La Rioja
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El alma de la radio
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Teri Sáenz | 12-04-2017 | 10:25| 0

Hubo una época en que los barrios no eran ninguna frontera ni las familias una adición de individuos ajenos en hogares blindados. Los mocetes salían a la calle a jugar sin miedo, la juventud tenía la seguridad de que sus expectativas superarían a las de sus padres y la mayoría de las mujeres callaba lo que la sociedad no estaba preparada para oír. En aquel tiempo previo a las redes sociales, las auténticas redes sociales se tejían en torno a tertulias improvisadas en sillas a la puerta de un portal y cocinas donde las conversaciones se cocían a fuego lento. Las voces que salían de la radio eran el pegamento para unir a las personas que empezaban a conocer aquella cosa llamada libertad y nadie era consciente de que un día no demasiado lejano Internet lo jodería todo. Hasta allí viaja Ángeles Doñate en ‘El alma de la radio’.

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En su segunda novela tras la exitosa ‘El invierno que tomamos cartas en el asunto’, que ha sido traducida a seis idiomas, la periodista catalana reconvertida en retratista de emociones cambia de escenario sin alterar en exceso ni el registro ni el punto de mira. Como en su anterior trabajo, Doñate se apoya en las misivas que en este caso los oyentes remiten a la conductora del programa ‘El Consultorio de la Señorita Leo’ –un homenaje confeso al mítico ‘Consultorio de la Señorita Francis’– para radiografiar una Barcelona en plena transición no sólo política sino social que es en realidad el diagnóstico de la España del momento. Lo que Virtudes Leo dentro de la emisora y Aurora en la soledad de su hogar descubre en las líneas que se compromete a responder pese a las trabas para desvelar una fealdad anticomercial es una realidad cruenta. Jóvenes frustradas por su entorno, mujeres enfrentadas a la disyuntiva entre los sentimientos y los estereotipos que la época esperaban de ellas. Y, sobre todo, episodios de violencia de género emparedados entre los muros conyugales. La obra ofrece una doble lectura. La amabilidad de su escritura y el paisaje añejo que describe invitan a disfrutar de un libro dominado por la coralidad e historias cruzadas de gente corriente que unas veces coinciden y otras se alejan. Bajo esa capa de costumbrismo palpita una reflexión sobre temas imperecederos encarnados en la galería de personajes que pueblan una sociedad que empezaba a desperezarse de sus miedos. La soledad, la incertidumbre, las relaciones personales y el amor en sus todas sus formas se agitan en ‘El alma de la radio’ con esa habilidad que despliega Doñate para llevar de la mano al lector a través de una gran historia conformada por las pequeñas historias de cada protagonista. De entre todos ellos sobresale Aurora/ Virtudes Leo como eje sobre el que gira el resto y ejemplo de esa dualidad intrínseca al ser humano. La exitosa locutora sin rostro que da sostén a las esperanzas de sus oyentes, mientras fuera de ese papel brujulea indecisa en busca de su destino.

El alma de la radio’ reafirma las bondades apuntadas por Ángeles Doñate en ‘El invierno que tomamos en el asunto’ y agrega una dosis extra de madurez narrativa, alumbrando un libro que reivindica la literatura de los sentimientos y el cotizado placer de la lectura sosegada.

 

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Un auténtico crack
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Teri Sáenz | 10-04-2017 | 09:29| 0
pele

