La Rioja
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Seguridad urgente

san pedro

El relato de la brutal agresión sufrida por una celadora hace ahora una semana en las Urgencias del Hospital San Pedro resulta escalofriante. Los testigos del incidente describen a un hombre descubierto con convulsiones en la calle que es trasladado hasta allí y que, después de ser atentido, regresa y hace estallar el pánico hasta el punto de golpear repetidamente en la cabeza a la profesional sanitaria con una bombona de oxígeno. Gente huyendo despavorida por los pasillos, enfermos y personal encerrados en los baños para no ser las siguientes víctimas, un héroe improvisado que frena por un instante al agresor, un parte de lesiones que incluye fractura craneal, rotura de huesos, derrame cerebral. La descripción es aún más estremecedora por lo sencillo que resulta visualizar el escenario: ese tan cotidiano al que miles de riojanos han tenido que acudir en algún momento bien como pacientes o acompañantes con la suerte, eso sí, de no haber topado con algún trastornado como el que el domingo estuvo a punto de protagonizar un drama. Pasado el mal trago, repletas las concentraciones de apoyo a la celadora atacada y con el deseo común de que se recupere, toca la reflexión. Por qué fallaron las medidas de protección cuando Urgencias y Psiquiatría concentran anualmente el mayor número de agresiones. Dónde estaban los que velan por la seguridad de un lugar al que acude a diario innumerable público. Cuál es la garantía de que quien entra allí para trabajar o ser curado, no va a salir malherido.

Fotografía: Miguel Herreros

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Miradas raras

enfermedades raras

Hay algo mucho peor que padecer una enfermedad: no saber cuál es. Le ha ocurrido o le ocurrirá en el futuro a cientos de personas en La Rioja y miles en el mundo. El paciente acude al médico, pero si su cuadro no se ajusta a los estándares de una patología reconocible recibe el pasaporte para iniciar un peregrinaje incierto que acostumbra a prolongarse durante años. Un especialista remite a otro. Y éste a un tercero que quizás le derive a alguno más aquí o allá. Agostado por la incertidumbre, frustrado de recitar hasta la saciedad sus síntomas y someterse a análisis, biopsias y pruebas que nunca son concluyentes mientras su metabolismo se deteriora, el paciente entra en un bucle de esperanza/frustración que sólo se ataja cuando algún experto es por fin capaz de dar con cuál es su mal. Se provoca entonces una paradoja que sólo quien sufre una de las más de 7.000 enfermedades raras identificadas hasta ahora puede explicar. Poner por fin nombre (esdrújulo, alambicado, ignoto) a su dolencia supera saber al mismo tiempo que en la mayoría de los casos no existe cura ni tratamiento posible. Sin embargo, lo que no puede superar el alivio parcial que conlleva disponer de un diagnóstico definitivo es la incomprensión circundante. Las miradas extrañas de un entorno que no asume la diferencia ni siquiera en la enfermedad. Una sociedad más rara aún que esas patologías impronunciables a la que cuesta entender el dolor de los demás aunque, tal vez, un día engrosará esa minoría.

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Señoras y señores

mato

Ana Mato no sabía nada.  Llegaba el cumpleaños de sus hijos y, como cualquier madre, se afanaba por organizar la mejor fiesta posible junto a sus compañeritos de clases con globos, payasos, chucherías y tal vez emparedados de Nocilla. Cuando sacaba un hueco entre sus intervenciones en el Congreso, la exministra se encargaba seguramente de contactar con el resto de padres. Hacía una lista de posibles invitados –esta sí, porque vais juntos a clase de pádel; este no, que es un pegón y dice palabrotas–, dibujaba por la noche las invitaciones con rotuladores de brillantina y ponía una nota al pie de las cartulinas de colores: se ruega confirmación. Del resto del evento, ni mu. Los gastos corrían a cargo de otra persona. Concretamente, del señor Sepúlveda. Sentada en el banquillo, a preguntas sobre los regalos de Correa y compañía, Mato habla de su exmarido como un intruso. Un alien tan ajeno y respetable que no merece ser llamado por su nombre sino con el título de señor. Ella se encargaba de la logística, pero las facturas las pagaba no sabe cómo aquel extraño. Que fuese entonces su marido es irrelevante. El suyo no era una hogar, sino una empresa mercantil. En vez de cohabitar en un dormitorio, coincidían en su particular consejo de administración doméstico. Lo más escalofriante del testimonio de Mato no es su dejadez por el dinero, que por un hijo se hace todo, sino la gélida distancia con la que habla del que con un día casó. Si a usted en casa dejan de tutearle, vaya haciéndose a la idea de que ya es un don (o una doña) nadie.

