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muertos

Queridos muertos
Teri Sáenz 04-11-2014 | 12:20 | 0

cementerio

A Tasio le gustan los cementerios. Entre el ruido que maniata la calle, el caos de las terrazas insaciables que devoran las aceras y el guirigay institucionalizado, el yayo encuentra allí el sosiego que la cotidianidad le niega. El abuelo conecta con el orden de esas calles con nombres de santo. Le relaja la simetría de los nichos. Es dar un garbeo entre el ejército de cipreses enhiestos y recobrar el equilibrio violado. Sin que el calendario le obligue a limpiar lápidas o renovar el agua de los crisantemos, de vez en cuando se deja caer por entre las tumbas. Igual que otros viejos echan la mañana vigilando unas obras de pavimentación, Tasio se pierde entre panteones con cruces oxidadas y angelotes cubiertos de liquen sin importarle que algún día él también se mudará allí definitivamente. Por eso le chirría el repelús que los cementerios provocan al resto del mundo. Ese afán por trasladarlos bien lejos con la excusa de un nuevo recinto aséptico y más funcional. Como queriendo alejar el dolor, asear el pasado, evitar al nene que vea esos retratos en sepia que le miran desde los mármoles fríos. El abuelo envidia los vetustos camposantos de pueblo en que la muerte forma con naturalidad parte de la vida diaria. O esas explanadas anglosajonas de césped impecable donde las familias almuerzan el domingo y los críos juegan entre túmulos. Tasio regresa al cementerio. Se llena los pulmones de paz y sabe que, al menos allí, no se topará con escándalos ni corrupción.

 

Fotografía: Justo Rodríguez

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Todos muertos
Teri Sáenz 23-12-2012 | 6:32 | 2

Creerá usted que si ahora mismo puede leer estas líneas es que sigue vivo. Convendrá así con el resto de los que aún respiran que la profecía maya que anunciaba el final del mundo para esta semana era un solemne bluf. Una absurda excusa envuelta en un celofán de historicidad que sólo ha servido para rellenar páginas de periódicos, bromear sobre algo tan serio como el desastre total y dar rienda suelta a los ociosos para tuitear chorradas e intercambiar chistes.

El yayo Tasio, sin embargo, sostiene todo lo contrario: el fin del universo se ha producido efectivamente en la fecha fijada. La única diferente respecto a lo que la humanidad esperaba de un epílogo tan rotundo es que no se ha enterado. Porque la hecatombe no se ha manifestado en forma de desastre nuclear, tsunami colectivo ni plaga exterminadora. El apocalipsis ha llegado tal y como se vaticinó arrasando de un plumazo el interior de cada uno de nosotros. La gente sigue en pie, pero en realidad está muerta. Bajo su piel hay un hueco enorme donde antes bombeaba bondad y capacidad de asombro. El cataclismo maya le ha extirpado la empatía hacia el que sufre, la solidaridad con todos a quienes la crisis ha disparado en la sien, y donde antes corrían chorros de rabia ahora hay un hondo surco de indiferncia. O peor, de egoísmo. Tan emocionado estaba el yayo cuando me explicaba su cosmovisión que le he arropado con mi mejor abrazo. Tasio estaba frío como el hielo.

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