La Rioja

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Seres únicos
Teri Sáenz 24-03-2014 | 11:28 | 0

El yayo Tasio se pone mesiánico para pontificar que la crisis no tiene su origen en la codicia. Ni en una flagrante falta de previsión. Tampoco en la carencia de escrúpulos de los pocos que mandan a tantos. Lejos, muy lejos también, de un liberalismo sobrexcitado y voraz. En el tuétano del monstruo que nos devora con la tozudez de un rumiante está la bipolaridad que se extendió sin antídoto hasta convertirse en epidemia. Una dualidad patológica por la que uno se creía otro. O mejor dicho: los dos que caben en uno mismo empezaron a mezclarse, entreverarse, solaparse y confundirse. A tal intensidad llegó la duplicidad personal, que pocos acabaron reconociendo cuál era el original o su doble contaminado. El tesorero se creyó cartero; los banqueros, prestidigitadores; el político, arribista; el concejal, empresario; el trabajador, militante de un partido; y el gobernante… El gobernante se trasvistió a ratos del dios omnímodo que llevaba dentro. Cuando se impuso el realismo, todos se excusaron. Los dos que convivían en cada cual se replegaron en uno solo, pero la borrachera de impunidad había sido tan prolongada que ninguno sabía ya exactamente si el dinero era suyo o de los demás, qué era gratis o qué debía pagarse. Si la persona del principio, en suma, era al final un personaje. Escucho a Tasio y me persigno, aunque me pregunto si no estará sufriendo el mismo mal y es el viejo lúcido de siempre o el altavoz de los que siguen jodidos porque nunca se desdoblaron.

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Sonría al pajarito
Teri Sáenz 06-02-2012 | 9:59 | 0

yayo, abuelo, crisis, risaLa última adquisición del yayo Tasio es un bola roja de plástico con una tirita de goma que se parece mucho a una nariz de payaso. Se ha tatuado una sonrisa en la cara, y al menos una vez al día se pasa por la planta de los pies una pluma de ganso que guarda en la cómoda para hacerse cosquillas. En vez de quejarse del llanto del bebé de la familia ecuatoriana que vive en el quinto, abre la puerta para escuchar al mocete cuando le entra un ataque de risa, y si con el cambio de astro le duele algún hueso, piensa en todos los que todavía no le crujen. Los días grises baja todas las persianas. Se echa una toquilla para entrar en calor sin necesidad de salir  ni ver los nubarrones, e incluso ha tomado por costumbre dejar unos céntimos de propina del dinero que no tiene al camarero que cada domingo de mañana le sirve un café con leche casi hirviendo.

En su compromiso personal con el optimismo, ha dejado de ver la televisión. Sólo la enciende para ver algún programa estúpido de esos que escupen escenas de gente resbalándose, niños vomitando el desayuno en la cara de sus padres y perros tontos intentando sin éxito atrapar a gatos listos.  No le hacen gracia, pero las sonrisas enlatadas le llenan la soledad del salón y la anorexia de su pensión. Me ha rogado que, para completar la terapia, deje de escribir noticias deprimentes con titulares que siempre incluyen la palabra crisis. De verdad que hago cuanto puedo, susurro al oído del abuelo.

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Una ayuda, por favor
Teri Sáenz 17-10-2011 | 9:40 | 4

