La Rioja
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Olor a barrio

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La reivindicación de Los Lirios de instalar una pasarela que evite a sus vecinos jugarse la vida cada vez que cruzan la circunvalación de Logroño huele a otros tiempos, cuando vivir en un barrio era algo más que hacerlo circunstancialmente aquí o allá y sus habitantes formaban parte de aquel todo en cuanto se asentaban allí. Una época en la que al ser preguntado casi nadie se identificaba con una calle concreta y sí con una zona de la ciudad que le ubicaba para el resto pero también para sí mismo. La imagen de buena parte de los inquilinos de Los Lirios atravesando en comandita cada viernes el paso de cebra ‘de la muerte’ llevando de la manos a sus hijos resulta encomiable. Más aún en un presente en que movilizarse es un valor a la baja y nadie acostumbra a exigir desde su propia burbuja mucho más allá de lo que indivualmente le resulta rentable. Los reiterados accidentes registrados en esa zona, las denuncias trasladas a nivel político, el compromiso arrancado de las instituciones dicen que el barrio empieza a ser tenido en cuenta. Otra cosa será que esa ansiada pasarela sea una realidad en breve. Que la palabra comprometida desde el Ayuntamiento o el Parlamento se evapore entre una niebla de burocracia y trabas admnistrativas o mucho peor, en el humo de demagogias encendidas al calor de unas elecciones. La circunvalación abrió una brecha en la ciudad que costará décadas suturar, pero al menos el gesto de Los Lirios dice que los barrios pueden unirse con un fin común.

Fotografía: Miguel Herreros

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Gloria al fracaso

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La modesta localidad sueca de Helsingborg acaba de inaugurar una galería única en el mundo. Se llama Museo del Fracaso y en él se recopilan algunos de los mayores fiascos de la historia de la humanidad. Un puñado de esos lanzamientos comerciales, por parte principalmente de grandes compañías, que auguraban transformar el mundo pero a los que el consumidor dio la espalda hasta quedar arrinconados en el cajón de las frustraciones. El éxito de la iniciativa ha sido fulgurante. Tanto es así, que sus promotores ya planean enriquecer la muestra con veladas sobre despropósitos variados y animan a engrosar sus fondos con más propuestas tan absurdas como olvidadas. Lo que no especifica la invitación es si su catálogo también queda abierto a los fracasos personales. Ese cúmulo de decisiones que la mayoría hemos adoptado alguna vez en la vida con la mejor de las intenciones pero salieron por la culata, unas veces de forma reversible y otras sin solución. Helsingborg entero se quedaría pequeño para recopilarlas todas, pero a cambio se garantizaría una respuesta masiva del público extasiado al certificar que otros ya cometieron (cometen y cometerán) sus mismos errores, que no es obligatorio esconderlos en el rincón de la vergüenza para no parecer ni débil ni estúpido y que, en el fondo, el fracaso tiene el encanto de lo auténtico y transgresor. Esa épica de la rebeldía en contra de lo que uno mismo o quizás los demás esperan y que encumbra a los fracasados en el altar de los héroes sin medalla.

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La silla vacía

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Cuando alguien muere asalta la tentación de recordar la cercanía que uno tenía con el fallecido o rememorarlo con adjetivos excelsos. Yo tenía una relación muy periférica con Juanín y tampoco me atrevo a encumbrar gratuitamente las muchas virtudes que acumulaba. Le conocí la primera vez que pisé una redacción de verdad. Él era ya un periodista de largo recorrido y yo un alumno en prácticas. La voluntaria obligaciónde pasar el verano experimentado in situ lo que decían los libros me llevó un 1 de julio junto a otro compañero hasta el portal del centro de Logroño donde se ubicaba entonces Radio Nacional. Cuando traspasamos la puerta, topamos con un grupo de profesionales enfrascados en la tarea de elaborar el informativo del día. El director nos dio la bienvenida, hicimos un somero recorrido por las instalaciones y nos invitó a leer la prensa sin molestar demasiado hasta que alguien nos encomendara alguna tarea. Sólo recuerdo que no teníamos dónde sentarnos. O quizás no nos atrevíamos a hacerlo en un hábitat tan ajeno e imponente para nuestros ojos novatos. Al vernos ahí de pie, como dos extraterrestres despistados y cohibidos, Juanín se quitó los auriculares. Arrastró con toda amabilidad unos asientos vacantes, comprobó quién estaba de vacaciones y nos improvisó un par de puestos de trabajo en los que permanecimos hasta el final del verano. Años después coincidimos en alguna rueda de prensa. Luego, cuando se jubiló, paseando por la calle. Ahora que pienso en él sólo veo su sonrisa y una silla vacía.

Fotografía: Sergio Espinosa

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Mil mamíferos ciegos

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Tras una abultada trayectoria literaria cristalizada desde en dos obras ilustradas hasta en su participación en varios volúmenes colectivos –‘La Aldea de F.’ y ‘Pelos’– y un transgresor libro de relatos propio –‘Casi tan Salvaje’–, Isabel González (Zaragoza, 1972) debuta en el territorio de la novela fiel a la originalidad apuntada hasta ahora y una voz tan genuina como los universos que explora. El andamiaje sobre el que construye ‘Mil mamíferos ciegos’ está sostenido por tres personajes enmarcados inicialmente en mundos distantes. El primero en asomar es Yago, un hombre desterrado de sí mismo que vagabundea aislado en el bosque mientras talla troncos y envía cartas en una búsqueda incansable de lo mismo que huye. En el contraplano, Santi y Eva se debaten en la ciudad contra sus demonios personales de pareja con la obligación de quererse pese a ellos mismos.

