La Rioja
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La hoguera de las ambigüedades

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Es de suponer que los asesores de Cristina Cifuentes, que habrán pasado semanas en vela y taquicardias brutales hasta concretar una salida al escándalo del máster que no cursó, ya habían anticipado el choteo que suscitaría su respuesta al entuerto. Renunciar a algo que nunca se ha tenido es un sofisma tan burdo que provoca la risa floja si no fuera por la gravedad de la situación que salpica a una universidad pública (¿cuál hubiera sido el calibre de la crítica de ser un centro privado?) y, en general, al nivel ético de más un responsable político. La todavía presidenta de la Comunidad de Madrid cuenta con una legión de asistentes de la que no disponen todos los dirigentes sobre cuyo currículo se ha puesto estos días la lupa a rebufo del ‘caso Cifuentes’. Una somera recapitulación de la formación y títulos que reconocen oficialmente los más cercanos arroja varias conclusiones. Desde la urgencia de algunos por matizar/eliminar la información aportada en su momento, hasta el interés ahora de la gente de a pie por comprobar de un solo golpe de vista la preparación académica y/o profesional de quienes tienen en sus manos algo tan vital como la gestión pública o su control. En paralelo se descubre la laxitud que cunde en todas las instituciones no sólo por recabar este tipo de datos ahora que se llenan las bocas con la palabra transparencia, sino por contrastar mínimamente los CV aportados. Y mientras unos modulan sus máster al amparo de una ambigüedad esta vez semántica, otros se abalanzan sin pedirlo a mostrar sus certificados sin entender aún que lo que la ciudadanía está reclamando no es una pila cuanto más grande mejor de legajos con sello oficial, sino que digan la verdad. Simplemente.

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Ganar a las encuestas

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Mientras está leyendo estas líneas puede que esté brotando una nueva encuesta que solapará a la que se publicó hace cinco minutos y que quedará caduca dentro de diez, cuando una nueva confirme (o desmienta) la anterior. Si no llega a sus oídos el resultado, los partidos se encargarán de hacerlo porque todos encontrarán en ella un dato que les avalará. Aunque retrocedan en la escala, a pesar de que su líder pierda puestos sobre el oponente, sin importar que el tamaño de las siglas mengüe. Y cuando ya no puedan retorcerlo más, en ese momento en que estrujando las cifras sean incapaces de destilar ningún aspecto favorable, se encargarán de minusvalorarlas. Incluso despreciarán sin disimulo el sondeo hasta el siguiente que aúpe sus aspiraciones, aunque provenga de la misma fuente y siga un método idéntico. Entonces, lo que para unos será sólo la radiografía de un instante fijo con una validez coyuntural, para otros resultará la evidencia de una tendencia incontestable. Es comprensible la fascinación que provoca la demoscopia. Nadie puede sustraerse a esa borrachera de colores, el vaivén de porcentajes y barras fluctuantes. Golosas tartas que medran y se encogen, con sobredosis de cocina y digestión inmediata que cuando se eructan saben a sueños de poder. Así se gobierna (o se aspira a gobernar), a golpe de encuestas. Entre la euforia contenida y el canguelo disimulado. Con la esperanza de que si no se vence en las urnas, al menos sea posible ganar a las encuestas.

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Recuperar la memoria

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Si un día de estos se pierde, búsquese a sí mismo en la sala de exposiciones del Ayuntamiento de Logroño. Producida por la Casa de la Imagen, la muestra recoge un imprescindible catálogo de fotografías y negativos procedentes de los archivos Jalón-Ángel y Payá que abarcan desde 1935 hasta el 2000. Explore detenidamente cada una de las estampas que cuelgan de las paredes, porque usted está presente sin saberlo en cualquiera de ellas. O en todas.  Quizás en algún rincón de las imágenes que reflejan aquella ciudad a medio hacer con una pátina todavía de pueblo. Como parte del público anónimo que recorre ajeno a la cámara que les apunta aceras sin construir, rotondas sin proyectar, edificios que ahora son inherentes al paisaje urbano pero que en aquellas décadas ni siquiera estaban imaginados. También es posible que se haya desorientado por entre cuadros vacíos de humanidad. En el interior de un camión de reparto de galletas Marbú (¿o es de yogures Chamburcy?) que posa impertérrito en un día diáfano. O sobre el escay de los butacones de salas de fiesta inertes. Si aún así todavía anda perdido, pregúntese por sí mismo en el frontal de los retratos. Un Logroño entero reposa ahí, mirándole. En fotos de familia delante de un tapiz de caza; en felices parejas inmortalizando su boda con poses ingrávidas; en recordatorios de comunión donde los niños ven a dios en la luz que les dispara el fotógrafo. Reencontrándose de cada una de esas fotos que remiten al presente desde un pasado colectivo, recuperará la memoria extraviada.

