Hoy tengo uno de esos días. Sí, sí, uno de esos días. Estoy algo filosófico. ¿Será el 1º de mayo?, ¿el Dos de mayo?, ¿el puente?, ¿el Jet Lag?. Qui sait? Pero lo cierto es que… he comenzado a filosofar y eso… es peligroso para ésta, mi cabecita.
Europa está cambiando. Barrios y barrios llenos de inmigrantes de tercera, segunda y primera generación, sobre todo, llegados de las antiguas colonias francesas africanas: Magreb y Centro África, que conviven en el centro de las grandes ciudades a medio camino entre guetos y barriadas multiraciales. Hasta los policías que controlaban el tráfico no son nativos europeos– en Madrid está comenzado a pasar con inmigrantes ibearoamericanos, por lo que no nos tiene que sorprender a estas alturas-.
Peluquerías, bazares, cafés-teterías, Snacks (despacho de Kebabs), hostales, friturías de pescados, tiendas de ropa low-cost, locutorios… y todos ellos, por doquier. Árabes con túnicas, babuchas y hiyab (para ellas) o atlasikat (para ellos) que se entremezclan con centroafricanos vestidos al más clásico estilo herero, dejando paso, eso sí, a sus nuevas generaciones, más adaptadas al estilo de vida de la vieja Europa. Insisto, vieja Europa.
En España, el fenómeno migratorio es algo nuevo. Hace diez años apenas había inmigración en un país que, a duras penas, casi no llegaba a los mínimos de la UE. Sin embargo, en una década, España se ha convertido en el segundo país del mundo, detrás de EEUU – país cuya extensión es 19 veces más grande que la de España- , en recepción de inmigrantes.
Esto es un verdadero choque cultural, no por la llegada de inmigrantes iberoamericanos o de Europa del Este – con los que compartimos lengua (en el caso de los primeros), cultura, valores o religión- , sino por la migración africana y asiática. Y es un choque porque ocurre en un corto periodo de tiempo y en grandes magnitudes, produciendo – obviando el racismo, porque que un español sea racista, ¡manda huevos! – xenofobia cultural por unos y falta de integración por otros.
Esto es así. Si luego hay alguien que lo quiera maquillar, pintar, adornar o disimular, bienvenido sea. No seré yo quien entre en ese juego, que es el mismo que el de no decir que el ratio de población inmigrante en las cárceles españolas se incrementa cada año a la par que se incrementa la propia inmigración. Es normal. No nos asustemos. No pensemos que somos racistas o vete a saber tú qué por decir estas obviedades. Aumenta la población, pero no el índice de delincuencia. “Hay más parados ahora que cuando gobernaba el PP”, afirmó Pizarro en el debate de TVE. “Lógicamente. Antes éramos treinta y nueve millones de españoles y ahora somos cuarenta y cinco. Sin embargo el porcentaje de población inactiva ha descendido de un 11% a un 8% en estos cuatro años. Es decir, usted no miente, pero quiere confundir”, le respondió Solbes. En fin, que la estadística es mentirosa y los políticos, son “políticamente” correctos. ¡Qué rollo!
Aquí es cuando nos venden eso de que España vive lo mismo que está viviendo el resto de Europa. Pues no señor. Discúlpeme, pero no. “No es lo mismo estar durmiendo que estar dormido, al igual que no es lo mismo estar jodiendo que estar jodido”, dijo Camilo José Cela. España está igual que el resto de Europa. Es cierto. Pero mientras que en el resto de Europa el proceso ha durado cuarenta años, en España, apenas han sido diez y eso… obviamente, no es lo mismo.
En fin. Volviendo a mis reflexiones personales… esto tiene mucho que ver con el Materialismo, como corriente filosófica. ¡Joder, qué aburrido soy!, no tendré otras cosas de las que hablar. Harris, hablaba de las superestructuras, estructuras e infraestructuras. En general, en el norte de Europa (donde reina de forma perenne, innata y siempre presente, mi querida Ley de Jante) existe una poderosa superestructura – cimentada en el humanismo, en las corrientes mercantilistas, en los valores que fundamentan la Unión y por supuesto, en ese gran bien que fue para Europa el protestantismo -; una estructura – tanto en lo político, como en lo económico –, motor indiscutible del continente, anclada en el acervo europeo y en el plano geoeconómico internacional; y unas infraestructuras – gran población, mano de obra barata, grandes multinacionales e inmigración constante- que posibilitan el mantenimiento de ese statu quo y que potencian de forma indiscutible su futuro. Es decir, lo tienen todo para ser y seguir siendo la piedra angular del continente.
