Carol

El rojo telón descubre mis lágrimas cayendo al vacío cuando tu primer llanto escuché, y tu primer bostezo después de tanto nadar en el más bonito vientre que has podido tener, han desvelado mis horas para no dejar de aplaudir. En los umbrales de las sensaciones, tus primeros días, sin entenderte mucho, contemplo tu respiración y tus ojos abiertos a más no poder cuando lentamente un dulce pezón se acerca a tu boca y sin darte cuenta recitas los versos más bonitos. Y de a poco descubres paso a paso de que va esto de llantos y gigantes, que en un cálido escenario te miran constantemente contemplando tus indescifrables palabras, las más bonitas onomatopeyas recitadas en el teatro de la vida. Y me miras y me sonríes, y te caes y te levantas y sonríes, y aunque te duela, esta puesta en escena es así, es volver a levantarse y sonreír. Y cuando necesito escribir, cuando los aplausos se han terminado, cuando el telón cerrado está, cuando la función termina y todo es silencio, un aplauso tuyo hará que el escena pueda continuar, y desde el inmenso tablón, donde la vida ha de pasar, yo necesito verte, para que tu mirar me pueda alegrar. Y cuando la monotonía me invade, y cuando la caída acecha cerca de mi, solo imaginar tu sonrisa y tus palabras me fortalecen para creer que mañana te podré volver a ver.

Al quinto día

Bella silueta esbozada, de testigo mi pared,

La luna desobediente te presenta,

Y seduciendo mi penumbra te encuentro

Para saciar tú sed


Te alejas de la calma

Y en la oscuridad tu piel roza la ternura,

La noche intuye pasión,

Y en el silencio tu respiración me llama,

Tan solo con mirarte desenmascaro a la razón


Más huye la quietud y la noche me hace beber,

Brebaje amargo de normas escritas del ayer,

Tú, conciencia, que nadas en ácidas reglas por romper.

Pero dulce es el sentir que se inmiscuye

Fuerte en el ocaso,

De celosas agujas en constante transcurrir,

Y con tu aroma adormecido en mi cama,

Envuelto en tu sombra me quedo

por tu ausencia, oscuro devenir.

Al tercer día

Necesito saber de ti,

ojos grandes como la soledad que invade mi alma,

necesito saber de ti,

en que esquina das la vuelta para encontrate,

necesito saber por donde vas.

Necesito que sepas que tu mirada es magia,

que tu boca locura,

que tu voz el camino,

que tu espacio el mío,

que tu andar mi ansia.

Shayka

En la distancia sombría de la noche,

encuentro el dulce misterio de la desconocida mujer,

una dulce suave brisa recorre,

un largo amanecer.

Palabras, espacios, silencios, pausas

en la noche muestran su andar,

andares sinceros que dejan sus marcas,

de conocer algún día tú voz tu mirar.

Y todo tiene sentido cuando te encuentro,

cuando los segundos se inmiscuyen queriendo no avanzar,

en la noche todo se imagina,

y nada se deja al azar.

Una imagen que recuerdo, una imagen que ahí esta,

las palabras fluyen sin aliento, y ahora ya no te irás,

y entre encrucijadas del viento, y sabores por degustar,

ya sabes, mujer desconocida,

que en alguna esquina me encontraras.

14 de enero

Tu sonrisa me obnubila al mirarte y en tu pelo me perdería hasta que me encontrases,

Y por tu cuerpo nadaría sin rumbo y en tu besar me encontrarías para no ahogarme.

Y si la luna intenta espiarnos, si quieres de lejos la dejaré contemplar,

Tu ánima y tu mirar, junto al sentir en mi vuelo rasante, sobre tu piel,

Dulce y delirante; y si tus bellos ojos quieres cerrar,

Mis labios por un momento se alejarán, y en el silencio de la noche dejarán de besar.

Y cuando febo se asome, impaciente y punzante, sigilosamente me sentirás arroparte,

Con mi voz y mis manos, de bohemio errante, y en mi cantar tú estarás si es que

quieres despertarte, de ese latir intenso indomable al mirarte.

Noche

La noche, desvelo de la luminosa y triste realidad, umbral de sentimientos libres de peaje, la noche desenmascara pensamientos, desnuda el ánima refugiada en el paso del tiempo; la noche enloquece cautiva del día, recorre sendas sinuosas que desvanecen en su andar. Refugio de las horas, ausencia, recuerdos de un día, de un lugar, y en las sombras te difuminas como cual brisa arropa bocanadas de deseos, de miradas diurnas y cúlmines en penumbras.

