La Rioja

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Buses
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Fernando Sáez Aldana | hace 18 horas| 0

Aunque lo parezca no es lo mismo propaganda que publicidad. Los folletos de supermercado que atascan nuestro buzón, las cuñas radiofónicas y los anuncios en el periódico o la tele animando a consumir no son «propaganda» sino publicidad. La propaganda también persigue «vender», pero ideas o creencias, no cosas. Buen ejemplo es la propaganda electoral, con la que los partidos pretenden colocarnos promesas que nunca cumplen a cambio de nuestro voto. Las campañas electorales son tan insoportables como inútiles porque no cambian la intención de voto de la gente, pero al menos duran poco. Dos semanas cada cuatro años se pueden soportar, aunque entre europeas, nacionales, autonómicas y locales son muchas más.

O duraban. La tendencia actual es hacia la campaña electoral permanente. Los partidos –e inevitablemente los medios– ya no se conforman con bombardearnos de manera inmisericorde durante catorce días con cuñas, pasquines, papeletas ensobradas y ese insufrible tono histérico mitinero con el que los candidatos arrancan el aplauso de los suyos. Ahora los vamos a tener todo el año dando la barrila pero con una novedad: el autobús-anuncio como vehículo de propaganda rodante.

Tras la repercusión mediática del autobús del pitilín y la pocheta, los estrategas de Podemos han pensado que es mejor idea que el buzoneo del falso folleto de Ikea, ejemplo de propaganda disfrazada de publicidad, que como tantos otros iba a la basura sin hojearlos. De habérseles ocurrido hace dos años hubiesen fletado el Castabús, pero como ya forman parte de la Casta han tenido que inventarse otra conspiración enemiga, la Trama, y por ahí van, tan contentos, denunciándola con su Tramabús.

Como esto cuaje ya veo las ciudades colapsadas por el tráfico de buses propagandísticos visibilizando sus mensajes, como, por ejemplo, los Noesnobús, Patxibús y Susibús evitando coincidir en el mismo barrio. O el Soberabús de los secesionistas catalanes, con uno de los faros un poco torcido, cuyo gasóleo es el que quiera trasvasarle el Cupbús, un peligroso microbús que siembra el caos al no respetar stops, rotondas ni semáforos; el Pepebús, financiado por una constructora a cambio de la concesión de una autopista ruinosa que habrá que rescatar; el Bildubús, un bus turístico secuestrado a punta de pistola de las de verdad y tuneado para la ocasión; el Ciudabús, desorientado por un GPS de los que te acaban metiendo en Bonicaparra, la caravana de Mareabuses (verde, blanca, roja, naranja), el arcoirisado Lgtbibús… Pero sin duda el más peligroso será el Alabús, en realidad un obús lanzado por un yihadista con renta de ciudadanía y tarjeta sanitaria contra una aglomeración de infieles en zona peatonal. Los otros, al menos, no matan. De momento se conforman con autocar las narices.

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Una extraña obsesión
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Fernando Sáez Aldana | 20-04-2017 | 04:40| 0

Una de las falacias más utilizadas en la tergiversación es la conocida como post hoc ergo propter hoc, que significa: (ha sucedido) después de esto, luego (ha sido) a consecuencia de esto. Ejemplo: tomé un brebaje elaborado con hojas de ciprés y al rato cedió mi jaqueca; ésta, por tanto, se fue por ingerir la pócima. Pero tal presunta relación causa-efecto es absolutamente falsa. No hay evidencia científica de que la hoja de ciprés sea eficaz contra la migraña. Ambas cosas simplemente se sucedieron en el tiempo, y habría que saber si beber semejante porquería no retrasó un final de la cefalea programado para esa tarde. La medicina proporciona innumerables ejemplos de esta falacia: muchas mejorías (y empeoramientos) se atribuyen erróneamente a terapias aplicadas con anterioridad, algunas no tan inocentes como una infusión.

