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yayo tasio

Podemos con todo
Teri Sáenz 08-01-2015 | 7:05 | 0

pablo iglesias

Fuera hace frío y el yayo Tasio vota por unanimidad no salir de casa. Enciende la televisión y se topa con un debate político. Hay representantes de una gavilla de partidos excepto de Podemos. Sin embargo, todas las conversaciones gravitan (y gritan)en torno a Podemos. Cambia de canal. El zaping le conduce a una tertulia de actualidad más. Aunque tampoco hay rastro de Podemos, los participantes no paran de hablar (y porfiar) contra una tertulia anterior donde apareció uno de Podemos. Al tercer intento aterriza en otra cadena donde no sabe por qué don de ubicuidad catódica reconoce a alguno de los contertulios que acaba de ver en otra pantalla. Misteriosamente no están tratando el tema de Podemos y el conductor anuncia que ahora van anuncios. Tras la publicidad, nuevos datos sobre la catadura moral de Podemos, adelanta. El yayo gana una moción de censura contra sí mismo y sale a tomarse un café. En el bar ojea el periódico. En la portada dice que los sondeos dicen que Podemos puede ganar en algunas comunidades. En letra más pequeñuja aclara que Podemos aún no tiene candidato en esas comunidades. Junto al yayo, un par de señoronas juran por su abrigo de pieles que nunca ningún harapiento les despojará de lo suyo, aunque llegue a presidente. Aturrullado, Tasio vuelve a casa. Para entrar en calor se hace una sopa de ajo. Al tercer sorbo se encuentra un pelo en la cuchara. Es demasiado largo para ser suyo. Se ha debido caer de la coleta de Pablo Iglesias.

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Figuras del belén
Teri Sáenz 05-01-2015 | 7:11 | 0

Entonces la Navidad cabía en una caja rectangular de zapatos con las costuras entreabiertas que el yayo Tasio guardaba en lo alto del armario de su viejo dormitorio. Cada primero de diciembre pasaba por su casa, el abuelo bajaba la caja que había acumulado el polvo de un año entero y volcaba el contenido sobre la colcha de la cama. La Navidad era unas pocas figurillas de plástico de entre las que hace años había desaparecido el rey Baltasar y una legión de pastores. También había un pesebre con un niño Jesús desmesurado y tuerto y metros de espumillón arrebujado que al extenderlos se deshilachaban. Era un belén feo. Nada que ver con esas virguerías de cerámica y expresión beatífica que las tiendas caras del centro empezaban también a exhibir en sus escaparates. A mí, sin embargo, me fascinaba. El carácter un poco ácrata de Tasio, pero sobre todo la escasez de elementos y la estrechez de la mesita del teléfono que el yayo quitaba para acomodar el belén durante un mes, invitaba a colocar a cada personaje al tuntún. El resultado era una abigarrada escena que ni el musgo, ni el papel albal que intentaba simular el riachuelo, ni la harina que el yayo derramaba como colofón para impostar la nieve salvaba de la distopía. Año a año el belén va menguando. Ovejas, pajes y romanos siguen desertando misteriosamente y el espumillón es ya un hilillo ralo. Aún así, sigue siendo mi belén favorito porque conserva la pieza que más adoro: el yayo Tasio.

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Os vamos a matar
Teri Sáenz 09-12-2014 | 12:20 | 0

