La Rioja

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Categoría: La Rioja
Algunos complejos

san millán

La Escuela de Enfermería tendrá por fin unas instalaciones dignas. Si se cumplen las previsiones de la consejera y nada se tuerce, los trabajos del nuevo centro arrancarán a principios del 2017 en el solar del antiguo Hospital San Millán, a pocos metros de donde se ubica ahora. Es teclear una fecha y un emplazamiento definitivos y los dedos se encogen. La cruel hemeroteca recoge cómo ya su antecesor garantizó lo mismo hace una década, comprometiendo el estreno de un espacio a la altura de lo que merece el grado posiblemente más reputado de la UR y sin duda el más costoso para el curso 2008. Desde entonces, la obra se ha ido demorando entre disputas políticas y enredos urbanísticos inscrita en un gran lienzo el que la Escuela de Enfermería era sólo una pincelada. De aquella faraónica construcción se mantiene un hueco para el SOS-Rioja y caen el inmueble para albergar la Consejería de Salud, un parking subterráneo de 300 plazas y un modelo de explotación a 20 años vista participado por la iniciativa privada. La ecuación se resume tras tanto tiempo en una mengua del coste de los 80 millones previstos en origen a 7 estrictamente públicos  y la esperanza de que alumnos y profesores tengan la seguridad de que el techo no se les caerá encima. El macrocomplejo San Millán ha quedado así en un microcomplejo que hubiera sido difícil de concrear si perviviera otro complejo:el de la mayoría absoluta del PP, que sólo una vez rota va a permitir ver una nueva Escuela a un coste sensato con las hipotecas justas.

Fotografía: Justo Rodríguez

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El nuevo presidente

donald trump

Su futuro empieza a escribirse mañana dentro de un granero. Una modesta caseta de madera y olor a maíz situada, además, a miles de kilómetros de aquí. Quizás usted no sea consciente de ello. Tal vez aún sea cómplice de la fantasía de que lo que le suceda de aquí en adelante depende de lo que votó el 20D o del color del pacto que lleguen a fraguar si Rajoy, Sánchez, Iglesias, Rivera y compañía. Pero no. O sólo en una  parte ínfima. El destino del planeta se decide en ese desvencijado granero de un estado situado en mitad de la nada donde EEUU arranca la campaña electoral que el 8 de noviembre dirá quién ocupa la Casa Blanca. Los que estos días acudan a ese establo y el resto de los espacios domésticos habilitados para escuchar a los aspirantes republicanos y demócratas tienen en su mano escribir la primera línea de las crisis y euforias que nos afectarán a todos. Marcar, como ha ocurrido casi siempre históricamente, la tendencia de quién será el candidato a través del voto en unas primitivas asambleas que luego se irán replicando más sofisticadamente por el resto de estados. Definir si el hombre (o la mujer) que acabará gobernando el país que domina al resto de los gobiernos es consciente del poder que acumula o un xenófobo machista con una pistola al cinto. Porque si al final es así, dentro de cuatro años usted se interesará más por saber dónde está Iowa, qué son los caucus o quién ese tal Donald Trump que hizo que hoy George Bush parezca un adorable estúpido.

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La misma pesadilla

altadis

Las noches que el yayo Tasio cena más de lo debido le cuesta un mundo dormir. Y lo peor es que, cuando por fin cae rendido, le amordaza la pesadilla de siempre. En su sueño, el abuelo vive en una tierra mejor que la media. El cielo es de un azul radiante, los pájaros trinan y la felicidad inunda su cerebro en reposo. La escena se quiebra de la misma manera. De pronto, una multinacional que lleva años alimentando ese estado de confort anuncia que echa la verja. La noticia pilla a todos de sorpresa y el sueño sigue una secuencia idéntica. Los trabajadores se indignan aún incrédulos, sus representantes se movilizan, la administración anuncia medidas de fuerza y se genera un frente un común que alcanza a las más altas esferas para exigir que la empresa mantenga su actividad. El yayo sigue confiando en que aquello es reversible. Un mal sueño dentro de su propio sueño que se evaporará en cuanto amanezca. En ese estadio onírico, cunde la prosopopeya y todos empiezan a reclamar a la multinacional lealtad, solidaridad o compromiso, como si fuera un ser humano en vez de una máquina sin sentimientos diseñada para ganar dinero. Lo único que varía en la pesadilla recurrente de Tasio es el nombre de la firma. Unas veces se llama Electrolux. Otras LEAR. Hoy Altadis. Tasio se despierta de pronto como un resorte. Está agitadísimo, el corazón le late aceleradísimo, la almohada está empapada. Cree que está sudando, pero las gotas son en realidad lágrimas de pena.

