Momentos en el bar de la calle Rodney


De nuevo, un pibe en una fría noche, una noche más sin resolver las encrucijadas que te presenta la vida a modo de coqueta alternativa de rumbo; y ahí estaba yo, terminando un bocata, alivio provisorio para un estómago gruñón, como si eso me ayudara en algo a discernir sobre tantas y complicadas preguntas que uno se hace, cuando el atroz ritmo en el que inmersos estamos te deja un respiro, mi vaso de cerveza negra casi intacta estaba.

Sentado en una vieja butaca del bar de la calle Rodney, platicaba con mi interior, pero en mute, no vaya a ser que lo tomen a uno por loco, o por sincero, o por las dos cosas, silenciada mi voz y dejando el mando de los sentimientos sin batería, y como no lograba aclarar lo oscuro, pero si oscurecer lo poco claro que tenía en mis ráfagas de pensamientos, cobarde elección la que prosigue a continuación, comencé a fijarme en los personajes que rodeaban mi existencia, personajes cuyas edades y vestimentas eran de lo mas variopinto, personajes de los que, hasta el momento, no había recabado información alguna, personajes que parecían provenir de alguna película del expresionista Fritz Lang o de Murnau, otros del realismo de Fellini, y otros del surrealismo de Buñuel, y dentro de ese humeante ecosistema nocturno me encontraba yo. Incapaz de dar luz a mis banales inquietudes, despreciando mis problemas, recorrí con la mirada el panorama teatral del bar y por un momento llegué a pensar, que de los poros de estos peculiares personajes, podrían salir una y otra historia digna de ser contada; en sus arrugas, bien o mal llevadas, en la forma de coger una copa, en la forma de sentarse, en su tempo de mirar hacia un lado u otro, en sus gastados relojes, en sus pendientes deslucidos, en sus peinados de gomina, en sus pelucas desteñidas; cada uno de ellos tenía un halo de vivencias a su alrededor, que me seducía de forma instantánea con cada calada de mi cigarro.

Tanto observar, tanto fumar, y tanto tiempo involucrado en utopías desconocidas de personajes por conocer, cambalache sin salida era esa noche, con un cenicero cansado de tanto aguantar continuos golpes de colillas agonizantes, pues pasó lo que tenía que pasar, una bella y antigua mujer, con sus zapatos negros, de suelas gastadas, de lento pero firme andar, como marcando a cada paso el trajín de los años, con su vestido blanco de flores marchitas y con su largo abrigo azul, se me acerca y se me queda mirando.

Atónito yo de la situación busqué en su mirada penetrante un momento de lucidez en mi, como era previsible no lo encontré, ni el momento ni las palabras adecuadas para el primer contacto con ella; y con la mirada de un niño como cuando busca el perdón de sus padres ante una travesura, atiné a ofrecerle un cigarrillo; pero ella, sin apartar su mirada de la mía, acercó una banqueta, se sentó más cerca de lo que yo hubiese querido y aceptó mi oferta. Sus dedos no temblaron al encenderse el cigarrillo, solo comenzaron a bailar al son de su propia rockola inmersa en su interior y compartida por los altavoces del bar.

Momentos de esos que uno nunca olvida, solo me dijo: – escucha, y si puedes siente como ese saxo me invade y me rejuvenece -

Intenté con todos mis sentidos asimilar esa melodía, no quise buscarle ni calificativos ni razones, por un momento me desprendí del entorno y en mi abstracción la vi bailar en ese mismo sitio, pero con su vestido blanco de flores rebosantes de vida.

No creo llegar a entender lo que esa melodía significaba para ella, pero ese momento estoy seguro, por como cada segmento de su curtido rostro lo expresaba, había significado una enorme felicidad en esa bella y vetusta mujer.

El improvisado pero seguro saxo dejó de sonar en el bar, su cigarrillo perduro en sus labios durante toda la melodía, y en cada bocanada de humo su instante pasado la transportaba a gloriosos suspiros de emoción.

Y cuando mi negra cerveza pedía a gritos ser bebida, su mirada se posó nuevamente en mi, y sin mediar palabra, dejó que el final de su cigarro reposara sobre el borde del extenuado cenicero, no hizo el menor esfuerzo en apagarlo, solo quiso que se consumiera. Y como resignada a ese desenlace, se acomodó sus zapatos sin levantar los pies del suelo, corrigió la inclinación de su azul abrigo sobre su cuerpo, miro a su alrededor en busca de cómplices desconocidos, y extendió su brazo lentamente hasta llegar con su don cerca de mi boca; callé los gritos de mi cerveza, y sin mediar palabra mi boca se posó sobre las caudalosas arrugas de sus vividas manos.

Comenzó a alejarse dándome la espalda, no podía dejar de mirarla, toda su vida, o así lo percibí en ese momento, resumida en una melodía, en un momento de extremo deleite; y antes de llegar a abrir la vieja puerta del bar de la calle Rodney, detuvo su andar en la penumbra del salón, y como quien no debe hacer algo pero lo desea, giró su mirar y me obsequió su perfil, y en ese momento tuve tantas ganas que me mirara de frente, para entender que somos un cúmulo de lejanos y cercanos instantes, que girándose sobre su cansado cuerpo, me observo, bajo la mirada y se fue, partió del bar la galana y envejecida mujer.

Facebook Twitter Stumbleupon Delicious More More More

Leave a Reply

La Rioja

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.