La Rioja
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YO NO SOY YO
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Teri Sáenz | 11-06-2006 | 19:08| 0
    Me falta algo, no soy yo. Me autorradiografío por las mañanas y confirmo el diagnóstico: hay un hueco insondable dentro de mí. Después de darle muchas vueltas intuyo cuál es el origen del mal. La semana pasada viajé al extranjero, a un país sin sangrientos programas del corazón ni incendiarios coloquios políticos. Al volver aquí habían cambiado muchas cosas. Cosas trascendentales. Uno se va, y en una semana se muere Rocío Jurado. Uno se va, y en una semana se celebra el Debate del estado de la Nación. ¿Puede alguien sobrevivir a la ignorancia de asuntos de este calado? En mi caso, a duras penas me sostengo de pie.
    El historial clínico me recuerda que no es la primera vez que padezco estos síntomas. En otra ocasión, hace muchos años, me ausenté una larga temporada a miles de kilómetros. A la vuelta, mis amigos me recogieron en el aeropuerto a la voz de «¿Qué tal lo has pasado pecadorrrrr de la pradera….». Así, de sopetón. El agotamiento del viaje me hizo dudar de todo. De la capacidad mental de mis amigos, del logopeda que nos trató cuando éramos chavales, del planeta en el que había aterrizado. En el camino de regreso a Logroño me inyectaron una dosis reconcentrada de ese Chiquito que en mi ausencia había invadido la televisión y las vidas de todos, me explicaron por qué andaban a saltitos, me describieron qué era un fistro sesual y al final les agradecí el tratamiento con un sincero jarrrlll.
    Estos días hecho un falta un proceso de descomprensión parecido a aquél. Ponerme al día por la vía rápida. Contar en el cerebro con las mismas palabras gruesas y las mismas fotografías lacrimógenas que los demás tienen ya en su disco duro personal. Saber qué le echó en cara Fidel Albiac a Zapatero, si Rajoy le dio el pésame a Amador Mohedano. Porque lo peor de viajar tan lejos es la confusión que invade al que regresa ¿Me he perdido la muerte de la Nación o el Debate del estado de Rocío Jurado? Este jet lag me está matando.
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MEDIO METRO
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Teri Sáenz | 08-06-2006 | 11:30| 0
    Tengo medio metro cuadrado de suelo escondido debajo del colchón de mi dormitorio. Como los años son implacables y el futuro incierto, lo conservo convencido de que con el tiempo se revalorizará y endulzará mi vejez. Un pálpito me dice que es la inversión de mi vida.
    No he pagado un euro por él. Simplemente lo robé. Del mismo centro de la ciudad, si tengo que confesarlo todo. Una mañana de domingo como ésta, cuando las aceras aún estaban pegajosas y las palomas dormidas, me acerqué paseando hasta el corazón del casco antiguo y recorté mi medio metro con unas tijeras de cocina. Lo camuflé entre las páginas del periódico recién comprado y me marché silbando una melodía tonta para no levantar sospechas. De vez en cuando lo rescato de su escondrijo para sacarle brillo y sentir entre mis manos cómo va ganando enteros.
    Aunque ya he tenido alguna oferta jugosa, mi convicción es fuerte. No vendo. Es más: si las deudas no aprietan, ésta será la herencia de mis hijos. Se lo cederé cuando las entrañas de la ciudad estén por fin reconvertidas en un mastodóntico parking que permita recorrer de punta a punta el subsuelo sin salir del coche; cuando los chavales sigan emborrachándose como siempre lo han hecho pero escondiendo sus vomitonas y su bulla en un aséptico polígono industrial alejado del sur; cuando IKEA gobierne el mundo; cuando todos vivamos en clónicos adosados con zona verde comunitaria, piscina, dos garajes y amplias facilidades de pago; cuando para pedir un chato haya que saber árabe (o rumano); cuando las excursiones de las guarderías no tengan como destino las huertas junto al río sino la galería comercial de un hipermercado.   
    Cuando todo eso ocurra, sacaré mi medio metro cuadrado de suelo del colchón y se lo donaré a mi hijo con toda la grandiosidad que exige el traspaso. «Mira mocete: así era el centro de la ciudad».
