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yayo tasio

Ropa vieja
Teri Sáenz 16-08-2017 | 11:17 | 0

percha

Nunca vi tirar nada en casa del yayo Tasio. Allí todo era eterno y lo que caducaba, se heredaba o renacía. Con el pan duro se hacían sopas de ajo y la carne de un día se transforma al siguiente en albóndigas. En las pocas fotografías en papel que el abuelo conserva en una lata oxidada de galletas y dan fe de que una vez fue joven aparece con una chaqueta de pana marrón. Las más antiguas, donde todavía era mocete, dejan ver que las mangas le sobresalen y ocultan prácticamente sus dedos. Las hombreras le desbordan la espalda y el tejido reluce. En las imágenes que le suceden va vestido con la misma prenda. Le ajusta mejor, como si el tiempo la hubiera ahormado a su figura, pero el color es más difuso y los bolsillos parecen deshilachados. Si un día profano su armario, estoy seguro de que encontraré una solitaria percha. Me da vergüenza confesarle que en mi casa valoramos poco todo y compramos ropa sin mucho criterio. Un día decretamos que algo es viejo aunque esté nuevo y acudimos a una de esas franquicias donde la gente se uniforma para creerse única. A diferencia de Tasio, repaso mis propias fotos que ya no apilo en ninguna caja sino en un disco duro y no encuentro dos donde lleve la misma camiseta. Al yayo se le reconoce al instante. A nosotros hace falta mirarnos a la cara para identificar quiénes somos. Una día, al salir de su piso después de visitarle, empezó a caer un chaparrón de verano. Preguntó si quería una chaqueta para resguardarme y yo no supe cómo agradecerle un gesto tan sumamente generoso.

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Caramelos gratis
Teri Sáenz 13-07-2017 | 9:25 | 0

caramelos-nuevos

El yayo Tasio confirmó que la crisis había llegado a su fin cuando el otro día acudió a la consulta del dentista y encontró a rebosar la bandejita de caramelos que endulzan la espera de la clientela. Hace años, cuando el Gobierno y la prima de riesgo sentenciaron que el abuelo llevaba años perpetrando presuntamente el delito de vivir por encima de sus posibilidades, aquel platillo se vació. Y no fue el único síntoma de que la cosa se había torcido. Los bares ya no daban agua del grifo, en las empresas se escribía por la parte de atrás de los folios usados, el Rioja de honor desapareció de los actos oficiales. Se racionaron las gracias y los buenos días y hasta dejaron de aparecer las pinzas caídas de los tendederos que el yayo recogía del suelo y guardaba para colgar luego su propia ropa. Aunque a Tasio le costaba reconocerlo, él no sufrió la crisis más allá de lamentar que a los suyos les estrujaran. Como siempre ha sido un ahorrador compulsivo y jamás ha caído en la tentación de gastar lo que no tenía, vadeó los recortes sin excesivos espasmos. Ahora que se ha decretado que todo va menos mal aunque él no lo percibe, se pregunta si no será más que un bucle perverso que se activa pulsando un botón ignoto. Un estado de sugestión colectiva por el cual, de repente, las estadísticas engordan y el vino vuelve a correr entre invitados que llenan su copa sin preguntarse nada más. Pero el yayo no se fía. Por si acaso mañana vuelven a ordenar que hay crisis, no prueba ni una gota y se llena los bolsillos de caramelos gratis.

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Otros mundos
Teri Sáenz 23-05-2017 | 12:15 | 0

Calle Breton de los Herreros Logrono Zona de terrazas con gente, contenedores, detalle de los alcorques... 17 junio 2016 Sonia Tercero

