La Rioja
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Des Moines
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Teri Sáenz | 14-11-2016 | 09:34| 0
Donald Trump

La casa del yayo Tasio debe ser el único lugar del planeta ajeno al seísmo provocado por la victoria de Trump. Sentado sobre su orejero, apurando los rayos de sol que se cuelan por los cristales que siempre limpia la víspera de un chaparrón, el abuelo me pregunta a qué tanto revuelo. Y sobre todo, por qué tanta gente, hasta su avinagrado vecino del entresuelo que jamás ha salido del barrio ni sabe siquiera cuántos estados están unidos, opinan del sucesor de Obama como sesudos analistas de geopolítica planetaria. Yo, el único Donald que conozco tiene pico, plumas y voz de lija, reconoce sin rubor. Como conozco al abuelo, me limito a callar disimulando media sonrisa. Tasio, en realidad, habla para sí mismo. Me pregunta si todos los norteamericanos son tan retrógrados e ignorantes como pontifican los parroquianos del bar donde se toma a media tarde un café con leche ardiendo. Qué es un swing state, cómo no ha ganado Hillary si era tan fetén, por qué una papeleta en Ohio vale igual que otra en Florida, a qué viene que tantos inmigrantes hayan votado republicano si Donald (el pato no, el otro) ha prometido levantar un muro para frenar la entrada de otros compatriotas. No tengo ni idea, confiesa. Le revuelve que tantos censuren alegremente voluntades tan democráticas como cualquier otras o critiquen una sociedad de la que ignoran hasta su geografía. ¿Tú sabes, por ejemplo, cuál y dónde está la capital de Iowa?, me dice. Y yo me levanto para pasar un paño a las ventanas.

Fotografía: Charlie Neibergall (AP Photo)
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La vida sigue igual
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Teri Sáenz | 31-10-2016 | 09:42| 0
accidente

Decidí dejar de tomar la N-232 una mañana de invierno hace una eternidad. Manejaba un Ford Fiesta de segunda mano heredado de no sé de quién y tenía que viajar a La Rioja Baja tampoco recuerdo para qué. El caso es que llovía. Y con ganas. A la habitual romería de camiones se unía una multitud de turismos urgidos de llegar a su destino. El que más prisa llevaba era el que vi de pronto frente a mí. Unos metros más allá del limpiaparabrisas que no daba abasto para retirar la manta de agua, el coche estaba en plena maniobra de adelantamiento no de uno, sino de dos traílers a la vez. Se me heló la sangre al atisbarlo entre la bruma. Como en esas películas de ciencia ficción donde el tiempo se dilata y el espacio se contrae, clavé los dedos en el volante, apreté los ojos y me metí en el arcén en el momento justo que el kamikaze volvía a su carril. Por un instante y con el corazón aún en vilo, me imaginé en las portadas de los periódicos del día siguiente. Yacía debajo de la manta con que se cubren los cadáveres antes de que lleguen las asistencias sanitarias, al lado de un amasijo de hierros que una vez había sido mi viejo coche. La información se completaba con una sarta de declaraciones donde los partidos se culpaban mutuamente del colapso de la nacional y el retraso para liberar la AP-68 prometiendo (otra vez) fechas límite para atajar la sangría. Como esta semana se ha oído en el Parlamento, tantos años después la vida sigue igual excepto para quienes continúan muriendo en la N-232.

Fotografía: Miguel Herreros

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Fantasmas de barro
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Teri Sáenz | 24-10-2016 | 10:13| 0
mansilla

