La Rioja
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Categoría: La Rioja
Ropa vieja

percha

Nunca vi tirar nada en casa del yayo Tasio. Allí todo era eterno y lo que caducaba, se heredaba o renacía. Con el pan duro se hacían sopas de ajo y la carne de un día se transforma al siguiente en albóndigas. En las pocas fotografías en papel que el abuelo conserva en una lata oxidada de galletas y dan fe de que una vez fue joven aparece con una chaqueta de pana marrón. Las más antiguas, donde todavía era mocete, dejan ver que las mangas le sobresalen y ocultan prácticamente sus dedos. Las hombreras le desbordan la espalda y el tejido reluce. En las imágenes que le suceden va vestido con la misma prenda. Le ajusta mejor, como si el tiempo la hubiera ahormado a su figura, pero el color es más difuso y los bolsillos parecen deshilachados. Si un día profano su armario, estoy seguro de que encontraré una solitaria percha. Me da vergüenza confesarle que en mi casa valoramos poco todo y compramos ropa sin mucho criterio. Un día decretamos que algo es viejo aunque esté nuevo y acudimos a una de esas franquicias donde la gente se uniforma para creerse única. A diferencia de Tasio, repaso mis propias fotos que ya no apilo en ninguna caja sino en un disco duro y no encuentro dos donde lleve la misma camiseta. Al yayo se le reconoce al instante. A nosotros hace falta mirarnos a la cara para identificar quiénes somos. Una día, al salir de su piso después de visitarle, empezó a caer un chaparrón de verano. Preguntó si quería una chaqueta para resguardarme y yo no supe cómo agradecerle un gesto tan sumamente generoso.

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Nada que hacer

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E l que fuéramos unos ‘sinpueblo’ le tenía preocupado al yayo Tasio. Como no disponíamos de una casa propia ni prestada en el campo donde pasar el verano escuchando el cencerro de las vacas y el trino de los pájaros, el abuelo creía que yo corría el riesgo de convertirme en un repelente niño de ciudad de esos que creen que los yogures brotan en los supermercados y las lentejas se cosechan en botes al vacío. Para superar esa carencia, Tasio me montaba en su destartalado R4 cada fin de semana que salía el sol y visitábamos un pueblo al azar para inyectarme esa dosis de ruralismo que según él debía incluir mi crianza. Cuando recalábamos en el destino para echar el día no hacíamos nada en particular. Tasio echaba a andar en silencio por las cuestas empedradas y yo le seguía sin abrir tampoco la boca. Al llegar a las eras solía detenerse con las manos apoyadas sobre la cachaba y, simplemente, respiraba. En un momento dado sus piernas se dirigían hacia la chopera más próxima. Acomodados sobre un par de piedras, abría el zurrón y almorzábamos unos cachos de pan, queso y chorizo que él regaba con un trago de vino. Luego se recostaba bajo la copa más frondosa y antes de echarse la siesta me enviaba al río a pegarme un baño. Yo buscaba sin rechistar alguna poza y, aburrido sin nadie con quien jugar, me limitaba a hacer el muerto sobre el agua para dejar pasar el rato. Al volver con el pelo mojado donde estaba el abuelo, él preguntaba qué había hecho. Nada, le informaba yo. Y él sonreía satisfecho.

Fotografía: Juan Marín

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Invasiones

invasiones

El extraño que cohabita en el interior de cada uno puede generar más convulsión que el instintivo miedo a lo desconocido. Sobre esa premisa arma Ismael Martínez Biurrun (Pamplona, 1972) su última novela, que es en realidad una triple versión de la misma tesis. ‘Invasiones’ despliega en los tres actos que aglutina la genuina mirada sobre el terror que el autor navarro había dejado intuir ya en sus cinco trabajos precedentes. En esta ocasión no recurre a distopías ni se apoya en andamios artificiales. Le basta dirigir el radar hacia lo cotidiano para contagiar la sensación del miedo como algo factible, una opción que late próxima. Tan cerca como en un rascacielos madrileño donde una cena entre dos parejas prevista como la confirmación de un ascenso laboral deviene en catástrofe natural y personal (Coronación), en un decadente complejo turístico entre pinares y carreteras comarcales que se resquebrajan –literalmente– agrietando a la vez la vida de sus inquilinos (El color de la tierra) o en la cumbre de una colina desde la cual la observación del cielo al anochecer desencadena una obsesión criminal (Nebulosa).

Las invasiones a las que alude el título son las alteraciones en el cromosoma de cada historia que agitan la sucesión de hechos. La remueven a la manera en que Martínez Biurrun suele: primero de forma sugerida, asomándose en primera instancia sólo como una posibilidad difusa, y a medida que los acontecimientos avanzan, apropiándose de la narración hasta un clímax que rehuye de eufemismos y acostumbra a escorarse hacia la crudeza. Unas veces instigado por una plaga de langostas; otras por la indefinible sustancia que supura el terreno quebrado; en el caso del relato que cierra la novela, un meteorito cuya explosión activa instintos brutales.

Martínez Biurrun se maneja con autoridad en ambos frentes. En la descripción psicológica, desmenuza el perfil de personajes envueltos en un contexto en apariencia inocuo del que van brotando espinas camino del derrumbe. En el dibujo de las situaciones, combinando la asfixia de los ambientes en los que ubica cada escena con hachazos de contundencia que obligan a un permanente estado de alerta.

