La Rioja
img
Todo el mundo
img
Teri Sáenz | 06-10-2014 | 11:53| 0

fantasma

Que ellos no lo sabían, oiga. Apiádese de los 86 consejeros y directivos de Caja Madrid que durante casi una década gastaron más de 15 millones de euros a cuenta de esas tarjetas opacas que alguien les había facilitado para sufragar sus cosillas. Una pedacito de plástico que lo mismo pagaba el pádel de los niños que un traje nuevo porque este ya tiene bolas y le salen brillos cuando lo plancha la asistenta. Entienda que qué iban a pensar ellos. Llegaban a la planta noble de la entidad y nadie les pedía razones. Para qué si la economía va como un tiro y estamos en la champion league del derroche. Póngase en su lugar. Usted se guarda el recibito del cajero cada vez que retira unos eurillos en la calle. Al cabo del tiempo los apila todos sobre la mesa y entra en cólera con la entidad si le ha cargado la comisión que le prometían condonar o consigo mismo, que se había decidido a no abusar del dinero virtual y evitarse sustos a fin de mes. Pero ellos no. Para qué. Si todo el mundo lo hacía, dicen. Como si el mundo entero cupiese en ese ecosistema de reuniones estériles al más alto nivel donde da igual dónde comamos, que pago yo con esa tarjeta sin fondo. Téngales clemencia, porque el abuso mientras el sistema bancario se desmoronaba como un frondoso roble cuyo tronco está podrido no fue cosa de uno ni de dos. De un partido u otro. Ni de empresarios o sindicalistas. Todos lo hicieron. Todos demostraron que la codicia no tiene límites cuando el dinero es de otros.

Ver Post >
Pulseras negras
img
Teri Sáenz | 01-10-2014 | 15:48| 0

pulseraEl yayo Tasio se obliga cada San Mateo a no soltar ni medio euro al tropel de pedigüeños que le asaltan por la calle. Cada vez que se da un garbeo por el barrio o se presta a llevar al nieto a saborear ese intangible que es el ambiente de las fiestas, hace un esfuerzo ímprobo por no sacar la cartera del bolsillo. No lo hace por racanería sino por esa desazón que le genera no tener la seguridad de acertar: si da una limosna al que no le hace falta dinero o escaquea unos céntimos a quien de verdad los necesita para comer. Sólo por eso circunvala Portales, pasa de largo de las estatuas humanas, huye del harapiento Mickey que reparte globos aprovechándose de la candidez infantil y se va un segundo antes de que acabe el espectáculo callejero de turno y pasen la escudilla. Su voluntad de hierro se derrite, sin embargo, cada vez que un africano se le acerca con su muestrario de gafas arco iris, gorros con lentejuelas y bisutería barata. A diferencia de los demás vendedores ambulantes, ninguno de estos le insiste ni intenta ablandarle con una letanía de miserias. Le planta el muestrario, aguarda unos segundos y, sin decir palabra, marcha como una sombra hasta la siguiente mesa dejando una pulserita de plástico. Al yayo le puede ese respeto silencioso, tanta paciencia, la serenidad detrás de unos ojos blanquísimos. Cuando el inmigrante está a punto de abandonar la calle, le llama y le da lo que lleva suelto a cambio de la baratija. Ya no cabe un brazalete más en las muñecas del abuelo Tasio.

