La Rioja

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Categoría: La Rioja
Ultra fútbol

ultras

A veces el yayo Tasio sueña con que asiste a un partido de fútbol. Pero no a uno de esos entre clubes aficionados en un campo de tierra donde menudea patadones al área. El espectáculo con el que fantasea el abuelo es de relumbrón. Sobre el césped están anunciados dos de los mejores equipos de Europa y Tasio, alérgico a otro deporte que no sea pasear por veredas solitarias, acude a la cita con la excitación de vivir en directo un espectáculo de dimensiones épicas. De camino al estadio, en su imaginación se topa entre la marabunta de público con un puñado de ultras empapados en alcohol. El grito ronco, los bíceps tatuados, toneladas de rabia en la mirada. La multitud se hace a ambos lados como un río que se bifurca ante un dique y el yayo queda sin saber cómo frente a ese escuadrón etílico. Sin mediar palabra ni argumentos, el cabecilla del grupo le pega una hostia en su cara de viejo. No es, como el partido de fútbol que soñaba con estar a punto de ver, un puñetazo cualquiera. La agresión tiene el sello de una brutalidad profesional. Un golpe de yunque excede el daño físico para ingresar en lo inhumano. Un manotazo al que sucede otro. Y otro. Y más. Los agresores descargan en el cuerpo de Tasio un remolque de patadas, vasos rotos, sillas astilladas. Violencia en tantas formas como puede contener el catálogo del odio. Y de pronto, todo termina. Tasio se arrastra por el suelo dolorido hasta el alma. Coge el mando y apaga la televisión donde está viendo la Eurocopa de Francia.

 

Fotografía: AFP

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Lo que da de comer

calimcoho

Alguna pieza chirría en el engranaje turístico-social de Logroño cuando el visitante sale encantado al certificar los tópicos de la ciudad –su tamaño manejable, la buena gente, las bonanzas estomacales– pero una parte de quienes la habitan chocan a diario con esas presuntas virtudes. A la avalancha de despedidas de soltero con los homenajes al mal gusto que sus integrantes practican en la vía pública cada semana se ha sumado la reconversión de la icónica calle Laurel en un parque temático inclinado al bolsillo y las expectativas del foráneo que llega, disfruta, paga y se va. A ese cóctel de difícil digestión para los que acaban cercenados por pollos alcoholizados y pinchos de pitiminí a doblón, acaba de sumarse la ‘I Ruta del Calimocho’, que apuntilla la pátina de calidad que se presupone a los atractivos de la tierra con nombre de vino. Los argumentos para vadear la polémica no cuelan. Ni dotar a la mezcla de los atributos gustativos que nunca ha tenido la Coca Cola, ni presumir que así se fomenta el Rioja, ni el recurrente pretexto del retorno económico que lo mismo vale para el ascenso de la UDL que para combinar vino con burbujas dulces. Las dudas sobre la oportunidad de la iniciativa valdrán de poco. Los bares harán caja y la chispa de la vida venderá unos palés más. Pero la imagen de Logroño y por extensión de la región quedará impregnada del olor a caramelo pegajoso que deja el calimocho, incumpliendo esa máxima tan riojana de que es obligado cuidar bien lo que da de comer.

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Cuentas corrientes

rato

La senectud del yayo Tasio es proporcional a la gavilla de manías que va acumulando con los años. La más enraizada es la sospecha enfermiza de que le roban. El abuelo está obsesionado con que el nuevo inquilino del tercero ha enganchado la luz a su contador. Cada vez que baja a comprar el pan remira las vueltas por si la tendera trata de sisarle un céntimo y tampoco para de echarse la mano al bolsillo del pantalón para comprobar que su cartera sigue ahí. El catálogo de tics incluye acudir a diario al banco donde tiene domiciliada la pensión para actualizar la cartilla. Aunque en la oficina le han repetido amablemente que puede realizar el trámite en cualquiera de sus cajeros, Tasio prefiere hacer fila y esperar a que el empleado de turno lo haga personalmente. Coge el cuadernillo, lo abre por la página del último apunte y lo introduce en la máquina. El mecanismo se pone en marcha y para casi al instante, porque nunca hay más movimientos que las obligaciones de pago y la proverbial austeridad de Tasio permiten. El abuelo ha comparado su rutina con la de Rodrigo Rato y le ha invadido un sentimiento de empatía al conocer que tiene 178 cuentas corrientes en 16 países. Entrando en años como él y víctima de rarezas análogas, el yayo se imagina al exvicepresidente de Aznar peregrinando de sucursal en sucursal con su hatillo de libretas. Pidiendo por favor que se las pongan al día y levantándose las gafas cuando se las devuelven para, en su caso, cerciorarse de que nadie le roba nada de lo que él ha robado.

