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tasio

La vida eterna
Teri Sáenz 06-11-2017 | 12:23 | 0

© JUSTO RODRIGUEZ

El yayo Tasio me llama puntual a primera hora cuando llega el día de acudir al cementerio para reponer las flores de las tumbas y quitar el polvo de las lápidas. Yo me dejo llevar, porque los protocolos del más allá son negociado del abuelo. Como dice medio en broma, los jóvenes hemos sido (mal)educados en la vida pero no sabemos nada de la muerte. Y como yo le respondo medio en serio lleva razón, aunque la culpa de esa asimetría no es toda mía. Empezó con el atavismo de ocultar a los niños el dolor, alimentado el hábito de alejarnos de todo lo feo que tiene la enfermedad como si pudiera contagiar. Y cuando algún vecino del barrio, algún pariente lejano ya no estaba, no moría de cáncer sino que se apagaba de viejo y subía al cielo. En esa quimera naif fabricada de ángeles con arpa y alas de algodón, los entierros eran para Tasio territorio exclusivo para los adultos donde la calidad del finado se medía por el número de asistentes, las alabanzas del cura y el tamaño de la esquela. Con esa barrera de protección tan bien intencionada como contraproducente, ahora envidio la capacidad del yayo para manejarse en los tanatorios, mantener la compostura sin desbordar las lágrimas. Y sobre todo, recorrer el cementerio en estas fechas, postrarse ante las tumbas con nuestro apellido que a mí me cuesta localizar entre un laberinto de cruces y cipreses y rendir ese tributo que algún día me tocará heredar y del que sólo puede salvarme la única ilusión infantil que conservo: que Tasio nunca muera.

Fotografía: Justo Rodríguez

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Ropa vieja
Teri Sáenz 16-08-2017 | 11:17 | 0

percha

Nunca vi tirar nada en casa del yayo Tasio. Allí todo era eterno y lo que caducaba, se heredaba o renacía. Con el pan duro se hacían sopas de ajo y la carne de un día se transforma al siguiente en albóndigas. En las pocas fotografías en papel que el abuelo conserva en una lata oxidada de galletas y dan fe de que una vez fue joven aparece con una chaqueta de pana marrón. Las más antiguas, donde todavía era mocete, dejan ver que las mangas le sobresalen y ocultan prácticamente sus dedos. Las hombreras le desbordan la espalda y el tejido reluce. En las imágenes que le suceden va vestido con la misma prenda. Le ajusta mejor, como si el tiempo la hubiera ahormado a su figura, pero el color es más difuso y los bolsillos parecen deshilachados. Si un día profano su armario, estoy seguro de que encontraré una solitaria percha. Me da vergüenza confesarle que en mi casa valoramos poco todo y compramos ropa sin mucho criterio. Un día decretamos que algo es viejo aunque esté nuevo y acudimos a una de esas franquicias donde la gente se uniforma para creerse única. A diferencia de Tasio, repaso mis propias fotos que ya no apilo en ninguna caja sino en un disco duro y no encuentro dos donde lleve la misma camiseta. Al yayo se le reconoce al instante. A nosotros hace falta mirarnos a la cara para identificar quiénes somos. Una día, al salir de su piso después de visitarle, empezó a caer un chaparrón de verano. Preguntó si quería una chaqueta para resguardarme y yo no supe cómo agradecerle un gesto tan sumamente generoso.

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Nada que hacer
Teri Sáenz 14-08-2017 | 10:35 | 0