Aunque nunca me lo ha confesado por ese carácter austero en palabras que se gasta, el yayo Tasio se siente frustrado conmigo. Lo que al abuelo le hubiera gustado de verdad es que yo hubiera sido una estrella del deporte. Su sueño cuando era un mocete no pasaba por verme de vez en cuando en esa fotito anticuada que encabeza esta columna, sino encender la televisión y que mi rostro abriera todos los telediarios. En su cabeza me imaginaba fichando por un equipo de los grandes. Algún cazatalentos me veía enfrentándome a los chavales de mi edad y los principales clubes del país (qué hostias, del mundo entero) empezaban a pelearse por mis servicios. La disputa alcanzaba cifras astronómicas, promesas de una vida resuelta para mi familia, análisis de viejas glorias que veían en mí su heredero directo. Una nube de micrófonos me asaltaba a la salida del último entrenamiento con los ídolos que todavía coleccionaba en cromos y yo declaraba con una mezcla de humildad y madurez: ‘mis compañeros son unos auténticos cracks’. Tasio barruntó que jamás llegaría a la cumbre (ni al valle) en cuanto me apuntó a regañadientes al equipo del barrio. No sólo no despuntaba, sino que cada partido era un sufrimiento. Desde la grada únicamente escuchaba la violencia verbal del resto de padres y abuelos, no tenía ninguna habilidad y yo hacía lo imposible por pasar inadvertido. Lo que siempre agradeceré al yayo es que entonces se dio cuenta de que aquello no era un deporte para adultos. Sólo un juego de niños para disfrutar.

Foto: Soydelateja

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El día después
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Teri Sáenz | 03-04-2017 | 10:05| 0
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El programa estrella de Canal + cuando las cadenas privadas echaron a andar en 1990 se llamaba ‘El día después’. El espacio inauguró un formato entonces genuino en el que un puñado de comentaristas entre graciosillos y sesudos diseccionan los partidos jugados la jornada anterior. El éxito del espacio fue tal que al final carecía de importancia haber visto el encuentro. Lo realmente interesante era comprobar 24 horas más tarde los pequeños detalles que las cámaras habían captado y cómo aquellos matices ignorados en la retransmisión oficial daban una dimensión radicalmente diferente al resultado y provocaban consecuencias impredecibles. Y no sólo entre los jugadores o el cuerpo técnico, sino entre el público que asistía inocentemente al campo para ver luego proyectadas sus vergüenzas en millones de televisores. El PP de La Rioja vivió ayer su particular día después del congreso más polarizado y áspero de su historia. Lo importante no es quién ha ganado, sino cómo actuará (cómo esté actuando ya) con el contrincante. Fuera de los focos que han monitorizado el proceso han menudeado zancadillas, codazos, palabras gruesas, tuits envenenados, airadas reclamaciones al árbitro, acusaciones en doble dirección. Como en los grandes derbis. En vista de la acritud desplegada, nada será pasado por alto. Todo ha sido registrado, diseccionado y almacenado en una nevera de rencores. Cuanto más fuertes sean los abrazos y promesas de integración, más dura será (está siendo ya) la venganza.

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El relato vacío
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Teri Sáenz | 28-03-2017 | 08:21| 0
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Sergio del Molino acumula un doble mérito. El primero es haber alumbrado una envolvente novela a medio camino entre el ensayo y la etnografía donde dibuja el sombrío panorama de la despoblación rural y el otro, bautizar el libro con una etiqueta que se ha incrustado ya en el vocabulario social: La España vacía. El éxito de Del Molino ha propiciado en unos casos editar y otros redescrubir un buen puñado de trabajos que maman del mismo espíritu. Algunos con un enfoque más localista, un puñado en un tono decidamente literario y todos con el telón de fondo de ese mundo que se debate entre la ruina y el olvido mientras se agranda la brecha con el mostruo urbano. El fenómeno de la España vacía no sólo se ha impuesto sobre el resto de aspirantes a verbalizar el mismo proceso (demotanasia, el gran trauma, la Laponía española…) sino que ha calado hasta en el discurso político. Dirigentes de todos los colores apelan a la vertebración territorial, fijar población, revitalizar la sierra, dignificar los pueblos. Lo hacen, claro, desde ciudades enmoquetadas. Y agitan la bandera como si el silencio que habita en las casas de abobe desmembradas hubiera aterrizado ayer. Igual que si los corrales huecos, los caminos comidos por la maleza, los campanarios desmoronados o las escuelas sin niños hayan surgido tras una súbita lluvia amarilla. Sin saber, como hace Del Molino, que La España vacía no es un diagnóstico, sino un certificado de defunción tras muchas agonías ignoradas.

