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yayo tasio

Seguir vivos
Teri Sáenz 12-02-2017 | 7:49 | 0

Cuando el yayo Tasio sale a pasear cada mañana, organiza su ruta de forma que en algún momento del recorrido pueda detenerse ante la Sombrerería Dulín. El abuelo se planta frente al escaparate y experimenta una conexión que no tiene tanto que ver con la exquisita oferta de productos alineados tras el cristal como con el aroma que rezuma la tienda. Tasio mira a un lado y a otro de Portales y certifica que la mayoría de negocios vecinos han mutado a lo largo de los años. O peor:han desaparecido para siempre. La calle que una vez fue el epicentro de aquel Logroño orgulloso de sus raíces, la arteria de paso obligada para turistas ansiosos de encontrar una postal genuina cargada de historia, es ahora un cúmulo de establecimientos y bazares sin encanto ni criterio. Sombrerería Dulín ha ido sobreviviendo a esa metamorfosis constante. El local se ha mantenido más de un siglo incólume al viento de los cambios y el tornado de las modas. Como un periódico de papel, un teléfono de góndola, una cocina de leña. Aunque Tasio nunca se ha tocado la cabeza con nada más que su vieja boina, una vez traspasó el umbral y se hizo con una elegante gorra. Rara vez sale a la calle con ella, pero en aquellos duros que quedaron en la añeja máquina registradora Krupp quiso imaginar una inyección de eternidad para que el negocio espantara el cierre. Lo hizo, sobre todo, por egoísmo. Con la secreta certeza de que si Dulín continúa vivo, él también lo estará. Y que mientras pueda seguir observando sus anaqueles intactos, él tampoco morirá.

Fotografía: Justo Rodríguez

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Paso de cafres
Teri Sáenz 24-01-2017 | 10:38 | 0

atropello

El yayo Tasio tiene que cruzarlo todos los días, y todos los días lo cruza con un nudo en la garganta. Es aparentemente un paso de cebra vulgar. Una anodina sucesión de franjas blancas y negras dibujadas en paralelo sobre la carretera a las que tampoco vendría de más un brochazo renovador. Pero el problema no es que las rayas estén desdibujadas. Su principal característica es que resulta invisible a los conductores. La vía es ancha y la visibilidad razonable y, sin embargo, los coches lo atraviesan sin miramientos entre el pavor de los viandantes a que la brea acabe teñida con su sangre. Con esa prevención, el abuelo saca primero la cabeza desde la acera para certificar que no viene ningún vehículo. Si el camino está expedito, acelera la marcha todo lo que el reuma le permite. O si coincide con otros peatones que van por la misma ruta, se cuida de caminar a su lado a modo de escudo por si el accidente se consuma. Esta mañana no hay nadie a su alrededor. Espera unos minutos y sigue solo ante el paso de cebra. Otea el horizonte y por fin se decide avanzar. De pronto, a lo lejos, un todoterreno. Pánico. Intenta apretar el paso, pero no da para más. Tasio se queda quieto, cierra los ojos y el coche pasa a unos centímetros de su cara levantando una ola de aire que le hiela el rostro. El abuelo le pega un grito. El piloto le devuelve un bocinazo.  Con el corazón aún agitado, el yayo llega a su destino en el bar del otro lado. Pide un café mientras hojea el periódico. En las páginas centrales hablan del enésimo atropello en la ciudad.

Fotografía: Juan Marín

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Una chaqueta gorda
Teri Sáenz 05-12-2016 | 10:31 | 0