Y descalza levitas en inoportunas propuestas, y los clavos en mi andar ahuyentan la magia, y entre apócrifas promesas pasadas y carnales recuerdos, me curvo en la soledad de silenciosos alaridos, contorsionando el llanto para que no supure pena en su recorrer.

La noche sosiega busca inquietar el mañana, y buscando repuestas a preguntas ya carentes de sentido, carcome un despertar de rutina inmiscuyéndose en un camino rapaz, camino de muchas palabras y frágiles letras perdurando sin sentido alguno, que se sublevan descreídas, en anclados augurios de permanecer, en grises indicios de un ardid revelado.

El alba se apropia de lo que eres, desnuda y exenta de culpa te retiras… y volverás, y los rugidos del vendaval golpearán una vez más la pesada puerta, carcomida en su transcurrir perpetuo, tapiada de día, entreabierta de noche.

Emisión de prueba

Macarrones y tiramisú de madrugada.

Terminando la semana, complicados días pasados, viernes por la noche, en la calle el frío y el viento sacuden mis pálidos encuentros de tiempos mejores, y mientras que la lluvia hace que la ilusión de un camino se pierda en compras banales de última hora, giro en la calle más oscura para perderme y no volver, pero en la esquina menos esperada encuentro el bar de la calle Rodney, esa bar de grandes ventanales, de historias inconclusas y de miradas perdidas. Al acercarme a la barra, me recibe una frase que no es muy de mi agrado “lo de siempre” y sintiéndome como cual perro recibe de su amo una balanceada comida con gusto a más de lo mismo, repliqué un “macarrones con mucho queso”

La hecatombe se sintió en el ambiente, solamente el sonido de la lluvia se percibe, una copa de vino es apoyada en la barra, y luego de girar sobre su eje, reposa tensa ante la mirada de un clásico personaje del bar, quien en cámara lenta me observa como si hubiera pedido que me reciten la Tabla periódica de los Elementos de memoria, hidrógeno, litio, berilio, sodio, magnesio, potasio… Luego de este tenso y surrealista instante me dirijo a sentarme en mi mesa, y en un abrir y cerrar de ojos, la ilusión vuelve a mi ser, primero porque el camarero del bar me afirma con la cabeza que mi pedido está en camino y segundo porque por la desgastada puerta del recinto hace su aparición ella, no la tabla periódica de los elementos, no, ella, simplemente ella, si, una mujer de unos 27 años, de complexión normal y pelo negro, su mirada se cruza en mi observar, atrapado quedo como quien mira una luna llena o visiona Pulp Fiction por primera vez, así quedé yo. Antes de pedir en la barra del bar, arregla su negro cabello mojado ante un opaco espejo, y parece bailar ante él, y con sutiles movimientos rejuvenece a ese espejo entrado en años, que parece no querer dejarla ir. Y en el mismo sitio que yo había hecho mí pedido, simplemente señala algo que no llego a distinguir. Al cabo de un momento le sirven un gigante tiramisú, y cada músculo de su cara transforma en sonrisa su bello rostro, y a gusto se sienta a una mesa a degustar su pedido. Los pocos habitantes del bar que quedan comienzan a dejar sus perpetuos sitios para retomar sus oscuras realidades; el espejo parece llamarla a ella nuevamente para deleitarse con su figura. El tiramisú, presa fácil de los encantos de esta mujer, no se resiste en lo más mínimo al abandonar el plato, para llegar a esa sensual boca.

En ese momento el estruendo de un plato sobre mi mesa sobresalta la magia del momento, y al levantar nuevamente la mirada hacia ella, ya no está. ¡No, no, no puede ser, no ahora!; solo percibo en el ya triste espejo que el reflejo de la puerta del bar cerrándose se vuelve más opaco, y más, y el rugir de la lluvia se enmascara con el sonido del agua estancada en mi camino. Algún día alguien podrá grabar los sueños en algún formato, para revivirlos las veces que uno quiera, cenando unos macarrones con queso o devorando un nocturno tiramisú.

El hombre del carro.

Casi invisible a la mirada de los demás, así se pasea ese hombre, el hombre del carro a cuestas, por las calles de una fría ciudad, cubierta de andenes vacíos y aceras mal pisadas. Y cruzando la calle a las nueve de la mañana, con su vida plasmada en un pequeño habitáculo, con dos de sus cuatro ruedas desinfladas, tira de el como si a cada paso el peso de su desgastada vida se montara entre el montón de chatarra que lleva a cuestas.