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Ghazi: “Si unimos todas las fuerzas, Siria tendrá libertad”
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Teri Sáenz | 21-03-2017 | 16:59| 0

De los miles de testimonios que certifican el drama que se vive en Siria, el de Noura Ghazi (Damasco, 1981) es uno de los más estremecedores. Su marido Bassel Khartabil, un destacado defensor de la libertad de expresión a través de Internet, fue detenido por las fuerzas de seguridad en el 2012. Tras permanecer en régimen de aislamiento y comparecer ante un tribunal militar de campaña, fue trasladado a una prisión sin identificar y sigue en paradero desconocido desde octubre del 2015. Ghazi lidera desde entonces una campaña por los derechos humanos de su pareja y tantos otros que le ha traído a ofrecer una conferencia en el Ateneo Riojano de la mano de Amnistía Internacional en la región.

–¿Cuál es a día de hoy la situación que se vive en la calles sirias?
–Precisamente hoy (por el lunes) es uno de los peores días para Damasco porque los grupos armados están atacando la ciudad. Hay bombas, tiroteos, explosiones… Todos esos enfrentamientos se están expandiendo por el resto del país y esas milicias están intentando recuperar territorios que habían perdido. El sufrimiento para los civiles es máximo. Hay una escalada de precios, la gente no tiene dinero, carece de agua y de alimentos, no hay calefacción, ni transporte, Damasco está plagado de “check points”. Siria es una gran cárcel y, en la práctica, los habitantes se encuentran arrestados en su propio país.
–¿Hay un cálculo de cuántos presos políticos hay a consecuencia de la coyuntura que vive el país?
–La de los presos políticos es una de las peores realidades en Siria no sólo ahora, sino desde el régimen anterior. Calculamos que existen unos 300.000 en cárceles militares o en prisiones secretas. De ellos unos 50.000 son mujeres y 18.000, niños. Según nuestros informes y los documentos que poseemos, el 30% muere torturado o a consecuencia de las condiciones a las que se les somete. A muchas mujeres se les apresa con sus hijos y a veces se les quita a los niños, de forma que no saben dónde están y desarrollan gravísimos problemas psicológicos no sólo antes sino después del arresto.
–¿Por qué la comunidad internacional no adopta una respuesta más contundente para intentar resolver el conflicto?
–Países como Rusia o Irán tienen una implicación muy negativa en lo que está sucediendo. Es cierto que la UE está intentando hacer algo a favor, pero sus medidas son menos decisivas de lo que nos gustaría, no sé si por falta de información o el continuo veto ruso ante la ONU. Quizás en las próximas conversaciones de Ginebra se alcance una paz parcial porque el mundo está cansado del conflicto sirio, pero el tema de las detenciones no está encima de la mesa y lo que nosotros demandamos es una democracia real.
–Otro de los asuntos pendientes es el de miles de refugiados que tras tantas promesas de acogimiento siguen en el limbo.
–Hubo, efectivamente, mucho ruido mediático al respecto y los sirios que tenían grandes sueños de ir a Europa los han visto defraudados. Países como Alemania, que prometió miles de plazas, no ha cumplido su palabra y un 10% de refugiados todavía sigue en Turquía y Grecia en campos con unas condiciones penosas. En todas las reuniones oficiales que estoy teniendo en Europa hay interés por acogerlos, pero no explican cómo ni qué hacer con ellos.
–¿Qué papel le queda a la sociedad civil para ayudar a solucionarlo?
–En todas las ciudades españolas que voy recorriendo conozco a mucha gente que me hace llorar porque noto su empatía, su solidaridad. Esa energía es vital para saber que no estamos solos. Si unimos todas esas fuerzas individuales para presionar juntos a cada gobierno lograremos algún día el objetivo de liberar a Siria del drama que vive.

