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yayo tasio

Empresa imposible
Teri Sáenz 11-10-2017 | 12:26 | 2

vaca

Cuando el yayo Tasio era chaval y aún correteaba en pantalón corto por las cuestas del pueblo, aprendía escuchando a sus mayores como yo ahora hago con él. A veces se arrimaba al poyo ubicado en lo alto de la era donde cuatro viejos echaban la tarde sentados con las manos posadas sobre sus respectivas cachavas. Se inventaba cualquier excusa y pegaba la oreja con discreción. Aquellos abuelos apenas hablaban. Se conocían tan bien, habían pasado tanto tiempo juntos entre tan poca gente, que parecía que lo tenían ya todo dicho entre sí. Desde aquella atalaya se limitaban a mirar al frente dejándose acariciar por el sol. Ante sus ojos, casas cada vez más huecas. El tejado de la iglesia hundido, el ganado menguante, las calles vacías de niños y el último colmado que quedaba abierto con la verja echada para siempre. De pronto, uno de los abuelos suspirara:«Si viniera una empresa…» Los demás asentían sin abrir la boca. Y de nuevo, silencio. En esas cuatro palabras se condensaba un deseo que contenía otros muchos. Un estímulo para que los pocos vecinos que iban quedando no se fueran a la capital; para que los que marcharon retornaran; para los que nunca había venido llegaran. A unos metros de ellos, Tasio se limitaba a procesar lo que oía. Pero sobre todo lo que no que veía desde aquella loma. Ninguna razón, ningún servicio, ni siquiera una carretera decente para que nadie quisiera no ya montar un negocio sino aventurarse a vivir allí. En ese instante, el futuro abuelo osaba intervenir con tristeza: «Sí, alguna empresa vendrá».

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Siempre libro
Teri Sáenz 23-08-2017 | 11:59 | 1

librosEl mejor regalo que le hecho al yayo Tasio es el que nunca le di. El día de su último cumpleaños se me pasó por la cabeza comprarle un libro electrónico. Además de acumular un catálogo inabarcable de rarezas, el abuelo siempre ha sido un lector voraz como atestiguan las abarrotadas estanterías de su casa, así que vi en aquel dispositivo el obsequio idóneo para alguien único. No recuerdo por qué retrasé comprarlo y la mañana que le invitamos a comer –él nunca lo hace, no sé si por negar que se hace viejo o evitar sólo aflojar la cartera– me presenté a la mesa con las manos vacías pero adelantándole que en breve tendría todas las novelas que quisiera a su disposición en formato electrónico. Tasio escupió la cucharada de caparrones que acaba de meterse en la boca y amenazó con desheredarme mientras engolaba la voz defendiendo sus libros de papel. Los cientos que tiene y los que dejará de tener. Porque la liturgia literaria del yayo no sólo incluye oler los capítulos antes de devorarlos, sino acariciar las tapas, doblar la esquina de la página cuando el sueño le vence, manchar los márgenes. Y sobre todo, regalar los que más le gustan en cuanto llega al punto final, igual que recibe los que sus amigos le entregan para que experimente las sensaciones compartidas. Porque los libros no son para el abuelo un patrimonio material, sino un hilo que cose imaginaciones simétricas y convierte en su dueño a quien lo tiene en las manos. Y esa carnalidad, dijo antes de soplar las velas, nunca podrá ser plástica, fría e inodora.

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Ropa vieja
Teri Sáenz 16-08-2017 | 11:17 | 0

percha

Nunca vi tirar nada en casa del yayo Tasio. Allí todo era eterno y lo que caducaba, se heredaba o renacía. Con el pan duro se hacían sopas de ajo y la carne de un día se transforma al siguiente en albóndigas. En las pocas fotografías en papel que el abuelo conserva en una lata oxidada de galletas y dan fe de que una vez fue joven aparece con una chaqueta de pana marrón. Las más antiguas, donde todavía era mocete, dejan ver que las mangas le sobresalen y ocultan prácticamente sus dedos. Las hombreras le desbordan la espalda y el tejido reluce. En las imágenes que le suceden va vestido con la misma prenda. Le ajusta mejor, como si el tiempo la hubiera ahormado a su figura, pero el color es más difuso y los bolsillos parecen deshilachados. Si un día profano su armario, estoy seguro de que encontraré una solitaria percha. Me da vergüenza confesarle que en mi casa valoramos poco todo y compramos ropa sin mucho criterio. Un día decretamos que algo es viejo aunque esté nuevo y acudimos a una de esas franquicias donde la gente se uniforma para creerse única. A diferencia de Tasio, repaso mis propias fotos que ya no apilo en ninguna caja sino en un disco duro y no encuentro dos donde lleve la misma camiseta. Al yayo se le reconoce al instante. A nosotros hace falta mirarnos a la cara para identificar quiénes somos. Una día, al salir de su piso después de visitarle, empezó a caer un chaparrón de verano. Preguntó si quería una chaqueta para resguardarme y yo no supe cómo agradecerle un gesto tan sumamente generoso.

