Explosión del tomate.
El fin del Tomate cómo programa de las sobremesas de Telecinco ha sacudido con fuerza a ese sector de los medios embarcado en una cruzada a favor del chismorreo fácil. Muy mona la señora Alcayde, muy sarcástico el tal Jorge Javier, ambos han acabado sus días de gloria sometidos a un debate popular sobre los límites de la intromisión en la vida íntima de los famosos. Pocas veces he coincidido en casa cuando se emite el Tomate y por ello, más que por supuestos criterios personales de elección, son escasas las veces que he visto el citado programa. De las pocas, sólo recuerdo mucho disparate, mucha acusación indirecta y bastante mofa. Lo cierto es que el Tomate, guste ó no, ha sido un referente indudable dentro de la historia de la actual televisión. Sus seguidores se cuentan a miles. Debatir una vez más si fue antes el huevo (los gustos dudosamente positivos del espectador) ó la gallina (los programas tele-basura) es una clamorosa pérdida de tiempo. Las cadenas de televisión privadas son en suma un negocio, y necesitan vender. Cuanta más audiencia, más beneficios. No importa que estos vengan a costa de la intimidad maltrecha de la Pantoja ó Jesulín, si lo que gusta es saber cómo pasa las tardes del sábado Paquirrín ó como torea en su dormitorio el diestro de Ubrique, los directivos conceden con gusto el capricho a sus televidentes. A estas alturas sería cínico criticar desde un plano moral tanto chismorreo. Lo que sí puede criticarse es la falta de ética profesional de ciertos periodistas y locutores, que hacen de su profesión una falta de respeto hacia el prójimo. Me viene a la cabeza el caso de Javier Sardá, que en su pasado radiofónico fue un locutor brillante, ameno y que condujo un programa realmente distendido e interesante, con el señor Casamatjó incluido. Cuando Sardá cambió estudio de radio por plató televisivo, su clarividencia se atascó y empezó a frecuentar malas compañías. Su cambio fue metamórfico y de la maestría pasó a la chabacanería. Estoy seguro que la explosión del Tomate puede traernos dos grandes locutores reconvertidos en planteamientos de mayor rigor argumental. Carmen Alcayde tiene gancho delante de la cámara y Jorge Javier puede dedicarse a menesteres de mayor categoría, a buen seguro con notable éxito. Puede que de un simple ketchup hagamos una estupenda salsa boloñesa.
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