Fotografía: Juan Marín

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Seguridad urgente
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Teri Sáenz | 20-03-2017 | 09:26| 0
san pedro

El relato de la brutal agresión sufrida por una celadora hace ahora una semana en las Urgencias del Hospital San Pedro resulta escalofriante. Los testigos del incidente describen a un hombre descubierto con convulsiones en la calle que es trasladado hasta allí y que, después de ser atentido, regresa y hace estallar el pánico hasta el punto de golpear repetidamente en la cabeza a la profesional sanitaria con una bombona de oxígeno. Gente huyendo despavorida por los pasillos, enfermos y personal encerrados en los baños para no ser las siguientes víctimas, un héroe improvisado que frena por un instante al agresor, un parte de lesiones que incluye fractura craneal, rotura de huesos, derrame cerebral. La descripción es aún más estremecedora por lo sencillo que resulta visualizar el escenario: ese tan cotidiano al que miles de riojanos han tenido que acudir en algún momento bien como pacientes o acompañantes con la suerte, eso sí, de no haber topado con algún trastornado como el que el domingo estuvo a punto de protagonizar un drama. Pasado el mal trago, repletas las concentraciones de apoyo a la celadora atacada y con el deseo común de que se recupere, toca la reflexión. Por qué fallaron las medidas de protección cuando Urgencias y Psiquiatría concentran anualmente el mayor número de agresiones. Dónde estaban los que velan por la seguridad de un lugar al que acude a diario innumerable público. Cuál es la garantía de que quien entra allí para trabajar o ser curado, no va a salir malherido.

Fotografía: Miguel Herreros

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Comer lentejas
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Teri Sáenz | 13-03-2017 | 11:45| 0
paella

El yayo Tasio había creído ingenuamente durante sus muchos años que la política era una cuestión de ideologías y servicio público. Siempre de consenso y a veces, hasta de cumplimiento de la palabra dada. El coordinador general del PP, ese tipo de tez aceitunada y mofletes amables al que se le cierran los ojillos cada vez que sonríe, le ha bajado del burro. Para Fernando Martínez Maíllo, un acuerdo entre partidos es, simplemente, gastronomía. Cuando ha llegado el plazo de materializar algunos de los puntos nucleares del pacto que suscribieron con C’s al estilo naranja – con cientos de fotógrafos revoloteando alrededor, manos entrelazadas y perfume de estadistas– los populares empiezan a excusarse con requiebros procedimentales e interpretaciones de lo firmado. Ni siquiera el haber solemnizado el pacto y claudicar a aquello que parecía el inicio de una nueva era lejos del rodillo y la opacidad reconduce a Maíllo. ¿Por qué rubricó entonces algo a sabiendas de que presumiblemente no lo acataría? «Eran lentejas», responde el hombre sin perder la simpatía. El documento podría haber sido caviar de regeneración, marisco democrático, trasparencia patanegra. Pero no. La urgencia por mantenerse en La Moncloa se quedaron en unas vulgares legumbres sazonadas por Rajoy«no he incumplido nada», eructa– que con los meses se han revenido hasta convertirse en un potaje pastoso y lleno de grumos. A ver cómo C’s deglute el engrudo que se le ha quedado pegado en el paladar.

Fotografía: El Norte de Castilla

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Miradas raras
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Teri Sáenz | 06-03-2017 | 18:53| 0

enfermedades raras

Hay algo mucho peor que padecer una enfermedad: no saber cuál es. Le ha ocurrido o le ocurrirá en el futuro a cientos de personas en La Rioja y miles en el mundo. El paciente acude al médico, pero si su cuadro no se ajusta a los estándares de una patología reconocible recibe el pasaporte para iniciar un peregrinaje incierto que acostumbra a prolongarse durante años. Un especialista remite a otro. Y éste a un tercero que quizás le derive a alguno más aquí o allá. Agostado por la incertidumbre, frustrado de recitar hasta la saciedad sus síntomas y someterse a análisis, biopsias y pruebas que nunca son concluyentes mientras su metabolismo se deteriora, el paciente entra en un bucle de esperanza/frustración que sólo se ataja cuando algún experto es por fin capaz de dar con cuál es su mal. Se provoca entonces una paradoja que sólo quien sufre una de las más de 7.000 enfermedades raras identificadas hasta ahora puede explicar. Poner por fin nombre (esdrújulo, alambicado, ignoto) a su dolencia supera saber al mismo tiempo que en la mayoría de los casos no existe cura ni tratamiento posible. Sin embargo, lo que no puede superar el alivio parcial que conlleva disponer de un diagnóstico definitivo es la incomprensión circundante. Las miradas extrañas de un entorno que no asume la diferencia ni siquiera en la enfermedad. Una sociedad más rara aún que esas patologías impronunciables a la que cuesta entender el dolor de los demás aunque, tal vez, un día engrosará esa minoría.

