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tasio

Un mullido colchón
Teri Sáenz 12-06-2017 | 10:23 | 0

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El yayo Tasio lee que Félix Revuelta ha perdido de un plumazo 45 millones en la venta del Banco Popular y se acuerda de cuando a él se le extraviaron los mil duros que le habían prestado para comprar un par de cabritos. Revuelta declara sin despeinarse que ha dormido como un reloj. Al abuelo aún se le ponen los pelos de punta porque no pegó ni ojo una semana entera. Un vecino le fió para comprar los animales que pensaba revender casi por el doble, pero cuando llegó el día convenido para abonar la deuda se echó mano a la cartera y no encontró los billetes que le había costado juntar para cumplir el trato. El yayo se palpaba todos los bolsillos y el cuerpo se le empapaba de sudor en pleno invierno. A diferencia de Revuelta, Tasio no era (ni es) rico y jamás ha tenido (ni tendrá) el aplomo para observar un fajo de billetes con desapego. Los 45 millones de euros del presidente de Kiluva son en realidad mucho menos que aquellas 5.000 pesetas del abuelo, pero lo que realmente difiere es la relación que mantiene con el dinero quien no está acostumbrado a él. Revuelta es inversor.  «He perdido y ganado mucho; ya estoy vacunado», declara. En sus palabras intuye que no hay soberbia. Ni siquiera esa prepotencia más común entre quien presume de lo que no tiene. Aunque a Tasio le chirríen y concluya que su pobreza es un virus indeleble. El abuelo sólo ha conseguido dormir a pierna suelta cuando no ha debido nada a nadie y sabía que el (poco) dinero que tuviera estaba guardado debajo del colchón.

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A por uvas
Teri Sáenz 03-10-2016 | 11:56 | 0

temporeros

El yayo Tasio se topa con él cada mañana que cruza por la estación de autobuses. Es negro como el tizón, va abrigado hasta el cuello y en su mirada ha llegado ya el otoño. En una mano lleva una bolsa de rafia arrugada con el logotipo de un supermercado cercano. En la otra, un manojo de cartones que dobla meticulosamente después de lavarse en la fuente junto a la que duerme cada noche a la intemperie. En el capazo que le hace las veces de maleta asoma lo que parece que un día fue una manta recia. Por el ruido que hace al posarla en el banco donde se sienta a pasar el día, dentro debe guardar un vaso metálico, algún plato abollado. Tal vez una sartén rescatada de no se sabe dónde. Sobre la madera extiende una servilleta que hace también las veces de mantel. Extrae de la bolsa media barra de pan y empieza a comerla con parsimonia, pizcando las escasas migas que se escapan al hambre. No está solo. A su alrededor hay otros como él. Decenas. Comparten color de piel, manos curtidas en vendimiar a destajo y ganas de ganarse un jornal. Tasio supera la tentación de observarles como hacen el resto de los transeúntes, que cada vez que llegan estas fechas les confunden con parte del mobiliario urbano. Se siente impelido de preguntarles si son de Pedro Sánchez o Susana Díaz. Si están por un congreso exprés o crear una gestora. Si creen conveniente abstenerse o son partidarios de unas terceras elecciones. Si, en definitiva, agota más cortar uvas o sufrir el inmenso caos que les ignora.

Fotografía: Juan Marín

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Diálogo súbito
Teri Sáenz 08-06-2015 | 10:32 | 0

