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yayo tasio

La gran terraza
Teri Sáenz 15-10-2014 | 6:57 | 0

terraza

Hubo un tiempo en que el yayo Tasio albergó la esperanza de que las peatonolizaciones humanizaran la ciudad. Compró la idea de adoquines suplantando al asfalto para que el humo del tráfico quedase diluido por el frescor de una jardinera. El abuelo soñó aceras tan anchas que se tocaran unas con otras. Autopistas pedestres. Niños jugando donde antes aparcaban las furgonetas y abuelos sentados en bancos brotados sobre carreteras muertas. Su fantasía urbana se frustró cuando la hostelería se adelantó y donde nació una loseta plantaron una silla. Y al lado, otra. Y otra más. Modestos veladores mutaron en estructuras de acero y cristal ancladas al suelo; las sombrillas se hicieron telones. Las terrazas se expandieron como el alquitrán sobre el espacio que prometieron reservado para el viandante, exprimiendo cada metro cuadrado para encajonar una mesa más. Las de una bar se fundieron con el siguiente, florecieron hasta butacones ibicencos, televisiones a pie de calle. Tasio no sólo vio hurtado su espacio sino que ni siquiera encontró hueco para llegar hasta su casa. Y cuando daba con un sendero libre entre tantas sillas, le reprendieron por pedir que, por favor, le abrieran paso. La peatonalización cambió la dictadura del motor por la de bares insaciables. El centro se convirtió en una gran terraza y el sueño de recorrer Logroño por mitad de las calles fue la pesadilla de ir sorteándolo de bandeja en bandeja. De copa en copa en un bosque inhumano.

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Pulseras negras
Teri Sáenz 01-10-2014 | 4:48 | 0

pulseraEl yayo Tasio se obliga cada San Mateo a no soltar ni medio euro al tropel de pedigüeños que le asaltan por la calle. Cada vez que se da un garbeo por el barrio o se presta a llevar al nieto a saborear ese intangible que es el ambiente de las fiestas, hace un esfuerzo ímprobo por no sacar la cartera del bolsillo. No lo hace por racanería sino por esa desazón que le genera no tener la seguridad de acertar: si da una limosna al que no le hace falta dinero o escaquea unos céntimos a quien de verdad los necesita para comer. Sólo por eso circunvala Portales, pasa de largo de las estatuas humanas, huye del harapiento Mickey que reparte globos aprovechándose de la candidez infantil y se va un segundo antes de que acabe el espectáculo callejero de turno y pasen la escudilla. Su voluntad de hierro se derrite, sin embargo, cada vez que un africano se le acerca con su muestrario de gafas arco iris, gorros con lentejuelas y bisutería barata. A diferencia de los demás vendedores ambulantes, ninguno de estos le insiste ni intenta ablandarle con una letanía de miserias. Le planta el muestrario, aguarda unos segundos y, sin decir palabra, marcha como una sombra hasta la siguiente mesa dejando una pulserita de plástico. Al yayo le puede ese respeto silencioso, tanta paciencia, la serenidad detrás de unos ojos blanquísimos. Cuando el inmigrante está a punto de abandonar la calle, le llama y le da lo que lleva suelto a cambio de la baratija. Ya no cabe un brazalete más en las muñecas del abuelo Tasio.

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La plaza amable
Teri Sáenz 10-09-2014 | 6:28 | 0

