La Rioja

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Categoría: La Rioja
Canción triste

verbena

Conocí al hombre más triste del mundo en un océano de alegría. Los amigos habíamos acudido a las fiestas de uno de esos pueblos minúsculos en invierno que en verano se llenan a reventar. Como para reivindicarse, cada agosto el ayuntamiento tiraba la casa por la ventana con guirnaldas en los balcones, churrería móvil y una verbena que torturaba el habitual silencio de la sierra hasta entrada la madrugada. Todo el mundo se arremolinaba en la plaza a medianoche en cuanto la orquesta daba el primer acorde. Como no éramos de bailar, nos acomodábamos en un banco al lado del escenario para otear el panorama y esperar la hora de coger el autobús de vuelta. Y allí lo vi, elevado con su guitarra sobre decenas de chavales haciendo la conga y abuelos que bailaban agarrados al ritmo de pasodoble. Mientras el cantante arengaba al público como si no hubiera mañana, la corista luchaba porque el sudor no le derritiera el maquillaje y el batería castigaba el bombo, su compañero tocaba sin inmutarse. No es que atacase cada tema con rutina sin saber dónde estaba ni qué día era, sino que en su mirada perdida había una pena contagiosa. La gente gritaba, saltaba, vibraba y él, en su cueva interior. El cantante anunció de pronto el turno de las baladas. Algunos abuchearon, dos parejas salieron a bailar las lentas, se encendieron mecheros. El guitarrista dio un paso al frente y punteó los acordes más melancólicos que jamás he escuchado. En la cara se le dibujó algo parecido a media sonrisa.

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Sobera sabe

carlos sobera

Es improbable que un presentador sin gancho contagie de intrascendencia a un buen formato. Sin embargo, un conductor con el carisma de serie es capaz de sacar brillo a cualquier programa del montón. Carlos Sobera lo ha conseguido en First Dates. La propuesta de Cuatro de reunir a solteros en un restaurante para descubrir entre plato y plato si se complementan amenazaba ruina cuando se anunció su lanzamiento. En tiempos de amores cibernéticos y encuentros online por catálogo, congregar a dos extraños para ver como el otro deglute unos caparrones riojanos mientras recapitulan fracasos sentimentales o confiesan sus manías espantaba el encanto. Sobre todo, porque muchos dudaban de que la cosa se aliñara del realismo exigido para que el programa no desbarrara en una romería de inadaptados sin miedo al ridículo. O peor aún: otro escaparate más para rastreadores de fama efímera con la que promocionarse hacia otras islas, otros tronos. La mayor parte de los que acuden a la mesa de First Dates busca eso, una primera cita. Darse la oportunidad de conocer a otro y si la cosa no cuaja, limpiarse las migas, pagar la cuenta y volver a casa. Esa naturalidad es al menos la que contagian la mayoría de los participantes y la que Sobera se encarga de subrayar. Si alguien de la pareja trata de salirse del guión, ahí está el de Baracaldo para levantar la ceja, guiarles a la mesa con media sonrisa o, simplemente, deslizar ese comentario que lo mismo destensa la situación que encauza a los invitados a volcar confidencias privadas para el entretenimiento público. Como en esos periódicos que diferencian la información del publirreportaje con una advertencia en el vértice de la página, First Dates también reserva mesa de vez en cuando para frikies confesos. Una ración de espectáculo casi exigido por el fulgurante crecimiento que va experimentado el programa que el presentador también sazona con esa pizca de colegueo educado. Y siempre, en la distancia justa para que el espacio siga generando hambre por conocer las miserias (o encantos) de cada nuevo comensal. Para eso cuentan con un ingrediente que siempre da gusto: incluir en la receta a Carlos Sobera.

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Medalla de oro

robel kiros habte

Robel Kiros Habte es un rebelde. En su país la gente corre. Él, sin embargo, optó desde joven por nadar. Además de imágenes de hambruna, Etiopía proyecta periódicamente al mundo estampas de atletas imbatibles en pruebas de fondo. Acelerar el paso en aquella parte del mundo forma por necesidad y costumbre parte del ADN entre sus habitantes, alcanzando tal perfección que los más rápidos rozan la gloria cuando compiten en el extranjero. Habte podría haber explotado ese gen en vez de buscar una de las piscinas donde entrenar que no deben abundar en África. Acompañar a sus compañeros al salir de la escuela dando zancadas por la sabana hasta que los pies le quemaran y soñar con llegar un día a las Olimpiadas. Él lo ha conseguido nadando, gracias a una de las invitaciones que ofrecen las federaciones a países con una representación minoritaria en ese deporte. Y lo que es más llamativo en una cita donde relumbra la épica de los héroes: haciendo de largo la peor marca de todas las series de 100 metros libres. Viendo su físico, no extraña demasiado. El cuerpo de Habte es el reverso de esas máquinas humanas con espaldas como frontones y brazos en forma de remos cinceladas para arañar centésima a centésima al crono en cada brazada. El etíope llegó el último, pero al salir del agua su sonrisa ocupaba Brasil entero. Su triunfo no es el de quien alcanza unos Juegos, sino el de todos los que hacen lo que desean cuando el mundo fluye en contra.