Otro ejemplo: según la DGT, 175 personas perecieron en 2015 en España en accidentes de tráfico por no llevar puesto el cinturón de seguridad. A ver. Esas víctimas A) no llevaban abrochado el cinturón y B) perecieron en accidente. Pero, ¿B es la consecuencia directa de A? Imposible saberlo. Si sufrieron un infarto mortal mientras conducían, se despeñaron por un barranco, cayeron a un pantano o fueron aplastados por un camión es discutible que no llevar puesto el cinturón fuera la causa de la muerte. Es más: de los 1.126 muertos por accidentes de tráfico en 2015, solo el 15% (175) no llevaban puesto el cinturón. Volviendo el argumento como un calcetín, como el 85% sí lo llevaban podría concluirse que es mucho más peligroso abrochárselo que no.

Sofismas estadísticos aparte, aunque no se pueda evaluar con rigurosa exactitud el efecto positivo del «cinturón que salva vidas» en un accidente, es razonable aceptar que tal efecto existe. Pero, ¿justifica la histérica persecución policial desplegada contra quienes cometan el horrendo crimen de circular sin ajustarse el cinturón? La manía persecutoria de la DGT ha llegado al extremo de salir con cámaras especiales y hasta con helicópteros a cazar conductores que olvidan atarse al asiento o deciden no hacerlo porque les agobia. Pues allá ellos. Ejercen la misma libertad individual que quienes deciden seguir fumando aunque el tabaco cause nueve de cada diez cánceres de pulmón. Decenas de miles de personas mueren al año por fumar, soplar o estar gordos, no moverse del sofá y untarrear salsas, frente a, concedamos unas docenas, por no abrocharse el cinturón. ¿Por qué al mismo Estado que actúa como sobreprotector con estos se la sopla que enfermen o la palmen aquellos? ¿Alguien entiende esta extraña –y quizá enfermiza– obsesión institucional por el puñetero cinturón de seguridad? ¿Eh?

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Fijos sí, vitalicios no
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Fernando Sáez Aldana | 13-04-2017 | 05:33| 0

En el mundo laboral público la interinidad es el desempeño de un puesto de trabajo con carácter transitorio en sustitución de su propietario ausente por permiso, enfermedad u otras causas, o como refuerzo eventual de la plantilla cuando hay exceso temporal de demanda. Pero, al menos en el sector que conozco bien, se ha abusado sistemáticamente de este recurso ofreciendo contratos eventuales para atender necesidades permanentes, un fraude laboral masivo que ha dejado a miles de trabajadores en la aberrante situación de permanecer hasta décadas en situación de interinos. Además de la incertidumbre sobre su futuro, el abuso de encadenar contratos precarios ha supuesto una discriminación del interino respecto al fijo al soportar la misma responsabilidad pero sin disfrutar derechos como el cobro de trienios y vacaciones o la indemnización por extinción del contrato (en el sector privado lo llaman despido).

Dicho esto, al fin parece que hay voluntad política para acabar con esta perversa situación que sólo en nuestra mínima Comunidad afecta a 1.700 interinos que podrían pasar a fijos mediante el oportuno ­­—y malo, pero esto para otro jueves—proceso de adjudicación. Los sindicatos se han apresurado a asegurar que la «mayor estabilidad en el empleo redundará en un servicio de mayor calidad para el ciudadano», y uno estaría de acuerdo si el contrato fijo del trabajador de la empresa pública estuviese, como el de la privada, sometido a la misma legislación laboral ordinaria. Pero a los sanitarios, docentes o judiciales interinos no los van a hacer fijos sino vitalicios, es decir, poseedores hasta su muerte laboral de una plaza «en propiedad», lo cual, a mi juicio, es al menos tan indeseable como mantenerlos durante años contratados mes a mes. Obtener por oposición una parcelita del Estado sabiendo que será tuya hasta la jubilación y percibiendo el mismo salario sin importar lo excelente, regular o malamente que la trabajes, pues no hay evaluación del desempeño por competencias en esta gigantesca empresa carente de gestión de recursos humanos, créanme, no mejora la calidad de ningún servicio.