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Un buen ejemplo
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Teri Sáenz | 27-02-2017 | 09:18| 0
moviles

La hiperconectividad es la manera sofisticada de llamar a esa subordinación brutal que (casi) todos tenemos al móvil y las redes sociales. No es ni fenómeno baladí ni un hábito inocuo. Para José Luis Orihuela, el experto en nuevas tecnologías de la información que esta semana ha recalado Logroño para advertir de los valores que esa dependencia acecha, se trata de la mayor brecha de la historia entre cómo fue alfabetizada una generación y lo está siendo la siguiente. Los patrones de educación que han gobernado hasta ahora no valen. O, cuando menos, deben adaptarse. Mientras que hace años un chaval se informaba consultando un libro o escuchando la voz de la experiencia, hoy domina sin más criterio ni referencias lo que ponga en Internet. Los padres no dormían tranquilos hasta que el mocete volvía a casa una noche de fiesta, pero ahora la amenaza puede encerrarse con él en su propia habitación mientras chatea sin saberlo con un pederasta. El catálogo de peligros abarca intangibles menos visibles. El secuestro de la mirada al otro por unos ojos pegados a la pantalla, el conocimiento sosegado, la capacidad de estar solo, la conciencia del largo plazo. Ese bien tan infravalorado como es el silencio. Visto así, el panorama se antoja tenebroso. Pero no tiemble. Hay un antídoto capaz de atenuar los síntomas más graves: el ejemplo. Y si la próxima vez que esté comiendo en familia consulta Twitter o el correo electrónico, no se asuste si sorprende a sus hijos haciendo lo mismo entre plato y plato.

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Señoras y señores
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Teri Sáenz | 20-02-2017 | 12:00| 0
mato

Ana Mato no sabía nada.  Llegaba el cumpleaños de sus hijos y, como cualquier madre, se afanaba por organizar la mejor fiesta posible junto a sus compañeritos de clases con globos, payasos, chucherías y tal vez emparedados de Nocilla. Cuando sacaba un hueco entre sus intervenciones en el Congreso, la exministra se encargaba seguramente de contactar con el resto de padres. Hacía una lista de posibles invitados –esta sí, porque vais juntos a clase de pádel; este no, que es un pegón y dice palabrotas–, dibujaba por la noche las invitaciones con rotuladores de brillantina y ponía una nota al pie de las cartulinas de colores: se ruega confirmación. Del resto del evento, ni mu. Los gastos corrían a cargo de otra persona. Concretamente, del señor Sepúlveda. Sentada en el banquillo, a preguntas sobre los regalos de Correa y compañía, Mato habla de su exmarido como un intruso. Un alien tan ajeno y respetable que no merece ser llamado por su nombre sino con el título de señor. Ella se encargaba de la logística, pero las facturas las pagaba no sabe cómo aquel extraño. Que fuese entonces su marido es irrelevante. El suyo no era una hogar, sino una empresa mercantil. En vez de cohabitar en un dormitorio, coincidían en su particular consejo de administración doméstico. Lo más escalofriante del testimonio de Mato no es su dejadez por el dinero, que por un hijo se hace todo, sino la gélida distancia con la que habla del que con un día casó. Si a usted en casa dejan de tutearle, vaya haciéndose a la idea de que ya es un don (o una doña) nadie.

Fotografía: EFE

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