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Podéis ir en paz

despedida

Hoy es domingo y Tasio sale a la calle a gozar del día. Madruga para sentir el placer solitario de las calles recién regadas, las aceras mudas. Error. Nada más poner un pie en la acera le atropella una miríada de corredores. Runners, le matiza jadeante el que va en cabeza armado de pulsómetro y una cinta alrededor de la frente. Como en Matrix, el yayo hace un escorzo desafiando la gravedad para esquivar tanto sudor reflectante. Cuando se cree ileso, recibe un golpe en la cabeza. Le ha atacado la muñeca hinchable que portan una docena borrachos uniformados con camisetas con la fotografía de un pollo. Mientras trata de volver a ponerse la boina, comprueba que el pollo estampado es en realidad el novio disfrazo, que vomita plácidamente en un rincón. En vez de pedirle perdón la cuadrilla le pregunta dónde eztá nueztro hoztal en el que pretenden destilar el alcohol acumulado. Tasio, por supuesto, les manda en dirección opuesta. Justo por donde llega lo que parece una romería de pamelas y trajes recién planchados encabezada un niño vestido de almirante. La comunión con boato de bodorrio deja al menos un aroma de laca cara al pasar y el camino expedito para el ansiado paseo. Justo en ese momento, un hombre con sonrisa de cartel electoral le da un apretón de manos y se ofrece a hacer un selfie. Antes de que Tasio pueda zafarse, reconoce al asaltante: es un candidato en plena campaña que le promete confluencia, centralidad, una pensión digna. El yayo sólo quiere un domingo en paz.

Fotografía: Juan Marín

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Películas de terror

calle mayor

El hombre lleva barba y viste de negro. Permanece de pie, con los brazos colgando, el rictus tranquilo. En el contraplano, otro individuo habla con un tercero ante la mirada de dos mujeres. «Frénalo que le mato, frénalo», parece que dice con una voz ronca. Las chicas le empujan hacia atrás cuando el ángulo gira bruscamente hacia el primer actor. Ahora sí que se mueve. Da unos pasos adelante mientras agita las manos. En la derecha sujeta algo. A pesar de que la cámara está instalada lejos de la escena, se observa perfectamente el objeto. Se trata de una navaja que blande a los que tiene enfrente. «Tira p’allá;tira p’allá», repite no se sabe a quién de todos. El de la cazadora oscura camina entonces hacia una jardinera situada a escasos metros. Esconde el cuchillo entre los arbustos casi con mimo y se limpia las manos. Fin. En los dos minutos escasos que dura el vídeo doméstico se aprecian muchos más elementos. Hay un precioso suelo de baldosas. Bancos de madera primorosamente ubicados. Una bucólica lluvia fina que empapa el encuadre. Viandantes para arriba. Viandantes para abajo. Seis de la tarde, contextualiza el autor al pie de la pantalla. La película está rodada en la calle Portales. La misma por la que multitud de turistas hacen su entrada en Logroño. Esa en la que viven personas y comerciantes tratan de hacer negocio. La misma donde Juan Antonio Bardem filmó una vez ‘Calle Mayor’ sin saber que ahora se ruedan allí cortometrajes caseros de terror cotidiano.

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Historia viva

bosque

Todos (sí, también usted) guardamos en el cajón un placer que nos avergüenza confesar. El mío consiste en escuchar al yayo Tasio. Algunas mañanas me llego hasta su casa sin ningún pretexto y me siento junto a él sobre una de las sillas del salón que reciben la luz del mediodía. No abro la boca. El abuelo se coloca frente a mí y sin más empieza a hablar. Su catálogo de historias es infinito, aunque muchas se repiten. La más recurrente es esa en la que rememora cuando de muy mocete su padre le ordenó que ese día tenía que cambiar el hatillo de libros por el zurrón y sacar a pastar las cuatro ovejas que les daban de comer en el pueblo. Según cuenta, el cielo había amanecido negro oscuro. Al llegar al otro lado de la montaña, las nubes se desbocaron y estalló una tormenta de nieve y rayos como sólo había imaginado en las leyendas. Desorientado, hambriento y calado hasta el tuétano, se agazapó en el hueco de un tronco hasta que muchas horas después sin probar bocado un vecino le rescató para devolverlo a casa medio muerto. Tasio no lo sabe, pero en cada versión introduce detalles distintos y hasta contradictorios.  Unas veces le amenazaba un lobo blanco. Otras ve pasar a lo lejos una sombra que ignora sus gritos. En ocasiones bebe su propia orina para no deshidratarse. En silencio rumio que quizá todo es mentira. O que el relato es una almazuela cosida con retales propios y ajenos. Me limito a saborear las palabras del yayo Tasio. Ni siquiera le discuto si de verdad está vivo.

Ilustración: Ona Folch y Judit Romero

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