La Rioja
img
TODOS DESNUDOS
img
Teri Sáenz | 14-01-2007 | 11:55| 0
    Hay costumbres asidas al nuevo año de las ningún enero es capaz de desprenderse. El hurto de figuras gigantes de algún belén municipal, las rebajas en forma de justificación estúpida para hacer compras estúpidas, el aumento del precio del tabaco como medida sanitaria… Mi favorita de entre esa retahíla de estampas postnavideñas es la de los calendarios ilustrados con desnudos como reivindicación de alguna demanda colectiva.
    Muchos han secundado la idea desde que el primer iluminado se topó, seguramente sin preverlo, con una repercusión mediática inusitada. Junto a los abdominales de unos o las curvas de otras, la presunta gracia del asunto estriba en cómo los nudistas ocasionales se tapan las zonas erógenas con sus aperos de trabajo. Una pipeta estratégicamente colocada si eres estudiante de Químicas, la maltratada manguera en el caso de los bomberos de media España o hasta manteles de ganchillo para ancianas de vuelta de los viajes a Benidorm.
    La Rioja, pionera en inagotables proyectos de excelencia, se ha puesto en la misma órbita con el calendario promovido por los agentes forestales. Sin restarle mérito, a mí se me hace escaso. Yo hubiese preferido uno protagonizado por políticos locales cubriendo sus anuncios incumplidos con eso mismo que un día blandieron en público y de lo que nunca más se volvió a saber. Si me encargasen la dirección artística cubriría las vergüenzas de unos con un tiquet viejo de la autopista, y la de otros con aquel cedé anónimo lleno de antiguas conversaciones comprometedoras que aún está esperando el juez de guardia.
    Si la cosa sigue adelante, estoy convencido de que volverían a ganarse un generoso hueco en el periódico. Pero esta vez dentro de las páginas de humor, en la sección de chistes malos. Y sí, también podrían donar los beneficios recaudados a alguna sufrida empresa sin ánimo de lucro. Por ejemplo, Ciudadanos Descreídos S.L.
Ver Post >
INFIERNO NEVADO: MEZCLA DE GÉNEROS
img
Teri Sáenz | 10-01-2007 | 19:16| 0
    Ni Transversal es una editorial de relumbrón ni Ismael Martínez Biurrun
un autor reconocido entre el gran público. Y, sin embargo, Infierno
nevado
concentra en altas dosis los ingredientes para merecer un lugar
más destacado en los anaqueles. Su principal virtud radica en el único
requisito inexcusable para una primera novela: una esforzada capacidad
de atracción que, además, medra a medida que el relato avanza.
    Es
cierto que Martínez Biurrun (Pamplona, 1972) no aporta una voz
excesivamente singular en su debú literario ni su narrativa rompe con
esquemas preestablecidos. Tampoco se antojan esas sus prioridades. Su
objetivo enfoca más hacia la mezcla de géneros como interruptor desde
el que encender el interés del lector. Hay en Infierno nevado de (casi)
todo: mucho de historia romana y raciones generosas de terror; acción
explícita y pesadillas mitológicas; crónica y ficción. Jugando en esa
liga, el autor explota los recursos en los, a las pocas páginas, se
advierte que mejor controla como son el manejo de los grandes
escenarios y la facilidad para dosificar el miedo que empapa
omnipresente la trama.
    En este punto saca músculo el Martínez Biurrun
de mirada cinematográfica -además de coautor de la película , es especialista en la escritura y desarrollo de guiones- que
resalta la carga visual de la novela. Celio Rufo, escribano de una de
las legiones asentadas en el siglo I a.c. en el Pirineo Occidental, es
quien conduce una historia que arranca con la desaparición de una
partida de alimentos en el corazón de las montañas. A modo de
flash-backs, y escalonando el misterio que gobierna el libro, va
desvelando los hombres y los monstruos de aquella Vasconia. Ese
contexto geográfico parece ser la excusa para el subtítulo en eusquera
de la novela. Yugo obligado, se intuye, para alguna subvención local
que no debe despistar sobre el origen y el fin de un libro revelador.
