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Quitar el gotelé
Teri Sáenz 25-06-2014 | 7:40 | 0

Felipe VI

La coronación del nuevo Rey huele como la casa del yayo Tasio. Todos los fastos, cada símbolo, las sonrisas robóticas de los personajes que sustituyen en su casilla a sus iguales expiden el mismo aroma de ese hogar en una sombría calle del Casco Antiguo que el abuelo no ha renovado en el último medio siglo. El miasma de habitación cerrada, sin airear, donde los vapores de la cocina cuelgan del techo. Ahí siguen los sillones orejeros que se compró de oferta, con el relieve de los apoyabrazos desgastado de tanto trote. La televisión de tubo que aún gobierna el mueble de melamina del salón con las esquinas levantadas y corronchos de algún café que alguien se dejó olvidado. Y las fotografías en blanco y negro de sus años mozos, con estampas de su boda y mi comunión. La instantánea en un marco de alpaca de la mili en Ceuta, la placa ennegrecida con que los compañeros de trabajo le obsequiaron cuando se jubiló de la fábrica. Todo es rancio, como la parafernalia que rodea la entronización. El tapiz de caza en el pasillo, una moqueta invadida por los ácaros, el hule grasiento de la cocina, la vajilla de duralex verde, la estufa de butano, la mesa camilla con un mantel ganchillo, las sábanas ásperas que ni la lejía ha impedido que amarilleen. Un tufo denso y rugoso. Tan desvanecido como el gotelé con que pintó la casa el día que la compró y muchas veces ha pensado en actualizar. Y siempre que se la pasa por la cabeza le retrae la misma duda: ¿para qué si siempre ha estado ahí?

 

Fotografía: Andrea Comas

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El Rey ha muerto
Teri Sáenz 20-06-2014 | 11:11 | 0

 

Entre el aluvión de páginas que informan estos días sobre la abdicación del Rey hay toneladas que loan su figura y compromiso con España y sólo un puñadito que auditan su afición por agujerear la piel de los elefantes africanos, flirtear con corinas o mirar para otro lado cuando algún yerno se llenaba los bolsillos con algo más que orgullo y satisfacción. En lo que todas coinciden es en el tiempo verbal. Pretérito indefinido. Las crónicas se remontan a sus tiempos de cadete en Ezcaray, recuerdan su determinación ante el 23F, le ubican en cada una de las casillas históricas del damero de la democracia. Una figura del pasado verbal. Y físico. Don Juan Carlos sigue vive pero el Monarca ha muerto. Ha dejado de ser el padre de Príncipe; ya sólo cuenta como abuelo de una niña de bucles rubios que algún día llegará al trono. La abdicación y toda la literatura asociada demuestran que llevaba  tiempo yacente. Hacía años que ya no se saltaba el protocolo para saludar a las masas con la misma naturalidad. Aunque los corrillos reían igual su espontaneidad, los chistes inocuos que contaba en los ágapes que rematan las audiencias no tenían la misma chispa. Quizá no estaba muerto clínicamente; sólo hueco por dentro. Una vacuidad camuflada con galones y discursos regios que ahora colgarán en el esqueleto de otro. Como un muñeco que se rompe y es sustituido por otro más bruñido, menos gastado. Un juguete que nadie ha preguntado si queremos volver a comprar.

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Un rey vacío
Teri Sáenz 14-01-2014 | 10:22 | 0

