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Tan sólo rompe el sobre y léelo.

Se llama Peter Hang. Es castaño, alto, un tanto escuálido y encorvado. Mirada perdida y a la vez en un punto fijo. Voz profunda y a la vez inquietante.

Si hay algo que siempre me ha llamado la atención en las personas es su mirada. Su mirada oscura, rasgada, densa. La mirada de las personas desequilibradas. Siempre miran, pero no observan. Sus ojos están volcados hacia el interior. Hacia su mente. Siempre me los imagino blancos, sin pupilas, Están volcados hacia atrás, como cuando dormimos, pero se mueven, como cuando soñamos. Aparentemente creemos que su mente está vacía, pero en ella hay más pensamientos e ideas de las que nos podemos imaginar.

Aquel día me levanté fresca y sana. Con ganas de todo. Por un día me miré al espejo y me sentí especial, mi mirada expresaba felicidad, simpatía, poseía ese brillo que sólo lo pueden poseer los adolescentes, fruto de esas contradicciones que a todos nos llegan, un día lloras, otro ríes, y así pasamos la etapa. Los ojos, el espejo del alma.

Desayuné un zumo natural y unas galletas, cogí el casco de mi moto y salí en dirección al instituto. Al salir de mi casa una ráfaga de viento fresco terminó de despertarme, y me inyectó una dosis de energía mayor a la que ya tenía en mis venas aquella mañana.

Me monté en la moto, el sol ya comenzaba a despuntar por detrás de las montañas azules del paisaje, pensé que nada podía salir mejor esa mañana. Llegué al instituto, y me crucé con Henry, llevaba su chaqueta verde, la chaqueta que más me gustaba. Intercambiamos unas palabras y me dirigí a clase. Todos estaban sentados y el timbre sonó. A todos nos molestaba siempre su sonido, pero, aquel día, para mí el timbre significó algo más. Una señal, un presagio, una premonición.

En la fila de delante había un hueco libre. Era el de Peter. Era un tipo raro, con la mirada perdida pero a la vez fija en algo. Siempre nos sorprendía en clase con alguna locura. Se ataba a la silla, daba un grito e interrumpía al profesor... Procurábamos no mezclarnos mucho con él, aunque, debo confesar que desde principio de curso me dio malas vibraciones al mismo tiempo que pena, e intenté acercarme a él lo que desencadenó respuestas hurañas de su parte, por eso, desistí de mi ‘buena acción’.

Nadie se preocupó por el hecho de que Peter no hubiese aparecido en clase, ya que no tenía muchos amigos a cause de sus excentricidades, pero ese vacío en el pupitre me hacía sentir vacía por dentro.

Cuarenta y dos minutos de clase de mates. Para mí, todo un infierno. Siempre las he odiado a pesar de manejarlas con dotes, y de sacar buenas notas en los controles. Miré a mi compañera de pupitre, Violet. Estaba aburrida y me devolvió la mirada a la par que bostezaba. Me contagió el bostezo y se me escapó una risilla y, de seguido, un grito. Pero yo no grité. Éste se oyó en el pasillo. Y de pronto otro, y otro. Y un disparo. ¡PUM! El profesor tiró la tiza y se quedó en shock. Nadie sabía como reaccionar. Lenny se levantó y nos gritó a todos que huyéramos. Era el más mayor y un poco irresponsable, pero nadie se paró a pensar en cómo era, sino que los más avispados hicieron caso a su mandato y salieron veloces por la puerta. ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! un grito seco rompió en mil pedazos mi vida.

Ví la cara de Peter entrando en el aula. Ví en sus manos un arma. Ví su dedo, el dedo con el que siempre señalaba estúpidos dibujos en sus cuadernos, lo ví apretar el gatillo. Lo último que recuerdo es su mirada. Su mirada oscura, rasgada, densa. La mirada de las personas que no están en su juicio. Siempre miran, pero no observan. Sus ojos están volcados hacia el interior. Hacia su mente.

Peter se sienta en la fila de delante. Siempre pregunta cosas a los tutores acerca de armas y violencia, y sus comportamientos en clase a todos nos llaman la atención.

Si lees esto es que algo ha ocurrido. Espero no ser la última carta que escriba pero me alegro de que mis palabras os ayuden a identificarle.

Todos sabéis lo que os quiero. Y recordad que os conté que mi intuición algún día me haría daño.

Siempre a vuestro lado.

Louis White.

Sobre este blog

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Desde La Estepa

Me llamo Raquel, tengo 18 años recién salidos del horno y demasiadas inquietudes para 24 horas que tiene el día.

Estudio Filología Hispánica en la UR, y me apasiona lo que estudio. Soy de esas pocas personas que se meten a las 'carreras sin salidas'. Lucharé por encontrar un trabajo en lo que me gusta (radio-periódico-escritura) y no vivir pensando en cifras, sólo en estados.

Si hay algo que me describe es observadora e hiperactiva. Me gusta preocuparme por el día que vivo e intentar exprimir los minutos de éste al máximo. Enamorada del mar, de los viajes, siempre dispuesta a evadirme y partidaria de 'alunizaciones' individuales por mi mundo interior.
Influenciada por la gente que quiero, por la radio, por la literatura que absorbo, por mi guitarrita eléctrica, por la buena música.

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