Ver Post >
AMOR POR LAS MUÑECAS
img
Teri Sáenz | 08-01-2007 | 12:29| 0
    Esta semana me he reconciliado con Actual. En los últimos años habíamos tenido alguna que otra pelea de amantes a cuenta de esa manía suya por invitar a casa a grupos con el alma hueca. Bandas multitudinarias de muchos colorines e instrumentos raros que a mí me sonaban a mestizaje subvencionado, pero que a Actual le volvían loco porque daban al salón ese puntito étnico como de catálogo Ikea.
    Al principio, por no enfurruñarme, cedí a sus caprichos. La ceguera del amor me llevó a recorrer media África, un buen cacho de América, parte de los Balcanes y todo el barrio chino de Barcelona sin moverme de Logroño. Noche tras noche, los ritmos tribales se convirtieron en triviales. Dejé de distinguir unos diyeis de otros y los tatuajes se convirtieron en un uniforme para funcionarios. Y la pasión se desinfló.
    Aunque jamás tuve el valor de decírselo a Actual a la cara, en plena crisis llegué a añorar para mis adentros antiguas sensaciones. Rock and roll a palo seco, sin jembés ni gaitas. Cuando la crisis empezaba a oler a ruptura definitiva, esta semana prendió de nuevo la pasión.
    El fogonazo llegó con los New York Dolls, que trajeron hasta el Palacio de Deportes el sabor añejo de canciones sin trampa ni cartón. Un lugar propio en la historia de la música deja muchos achaques, pero también un empaque que ni todas las ediciones juntas de Operación Triunfo podrían jamás enseñar. Qué estilo para llevar las camisas con chorreras y los pantalones de pitillo, qué forma de cardar el pelo y ponerse el rímel, qué manera de recordar en público a los viejos amigos consumidos por la heroína.
    Y ese David Johansen todo glamour y leyenda. Siempre a punto de perder la memoria si no fuera por el atril donde lleva anotada la letra de los temas que lleva cantando durante 35 años. Y ni un gramo de grasa con más de medio siglo a sus espaldas, oiga. Si la ministra de Sanidad le conociera, también se enamoraría de él y hasta le invitaría a un cigarrito.
Ver Post >
NIÑOS CON BARBA
img
Teri Sáenz | 01-01-2007 | 11:43| 0
    Quince mil niños y no tan niños riojanos van a tener que volver a vacunarse de paperas. La razón: un pequeño fallo en las dosis aplicadas en su momento, el bajo nivel de protección de la cepa impuesta en aquellos años. Por supuesto, no hay motivo para la alarma ni la cosa tiene mayor tascendencia. Si usted y yo nos equivocamos en nuestro trabajo se nos cae el pelo, pero que los científicos no acierten en algo que afecta directamente a la salud futura de un montón de pacientes es sólo un error de cálculo.
    El caso, sin embargo, puede traer consecuencias devastadoras para la integridad personal de quienes pensaban que acudir al hospital para que un desconocido de bata blanca les pinche en el culo era cosa de un pasado naïf.
    Yo nunca me creí las excusas bondadosas que mi madre me ponía cada vez que tocaba acudir al pediatra. Intuitivamente sabía que algo raro estaba por venir cuando quitaba del menú el hígado, las acelgas y la fruta y me permitía una ración extra de tigretones. «¿Están buenos, cariño?», me interrogaba antes de dejar caer que a la mañana siguiente íbamos a ver a un señor muy listo y muy bueno que me iba a dar un pinchacito de nada para ponerme bueno aunque yo, con  los morros todavía manchados de chocolate, no me notaba ningún síntoma raro. Y al día siguiente, en la fila del dispensario, decenas de niños aguardábamos para recibir la vacuna con una mirada compartida de terror infantil.
    A ver qué pasa ahora. A ver quién es el guapo que, obligado a regresar al pediatra a pesar de afeitarse todos los días o ser una mujer en toda regla, se aguanta las lágrimas al ver la aguja. Seguro que intentarán ocultarlo, que cuando estén de botellón dirán que a ellos no les afecta. Pero los descubrirán en seguida: cuando vayan a sacar el tabaco del bolsillo y asome el palito que el médico siempre regalaba después de la inyección. Por ser bueno. Por no llorar al pincharle la vacuna. Aunque esa vacuna fuese caca.