Acabar con el abuso de la interinidad era una excelente oportunidad para iniciar el necesario cambio de un modelo funcionarial de la función pública tan rígido e ineficiente ofreciendo contratos laborales fijos tanto a los actuales interinos como a los futuros incorporados al sistema, respetando los derechos adquiridos de los estatutarios. En cambio, los tecnócratas que nos gobiernan se disponen a subsanar una lacra laboral perpetuando otra mucho peor. Una pena.

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Oficios en extinción
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Fernando Sáez Aldana | 06-04-2017 | 03:56| 0

Los tiempos cambian y con cada época desaparecen ocupaciones humanas a medida que van perdiendo su utilidad. Así, en el último medio siglo han ido extinguiéndose oficios como guarnicionero, talabartero, colchonero, sereno, telefonista, aguador, carbonero, limpiabotas, afilador, hojalatero y una larga lista de trabajos ya inexistentes o en vías de serlo. La causas principales son: el progreso tecnológico que lo ha mecanizado todo, una sociedad de consumo de usar y tirar lo que se estropea, el cese de la actividad a la que servían o la transformación de sus antiguas funciones y tareas en otras.

En nuestros días también están desapareciendo oficios que en una o dos generaciones acabarán tan olvidados como lo son ahora los de costurera, soguero, hilandera, pregonero, nodriza o peón caminero. He aquí unos ejemplos:

Encofrador: su trabajo consistía en preparar unos moldes de metal o madera que rellenaban de hormigón para levantar las vigas que formaban el armazón de las viviendas, en la época en que éstas se construían en España.

Caravistero: era el encargado de levantar después los muros de las citadas viviendas apilando ladrillos a cara vista, de ahí su nombre. Unos y otros se extinguieron por la llamada precisamente «crisis del ladrillo».

Parlamentario: antiguamente era un señor bien vestido, educado, culto, diplomático y con dotes de oratoria, que se dirigía al Parlamento con un lenguaje políticamente correcto. Hoy en España apenas quedan ejemplares, sustituidos por tipos y tipas mediocres afectados de sectarismo, falta de ideas, crasa ignorancia, lenguaje tabernario, grisura intelectual e incluso indumentaria de mamarracho.

Cartero: antes cuando querías decirle algo a alguien que estaba lejos le escribías una carta que un empleado de Correos transportaba en una saca hasta el buzón del destinatario. Hoy en día recibir una carta es para echarse a temblar. Ya no contienen noticias de la familia, los amigos o declaraciones de amor sino, mayormente, amenazas legales de esbirros del Estado.

Estibador: así denominaban al jornalero encargado de cargar y descargar en el puerto. Hoy es el distinguido miembro de un gremio monopolista de creación franquista que puede ganar más que un profesor o un médico y transmitir su privilegio vitalicio a quien quiera, con patente de corso otorgada por la izquierda.

Escolta de amenazado por ETA: arriesgaban su vida protegiendo la de potenciales víctimas de los matones etarras y ahora se quedan en la calle sin alternativa. Con la cantidad de gente que hay necesitada de protección contra maltratadores, porteros de discoteca, tuiteros facciosos, piquetes «informativos», peatones logroñeses cruzando pasos de cebra, compañeros de partido, Bildu, los Cañamero, la CUP…

 

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RIPF
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Fernando Sáez Aldana | 30-03-2017 | 05:16| 0