Fotografía: Archivos Jalón-Ángel y Payá

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Pasión en las aulas

Clases del "Islam" en una mezquita de la calle Beatos Mena y Navarrete de Logroño

Las dos sentencias que recientemente han reconocido el derecho de sendas a familias a que sus hijos reciban enseñanza religiosa islámica en los centros de La Rioja donde estudian abre un debate apasionante. En el sentido más plen o del adjetivo. El fallo ha hecho saltar muchas costuras parcheadas hasta ahora con fragilidad. Para empezar, la morosidad que históricamente había mostrado el Gobierno a aplicar una opción que, al margen de cualquier otro matiz, está reconocida por la ley si se cumplen unos requisitos operativos bien definidos e implantada ya en otras comunidades. Pero lo que ahora queda en tela de juicio es sobre todo el papel de la religión en las aulas como asignatura evaluable dentro del currículum. Una disfución a la que se ha venido mirando con los ojos cerrados en favor de una sola confesión (la católica) y sólo cuando otra lo ha reclamado en las mismas condiciones que le ampara la norma empieza a cuestionarse. Ahí emergen también rutinas hasta el momento pasadas por alto, como la negativa de algunos colegios concertados a ofrecer la posibilidad de estudiar valores como alternativa reconocida oficialmente invocando los valores del centro que los padres asumen al formalizar la matrícula. Un argumento que, sin embargo, la Diócesis parece aparcar abriéndose a habilitar la asignatura de religión islámica pese a que la comunidad musulmana en La Rioja no lo contempla entre sus máximos al operar, en una y otra dirección, en el terreno de las creencias. Apasionante.

Fotografía: Justo Rodríguez

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Olor a barrio

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La reivindicación de Los Lirios de instalar una pasarela que evite a sus vecinos jugarse la vida cada vez que cruzan la circunvalación de Logroño huele a otros tiempos, cuando vivir en un barrio era algo más que hacerlo circunstancialmente aquí o allá y sus habitantes formaban parte de aquel todo en cuanto se asentaban allí. Una época en la que al ser preguntado casi nadie se identificaba con una calle concreta y sí con una zona de la ciudad que le ubicaba para el resto pero también para sí mismo. La imagen de buena parte de los inquilinos de Los Lirios atravesando en comandita cada viernes el paso de cebra ‘de la muerte’ llevando de la manos a sus hijos resulta encomiable. Más aún en un presente en que movilizarse es un valor a la baja y nadie acostumbra a exigir desde su propia burbuja mucho más allá de lo que indivualmente le resulta rentable. Los reiterados accidentes registrados en esa zona, las denuncias trasladas a nivel político, el compromiso arrancado de las instituciones dicen que el barrio empieza a ser tenido en cuenta. Otra cosa será que esa ansiada pasarela sea una realidad en breve. Que la palabra comprometida desde el Ayuntamiento o el Parlamento se evapore entre una niebla de burocracia y trabas admnistrativas o mucho peor, en el humo de demagogias encendidas al calor de unas elecciones. La circunvalación abrió una brecha en la ciudad que costará décadas suturar, pero al menos el gesto de Los Lirios dice que los barrios pueden unirse con un fin común.

Fotografía: Miguel Herreros

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Gloria al fracaso

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La modesta localidad sueca de Helsingborg acaba de inaugurar una galería única en el mundo. Se llama Museo del Fracaso y en él se recopilan algunos de los mayores fiascos de la historia de la humanidad. Un puñado de esos lanzamientos comerciales, por parte principalmente de grandes compañías, que auguraban transformar el mundo pero a los que el consumidor dio la espalda hasta quedar arrinconados en el cajón de las frustraciones. El éxito de la iniciativa ha sido fulgurante. Tanto es así, que sus promotores ya planean enriquecer la muestra con veladas sobre despropósitos variados y animan a engrosar sus fondos con más propuestas tan absurdas como olvidadas. Lo que no especifica la invitación es si su catálogo también queda abierto a los fracasos personales. Ese cúmulo de decisiones que la mayoría hemos adoptado alguna vez en la vida con la mejor de las intenciones pero salieron por la culata, unas veces de forma reversible y otras sin solución. Helsingborg entero se quedaría pequeño para recopilarlas todas, pero a cambio se garantizaría una respuesta masiva del público extasiado al certificar que otros ya cometieron (cometen y cometerán) sus mismos errores, que no es obligatorio esconderlos en el rincón de la vergüenza para no parecer ni débil ni estúpido y que, en el fondo, el fracaso tiene el encanto de lo auténtico y transgresor. Esa épica de la rebeldía en contra de lo que uno mismo o quizás los demás esperan y que encumbra a los fracasados en el altar de los héroes sin medalla.

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