Una gorra deshilachada y una bufanda con varios inviernos a cuestas me impiden ver su rostro, de contextura delgada, continua por la calle zigzagueando coches aparcados en doble fila. Un desalmado viento acecha su andar, como cuando el jefe se presenta a trabajar luego de no tener una provechosa noche en su casa, o en otra, nunca se sabe, pero bueno, que bajo esas condiciones sus maltrechas botas testimonian el roce continuo del asfalto en su andar. Y mientras que este señor se aleja por la avenida, en el bar de la calle Rodney una fina señora hace acto de presencia en el bar, equilibrista de escandalosos tacones y con su tapado de piel mimetizado con su cabellos, pide un “con leche” descafeinado, de máquina, corto de café, y templado, casi nada. Suena un móvil, pues el mío, numero desconocido, paso. Y en el instante de rechazar la llamada caigo en la cuenta que ese hombre, excluido de descafeinados templados y caros peinados, se estaba alejando hacia no se donde, y como un niño cuando realiza la pregunta que nunca esperabas que hiciera, o que dice en ese momento lo que nunca tendría que haber dicho, pues así me quede varios segundos y supuse que si los zapatos de esa persona tirando de un carro, como esclavo de si mismo en su época, tendrían mucho que contar, pues su dueño me podría dar algún indicio del porque si la vida da muchos giros, en que punto de la jodida noria que nos machaca se había quedado él.

Y mientras que la descafeinada mujer degustaba su pedido, cogí el móvil y la cazadora y salí raudamente del bar, pero ya era tarde, en mi campo visual no divisé a ese hombre de paso cansado pero constante; espero cruzármelo en algún momento, espero encontrar su historia, espero encontrara respuestas para poder seguir tirando del carro cuando comienza el día.

LA LLEGADA

Si el tango dice que 20 años no es nada, pues será así, y es verdad que el tiempo pasa rápido, y que la distancia magnifica tanto lo bueno como lo malo, pero después de cinco años sin volver a casa, la antigua cotidianeidad se vuelve sensual ante los ojos del regreso. Un Jumbo 747 de Aerolíneas Argentinas se dispone a aterrizar en Buenos Aires, las manos de mi hija Carolina sudan por la expectación del momento y reconoce en un pronunciado lagrimón de su padre que el reencuentro está cerca. Tierra firme y ahí estamos, después de cinco años vuelves a tu país, sensaciones encontradas, mezcla de ansiedad y melancolía. Veintiocho grados de calor y una profunda humedad impregna el reencuentro con la familia, y ahí te das cuenta que el tiempo pasa y como dice la canción “nos vamos poniendo viejos”. De camino a casa el pasto mojado impregna mis fauces con ese particular aroma que hace recordar los días de acampada por la sierra o por la costa. Y al llegar a casa, el tiempo parece detenerse, parece ayer cuando cerraba la puerta y cruzaba la verja en busca de otro camino; mi perro con alguna cana más, igual que su amo, ladra ante la llegada del desconocido, después de uno minutos parece recordar el día en que lo saqué de debajo de mi coche, en pleno invierno, sin fuerzas ni tan siquiera para caminar, y retribuye su recuerdo con besos húmedos de tiempo perdido. Y al escuchar a la gente hablar uno se siente extranjero en su sitio, y comienzas a escuchar palabras y frases que habían estado aparcadas en algún rincón de mi léxico, que contienen el sentir y el saber de una sociedad. Me siento extraño, no se porque, uno sabe que ese fue su sitio durante mucho tiempo, y lo es, pero al cerrar los ojos y volver la vista atrás por un segundo, y al volver nuevamente la mirada al entorno, el paso del tiempo es indiscutible, y eso será porque al irse de un sitio y no regresar durante un tiempo, la sensación de que solo pasan los días para uno es lo asumible. La vieja más vieja y el viejo mas viejo, la sombra de los cipreses y los pinos, imponentes y saludables, parecen proteger al césped del punzante sol de verano; mi perro, ahora más cansado, corre detrás de una desgastada pelote de tenis, queriendo revivir sus días de esplendor. El sonido de una pava calentando agua a punto de ebullición es la antesala de un buen mate en la galería, aunque a la “yerba mate” no hay que quemarla con el agua tan caliente, y unas galletas merengadas que uno ha comido durante años esperan ser devoradas por mí ser. Unas ramas y hojas secas junto al carbón, son el mejor combustible para comenzar a preparar el asado en la parrilla de la galería, y el fuego parece purificar la ausencia de estos largos años, mientras que por sobre nuestras cabezas un avión pasa a pocos metros para aterrizar en el aeropuerto, avión que traerá a sus gentes y a sus historias, una vez más a Buenos Aires, Argentina.

La Rioja

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