La Rioja
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Ciegos por el hormigón
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Teri Sáenz | 22-01-2018 | 11:16| 0
© FERNANDO DAZ

Un minuto antes de que estallara la burbuja inmobiliaria colocaron un cartel frente a la casa del yayo Tasio anunciando la enésima promoción de viviendas. El lugar escogido era un solar estrecho, sombrío y con cero glamur cuyo mérito consistía en permanecer vacío cuando las hormigoneras tenían ya tomado el resto de la ciudad vacante. Al abuelo le entristeció la noticia como si le hubieran certificado su propia defunción. La parcela donde en breve se levantaría un vulgar bloque de pisos construidos seguramente a toda prisa y a precios desorbitados le abría las únicas vistas que observa desde su propia casa. Una fina línea a través de la ventana del salón que atraviesa el horizonte hasta las montañas del fondo. Esas que ha venido disfrutando cada mañana durante años como un privilegio que le llena la mirada de frescor y le informan del cambio de estaciones según el color de las cumbres. El globo de aquella prosperidad vacua pinchó y el proyecto no prosperó. El cartel acabó oxidándose. Las malas hierbas reconquistaron la basura acumulada con el paso del tiempo y el solar volvió a ser refugio de toxicómanos clandestinos, parejas urgentes y gatos sin dueño. Tasio pudo así seguir disfrutando de su atalaya. Hasta ahora. Han removido otra vez los terrenos y hoy mismo han plantado en medio una grúa. La mole metálica ya le hurta parte de las vistas. Cuando vayan levantado alturas las ocultarán del todo entre los lamentos del yayo por que el fin de la crisis sea la resurección de la ceguera.

Fotografía: Fernando Díaz

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Recuperar la memoria
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Teri Sáenz | 09-01-2018 | 11:27| 0
logrono

Si un día de estos se pierde, búsquese a sí mismo en la sala de exposiciones del Ayuntamiento de Logroño. Producida por la Casa de la Imagen, la muestra recoge un imprescindible catálogo de fotografías y negativos procedentes de los archivos Jalón-Ángel y Payá que abarcan desde 1935 hasta el 2000. Explore detenidamente cada una de las estampas que cuelgan de las paredes, porque usted está presente sin saberlo en cualquiera de ellas. O en todas.  Quizás en algún rincón de las imágenes que reflejan aquella ciudad a medio hacer con una pátina todavía de pueblo. Como parte del público anónimo que recorre ajeno a la cámara que les apunta aceras sin construir, rotondas sin proyectar, edificios que ahora son inherentes al paisaje urbano pero que en aquellas décadas ni siquiera estaban imaginados. También es posible que se haya desorientado por entre cuadros vacíos de humanidad. En el interior de un camión de reparto de galletas Marbú (¿o es de yogures Chamburcy?) que posa impertérrito en un día diáfano. O sobre el escay de los butacones de salas de fiesta inertes. Si aún así todavía anda perdido, pregúntese por sí mismo en el frontal de los retratos. Un Logroño entero reposa ahí, mirándole. En fotos de familia delante de un tapiz de caza; en felices parejas inmortalizando su boda con poses ingrávidas; en recordatorios de comunión donde los niños ven a dios en la luz que les dispara el fotógrafo. Reencontrándose de cada una de esas fotos que remiten al presente desde un pasado colectivo, recuperará la memoria extraviada.

Fotografía: Archivos Jalón-Ángel y Payá

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El invierno más duro
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Teri Sáenz | 05-01-2018 | 10:12| 0

