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yayo tasio

Podéis ir en paz
Teri Sáenz 23-05-2016 | 11:26 | 0

despedida

Hoy es domingo y Tasio sale a la calle a gozar del día. Madruga para sentir el placer solitario de las calles recién regadas, las aceras mudas. Error. Nada más poner un pie en la acera le atropella una miríada de corredores. Runners, le matiza jadeante el que va en cabeza armado de pulsómetro y una cinta alrededor de la frente. Como en Matrix, el yayo hace un escorzo desafiando la gravedad para esquivar tanto sudor reflectante. Cuando se cree ileso, recibe un golpe en la cabeza. Le ha atacado la muñeca hinchable que portan una docena borrachos uniformados con camisetas con la fotografía de un pollo. Mientras trata de volver a ponerse la boina, comprueba que el pollo estampado es en realidad el novio disfrazo, que vomita plácidamente en un rincón. En vez de pedirle perdón la cuadrilla le pregunta dónde eztá nueztro hoztal en el que pretenden destilar el alcohol acumulado. Tasio, por supuesto, les manda en dirección opuesta. Justo por donde llega lo que parece una romería de pamelas y trajes recién planchados encabezada un niño vestido de almirante. La comunión con boato de bodorrio deja al menos un aroma de laca cara al pasar y el camino expedito para el ansiado paseo. Justo en ese momento, un hombre con sonrisa de cartel electoral le da un apretón de manos y se ofrece a hacer un selfie. Antes de que Tasio pueda zafarse, reconoce al asaltante: es un candidato en plena campaña que le promete confluencia, centralidad, una pensión digna. El yayo sólo quiere un domingo en paz.

Fotografía: Juan Marín

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Historia viva
Teri Sáenz 25-04-2016 | 11:20 | 0

bosque

Todos (sí, también usted) guardamos en el cajón un placer que nos avergüenza confesar. El mío consiste en escuchar al yayo Tasio. Algunas mañanas me llego hasta su casa sin ningún pretexto y me siento junto a él sobre una de las sillas del salón que reciben la luz del mediodía. No abro la boca. El abuelo se coloca frente a mí y sin más empieza a hablar. Su catálogo de historias es infinito, aunque muchas se repiten. La más recurrente es esa en la que rememora cuando de muy mocete su padre le ordenó que ese día tenía que cambiar el hatillo de libros por el zurrón y sacar a pastar las cuatro ovejas que les daban de comer en el pueblo. Según cuenta, el cielo había amanecido negro oscuro. Al llegar al otro lado de la montaña, las nubes se desbocaron y estalló una tormenta de nieve y rayos como sólo había imaginado en las leyendas. Desorientado, hambriento y calado hasta el tuétano, se agazapó en el hueco de un tronco hasta que muchas horas después sin probar bocado un vecino le rescató para devolverlo a casa medio muerto. Tasio no lo sabe, pero en cada versión introduce detalles distintos y hasta contradictorios.  Unas veces le amenazaba un lobo blanco. Otras ve pasar a lo lejos una sombra que ignora sus gritos. En ocasiones bebe su propia orina para no deshidratarse. En silencio rumio que quizá todo es mentira. O que el relato es una almazuela cosida con retales propios y ajenos. Me limito a saborear las palabras del yayo Tasio. Ni siquiera le discuto si de verdad está vivo.

Ilustración: Ona Folch y Judit Romero

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Pequeños jabalíes
Teri Sáenz 18-04-2016 | 10:37 | 0