malditos

Le informo al yayo Tasio al calor del brasero que mantiene prendido todo el invierno de que existe un fenómeno bautizado como hiperpaternidad. El abuelo me mira con una cara que no alcanzo a interpretar si es de extrañeza o incredulidad cuando le explico que consiste en la fijación de muchos padres modernos por modelar unos hijos extraordinarios. Para alcanzar ese grado de perfección, se les introduce casi sin destetar en una carrera de fondo para formales en todas las destrezas que los nuevos tiempos obligan. El chaval se convierte en un amasijo de arcilla al que se le saca de la urna de protección extrema para moldearlo con entrenamientos de fútbol y/o gimnasia rítmica, cursos de natación, clases de informática, talleres de pintura, lecciones de música y, por supuesto, cuatro horas a la semana en una academia de inglés. Tasio me interrumpe tímidamente para suspirar que cómo cambian las cosas. Que a él y la recua de hermanos sus padres le hacían el caso justo porque no había dinero, tiempo ni tantas oportunidades, y que lo más parecido a una actividad extraescolar consistía en sacar a pastar las ovejas que guardaban en un corral junto a las eras nevadas. Asiento y le garantizo que yo no soy igual que esos padres obsesivos, aunque mis niños no tienen un minuto de respiro y cuando sean mayores les mandaré una temporada al extranjero. El bilingüismo y tal. A Tasio sólo se le ocurre aconsejarme que no olvide meterles una chaqueta gorda en la maleta. Por si hace frío también más allá de los corrales.

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Des Moines
Teri Sáenz 14-11-2016 | 10:34 | 0

Donald Trump

La casa del yayo Tasio debe ser el único lugar del planeta ajeno al seísmo provocado por la victoria de Trump. Sentado sobre su orejero, apurando los rayos de sol que se cuelan por los cristales que siempre limpia la víspera de un chaparrón, el abuelo me pregunta a qué tanto revuelo. Y sobre todo, por qué tanta gente, hasta su avinagrado vecino del entresuelo que jamás ha salido del barrio ni sabe siquiera cuántos estados están unidos, opinan del sucesor de Obama como sesudos analistas de geopolítica planetaria. Yo, el único Donald que conozco tiene pico, plumas y voz de lija, reconoce sin rubor. Como conozco al abuelo, me limito a callar disimulando media sonrisa. Tasio, en realidad, habla para sí mismo. Me pregunta si todos los norteamericanos son tan retrógrados e ignorantes como pontifican los parroquianos del bar donde se toma a media tarde un café con leche ardiendo. Qué es un swing state, cómo no ha ganado Hillary si era tan fetén, por qué una papeleta en Ohio vale igual que otra en Florida, a qué viene que tantos inmigrantes hayan votado republicano si Donald (el pato no, el otro) ha prometido levantar un muro para frenar la entrada de otros compatriotas. No tengo ni idea, confiesa. Le revuelve que tantos censuren alegremente voluntades tan democráticas como cualquier otras o critiquen una sociedad de la que ignoran hasta su geografía. ¿Tú sabes, por ejemplo, cuál y dónde está la capital de Iowa?, me dice. Y yo me levanto para pasar un paño a las ventanas.

Fotografía: Charlie Neibergall (AP Photo)

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Fantasmas de barro
Teri Sáenz 24-10-2016 | 11:13 | 0

mansilla

Al yayo Tasio no le sacas de casa ni a tiros. A sus años, pasear más allá de los límites de su barrio es agotador y montar en coche, una heroicidad. No me quedó así otra que engañarle. A regañadientes aceptó llegarnos conduciendo un poquito más allá de la ciudad y parar a almorzar en algún hayedo donde las hojas ya están pintadas de otoño. Tuve que darle palique para que no percibiera que hacíamos más kilómetros de los prometidos devorando curvas y sorteando baches. Para cuando se quiso dar cuenta, ya habíamos arribado a Mansilla. Fue bajar del vehículo y ver cómo su cara mutaba en un espejo de la desolación que tenía delante. El pueblo que una vez fue fértil y populoso asomaba el esqueleto húmedo que durante años permanece oculto bajo las aguas. Aunque no abrió la boca para decirlo, el abuelo estaba viendo en aquellas ruinas las de su propia aldea y otras tantas que las riadas del tiempo han enterrado no en un embalse, sino en el sótano de la memoria. Me rogó que le dejara solo. Apenas había otro puñado de curiosos. Bajó torpemente hasta la vaguada y vagabundeó entre calles que aún dibujan su trazado sobre la tierra cuarteada, unas pocas piedras erguidas, los vanos que se resisten a desmoronarse. Desde la distancia vi cómo palpaba los pocos troncos negros que siguen en pie, de qué forma reproducía en su mente la vida que ahora sólo se intuye tras la sequía. Al regresar al coche, no supe si al mi lado se sentó el abuelo Tasio o el fantasma de sí mismo con las suelas manchadas de barro.

Fotografía: Justo Rodríguez

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