La Rioja

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Categoría: La Rioja
¿Dónde están?

diana querr

 

Imagine por un momento que todo Arnedo desaparece. Así, de pronto. Amanece una mañana cualquiera y los más de 14.000 arnedanos censados en la ciudad ya no están. Nadie sabe qué ha ocurrido, dónde han ido, por qué no descansan en sus casa ni pasean por la calle. Sus cosas siguen intactas pero ellos, simplemente, se han evaporado. A la sorpresa mayúscula sigue la incertidumbre. A la incertidumbre, una catarata de preguntas que desembocan en el miedo. Y al miedo, la desesperación cuando al primer día se suceden otros días y nadie es capaz de intuir qué ha pasado, dónde está toda esa gente que de súbito se ha borrado del mapa. Semanas después, alguien deja caer una hipótesis. No importa con qué fundamento ni cuánta credibilidad. La falta de pistas sobre algo tan incomprensible es tal que quienes están a la búsqueda de los desaparecidos se aferran a cualquier resquicio. Las investigaciones siguen el hilo, atan cabos, remachan los flecos. Al final, nada. El tiempo transcurre y una capa de olvido acaba cubriendo el suceso. En España, cada año desaparecen 14.000 personas. Tantas como habitantes tiene por ejemplo Arnedo. Algunos se llaman Diana Quer y su rostro preside todos los telediarios. De otros no transciende ni el nombre más allá de su círculo cercano porque su biografía no supura detalles para retorcidas especulaciones. En la democracia del misterio mezclado con miedo todas las desapariciones valen igual, porque hay algo más duro que alguien muera: no saber si está vivo.

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Restos de comida

croquetas

Un pacto en política es como una cena recalentada. A falta de un menú más nutritivo o algún otro manjar guardado en la nevera, el gobernante extiende sobre el atril del hemiciclo un pacto cualquiera con la textura de esas croquetas que ayer estaban crujientes y hoy son una bola blandurria de besamel. No tienen sabor ni consistencia, pero quizás el comensal invitado tenga tanta hambre y obligación de empatizar que acepte un menú revenido. Los pactos son tan livianos y baratos que admiten cualquier sabor. Los hay en infraestructuras, en sanidad, en financiación autonómica, en la reforma del Estatuto, en la gestión demográfica. Acuerdos domésticos en forma de aperitivo y acuerdos región tamaño XXL. En el último Debate sobre el Estado de la Región, José Ignacio Ceniceros planteó cinco. Podrían haber sido diez. O veinte. O dos y medio. Un pacto contra las dobles filas, otro para evitar las despedidas de solteros, alguno en favor de los cardos sin espinas. Nunca hay suficientes para saciar el estómago, pero rellenan de forma muy aparente un plato institucional. En las mayorías absolutas cambian las tornas. El Gobierno impone lo que hay que tragar y es la oposición, escuálida y sin acceso a las cocinas, la que oferta pactos para significarse. En ambos casos, lo de menos es consensuar nada. Sólo valen para retratar al otro. Afearle por rechazar esa gran masa de carne que se hace bola al hincar el diente y finalmente queda tan flácida que acaba en el cubo de la basura orgánica.

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Canción triste

verbena

Conocí al hombre más triste del mundo en un océano de alegría. Los amigos habíamos acudido a las fiestas de uno de esos pueblos minúsculos en invierno que en verano se llenan a reventar. Como para reivindicarse, cada agosto el ayuntamiento tiraba la casa por la ventana con guirnaldas en los balcones, churrería móvil y una verbena que torturaba el habitual silencio de la sierra hasta entrada la madrugada. Todo el mundo se arremolinaba en la plaza a medianoche en cuanto la orquesta daba el primer acorde. Como no éramos de bailar, nos acomodábamos en un banco al lado del escenario para otear el panorama y esperar la hora de coger el autobús de vuelta. Y allí lo vi, elevado con su guitarra sobre decenas de chavales haciendo la conga y abuelos que bailaban agarrados al ritmo de pasodoble. Mientras el cantante arengaba al público como si no hubiera mañana, la corista luchaba porque el sudor no le derritiera el maquillaje y el batería castigaba el bombo, su compañero tocaba sin inmutarse. No es que atacase cada tema con rutina sin saber dónde estaba ni qué día era, sino que en su mirada perdida había una pena contagiosa. La gente gritaba, saltaba, vibraba y él, en su cueva interior. El cantante anunció de pronto el turno de las baladas. Algunos abuchearon, dos parejas salieron a bailar las lentas, se encendieron mecheros. El guitarrista dio un paso al frente y punteó los acordes más melancólicos que jamás he escuchado. En la cara se le dibujó algo parecido a media sonrisa.