Ver Post >
TV con corazón
img
Teri Sáenz | 22-09-2014 | 15:30| 0
ébola

Conectar la televisión en ese tramo laxo de la noche en que la casa enmudece y la cama reclama ser ocupada concede momentos extraordinarios en una programación que sabe a cieno. El mando bascula entre putrefactos programas de un corazón de máxima audiencia, realities que por repetidos no dejan de encontrar aspirantes al frikismo y shows donde lo mismo ocupa la silla de invitados la última estrella del pop que un líder de la oposición, en esa desconcertante estrategia de acercamiento a la sociedad consistente en aparecer indiscriminadamente en las mismas alcantarillas que la sociedad huele. Cuando la basura alcanza cotas irrespirables y uno se flajela por no haber invertido esos preciados minutos en cualquier lectura, la pantalla resucita. Toda la mierda queda al instante desplazada por algo humano, crudo, lacerante. El reportaje se traslada al corazón del ébola y con él, el espectador viaja por caminos de barro y miasmas hasta las entrañas de Sierra Leona donde el virus ha sepultado la vida. La de quienes han muerto por la enfermedad y la de un país paralizado por terror al contagio. En la televisión surgen personajes tan reales que parecen de mentira. Voluntarios aferrados al afán por echar una mano, pacientes que aguardan con la resignación que imprime la pobreza el resultado de los análisis. Falta de medios y sobredosis de miedos. Desconcierto. Sólo falta la llamada en directo de un político denunciando por qué a esas horas ya hemos apagado la tele.

Ver Post >
La misma muerte
img
Teri Sáenz | 16-09-2014 | 08:37| 0
emilio botin

Cuando usted o yo muramos, dispondremos con suerte de un par de módulos en estas mismas páginas informando del óbito. Puede que algún amigo se preste a redactar unas líneas debajo de la sección de esquelas ensalzando nuestras virtudes y obviando las toneladas de defectos que vamos arrastrando a lo largo de la vida, refrescando alguna absurda anécdota de juventud que abrillante nuestro pobre curriculum. Es probable también que por el cementerio se lleguen nuestros enemigos, no se sabe si como reconciliación in extremis o para certificar de que no vamos a levantarnos nunca de la tumba. Y que quienes más nos quieren lloren amargamente un tiempo hasta comprobar que todos los días amanece aunque nosotros no nos despertemos. Será así porque no nos apellidamos Botín. Ni somos poderosos ni manejamos el mundo. Nuestra voz (y nuestro monedero) no tiene el peso de la del Emilio fallecido; ni nuestras opiniones derrumban mercados o levantan emporios. El presidente del Banco Santander ha sido despedido con la aureola que envuelven a los ilustres entre los ilustres. No ha sido mérito suyo. Ni la culpa de un hombre que tal vez hubiera preferido un discreto sepelio. Usted o yo nos habríamos ganado ese mismo trato postmorten de haber nacido en su misma cuna y gobernado los mismos consejos de administración. Pero no. Nuestras vidas  están escritas sobre un guión más modesto que empieza distinto pero tiene el mismo final.

Ver Post >
La plaza amable
img
Teri Sáenz | 10-09-2014 | 17:28| 0
primero de mayo

El yayo Tasio recuerda con nostalgia que la de Primero de Mayo estuvo muy cerca de ser una de las plazas nobles de Logroño. Cuando se alumbró en los 80, muchos como el abuelo no daban una peseta por ella. El solar era un lodazal con ese aire ténebre que inspiran las grúas trabajando y el esqueleto de los edificios en fase de construcción. Y además, quedaba muy lejos del centro, según el diagnóstico de los que siempre han vivido en la órbita del Casco Antiguo y todo lo que fuera ir más allá de la Gran Vía suponía cruzar una frontera insondable de retorno incierto. El tiempo y el crecimiento voraz de la ciudad no sólo la integró en el todo urbano, sino que la plaza tomó vida propia. Los toboganes se llenaron de niños, brotaron comercios, las terrazas (ay, ese gran termómetro social) salieron de los soportales y la agenda local la tuvo en cuenta al programar unos títeres o repartir chucherías. Tanto, que casi antes de que brotara la fiebre por los parkings subterráneos también allí se horadó la tierra para enterrar uno. Como el propio Tasio, también la plaza ha sufrido el paso de los años. Hace tiempo que se veía más rancia, con la cara agrietada, las costuras por remendar. Pero por lo que se ve cuando se llega hasta allá, el yayo no cree que su reforma vaya a reponerle los galones perdidos. Y no porque le sobre cemento armado o le falten unas docenas de árboles. No es cuestión de sol ni de sombra, de más parterres o farolas, sino de algo que, piensa el yayo, ha debido extraviar el proyecto por el camino: amabilidad.