manos

El taciturno y arisco yayo Tasio salió de casa para darse el garbeo de rutina y aislarse de paso de tanta matraca electoral cuando, de pronto, experimentó una sensación extraña. Una opresión repentina le atrapó la garganta y en nada se le extendió hasta el ombligo. El abuelo se puso en lo peor. Tuvo que agarrarse con fuerza a la cachaba, comió uno de esos caramelitos de menta que guarda en el bolsillo para cuando se le dispara el azúcar y contuvo la respiración. Al instante reconoció en las señales enviadas por su metabolismo que no era nada grave. Se trataba, simplemente, de una fiebre dialogante. Pero no una cualquiera. Un diálogo honesto, sin dobleces ni líneas rojas. Un afán conversador cara a cara desde la sinceridad más brutal, con el programa sobre la mesa y en busca no supo bien si de una obligada estabilidad o un cambio imperativo con el afán siempre del interés general. Tasio tuvo de repente ganas de estrechar una multitud de manos, hablar con todo el mundo. Con el vecino que nunca ha querido poner la derrama para arreglar el portal, ese primo carnal que le retiró la palabra hace un siglo por unas fincas. El acceso de diálogo venía, además, agravado por unos escalofríos de trasparencia. En las tripas del yayo se revolvían también unas ganas inauditas de desnudar sus intenciones, que a nadie le quedara duda de su disponibilidad. Pasaron unos segundos eternos. La brisa de la mañana volvió a rellenar sus pulmones, recuperó el nivel de glucosa y siguió caminando.

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Seres únicos
Teri Sáenz 24-03-2014 | 11:28 | 0

El yayo Tasio se pone mesiánico para pontificar que la crisis no tiene su origen en la codicia. Ni en una flagrante falta de previsión. Tampoco en la carencia de escrúpulos de los pocos que mandan a tantos. Lejos, muy lejos también, de un liberalismo sobrexcitado y voraz. En el tuétano del monstruo que nos devora con la tozudez de un rumiante está la bipolaridad que se extendió sin antídoto hasta convertirse en epidemia. Una dualidad patológica por la que uno se creía otro. O mejor dicho: los dos que caben en uno mismo empezaron a mezclarse, entreverarse, solaparse y confundirse. A tal intensidad llegó la duplicidad personal, que pocos acabaron reconociendo cuál era el original o su doble contaminado. El tesorero se creyó cartero; los banqueros, prestidigitadores; el político, arribista; el concejal, empresario; el trabajador, militante de un partido; y el gobernante… El gobernante se trasvistió a ratos del dios omnímodo que llevaba dentro. Cuando se impuso el realismo, todos se excusaron. Los dos que convivían en cada cual se replegaron en uno solo, pero la borrachera de impunidad había sido tan prolongada que ninguno sabía ya exactamente si el dinero era suyo o de los demás, qué era gratis o qué debía pagarse. Si la persona del principio, en suma, era al final un personaje. Escucho a Tasio y me persigno, aunque me pregunto si no estará sufriendo el mismo mal y es el viejo lúcido de siempre o el altavoz de los que siguen jodidos porque nunca se desdoblaron.

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Sonría al pajarito
Teri Sáenz 06-02-2012 | 9:59 | 0

yayo, abuelo, crisis, risaLa última adquisición del yayo Tasio es un bola roja de plástico con una tirita de goma que se parece mucho a una nariz de payaso. Se ha tatuado una sonrisa en la cara, y al menos una vez al día se pasa por la planta de los pies una pluma de ganso que guarda en la cómoda para hacerse cosquillas. En vez de quejarse del llanto del bebé de la familia ecuatoriana que vive en el quinto, abre la puerta para escuchar al mocete cuando le entra un ataque de risa, y si con el cambio de astro le duele algún hueso, piensa en todos los que todavía no le crujen. Los días grises baja todas las persianas. Se echa una toquilla para entrar en calor sin necesidad de salir  ni ver los nubarrones, e incluso ha tomado por costumbre dejar unos céntimos de propina del dinero que no tiene al camarero que cada domingo de mañana le sirve un café con leche casi hirviendo.

En su compromiso personal con el optimismo, ha dejado de ver la televisión. Sólo la enciende para ver algún programa estúpido de esos que escupen escenas de gente resbalándose, niños vomitando el desayuno en la cara de sus padres y perros tontos intentando sin éxito atrapar a gatos listos.  No le hacen gracia, pero las sonrisas enlatadas le llenan la soledad del salón y la anorexia de su pensión. Me ha rogado que, para completar la terapia, deje de escribir noticias deprimentes con titulares que siempre incluyen la palabra crisis. De verdad que hago cuanto puedo, susurro al oído del abuelo.

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