La Rioja

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Categoría: La Rioja
Abrir el cajón

El yayo Tasio se sabe cada día más viejo porque empieza a tener lagunas mentales. Los detalles que olvida son inocuos y tienen más que ver con lo que debe hacer hoy que con su pasado cuando era un mocete. El abuelo le da la importancia justa porque, como contrasprestación, con la edad también se está haciendo un poco brujo y es capaz de vaticinar cosas que ocurrirán en el futuro. Sabe a ciencia cierta, por ejemplo, que en breve alguien matará a tiros a alguien en Estados Unidos. En su cabeza anticipa con todo lujo de detalles como un joven aparentemente normal avanza por la calle con la misma desgana que podría ir a comprar una doble cheeseburger. Se detiene ante sus objetivos y les descerraja un tiro (o varios, la imagen se nubla ahí de interferencias) segundos antes de encabezar los informativos del universo entero. Lo que su sueño premonitorio no precisa del todo es dónde y sobre quién dispara. La imagen se difumina. A veces es en Massachusetts, Alabama, Columbine. En ocasiones acribilla a negros, metodistas o hasta compañeros de pupitre. En las visiones del yayo, el asesino coge del cajón de su habitación una pistola que le ha regalado su padre o ha comprado en la esquina de barrio antes de encaminarse hacia la masacre. El abuelo imagina entonces qué ocurriría si el homicida en potencia abriera ese mismo cajón y en vez de encontrar una calibre 45 se topara con un libro. Tasio, entonces, se acuerda de repente de que hoy es domingo.

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Beber de la fuente

En cuanto el yayo Tasio puso un pie en la calle le llovieron mil versiones sobre la renuncia de Pedro Sanz a continuar como presidente de La Rioja. Fue salir del portal y quedar sepultado por una avalancha de confidencias por parte de conocidos, vecinos, compañeros de barra a la hora del café y hasta algún anónimo con el que en su vida ha cruzado sólo un par de taluego, majo. Todos sin excepción conocían las razones y entresijos de una salida que, por supuesto, a nadie le había pillado por sorpresa y conocían hace tiempo. Nada sustentado en rumores ni hipótesis. Qué va. Cada cual manejaba informaciones de fiabilidad extrema que, como el abuelo podía comprender, no estaban autorizados a revelar quién se las había facilitado. Se lo decían entre susurros –que no salga de aquí, eh– guiñándole un ojo como hacen los agentes dobles en las películas de espías. Y Tasio les escuchaba con un mohín de interés, devolviéndoles con su gesto el favor de la confianza, arrimando discretamente la oreja y hasta levantando un poco la solapa de la americana para amortiguar el eco. Aunque lo que realmente le llamó la atención no fue que todo el mundo supiera qué, cómo, cuándo y por qué ha pasado, sino que todos esos interrogantes tuvieran respuestas diversas y hasta divergentes. Todas, faltaría más, absolutamente irrefutables. La sobredosis de  certeza le provocó al al yayo Tasio una sed infinita  Tanta que se fue a buscar una fuente. La única que manaba agua fresca estaba en Igea.

 

Fotografía: Sonia Tercero

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Cartas para Sara

Como las cartas que arman la columna vertebral de la narración, la obra de Ángeles Doñate tiene dos caras. La que encabeza el enunciado se presenta con un tono amable, una prosa nada impostada, el homenaje metaliterario a las que sin duda son algunas de las referencias artísticas (y hasta vitales) de la autora. En su anverso, ‘El invierno que tomamos cartas en el asunto’ abre una trampilla más honda: la que conduce al alambicado universo de las relaciones interpersonales donde los miedos y el silencio encuentran su antídoto en la verbalización de los  sentimientos. cartas

El punto de partida de Doñate para desplegar su tesis se apoya en una sencilla premisa. El puesto de Sara, la cartera de un pequeño pueblo llamado Porvenir que la autora desubica con toda intención temporal y geográficamente, está a punto de extinguirse por falta de trabajo. Para intentar remediarlo, una vecina octogenaria que ha compartido desde una cercana distancia las tribulaciones de Sara inicia una cadena de cartas anónimas que doten de actividad a la oficina de correos y eviten su cierre. Misivas que deben ser el acicate para que el destinatario escogido al azar tome otro sobre y lo llene para que la cartera deba hacérselo llegar a una tercera persona. No importa el contenido. Da igual la condición social del remitente. Ni siquiera que el buzón a donde finalmente recale lleve años vacío. La fórmula no sólo alcanza su objetivo sino que consigue algo más trascendente e inesperado. Con ello se desnudan los secretos personales de cada uno de los habitantes de Porvenir, activando una catarsis individual que acaba redundando en el colectivo. Un retablo con tantas reflexiones personales como los actores de una cadena compuesta por eslabones variopintos. En el caso de Alma, su redención está vinculada al dilema que como otros tantos jóvenes se le plantea entre escoger el camino laboral que se presupone o el que conduce a sus verdaderas ansias. Para Mara Polsky, una arisca poeta renegada con la vida y su talento que recala en Porvenir para huir de todo, la forma de reconciliarse con el mundo. Una situación antagónica a la de Karol, la apocada inmigrante que añora su tierra natal y acaba descubriendo una vida paralela a miles de kilómetros de donde las circunstancias le han llevado a buscarse el pan.

«En las cartas, las personas muestran la cotidianidad de su alma», resume Doñate en boca de sus personajes en un relato que ejerce a cada capítulo como tributo del género epistolar y algunos de los autores que más lúcidamente lo han practicado en la historia.