Ver Post >
Millones de Mosabs
img
Teri Sáenz | 01-09-2014 | 17:08| 0
siria

Mosab tiene 25 años y una mirada serena que, sin embargo, trasluce un mohín no se sabe si de mi miedo o tristeza. Sus maneras son extremadamente respetuosas, la tez morena, lleva una camisa muy parecida a la que podría vestir usted mismo y habla con esa pausa que delata a las personas educadas. Sólo un detalle chirría al hablar con un joven que podría ser su hijo, mi vecino o el nieto del yayo Tasio: apenas sonríe. Es el rostro visible desde el centro de acogida temporal de Cruz Roja en La Rioja de una estadística internacional. La que acaba de denunciar el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) advirtiendo de que los desplazados en Siria a causa del conflicto armado que sufre el país ha superado ya la cifra récord de tres millones de personas. Si los números no le estremecen, los ojos de Mosab lo harán. Arquitecto de profesión, huye de un conflicto bélico luchando por desprenderse de otro conflicto, el interior, que le ha supuesto separarse de su familia, de sus amigos, de sus raíces, del escenario vital de su día a día. Y mientras su futuro y el de su país se resuelve, espera. Aguarda sufriendo la lentitud del tiempo que gravita sobre quien no ve el mañana ejerciendo, sin él ser consciente, como ejemplo de lo que nos podría pasar a cualquiera de nosotros instalados en una confortable seguridad como la que vivía Siria antes de la guerra. Porque Mosab no es sólo un refugiado entre nosotros. Mosab somos todos.

Ver Post >
Nada ni nadie
img
Teri Sáenz | 29-08-2014 | 17:31| 0
agua

Recuerdo nítidamente el día que aprendí a nadar. Era de color verde césped y azul tanque de agua. Tenía sabor a cloro y un regusto pegajoso a canícula de agosto. Yo era un moco miedica, esmirriado, uniformado con una pantaloneta meyba dos tallas más grandes. Con los pies en el bordillo de la parte más profunda de la piscina, había decidido que aquella tarde, por fin, aprendería a nadar. Salté con la decisión de quien se lanza desde un acantilado. Y mi cuerpo se hundió hasta el fondo. Salí con dificultad a la superficie, agitándome como un pollo apurando su último hálito de vida. Pero esta vez algo cambió respecto a los infinitos cursillos en los que nunca aprendí espantar el miedo. Aquel día, sin saber por qué, la cabeza se mantuvo unos centímetros más arriba. Lo suficiente para morder unas bocanadas de oxígeno y no sentir los pulmones a punto de estallar. A cada patada debajo del agua, mi cuerpo se hundía y el paisaje se borraba. El ruido exterior se hacía hueco como dentro de un líquido amniótico. Sin embargo, una fuerza desconocida hasta entonces me elevaba para volver a ver, escuchar de nuevo. Arriba. Abajo. Y luego una brazada que me empujaba. Y otra. Cada vez más ligero, menos torpe. Y mi hermana en el otro extremo de la piscina con los brazos extendidos esperándome llegar. Ya llegas. Estás aquí. Ahora sí. Fue el mismo día que decidí que nadie me amedrentaría; que nada me impediría seguir avanzando para alcanzar la orilla.

Ver Post >
Viaje al prejuicio
img
Teri Sáenz | 27-08-2014 | 14:52| 0
maleta

Le presumo a estas alturas del año disfrutando de unas merecidas vacaciones. Si no se encuentra en el catálogo de las presas que se ha cobrado la crisis, puede que haya tomado rumbo a Salou para disputarse un metro cuadrado en la quintar línea de playa donde extender la toalla, si es que no ha optado por las costas de nubosidad invariable del norte. Tal vez su presupuesto no le dé más que para volver al pueblo. Reconquistar la casa del yayo y tumbarse a la fresca oyendo el trino de los mirlos o sufriendo el picor de los tábanos. Todo lo contrario al entusiasta que se ha empaquetado en un tour para recorrer ocho países en cuatro días o visitar alguna de esas míticas capitales que descubre que ya conoce de tanto verlas en las películas que pasan los fines de semana por la tele. En todos los casos tendrá la tentación de practicar esa gimnasia tan recurrente cada vez que uno sale de casa consistente en criticar lo que le rodea y rebozarse en el prejuicio. Lamentar lo mal que se come allí, censurar la incultura del prójimo, protestar por costumbres prehistóricas, mofarse del vecino, mirar más al rincón sucio que a la calle luminosa. Cuando así sea, tómese un respiro. Haga el ejercicio de ponerse en el lugar del otro. Mirar con ojos de turista su propia casa, su pueblo, su ciudad. A usted mismo. Tal vez así pueda replegar todos los clichés. O mejor, tirarlos a la primera papelera que encuentre y pasar las vacaciones sin más aspiraciones que disfrutar de un lugar distante.