España, es otro cantar. Pero gracias a Dios, la cosa está cambiando para mejor. En infraestructuras, no merecemos un menor puesto que el mejor del resto de países del continente. En gran parte, gracias a la inmigración y a la política neoimperialista del ’96-’08, magnífica para la macroeconomía española. En estructuras, tenemos una economía estable (aunque podría serlo bastante más) y una política, aunque crispada, imperiosamente sumergida en los valores democráticos, con una proyección, además, cada vez más internacional. Falla, al menos, en mi análisis, el plano de las superestructuras, el plano que mueve a todo lo anterior. Somos una gran potencia económica, pero todavía no nos lo creemos. Somos una gran potencia cultural, pero lo despreciamos. Somos una gran potencia lingüística, pero lo obviamos. Somos una gran potencia histórica, pero lo olvidamos. Somos Europa, pero no nos sentimos, en muchas ocasiones, como tal; quizá porque sus instituciones quedan lejos, muy lejos, de la España mediterránea y peninsular. En fin, estamos como para acudir a un psicólogo. Nada que no se arregle con una buena terapia de concienciación social.
Ahondando más en Filosofía - si has llegado hasta aquí es porque esto te está gustando, pronto comenzarás a filosofar tú también, ya lo verás - y tomando la Dialéctica de Marx y Hegel, existe una tesis: el norte de Europa, dinámico, abierto y constante; una antítesis: España, a medio camino entre la asimilación de los nuevos cambios y la convergencia europea y una síntesis: que España retome un lugar en la vida social y política del continente como avanzadilla – algo que, creo, ya se ha hecho con la extensión de derechos de la última legislatura – de la nueva realidad de Occidente.
Es admiración lo que siento por los países escandinavos y del norte de Europa. ¡Qué le voy a hacer! Prácticos, dinámicos, polivanlentes, multiculturales, cuatrilíngües, eficientes, efectivos... frente a esa España (que no ésta) retrotradicional, ultracatólica, puritana, conservadora, caínista y envidiosa. Ahora es cuando alguien se da por aludido. No, no hay quedarse por aludido, porque en esta última afirmación, entramos todos, incluido yo. Es el espíritu social que nos caracteriza, no nuestro espíritu individual, salve Dios. Como decía líneas atrás, la cosa está cambiando. Ya era hora.
Así que, sintetizando, Europa está cambiando. Estamos ante un Occidente 2.0. ¿Una Europa reconvertida en Eurabia?. Eurabia, sí. Unas superestructuras, aparentemente inamovibles en el tiempo, que se están viendo afectadas por los cambios estructurales y por los nuevos valores de las infraestructuras, las fuerzas vivas de la Europa del mañana.
Ocurrió cuando el Imperio Romano de Occidente dejo entrar en sus fronteras a los bárbaros del norte europeo, ¡qué paradoja!. Las superestructuras y estructuras cambiaron debido a las nuevas infraestructuras. Por el contrario, Felipe II, Fernando VII y Franco, quisieron mantener sus superestructuras cuando aislaron España del resto de Europa durante sus gobiernos, en un intento de mantener su orden interno, sus estructuras e infraestructuras. En ambos casos, las circunstancias acabaron imponiéndose.
Felipe II, en su lucha por mantener su imperio europeo, quiso luchar contra las ideas – el protestantismo – mientras que sus enemigos luchaban contra los hechos – contra el dominio español -. Obviamente, la primera empresa era mucho más compleja que la segunda, España se quedó aislada, pobre e incomprendida por sus hermanos europeos. Todavía hoy se siente aquella avergonzante aventura en la memoria colectiva de los españoles. Cantos de sirena. Luchar contra molinos. Contra las tempestades en el Canal de la Mancha. Una cosa son los hechos y otra, las ideas. De las primeras nacen héroes, de las segundas, sólo mártires. Y de aquellos polvos, estos lodos.
Emilio Castelar afirmaba que en España “no tenemos agricultura porque expulsamos a los moriscos. No tenemos industria porque arrojamos a los judíos. Encendimos la Inquisición, arrojamos a ella a nuestros pensadores y los quemamos y después ya no hubo de las ciencias en España más que un montón de cenizas”. A esas voces discordantes con la inmigración, sólo cabe explicarles que, para que Europa siga existiendo en el mapa, para que España siga siendo algo más allá que un apéndice de Francia, es necesaria. Otro tema es si queremos seguir siendo Europa o convertirnos en Eurabia. Pero éso, es reflexión para otro día.
