La Rioja
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RUMBO A BUCAREST
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Teri Sáenz | 17-07-2006 | 10:45| 0
    Ayer bajé de casa y me fui a Bucarest. No necesité cambiar moneda, renovar el pasaporte ni atravesar ninguna aduana. Madrugué un poco más de la cuenta y me planté allí en diez minutos.
    Bucarest es un modesto bar de barrio situado en ese ‘Viejo Logroño’ que cotiza a la baja ante el musculoso y enladrillado ‘Nuevo Logroño’. Se encuentra en una calle exenta -por el momento- de esos socavones donde colocan semillas de parkings para que germinen en primavera. Y hasta aquí puedo leer. No daré más pistas. Las coordenadas exactas del Bucarest me las guardo para mí o para quien como yo lo descubra sin buscarlo.
    Como su propio nombre indica, el bar está atendido por una joven extranjera que habla un español más que esforzado. La decoración reúne una peculiar combinación: entre banderas rumanas y cuadros alegóricos quedan todavía señales del local original que (imagino yo) fue traspasado al nuevo propietario tras la jubilación del antiguo. De esa etapa pervive un banderín sepia de cuando la Real Sociedad ganó la liga con Arconada, un enorme reloj de plástico cortesía de Johnny Walker y varios de esos azulejos con inscripciones lapidarias del tipo ‘Aquí no se fía ni a tu tía’.
    La clientela también participa de ese mestizaje. Los grupos de rumanos comparten barra con cuadrillas de chiquiteros veteranos que siguen fieles a su ruta aunque los dueños hayan cambiado. De vez en cuando me cuelo entre unos y otros para desayunar café con leche y una tostada. En la televisión, el canal internacional ofrece un culebrón rumano en versión original. La gente lee los periódicos con parsimonia sin meterse con el vecino y a nadie se le hincha la vena discutiendo por qué Zapatero permite casarse a los gays o Aznar creyó ver uranio en Irak. Ni siquiera se entretienen en culparme a mí de todo lo que dice la prensa cuando descubren que soy periodista. La única que me exige algo es la camarera: «Son tres eurrros, porrr favorrr».
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SANGRE DE MI SANGRE
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Teri Sáenz | 09-07-2006 | 11:28| 0
De las muchas leyendas urbanas que circulan sobre el mundo del rock, mi favorita es una que tiene a Mick Jagger como protagonista. Según estas fuentes apócrifas, las razones de la eterna juventud del cantante de los Rolling Stones no residen en la meditación, la dieta mediterránea ni el ejercicio físico. Aunque desde su más tierna adolescencia ha sido un fiel militante del exceso en todas sus vertientes, sus conciertos continúan siendo todavía hoy un derroche de energía y efervescencia.
    ¿Cómo es posible tanta vitalidad en alguien así? Algunos sostienen que la causa está en Suiza. En una lujosa y exclusivísima clínica escondida en algún paradisíaco rincón de los Alpes donde multimillonarios de todo el planeta acuden para recibir transfusiones integrales. Igual que a un coche le limpian todos los circuitos cuando empieza a renquear, a Jagger le inyectarían periódicamente dosis de su propia sangre que alimentan la elasticidad y refuerzan su vigor.
    El ginecólogo Eufemiano Fuentes -¿quién puede fiarse de alguien que se llama Eufemiano, o Eustaquio, o Eleuterio?- hacía presuntamente algo parecido en España con los deportistas lo élite. Cuando las exigencias de la competición lo requerían, inyectaba a sus clientes una ración de extra de sus propios glóbulos rojos que los dejaba a puntito para superar cualquier obstáculo. Lo más escalofriante del caso no es la propia práctica, sino cómo el médico conservaba la sangre dentro de un frigorífico de campaña en bolsas de plástico sin glamour alguno. Y ese libro de notas un poco grasiento donde escribía con caligrafía nerviosa cómo, cuándo, dónde, cuánto y a quién debía chutarle.
    Señor doctor: la sangre de uno merece un respeto. El mismo trato exquisito que seguramente le prestan al flujo de los Rolling. Si un día de estos la vida me supera y no me localizan, que busquen en Suiza. Llevaré allí mis venas aunque me desangre pagando la factura.