Ver Post >
Subir las escaleras
img
Teri Sáenz | 26-08-2014 | 09:25| 0

La clase gobernante tiene aún pendiente interiorizar su exigente responsabilidad no ya como gestores del dinero de todos sino como amplificadores de mensajes con los que va construyéndose una conciencia social. El político no es sólo lo que hace sino lo que dice. Y en esa duplicidad nunca puede olvidar que cualquier gesto, el más mínimo susurro, forma parte de un todo en el que su faceta privada queda obligatoriamente sometida a su vertiente pública. Por eso, las recientes palabras del alcalde popular de Valladolid asegurando darle reparo entrar en un ascensor por si alguna mujer le busca las vueltas inhabilitan a Javier León de la Riva como representante por muchas mayorías absolutas que haya cosechado o disculpas huecas de última hora. Porque su comentario está cargado de un menosprecio inasumible para la mujer. Porque las sospechas que desliza asumiendo que un hombre puede ser acusado de violación si su vecina lo finge son una patada en el orgullo y la integridad de la mujer. De todas. Incluso las de su propio partido, que al margen de ideologías y olvidando esa defensa feroz de los propios que imponen las siglas deberían salir en tropel a afearle su opinión. Más aún repasando el catálogo reincidente de comentarios machistas que esta vez ya no tiene en la diana a ninguna ministra socialista, sino a todas las mujeres que en vez de subir por las escaleras coincidan en el ascensor con personajes que no deberían ascender a ninguna parte.

Ver Post >
Chicos de barrio
img
Teri Sáenz | 25-08-2014 | 10:00| 2
colajet

Los que en verano no teníamos pueblo nos conformábamos con ocupar el barrio. El resto de los chavales no iban de vacaciones, pasaban unas semanas o visitaban el pueblo en el que quizás residían sus abuelos o los tíos aún conservaban alguna casa vieja: ‘Tenían’ un pueblo. Además de la absurda sensación de pobreza infantil por estar fuera de ese catálogo de latifundistas, quienes lo único que poseíamos registrado a nuestro nombre era un tramo del Iregua o el hueco que medía la toalla en el césped de Cantabria nos vengábamos de los propietarios de un pueblo conquistando los espacios del barrio que quedaban vacantes. Vivir lejos del centro no era entonces una anhelo precrisis con piscina comunitaria y una plaza doble de garaje, sino el destino natural en un Logroño en expansión. Los barrios tampoco aspiraban a elevarse como esas celdas de lujo exclusivo que ahora proyectan algunos. Sólo eran el prólogo gris sin que el no se podía leer el resto de una novela juvenil. En las calles vacías hacía un calor incandescente mientras la tele echaba un culebrón. Los que no teníamos pueblo recorríamos las aceras paladeando ese placer nunca bien valorado que es no hacer nada. Sólo esperar a que se pusiera el sol para regresar a casa. O a lo sumo, tirar contra una canasta. Burlarnos del loco del tercero, hacernos postillas en la rodilla, compartir un colajet a la sombra de cualquier portal abierto. Pensar que el verano era eterno y nosotros nunca creceríamos.

Ver Post >

Últimos Comentarios

toniar66_5556 hace 19 horas en:
Seis mujeres
teri 13-10-2017 | 08:36 en:
Empresa imposible
pretextato 11-10-2017 | 19:04 en:
Empresa imposible
ecotris 31-08-2017 | 22:26 en:
Siempre libro
teri 17-05-2016 | 10:06 en:
El papel de la memoria

Otros Blogs de Autor