La Rioja
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Recuperar la memoria

logrono

Si un día de estos se pierde, búsquese a sí mismo en la sala de exposiciones del Ayuntamiento de Logroño. Producida por la Casa de la Imagen, la muestra recoge un imprescindible catálogo de fotografías y negativos procedentes de los archivos Jalón-Ángel y Payá que abarcan desde 1935 hasta el 2000. Explore detenidamente cada una de las estampas que cuelgan de las paredes, porque usted está presente sin saberlo en cualquiera de ellas. O en todas.  Quizás en algún rincón de las imágenes que reflejan aquella ciudad a medio hacer con una pátina todavía de pueblo. Como parte del público anónimo que recorre ajeno a la cámara que les apunta aceras sin construir, rotondas sin proyectar, edificios que ahora son inherentes al paisaje urbano pero que en aquellas décadas ni siquiera estaban imaginados. También es posible que se haya desorientado por entre cuadros vacíos de humanidad. En el interior de un camión de reparto de galletas Marbú (¿o es de yogures Chamburcy?) que posa impertérrito en un día diáfano. O sobre el escay de los butacones de salas de fiesta inertes. Si aún así todavía anda perdido, pregúntese por sí mismo en el frontal de los retratos. Un Logroño entero reposa ahí, mirándole. En fotos de familia delante de un tapiz de caza; en felices parejas inmortalizando su boda con poses ingrávidas; en recordatorios de comunión donde los niños ven a dios en la luz que les dispara el fotógrafo. Reencontrándose de cada una de esas fotos que remiten al presente desde un pasado colectivo, recuperará la memoria extraviada.

Fotografía: Archivos Jalón-Ángel y Payá

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Pasión en las aulas

Clases del "Islam" en una mezquita de la calle Beatos Mena y Navarrete de Logroño

Las dos sentencias que recientemente han reconocido el derecho de sendas a familias a que sus hijos reciban enseñanza religiosa islámica en los centros de La Rioja donde estudian abre un debate apasionante. En el sentido más plen o del adjetivo. El fallo ha hecho saltar muchas costuras parcheadas hasta ahora con fragilidad. Para empezar, la morosidad que históricamente había mostrado el Gobierno a aplicar una opción que, al margen de cualquier otro matiz, está reconocida por la ley si se cumplen unos requisitos operativos bien definidos e implantada ya en otras comunidades. Pero lo que ahora queda en tela de juicio es sobre todo el papel de la religión en las aulas como asignatura evaluable dentro del currículum. Una disfución a la que se ha venido mirando con los ojos cerrados en favor de una sola confesión (la católica) y sólo cuando otra lo ha reclamado en las mismas condiciones que le ampara la norma empieza a cuestionarse. Ahí emergen también rutinas hasta el momento pasadas por alto, como la negativa de algunos colegios concertados a ofrecer la posibilidad de estudiar valores como alternativa reconocida oficialmente invocando los valores del centro que los padres asumen al formalizar la matrícula. Un argumento que, sin embargo, la Diócesis parece aparcar abriéndose a habilitar la asignatura de religión islámica pese a que la comunidad musulmana en La Rioja no lo contempla entre sus máximos al operar, en una y otra dirección, en el terreno de las creencias. Apasionante.

Fotografía: Justo Rodríguez

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Olor a barrio

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La reivindicación de Los Lirios de instalar una pasarela que evite a sus vecinos jugarse la vida cada vez que cruzan la circunvalación de Logroño huele a otros tiempos, cuando vivir en un barrio era algo más que hacerlo circunstancialmente aquí o allá y sus habitantes formaban parte de aquel todo en cuanto se asentaban allí. Una época en la que al ser preguntado casi nadie se identificaba con una calle concreta y sí con una zona de la ciudad que le ubicaba para el resto pero también para sí mismo. La imagen de buena parte de los inquilinos de Los Lirios atravesando en comandita cada viernes el paso de cebra ‘de la muerte’ llevando de la manos a sus hijos resulta encomiable. Más aún en un presente en que movilizarse es un valor a la baja y nadie acostumbra a exigir desde su propia burbuja mucho más allá de lo que indivualmente le resulta rentable. Los reiterados accidentes registrados en esa zona, las denuncias trasladas a nivel político, el compromiso arrancado de las instituciones dicen que el barrio empieza a ser tenido en cuenta. Otra cosa será que esa ansiada pasarela sea una realidad en breve. Que la palabra comprometida desde el Ayuntamiento o el Parlamento se evapore entre una niebla de burocracia y trabas admnistrativas o mucho peor, en el humo de demagogias encendidas al calor de unas elecciones. La circunvalación abrió una brecha en la ciudad que costará décadas suturar, pero al menos el gesto de Los Lirios dice que los barrios pueden unirse con un fin común.