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VIAZÉ UN HOSPITÁ
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Teri Sáenz | 26-05-2006 | 17:59| 0
    La revelación musical del verano que acecha se llama Jesús Rodríguez. ¿Le suena? Tal vez el nombre de El Koala les diga más. Es ese treintañero chaparrito, de barba cerrada, poderoso entrecejo y encanto disperso que últimamente aparece en los medios como la última esperanza blanca del rock rural patrio.
    ¿Sigue sin ponerle cara? Suyo es el honor de perpetrar Opá, yo viazé un corrá. Si aún no ha escuchado el tema, pronto lo hará. Las radios se han conjurado para convertirla en una de esas canciones de las que uno no puede huir. Repiquetean en los altavoces del supermercado, gobiernan las verbenas de pueblo, saltan de emisora en emisora y, el día menos pensado, ya se ha instalado a traición en la cabeza. Cuando una mañana esté afeitándose y se descubra frente al espejo tarareando inocentemente     «…viazé un corrá pa echá una potra, ¡Ay, con zu potrillo!…» dése por vencido: El Koala le ha poseído.
    Ya que musicalmente tiene poca chicha y la presunta gracia de la letra se agota a las mil primeras escuchas, lo jugoso de El Koala es ver cómo ha saltado a la fama. Los genios del márketing no han debido considerar muy honorable lanzarlo como ¡El auténtico sucesor de Georgy Dann! o ¡El hijo bastardo de Macarena… aaaaaaha!, así que insisten en que internet ha sido su catapulta mediática con un video tan mostrenco como la canción de marras. Uno le pasa el archivo a otro, éste al de más allá y de la noche a la mañana El Koala se convierte en ídolo de masas.
    Si tan efectivo es el sistema, los partidos políticos deberían tomar nota. Ahora que se avecinan las elecciones, podrían ahorrarse (ahorrarnos) las palabras gruesas y los mítines agotadores. Bastaría con sumergir sus mensajes en la Red y dejarse llevar por el boca a boca. El guión está listo. Sólo tendrían que aderezarlo a su gusto. Opá, viazé un hospitá… de referensia nacionaaaá, diría el estribillo de unos. Los otros tampoco lo tienen difícil: Opá, voy a liberalizá… la jautopista enteraaaa.
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LA BARONESA SE LO PIENSA
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Teri Sáenz | 14-05-2006 | 11:36| 0
    El alcalde de Madrid ha reculado. El proyecto para reurbanizar el eje El Prado-Recoletos se toma una tregua. Los árboles de la columna vertebral de Madrid seguirán (por ahora) en su sitio. Seis meses de prórroga para «escuchar» todas las voces y «repensar» la idea, ha dicho. Y eso, en el metalenguaje que gastan los políticos, es decir mucho.
    Parte de culpa en esa marcha atrás la ha tenido la protesta popular. Una movilización que, a diferencia de otras tantas, no ha tenido al frente ningún sindicalista de discurso fiero. El abanderado ha sido una señora vestida con un traje de lino blanco-roto, zapatos de Chanel y título nobiliario. Con manicura impecable y el pelo milimétricamente revuelto, Tita Cervera se ha lanzado a la calle. Y tras ella, una multitud.
    No ha sido necesario recurrir a las/los pelotas de goma. Ni una carrera por delante de los antidisturbios se ha visto. Tampoco era cuestión de que en una de éstas la baronesa encasquillara sus tacones en el adoquín. O que los guardaespaldas que la escoltaban tuvieran que frenar las cargas policiales con la montura de sus Ray-Ban. Por no haber, no ha habido ese cielo plomizo que acompaña las manifestaciones de las empresas en reconversión o de los estudiantes de botellón. Todo era sol en la protesta de Tita. Ni siquiera se llegó al insulto más allá del bizarro ‘Gallardón: pódate tú la pilila’ que rezaba alguna de las pancartas. Ha bastado la perfecta sonrisa de uno para que se oiga la voz de todos.
