La Rioja

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Categoría: La Rioja
Un mal Rato

rodrigo rato

Tome una fotografía reciente de Rodrigo Rato y compárela con algún otro retrato suyo de hace una década. Tendrá que aguzar la vista para encontrar alguna diferencia sustancial. Tal vez lo único que distingue ambas son las sienes un pelín más canosas en una cabeza permanentemente amenazada por una de esas antiestéticas alopecias que no son ni fu ni fa. El resto reproduce al mismo Rato con tendencia a unos kilos de más al que los trajes de un corte exquisito no acaban de sentarle bien. Unas gafas idénticas de montura fina apoyadas sobre la nariz; exactamente los mismos milímetros de perilla mal afeitada que le dan la apariencia de haberse levantado minutos antes de que el fotógrafo hiciera click;ese ojo derecho un poco caído a juego con una media sonrisa que el paso del tiempo no ha logrado enderezar. Pero acérquese más a las dos instantáneas. Mírelas con lupa. La antigua es la de un Rato triunfador. Ese aparente desaliño es la de un economista rutilante, una mente privilegiada igualmente capaz de dirigir el Fondo Monetario Internacional que de tomar las riendas de un banco elefantíasico. La más recientes devuelve a un Rato casposo y ruin. Un hombre sin escrúpulos para malgastar el dinero de todos lo mismo para aprovisionarse de 3.500 euros de alcohol que para bajarse del coche oficial y sacar 16 veces mil euros de algún cajero mientras el país que estuvo a punto de presidir se ahogaba. Dos fotografías distintas pero igual de malas.

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La gran terraza

terraza

Hubo un tiempo en que el yayo Tasio albergó la esperanza de que las peatonolizaciones humanizaran la ciudad. Compró la idea de adoquines suplantando al asfalto para que el humo del tráfico quedase diluido por el frescor de una jardinera. El abuelo soñó aceras tan anchas que se tocaran unas con otras. Autopistas pedestres. Niños jugando donde antes aparcaban las furgonetas y abuelos sentados en bancos brotados sobre carreteras muertas. Su fantasía urbana se frustró cuando la hostelería se adelantó y donde nació una loseta plantaron una silla. Y al lado, otra. Y otra más. Modestos veladores mutaron en estructuras de acero y cristal ancladas al suelo; las sombrillas se hicieron telones. Las terrazas se expandieron como el alquitrán sobre el espacio que prometieron reservado para el viandante, exprimiendo cada metro cuadrado para encajonar una mesa más. Las de una bar se fundieron con el siguiente, florecieron hasta butacones ibicencos, televisiones a pie de calle. Tasio no sólo vio hurtado su espacio sino que ni siquiera encontró hueco para llegar hasta su casa. Y cuando daba con un sendero libre entre tantas sillas, le reprendieron por pedir que, por favor, le abrieran paso. La peatonalización cambió la dictadura del motor por la de bares insaciables. El centro se convirtió en una gran terraza y el sueño de recorrer Logroño por mitad de las calles fue la pesadilla de ir sorteándolo de bandeja en bandeja. De copa en copa en un bosque inhumano.

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Factor miedo

ebola

No tengo miedo al ébola. O mejor dicho, le tengo el mismo respeto ahora que cuando los efectos del virus ocupaban una parte residual de los informativos porque era un drama acotado a uno de esos rincones del tercer mundo que casi nadie sabe situar en el mapa y los muertos no tenían nuestro color de piel. La histeria desatada ante la confirmación de que la enfermedad ha llegado a las puertas de casa demuestra que la magnitud del pánico se mide sólo por la proximidad del enemigo, por la percepción de que el próximo no será aquél sino que puedo ser yo. El cascarón del que nos creíamos rodeado es ahora vulnerable. La cámara de seguridad puede ser perforada por lo desconocido y aquellas imágenes de destartalados hospitales en Sierra Leona o Liberia con enfermos aislados, saltar de la pantalla hasta nuestro salón.
No tengo miedo al ébola. O mejor dicho, me provoca inquietud las continuas llamadas a la tranquilidad cuando se sabe que no se sabe casi nada sobre cómo enfrentar una patología que lleva décadas matando en África. La única reivindicación posible es la prudencia. Aprender, cómo han estado haciendo los afectos más allá de nuestras acolchadas fronteras, a convivir con la esperanza de que el remedio esté próximo. Y en eso, partimos con ventaja. La maquinaria se ha acelerado para dar con una vacuna que quizá ataje el ébola que ha aterrizado en occidente, aunque nunca podrá curar el auténtico mal del primer mundo: el miedo.

