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tasio

A por uvas
Teri Sáenz 03-10-2016 | 11:56 | 0

temporeros

El yayo Tasio se topa con él cada mañana que cruza por la estación de autobuses. Es negro como el tizón, va abrigado hasta el cuello y en su mirada ha llegado ya el otoño. En una mano lleva una bolsa de rafia arrugada con el logotipo de un supermercado cercano. En la otra, un manojo de cartones que dobla meticulosamente después de lavarse en la fuente junto a la que duerme cada noche a la intemperie. En el capazo que le hace las veces de maleta asoma lo que parece que un día fue una manta recia. Por el ruido que hace al posarla en el banco donde se sienta a pasar el día, dentro debe guardar un vaso metálico, algún plato abollado. Tal vez una sartén rescatada de no se sabe dónde. Sobre la madera extiende una servilleta que hace también las veces de mantel. Extrae de la bolsa media barra de pan y empieza a comerla con parsimonia, pizcando las escasas migas que se escapan al hambre. No está solo. A su alrededor hay otros como él. Decenas. Comparten color de piel, manos curtidas en vendimiar a destajo y ganas de ganarse un jornal. Tasio supera la tentación de observarles como hacen el resto de los transeúntes, que cada vez que llegan estas fechas les confunden con parte del mobiliario urbano. Se siente impelido de preguntarles si son de Pedro Sánchez o Susana Díaz. Si están por un congreso exprés o crear una gestora. Si creen conveniente abstenerse o son partidarios de unas terceras elecciones. Si, en definitiva, agota más cortar uvas o sufrir el inmenso caos que les ignora.

Fotografía: Juan Marín

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Diálogo súbito
Teri Sáenz 08-06-2015 | 10:32 | 0

manos

El taciturno y arisco yayo Tasio salió de casa para darse el garbeo de rutina y aislarse de paso de tanta matraca electoral cuando, de pronto, experimentó una sensación extraña. Una opresión repentina le atrapó la garganta y en nada se le extendió hasta el ombligo. El abuelo se puso en lo peor. Tuvo que agarrarse con fuerza a la cachaba, comió uno de esos caramelitos de menta que guarda en el bolsillo para cuando se le dispara el azúcar y contuvo la respiración. Al instante reconoció en las señales enviadas por su metabolismo que no era nada grave. Se trataba, simplemente, de una fiebre dialogante. Pero no una cualquiera. Un diálogo honesto, sin dobleces ni líneas rojas. Un afán conversador cara a cara desde la sinceridad más brutal, con el programa sobre la mesa y en busca no supo bien si de una obligada estabilidad o un cambio imperativo con el afán siempre del interés general. Tasio tuvo de repente ganas de estrechar una multitud de manos, hablar con todo el mundo. Con el vecino que nunca ha querido poner la derrama para arreglar el portal, ese primo carnal que le retiró la palabra hace un siglo por unas fincas. El acceso de diálogo venía, además, agravado por unos escalofríos de trasparencia. En las tripas del yayo se revolvían también unas ganas inauditas de desnudar sus intenciones, que a nadie le quedara duda de su disponibilidad. Pasaron unos segundos eternos. La brisa de la mañana volvió a rellenar sus pulmones, recuperó el nivel de glucosa y siguió caminando.

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Seres únicos
Teri Sáenz 24-03-2014 | 11:28 | 0