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RIESGO DE CONTAGIO
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Teri Sáenz | 04-07-2006 | 12:35| 0
    De todas las enfermedades que atacan al riojano medio, la que más trastornos provoca y secuelas más graves deja es el yaquemepongo. Las consultas de los médicos (públicos o privados; o públicos de día y privados de tarde) están plagadas de pacientes que en su día se contagiaron y a estas alturas presentan todos los síntomas: apreturas estomacales por no poder pagar unas obras que no estaban previstas en principio; dificultades para aparcar el monovolumen que sustituye al coche que no necesitaban jubilar; sarpullido general tras haber comprado por un poquito más un piso nuevo y bien alejado en vez de ese otro céntrico y coqueto que me gustaba mucho pero no tenía piscina ni garaje ni vistas a un hipermercado…
    Los más prestigiosos laboratorios farmacéuticos trabajan en un posible antídoto. Todo indica que aún queda mucho camino por recorrer. No hay nada como no tener un millón de pesetas para cavilar cómo gastar ese dinero. O traspasar esa estrecha frontera que separa las dudas de cambiar la grifería del baño para embarcarse a continuación en reformar la casa entera. El yaquemepongo empieza entonces a hacer estragos en el organismo.
    En casos extremos, y sólo si la salud del paciente corre peligro, recomiendan en voz baja hidratarse bien, huir de alimentos ricos en grasa y dar paseos matutinos hasta la Gran Vía de Logroño. Allí, al menos, pueden rascarse comprobando que las posibilidades de contagio son amplias. Que hasta los ayuntamientos no escapan de los brotes que empiezan con un cambio de arbolado y acaban levantando el corazón de la ciudad, construyendo un enorme parking y, yaquemepongo, 600 plazas más de las previstas.
    Si los picores persisten, es más que probable que el paciente esté atacado además con otra bactería nociva. Un análisis de orina dirá cuál es: el quechorramasdá, el yatelodeciayo, el soymaslistoquenadie, o puede que incluso el estoteloarreglaunoqueyoconozco.
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UN PARTIDO PERFECTO
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Teri Sáenz | 26-06-2006 | 16:30| 0
    En cuestión de deportes me alineo con el equipo de los tibios. Ni se me caen las lágrimas con los extremos de regate fino y golpeo seco, ni vomito cada vez que el locutor ruge cuando hay gooooooool en La Condomina. Veo los partidos  como quien observa el paisaje desde la ventanilla del tren, pero las tardes de domingo friego los platos con la contundencia de un central si la radio me lleva por toda España de estadio en estadio. En resumen: empate a cero con algún remate al palo sin consecuencias.
    La lluvia intensa de balones que cae estos días ha hecho replantearme el esquema de juego. Sobre todo, por esa imposibilidad de huir del fútbol total que hace que todas las televisiones sean ‘La televisión del Mundial’, que oéoéoéoé se haya convertido en poesía y que hasta en las conversaciones de ascensor se cuele algún comentario del tipo «Ya decía yo que Aragonés debía poner a Cesc en la medular».
    Pero hay más. Soporto mal que descuadren los rostros que me contaban las noticias. Que las periodistas luminosas ahora se embarren en comentarios sobre el 4-4-2 de Togo o que el nivel de idolatría con algunos personajes llegue hasta los altares cuando a otros no se les perdona ni el haber nacido.
    En vista de este ataque sin tregua he apagado la radio y la televisión y me he atrincherado en Internet. Y Cuando el partido parecía más atascado, resulta que he encontrado aquí mi particular oasis. Las retransmisiones a través del ordenador me han reconciliado con el fútbol. Solo en mi habitación, sin comentaristas estridentes ni repeticiones a cámara lenta, alguien va escribiendo cada incidencia sobre el monitor (min. 72. «Vaya sprint de Mensah con Johnson por la izquierda. Reaccionó rápido el central». min. 74. «Otra vez Pimpong, el mejor del equipo, en una acción en solitario») dando al espectador/lector la ocasión que se pierde en todos los encuentros: jugar en su imaginación el partido perfecto sin temor a una lesión. Ni siquiera cerebral.