Es su cumpleaños y decide convidar a su familia en un restaurante. Cuando pide la cuenta el camarero le requiere el DNI y lo introduce en un datáfono. No, no es para comprobar su tarjeta de crédito. El chisme está conectado con una base de datos de Hacienda que al instante sentencia el tipo impositivo del IVA que aplicarán a su cuenta según su nivel de renta. Como usted gana equis, pagará el 35%. En otra mesa unos amigotes celebran ruidosamente lo que sea y a la hora de pagar el que menos ingresos declara de todos pide la nota. Como gana la mitad que el padre de la familia contigua, su comilona se grava «solo» con un 15%. Es decir: cada mordisco al chuletón y cada lingotazo de crianza le sale más caro al mayor contribuyente, como premio. Esto no es hacienda ficción. Aparte de que cualquier día puede ser realidad, ya sucede con el Padre de Todos los Impuestos, el de la renta de las personas físicas (IRPF), cuya campaña de terror tributario comienza la próxima semana.

Ya saben qué un impuesto progresivo. Si usted gana 100 paga a Hacienda 10 (es un ejemplo). Si gana 1.000 y le aplican la misma tasa, el 10%, pagará 100, o sea diez veces más, y esto ya es «que pague más quien más tiene», de sobra, ¿no? Pues no. Si gana 1.000 le aplicarán el 20%, si 2.000 el 30% y si 4.000, el 40%. Es decir, le confiscarán el dinero que haya ganado con el sudor de su frente y en función de la formación superior requerida para desarrollar su trabajo o de la alta responsabilidad que conlleve su ejercicio. Y es que el «Estado cleptocrático» expropia más donde más puede, en virtud del sacrosanto principio colectivista de la «justa redistribución de la renta», que «los socialistas de todos los partidos» (Hayek), incluso los conservadores (¿hay algo más tonto que un socialista de derechas?), aplican sin rechistar. Y una mierda. La progresividad del IRPF será cualquier cosa menos justa. La virtuosa «solidaridad», obligatoria hasta la persecución, y por tanto falsa, a la que apela el Estado para justificar el expolio fiscal, es el envoltorio sentimental de una voracidad impositiva coactiva e insaciable que se está cargando las clases medias para financiar un gasto público desbocado y un déficit insoportable. Un año más, comienza la campaña: ya es primavera en la Agencia Tributaria. ¿IRPF? Más bien, RIPF: requiescat in pace, familia. Pero no quejarse, de momento todos pagamos lo mismo por un menú del día. Además, tenemos más AVE, más aeropuertos, más universidades, más gobiernitos y parlamenticos, más gestores despilfarradores o mangantes y más subvenciones que nadie, y todo ello cuesta un pastón público que ya saben de dónde sale: de los bolsillos privados.

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Ladrones
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Fernando Sáez Aldana | 23-03-2017 | 06:09| 0

Todo ciudadano honrado atesora el dinero que, en virtud de una maldición bíblica, ha de ganar trabajando. En el mismo instante en que surgió la propiedad privada, cuando un ser humano obtuvo su primera moneda, apareció otro con intención de arrebatárselo. Robar quizá sea la segunda actividad humana más antigua, después de codiciar. Así que, durante toda su vida, el individuo con más o menos dinero en el bolsillo no dejará de exponerse a que alguien le meta la mano para quitárselo.

Básicamente hay dos modos de afanar los cuartos ajenos: el robo y la sustracción. El primero implica violencia y es propio de los ladrones ilegales, denominados delincuentes. Sustraer, en cambio, es mangar sin violencia, de forma oculta o fraudulenta. Existen dos variedades de sustracción: una ilegal (desfalco, fraude, apropiación indebida y demás) y otra, que es a la que voy, perfectamente legal. En España, el robo legítimo (no es un oxímoron: robar es quitarle a alguien lo que le pertenece) lo perpetran sistemáticamente Grandes Ladrones: el mayor de todos es el Estado, Alí Babá indiscutible, a través de sus redes de extorsión estatal, autonómica y local, y a cierta distancia las grandes empresas dispensadoras de servicios que a los ciudadanos no nos queda otra que contratar: la banca y los proveedores de electricidad, gas y telecomunicación.