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Saber aburrirse

vagancia

Cuando se avecinaba el verano no había nada que pensar. Nadie se devanaba la cabeza buscando la mejor oferta para alquilar un apartamento en la playa porque no había playa a la que acudir. Ni valle. Ni bosques. A los ‘sinpueblo’ tampoco nos quedaba intercambiar por unas semanas el paisaje urbano por otro rural, de modo que las vacaciones consistían esencialmente en no hacer nada. Sólo dejar discurrir el tiempo. Verlo pasar por delante con un plus de abulia. Una gimnasia de la inacción envuelta en vaharadas de calor tórrido y el zumbido de las moscas a través de las persianas echadas. Porque las calles eran un páramo irrespirable y la piscina, una boca de metro en hora punta con el agua a 30 grados. Sin afanes ni obligaciones, el sopor se colaba en la habitación como un ladrón discreto. Y tú, concentrado en permanecer quieto y aspirar el aire justo para activar los pulmones, te dejabas robar las horas mirando el giro imperfecto de un ventilador. El sudor se pegaba a la almohada y las arrugas de las sábanas cincelaban cicatrices en la piel desnuda. La pasividad adquiría tal grado de perfección que nadie se atrevía a profanarla. Y de pronto, en el duermevela de esa desgana infinitiva abrías el ojo y las vacaciones habían terminado. Por delante, el trámite de consumir los meses hasta el siguiente verano, sin ser consciente todavía de que haciendo nada hacíamos algo vital: aprender a manejar todo aquel aburrimiento que muchos años después aún añoro.

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Películas de críos

La primera vez me dio entre miedo y vergüenza. Yo tan pequeño y ese lugar tan imponente y secreto. Tanto era el respeto, que antes de entrar pasé varios días por delante de la entrada haciéndome el encontradizo para hacerme una idea de como sería el interior. Sobre todo por la noche, cuando más clientela había. Desaceleraba el paso y echaba un ojo a lo que se movía dentro. Por la rendija de la puerta rezumaba el placer. Acción, violencia, seres extraños, todas las fantasías imaginables. La oferta era abrumadora. Las ganas de experimentarlo todo, incontenibles. Tanteado el terreno y reunidos el dinero y la valentía suficientes, llamé a un amigo para que me acompañara en aquel bautizo de fuego. Accedimos adentro erguidos para intentar disimular nuestra indisimulada cara de críos. La mujer que ejercía de guardiana de aquella cueva de lo desconocido ni nos miró. Siguió fumando un ducados y permitió que nos adentráramos hasta el fondo del local. Mi camarada y yo sufrimos algo parecido al colapso. Frente a nosotros quedaba al alcance de la mano todo lo que quisiéramos gozar y no sabíamos qué elegir. Las tocábamos, las escrutábamos, cogíamos una y la volvíamos a dejar. Media hora después, henchidos ya de confianza, nos acercamos a pedir consejo a la dueña. «¿Ha recibido ya la última de Bruce Lee?». La mujer se levantó perezosamente, se dirigió a la sección de películas de acción y agarró dos estuches para preguntarnos: «¿La queréis en Beta o en VHS?».

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Ciudadano Sanz

sanz

Ciudadanos ha perdido la confianza en Pedro Sanz. Aunque aritméticamente nunca la tuvo al 100%. Cuando tras firmar el pacto de investidura en favor de José Ignacio Ceniceros llegó el turno de designar al senador autonómico, el PP propuso a Sanz. Y el partido naranja, que seguía arrogándose haber echado al presidente de La Rioja durante 20 años mientras el aludido les desmentía, lo apoyó a medias. Fue una estrategia de equidistancia que con el paso de los meses se mostró habitual en la posición de C’s: sí, pero no. U otras veces, no pero sí. Dos de sus diputados se abstuvieron en la votación y los otros dos le respaldaron para forjar con los escaños del PP una mayoría mínima pero suficiente para que el de Igea llegara a la Cámara Alta. Un año y dos elecciones generales después, el crédito que C’s había depositado en Sanz se ha agotado, aunque el interesado reeditará igualmente su escaño con la maleta, eso sí, cargada de un enfado mayúsculo con la actitud del partido que sustenta al Gobierno que ya no preside. ¿Son suficientes las justificaciones de Ciudadanos para generar una crisis de consecuencias inciertas? En la gatera se antojan otras razones que el tiempo revelará. Quizás, el afán de hurgar en las diferencias que laten dentro del PP. Tal vez un gesto para focalizar por fin la atención lejos de sus propias polémicas. O simplemente, hacer ruido para forjar una identidad propia y espantar el peor mal que puede amenazar a un partido: la intrascendencia.

Fotografía: Justo Rodríguez

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