Al yayo Tasio no le sacas de casa ni a tiros. A sus años, pasear más allá de los límites de su barrio es agotador y montar en coche, una heroicidad. No me quedó así otra que engañarle. A regañadientes aceptó llegarnos conduciendo un poquito más allá de la ciudad y parar a almorzar en algún hayedo donde las hojas ya están pintadas de otoño. Tuve que darle palique para que no percibiera que hacíamos más kilómetros de los prometidos devorando curvas y sorteando baches. Para cuando se quiso dar cuenta, ya habíamos arribado a Mansilla. Fue bajar del vehículo y ver cómo su cara mutaba en un espejo de la desolación que tenía delante. El pueblo que una vez fue fértil y populoso asomaba el esqueleto húmedo que durante años permanece oculto bajo las aguas. Aunque no abrió la boca para decirlo, el abuelo estaba viendo en aquellas ruinas las de su propia aldea y otras tantas que las riadas del tiempo han enterrado no en un embalse, sino en el sótano de la memoria. Me rogó que le dejara solo. Apenas había otro puñado de curiosos. Bajó torpemente hasta la vaguada y vagabundeó entre calles que aún dibujan su trazado sobre la tierra cuarteada, unas pocas piedras erguidas, los vanos que se resisten a desmoronarse. Desde la distancia vi cómo palpaba los pocos troncos negros que siguen en pie, de qué forma reproducía en su mente la vida que ahora sólo se intuye tras la sequía. Al regresar al coche, no supe si al mi lado se sentó el abuelo Tasio o el fantasma de sí mismo con las suelas manchadas de barro.

Fotografía: Justo Rodríguez

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Animales en manada
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Teri Sáenz | 17-10-2016 | 09:33| 0
manada

La manada no siempre sabe que forma un grupo. Y tal vez ni siquiera de que es capaz de la crueldad más atroz. El rebaño hiberna cuando la suma no es posible y sus integrantes constituyen una unidad inocua. Cada cual actúa individualmente con el rol asignado en su día a día. Vigila una carretera comarcal, estudia sobre un pupitre, despacha viandas detrás de un mostrador. Puedo hasta que se dedique a escribir en un periódico. Nada en su rutina deja entrever el animal que lleva dentro hasta que esas células se aglutinan. Entonces, como una reacción química entre elementos dañiños, dan lugar a un ente que no tiene el rostro de nadie pero acumula el odio de todos. Basta poco para que el conjunto se arracime. Y mucho menos para ejercer una brutalidad latente regada por la impunidad que inyecta a veces la masa. La excusa puede ser un compañero demasidado apocado. O excesivamente extrovertido. O si en vez de cachorros la grey es de presuntos machos adultos, una chica a la que solos no se atreverían a mirar pero juntos se alían para manosearla. Como las alimañanas, rodean a su víctima. Primero con insultos o descargas de vergüenza. Al rato, a base de forcejeos y hostias en el orgullo. Ese oscuro Frankenstein  cosido con los órganos más negros de otros seres extiende sus garras. Arrincona. Humilla. Hiere. Y luego, cuando ha asestado tantas detentalladas, se diluye otra vez en solitarios pusilánimes que reciben el asco de una pluralidad más valiosa: la de quienes repudiamos su cobardía.

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Tengo un informe jurídico para usted
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Teri Sáenz | 14-10-2016 | 17:41| 0
informe

La propuesta de resolución aprobada por el Parlamento regional que instaba a suspender el desarrollo Lomce en La Rioja nació muerta. Desde el minuto uno después ser aprobada por la mayoría de la oposición con el rechazo del PP, la Consejería ya anticipó que su aplicación era inviable al tratarse de una Ley Orgánica y las competencias de la comunidad en este ámbito, limitadas. La opinión vino acompañada del mismo aderezo con que se aliñan tantas disputas políticas en el hemiciclo: la petición de un informe jurí- dico que demarcase los límites legales de la cuestión. Nadie dudaba de que el texto avalaría la posición del Ejecutivo regional. Tampoco al portavoz de Ciudadanos, que en el último pleno donde se interrogó a Abel Bayo sobre el resultado del informe que ayer dio a conocer, lo dejó caer con ironía. «Qué curioso que siempre que el Gobierno reclama un informe jurídico siempre le da la razón», dijo Diego Ubis pensando quizá para sus adentros en la intención de su grupo, también abortada en su momento por otro informe jurídico, de impedir que el Parlamento renovara a Pedro Sanz su acta de senador autonómico. Una coyuntura que, más allá del recurrente recurso a la legalidad cuando las cuerdas se tensan, visualiza el bucle que vive el actual Parlamento donde la ausencia de mayoría absoluta conduce a un consenso casi rutinario pero que pocas veces toma tierra en acciones concretas. Es probable que usted no comparta lo que acabo de escribir, pero da igual: tengo un informe jurídico que confirma que yo tengo razón.