Sólo para enumerar las meteduras de mano en el bolsillo particular que este formidable hampa nos propina de manera continuada necesitaría varias páginas. Por su contumacia, o su actualidad citaré, por ejemplo, el choriceo bancario a costa de las comisiones y sobre todo de las hipotecas: multidivisas, cláusulas suelo, gastos de formalización (entre los que destaca el impuesto de Actos Jurídicos Documentados, ejemplo de comensalismo institucional de carroñeros impositivos), el cobro de plusvalías municipales en ventas de inmuebles con pérdidas o los de cantidades fijas aunque no consumas nada de agua, luz, gas o teléfono, y la insoportable persecución del automovilista a multazos. Con todo, el mayor latrocinio es la cantidad de impuestos con los que el monstruo tricefálico de la Administración nos devora, ante todo para financiar su propia existencia y dilapidar después lo que sobre en lo que se les ocurra, en lugar de dejar las perras en la cartera de sus propietarios para que se las gasten en lo que quieran.

Luego que el español (además, ya saben, de mujeriego y alcohólico) es un pícaro que en cuanto puede engaña al fisco, lo que lo convierte en algo mucho peor para el pensamiento único impuesto por el régimen socialdemócrata: insolidario. Cuando el hombre solo se resiste a que los ladrones le sustraigan, en legítima defensa.

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El Bobadilla y el Talgo
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Fernando Sáez Aldana | 16-03-2017 | 06:19| 0

La perversa costumbre de no llamar a las cosas por su nombre por desagradable o duro que resulte, aplicada a lo que pasa en Cataluña, está escribiendo todo un capítulo en la floreciente historia del eufemismo en España.

¿Recuerdan el «conflicto» vasco? Pues ninguna de las tres acepciones de esta palabra era aplicable a lo que estaba sucediendo, a saber: (1) Oposición o desacuerdo entre personas, salvo que lo fuera porque muchas se oponían a que las extorsionaran, secuestraran o asesinaran; (2) Guerra o combate derivados de una rivalidad prolongada, porque los rivales compiten por lo mismo y aquí unos agredían y otros sufrían, y (3) Situación en que hay que decidir entre varias opciones, porque sólo había una: derrotar a la bestia terrorista.

En Cataluña llaman ahora procés a la delirante iniciativa unilateral de convertir esta región del reino de España en una república independiente. Sin duda es un «proceso», o conjunto de fases sucesivas de algo, sólo que todas vulneran las leyes vigentes en el país al que, mal que les pese, pertenecen. La segunda palabrita más utilizada por esta panda de traidores sinvergüenzas es «desconexión», con el resto de España se entiende. Palabra que significa (1) Interrupción del funcionamiento de un aparato o sistema al cortarle el suministro de energía (¿de verdad quieren eso?) y (2) Falta de relación o unión entre varias personas o cosas, lo que, como sabemos, nunca sucede si uno no quiere. Y la penúltima frivolidad semántica respecto a lo que en realidad es una grave crisis institucional y un auténtico golpe de estado no armado, es esa tontería del «choque de trenes», descriptiva de lo que puede suceder cuando las capacidades de rebelión y desobediencia de unos y de incompetencia de otros se agoten.

Desde luego, la colisión de dos trenes a gran velocidad puede ocasionar una tragedia de dimensiones catastróficas, pero dependiendo de qué trenes estemos hablando. No será lo mismo el choque entre dos mercancías impulsados por mastodónticas locomotoras a 140 por hora que entre un moderno Talgo y aquél trenillo de vía estrecha que recorría los 33 kilómetros entre Haro y Ezcaray en hora y media, al que los jarreros bautizaron «Bobadilla» por la poca cosa que les parecía comparado con los trenazos de verdad que pasaban por la estación del Norte. Así veo esto del choque de trenes como metáfora de la colisión institucional entre un Estado poderoso y una de sus comunidades, por muy autónoma que sea. De manera que, si el Bobadilla del secesionismo catalán no descarrila antes por exceso de velocidad y finalmente se produce el encontronazo será desagradable, sin duda, pero mucho menos si se viaja en el Talgo.