Ver Post >
BUEN PROVECHO
img
Teri Sáenz | 30-12-2006 | 10:43| 0
    Le ha quitado las espinas, ha remostado la carne blanca y hasta le ha echado un chorretón de ketchup para enmascarar el sabor. Si aún así su niño refunfuña cada vez que toca comer pescado, le sugiero que le llene el plato y coloque al chiquillo delante de la tele para ver una película que le convenza del menú. Pero no meta en el deuvedé Buscando a Nemo o La Sirenita, sino un documental del director austriaco Hubert Sauper que se titula La pesadilla de Darwin.
    El mocete comprobará que muy lejos de su habitación hay otras habitaciones infantiles sin lunnis de colores sobre la colcha ni estrellitas fosforescentes en el techo. Que por no tener no tienen ni paredes. Por ejemplo en Tanzania, a las orillas del lago Victoria, donde se desarrolla la película en la que Sauper retrata cómo toda la vida (y la muerte) gira alrededor de la perca del Nilo.
    A la media hora descubrirá que muy posiblemente esos filetes blanquísimos, primorosamente empaquetados en bandejas de plástico, provienen de una especie depredadora introducida hace años en África y que ha acabado con el resto de los animales del lago. Comprobará cómo la comida que su hijo escupe es un producto de lujo en el mismo lugar donde se pesca, y que todo a lo que pueden aspirar muchos niños tanzanos es a allegar la cabeza y las raspas desechadas. A apurar los restos del pez, pero también los de su envoltorio que los chavales queman para hacer una pasta tóxica que esnifan para volar lejos de allí por un instante.
    No apague aún la tele. Siga pegado a la pantalla y observe que el pescado se transporta hasta Europa en destartalados aviones soviéticos que, para hacer rentable el viaje, llegan cargados de armas que luego se reparten por todas las guerras negras. Los pilotos hacen su aportación a la economía local acostándose con prostitutas de quince años y llenando el gaznate con güiski en bares decadentes donde suenan canciones de Julio Iglesias. Ya está. Apriete el stop. Buen provecho.
Ver Post >
Deporte para todos
img
Teri Sáenz | 21-12-2006 | 18:06| 0
       Antes el golf me causaba indiferencia; de un tiempo a esta parte, me aterra. Mi metamorfosis llega empujada por otra metamorfosis: la que ha experimentado más de un amigo que hasta ahora no había mostrado ningún síntoma de pasión por el deporte ni era sospechoso de fanatismo y, de la noche a la mañana, se ha reconvertido a la religión de los palos y los hoyos. Una fe que, siguiendo sus dieciocho mandamientos, les lleva a procesionar en cuanto tienen un ratito libre por las praderas de La Grajera, Sojuela o Cirueña, les exige sacrificios periódicos -«hoy tampoco puedo quedar, me voy a tirar unas bolas»- y lo más preocupante, les aboca a un proselitismo radical.
«Si lo probaras verías lo bueno que es», me dicen con la displicencia con la que se trata al hereje que jamás alcanzará ni el cielo ni el green. Ese es siempre su preámbulo para descargar las presuntas bondades del golf: el extenuante ejercicio que supone zumbar a una pelota y caminar sobre el césped, el esfuerzo intelectual que requiere circunvalar un búnker de arena y el argumento con el que siempre remachan sus oraciones: lo democrático de un deporte que hasta posee un campo municipal en Logroño.
    Su transformación personal me inquieta. Yo, que he jugado al polo desde mi más tierna infancia, nunca he tenido la tentación de justificarme. Y eso que el mío sí que es un deporte físicamente exigente que implica un contacto total con la naturaleza. Se lo garantizo: no hay nada que desfogue más que trotar sobre tu alazán por el campo, golpear una bola con el taco desde lo alto de la montura y chocar con otro jinete. ¿Que no tiene un caballo a mano en su chalé adosado? Puede lograr uno de saldo por el mismo precio que una buena bolsa de palos de golf.
    Lo que más me duele es que siempre que quiero jugar debo salir de Logroño para ir a mi club privado.Yo también quiero un campo municipal de polo. Aunque sea en una esquinita de La Grajera, junto a mis amigos.