Fotografía: EFE

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La Rioja con Rioja

vino de Rioja

El 9 de junio del 2009 se dio por inaugurada la crisis con un gesto tan pequeño como trascendente. La entrega de distinciones y la exaltación del terruño propios de la jornada sacó de sopetón del programa el clásico ágape que cerraban los fastos. La decisión dejó para la historia aquellas imágenes del claustro del monasterio de Yuso a reventar de público apostado ante mesas rebosantes de canapés mientras rellenaban sus copas y (algunos) dirigentes limaban distendidamente sus diferencias públicas. A unos les pareció una medida entre excesiva y demagógica dado lo señalado del evento. Otros la aplaudieron, asumiendo que mientras una mayoría sufría recortes de todo tipo –perdón, ajustes– no era de recibo que políticos e invitados hicieran exhibición de derroche. Las ediciones posteriores no sólo mantuvieron la abstinencia, sino que la concesión de galardones y los discursos oficiales se confinó al refectorio para inyectar una dosis extra de austeridad. Sin transición, en el 2016 el Rioja ha regresado al Día de La Rioja. Como si se hubiera decretado el final de las penurias, el vino ha vuelto a correr por San Millán. Y todos bebieron. Ni las botellas que se descorcharon ni las que dejaron de hacerlo son la solución a una crisis mayúscula, pero la imagen, al menos, proyectaba un mensaje de la contención exigida al resto que además la rutina había normalizado. Ahora, por lo visto, el único ahorro es en expresidentes de La Rioja que no acuden al Día de La Rioja.

Fotografía: Fernando Díaz

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El papel de la memoria

El futuro de Unipapel se antoja cada vez está más arrugado. En el rostro de sus 64 empleados se dibujan unas estrías tristemente demasiado vistas ya: las que provoca ver pasar los meses sin cobrar la nómina y comprobar que los pedidos escasean. La piel empieza a contraerse con el runrún de inversiones de interés incierto, sigue agrietándose al certificar que las máquinas cada jornada funcionan un poco más lentamente y se hacen cicatriz el día que no aparece un compañero de turno. Ojalá las movilizaciones surtan efecto. Que las conversaciones con la dirección abran un resquicio, por pequeño que sea, en el encapotado futuro de la compañía. Porque si no es así, con la verja de la planta se cerrarán además colateralmente un puñado de recuerdos imborrables para una generación entera de logroñeses. Aquellos que de mocetes, en los pupitres de melamina verde de un colegio de EGB, escuchaban del profesor que al día siguiente en vez de clase había visita a una fábrica. La chavalería cruzaba los dedos y saltaba de alegría si el autobús les llevaba a Unipapel. Allí olía a celulosa recién tratada –un aroma sólo equirable al de las galletas de chocolate en Marbú en otra de las excursiones míticas–, el tamaño era el de los grandes blocs de dibujo o las libretas que cabían en el bolsillo y el color, tan brillante como las tapas del rebosante material que el visitante se llevaba a casa en una bolsa (de papel) al concluir el recorrido como el mayor regalo que la industria riojana podría darle.

Fotografía: Justo Rodríguez

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Ser ciudadano

ciudadanos

Ciudadanos obtuvo su primer triunfo electoral antes incluso de concurrir al 24M. Fue una victoria semántica. La simple denominación del partido condicionó el discurso del resto y sus rivales circunvalaron en sus intervenciones incluir un nombre tan genérico y goloso en campaña –en el mismo rango que Podemos, que también atinó al bautizarse rehuyendo de siglas apolilladas– no fuera a ser que se entendiera como propaganda gratuita para los de Diego Ubis. Para referirse a ellos, la inmensa mayoría optó por señalarlos como la marca blanca del PP, los populares enmascarados o esos advenedizos que nadie conoce con un líder catalán. Epítetos de los que ahora que el partido naranja se ha convertido en llave de gobernabilidad todos han olvidado mientras firman lo que les ponen delante con tal de no perder su cuota de poder.  Su conquista también ha estado en el terreno de la oposición, ganando buena parte de su espacio y sus aspiraciones. Porque la  virginidad política que cunde en sus filas y de la que han hecho gala desde su origen es sólo parcial.  Además de exmiembros de UPyD, en su cúpula tampoco faltan antiguos integrantes del PR que, ironías otra vez la semántica, abandonaron el regionalismo disconformes con la fusión de aquel efímero Ciudadanos de Julio Revuelta. En las manos de Ciudadanos queda ahora descubrir el significado real de esa otra palabra tan electoralmente rentable que se leía bien grande en sus carteles: cambio.

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teri 17-05-2016 | 10:06 en:
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replicante 07-12-2014 | 20:14 en:
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