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Dolor de corazón

Hasta hace cuatro días, el yayo Tasio era un viejo vigoroso y espléndido al que nadie echaba la edad que realmente tiene. Subía las escaleras de dos en dos, se comía la grasa de la panceta y en su cumpleaños nos invitaba a toda la familia a una caparronada que pagaba a tocateja con un

Pobre mundo

La desconfianza innata del yayo Tasio no es incompatible con una generosidad primitiva gestada durante sus años mozos en el pueblo, cuando la necesidad hacía que un corrusco de pan pudiera dar de comer a diez y siempre había alguien al lado para que el otro no cayera. Será por eso que el abuelo ha

Escrache eres tú

El yayo Tasio no entiende los escraches. Lo que le chirría, en realidad, es la palabra. Escrache le suena a enfermedad de los huesos, a un plato deconstruido por Ferrán Adriá, al rocío helado que pisa por la mañana en la huerta cuando va a remover sus renques. Le digo al abuelo que anda despistado.

Habemus yayo

El yayo Tasio asiste con una mezcla de atracción y escepticismo a la pirotecnia desplegada por el nombramiento de un nuevo papa. Igual de prevenido con los asuntos terrenales que con los designios celestiales, el abuelo filtra la catarata de informaciones y comentarios sobre Francisco como el entomólogo que observa a través de un cristal

El día que vi a Amy Martin

El yayo Tasio conoció a Amy Martin en uno de esos simposios de figuras periodísticas ficticias que se celebran de tanto en tanto en el salón de un hotel para intercambiar experiencias comunes y estrategias sintácticas. Tras la charla del ponente de postín –creo que fue un tal Zavalita quien ocupó el atril entonces– la

Tomar la calle

Es escuchar que van a a peatonalizar otra calle y al yayo Tasio le recorre un escalofrío. El abuelo no acaba de entender esa obsesión por reemplazar la brea por adoquines, limitar el tráfico en favor de las personas. Y, sobre todo, le revienta dar por buena la falacia estética de que una reconversión así

Todos muertos

Creerá usted que si ahora mismo puede leer estas líneas es que sigue vivo. Convendrá así con el resto de los que aún respiran que la profecía maya que anunciaba el final del mundo para esta semana era un solemne bluf. Una absurda excusa envuelta en un celofán de historicidad que sólo ha servido para

Confianza podrida

El yayo Tasio está cuarteado de las manías que suelen brotarle a los ancianos. Y una de las que más se le ha marcado con el tiempo es el de la de guardar objetos imposibles. El médico le dijo que la rutina de repasar sus cosas era buena gimnasia para no perder la memoria, aunque

Uno, grande y libre

El yayo Tasio es un entusiasta del independentismo. Pero del extremo. Un acérrimo defensor del soberanismo radical y para todos los públicos. No sólo se le hacen los ojos chiribitas con la pretensión de Cataluña de desgajarse de España. Si por él fuera y tuviese una mandíbula tan rotunda como la de Artur Mas, pasaría

AP-68 gratis: un gasto productivo

Al yayo Tasio se le encapricha comprar unos fardelejos recién hechos. Sin mediar palabra, me monta en su coche para acompañarle. Es un Simca 1200 con olor a ambientador de pino y los asientos cuarteados. Del retrovisor cuelga un rosario, en la luna delantera sobresale una ristra de pegatinas que dan fe de haber pasado

La Rioja

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