Fotografía: Sonia Tercero

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Vida de barrio

ballesteros

El derribo de las últimas casas bajas que conservaba  la plaza Martín Ballestero para su inminente trasformación en flamantes adosados es también la demolición de una parte única de la memoria histórica de Logroño. Cuando la piqueta pulverice el último ladrillo desaparecerá con él una estampa que pervivirá sólo en fotografías de color sepia y el recuerdo  de unos pocos: los que en los años 40 recalaron allí desde otros pueblos como el que aspiraba a dejar de ser la capital en busca de un hogar ultraeconómico. En aquel rincón dominado ahora por inmigrantes y supervivientes del pasado encontraron la vida que el ansia por despreciar lo viejo ha acabado devorando. La barriada se conformó como entonces se creaban los nuevos mundos. Con una austera iglesia blanca de aire colonial en el epicentro que también con el tiempo mutó en un templo funcional . Un colegio público, estrechas casas con butano y sin ascensor, una tienda de ultramarinos siempre abierta y alrededor,  explanadas de barro por explorar. Y en el caso de las casitas que acaban de ingresar en la historia, un huerto minúsculo en las traseras donde los propietarios podían mantener el cordón umbilical con sus orígenes y, en cada cosecha, regalar unos pimientos al vecino. Cuando dentro de unas décadas lo que ahora se construye con impronta de futuro parezca ya decadente y se tire abajo, no merecerá ser noticia. Porque ya no hay barrios sino sectores urbanísticos. Porque ninguno es Ballesteros.

Foto: Herce (1970)

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Aquella austeridad

inauguración

Se llamaba austeridad  y gobernaba hace tan poco tiempo que parece que fue hace siglos. De la noche a la mañana, todo parecía demasiado. El que tenía trabajo lo perdió y quien lo conservó fue a costa de probar con la lengua el filo de unas tijeras. El déficit abrumaba. Lo que hoy era absolutamente imprescindible mañana resultaba superfluo. Y el Gobierno pareció experimentar también la misma pulsión menguante. Un puñado de entes autonómicos desapareció, varios puestos de libre designación quedaron vacantes, eventos públicos se asomaron al borde del precipio. Alguno escribía en el anverso de los folios escritos para economizar papel oficial y la fiebre ahorradora se antojaba sincera. La mejor conclusión de aquel ayer tan próximo es que el paquidermo continuó andando sin perder el paso. Puestos que hasta entonces se habían vestido como de absolutamente necesarios resulta que eran accesorios. Habían desaparecido. Y no pasó nada. O sí. La caja respiró algo mejor sin tener que abonar las nóminas a un puñado de altos cargos y, de paso, la Administración trasladó así un mensaje de solidaridad a los que no por impostura sino por obligación tenían que apretarse el cinturón. Ha sido pasar unos meses y volver a las andadas. ¿Cómo se explica que puestos que llevaban años vacantes se hayan reasignado con tanta celeridad? ¿Queda oficialmente inaugurado este pantano de nombramientos? Volverá la crisis (o quizá nunca se marche)y será mentira que se podía hacer más con menos.

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Buen provecho

comida

Recupere del rincón donde arrumba el papel que terminará en el contenedor azul esa hortera caja de cartón en la que, si ha tenido suerte, su empresa le ha regalado una cesta de Navidad que ya ha vaciado de turrones artesanales, conservas con denominación de origen, licores y melocotón en almíbar. Abra bien las solapas y vuelva rellenar el vacío con lo que le ha sobrado estos días en los que se han sentado tantos a la mesa que todo parecía poco para comer o cenar. Empiece introduciendo el cordero helado que su madre preparó con tanto cariño y para cuando salió del horno ya nadie tuvo ganas de probar. A continuación, rellene el recipiente con los coloridos canapés que copió de una receta exótica pero nadie cató porque en realidad sabían repugnantes. Aún tendrá espacio para todos los langostinos que, aunque los comensales le advirtieron que no era necesario ofrecer porque sobre el mantel no cabía un alfiler, acabaron intactos en el cubo de la basura. A su lado puede colocar los polvorones que para qué se van a guardar porque caducan y el panetone, que ya se ha quedado duro. Aún quedará un resquicio para los restos de la merluza en salsa que se quedó en los platos, e incluso todos esos quesos que la abuela compró con cariño y nadie tuvo ni el apetito ni la delicadeza de mordisquear porque sus estómagos estaban ya a punto de estallar. Precinte luego la caja para que no reviente por las costuras. Así tendrá una mejor digestión. Aunque tal vez la conciencia se le empache.

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