El yayo Tasio se pone mesiánico para pontificar que la crisis no tiene su origen en la codicia. Ni en una flagrante falta de previsión. Tampoco en la carencia de escrúpulos de los pocos que mandan a tantos. Lejos, muy lejos también, de un liberalismo sobrexcitado y voraz. En el tuétano del monstruo que nos devora con la tozudez de un rumiante está la bipolaridad que se extendió sin antídoto hasta convertirse en epidemia. Una dualidad patológica por la que uno se creía otro. O mejor dicho: los dos que caben en uno mismo empezaron a mezclarse, entreverarse, solaparse y confundirse. A tal intensidad llegó la duplicidad personal, que pocos acabaron reconociendo cuál era el original o su doble contaminado. El tesorero se creyó cartero; los banqueros, prestidigitadores; el político, arribista; el concejal, empresario; el trabajador, militante de un partido; y el gobernante… El gobernante se trasvistió a ratos del dios omnímodo que llevaba dentro. Cuando se impuso el realismo, todos se excusaron. Los dos que convivían en cada cual se replegaron en uno solo, pero la borrachera de impunidad había sido tan prolongada que ninguno sabía ya exactamente si el dinero era suyo o de los demás, qué era gratis o qué debía pagarse. Si la persona del principio, en suma, era al final un personaje. Escucho a Tasio y me persigno, aunque me pregunto si no estará sufriendo el mismo mal y es el viejo lúcido de siempre o el altavoz de los que siguen jodidos porque nunca se desdoblaron.

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Sonría al pajarito
Teri Sáenz 06-02-2012 | 9:59 | 0

yayo, abuelo, crisis, risaLa última adquisición del yayo Tasio es un bola roja de plástico con una tirita de goma que se parece mucho a una nariz de payaso. Se ha tatuado una sonrisa en la cara, y al menos una vez al día se pasa por la planta de los pies una pluma de ganso que guarda en la cómoda para hacerse cosquillas. En vez de quejarse del llanto del bebé de la familia ecuatoriana que vive en el quinto, abre la puerta para escuchar al mocete cuando le entra un ataque de risa, y si con el cambio de astro le duele algún hueso, piensa en todos los que todavía no le crujen. Los días grises baja todas las persianas. Se echa una toquilla para entrar en calor sin necesidad de salir  ni ver los nubarrones, e incluso ha tomado por costumbre dejar unos céntimos de propina del dinero que no tiene al camarero que cada domingo de mañana le sirve un café con leche casi hirviendo.

En su compromiso personal con el optimismo, ha dejado de ver la televisión. Sólo la enciende para ver algún programa estúpido de esos que escupen escenas de gente resbalándose, niños vomitando el desayuno en la cara de sus padres y perros tontos intentando sin éxito atrapar a gatos listos.  No le hacen gracia, pero las sonrisas enlatadas le llenan la soledad del salón y la anorexia de su pensión. Me ha rogado que, para completar la terapia, deje de escribir noticias deprimentes con titulares que siempre incluyen la palabra crisis. De verdad que hago cuanto puedo, susurro al oído del abuelo.

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Una ayuda, por favor
Teri Sáenz 17-10-2011 | 9:40 | 4

Iba a casa del yayo a visitarle cuando fue Tasio el que se topó conmigo. No me lo pude creer cuando, paseando por Portales, di con el abuelo a la puerta de La Redonda. Estaba encorvado, exhibía cara de lástima y se abrigaba con la chaqueta más raída de su armario.
Asía un cestillo roñoso y a los pies había escrito con letra temblorosa en un cartón: “Una ayuda, por favor”. Me acerqué con urgencia para que nadie le creyera un pedigüeño y, un poco avergonzado, le reproché que qué hacía él ahí reclamando unos céntimos a los parroquianos cuando sabía que no tenía más que llamarme para echarle una mano si ese mes no le alcanzaba para pagar luz o comprar las ofertas del Carrefour. “Que no es para mí”, se justificó mientras contabilizaba el puñado de monedillas que ya había acumulado para esas horas. Me dijo que ese gesto que nunca hubiera hecho para beneficiarse él mismo lo había adoptado a su edad para colaborar con la frágil economía de los concejales y altos cargos que estos días tienen el arrojo de dejar entrever sus cuentas. Tanta lástima le habían dado sus saldos quebradijos, tantos créditos impagados, que hasta le dolía verlos sufrir teniendo que desplazarse en esos incómodos coches de alta gama tan difíciles de aparcar, recortando los presupuestos de los demás antes de apurar los suyos, y hasta teniendo que solicitar chiquibecas para llegar a fin de mes. Antes de reñirle por su inocencia, le eché en el cestaño toda la calderilla que encontré en los bolsillos.

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