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SÉ QUE ESTÁIS AHÍ
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Teri Sáenz | 20-06-2006 | 12:33| 0
    Ya no puede ser una casualidad inocente. Yo más bien apostaría por una invasión de dimensiones cósmicas en la que, como en esas películas americanas de serie B de los años 50, los marcianos toman apariencia humana para ir apoderándose sigilosamente de la tierra.
    El primer aviso lo dio Guy Goma. El hombre, un congoleño afincado en Londres, se encontraba en la sede de la BBC esperando realizar una entrevista de trabajo para conseguir un puesto de limpiador en las oficinas de la cadena de televisión británica. De buenas a primeras, y por una insospechada cadena de confusiones, se encontró frente a la presentadora de un programa especializado en tecnología y con todas las cámaras apuntándole. Goma respondió a las ampulosas preguntas de la periodista sobre el litigio legal de Apple Computer con aplomo y, lo más sorprendente, sin que su interlocutora descubriese que no se trataba del especialista que en realidad debería estar ocupando el sillón de invitados en ese momento.
    Durante el último año y medio, dos activistas antiglobalización norteamericanos llamados Jacques Servin e Igor Vamos se han hecho pasar por expertos de la Organización Mundial del Comercio. Con esa  tarjeta de presentación han venido impartiendo conferencias y participando en sesudos coloquios por todo el mundo sin que nadie cayera en la cuenta del fraude. Les ha valido emplear un discurso hueco y engolado para que la audiencia les aplaudiera a pesar de tender a la extravagancia en sus presentaciones.
    La pregunta es: ¿cuántos más  como Goma, Servin y Vamos habitan entre nosotros? ¿Cuántos de los líderes de opinión que llenan portadas y reciben reverencias en los foros más distinguidos son en realidad impostores (accidentales o intencionados) que viven del cuento? No tenéis escapatoria. Sabemos que estáis ahí. El día menos pensado atenderemos a lo que decís, os quitaremos la corbata y saldrá vuestra piel de lagarto.
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YO NO SOY YO
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Teri Sáenz | 11-06-2006 | 19:08| 0
    Me falta algo, no soy yo. Me autorradiografío por las mañanas y confirmo el diagnóstico: hay un hueco insondable dentro de mí. Después de darle muchas vueltas intuyo cuál es el origen del mal. La semana pasada viajé al extranjero, a un país sin sangrientos programas del corazón ni incendiarios coloquios políticos. Al volver aquí habían cambiado muchas cosas. Cosas trascendentales. Uno se va, y en una semana se muere Rocío Jurado. Uno se va, y en una semana se celebra el Debate del estado de la Nación. ¿Puede alguien sobrevivir a la ignorancia de asuntos de este calado? En mi caso, a duras penas me sostengo de pie.
    El historial clínico me recuerda que no es la primera vez que padezco estos síntomas. En otra ocasión, hace muchos años, me ausenté una larga temporada a miles de kilómetros. A la vuelta, mis amigos me recogieron en el aeropuerto a la voz de «¿Qué tal lo has pasado pecadorrrrr de la pradera….». Así, de sopetón. El agotamiento del viaje me hizo dudar de todo. De la capacidad mental de mis amigos, del logopeda que nos trató cuando éramos chavales, del planeta en el que había aterrizado. En el camino de regreso a Logroño me inyectaron una dosis reconcentrada de ese Chiquito que en mi ausencia había invadido la televisión y las vidas de todos, me explicaron por qué andaban a saltitos, me describieron qué era un fistro sesual y al final les agradecí el tratamiento con un sincero jarrrlll.
    Estos días hecho un falta un proceso de descomprensión parecido a aquél. Ponerme al día por la vía rápida. Contar en el cerebro con las mismas palabras gruesas y las mismas fotografías lacrimógenas que los demás tienen ya en su disco duro personal. Saber qué le echó en cara Fidel Albiac a Zapatero, si Rajoy le dio el pésame a Amador Mohedano. Porque lo peor de viajar tan lejos es la confusión que invade al que regresa ¿Me he perdido la muerte de la Nación o el Debate del estado de Rocío Jurado? Este jet lag me está matando.
