La Rioja
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Etiqueta: señor
Señoras y señores
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Teri Sáenz | 20-02-2017 | 12:00 |0

mato

Ana Mato no sabía nada.  Llegaba el cumpleaños de sus hijos y, como cualquier madre, se afanaba por organizar la mejor fiesta posible junto a sus compañeritos de clases con globos, payasos, chucherías y tal vez emparedados de Nocilla. Cuando sacaba un hueco entre sus intervenciones en el Congreso, la exministra se encargaba seguramente de contactar con el resto de padres. Hacía una lista de posibles invitados –esta sí, porque vais juntos a clase de pádel; este no, que es un pegón y dice palabrotas–, dibujaba por la noche las invitaciones con rotuladores de brillantina y ponía una nota al pie de las cartulinas de colores: se ruega confirmación. Del resto del evento, ni mu. Los gastos corrían a cargo de otra persona. Concretamente, del señor Sepúlveda. Sentada en el banquillo, a preguntas sobre los regalos de Correa y compañía, Mato habla de su exmarido como un intruso. Un alien tan ajeno y respetable que no merece ser llamado por su nombre sino con el título de señor. Ella se encargaba de la logística, pero las facturas las pagaba no sabe cómo aquel extraño. Que fuese entonces su marido es irrelevante. El suyo no era una hogar, sino una empresa

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El día del señor
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Teri Sáenz | 08-10-2013 | 10:09 |0

misa

El yayo Tasio es todavía más miedica que descreído, así que no puede arrancarse la costumbre de acudir a misa una vez por semana aunque no comulgue con los oropeles de la Iglesia ni la ranciedad de algunos curas. Sabe el abuelo que ya le queda menos vida de la que ha vivido así que, dado que además no conoce ningún difunto que le informe de qué pasa después de dar el último suspiro, atiende sin falta al sermón. «Por si acaso», se defiende si alguien le interroga extrañado por su rutina. Pero además de medroso y crítico, Tasio trata también de ser humilde y coherente, así que para conjugar todas sus contradicciones siempre ocupa el último lugar del último banco. Las beatas de mantilla le miran con recelo allí arrinconado y solitario con su traje rancio, aunque él no hace caso y hasta, cuando el cura invita a darse la paz, tiende su mano a quien se la pide sin asco. Por todo eso el yayo le da la razón al párroco de Arnedo cuando tira de las orejas a los políticos que durante el año niegan su pan al débil o braman contra el Concordato, pero en cuanto llegan las fiestas acuden raudos a ocupar las primeras filas con sus mejores galas para salir en la

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