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Categoría: La Rioja
Periodismo ejemplar

sanchez

Del «está haciendo un extraordinario trabajo y lo va a seguir haciendo» al «ha sido un día complicado porque he perdido a una amiga como ministra». En menos de 24 horas, Pedro Sánchez pasó de respaldar a Carmen Montón a asumir lo inevitable después de que las irregularidades sobre el Máster en Estudios Interdisciplinares de Género cursado (sic) por la ya exministra de Sanidad abortaran cualquier pretexto ni justificación. Con el caso de Pablo Casado palpitantemente fresco en el escaparate de los escándalos y pendiente aún de una resolución, la comparación entre ambos episodios era tan elocuente que la dimisión de Montón no era una posibilidad, sino una obligación. Y como prueba, la tibia respuesta del PP, que se ha limitado a apuntar el doble rasero de los socialistas cuando en otras circunstancias hubiera clavado los dientes en la yugular del rival. Agotados los comentarios sobre la falta de rigor en la obtención de másters de todos los colores, la sobredosis de vanidad de quien entra en el juego por engordar el currículo y el descrédito de (parte) del sistema universitario al que está abocando tantos fraudes que siguen brotando, lo que más crítica merece es la segunda parte de la argumentación de Sánchez al sentenciar que su colega «ha optado por la ejemplaridad». No, Pedro, no. La ejemplaridad no es una mochila de quita y pon, sino un valor indeleble que nadie debe reclamar sino activarse automáticamente ante situaciones lacerantes. Lo realmente ejemplar es la labor de investigación periodística que ha destapado la artimaña (da igual si consciente o no) de Montón y que, de no salir a la luz, no hubiera incentivado la presunta ejemplaridad que ahora se arrogan los amigos.

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La revolución francesa

movil

Francia también acaba de estrenar un nuevo curso escolar que, como sucede aquí en un ritual que se repite cada año, viene marcado por un puñado de cambios. En el caso del país vecino, la principal novedad nada tiene que ver con asuntos estrictamente académicos como la extensión bilingüismo, la apuesta por la FP o la asignatura de religión, que allí hace tiempo se ha entendido que no cabe en las aulas. Lo que marca la diferencia desde ahora en los centros franceses no es de lo que disponen sus alumnos, sino lo que han dejado de tener:dispositivos móviles. Cumpliendo una de sus promesas electorales, Macron ha sacado adelante la Ley que prohibe el uso de teléfonos, tabletas y relojes inteligentes en las escuelas de Primaria y Secundaria hasta los 15 años. La medida no es cualquier cosa. Doce millones de estudiantes franceses no podrán durante el curso pajarear a hurtadillas (o descaradamente) por Internet mientras discurren las clases ante la frustración del profesor y las limitaciones de autoridad para atajar esa proliferación. Está por ver el efecto de la prohibición, porque el nivel de adicción tecnológica entre los chavales que aquí ha reconocido hasta Isabel Celaá es tal que puede suponer un paso decisivo hacia la excelencia educativa o derivar en una masiva revolución de adolescentes con síndrome de abstinencia digital. Francia ha llegado a este punto al constatar que el abuso del móvil disminuye la capacidad de atención del menor, le expone a contenidos violentos y/o pornográficos y aumenta el sedentarismo. Se trata, como ha declarado el ministro galo de Educación, de un mensaje que su país lanza a la sociedad francesa pero también al resto de Europa. Un mensaje rotundo que no puede leerse por WhatsApp.

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El mayor respeto

abuelo

El yayo Tasio contendría las ganas de darles un mandoble en la cara a cada uno de los tres, pero cogería a todos de las orejas y se los llevaría al pueblo. Les quitaría el móvil y sin cobertura ni nadie alrededor que les ría sus presuntas gracias, miraría directamente a esos seis ojos para conocer los porqués. Por qué desprecian a los demás. Por qué disfrutan abusando de los más débiles. Por qué la semana pasada se ocultaron detrás de unas máscaras y rociaron de nata a un anciano sentado en un banco que seguramente se parece mucho a Tasio con la cobarde intención de burlarse de él y subir su hazaña (sic) a Youtube para amplificar el desprecio. El abuelo ya barrunta que no encontrará respuesta. Alguien tan despreciable como para ser capaz de perseguir el placer mofándose del otro no puede ser capaz de articular ninguna razón. Un daño además que excede lo físico porque hiere en lo más profundo de la persona, en la dignidad que nadie, y menos tres niñatos sin moral, tiene derecho ultrajar de la manera más vil. Pero, sobre todo, porque su víctima principal ha sido un anciano al que todos (sus atacantes los primeros) deben un respeto mayúsculo por las canas que gasta, por el tiempo que ha vivido y tal vez sufrido, porque si una sociedad es incapaz de apreciar y defender a sus mayores tiene su futuro podrido. Mientras esos tres jóvenes sobre los que pesará para siempre el asco y la repulsa miran seguramente a Tasio sin una pizca de arrepentimiento, el abuelo se congratulará en la confianza de que son una anécdota. Que en la mayoría de los chavales de su edad late un sentimiento de educación hacia todos en general y hacia los más veteranos en particular.

