Era un buen hombre

Se llamaba Giorgio Perlasca y le tocó vivir malos momentos en los que la vida de una persona valía menos de dos duros. Efectivamente, el periodo fatídico por el que revoloteó fueron los años de entre guerras y de la II GM. Como muchos italianos de su generación, durante su juventud creyó profundamente en la doctrina fascista, esa que se dedicaba a valerse de la penuria para subir posiciones. Pensaba que ese bálsamo de fierabrás que mostró Mussolini a toda la sociedad italiana era bueno pero, al cabo de unos años, vio que todo ese movimiento que constituía la revolución de los imbéciles no era de color rosa. Más bien era de color negro, negro del luto, negro de la muerte omnipresente. Esta fue, sin lugar a dudas, su etapa más oscura y es que, las personas buenas y piadosas no son perfectas. Sería muy bonito decir que durante toda su vida fue un pacifista, pero esa no es la verdad, más aún teniendo en cuenta el contexto militarista en el que se movió al luchar en África durante la invasión de Etiopía o participar en la Guerra Civil Española en el Corpo Truppe Volontari. No estamos hablando de Hollywood y su máquina de los sueños, sino de la vida pura y dura. De esa que tiene altibajos.

Pasado un tiempo, algo cambió en su forma de ver el mundo y en su pensamiento político. Tras participar en el abastecimiento del ejército italiano en los Balcanes llegó un momento de su vida en la que encarriló su destino. Cuando los nazis ocuparon Hungría en marzo de 1944, en lugar de retirarse junto con otros diplomáticos ya que Italia había sido ocupada por los Aliados, Giorgio se refugió en la embajada española en Budapest, convirtiéndose de forma inmediata en ciudadano español con el nombre de Jorge Perlasca en virtud de su estatus como veterano de la guerra civil española. Es ahora cuando empiezan las verdaderas hazañas de este personaje singular. A pesar de ser un verdadero seguidor del fascismo, pronto se dio cuenta de que este movimiento no merecía su respeto. La masacre de judíos le hizo abrir los ojos. No miró hacia otro lado como hicieron muchos, sino que se puso manos a la obra trabajando con con el embajador Ángel Sanz Briz y otros diplomáticos de estados neutrales para sacar de forma ilegal a judíos del país.

Perlasca tenía algo especial en su ojos, un brillo que pocas personas poseen. Ese brillo, esa cosa especial, le ha hecho pasar a los altares de la historia, no la de grandes gestas, sino la de las personas justas ya que puede vanagloriarse de haber recibido el galardón de "Justo entre las Naciones" que da Israel a todos aquellos que ayudaron a ese pueblo durante la II GM. Aun así, Giorgio no buscaba ser reconocido, sino que la gente se diera cuenta de que en ocasiones hay que actuar contra la masacre y oponerse al orden establecido si este no respeta a las personas.

Siguiendo con la historia, ante la inminente llegada del Ejército Rojo a Budapest, Sanz Briz (el embajador español en Budapest) fue trasladado a Suiza a finales de noviembre de 1944, y el gobierno húngaro ordenó la evacuación del edificio de la embajada española y otros edificios extraterritoriales donde se refugiaban los judíos. Perlasca decidió quedarse y dio el falso anuncio de que Sanz Briz estaba a punto de volver de una corta ausencia. En eso, anunció que le habían nombrado cónsul en la capital húngara por lo que consiguió así una buena posición para seguir con la ayuda a los judíos.

Hungría veía inminente la llegada del ejército soviético y, como es habitual en las guerras, su plana militar decidió huir hacia delante con ejecuciones por doquier. Fue entonces cuando Giorgio, dio cobertura y alimentación a miles de judíos en Budapest. También expidió salvoconductos basados en la ley de derecho a la ciudadanía española que había aprobado Miguel Primo de Rivera en 1921 para los judíos de origen sefardí. Todo esto, contando con la complicidad del que todavía era el embajador oficial en Budapest, Ángel Sanz Briz. Al llegar las tropas aliadas, consiguió salir del país por arte de magia dirigiéndose a Italia. Allí murió en 1992 a los 72 años de edad. Como es normal, el antiguo Jorge recibió numerosas condecoraciones de los gobiernos de Italia, Hungría y España además del anteriormente nombrado "Justo entre las Naciones".

El legado de Perlasca debe sobrevivir. Es nuestro deber reconocer la labor de quienes, en tiempos difíciles, supieron plantar cara la barbarie. Su cara risueña no era más que un reflejo de un alma que se emocionaba con hacer el bien. Y es que, simplemente, Giorgio Perlasca era un buen hombre. Un buen hombre de esos que es difícil encontrar.

Escrito por: Duende Crítico 0 comentarios 17 Sep 2007 URL Permanente Tags: , , ,

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