invierno

El yayo Tasio se niega a salir de casa. Es invierno, se justifica. Lo encuentro atrincherado en su orejero, enroscado en una manta de lana rasposa de la que sólo deja ver dos ojillos desgastados y cada vez más vidriosos. Ha bajado las persianas y arrimado el brasero a los pies. Sobre el hule de la mesa hay latas de sardinas a medio vaciar, algún currusco de pan duro que da fe de su cautiverio personal. Yo trato de animarle. Le invito a dar una vuelta aunque sólo sea a la manzana para que le dé aire. Salir y ver el sol por el día. O las luces de Navidad si cae la noche. Nada. El invierno, insiste con voz lúgubre. Sin querer forzarle pero tampoco rendirme a su derrotismo, le recuerdo las veces que me ha recordado con orgullo sus inviernos de chaval en el pueblo. Inviernos de verdad, como los define el abuelo. Esos que se imponían puntualmente después del otoño y no como ahora, que sólo amagan y hasta parecen primaveras. Meses de nieve constante y hostil que bloqueaban los caminos e hinchaban la cara cuando había que aventurarse hasta los corrales para alimentar al ganado. Inviernos traidores, como aquel que le sorprendió volviendo de la escuela monte a través y padre lo rescató cuando ya casi le comían los sabañones. Tasio por fin reacciona. Parece incorporarse. Intuyo por un instante que le he convencido. «No es ese invierno, ababol», me espeta. Y saca de su ovillo un periódico donde ha subrayado demagogias, falacias, vilezas y medias verdades. A mí también me recorre un frío paralizador.

Fotografía: Justo Rodríguez

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La muerte inútil
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Teri Sáenz | 17-12-2017 | 10:24| 0

orantes

Hay veces, muy pocas, en que la muerte no es del todo absurda y el dolor provocado genera algún tipo de rédito. Sólo en ocasiones un fallecimiento sirve, por ejemplo, para descubrir a figuras tan ignoradas hasta entonces como encumbradas a posteriori. También de forma puntual sucede que un asesinato tiene la utilidad de revisar realidades cuyo desconocimiento es inversamente proporcional al tamaño mayúsculo de la tragedia. Es lo que ocurrió ahora hace justo veinte años con Ana Orantes. Unos días antes había acudido a un programa de televisión para hacer lo que otras muchas mujeres como ella no se atrevían:denunciar los malos tratos que sufría por su exmarido. El relato en sí no suscitó un eco excesivo. Lo que removió todas las conciencias fue la reacción del aludido, que después de gritar a quien quiso oírle que se vengaría, cumplió su amenaza atándole a una silla y rociándola de gasolina antes de quemarla viva delante de uno de sus hijos. El caso hizo caer un telón que casi nadie hasta entonces quería descorrer. El Código Penal se modificó, la prensa dejó de titular como crímenes pasionales los asesinatos machistas, todos cantaron a coro hasta aquí hemos llegado. Ni una más. Dos décadas después, la cifra de víctimas género sigue siendo intolerable. Es verdad, las puertas a donde se pueden llamar para reclamar ayuda ya no se cierran. Pero también es verdad que más del 27% de jóvenes que ni siquiera había nacido cuando falleció Ana Orantes ve normal el maltrato con su pareja (sic). No se aprende a morir.

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Pasión en las aulas
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Teri Sáenz | 04-12-2017 | 11:38| 0
Clases del "Islam" en una mezquita de la calle Beatos Mena y Navarrete de Logroño

Las dos sentencias que recientemente han reconocido el derecho de sendas a familias a que sus hijos reciban enseñanza religiosa islámica en los centros de La Rioja donde estudian abre un debate apasionante. En el sentido más plen o del adjetivo. El fallo ha hecho saltar muchas costuras parcheadas hasta ahora con fragilidad. Para empezar, la morosidad que históricamente había mostrado el Gobierno a aplicar una opción que, al margen de cualquier otro matiz, está reconocida por la ley si se cumplen unos requisitos operativos bien definidos e implantada ya en otras comunidades. Pero lo que ahora queda en tela de juicio es sobre todo el papel de la religión en las aulas como asignatura evaluable dentro del currículum. Una disfución a la que se ha venido mirando con los ojos cerrados en favor de una sola confesión (la católica) y sólo cuando otra lo ha reclamado en las mismas condiciones que le ampara la norma empieza a cuestionarse. Ahí emergen también rutinas hasta el momento pasadas por alto, como la negativa de algunos colegios concertados a ofrecer la posibilidad de estudiar valores como alternativa reconocida oficialmente invocando los valores del centro que los padres asumen al formalizar la matrícula. Un argumento que, sin embargo, la Diócesis parece aparcar abriéndose a habilitar la asignatura de religión islámica pese a que la comunidad musulmana en La Rioja no lo contempla entre sus máximos al operar, en una y otra dirección, en el terreno de las creencias. Apasionante.