Ver Post >
DOS EN UNO
img
Teri Sáenz | 10-12-2006 | 16:35| 0
    Esta semana ha visitado Logroño el presidente del Consejo de Estado, Francisco Rubio, que ha ocupado el lugar de honor en el homenaje que anualmente tributa el Parlamento de La Rioja a la Constitución Española. En su intervención solemne, este catedrático emérito de dilatadísima trayectoria y prestigio internacional contrastado ha sostenido que a la Carta Magna le hace falta con urgencia un buen repaso. Lo ha dicho, se sobreentiende, con el barroquismo y la ceremoniosidad acostumbrados en este tipo de actos de postín y canapés caros al final del evento. Pero lo que más me ha llamado la atención no es lo que ha declarado, sino a quién se lo ha atribuido.
    «Liberado del deber institucional cuando no hablo en nombre del Consejo, creo lícito afirmar mi convicción de que esa reforma es necesaria y que cuanto antes se haga mejor nos irá», sentenció. O sea, que aunque era su voz no hablaba él. Que aunque la figura que se erigía sobre la tribuna parecía la del presidente del Consejo de Estado, en realidad correspondía a la de Francisco Rubio. Que la Cámara, en definitiva, había invitado a una institución y al final había venido una persona.
    Particularmente siento una envidia malsana de esa capacidad para desdoblarse en (como mínimo) dos que algunos ejercitan y les permite decir lo que quieren sin temor a reproches. Lo hace el Francisco Rubio/presidente del Consejo de Estado y los presidentes de comunidad/presidentes de partido, los ministros de Justicia/aspirantes a presidente de Canarias, los alcaldes/promotores…
    Sólo encuentro ventajas a ser dos personas a la vez. Tener varias versiones de uno mismo y sacarlas a pasear según la ocasión. «A mí no me digas, que la ha escrito el periodista», podría responder a quien aborrezca esta columna. El psiquiatra ya me ha advertido, sin embargo, que abusar de esa dualidad te pone al borde de la esquizofrenia. A no ser que seas alcalde, ministro, presidente, jefe del Consejo de Estado….
Ver Post >
VERDURAS ELÉCTRICAS
img
Teri Sáenz | 04-12-2006 | 10:24| 0
    La noticia que ha suscitado el debate más encendido esta semana entre la gente de mi entorno ha sido el anuncio del Ayuntamiento de Logroño de habilitar un chill out en la última planta de la plaza de Abastos. El concejal de Casco Antiguo lo soltó el miércoles así, textual, con la misma naturalidad que si hubiera anunciado la demolición del mercado para construir un parking en los bajos.
    Las opiniones al respecto están enfrentadas. El más excitado con la idea parece ser mi amigo Tripi. Tomando un café turco en su loft de Portales, con los ojos vidriosos y un humo espeso en el ambiente, me confesó con ese hablar cansino que le caracteriza que qué bien, que ya era hora de tener cerca de casa un sitio de relax donde te garanticen hierba de la buena. Be water, muy friend, me recomendó al despedirse.
    Mi vecina Aurelia -55 años, bata de guatiné, seguidora impenitente de ‘Aquí hay tomate’ y madre de un estudiante de Derecho treintañero que este curso vuelve a repetir tercero- comparte el mismo entusiasmo. Aunque no domina el inglés con fluidez, le conmueve la posibilidad de hacer la compra y, antes de regresar a su casa cargada con cuarto y mitad de falda de cordero y una borraja fresca, tener un butacón donde dar una tregua a sus varices.
    A su sobrina Yeni, que todos los viernes le pide la paga aunque a su tía no le gusta un pelo el piercing que se ha puesto en el ombligo, la idea le mola mazo. Sobre todo ahora que los after se han puesto chungos con lo del carné por puntos y los sábados por la mañana no encuentra ningún garito donde seguir de marcha. Incluso ha llamado al 010 para preguntar si su nuevo noviete, que se hace llamar Diyei Kaparrón, puede pinchar en algún puesto de legumbres a lo largo de la jornada.
    Pero la reflexión más turbadora ha sido del abuelo Tasio. «Yayo, que Conrado Escobar va a montar un chill out en la plaza de Abastos», le grité al sonotone. «¿Que Conrado Escobar está chinau?», me contestó.
Ver Post >
LAS 50 PERDIDAS
img
Teri Sáenz | 28-11-2006 | 12:00| 0
Al terminar de escribir la columna de la semana pasada apagué el ordenador, salí del periódico y me marché a casa. Como el neurólogo me ha prohibido tajantemente coger el coche para evitar que se me dispare la tensión en alguno de los atascos que acechan Logroño, le regalé una alegría a mi salud y me fui andando por el centro de la ciudad. A la altura de Jorge Vigón ocurrió lo extraordinario.