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Tributo al tributo
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Teri Sáenz | 10-10-2016 | 10:32| 0

tributo

Si jamás ha asistido a un concierto de rock o el ruido de guitarras le gusta tan poco como a los partidos ceder para facilitar un Gobierno, le informo de que la última tendencia musical son los grupos tributo. Como su propio nombre indica, el fenómeno consiste en conciertos donde una banda de desconocidos interpreta los temas de otra banda legendaria que en la mayoría de los casos se ha disuelto hace más o menos años. El resultado acostumbra a ser irregular. La banda tributo se ciñe al concepto de banda, aunque sin embargo la intención del tributo se diluye no pocas veces entre los condicionantes propios de escenarios de tercera fila y la enormidad de su referente. Esas limitaciones importan lo justo al público. El ansia por sentir redivivos a los ídolos que escucharon en su juventud es tal, que un mismo artista histórico tiene girando aquí y allí varios replicantes simultáneamente. Todos ellos, por su puesto, autocatalogados como la mejor banda tributo del mundo. Los integristas suelen echar pestes de todas, abjurando de que un legado icónico sea mancillado en fiestas de pueblo por advenedizos sin aura. Lo que los guardianes de la pureza ignoran es que la catarata de grupos tributo va más allá de la música, es un signo de los tiempos. Ya no hay líderes genuinos, ir contracorriente es un valor a la deriva, la autenticidad está herida. Sólo queda conformarse con imitadores. Cerrar los ojos e imaginar que quien está sobre la tablas es algún viejo rockero de verdad que odia ser una mala copia otros.

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A por uvas
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Teri Sáenz | 03-10-2016 | 10:56| 0
temporeros

El yayo Tasio se topa con él cada mañana que cruza por la estación de autobuses. Es negro como el tizón, va abrigado hasta el cuello y en su mirada ha llegado ya el otoño. En una mano lleva una bolsa de rafia arrugada con el logotipo de un supermercado cercano. En la otra, un manojo de cartones que dobla meticulosamente después de lavarse en la fuente junto a la que duerme cada noche a la intemperie. En el capazo que le hace las veces de maleta asoma lo que parece que un día fue una manta recia. Por el ruido que hace al posarla en el banco donde se sienta a pasar el día, dentro debe guardar un vaso metálico, algún plato abollado. Tal vez una sartén rescatada de no se sabe dónde. Sobre la madera extiende una servilleta que hace también las veces de mantel. Extrae de la bolsa media barra de pan y empieza a comerla con parsimonia, pizcando las escasas migas que se escapan al hambre. No está solo. A su alrededor hay otros como él. Decenas. Comparten color de piel, manos curtidas en vendimiar a destajo y ganas de ganarse un jornal. Tasio supera la tentación de observarles como hacen el resto de los transeúntes, que cada vez que llegan estas fechas les confunden con parte del mobiliario urbano. Se siente impelido de preguntarles si son de Pedro Sánchez o Susana Díaz. Si están por un congreso exprés o crear una gestora. Si creen conveniente abstenerse o son partidarios de unas terceras elecciones. Si, en definitiva, agota más cortar uvas o sufrir el inmenso caos que les ignora.