Iba a casa del yayo a visitarle cuando fue Tasio el que se topó conmigo. No me lo pude creer cuando, paseando por Portales, di con el abuelo a la puerta de La Redonda. Estaba encorvado, exhibía cara de lástima y se abrigaba con la chaqueta más raída de su armario.
Asía un cestillo roñoso y a los pies había escrito con letra temblorosa en un cartón: “Una ayuda, por favor”. Me acerqué con urgencia para que nadie le creyera un pedigüeño y, un poco avergonzado, le reproché que qué hacía él ahí reclamando unos céntimos a los parroquianos cuando sabía que no tenía más que llamarme para echarle una mano si ese mes no le alcanzaba para pagar luz o comprar las ofertas del Carrefour. “Que no es para mí”, se justificó mientras contabilizaba el puñado de monedillas que ya había acumulado para esas horas. Me dijo que ese gesto que nunca hubiera hecho para beneficiarse él mismo lo había adoptado a su edad para colaborar con la frágil economía de los concejales y altos cargos que estos días tienen el arrojo de dejar entrever sus cuentas. Tanta lástima le habían dado sus saldos quebradijos, tantos créditos impagados, que hasta le dolía verlos sufrir teniendo que desplazarse en esos incómodos coches de alta gama tan difíciles de aparcar, recortando los presupuestos de los demás antes de apurar los suyos, y hasta teniendo que solicitar chiquibecas para llegar a fin de mes. Antes de reñirle por su inocencia, le eché en el cestaño toda la calderilla que encontré en los bolsillos.

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Vino amargo
Teri Sáenz 04-10-2011 | 10:57 | 0

El yayo Tasio ha variado una de las rutinas a la que era más fiel. Lo ha hecho por obligación. Acostumbraba a pasear de mañana cerca de la estación de autobuses de Logroño para bombear mejor el corazón, pero de unos días a esta parte lo que hacía era encogérsele con lo que veía. Cayado en mano, el camino que otras veces recorría en solitario está ahora plagado de rostros oscuros y ojos muy blancos que le observaban a su paso con una expresión tan triste que parece hueca. Hombres huesudos asidos a atillos donde guardan su vida arrugada, amontonados en la acera esperando trabajo para sus manos vacías.

 

Tasio ha decido dejar de encontrarse con ellos porque lo doloroso de la escena le hacía daño. En sus paseos matinales sufría un pinchazo por cada una de esas miradas, y él era incapaz de hablar en su idioma. De explicarles que no sabe por qué La Rioja de la excelencia no hace más para que su paso por esta tierra no sea tan lacerante. Por qué toda una Denominación de Origen de prestigio no mima igual su uva que a los temporeros que la recogen. La aorta se le atoraba al verse reflejado en ellos cuando a él de joven también le tocó viajar lejos para ganarse el pan, y cómo no hace tanto tuvo la misma sensación de ser tan necesario como indeseado. Sólo trasparente. Antes de cambiar la ruta, el yayo intentó animar la circulación de su sangre tomando una copita de vino sin que el médico se enterara. Sin embargo, cada sorbo que dio le supo amargo.

 

Fotografía: Un grupo de temporeros duerme sobre las aceras en el centro de Logroño (Sonia Tercero)

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El gran agujero
Teri Sáenz 10-07-2011 | 11:39 | 0

Cada vez que una administración cambia de color político, los nuevos gestores suelen toparse con lo más inusitado. Basura debajo de las alfombras, cargos por renombrar, recuerdos personales olvidados en los cajones por los antiguos inquilinos del despacho, geranios sin regar. Pero lo que todos encuentran indefectiblemente es un agujero. María Dolores de Cospedal se ha dado de bruces, al parecer, con uno de proporciones descomunales en las cuentas de Castilla-La Mancha . También el P P ha descubierto al minuto después de tomar posesión en el Ayuntamiento de Logroño otro de cinco millones de euros en el gasto corriente. La cuestión no pasaría de una denuncia económica-política si no fuera porque hace cuatro años, y según el PSOE , cuando ellos arribaron al Consistorio hallaron entre legajos y facturas uno de 5,3 millones (eso sí, con remanentes para cubrirlo) junto a otro de 20 millones por los reformados de otros grandiosos agujeros: los que se cavaron para construir varios de los aparcamientos con que los populares horadaban entonces la ciudad aquí y allá.

El yayo Tasio se pregunta si ese agujero que siempre surge como por ensalmo cada vez que se airean las ventanas de una administración son varios o se trata siempre del mismo que se hace cada vez más profundo. Si en alguna parte de cada institución hay un sótano donde se esconde un socavón cada vez más hondo. Si en vez de políticos, los ciudadanos deberíamos votar a albañiles para taparlo.

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