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yayo tasio

Ciegos por el hormigón
Teri Sáenz 22-01-2018 | 12:16 | 0

© FERNANDO DAZ

Un minuto antes de que estallara la burbuja inmobiliaria colocaron un cartel frente a la casa del yayo Tasio anunciando la enésima promoción de viviendas. El lugar escogido era un solar estrecho, sombrío y con cero glamur cuyo mérito consistía en permanecer vacío cuando las hormigoneras tenían ya tomado el resto de la ciudad vacante. Al abuelo le entristeció la noticia como si le hubieran certificado su propia defunción. La parcela donde en breve se levantaría un vulgar bloque de pisos construidos seguramente a toda prisa y a precios desorbitados le abría las únicas vistas que observa desde su propia casa. Una fina línea a través de la ventana del salón que atraviesa el horizonte hasta las montañas del fondo. Esas que ha venido disfrutando cada mañana durante años como un privilegio que le llena la mirada de frescor y le informan del cambio de estaciones según el color de las cumbres. El globo de aquella prosperidad vacua pinchó y el proyecto no prosperó. El cartel acabó oxidándose. Las malas hierbas reconquistaron la basura acumulada con el paso del tiempo y el solar volvió a ser refugio de toxicómanos clandestinos, parejas urgentes y gatos sin dueño. Tasio pudo así seguir disfrutando de su atalaya. Hasta ahora. Han removido otra vez los terrenos y hoy mismo han plantado en medio una grúa. La mole metálica ya le hurta parte de las vistas. Cuando vayan levantado alturas las ocultarán del todo entre los lamentos del yayo por que el fin de la crisis sea la resurección de la ceguera.

Fotografía: Fernando Díaz

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El invierno más duro
Teri Sáenz 05-01-2018 | 11:12 | 0

invierno

El yayo Tasio se niega a salir de casa. Es invierno, se justifica. Lo encuentro atrincherado en su orejero, enroscado en una manta de lana rasposa de la que sólo deja ver dos ojillos desgastados y cada vez más vidriosos. Ha bajado las persianas y arrimado el brasero a los pies. Sobre el hule de la mesa hay latas de sardinas a medio vaciar, algún currusco de pan duro que da fe de su cautiverio personal. Yo trato de animarle. Le invito a dar una vuelta aunque sólo sea a la manzana para que le dé aire. Salir y ver el sol por el día. O las luces de Navidad si cae la noche. Nada. El invierno, insiste con voz lúgubre. Sin querer forzarle pero tampoco rendirme a su derrotismo, le recuerdo las veces que me ha recordado con orgullo sus inviernos de chaval en el pueblo. Inviernos de verdad, como los define el abuelo. Esos que se imponían puntualmente después del otoño y no como ahora, que sólo amagan y hasta parecen primaveras. Meses de nieve constante y hostil que bloqueaban los caminos e hinchaban la cara cuando había que aventurarse hasta los corrales para alimentar al ganado. Inviernos traidores, como aquel que le sorprendió volviendo de la escuela monte a través y padre lo rescató cuando ya casi le comían los sabañones. Tasio por fin reacciona. Parece incorporarse. Intuyo por un instante que le he convencido. «No es ese invierno, ababol», me espeta. Y saca de su ovillo un periódico donde ha subrayado demagogias, falacias, vilezas y medias verdades. A mí también me recorre un frío paralizador.

Fotografía: Justo Rodríguez

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Empresa imposible
Teri Sáenz 11-10-2017 | 12:26 | 2