primero de mayo

El yayo Tasio recuerda con nostalgia que la de Primero de Mayo estuvo muy cerca de ser una de las plazas nobles de Logroño. Cuando se alumbró en los 80, muchos como el abuelo no daban una peseta por ella. El solar era un lodazal con ese aire ténebre que inspiran las grúas trabajando y el esqueleto de los edificios en fase de construcción. Y además, quedaba muy lejos del centro, según el diagnóstico de los que siempre han vivido en la órbita del Casco Antiguo y todo lo que fuera ir más allá de la Gran Vía suponía cruzar una frontera insondable de retorno incierto. El tiempo y el crecimiento voraz de la ciudad no sólo la integró en el todo urbano, sino que la plaza tomó vida propia. Los toboganes se llenaron de niños, brotaron comercios, las terrazas (ay, ese gran termómetro social) salieron de los soportales y la agenda local la tuvo en cuenta al programar unos títeres o repartir chucherías. Tanto, que casi antes de que brotara la fiebre por los parkings subterráneos también allí se horadó la tierra para enterrar uno. Como el propio Tasio, también la plaza ha sufrido el paso de los años. Hace tiempo que se veía más rancia, con la cara agrietada, las costuras por remendar. Pero por lo que se ve cuando se llega hasta allá, el yayo no cree que su reforma vaya a reponerle los galones perdidos. Y no porque le sobre cemento armado o le falten unas docenas de árboles. No es cuestión de sol ni de sombra, de más parterres o farolas, sino de algo que, piensa el yayo, ha debido extraviar el proyecto por el camino: amabilidad.

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Padres e hijos
Teri Sáenz 27-05-2014 | 12:00 | 4

abuelo

Cuando el yayo Tasio creía colmada su capacidad de asombro para escuchar ocurrencias y fórmulas mágicas para estimular la economía, el plan maestro del presidente de la CEOE ha acabado de inquietarle. El patrón de los patronos viene a proponer, envuelto pomposamente en la figura de un ‘pacto de sociedad’, que los padres que dispongan de un contrato indefinido desde hace décadas rebajen sus condiciones en un porcentaje para que los hijos con un empleo temporal alivien su precariedad con ese trasvase. Juan Rosell hace suyo eso tan samaritano de repartir entre los pobres para conseguir eso otro tan mezquino de convertir a todos pobres. Lo audaz hubiera sido apostar por la mejora de todos (también del empresario, perdón, del emprendedor) pero lo que queda sobre la mesa es una rebaja colectiva de los derechos laborales con la crisis como mastín para asustar al miedo. Tú, privilegiado que tienes la suerte de tener un trabajo por el que te descuernas cada día, deja que otro sude un poco de tu sudor. Alcanzar, en por fin, el contrato único que la patronal ansía hace años para que, cuando todos seamos iguales, rebajar la equidad hasta rozar el suelo. Lo que el abuelo desconoce es si la tesis de Rosell sobre padres e hijos contiene algo de metáfora. Si alude en genérico a su generación y la mía o lo hace en la literalidad del vínculo familiar. En este caso, Tasio se ofrece a reglarme el 50%de su ignorancia para que los dos seamos igual de tontos.

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Mercado de Correos
Teri Sáenz 12-05-2014 | 10:05 | 0

correos

El yayo Tasio siempre procura evitar la plaza de San Agustín en sus paseos matinales. Si tiene que adentrarse por Laurel y alrededores, circunvala las calles hasta su destino con tal de no poner un pie en ese espacio que tiene el efecto de bajarle el alma a los suelos. La culpa es del edificio de Correos. Exactamente, de esos andamios que hace ya no se sabe cuánto envuelven el inmueble como una mordaza de metal que le hiere y le dispara la memoria a cuando la gente entraba y salía libremente para esa cosa ahora tan excéntrica como enviar cartas o recibir paquetes. Correos era entonces un ser vivo. Uno de esos lugares con energía propia que trasmitía energía a su alrededor como una onda expansiva… hasta que una rehabilitación frustrada encarceló su estructura entre barrotes. El anuncio del desbloqueo administrativo para el cambio de uso ha inyectado en Tasio una dosis de esperanza. El abuelo confía ahora en que alguien se haga con la propiedad con el afán de que el edificio resucite. Quizás, sueña el abuelo, reconvertido en uno de esos mercados en Bilbao o Madrid alzados como centros neurálgicos de cada ciudad a medio camino entre la tradición y la vanguardia. Con sus tiendas de delicatessen y degustación, con restaurantes de referencia y vinotecas ilustradas. Con salas de exposiciones y, en el rincón que debe libre, un buzón que recuerde la historia del lugar y donde gente como Tasio pueda enviar una carta deseando lo mejor para el Casco Antiguo.

Fotografía: Juan Marín

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