fue el resultado. Sólo tengo grabada la cara de odio de aquellos chiquillos y la idea de que un día se harían mayores y, tal vez, cumplirían su promesa.

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