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Todo el mundo

fantasma

Que ellos no lo sabían, oiga. Apiádese de los 86 consejeros y directivos de Caja Madrid que durante casi una década gastaron más de 15 millones de euros a cuenta de esas tarjetas opacas que alguien les había facilitado para sufragar sus cosillas. Una pedacito de plástico que lo mismo pagaba el pádel de los niños que un traje nuevo porque este ya tiene bolas y le salen brillos cuando lo plancha la asistenta. Entienda que qué iban a pensar ellos. Llegaban a la planta noble de la entidad y nadie les pedía razones. Para qué si la economía va como un tiro y estamos en la champion league del derroche. Póngase en su lugar. Usted se guarda el recibito del cajero cada vez que retira unos eurillos en la calle. Al cabo del tiempo los apila todos sobre la mesa y entra en cólera con la entidad si le ha cargado la comisión que le prometían condonar o consigo mismo, que se había decidido a no abusar del dinero virtual y evitarse sustos a fin de mes. Pero ellos no. Para qué. Si todo el mundo lo hacía, dicen. Como si el mundo entero cupiese en ese ecosistema de reuniones estériles al más alto nivel donde da igual dónde comamos, que pago yo con esa tarjeta sin fondo. Téngales clemencia, porque el abuso mientras el sistema bancario se desmoronaba como un frondoso roble cuyo tronco está podrido no fue cosa de uno ni de dos. De un partido u otro. Ni de empresarios o sindicalistas. Todos lo hicieron. Todos demostraron que la codicia no tiene límites cuando el dinero es de otros.

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Pulseras negras

pulseraEl yayo Tasio se obliga cada San Mateo a no soltar ni medio euro al tropel de pedigüeños que le asaltan por la calle. Cada vez que se da un garbeo por el barrio o se presta a llevar al nieto a saborear ese intangible que es el ambiente de las fiestas, hace un esfuerzo ímprobo por no sacar la cartera del bolsillo. No lo hace por racanería sino por esa desazón que le genera no tener la seguridad de acertar: si da una limosna al que no le hace falta dinero o escaquea unos céntimos a quien de verdad los necesita para comer. Sólo por eso circunvala Portales, pasa de largo de las estatuas humanas, huye del harapiento Mickey que reparte globos aprovechándose de la candidez infantil y se va un segundo antes de que acabe el espectáculo callejero de turno y pasen la escudilla. Su voluntad de hierro se derrite, sin embargo, cada vez que un africano se le acerca con su muestrario de gafas arco iris, gorros con lentejuelas y bisutería barata. A diferencia de los demás vendedores ambulantes, ninguno de estos le insiste ni intenta ablandarle con una letanía de miserias. Le planta el muestrario, aguarda unos segundos y, sin decir palabra, marcha como una sombra hasta la siguiente mesa dejando una pulserita de plástico. Al yayo le puede ese respeto silencioso, tanta paciencia, la serenidad detrás de unos ojos blanquísimos. Cuando el inmigrante está a punto de abandonar la calle, le llama y le da lo que lleva suelto a cambio de la baratija. Ya no cabe un brazalete más en las muñecas del abuelo Tasio.

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TV con corazón

ébola

Conectar la televisión en ese tramo laxo de la noche en que la casa enmudece y la cama reclama ser ocupada concede momentos extraordinarios en una programación que sabe a cieno. El mando bascula entre putrefactos programas de un corazón de máxima audiencia, realities que por repetidos no dejan de encontrar aspirantes al frikismo y shows donde lo mismo ocupa la silla de invitados la última estrella del pop que un líder de la oposición, en esa desconcertante estrategia de acercamiento a la sociedad consistente en aparecer indiscriminadamente en las mismas alcantarillas que la sociedad huele. Cuando la basura alcanza cotas irrespirables y uno se flajela por no haber invertido esos preciados minutos en cualquier lectura, la pantalla resucita. Toda la mierda queda al instante desplazada por algo humano, crudo, lacerante. El reportaje se traslada al corazón del ébola y con él, el espectador viaja por caminos de barro y miasmas hasta las entrañas de Sierra Leona donde el virus ha sepultado la vida. La de quienes han muerto por la enfermedad y la de un país paralizado por terror al contagio. En la televisión surgen personajes tan reales que parecen de mentira. Voluntarios aferrados al afán por echar una mano, pacientes que aguardan con la resignación que imprime la pobreza el resultado de los análisis. Falta de medios y sobredosis de miedos. Desconcierto. Sólo falta la llamada en directo de un político denunciando por qué a esas horas ya hemos apagado la tele.

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