La Rioja

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Categoría: La Rioja
Podéis ir en paz

despedida

Hoy es domingo y Tasio sale a la calle a gozar del día. Madruga para sentir el placer solitario de las calles recién regadas, las aceras mudas. Error. Nada más poner un pie en la acera le atropella una miríada de corredores. Runners, le matiza jadeante el que va en cabeza armado de pulsómetro y una cinta alrededor de la frente. Como en Matrix, el yayo hace un escorzo desafiando la gravedad para esquivar tanto sudor reflectante. Cuando se cree ileso, recibe un golpe en la cabeza. Le ha atacado la muñeca hinchable que portan una docena borrachos uniformados con camisetas con la fotografía de un pollo. Mientras trata de volver a ponerse la boina, comprueba que el pollo estampado es en realidad el novio disfrazo, que vomita plácidamente en un rincón. En vez de pedirle perdón la cuadrilla le pregunta dónde eztá nueztro hoztal en el que pretenden destilar el alcohol acumulado. Tasio, por supuesto, les manda en dirección opuesta. Justo por donde llega lo que parece una romería de pamelas y trajes recién planchados encabezada un niño vestido de almirante. La comunión con boato de bodorrio deja al menos un aroma de laca cara al pasar y el camino expedito para el ansiado paseo. Justo en ese momento, un hombre con sonrisa de cartel electoral le da un apretón de manos y se ofrece a hacer un selfie. Antes de que Tasio pueda zafarse, reconoce al asaltante: es un candidato en plena campaña que le promete confluencia, centralidad, una pensión digna. El yayo sólo quiere un domingo en paz.

Fotografía: Juan Marín

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Películas de terror

calle mayor

El hombre lleva barba y viste de negro. Permanece de pie, con los brazos colgando, el rictus tranquilo. En el contraplano, otro individuo habla con un tercero ante la mirada de dos mujeres. «Frénalo que le mato, frénalo», parece que dice con una voz ronca. Las chicas le empujan hacia atrás cuando el ángulo gira bruscamente hacia el primer actor. Ahora sí que se mueve. Da unos pasos adelante mientras agita las manos. En la derecha sujeta algo. A pesar de que la cámara está instalada lejos de la escena, se observa perfectamente el objeto. Se trata de una navaja que blande a los que tiene enfrente. «Tira p’allá;tira p’allá», repite no se sabe a quién de todos. El de la cazadora oscura camina entonces hacia una jardinera situada a escasos metros. Esconde el cuchillo entre los arbustos casi con mimo y se limpia las manos. Fin. En los dos minutos escasos que dura el vídeo doméstico se aprecian muchos más elementos. Hay un precioso suelo de baldosas. Bancos de madera primorosamente ubicados. Una bucólica lluvia fina que empapa el encuadre. Viandantes para arriba. Viandantes para abajo. Seis de la tarde, contextualiza el autor al pie de la pantalla. La película está rodada en la calle Portales. La misma por la que multitud de turistas hacen su entrada en Logroño. Esa en la que viven personas y comerciantes tratan de hacer negocio. La misma donde Juan Antonio Bardem filmó una vez ‘Calle Mayor’ sin saber que ahora se ruedan allí cortometrajes caseros de terror cotidiano.

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Historia viva

bosque

Todos (sí, también usted) guardamos en el cajón un placer que nos avergüenza confesar. El mío consiste en escuchar al yayo Tasio. Algunas mañanas me llego hasta su casa sin ningún pretexto y me siento junto a él sobre una de las sillas del salón que reciben la luz del mediodía. No abro la boca. El abuelo se coloca frente a mí y sin más empieza a hablar. Su catálogo de historias es infinito, aunque muchas se repiten. La más recurrente es esa en la que rememora cuando de muy mocete su padre le ordenó que ese día tenía que cambiar el hatillo de libros por el zurrón y sacar a pastar las cuatro ovejas que les daban de comer en el pueblo. Según cuenta, el cielo había amanecido negro oscuro. Al llegar al otro lado de la montaña, las nubes se desbocaron y estalló una tormenta de nieve y rayos como sólo había imaginado en las leyendas. Desorientado, hambriento y calado hasta el tuétano, se agazapó en el hueco de un tronco hasta que muchas horas después sin probar bocado un vecino le rescató para devolverlo a casa medio muerto. Tasio no lo sabe, pero en cada versión introduce detalles distintos y hasta contradictorios.  Unas veces le amenazaba un lobo blanco. Otras ve pasar a lo lejos una sombra que ignora sus gritos. En ocasiones bebe su propia orina para no deshidratarse. En silencio rumio que quizá todo es mentira. O que el relato es una almazuela cosida con retales propios y ajenos. Me limito a saborear las palabras del yayo Tasio. Ni siquiera le discuto si de verdad está vivo.