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Caramelos gratis
Teri Sáenz 13-07-2017 | 9:25 | 0

caramelos-nuevos

El yayo Tasio confirmó que la crisis había llegado a su fin cuando el otro día acudió a la consulta del dentista y encontró a rebosar la bandejita de caramelos que endulzan la espera de la clientela. Hace años, cuando el Gobierno y la prima de riesgo sentenciaron que el abuelo llevaba años perpetrando presuntamente el delito de vivir por encima de sus posibilidades, aquel platillo se vació. Y no fue el único síntoma de que la cosa se había torcido. Los bares ya no daban agua del grifo, en las empresas se escribía por la parte de atrás de los folios usados, el Rioja de honor desapareció de los actos oficiales. Se racionaron las gracias y los buenos días y hasta dejaron de aparecer las pinzas caídas de los tendederos que el yayo recogía del suelo y guardaba para colgar luego su propia ropa. Aunque a Tasio le costaba reconocerlo, él no sufrió la crisis más allá de lamentar que a los suyos les estrujaran. Como siempre ha sido un ahorrador compulsivo y jamás ha caído en la tentación de gastar lo que no tenía, vadeó los recortes sin excesivos espasmos. Ahora que se ha decretado que todo va menos mal aunque él no lo percibe, se pregunta si no será más que un bucle perverso que se activa pulsando un botón ignoto. Un estado de sugestión colectiva por el cual, de repente, las estadísticas engordan y el vino vuelve a correr entre invitados que llenan su copa sin preguntarse nada más. Pero el yayo no se fía. Por si acaso mañana vuelven a ordenar que hay crisis, no prueba ni una gota y se llena los bolsillos de caramelos gratis.

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Otros mundos
Teri Sáenz 23-05-2017 | 12:15 | 0

Calle Breton de los Herreros Logrono Zona de terrazas con gente, contenedores, detalle de los alcorques... 17 junio 2016 Sonia Tercero

Aprovechando que el astro empieza a mejorar y el yayo Tasio sigue ocioso le hemos regalado uno de esos viajes organizados para jubilados que recorren un puñado de capitales de provincia con plaza de autobús, guía y pensión completa todo incluido. Como me barruntaba, el abuelo ha torcido el morro al saberlo. Y no porque le dé pereza a salir solo de casa un par de días o ya no recuerde cuál fue la última vez que visitó otra ciudad. Lo que le inquieta es no estar seguro de qué se encontrarán en esos otros mundos de ahí fuera. Para aplacarle, he empezado advirtiéndole de que quizás vea muchas cosas a las que no está acostumbrado. Le he hecho saber que tal vez las calles que vaya a patear estén impolutas, sin contenedores de basura a rebosar en mitad del paseo ni terrazas mastodónticas ancladas sobre el adoquín. Al abuelo le he rogado que no se asuste si en los cascos antiguos que descubra no encuentra ninguna tienducha cutre ni heladerías franquiciadas, sino soportales añejos y comercios centenarios rebosantes de historia. Probablemente, he continuado para sosegarle, no podrá fotografiar solares vallados que acumulan matojos ni basura, simplemente, porque no existen. Así he cogido fuerzas para comunicarle lo más chocante:en vez de hordas de solteros/as compitiendo a grito pelado por ser la despedida más procaz, donde recale habrá otros turistas sosegados que disfrutan del viaje, abuelos como él dispuestos a paladear la belleza de lo nunca visto, vecinos orgullosos de habitar una ciudad amable.

Fotografía: Sonia Tercero

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