Invasiones’ es la confirmación de Martínez Biurrun como nombre de referencia en la ciencia ficción nacional. La escalada desde aquel seminal ‘Infierno nevado’ (2005) hasta su penúltima y a ratos abrupta ‘Un minuto antes de la oscuridad’ (2014) no sólo queda patente en la modulación de una voz propia, que sin huir de los registros más identificables los actualiza para conducirlos a su propio terreno. En su trayectoria se vislumbra además un afán por explorar continuamente caminos distintos, sin acomodarse, haciendo despuntar el miedo allá donde en apariencia gobierna la rutina. La inclusión ahora en una editorial de relumbrón como Valdemar cuyo catálogo acoge a algunos de los más ilustres del género denota también ese salto de calidad hacia una madurez narrativa sin más concesiones que las de una imaginación desbordante. Y para satisfacción del lector exigente, siempre perturbadora.

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Viva el pueblo

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Un día de estos empaquetará las maletas y pondrá rumbo al pueblo. Su propio pueblo, el de sus ancestros, un pueblo ajeno. Lo mismo da. Nada más llegar al destino estirará los brazos y exhalará la bocanada de aire más puro que recuerda. Y de pronto, percibirá que falta algo: el ruido. Además del oxígeno y el silencio, se reconciliará con la amabilidad. Por las callejuelas se cruzará con vecinos que le saludarán sin miedo, como si fuera uno de ellos. Empezará a convivir también con el mugido lejano del ganado, las campanadas puntuales de la iglesia, el camión que trae el pan de mañana, un zumbido de moscas a la hora de la siesta. Musgo, geranios y piedra labrada. Con tanta calma las horas se le estirarán como días y los días como semanas. Y se preguntará qué coño hace instalado en la ciudad. Por qué no rompe con todo y se viene aquí a vivir. Echar un par de vacas y aprender a hacer queso, trabajar ese huerto comido ahora por la maleza. Hace falta bien poco. Pero el verano caducará. Y cuando reingrese en la polución, la rutina y el agua con sabor a hiel, algún día de invierno se escapará un rato a ese idílico paraíso en el que durante unos instantes luminosos se sintió pleno para intentar desestresarse. Sin embargo, descubirrá que aquel mismo lugar ahora es otro distinto. Porque la paz habrá mutado en desolación, la soledad en falta de servicios, el encanto rural en aislamiento social. Los tañidos le sonarán ténebres, las plantas se habrán marchitado y el viento soplará gélido. El retrato sin maquillar de una España vacía.

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Caramelos gratis

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El yayo Tasio confirmó que la crisis había llegado a su fin cuando el otro día acudió a la consulta del dentista y encontró a rebosar la bandejita de caramelos que endulzan la espera de la clientela. Hace años, cuando el Gobierno y la prima de riesgo sentenciaron que el abuelo llevaba años perpetrando presuntamente el delito de vivir por encima de sus posibilidades, aquel platillo se vació. Y no fue el único síntoma de que la cosa se había torcido. Los bares ya no daban agua del grifo, en las empresas se escribía por la parte de atrás de los folios usados, el Rioja de honor desapareció de los actos oficiales. Se racionaron las gracias y los buenos días y hasta dejaron de aparecer las pinzas caídas de los tendederos que el yayo recogía del suelo y guardaba para colgar luego su propia ropa. Aunque a Tasio le costaba reconocerlo, él no sufrió la crisis más allá de lamentar que a los suyos les estrujaran. Como siempre ha sido un ahorrador compulsivo y jamás ha caído en la tentación de gastar lo que no tenía, vadeó los recortes sin excesivos espasmos. Ahora que se ha decretado que todo va menos mal aunque él no lo percibe, se pregunta si no será más que un bucle perverso que se activa pulsando un botón ignoto. Un estado de sugestión colectiva por el cual, de repente, las estadísticas engordan y el vino vuelve a correr entre invitados que llenan su copa sin preguntarse nada más. Pero el yayo no se fía. Por si acaso mañana vuelven a ordenar que hay crisis, no prueba ni una gota y se llena los bolsillos de caramelos gratis.

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El zulo de la memoria

lara

Los aniversarios son esas fechas egoístas que menosprecian al resto del calendario. Celebrar un éxito (o una tragedia) coincidiendo con el día que se produjo supone ignorar la tragedia (o el éxito) el resto del tiempo y a malas penas la pirotecnia de imágenes en sepia y testimonios desempolvados que se concentran en esa cifra redonda compensa el desequilibrio que sufre el recuerdo. La conmemoración ahora de los 20 años de la liberación de José Antonio Ortega Lara tras uno de los secuestros más crueles perpetrados por ETA presenta esa doble cara. Por un lado revive por si alguien los había traspapelado los detalles que certifican que existe la muerte en vida. Y por otro, hace preguntarse por qué aquellos lazos azules que invocaban al funcionario de prisiones durante su cautiverio se arrumbaron en algún cajón en cuanto volvió a ver el sol. En la hemeroteca permanecen su mirada desorientada ante miles de personas aclamándole, sus rasgos famélicos envueltos en una barba rala, el primer abrazo tembloroso a una familia arrebatada. Y las descripciones del agujero donde estuvo recluido, que trasmiten tanta angustia como humedad y obligan a releerlas encorvado. Ortega Lara no celebró ningún aniversario durante su secuestro. O tal vez lo hizo íntimamente 532 veces:una por cada día que despertaba y la trampilla que se abría para darle comida le informaba que seguía vivo. Por eso, no hay que esperar otros 20 años (ó 25, ó 30, ó 31) para que la memoria corra el riesgo de quedar confinada en un zulo.

Fotografia: Efe

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