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Libertad de chicha y nabo
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Fernando Sáez Aldana | 09-03-2017 | 06:16| 0

Amigos lectores, en septiembre me caerán los sesenta y cuatro y a estas alturas de la novela me resbala lo que piensen o digan de mí a cuenta de mis opiniones publicadas en este su diario. Uno es insolente desde pequeñito y el paso del tiempo te enseña que, cuando eres joven, tu insolencia genera un fuerte rechazo que se va diluyendo  hasta desaparecer casi a las puertas de la tercera edad, lo que permite deducir que lo intolerable no era que fueses insolente sino joven.

Ustedes saben que servidor no profesa el credo católico y menos los de las religiones no verdaderas. Pero, como he confesado en varias ocasiones, no sólo respeto profundamente a los fieles creyentes sino que los envidio porque la fe les hará más soportable, digo yo, su penoso tránsito por el lacrimoso valle de la existencia terrenal. Desde este respeto hacia el sentimiento religioso de los devotos practicantes, que no es más que una faceta del que merece toda opinión o creencia siempre que no hiera, indigne o moleste, me repelen numeritos como el que montó la denominada Gala Drag Queen de Las Palmas en los pasados carnavales. El espectáculo fue considerado blasfemo con razón por muchas personas ofendidas en su sentimiento religioso, pero reconozcamos que estos tipos, o lo que sean, ejercen su derecho a expresar cualquier mamarrachada que se les pase por la neurona… siempre que no traspase la raya de la legalidad.

Y a eso voy. Resulta que un va un juez y ordena retirar de la circulación madrileña un autobús por publicitar que los niños tienen pene y las niñas vulva. Mi primera perplejidad al respecto es que alguien gaste dinero en proclamar tamaña evidencia, abrumadoramente cierta desde un punto de vista estadístico, y la segunda, que tal «mensaje» pueda llegar a considerarse una provocación e incluso un delito, nada menos que «de odio». Entonces, ¿qué son una Virgen-drag desnudándose y un Cristo-drag contoneándose en la cruz? Imagino otro cartel proclamando que «el varón insemina y la mujer gesta, pare y amamanta, que no te engañen» y me pregunto de nuevo, primero, qué sentido tendría promocionar semejante perogrullada, y segundo, cómo puede resultar no ya ofensiva sino delictiva, pero no un sacrilegio perpetrado en público por individuos, dicho sea de paso, con todo el derecho a transportar en la entrepierna lo que gusten. Es la Ley del Embudo aplicada a la libertad de expresión: unos pueden expresar lo que quieran, aunque pueda ofender a muchos, pero otros no, aunque moleste a pocos y además sea cierto.

Bueno, pues ahora ya pueden algunos tildarme de meapilas, retrógrado, transexualófobo o lo que les salga de la chicha o el nabo. Como dije al principio, me la refanfinfla. En nada, sesenta y cuacho.

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No es país para Borbones
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Fernando Sáez Aldana | 02-03-2017 | 06:28| 0

Históricamente, los mejores alzamientos contra la autocracia, las revoluciones de verdad, son las que se cargan violentamente al tirano. Al rey Carlos I de Inglaterra, por ejemplo, su deriva absolutista le costó la cabeza (magnífica su flema cuando al dar un traspié subiendo al patíbulo susurró: «Dicen que tropezar trae mala suerte»). La misma mala suerte que correrían Luis XVI y María Antonieta de Francia, el zar Nicolás II de Rusia y su familia, el emperador Maximiliano I de México y ya en nuestros días, déspotas como Ceaucescu, Sadam o Gadafi. En España nunca nos atrevimos a linchar al o la monarca; nos conformamos con mandar al exilio, uno sí uno no, a esta dinastía bumerán de los Borbones: siempre que los echas acaban volviendo.