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MEDIO METRO
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Teri Sáenz | 08-06-2006 | 11:30| 0
    Tengo medio metro cuadrado de suelo escondido debajo del colchón de mi dormitorio. Como los años son implacables y el futuro incierto, lo conservo convencido de que con el tiempo se revalorizará y endulzará mi vejez. Un pálpito me dice que es la inversión de mi vida.
    No he pagado un euro por él. Simplemente lo robé. Del mismo centro de la ciudad, si tengo que confesarlo todo. Una mañana de domingo como ésta, cuando las aceras aún estaban pegajosas y las palomas dormidas, me acerqué paseando hasta el corazón del casco antiguo y recorté mi medio metro con unas tijeras de cocina. Lo camuflé entre las páginas del periódico recién comprado y me marché silbando una melodía tonta para no levantar sospechas. De vez en cuando lo rescato de su escondrijo para sacarle brillo y sentir entre mis manos cómo va ganando enteros.
    Aunque ya he tenido alguna oferta jugosa, mi convicción es fuerte. No vendo. Es más: si las deudas no aprietan, ésta será la herencia de mis hijos. Se lo cederé cuando las entrañas de la ciudad estén por fin reconvertidas en un mastodóntico parking que permita recorrer de punta a punta el subsuelo sin salir del coche; cuando los chavales sigan emborrachándose como siempre lo han hecho pero escondiendo sus vomitonas y su bulla en un aséptico polígono industrial alejado del sur; cuando IKEA gobierne el mundo; cuando todos vivamos en clónicos adosados con zona verde comunitaria, piscina, dos garajes y amplias facilidades de pago; cuando para pedir un chato haya que saber árabe (o rumano); cuando las excursiones de las guarderías no tengan como destino las huertas junto al río sino la galería comercial de un hipermercado.   
    Cuando todo eso ocurra, sacaré mi medio metro cuadrado de suelo del colchón y se lo donaré a mi hijo con toda la grandiosidad que exige el traspaso. «Mira mocete: así era el centro de la ciudad».
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VIAZÉ UN HOSPITÁ
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Teri Sáenz | 26-05-2006 | 17:59| 0
    La revelación musical del verano que acecha se llama Jesús Rodríguez. ¿Le suena? Tal vez el nombre de El Koala les diga más. Es ese treintañero chaparrito, de barba cerrada, poderoso entrecejo y encanto disperso que últimamente aparece en los medios como la última esperanza blanca del rock rural patrio.
    ¿Sigue sin ponerle cara? Suyo es el honor de perpetrar Opá, yo viazé un corrá. Si aún no ha escuchado el tema, pronto lo hará. Las radios se han conjurado para convertirla en una de esas canciones de las que uno no puede huir. Repiquetean en los altavoces del supermercado, gobiernan las verbenas de pueblo, saltan de emisora en emisora y, el día menos pensado, ya se ha instalado a traición en la cabeza. Cuando una mañana esté afeitándose y se descubra frente al espejo tarareando inocentemente     «…viazé un corrá pa echá una potra, ¡Ay, con zu potrillo!…» dése por vencido: El Koala le ha poseído.
    Ya que musicalmente tiene poca chicha y la presunta gracia de la letra se agota a las mil primeras escuchas, lo jugoso de El Koala es ver cómo ha saltado a la fama. Los genios del márketing no han debido considerar muy honorable lanzarlo como ¡El auténtico sucesor de Georgy Dann! o ¡El hijo bastardo de Macarena… aaaaaaha!, así que insisten en que internet ha sido su catapulta mediática con un video tan mostrenco como la canción de marras. Uno le pasa el archivo a otro, éste al de más allá y de la noche a la mañana El Koala se convierte en ídolo de masas.
    Si tan efectivo es el sistema, los partidos políticos deberían tomar nota. Ahora que se avecinan las elecciones, podrían ahorrarse (ahorrarnos) las palabras gruesas y los mítines agotadores. Bastaría con sumergir sus mensajes en la Red y dejarse llevar por el boca a boca. El guión está listo. Sólo tendrían que aderezarlo a su gusto. Opá, viazé un hospitá… de referensia nacionaaaá, diría el estribillo de unos. Los otros tampoco lo tienen difícil: Opá, voy a liberalizá… la jautopista enteraaaa.