Aprovechando que el astro empieza a mejorar y el yayo Tasio sigue ocioso le hemos regalado uno de esos viajes organizados para jubilados que recorren un puñado de capitales de provincia con plaza de autobús, guía y pensión completa todo incluido. Como me barruntaba, el abuelo ha torcido el morro al saberlo. Y no porque le dé pereza a salir solo de casa un par de días o ya no recuerde cuál fue la última vez que visitó otra ciudad. Lo que le inquieta es no estar seguro de qué se encontrarán en esos otros mundos de ahí fuera. Para aplacarle, he empezado advirtiéndole de que quizás vea muchas cosas a las que no está acostumbrado. Le he hecho saber que tal vez las calles que vaya a patear estén impolutas, sin contenedores de basura a rebosar en mitad del paseo ni terrazas mastodónticas ancladas sobre el adoquín. Al abuelo le he rogado que no se asuste si en los cascos antiguos que descubra no encuentra ninguna tienducha cutre ni heladerías franquiciadas, sino soportales añejos y comercios centenarios rebosantes de historia. Probablemente, he continuado para sosegarle, no podrá fotografiar solares vallados que acumulan matojos ni basura, simplemente, porque no existen. Así he cogido fuerzas para comunicarle lo más chocante:en vez de hordas de solteros/as compitiendo a grito pelado por ser la despedida más procaz, donde recale habrá otros turistas sosegados que disfrutan del viaje, abuelos como él dispuestos a paladear la belleza de lo nunca visto, vecinos orgullosos de habitar una ciudad amable.

Fotografía: Sonia Tercero

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Un auténtico crack
Teri Sáenz 10-04-2017 | 10:29 | 0

pele

Aunque nunca me lo ha confesado por ese carácter austero en palabras que se gasta, el yayo Tasio se siente frustrado conmigo. Lo que al abuelo le hubiera gustado de verdad es que yo hubiera sido una estrella del deporte. Su sueño cuando era un mocete no pasaba por verme de vez en cuando en esa fotito anticuada que encabeza esta columna, sino encender la televisión y que mi rostro abriera todos los telediarios. En su cabeza me imaginaba fichando por un equipo de los grandes. Algún cazatalentos me veía enfrentándome a los chavales de mi edad y los principales clubes del país (qué hostias, del mundo entero) empezaban a pelearse por mis servicios. La disputa alcanzaba cifras astronómicas, promesas de una vida resuelta para mi familia, análisis de viejas glorias que veían en mí su heredero directo. Una nube de micrófonos me asaltaba a la salida del último entrenamiento con los ídolos que todavía coleccionaba en cromos y yo declaraba con una mezcla de humildad y madurez: ‘mis compañeros son unos auténticos cracks’. Tasio barruntó que jamás llegaría a la cumbre (ni al valle) en cuanto me apuntó a regañadientes al equipo del barrio. No sólo no despuntaba, sino que cada partido era un sufrimiento. Desde la grada únicamente escuchaba la violencia verbal del resto de padres y abuelos, no tenía ninguna habilidad y yo hacía lo imposible por pasar inadvertido. Lo que siempre agradeceré al yayo es que entonces se dio cuenta de que aquello no era un deporte para adultos. Sólo un juego de niños para disfrutar.

Foto: Soydelateja

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Seguir vivos
Teri Sáenz 12-02-2017 | 7:49 | 0

Cuando el yayo Tasio sale a pasear cada mañana, organiza su ruta de forma que en algún momento del recorrido pueda detenerse ante la Sombrerería Dulín. El abuelo se planta frente al escaparate y experimenta una conexión que no tiene tanto que ver con la exquisita oferta de productos alineados tras el cristal como con el aroma que rezuma la tienda. Tasio mira a un lado y a otro de Portales y certifica que la mayoría de negocios vecinos han mutado a lo largo de los años. O peor: han desaparecido para siempre. La calle que una vez fue el epicentro de aquel Logroño orgulloso de sus raíces, la arteria de paso obligada para turistas ansiosos de encontrar una postal genuina cargada de historia, es ahora un cúmulo de establecimientos y bazares sin encanto ni criterio. Sombrerería Dulín ha ido sobreviviendo a esa metamorfosis constante. El local se ha mantenido más de un siglo incólume al viento de los cambios y el tornado de las modas. Como un periódico de papel, un teléfono de góndola, una cocina de leña. Aunque Tasio nunca se ha tocado la cabeza con nada más que su vieja boina, una vez traspasó el umbral y se hizo con una elegante gorra. Rara vez sale a la calle con ella, pero en aquellos duros que quedaron en la añeja máquina registradora Krupp quiso imaginar una inyección de eternidad para que el negocio espantara el cierre. Lo hizo, sobre todo, por egoísmo. Con la secreta certeza de que si Dulín continúa vivo, él también lo estará. Y que mientras pueda seguir observando sus anaqueles intactos, él tampoco morirá.

Fotografía: Justo Rodríguez

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