rey

El Rey está triste. Últimamente le bailan las frases, las palabras se le encogen frente a los ojos. Los malvados encargados de escribirle los discursos que antes declamaba con majestuosidad ahora le incluyen en los papeles términos enrevesados como «ejemplaridad» o «cumplimiento del deber». Y claro, a ver quién es capaz de pronunciar eso enfundado en una casaca cargada de medallas y condecoraciones sin trastabillarse. Aunque lo que más le duele (en sentido literal) es la puñetera cadera. Por más que esos aseados médicos que le operan una y otra vez garantizan que está como un toro no acaba de sentirse cómodo sin las muletas. Es cambiar el astro y notar unos espantosos pinchazos. Como será la molestia, que ha renunciado a ir de excursión a aquellos exóticos países donde los mocetillos le engrasan los rifles para matar elefantes desde una mullida butaca fabricada a medida de sus regias posaderas. Y luego están los hijos, que como les pasa a tantos chavales de su generación no dejan de darle disgustos y buscar su sitio en el mundo. Ya les decía él que debían juntarse con otros de rancio abolengo. Y ellos que adónde vas papá. Que eres un carca y el amor está en el aire. De nada sirvió avisarles de que la Corona no es un juego y romper el protocolo con naturalidad o dar la mano a las señoras que aclaman tras una valla requiere un estricto aprendizaje. La tristeza del Rey roza el vacío absoluto. Nada le llena ya en su Palacio de orgullo ni de satisfacción.

 

Foto: Sergio Barrenechea

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King Africa
Teri Sáenz 16-04-2012 | 9:37 | 4

republicanoAlgunos maledicentes de conspicuas inclinaciones republicanas denostan al Rey por haberse dado un homenaje en Botswana mientras España deambula por el precipicio. Algo que jamás hubiera trascendido de no haberse roto la regia cadera mientras cazaba elefantes con su reluciente rifle Kemen. No les hagan mucho caso. Don Juan Carlos, en realidad, se había trasladado al paradisiaco país africano a refugiarse en sí mismo en busca de una solución para todos los males que acechan su reino. Con el pie de su traviesillo nieto perforado de un balazo, Urdangarin cada vez más enjuto y sin viento para navegar a bordo de ningún velero, a Don Juan Carlos se le caía La Zarzuela encima. En Botswana halló el recogimiento para meditar cómo gestionar el drástico recorte del 2% en sus presupuestos. Mientras sus presas se ponían a tiro agitando las orejas, a quien de verdad apuntaba su Majestad por la mirilla telescópica era a los mercados que asfixian la economía patria. En cada recarga que algún sirviente negro hacía de su engrasada escopeta daba con la clave para encontrar trabajo a millones de parados. Y en los colmillos de todos los paquidermos abatidos, la piedra angular para salir de la crisis.
El Rey no sólo se ha caído del puesto desde donde mataba animales en África. Lo que ha quedado por el suelo es una figura que se aprovecha del dinero de todos los que no sienten por ella orgullo ni satisfacción. Sólo una vergüenza real.

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ORGULLO NACIONAL
Teri Sáenz 17-05-2010 | 10:19 | 0

Cuando los médicos tuvieron enfrente al paciente, cada uno de ellos experimentó un leve respingo que a pesar de sus conocimientos ninguno supo autodiagnosticar técnicamente. Allí estaba el hombre, con su mano asida a la de su mujer, esperando entre confiado y expectante el fallo de la exploración que le habían practicado. Con cualquier otro los galenos no habrían tenido dudas. Hubieran circunvalado su dictamen arrancando por eso de que el tabaco no trae nada bueno, pasando por lo positivo que es descubrir las complicaciones a tiempo y arribando en que el nódulo pulmonar que mostraba la radiografía no necesariamente tenía que ser maligno. El rango del enfermo les contagió la diplomacia y seguridad a las que finalmente recurrieron: «Majestad, está usted en las mejores manos».

Don Juan Carlos apenas se alteró. Rompió el protocolo bromeando sobre cómo sería conocer uno de esos hospitales de los que le habían hablado sus hijos y alguna vez había visto en los documentales de La2. Entre guiños a los oncólogos, se preguntó si le colocarían una de esas graciosas batas con las que se te ve el culo. Si también a él le servirían de menú verduras insípidas y un danone sin azúcar. Si a media tarde podría degustar un descafeinado con galletas maría. La operación resultó un éxito. Saludó a todos y pronunció regiamente “estoy orgulloso de la sanidad pública” antes de volver a La Zarzuela en su avión privado. Si Sofía se iba pronto a la cama, esa noche celebraría su suerte paladeando un habano en alguna torre del Palacio.

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