DOCU_RIOJA

E l que fuéramos unos ‘sinpueblo’ le tenía preocupado al yayo Tasio. Como no disponíamos de una casa propia ni prestada en el campo donde pasar el verano escuchando el cencerro de las vacas y el trino de los pájaros, el abuelo creía que yo corría el riesgo de convertirme en un repelente niño de ciudad de esos que creen que los yogures brotan en los supermercados y las lentejas se cosechan en botes al vacío. Para superar esa carencia, Tasio me montaba en su destartalado R4 cada fin de semana que salía el sol y visitábamos un pueblo al azar para inyectarme esa dosis de ruralismo que según él debía incluir mi crianza. Cuando recalábamos en el destino para echar el día no hacíamos nada en particular. Tasio echaba a andar en silencio por las cuestas empedradas y yo le seguía sin abrir tampoco la boca. Al llegar a las eras solía detenerse con las manos apoyadas sobre la cachaba y, simplemente, respiraba. En un momento dado sus piernas se dirigían hacia la chopera más próxima. Acomodados sobre un par de piedras, abría el zurrón y almorzábamos unos cachos de pan, queso y chorizo que él regaba con un trago de vino. Luego se recostaba bajo la copa más frondosa y antes de echarse la siesta me enviaba al río a pegarme un baño. Yo buscaba sin rechistar alguna poza y, aburrido sin nadie con quien jugar, me limitaba a hacer el muerto sobre el agua para dejar pasar el rato. Al volver con el pelo mojado donde estaba el abuelo, él preguntaba qué había hecho. Nada, le informaba yo. Y él sonreía satisfecho.

Fotografía: Juan Marín

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Un mullido colchón
Teri Sáenz 12-06-2017 | 10:23 | 0

colchonjpeg

El yayo Tasio lee que Félix Revuelta ha perdido de un plumazo 45 millones en la venta del Banco Popular y se acuerda de cuando a él se le extraviaron los mil duros que le habían prestado para comprar un par de cabritos. Revuelta declara sin despeinarse que ha dormido como un reloj. Al abuelo aún se le ponen los pelos de punta porque no pegó ni ojo una semana entera. Un vecino le fió para comprar los animales que pensaba revender casi por el doble, pero cuando llegó el día convenido para abonar la deuda se echó mano a la cartera y no encontró los billetes que le había costado juntar para cumplir el trato. El yayo se palpaba todos los bolsillos y el cuerpo se le empapaba de sudor en pleno invierno. A diferencia de Revuelta, Tasio no era (ni es) rico y jamás ha tenido (ni tendrá) el aplomo para observar un fajo de billetes con desapego. Los 45 millones de euros del presidente de Kiluva son en realidad mucho menos que aquellas 5.000 pesetas del abuelo, pero lo que realmente difiere es la relación que mantiene con el dinero quien no está acostumbrado a él. Revuelta es inversor.  «He perdido y ganado mucho; ya estoy vacunado», declara. En sus palabras intuye que no hay soberbia. Ni siquiera esa prepotencia más común entre quien presume de lo que no tiene. Aunque a Tasio le chirríen y concluya que su pobreza es un virus indeleble. El abuelo sólo ha conseguido dormir a pierna suelta cuando no ha debido nada a nadie y sabía que el (poco) dinero que tuviera estaba guardado debajo del colchón.

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A por uvas
Teri Sáenz 03-10-2016 | 11:56 | 0

temporeros

El yayo Tasio se topa con él cada mañana que cruza por la estación de autobuses. Es negro como el tizón, va abrigado hasta el cuello y en su mirada ha llegado ya el otoño. En una mano lleva una bolsa de rafia arrugada con el logotipo de un supermercado cercano. En la otra, un manojo de cartones que dobla meticulosamente después de lavarse en la fuente junto a la que duerme cada noche a la intemperie. En el capazo que le hace las veces de maleta asoma lo que parece que un día fue una manta recia. Por el ruido que hace al posarla en el banco donde se sienta a pasar el día, dentro debe guardar un vaso metálico, algún plato abollado. Tal vez una sartén rescatada de no se sabe dónde. Sobre la madera extiende una servilleta que hace también las veces de mantel. Extrae de la bolsa media barra de pan y empieza a comerla con parsimonia, pizcando las escasas migas que se escapan al hambre. No está solo. A su alrededor hay otros como él. Decenas. Comparten color de piel, manos curtidas en vendimiar a destajo y ganas de ganarse un jornal. Tasio supera la tentación de observarles como hacen el resto de los transeúntes, que cada vez que llegan estas fechas les confunden con parte del mobiliario urbano. Se siente impelido de preguntarles si son de Pedro Sánchez o Susana Díaz. Si están por un congreso exprés o crear una gestora. Si creen conveniente abstenerse o son partidarios de unas terceras elecciones. Si, en definitiva, agota más cortar uvas o sufrir el inmenso caos que les ignora.

Fotografía: Juan Marín

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