La reivindicación de la pureza que rezuma la novela con un punto naif no se circunscribe a una forma de comunicación. ‘El invierno que tomamos cartas en el asunto’ es también una llamada a recuperar el contacto humano arrinconado por las nuevas tecnologías, urbanizaciones como trincheras, sensaciones estándar. Y, por supuesto, el amor en su dimensión más amplia y en el que la propia Sara acaba jugando un papel medular. Periodista de formación y escritora de largo recorrido, la barcelonesa Doñate despliega en la primera novela que firma en solitario un amplio bagaje narrativo y una frescura que anuncian nuevos ejercicios de sinceridad emocional. De esos que nunca cabrán en un e-mail.

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Diálogo súbito

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El taciturno y arisco yayo Tasio salió de casa para darse el garbeo de rutina y aislarse de paso de tanta matraca electoral cuando, de pronto, experimentó una sensación extraña. Una opresión repentina le atrapó la garganta y en nada se le extendió hasta el ombligo. El abuelo se puso en lo peor. Tuvo que agarrarse con fuerza a la cachaba, comió uno de esos caramelitos de menta que guarda en el bolsillo para cuando se le dispara el azúcar y contuvo la respiración. Al instante reconoció en las señales enviadas por su metabolismo que no era nada grave. Se trataba, simplemente, de una fiebre dialogante. Pero no una cualquiera. Un diálogo honesto, sin dobleces ni líneas rojas. Un afán conversador cara a cara desde la sinceridad más brutal, con el programa sobre la mesa y en busca no supo bien si de una obligada estabilidad o un cambio imperativo con el afán siempre del interés general. Tasio tuvo de repente ganas de estrechar una multitud de manos, hablar con todo el mundo. Con el vecino que nunca ha querido poner la derrama para arreglar el portal, ese primo carnal que le retiró la palabra hace un siglo por unas fincas. El acceso de diálogo venía, además, agravado por unos escalofríos de trasparencia. En las tripas del yayo se revolvían también unas ganas inauditas de desnudar sus intenciones, que a nadie le quedara duda de su disponibilidad. Pasaron unos segundos eternos. La brisa de la mañana volvió a rellenar sus pulmones, recuperó el nivel de glucosa y siguió caminando.

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Urnas parlantes

urna

Las urnas han hablado. Lo sobrenatural de la prosopopeya no es que se arrogue la capacidad de comunicarse con la humanidad a una caja de plástico. Lo portentoso es la dispar interpretación que cada cual hace del mensaje que lanza, como si la voz se articulara en un lenguaje arcano abierto a traducciones libres. Tras cinco mayorías absolutas consecutivas, el PP ciñe su lectura a una victoria más aunque le duela hasta el tuétano no ejercer la hegemonía que había tomado por rutina. Y como máximo, a la pérdida de apoyos que ha operado desde lo que ya era su suelo el PSOE, al que sigue observando (y denostando)como principal amenaza a su afán. En el lenguaje gestual de Sanz se percibe la seguridad en mantenerse en el Gobierno con el respaldo de Ciudadanos en la investidura por omisión o hasta acción. Su insistencia en que no será obstáculo para ello discurre paralela a las insinuaciones que brotan desde C´s para que dé un paso atrás. Un escenario que satisfaría a las tres partes:el PP lograría la estabilidad que repite a cada minuto, Sanz se colgaría una inopinada medalla de sacrificio y renovación y Ciudadanos conjugaría el cambio que abanderó en campaña con la promesa de no coartar la lista más votada. La nueva etapa que el 24M también ha decretado no estaría por tanto en la aritmética sino algo mucho más radical. Aplicar otras palabras también susurradas por las urnas como humildad y realismo que algunos aún no han podido (o querido) oír.

Ilustración: Forges

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Asalto en la calle

El yayo Tasio cayó anoche en la cuenta de que se había quedado sin las pastillas de dormir y se aventuró a salir de casa a última hora para llegarse a la farmacia de guardia. Nada más poner un pie en la calle le atacaron. Lo peor no es que intentaran abusar de un viejo indefenso y enclenque sino que el agresor fuera un conocido. El asaltante era el mismo velador que lleva años instalado a la puerta del portal en cuanto asomaba una miaja de sol y en los últimos tiempos ya le da igual que llueva o truene para apoderarse del espacio público. Al principio era modosito. Ocupaba un puñado de baldosas y hasta le daba una pizca de color al barrio y una alegría a la caja del bar. De pronto, empezó a medrar. Las mesas se reprodujeron como conejos, las sillas de plástico mutaron en modernos asientos metálicos que chirrían cada vez que se desplazan. Brotaron sombrillas, parieron estufas de butano, se levantaron empalizadas de metacrilato. Esa misma terracita en origen amable e inofensiva fue la que atacó al abuelo. Le acorraló sin previo aviso. Tasio intentó zafarse, pero la clientela repanchingada sobre los cojines le cerró el paso. Buscó huir por algún fino desfiladero de Termópilas militarizado de cubatas y cañas de cerveza. Imposible. No tuvieron piedad de su boina ni sus prisas por llegar a la botica. El velador le había acorralado. Para salir vivo y suplir los somníferos, pensó rendirse y pedir allí mismo una infusión de tila y valeriana. Desistió. No había un solo asiento libre.

Fotografía: Sonia Tercero

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