ultras

La última vez que el yayo Tasio fue el fútbol era menos viejo y Las Gaunas un estadio vetusto que miraba ya de reojo la piqueta. Yo acaba de terminar la EGB y al abuelo se le ocurrió ejercer de tal y celebrar mis buenas notas invitándome a asistir juntos a un partido de postín. Aunque por entonces ya mostraba mi anomalía de no expresar ningún entusiasmo por el fútbol, el yayo no me consultó y le invadió la idea senil de compartir con su nieto un domingo luminoso entre una muchedumbre de caras pintadas, banderas al viento, cánticos de ánimo y goles de primera. La casualidad hizo que detrás de nosotros se sentara una gavilla de chavales que abultaban poco más que yo y que desde el minuto uno dejaron claro que el partido les importaba lo justo. Sus insultos al árbitro –y algún lapo al juez de línea que aterrizó en la cazadora que mi madre me ponía los días de fiesta– rivalizaban con las amenazas recitadas a coro a otro pequeño rebaño de seguidores ubicados en la parte opuesta del campo. El grito de «hijosdeputaaaa, os vamos a matarrrr» taladró mis oídos 90 minutos y el tiempo añadido mientras Tasio me instaba a apreciar un remate imposible del delantero o saborear la técnica del extremo derecho para ejecutar bicicletas. No recuerdo quién era el equipo rival. Ni siquiera hago memoria de cuál fue el resultado. Sólo tengo grabada la cara de odio de aquellos chiquillos y la idea de que un día se harían mayores y, tal vez, cumplirían su promesa.

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Queridos muertos
Teri Sáenz 04-11-2014 | 12:20 | 0

cementerio

A Tasio le gustan los cementerios. Entre el ruido que maniata la calle, el caos de las terrazas insaciables que devoran las aceras y el guirigay institucionalizado, el yayo encuentra allí el sosiego que la cotidianidad le niega. El abuelo conecta con el orden de esas calles con nombres de santo. Le relaja la simetría de los nichos. Es dar un garbeo entre el ejército de cipreses enhiestos y recobrar el equilibrio violado. Sin que el calendario le obligue a limpiar lápidas o renovar el agua de los crisantemos, de vez en cuando se deja caer por entre las tumbas. Igual que otros viejos echan la mañana vigilando unas obras de pavimentación, Tasio se pierde entre panteones con cruces oxidadas y angelotes cubiertos de liquen sin importarle que algún día él también se mudará allí definitivamente. Por eso le chirría el repelús que los cementerios provocan al resto del mundo. Ese afán por trasladarlos bien lejos con la excusa de un nuevo recinto aséptico y más funcional. Como queriendo alejar el dolor, asear el pasado, evitar al nene que vea esos retratos en sepia que le miran desde los mármoles fríos. El abuelo envidia los vetustos camposantos de pueblo en que la muerte forma con naturalidad parte de la vida diaria. O esas explanadas anglosajonas de césped impecable donde las familias almuerzan el domingo y los críos juegan entre túmulos. Tasio regresa al cementerio. Se llena los pulmones de paz y sabe que, al menos allí, no se topará con escándalos ni corrupción.

 

Fotografía: Justo Rodríguez

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La gran terraza
Teri Sáenz 15-10-2014 | 6:57 | 0

terraza

Hubo un tiempo en que el yayo Tasio albergó la esperanza de que las peatonolizaciones humanizaran la ciudad. Compró la idea de adoquines suplantando al asfalto para que el humo del tráfico quedase diluido por el frescor de una jardinera. El abuelo soñó aceras tan anchas que se tocaran unas con otras. Autopistas pedestres. Niños jugando donde antes aparcaban las furgonetas y abuelos sentados en bancos brotados sobre carreteras muertas. Su fantasía urbana se frustró cuando la hostelería se adelantó y donde nació una loseta plantaron una silla. Y al lado, otra. Y otra más. Modestos veladores mutaron en estructuras de acero y cristal ancladas al suelo; las sombrillas se hicieron telones. Las terrazas se expandieron como el alquitrán sobre el espacio que prometieron reservado para el viandante, exprimiendo cada metro cuadrado para encajonar una mesa más. Las de una bar se fundieron con el siguiente, florecieron hasta butacones ibicencos, televisiones a pie de calle. Tasio no sólo vio hurtado su espacio sino que ni siquiera encontró hueco para llegar hasta su casa. Y cuando daba con un sendero libre entre tantas sillas, le reprendieron por pedir que, por favor, le abrieran paso. La peatonalización cambió la dictadura del motor por la de bares insaciables. El centro se convirtió en una gran terraza y el sueño de recorrer Logroño por mitad de las calles fue la pesadilla de ir sorteándolo de bandeja en bandeja. De copa en copa en un bosque inhumano.

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