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Recordar para vivir

recuerda

Ingresar en los dominios del yayo Tasio es adentrarse en un abigarrado parque temático de lo aparentemente inútil. Aunque la casa no es ni mucho menos grande, con el tiempo ha desplegado una portentosa habilidad para estirar las estancias donde apilar los objetos más variopintos. En su afán de recopilación no hay síndromes ni locura. Todos los cachivaches reposan almacenados en el mismo espacio donde respira como en una gran empresa de logística, con la única diferencia de que el abuelo es el único gerente de sí mismo capaz de orientarse en ese orden anárquico. Basta con preguntar al domador del caos por una foto concreta, las primeras gafas que le recetó el oftalmólogo, la camisa con que se casó. Tasio penetra en su particular manglar, aparta lianas de polvo y telarañas y extrae como por ensalmo el objeto invocado. Los trastos forman montañas hasta el techo. Han saturado las cómodas, colonizado estanterías, cubierto paredes, conquistado los bajos de la cama, los altillos de los armarios. No hay rincón sin apreturas. En el universo privado del yayo hay de todo. Y no es una manera de hablar. En algún lado que sólo él conoce reposan fotos de la primera comunión. De la suya y del resto de la familia. A su lado, invitaciones de boda escritas con letra gótica (se ruega confirmación) y los recortes de esquelas de quienes conoció alguna vez. Los souvenirs que le trajimos de todas las vacaciones, la trenza de mi hermana cuando decidió llevar el pelo corto, la llave de hierro de la casa del pueblo en ruinas… Alguna vez, cuando temo que esas torres de chismes fatuos nos sepulten, le sugiero que se deshaga de algunos. Y él me pregunta con estupor por qué quiero amputar los recuerdos. Borrar su memoria. Que muera en vida.

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Campamento de verano

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La España Vacía trae como efecto colateral la desaparición de pueblos y con ello, la materia prima básica para que un niño pueda cursar asignaturas troncales en su formación emocional. Sin ese entorno rural aún sin desbastar cada vez se hace más complejo experimentar sensaciones como buscar la sombra debajo de una higuera salvaje, pincharse con las ortigas del camino, engullir a deshoras comida que en la propia casa jamás cataría o localizar una poza donde adentrarse con los pies descalzos sintiendo las punzadas de las piedras del fondo y viendo a los alevines huir cada vez que el chaval está a punto de resbalarse. El sustitutivo para quien aún cree que perder el tiempo aporta más nutrientes que aprovechar los meses de verano aprendiendo idiomas en el extranjero o exprimiendo otras capacidades intelectuales es el campamento. La oferta es infinita. Campamentos de aventura y temáticos. En la otra punta del mundo o a escasos kilómetros del propio hogar. Campamentos en tiendas azulonas a la intemperie y letrinas de cal o con literas en un albergue higienizado. A todos, sin embargo, les falta verdad. Como esos sucedáneos en los que el consumidor cree comer naturaleza en vez de plástico procesado, el campamento trata de suplir las proteínas rurales con un envoltorio de celofán. Los padres reciben puntualmente fotos del mocete regando un huerto, mirando ovejas a través de la valla, bebiendo a morro de la fuente. Y cuando vuelven a casa estreñidos con las rodillas marcadas de postillas y la pulsera de hilo que han tejido para regalar a sus papás, aún no saben que aquello no convalida pasar el verano en uno de esos pueblos cada vez más escasos donde la autenticidad no se compra por quince días.

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Manual de uso

libros

Hágase con uno. O hasta con varios. No es ni siquiera obligatorio que lo compre. Puede tomarlo prestado temporalmente de una biblioteca pública y, en caso de que tenga un sentido extremo de la propiedad y opte por adquirirlo, dispone de una amplísima de gama de precios, tamaños y niveles de desgaste. El contenido desaeado también está en su mano. Las opciones respecto a la historia que esté escrita en sus páginas son inabarcables. Sólo depende de sus gustos, aunque si me permite una sugerencia, le aconsejo un punto de infidelidad y decantarse por criterios subjetivos. Déjese embaucar por el diseño de la portada, el olor que desprende la tinta o el comentario estimulante de algún conocido que ya lo haya leído. Si usted se fía de alguien, su criterio literario no puede ser malo y podrá así tejer una red invisible de referencias mutuas muy útiles cuando ya no queda nada que decir. Incluso si al llegar al punto final no experimenta esa satisfacción plena que le habían pronosticado, también eso le avalará para poder discutir sin ningún afán más allá que la porfía inútil. Déjese llevar. Picotee entre títulos improbables, autores ignotos, obras denostadas por la crítica, géneros en los que nunca haya militado. El volumen que se caiga de la estantería cuando esté rebuscando entre los anaqueles también es un buen candidato. Puede atreverse con los clásicos sin renunciar a explorar nuevos territorios. Y viceversa. La oferta es casi infinita y el tiempo, aunque limitado, se estira misteriosamente cuando la lectura se convierte en vicio. No se preocupe si el papel se arruga, si le caen unas gotas de aguas o alguien ha subrayado antes una frase certera. Ese libro es ahora un libro único.

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