González construye sobre ese trío un crisol de contrarios que es precisamente uno de los imanes de la novela. Un enfrentamiento constante entre la naturaleza y lo urbano, la comunión social y la soledad del individuo, la necesidad de amor y el placer del desencanto. La autora extiende esa contraposición del fondo a las formas con un especial gusto por la experimentación, estructurando la novela en capítulos protagonizados de manera alterna por uno y los otros junto a sus respectivos mundos hasta que todo confluye en un sorprendente final. Una apuesta por la antítesis que alcanza también a la propia edición de la novela con la introducción de tramas en diversos colores e incluso interpelaciones a modo de fractura del hilo conductor, superando así el libro como una simple acumulación de palabras hasta convertirlo en un artefacto físico sin el que resulta imposible entender la historia que contiene. En ese nada condescendiente balanceo entre escenarios enfrentados, ‘Mil mamíferos ciegos’ se inclina, o al menos aporta sus momentos más lúcidos, en el hábitat que acoge a Yago. Quizás por su reconocida querencia hacia lo rural como origen y refugio, González captura en el retrato interior de su personaje y el paisaje donde se inscribe una esencia que destila el olor de otras propuestas que en los últimos tiempos toman el campo como punto de partida y meta, unas veces a modo de ensayo y otras como recurso narrativo. En el caso de la escritora aragonesa afincada en Madrid no cabe impostura en esa tendencia y se decanta por envolver con ese aroma lo que acaba siendo una fábula adulta sin moraleja. O, mejor dicho, tantas como cada uno de los lectores pueda reconocer de acuerdo a su propia experiencia. Ahí reside también otra de las singularidades de este desasosegante debú:interpelar sin exigir una sola respuesta.

Sin embargo, uno de los más estimulantes hallazgos de ‘Mil mamíferos ciegos’ es el acerado uso del lenguaje. Es esa reverberación poética con la que González presenta cada escena y disecciona el (intrincado) reverso de sus protagonistas la que dota al libro de una rotundidad que le condecora como una de las firmas con mayor proyección de entre quienes militan más allá de los convencionalismos y la ortodoxia.

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El Camps que yo conocí

Conocí a Francisco Camps hace ahora seis años. Nájera acogía entonces la edición de ‘La Rioja Tierra Abierta’, y mandatarios de toda España pasaban por la muestra como un turista más cada vez que su agenda los enviaba por los alrededores y, de paso, lanzaban algún discurso político.

Lo que más llamaba la intención de Camps era, efectivamente, su traje. La entonces gran promesa del PP nacional vestía con elegancia inusitada una de esas americanas de doble bolsillo y ligeramente entalladas que, embutida en su más de metro ochenta de altura y su tez morena, le conferían una apariencia de solemnidad y poderío. Hablaba el ya expresidente valenciano con la misma cadencia que se ha visto ahora en su comparecencia para explicar su dimisión acosado por el cohecho impropio y las opciones electorales de Rajoy. Tenía (tiene) dedos no sé si de torero o pianista, largos y delicados que blandía para subrayar cada frase. A veces, unía sus manos y juntaba las yemas de una con las de otra delante del micrófono en un gesto más de supremacía. A pesar del corte de su vestimenta y su control gestual, Camps ofrecía sin embargo un no se qué adusto y apolillado. Entre las maravillas de San María la Real, el líder valenciano no parecía un líder, sino que podría pasar por un regio sacerdote de edad indefinida. Por un momento cerré los ojos mientras ofrecía la rueda de prensa, y me lo imaginé como una más de las antigüedades del monasterio najerino.

Repasando la hemeroteca he descubierto que habló en La Rioja de dinero . “El Estado de las autonomías no se hace con decisiones unilaterales”, titulé como resumen de su discurso. Quién iba a decir que años más tarde sería también la financiación (no de la sanidad como hizo entonces, sino de su propio armario) lo que llevaría a abandonar el cargo.

Fotografía: Camps, durante su visita a Nájera en el 2005 junto a Pedro Sanz (Enrique del Río)

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Cada zapatero a sus zapatos

Para ser alguien hoy en día hay que pedir elecciones anticipadas . Lo hace el PP con la insistencia de una gota malaya, y se ha apuntado a la moda hasta una institución puramente empresarial como es la Cámara de Comercio e Industria de La Rioja. Cuesta imaginar a José Luis Rodríguez Zapatero repensándose su decisión de estirar la legislatura hasta el final cuando lea desde su butacón de La Moncloa las líneas que le remite José María Ruiz-Alejos pero, al menos, el ente cameral ya se ha sumado a ese mantra general.

El presidente de la Cámara ha realizado este anuncio de evidente cariz político como se hacen siempre estos anuncios: jurando que no tiene ningún cariz político. Garantiza la entidad que la petición obedece a la mera urgencia de atajar la incertidumbre que acecha al tejido empresarial, las malas perspectivas económicas y esa cosa tan evanescente y un punto terrorífica por desfigurada como son los mercados. Sin embargo, el mensaje contiene un innegable interés político. Y es que, reclamando el adelanto de los comicios no se está solicitando que en vez de marzo del año que viene se instalen las urnas este otoño, sino que cambie el Gobierno ya.

La petición es tan respetable como la de quienes mantienen la tesis de que el PSOE debe agotar la legislatura por legitimidad democrática y para evitar más temblores sociales de los que ya existen, pero juega en un terreno que no es (no debería ser) el de una institución obligatoriamente ajena al juego político a pesar del pasado ligado al PP de parte de sus dirigentes . De otra forma, cualquier día es posible que acaben opinando de los trajes de Camps, la trama Gürtel o el caso Faisán. Por supuesto, sin ningún afán de valoración política.

Fotografía: Martínez Aldama con el presidente de la Cámara de Comercio en el XI Congreso Regional del PSOE (Juan Marín)

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