    Un vecino de Logroño ha llamado a la baronesa. Tras las reverencias protocolarias, le ha preguntado si alquila por horas su poder de convicción. Si de viaje a Aspen o a Mónaco no podría dejarse caer por las aceras de Gran Vía jibarizadas por las obras. O pasear su glamour por los garajes anegados de Jorge Vigón. Incluso le ha propuesto encadenar se a una de esas estruendosas trepanadoras que madrugan mucho y trasnochan más. La baronesa se lo está pensando.   
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Humo(s) negro(s)
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Teri Sáenz | 10-05-2006 | 11:35| 0
    «¿Tú tampoco puedes dejarlo?», le interrogaba el otro día un compañero de trabajo a otro fuera de la oficina para rellenar la conversación. «Lo he intentado, pero lo necesito continuamente», confesaba su colega con un mohín de resignación. Como los minutos se alargaban hacían un esfuerzo por estirar las palabras. «He probado a coger la bicicleta, caminar un poco más, dar una tregua permanente a los pulmones… Nada». El otro asentía al tiempo que se lamentaba de cómo iban subiendo el precio a traición una semana sí y a la otra también y, aún así, seguían allí de pie pasando el rato y exhalando un humo negro.
    «Y todo para que el día menos pensado acabemos muriendo», llegó a profetizar con rotundidad bíblica el que parecía menos joven y tenía la voz más ronca. Su interlocutor le daba nuevamente la razón. Le recordó entonces que las autoridades no se cansan de advertirlo y que nadie se da cuenta de que le puede tocar a él hasta que le toca y, claro, quién iba a pensar que un día puede ocurrir y ya lo decía yo que te puedes morir.
    El diálogo se zanjó de sopetón. Los surtidores de combustible saltaron al unísono en cuanto los depósitos de sus respectivos coches se llenaron. Ambos miraron entre atónitos y frustrados cómo el indicador de los litros se quedaba por debajo del de los euros gastados y se marcharon.
    En cuanto salieron de la gasolinera, aparcaron junto al único bar del centro comercial que permite fumar para suministrarse una dosis de cafeína y compartir un cigarrillo antes de regresar al tajo. Mientras consumían el pitillo como si fuese el último de su vida, inauguraron una conversación de compromiso. «¿Tú tampoco puedes dejarlo?», preguntaba uno aspirando más humo negro. «Lo he intentado, pero lo necesito continuamente», respondió tras otra calada. «He probado a coger la bicicleta, caminar un poco más, dar una tregua permanente a los pulmones… ».
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REAL
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Teri Sáenz | 26-04-2006 | 13:28| 0
    El viernes por la noche vi la realidad. Estaba dentro de la televisión. En el interior de un programa. Se llamaba ‘Callejeros’. El espacio trazaba una ruta existencial de personas que comparten pasiones «singulares». Por ejemplo ‘Musiquito’, que desde hace años se disfraza de astronauta cantando por las calles de Sevilla la misma canción chirriante. O Encarnita y Josefina, herederas desdentadas de un baptisterio romano que descubrió su abuelo y que ellas enseñan por unas monedas con un cirio mugriento en una mano y la foto ajada de su antecesor en la otra. O ‘Toro Bravo’, un pintor de barba espesa, ojos desorbitados y discurso inapelable: «Soy Dios; nunca moriré; Dalí fue un impostor».
    El material humano del reportaje no resultaba novedoso. Es el pan de cada día en tertulias con famosos de tercera y otros aquelarres de madrugada. Circos sin arena donde en medio de la pista se pone a algún freak desasistido que se deja saetear por cuatro perras. El presentador se ríe, la gente aplaude y el invitado, como un niño chico, se crece en su oligofrenia viendo que la gracia surte efecto. El último capítulo de ‘Callejeros’ recurría a los mismos protagonistas pero con una aproximación radicalmente distinta. Micrófono en mano, el periodista se acercaba a estos personajes entrevistándolos en su hábitat natural. Con respeto, dejándoles hacer, exprimiendo a plena luz toda la realidad que llevan dentro. Ni cámaras ocultas ni focos cegadores. Y con el buen detalle de difuminar la cara cuando el entrevistado dejaba claro que quería preservar su microcosmos. Cada uno de esos retazos concluía igual: la cámara alejándose como pidiendo perdón por la intromisión y el protagonista saludando.