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Sobera sabe

carlos sobera

Es improbable que un presentador sin gancho contagie de intrascendencia a un buen formato. Sin embargo, un conductor con el carisma de serie es capaz de sacar brillo a cualquier programa del montón. Carlos Sobera lo ha conseguido en First Dates. La propuesta de Cuatro de reunir a solteros en un restaurante para descubrir entre plato y plato si se complementan amenazaba ruina cuando se anunció su lanzamiento. En tiempos de amores cibernéticos y encuentros online por catálogo, congregar a dos extraños para ver como el otro deglute unos caparrones riojanos mientras recapitulan fracasos sentimentales o confiesan sus manías espantaba el encanto. Sobre todo, porque muchos dudaban de que la cosa se aliñara del realismo exigido para que el programa no desbarrara en una romería de inadaptados sin miedo al ridículo. O peor aún: otro escaparate más para rastreadores de fama efímera con la que promocionarse hacia otras islas, otros tronos. La mayor parte de los que acuden a la mesa de First Dates busca eso, una primera cita. Darse la oportunidad de conocer a otro y si la cosa no cuaja, limpiarse las migas, pagar la cuenta y volver a casa. Esa naturalidad es al menos la que contagian la mayoría de los participantes y la que Sobera se encarga de subrayar. Si alguien de la pareja trata de salirse del guión, ahí está el de Baracaldo para levantar la ceja, guiarles a la mesa con media sonrisa o, simplemente, deslizar ese comentario que lo mismo destensa la situación que encauza a los invitados a volcar confidencias privadas para el entretenimiento público. Como en esos periódicos que diferencian la información del publirreportaje con una advertencia en el vértice de la página, First Dates también reserva mesa de vez en cuando para frikies confesos. Una ración de espectáculo casi exigido por el fulgurante crecimiento que va experimentado el programa que el presentador también sazona con esa pizca de colegueo educado. Y siempre, en la distancia justa para que el espacio siga generando hambre por conocer las miserias (o encantos) de cada nuevo comensal. Para eso cuentan con un ingrediente que siempre da gusto: incluir en la receta a Carlos Sobera.

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Medalla de oro

robel kiros habte

Robel Kiros Habte es un rebelde. En su país la gente corre. Él, sin embargo, optó desde joven por nadar. Además de imágenes de hambruna, Etiopía proyecta periódicamente al mundo estampas de atletas imbatibles en pruebas de fondo. Acelerar el paso en aquella parte del mundo forma por necesidad y costumbre parte del ADN entre sus habitantes, alcanzando tal perfección que los más rápidos rozan la gloria cuando compiten en el extranjero. Habte podría haber explotado ese gen en vez de buscar una de las piscinas donde entrenar que no deben abundar en África. Acompañar a sus compañeros al salir de la escuela dando zancadas por la sabana hasta que los pies le quemaran y soñar con llegar un día a las Olimpiadas. Él lo ha conseguido nadando, gracias a una de las invitaciones que ofrecen las federaciones a países con una representación minoritaria en ese deporte. Y lo que es más llamativo en una cita donde relumbra la épica de los héroes: haciendo de largo la peor marca de todas las series de 100 metros libres. Viendo su físico, no extraña demasiado. El cuerpo de Habte es el reverso de esas máquinas humanas con espaldas como frontones y brazos en forma de remos cinceladas para arañar centésima a centésima al crono en cada brazada. El etíope llegó el último, pero al salir del agua su sonrisa ocupaba Brasil entero. Su triunfo no es el de quien alcanza unos Juegos, sino el de todos los que hacen lo que desean cuando el mundo fluye en contra.

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Saber aburrirse

vagancia

Cuando se avecinaba el verano no había nada que pensar. Nadie se devanaba la cabeza buscando la mejor oferta para alquilar un apartamento en la playa porque no había playa a la que acudir. Ni valle. Ni bosques. A los ‘sinpueblo’ tampoco nos quedaba intercambiar por unas semanas el paisaje urbano por otro rural, de modo que las vacaciones consistían esencialmente en no hacer nada. Sólo dejar discurrir el tiempo. Verlo pasar por delante con un plus de abulia. Una gimnasia de la inacción envuelta en vaharadas de calor tórrido y el zumbido de las moscas a través de las persianas echadas. Porque las calles eran un páramo irrespirable y la piscina, una boca de metro en hora punta con el agua a 30 grados. Sin afanes ni obligaciones, el sopor se colaba en la habitación como un ladrón discreto. Y tú, concentrado en permanecer quieto y aspirar el aire justo para activar los pulmones, te dejabas robar las horas mirando el giro imperfecto de un ventilador. El sudor se pegaba a la almohada y las arrugas de las sábanas cincelaban cicatrices en la piel desnuda. La pasividad adquiría tal grado de perfección que nadie se atrevía a profanarla. Y de pronto, en el duermevela de esa desgana infinitiva abrías el ojo y las vacaciones habían terminado. Por delante, el trámite de consumir los meses hasta el siguiente verano, sin ser consciente todavía de que haciendo nada hacíamos algo vital: aprender a manejar todo aquel aburrimiento que muchos años después aún añoro.

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