Fotografía: Juan Marín

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Sin palabras
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Teri Sáenz | 26-09-2016 | 08:49| 0
quevedo
No verá ninguna manifestación multitudinaria por El Espolón lamentando el cierre. Los sindicatos evitarán salir a la calle portando pancartas reindicativas y el Parlamento olvidará consensuar ninguna declaración institucional en solidaridad con el negocio que baja la persiana para siempre por jubilación. Tampoco los partidos se echarán en cara mutuamente los motivos de la clausura ni la interpretación parcial de datos macroeconómicos. Ni siquiera pugnarán por que sus representantes en Madrid sean los primeros en trasladar una inane iniciativa alusiva al caso en esas Cortes que sólo sirven para llenar el tiempo y los bolsillos de sus señorías mientras sigue sin haber Gobierno. En breve, la Librería Quevedo no volverá a abrir sus puertas y en las estanterías donde durante cuarenta años han habitado palabras se instalará el silencio. Los mismos que bramaron contra la marcha de multinacionales pasarán por delante del local que quizás acabe reconvertido en otra cafetería más con terraza y apenas notarán el cambio. Da igual, porque nunca ojearon allí (ni en ningún otro lugar)  un cómic ni olieron las páginas de una obra maestra tentados de comprarla. Al único que de verdad le apenará el cambio es al centro de Logroño. La ciudad llorará en bajito, como ha hecho cada vez que uno de los comercios tradicionales que le insuflan vida muere. Pero nadie le escuchará, porque en la ranura de las urnas electorales no cabe ningún libro. Sólo papeletas raquíticas.
Fotografía: Justo Rodríguez
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¿Dónde están?
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Teri Sáenz | 19-09-2016 | 09:45| 0
diana querr

 

Imagine por un momento que todo Arnedo desaparece. Así, de pronto. Amanece una mañana cualquiera y los más de 14.000 arnedanos censados en la ciudad ya no están. Nadie sabe qué ha ocurrido, dónde han ido, por qué no descansan en sus casa ni pasean por la calle. Sus cosas siguen intactas pero ellos, simplemente, se han evaporado. A la sorpresa mayúscula sigue la incertidumbre. A la incertidumbre, una catarata de preguntas que desembocan en el miedo. Y al miedo, la desesperación cuando al primer día se suceden otros días y nadie es capaz de intuir qué ha pasado, dónde está toda esa gente que de súbito se ha borrado del mapa. Semanas después, alguien deja caer una hipótesis. No importa con qué fundamento ni cuánta credibilidad. La falta de pistas sobre algo tan incomprensible es tal que quienes están a la búsqueda de los desaparecidos se aferran a cualquier resquicio. Las investigaciones siguen el hilo, atan cabos, remachan los flecos. Al final, nada. El tiempo transcurre y una capa de olvido acaba cubriendo el suceso. En España, cada año desaparecen 14.000 personas. Tantas como habitantes tiene por ejemplo Arnedo. Algunos se llaman Diana Quer y su rostro preside todos los telediarios. De otros no transciende ni el nombre más allá de su círculo cercano porque su biografía no supura detalles para retorcidas especulaciones. En la democracia del misterio mezclado con miedo todas las desapariciones valen igual, porque hay algo más duro que alguien muera: no saber si está vivo.

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Restos de comida
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Teri Sáenz | 12-09-2016 | 17:53| 0
croquetas

Un pacto en política es como una cena recalentada. A falta de un menú más nutritivo o algún otro manjar guardado en la nevera, el gobernante extiende sobre el atril del hemiciclo un pacto cualquiera con la textura de esas croquetas que ayer estaban crujientes y hoy son una bola blandurria de besamel. No tienen sabor ni consistencia, pero quizás el comensal invitado tenga tanta hambre y obligación de empatizar que acepte un menú revenido. Los pactos son tan livianos y baratos que admiten cualquier sabor. Los hay en infraestructuras, en sanidad, en financiación autonómica, en la reforma del Estatuto, en la gestión demográfica. Acuerdos domésticos en forma de aperitivo y acuerdos región tamaño XXL. En el último Debate sobre el Estado de la Región, José Ignacio Ceniceros planteó cinco. Podrían haber sido diez. O veinte. O dos y medio. Un pacto contra las dobles filas, otro para evitar las despedidas de solteros, alguno en favor de los cardos sin espinas. Nunca hay suficientes para saciar el estómago, pero rellenan de forma muy aparente un plato institucional. En las mayorías absolutas cambian las tornas. El Gobierno impone lo que hay que tragar y es la oposición, escuálida y sin acceso a las cocinas, la que oferta pactos para significarse. En ambos casos, lo de menos es consensuar nada. Sólo valen para retratar al otro. Afearle por rechazar esa gran masa de carne que se hace bola al hincar el diente y finalmente queda tan flácida que acaba en el cubo de la basura orgánica.

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