vaca

Cuando el yayo Tasio era chaval y aún correteaba en pantalón corto por las cuestas del pueblo, aprendía escuchando a sus mayores como yo ahora hago con él. A veces se arrimaba al poyo ubicado en lo alto de la era donde cuatro viejos echaban la tarde sentados con las manos posadas sobre sus respectivas cachavas. Se inventaba cualquier excusa y pegaba la oreja con discreción. Aquellos abuelos apenas hablaban. Se conocían tan bien, habían pasado tanto tiempo juntos entre tan poca gente, que parecía que lo tenían ya todo dicho entre sí. Desde aquella atalaya se limitaban a mirar al frente dejándose acariciar por el sol. Ante sus ojos, casas cada vez más huecas. El tejado de la iglesia hundido, el ganado menguante, las calles vacías de niños y el último colmado que quedaba abierto con la verja echada para siempre. De pronto, uno de los abuelos suspirara:«Si viniera una empresa…» Los demás asentían sin abrir la boca. Y de nuevo, silencio. En esas cuatro palabras se condensaba un deseo que contenía otros muchos. Un estímulo para que los pocos vecinos que iban quedando no se fueran a la capital; para que los que marcharon retornaran; para los que nunca había venido llegaran. A unos metros de ellos, Tasio se limitaba a procesar lo que oía. Pero sobre todo lo que no que veía desde aquella loma. Ninguna razón, ningún servicio, ni siquiera una carretera decente para que nadie quisiera no ya montar un negocio sino aventurarse a vivir allí. En ese instante, el futuro abuelo osaba intervenir con tristeza: «Sí, alguna empresa vendrá».

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Siempre libro
Teri Sáenz 23-08-2017 | 11:59 | 1

librosEl mejor regalo que le hecho al yayo Tasio es el que nunca le di. El día de su último cumpleaños se me pasó por la cabeza comprarle un libro electrónico. Además de acumular un catálogo inabarcable de rarezas, el abuelo siempre ha sido un lector voraz como atestiguan las abarrotadas estanterías de su casa, así que vi en aquel dispositivo el obsequio idóneo para alguien único. No recuerdo por qué retrasé comprarlo y la mañana que le invitamos a comer –él nunca lo hace, no sé si por negar que se hace viejo o evitar sólo aflojar la cartera– me presenté a la mesa con las manos vacías pero adelantándole que en breve tendría todas las novelas que quisiera a su disposición en formato electrónico. Tasio escupió la cucharada de caparrones que acaba de meterse en la boca y amenazó con desheredarme mientras engolaba la voz defendiendo sus libros de papel. Los cientos que tiene y los que dejará de tener. Porque la liturgia literaria del yayo no sólo incluye oler los capítulos antes de devorarlos, sino acariciar las tapas, doblar la esquina de la página cuando el sueño le vence, manchar los márgenes. Y sobre todo, regalar los que más le gustan en cuanto llega al punto final, igual que recibe los que sus amigos le entregan para que experimente las sensaciones compartidas. Porque los libros no son para el abuelo un patrimonio material, sino un hilo que cose imaginaciones simétricas y convierte en su dueño a quien lo tiene en las manos. Y esa carnalidad, dijo antes de soplar las velas, nunca podrá ser plástica, fría e inodora.

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Ropa vieja
Teri Sáenz 16-08-2017 | 11:17 | 0

percha

Nunca vi tirar nada en casa del yayo Tasio. Allí todo era eterno y lo que caducaba, se heredaba o renacía. Con el pan duro se hacían sopas de ajo y la carne de un día se transforma al siguiente en albóndigas. En las pocas fotografías en papel que el abuelo conserva en una lata oxidada de galletas y dan fe de que una vez fue joven aparece con una chaqueta de pana marrón. Las más antiguas, donde todavía era mocete, dejan ver que las mangas le sobresalen y ocultan prácticamente sus dedos. Las hombreras le desbordan la espalda y el tejido reluce. En las imágenes que le suceden va vestido con la misma prenda. Le ajusta mejor, como si el tiempo la hubiera ahormado a su figura, pero el color es más difuso y los bolsillos parecen deshilachados. Si un día profano su armario, estoy seguro de que encontraré una solitaria percha. Me da vergüenza confesarle que en mi casa valoramos poco todo y compramos ropa sin mucho criterio. Un día decretamos que algo es viejo aunque esté nuevo y acudimos a una de esas franquicias donde la gente se uniforma para creerse única. A diferencia de Tasio, repaso mis propias fotos que ya no apilo en ninguna caja sino en un disco duro y no encuentro dos donde lleve la misma camiseta. Al yayo se le reconoce al instante. A nosotros hace falta mirarnos a la cara para identificar quiénes somos. Una día, al salir de su piso después de visitarle, empezó a caer un chaparrón de verano. Preguntó si quería una chaqueta para resguardarme y yo no supe cómo agradecerle un gesto tan sumamente generoso.

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