Fotografía: Miguel Herreros

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Gloria al fracaso

fracaso

La modesta localidad sueca de Helsingborg acaba de inaugurar una galería única en el mundo. Se llama Museo del Fracaso y en él se recopilan algunos de los mayores fiascos de la historia de la humanidad. Un puñado de esos lanzamientos comerciales, por parte principalmente de grandes compañías, que auguraban transformar el mundo pero a los que el consumidor dio la espalda hasta quedar arrinconados en el cajón de las frustraciones. El éxito de la iniciativa ha sido fulgurante. Tanto es así, que sus promotores ya planean enriquecer la muestra con veladas sobre despropósitos variados y animan a engrosar sus fondos con más propuestas tan absurdas como olvidadas. Lo que no especifica la invitación es si su catálogo también queda abierto a los fracasos personales. Ese cúmulo de decisiones que la mayoría hemos adoptado alguna vez en la vida con la mejor de las intenciones pero salieron por la culata, unas veces de forma reversible y otras sin solución. Helsingborg entero se quedaría pequeño para recopilarlas todas, pero a cambio se garantizaría una respuesta masiva del público extasiado al certificar que otros ya cometieron (cometen y cometerán) sus mismos errores, que no es obligatorio esconderlos en el rincón de la vergüenza para no parecer ni débil ni estúpido y que, en el fondo, el fracaso tiene el encanto de lo auténtico y transgresor. Esa épica de la rebeldía en contra de lo que uno mismo o quizás los demás esperan y que encumbra a los fracasados en el altar de los héroes sin medalla.

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La silla vacía

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Cuando alguien muere asalta la tentación de recordar la cercanía que uno tenía con el fallecido o rememorarlo con adjetivos excelsos. Yo tenía una relación muy periférica con Juanín y tampoco me atrevo a encumbrar gratuitamente las muchas virtudes que acumulaba. Le conocí la primera vez que pisé una redacción de verdad. Él era ya un periodista de largo recorrido y yo un alumno en prácticas. La voluntaria obligaciónde pasar el verano experimentado in situ lo que decían los libros me llevó un 1 de julio junto a otro compañero hasta el portal del centro de Logroño donde se ubicaba entonces Radio Nacional. Cuando traspasamos la puerta, topamos con un grupo de profesionales enfrascados en la tarea de elaborar el informativo del día. El director nos dio la bienvenida, hicimos un somero recorrido por las instalaciones y nos invitó a leer la prensa sin molestar demasiado hasta que alguien nos encomendara alguna tarea. Sólo recuerdo que no teníamos dónde sentarnos. O quizás no nos atrevíamos a hacerlo en un hábitat tan ajeno e imponente para nuestros ojos novatos. Al vernos ahí de pie, como dos extraterrestres despistados y cohibidos, Juanín se quitó los auriculares. Arrastró con toda amabilidad unos asientos vacantes, comprobó quién estaba de vacaciones y nos improvisó un par de puestos de trabajo en los que permanecimos hasta el final del verano. Años después coincidimos en alguna rueda de prensa. Luego, cuando se jubiló, paseando por la calle. Ahora que pienso en él sólo veo su sonrisa y una silla vacía.

Fotografía: Sergio Espinosa

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Mil mamíferos ciegos

milmamiferosciegosportada

Tras una abultada trayectoria literaria cristalizada desde en dos obras ilustradas hasta en su participación en varios volúmenes colectivos –‘La Aldea de F.’ y ‘Pelos’– y un transgresor libro de relatos propio –‘Casi tan Salvaje’–, Isabel González (Zaragoza, 1972) debuta en el territorio de la novela fiel a la originalidad apuntada hasta ahora y una voz tan genuina como los universos que explora. El andamiaje sobre el que construye ‘Mil mamíferos ciegos’ está sostenido por tres personajes enmarcados inicialmente en mundos distantes. El primero en asomar es Yago, un hombre desterrado de sí mismo que vagabundea aislado en el bosque mientras talla troncos y envía cartas en una búsqueda incansable de lo mismo que huye. En el contraplano, Santi y Eva se debaten en la ciudad contra sus demonios personales de pareja con la obligación de quererse pese a ellos mismos.

González construye sobre ese trío un crisol de contrarios que es precisamente uno de los imanes de la novela. Un enfrentamiento constante entre la naturaleza y lo urbano, la comunión social y la soledad del individuo, la necesidad de amor y el placer del desencanto. La autora extiende esa contraposición del fondo a las formas con un especial gusto por la experimentación, estructurando la novela en capítulos protagonizados de manera alterna por uno y los otros junto a sus respectivos mundos hasta que todo confluye en un sorprendente final. Una apuesta por la antítesis que alcanza también a la propia edición de la novela con la introducción de tramas en diversos colores e incluso interpelaciones a modo de fractura del hilo conductor, superando así el libro como una simple acumulación de palabras hasta convertirlo en un artefacto físico sin el que resulta imposible entender la historia que contiene. En ese nada condescendiente balanceo entre escenarios enfrentados, ‘Mil mamíferos ciegos’ se inclina, o al menos aporta sus momentos más lúcidos, en el hábitat que acoge a Yago. Quizás por su reconocida querencia hacia lo rural como origen y refugio, González captura en el retrato interior de su personaje y el paisaje donde se inscribe una esencia que destila el olor de otras propuestas que en los últimos tiempos toman el campo como punto de partida y meta, unas veces a modo de ensayo y otras como recurso narrativo. En el caso de la escritora aragonesa afincada en Madrid no cabe impostura en esa tendencia y se decanta por envolver con ese aroma lo que acaba siendo una fábula adulta sin moraleja. O, mejor dicho, tantas como cada uno de los lectores pueda reconocer de acuerdo a su propia experiencia. Ahí reside también otra de las singularidades de este desasosegante debú:interpelar sin exigir una sola respuesta.

Sin embargo, uno de los más estimulantes hallazgos de ‘Mil mamíferos ciegos’ es el acerado uso del lenguaje. Es esa reverberación poética con la que González presenta cada escena y disecciona el (intrincado) reverso de sus protagonistas la que dota al libro de una rotundidad que le condecora como una de las firmas con mayor proyección de entre quienes militan más allá de los convencionalismos y la ortodoxia.

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