    Allí, agazapada en un rincón de la calle, entre toneladas de barro y excavadoras estruendosas, dormitaba una plaza de garaje. Me refroté los ojos para comprobar que no se trataba de un espejismo ni una alucinación fruto de un bombeo extra de sangre al cerebro. No cabía duda: era un aparcamiento de los muchos que están construyendo en esta zona de Logroño. Pero no uno cualquiera, sino parte de los cincuenta que acaban de aparecer como por ensalmo. Existía desde hace tiempo: ancho y musculoso, lustroso, acogedor, amplio hasta para dos coches. Y sin embargo, nadie había caído en la cuenta de que estaba allí.
    Me dio pena. El cemento de sus entrañas tenía un mohín de tristeza. La plaza transmitía un sentimiento de orfandad que en seguida me llegó al corazón. Ni las decenas de obreros ni los cientos de paseantes que habían estado por allí lo habían visto. Quizás por el efecto los muros de pantalla, o por el protagonismo de las rampas de acceso. Quién sabe. Pensé para mis adentros que no era extraño. Que entre tantos agujeros, con tantos parkings, en medio de tantas plazas gemelas a ella, nadie había echado en falta una más o menos. Cincuenta más o menos.
    Tuve la tentación de llevármela a casa. Envolverla en una mantita de felpa y mimarla hasta que alguien la reclamara. Pero me contuve. Pasé de largo pensando en qué lío podía meterme si detrás de ella llamaran a mi puerta las otras 49 plazas reclamando cobijo. O mucho peor: que esta noche rieguen las calles y broten de improviso otro medio centenar.
Ver Post >
EL DÍA SOÑADO
img
Teri Sáenz | 21-11-2006 | 13:32| 0
    Desde hace varios años tengo una pesadilla recurrente. En mi sueño voy caminando con las manos en los bolsillos por la calle empedrada de un pueblo que nunca logro identificar. Mi paso es cansino y aprovecho la falta de prisas para mirar de reojo los escaparates de las tiendas.
    Uno de esos locales corresponde a una floristería -no sé por qué, pero siempre es una floristería- que tiene la verja levantada. Dentro trabaja un hombre. El dueño, supongo. En su mano izquierda sujeta un manojo de flores y en la derecha porta unas enormes tijeras con las que adecenta el ramo. De pronto levanta la mirada y se percata de mi presencia. Sin mediar palabra, como si yo le hubiera ofendido su intimidad, llega hasta mí con dos enormes zancadas y me clava las tijeras en la ingle. Siento cómo el acero entra centímetro a centímetro en mi carne. El metal es frío y el dolor intenso, pero como mantengo las manos en los bolsillos no consigo reaccionar. Intento correr, y entonces compruebo que la calle es ahora una rampa empinadísima. En vez de huir resbalo y cada vez estoy más cerca de mi agresor. Ahí despierto.
    A Eduardo Madina le pasó lo contrario el 19 de febrero del 2002. Despertó y luego le sobrevino una pesadilla. Cuando amaneció se montó en el coche. Al arrancarlo estalló una bomba y, como él mismo ha declarado en el juicio celebrado en la Audiencia Nacional, «se hizo la noche». El «día más feo» de su vida le provocó mil heridas: en las piernas, en las manos, en el corazón. También trajo consigo una «enorme sombra de pena» que llegó envuelta en depresión, confusión y muerte.
    El relato del dolor siempre arrastra un plus de dramatismo. En el caso de Madina, el tiempo transcurrido le ha servido para revivir mentalmente mil veces aquel día y pulir las palabras hasta dar con las que mejor retratan su angustia. Así ha desarmado a todos. A todos, menos a los dos etarras que le colocaron una bomba para cumplir un mal sueño: matarle.
Ver Post >

Últimos Comentarios

teri 21-11-2017 | 10:05 en:
Seis mujeres
toniar66_5556 20-11-2017 | 19:32 en:
Seis mujeres
teri 13-10-2017 | 08:36 en:
Empresa imposible
pretextato 11-10-2017 | 19:04 en:
Empresa imposible
ecotris 31-08-2017 | 22:26 en:
Siempre libro