Fotografía: Justo Rodríguez

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El olor de la muerte
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Teri Sáenz | 27-11-2017 | 09:45| 0
232

La semana pasada casi un millar de riojanos (siendo muy generosos) se congregó en el centro de Logroño para manifestarse contra la alta siniestralidad que sufre la N-232 y exigir la liberación de la autopista como antídoto de urgencia. Tras las consignas de rigor y un par de paradas simbólicas ante el Palacete de Vara de Rey la Delegación del Gobierno (sus inquilinos no trabajaban ese día), tomaron la voz sobre La Concha de El Espolón tres representantes de otros tantos colectivos que conocen y/o sufren la sangrante realidad de una carretera que ya se ha cobrado quince vidas e incontables heridos en lo que va de año. El primero fue un bombero que después de lamentar la tibia respuesta a una convocatoria vital (5.500 espectadores asistieron horas más tarde a un partido de fútbol de 2ªB cerca de allí) relató qué se encuentran él y sus compañeros cada vez que suena la alerta de accidentes que, casi siempre, les dirige camino a la N-232. Según explicó ante un público estupefacto (a esa hora la mayoría del público ya había desertado), lo primero que perciben no es una imagen, sino un olor. El olor de la muerte. Un olor que es en realidad la combinación de dos:el de los fluidos del vehículo siniestrado mezclado con los de las personas que iban en su interior. Un olor que, confesó, se cuela hasta el fondo de los pulmones,  se pega al uniforme como una lapa y perdura durante días (hasta el siguiente accidente). Ese olor que nunca han aspirado las narices de los responsables de atajar un drama insoportable.

Fotografía: Justo Rodríguez

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Seis mujeres
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Teri Sáenz | 20-11-2017 | 10:23| 2
Centro Asesor de la Mujer Gran Via 7 Logrono Mujeres que han superado el maltrato 16 noviembre 2017 Sonia Tercero

Hoy le impongo la obligación de leer esta columna. Por su propio bien. De aquí hasta el punto final voy a presentarle a seis mujeres. Son el grupo que esta semana iban pensando que se prestaban a hablarme pero lo que en realidad hicieron fue concederme el honor de escucharles. Tienen edades distintas, provienen de estratos sociales diferentes, habitan en localidades distantes entre sí, no todas comparten el mismo acervo cultural. Lo que les une a todas ellas es una fortaleza de granito. El mismo coraje con el que durante años resistieron el maltrato de sus respectivas parejas y hoy contagian ese músculo psicológico e íntimo a todas las que están pasando por el mismo trance. Unas de forma consciente; otras sin saber todavía que son víctimas de la violencia de género en cualquiera de sus formas. No voy a revelar sus circunstancias ni los detalles de relatos demoledores. Ese es su patrimonio, intransferible. Lo importante es lo que tienen ahora, lo que ha venido después de un prolijo proceso de reconquista de sí mismas. Y sobre todo, la solidaridad que espontáneamente surte de sus experiencias para ayudar a otras en vez de guardar el sufrimiento pasado en el cajón del olvido. Escucharles de igual a igual sabiendo de qué hablan (y sufren),encarnando en primera persona la esperanza de que es posible salir de esa madeja que tanto enreda. El grupo dice que haga algo para visibilizar su fuerza, pero me siento pequeño ante algo tan grande. Sólo puedo escribir que las conozco.

Fotografía: Sonia Tercero

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Olor a barrio
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Teri Sáenz | 13-11-2017 | 18:01| 0
lirios