    Lo que vi el otro viernes era Real. En vez de Beckam y Ronaldo aparecían Encarnita y Josefina.
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CULPABLE
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Teri Sáenz | 06-04-2006 | 13:25| 0

    El periodista siempre es culpable. Así, en genérico. Culpable de todo. Ante todos. Dentro y fuera. Culpable de los errores propios y de los ajenos. De lo que escribe y de lo que deja de escribir. ¿A un fresador se le puede reprochar si maneja bien o mal su máquina ¿Y sobre las otras? ¿También se le echa en cara cómo no han quedado las piezas que no manipula?
    «Eres un sinvergüenza, solo decís mentiras», me espetó un día un vecino de mi padre. Me pilló por sorpresa. Como quedaba pendiente una derrama para arreglar el portal y no quería provocar un conflicto al estilo ‘Aquí no hay quien viva’, me limité a escucharle con gesto patibulario. Después de una perorata irreproducible, deduje que su enfado derivaba de un titular de prensa que sostenía que el Barcelona había humillado al Madrid en el último derby. Algo que había hecho bullir su merenguismo y aventar el odio. Ni siquiera me esforcé en matizarle que no tenía nada vez con esa información. Que no escribo en la sección de deportes. Que el fútbol me da igual. Que ni siquiera trabajo en el periódico del que hablaba. Pero claro, yo era el periodista y el vecino de mi padre sólo podía emitir el mismo veredicto que sistemáticamente dicta el mundo entero como un exorcismo: culpable.

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TODOS CONTRA EL PERIODISTA
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Teri Sáenz | 21-03-2006 | 19:34| 0
Hágase esta pregunta: ¿Qué hace usted bien? Me refiero a algo en lo que sobresalga de verdad, en lo que pueda decir que muy pocos pueden igualarle. No vale eso de que no se le da mal resolver sudokus o que una vez consiguió la medalla de oro en un torneo local de minibasquet. Concrete su especialidad. ¿Lo tiene?
Ese es el espíritu de un programa de Cuatro del que me reconozco adicto. En ‘Todos contra el chef’, cualquiera que de puertas adentro crea que por ejemplo prepara las patatas con chorizo como nadie tiene la posibilidad de medirse con un cocinero metrosexual que (casi) indefectiblemente mejora la receta del concursante.
Más que lo culinario, lo que me atrae del espacio es su planteamiento en forma de desafío. La cara que se les queda a la mayoría de los concursantes cuando, después de aplicarse entre los fogones, comprueban que el plato de Darío (así se llama el chef en cuestión) le da mil vueltas y un improvisado jurado encargado de paladear las dos cazuelas en lid se queda a ojos ciegas con la del cocinero profesional.
No estaría mal vampirizar la idea y trasladar la mecánica al ámbito del periodismo. Aunque cambiaran los ingredientes por letras y los pucheros por teclados, el sistema no diferiría demasiado. El concursante tipo sería cualquiera que, sin ir más lejos, tuviera la convicción de que su manera de elaborar las entrevistas es exquisita, que es el Ferrán Adriá del pregunta/respuesta. Como en el programa de Cuatro, estoy convencido de que fuera de su estrecho ámbito de trabajo siempre habría alguien que le daría una buena ración de humildad. Y todo eso, aliñado con otras maneras de hacer las cosas que el día a día impide experimentar y/o practicar porque el menú nunca empalaga ni está pasado de sal. ‘Todos contra el periodista’, bautizaría el programa.
Claro que cabe otra variante. Una en la cual el concursante no concursara. En que el periodista fuera simplemente un periodista que lidia a diario con el tiempo, el espacio, la maqueta, los malentendidos, los prejuicios, las presiones, los errores humanos (e inhumanos). La pieza clave aquí sería el jurado. Todos opinando desde fuera (y desde dentro) sobre un trabajo que olvidan que no compite. El nombre sería otro y remitiría más bien a un espacio plagado de mandiles y famosos de tercera que perpetra Tele5: ‘La redacción del infierno’.