Ilustración: Ona Folch y Judit Romero

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Pequeños jabalíes

jablí

La historia que más ha conmovido esta semana al yayo Tasio no se ha llevado grandes titulares. Nada que ver con offshores, corruptelas, dimisiones ni papeles (de Bárcenas, de Panamá). La atención del abuelo se la ha ganado un animalillo peludo de apenas 800 gramos. Una cría de jabalí que, todavía nadie sabe bien cómo ni por qué, apareció en el falso techo de una casa cualquiera en pleno centro de Logroño. Como en esas películas de terror psicológico donde el misterio convive con la cotidianidad de los inquilinos, los propietarios empezaron escuchar ruidos anómalos entre la escayola del baño cuando la casa permanecía en silencio. Lo que a priori barruntaban que podría tratarse de algún insecto hiperactivo o un roedor perdido entre los conductos de la calefacción resultó ser un minúsculo y tembloroso jabato encajonado en un rincón imposible. Al acabar la lectura de la noticia y llegar al punto final, Tasio empezó a gruñir. El abuelo encogió a cuatro patas, se le afilaron levemente los colmillos y le creció un pelo duro en el lomo. De pronto se sintió como aquel pequeño jabalí, débil y desorientado. Igual que el bicho, el abuelo empezó a preguntarse cómo ha llegado hasta aquí. De qué forma los años le han conducido hasta la desabrida actualidad que vive hoy, cómo ha recalado en un destino ajeno, quién ha manejado su vida sin pedirle permiso. Como el jabato, Tasio también aguarda que alguien escuche su susurro y le rescate de un mundo donde siente que no encaja.

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El hombre sin móvil

telefóno

Al acabar de charlar le pedí, por favor, su número de móvil. La solicitud venía adjunta a la promesa de que recurriría a él exclusivamente en caso de necesidad y a una hora razonable. Sólo lo marcaría si fuera preciso confirmar un dato, matizar alguna idea o aclarar un concepto para no incurrir en confusiones al transcribir. Se encogió de hombros, esbozó un sonrisa neutra y confesó lo inconfesable: no podía dármelo. La revelación ulterior elevó el nivel de conmoción. No se trataba de preservar su intimidad. Ni siquiera un tic de desconfianza que pudiera malinterpretarse. Simplemente, no tenía móvil. Ni un dispositivo de última generación ni de primera. Ninguno. Lo más impactante para un adicto por obligación a un smartphone como yo (como usted) es que quien reconocía su orfandad tecnológica no era un niño en tránsito a la adolescencia al que sus padres se resisten a regalar un terminal en desuso. Tampoco un abuelo de esos que se quedaron anclados a un teléfono rojo de góndola y piensan que PIN es el diminutivo de pan. Aquel insumiso del móvil tenía trabajo, familia, amigos. Cobertura y wifi gratis. Tenía pulgares con los que teclear un whatsapp, orejas con las que recibir una llamada, piernas para hacerlo en movimiento. El hombre sin móvil no se excusó. Ni sentía ni debía hacerlo. Tomó el boli y escribió nueve números sobre un papel donde podía localizarle sin problema. Una especie de jeroglífico que empezaba por un extraño 941.

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Sonría, por favor

rajoy

No hay nada más impostado que intentar disimular una impostura. La pérdida de la mayoría absoluta y los casos de corrupción que salpican a cada rato a los populares están obligando al partido a someterse a una mutación exprés de caras y estrategias en busca del centro del que ahora todos se proclaman dueños. En ese recorrido contrarreloj, la mayor dificultad con la que topan es la credibilidad. Para enjugarla y dar fe de su comunión con los nuevos tiempos, el PP no deja de sonreír. Una exhibición de dientes y palmadas en la espalda aliñadas con una apelación tan reiterada al diálogo que a veces roza el empalago. La sonrisa que ofrece la gaviota como si todo fuera un proceso intrínseco y espontáneo es, sin embargo, todavía forzada. En el mohín amable que proyecta aún rezuman las formas bruscas y las maneras autoritarias de las que el PP ha hecho bandera durante años como alarde de determinación frente la flacidez de otras siglas. Uno escucha la palabra consenso en boca en algunos de los dirigentes del PP y resuena el eco bien reciente del menosprecio a la oposición, la promesa de no pactar jamás, los mítines de Aznar donde la masa de proclamaba su único dios verdadero. La segunda unidad que los populares están empezando a sacar del banquillo ante el agotamiento de los titulares tiene ante sí una misión mucho más crucial que exhibir un gesto dulzón ante las cámaras: convencer de que la mano que ahora tienden no es con la que antes golpeaban.

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