La reivindicación de Los Lirios de instalar una pasarela que evite a sus vecinos jugarse la vida cada vez que cruzan la circunvalación de Logroño huele a otros tiempos, cuando vivir en un barrio era algo más que hacerlo circunstancialmente aquí o allá y sus habitantes formaban parte de aquel todo en cuanto se asentaban allí. Una época en la que al ser preguntado casi nadie se identificaba con una calle concreta y sí con una zona de la ciudad que le ubicaba para el resto pero también para sí mismo. La imagen de buena parte de los inquilinos de Los Lirios atravesando en comandita cada viernes el paso de cebra ‘de la muerte’ llevando de la manos a sus hijos resulta encomiable. Más aún en un presente en que movilizarse es un valor a la baja y nadie acostumbra a exigir desde su propia burbuja mucho más allá de lo que indivualmente le resulta rentable. Los reiterados accidentes registrados en esa zona, las denuncias trasladas a nivel político, el compromiso arrancado de las instituciones dicen que el barrio empieza a ser tenido en cuenta. Otra cosa será que esa ansiada pasarela sea una realidad en breve. Que la palabra comprometida desde el Ayuntamiento o el Parlamento se evapore entre una niebla de burocracia y trabas admnistrativas o mucho peor, en el humo de demagogias encendidas al calor de unas elecciones. La circunvalación abrió una brecha en la ciudad que costará décadas suturar, pero al menos el gesto de Los Lirios dice que los barrios pueden unirse con un fin común.

Fotografía: Miguel Herreros

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La vida eterna
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Teri Sáenz | 06-11-2017 | 11:23| 0
© JUSTO RODRIGUEZ

El yayo Tasio me llama puntual a primera hora cuando llega el día de acudir al cementerio para reponer las flores de las tumbas y quitar el polvo de las lápidas. Yo me dejo llevar, porque los protocolos del más allá son negociado del abuelo. Como dice medio en broma, los jóvenes hemos sido (mal)educados en la vida pero no sabemos nada de la muerte. Y como yo le respondo medio en serio lleva razón, aunque la culpa de esa asimetría no es toda mía. Empezó con el atavismo de ocultar a los niños el dolor, alimentado el hábito de alejarnos de todo lo feo que tiene la enfermedad como si pudiera contagiar. Y cuando algún vecino del barrio, algún pariente lejano ya no estaba, no moría de cáncer sino que se apagaba de viejo y subía al cielo. En esa quimera naif fabricada de ángeles con arpa y alas de algodón, los entierros eran para Tasio territorio exclusivo para los adultos donde la calidad del finado se medía por el número de asistentes, las alabanzas del cura y el tamaño de la esquela. Con esa barrera de protección tan bien intencionada como contraproducente, ahora envidio la capacidad del yayo para manejarse en los tanatorios, mantener la compostura sin desbordar las lágrimas. Y sobre todo, recorrer el cementerio en estas fechas, postrarse ante las tumbas con nuestro apellido que a mí me cuesta localizar entre un laberinto de cruces y cipreses y rendir ese tributo que algún día me tocará heredar y del que sólo puede salvarme la única ilusión infantil que conservo: que Tasio nunca muera.

Fotografía: Justo Rodríguez

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Gloria al fracaso
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Teri Sáenz | 30-10-2017 | 11:00| 0
fracaso

La modesta localidad sueca de Helsingborg acaba de inaugurar una galería única en el mundo. Se llama Museo del Fracaso y en él se recopilan algunos de los mayores fiascos de la historia de la humanidad. Un puñado de esos lanzamientos comerciales, por parte principalmente de grandes compañías, que auguraban transformar el mundo pero a los que el consumidor dio la espalda hasta quedar arrinconados en el cajón de las frustraciones. El éxito de la iniciativa ha sido fulgurante. Tanto es así, que sus promotores ya planean enriquecer la muestra con veladas sobre despropósitos variados y animan a engrosar sus fondos con más propuestas tan absurdas como olvidadas. Lo que no especifica la invitación es si su catálogo también queda abierto a los fracasos personales. Ese cúmulo de decisiones que la mayoría hemos adoptado alguna vez en la vida con la mejor de las intenciones pero salieron por la culata, unas veces de forma reversible y otras sin solución. Helsingborg entero se quedaría pequeño para recopilarlas todas, pero a cambio se garantizaría una respuesta masiva del público extasiado al certificar que otros ya cometieron (cometen y cometerán) sus mismos errores, que no es obligatorio esconderlos en el rincón de la vergüenza para no parecer ni débil ni estúpido y que, en el fondo, el fracaso tiene el encanto de lo auténtico y transgresor. Esa épica de la rebeldía en contra de lo que uno mismo o quizás los demás esperan y que encumbra a los fracasados en el altar de los héroes sin medalla.

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