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LA BARONESA SE LO PIENSA
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Teri Sáenz | 14-05-2006 | 11:36| 0
    El alcalde de Madrid ha reculado. El proyecto para reurbanizar el eje El Prado-Recoletos se toma una tregua. Los árboles de la columna vertebral de Madrid seguirán (por ahora) en su sitio. Seis meses de prórroga para «escuchar» todas las voces y «repensar» la idea, ha dicho. Y eso, en el metalenguaje que gastan los políticos, es decir mucho.
    Parte de culpa en esa marcha atrás la ha tenido la protesta popular. Una movilización que, a diferencia de otras tantas, no ha tenido al frente ningún sindicalista de discurso fiero. El abanderado ha sido una señora vestida con un traje de lino blanco-roto, zapatos de Chanel y título nobiliario. Con manicura impecable y el pelo milimétricamente revuelto, Tita Cervera se ha lanzado a la calle. Y tras ella, una multitud.
    No ha sido necesario recurrir a las/los pelotas de goma. Ni una carrera por delante de los antidisturbios se ha visto. Tampoco era cuestión de que en una de éstas la baronesa encasquillara sus tacones en el adoquín. O que los guardaespaldas que la escoltaban tuvieran que frenar las cargas policiales con la montura de sus Ray-Ban. Por no haber, no ha habido ese cielo plomizo que acompaña las manifestaciones de las empresas en reconversión o de los estudiantes de botellón. Todo era sol en la protesta de Tita. Ni siquiera se llegó al insulto más allá del bizarro ‘Gallardón: pódate tú la pilila’ que rezaba alguna de las pancartas. Ha bastado la perfecta sonrisa de uno para que se oiga la voz de todos.
    Un vecino de Logroño ha llamado a la baronesa. Tras las reverencias protocolarias, le ha preguntado si alquila por horas su poder de convicción. Si de viaje a Aspen o a Mónaco no podría dejarse caer por las aceras de Gran Vía jibarizadas por las obras. O pasear su glamour por los garajes anegados de Jorge Vigón. Incluso le ha propuesto encadenar se a una de esas estruendosas trepanadoras que madrugan mucho y trasnochan más. La baronesa se lo está pensando.   
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Humo(s) negro(s)
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Teri Sáenz | 10-05-2006 | 11:35| 0
    «¿Tú tampoco puedes dejarlo?», le interrogaba el otro día un compañero de trabajo a otro fuera de la oficina para rellenar la conversación. «Lo he intentado, pero lo necesito continuamente», confesaba su colega con un mohín de resignación. Como los minutos se alargaban hacían un esfuerzo por estirar las palabras. «He probado a coger la bicicleta, caminar un poco más, dar una tregua permanente a los pulmones… Nada». El otro asentía al tiempo que se lamentaba de cómo iban subiendo el precio a traición una semana sí y a la otra también y, aún así, seguían allí de pie pasando el rato y exhalando un humo negro.
    «Y todo para que el día menos pensado acabemos muriendo», llegó a profetizar con rotundidad bíblica el que parecía menos joven y tenía la voz más ronca. Su interlocutor le daba nuevamente la razón. Le recordó entonces que las autoridades no se cansan de advertirlo y que nadie se da cuenta de que le puede tocar a él hasta que le toca y, claro, quién iba a pensar que un día puede ocurrir y ya lo decía yo que te puedes morir.
    El diálogo se zanjó de sopetón. Los surtidores de combustible saltaron al unísono en cuanto los depósitos de sus respectivos coches se llenaron. Ambos miraron entre atónitos y frustrados cómo el indicador de los litros se quedaba por debajo del de los euros gastados y se marcharon.
    En cuanto salieron de la gasolinera, aparcaron junto al único bar del centro comercial que permite fumar para suministrarse una dosis de cafeína y compartir un cigarrillo antes de regresar al tajo. Mientras consumían el pitillo como si fuese el último de su vida, inauguraron una conversación de compromiso. «¿Tú tampoco puedes dejarlo?», preguntaba uno aspirando más humo negro. «Lo he intentado, pero lo necesito continuamente», respondió tras otra calada. «He probado a coger la bicicleta, caminar un poco más, dar una tregua permanente a los pulmones… ».
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