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UN ASCENSORISTA PURO
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Teri Sáenz | 12-03-2006 | 13:19| 0

Un amigo defendía el otro día cerveza en mano que él sólo conocía a un escritor puro en La Rioja. No daré el nombre para no levantar polvaredas que luego se hacen barrizales, pero sí sus razones: es el único (de la hornada más reciente, se sobreentiende) que está volcado en sus propias novelas aun a costa de su trabajo, todos los días le dedica varias horas a la literatura y periódicamente gana algunos premios de los muchos a los que concurre. Ser escritor es a juicio de mi amigo una cuestión de espíritu, perseverancia, infinitas lecturas. Y de talento, añadía yo. «Crear una historieta medianamente lúcida en dos fines de semana que tienes libres y que suene la flauta y el ayuntamiento de turno te dé un accésit no te hace escritor de verdad», decía.
Mientras me iba convenciendo, traspolaba los argumentos a eso del periodismo. ¿Es periodista el que vuelca teletipos, transcribe entrecomillado todos los días lo que el político de turno recita o engorda artificialmente un tema para rellenar el hueco que deja la publicidad? Muchos recelan que alguien se autodenomine escritor, pero creen que trabajar en un periódico o una radio otorga ya los galones de periodista. No estoy tan seguro. Como mi amigo, soy de la opinión de que se trata de una cuestión de actitud, convencimiento. Todo ello, claro está, cocinado con las obligaciones laborales que impone un medio de comunicación que ante todo es una empresa donde por la cadena de montaje pasan letras en vez de tornillos. Una rueca de mitos desconchados en la que un día redactas una crónica parlamentaria y al siguiente entrevistas a un grupo punk del estilo ‘Telaraña en la castaña’.
Cuando el barman tiraba la siguiente cerveza, me vino a la cabeza el caso del señor que todas las semanas revisa el ascensor de mi bloque. Como presidente de la comunidad (de vecinos) me toca firmarle el parte. El otro día aprovechó ese minuto para explicarme el nuevo mecanismo que han instalado para acolchar la parada del trasto. Hablaba del sistema hidráulico, las correas de enganche y del mimo con el ha colado el rotor como una pasión por su trabajo que hacía tiempo que no escuchaba a nadie. Ni a los escritores (aunque lo sean a tiempo parcial) ni a los periodistas. Un ascensorista puro, que diría mi amigo.

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LO QUE TU DIGAS
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Teri Sáenz | 03-03-2006 | 19:44| 0

La rueda de prensa tiene mucho de acto de fe. Y no porque lo que el dueño del atril diga se pueda contrastar, rebatir o puntualizar en ese habla-deprisa-que-me-voy-corriendo en que han derivado estas convocatorias, sino por el modo en que los periodistas, a modo de apóstoles apócrifos, transmiten sus palabras.
¿Para quién habla el dueño de la noticia? Tal y como está diseñado el asunto, parece que deba hacerlo para sí mismo. Basta como ejemplo esas (muchas) comparecencias que son en realidad una contestación a la réplica de lo que se rebatía. En estas condiciones, los lectores deberían conocer las cabriolas que el escribiente llega a hacer para condensar todo ese recorrido en un párrafo y darlo concentrado sin perder el sentido (el suyo y el de las palabras).
Sirve este preámbulo para defender una técnica que muchos practican/-amos: resumir los mensajes de una rueda de prensa en formato de entrevista. Uno, que lo hacía con la mejor intención de facilitar la digestión del que abre el periódico todas las mañanas ajeno al PEIT, la CAR, el CIBIR o la OPE se encuentra con que desde dentro de la profesión se pone en duda. Que si se aprovechan como propias preguntas ajenas, que si se traiciona el formato original, que si se trastoca la expresión del interlocutor…
Ninguna me convence. Y lo que es peor: huele a una especie de intervencionismo formal cocido desde la misma trinchera. El único resquicio para que tanta información político-institucional no acabe aplastando-aburriendo al lector es empaquetarla (sin tocar el regalo) para que al menos no pase desapercibido. ¿Qué le queda sino al del bolígrafo y la grabadora? Lo dicho: habla-deprisa-que-me-voy-corriendo.

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