jablí

La historia que más ha conmovido esta semana al yayo Tasio no se ha llevado grandes titulares. Nada que ver con offshores, corruptelas, dimisiones ni papeles (de Bárcenas, de Panamá). La atención del abuelo se la ha ganado un animalillo peludo de apenas 800 gramos. Una cría de jabalí que, todavía nadie sabe bien cómo ni por qué, apareció en el falso techo de una casa cualquiera en pleno centro de Logroño. Como en esas películas de terror psicológico donde el misterio convive con la cotidianidad de los inquilinos, los propietarios empezaron escuchar ruidos anómalos entre la escayola del baño cuando la casa permanecía en silencio. Lo que a priori barruntaban que podría tratarse de algún insecto hiperactivo o un roedor perdido entre los conductos de la calefacción resultó ser un minúsculo y tembloroso jabato encajonado en un rincón imposible. Al acabar la lectura de la noticia y llegar al punto final, Tasio empezó a gruñir. El abuelo encogió a cuatro patas, se le afilaron levemente los colmillos y le creció un pelo duro en el lomo. De pronto se sintió como aquel pequeño jabalí, débil y desorientado. Igual que el bicho, el abuelo empezó a preguntarse cómo ha llegado hasta aquí. De qué forma los años le han conducido hasta la desabrida actualidad que vive hoy, cómo ha recalado en un destino ajeno, quién ha manejado su vida sin pedirle permiso. Como el jabato, Tasio también aguarda que alguien escuche su susurro y le rescate de un mundo donde siente que no encaja.

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Espacio público
Teri Sáenz 04-04-2016 | 11:16 | 0

terraza

El domingo casi aún no ha levantado la persiana cuando recibo una llamada telefónica. Una voz recia me informa de que es la Policía Local. Mientras intento recordar si había algún vado dónde aparqué anoche y calcular qué multazo me puede caer, el agente  pregunta si conozco a Tasio. Lejos de apaciguarme, la aclaración me intranquiliza aún más. Confieso sin reclamar la presencia de mis abogados que sí, que soy su nieto. La autoridad me exhorta a presentarme a la mayor brevedad en la Gran Vía. El yayo está alterando el orden público y se niega a abandonar el lugar de los hechos. Salgo de casa a toda velocidad temiéndome lo peor. Cuando arribo, la escena no tiene desperdicio. El yayo está sentado en el suelo como un Gandhi rural. En su regazo tiene abrazada una loseta que se ha despegado del suelo y grita ante la mirada incrédula de la autoridad:«¡Es mía, es nuestra, es de todos!». Como en una de esas películas de catástrofes donde los antidisturbios envían a un negociador antes de explotar una bomba, le pregunto qué le ocurre. Y el yayo estalla. Está harto de que las terrazas hayan invadido la avenida. Le frustra que no pueda pasear por la principal calle de la ciudad sin tropezar con un velador. Le indigna que el metacrilato robe su área de recreo y en la reforma que costó un riñón los bares hayan ganado a los caminantes. No sin esfuerzo, logro llevármelo a casa aún agitado. Prometo a los policías que devolveré el adoquín secuestrado antes de la hora del vermú.

Fotografía: Justo Rodríguez

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Refugio interior
Teri Sáenz 21-03-2016 | 12:17 | 0

Refugiados

El yayo Tasio ya tiene decidido donde irá de vacaciones esta Semana Santa. Después de barajar múltiples opciones, cotejar los folletos de las agencias de turismo que han inundado  los buzones y repasar el estado de su cuenta corriente, ha acordado consigo mismo que viajará por su propia casa. Ya tiene casi hecho el equipaje. Cuando meta la última muda en la maleta, se desplazará desde su dormitorio hasta el resto de las estancias. En el itinerario disfrutará de la arquitectura minimalista del pasillo. Un pasadizo sombrío con el gotelé desconchado donde tiene alineados en orden cronológico la foto de su boda, la comunión de sus hijos y el bautizo de los nietos. De ahí desembocará en el comedor con vistas a los acantilados del barrio, sin dejar de pasar la oportunidad de echar una cabezadita en el sillón si atrapa algún rayo de sol evadido de los visillos. Vadeará el cuarto de baño con las juntas de los mosaicos ennegrecidas y el suelo siempre húmedo por el agua que se escapa de la ducha. La gira, tan limitada como la estrechísima planta de su apartamento sin ascensor ni calefacción, concluirá de nuevo en el dormitorio. Allí tiene previsto tumbarse sobre el colchón con la colcha todavía echada. Un poco para descansar del trayecto y un mucho para tener la seguridad de que si las paredes de su casa se rebelan, si el vecindario se conjura para expulsarle de su hogar, podrá acogerse como refugiado en el único lugar donde tiene garantía de que habita la solidaridad humana.

Imagen: PE

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