Sobre las ejecuciones del Estuardo en 1649 y de los Capeto siglo y medio después, las crónicas coinciden en que tras los regicidios las respectivas chusmas regresaron a sus casas sumidas en una especie de silenciosa depresión colectiva. Al parecer, la exhibición de las cabezas cortadas de sus monarcas chorreando sangre no les proporcionó satisfacción, gusto o regocijo sino sentimiento de culpa parricida. Y todos continuaron tan infelices o miserables como antes de los descabezamientos, corolario aplicable a las post revoluciones rusa, libia o mexicana.

Viene esto a cuento de las ganas que el moderno populacho español, «la gente», le tiene a la hermana lista de Felipe VI; de su frustración por no verla entre rejas al ser absuelta en un proceso, según los entendidos en jurisprudencia, impecable. Juicio al que fue sometida sólo por la acusación particular de un sindicato sinvergüenza cuyo capo sí está en la cárcel por corrupto. Me libraré de defender a la infanta Cristina porque me asiste la misma aptitud que para atacarla: ninguna. Pero en este país de sabidillos sin estudios, de sentenciadores sin juicio, de millones de catedráticos de Derecho Penal, doctores en Medicina y másteres en Loquesea por la Universidad de Google, qué chorra más dará la opinión de los expertos. La chusma siempre está ávida de sangre, si es azul mejor, aunque un tribunal de verdad absuelvan a su reo. Aquí la Justicia – a cuyas resoluciones llaman fallos– sólo es justa si el veredicto gusta. Y no gusta que, tras ser condenada en sumario proceso popular, una Borbón se salve de la guillotina chascarrillo-mediático-retículosocial y abandone el banquillo «de rositas», aunque sea cabizbaja y sin el apoyo entusiasta de incondicionales tan estúpidos que te vitorean aunque estés acusado de defraudar al fisco, o sea de robarles. Para esto tienes que apellidarte Messi, Neymar o Ronaldo. Pero Borbón, mal asunto. A ésta, al menos no habrá, que echarla. Ya está exiliada.

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Democraciosis
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Fernando Sáez Aldana | 23-02-2017 | 05:22| 0

Pretendía un título inédito para mi reflexión pero todas las palabras que se me iban ocurriendo: democratismo, democracismo, democratosis, democracitis o democranoia ya han sido utilizadas. Es mi deformación profesional la que me permite ofrecer hoy el estreno mundial de un neologismo: democraciosis. En Medicina, el sufijo –osis expresa «anomalía, proceso patológico, enfermedad»: artrosis, arterioesclerosis, neurosis, cirrosis. Y la reflexión va de la morbosa deriva que en un país con tan corta experiencia democrática ha tomado el concepto de democracia. Así, democraciosis podría definirse como «proceso degenerativo que afecta a la democracia». Un mal típico de sociedades salidas de largos períodos autocráticos, caracterizado por brotes incontrolados de reacciones pseudodemocráticas autoinmunes que atacan a todo el cuerpo electoral con la patológica tesis de que, como la democracia consiste en votar, votemos cuando y lo que nos dé la real gana.

Huelga explicar qué entendemos en Occidente por democracia. Solo resaltaré que los procesos de toma de decisiones por el colectivo que sea, la nación, cualquier institución o asociación, o una comunidad de vecinos, debe ajustarse a unas reglas de juego que todos deben aceptar. Por tanto, el llamado «derecho a decidir» es nulo si se ejerce al margen de la legalidad, norma suprema de convivencia, y acusar de no democrático al poder que impide votar lo invotable es, menudo bucle, profundamente antidemocrático. En una democracia todas las ideas y aspiraciones son legítimas si se conducen por la senda de las leyes que obligan a todos. Por lo tanto no debería alarmar que ciudadanos de Cataluña, La Rioja o El Bierzo aspirasen a convertir su región en un Estado independiente, por delirante que sea. Pero sí que lo pretendan desobedeciendo leyes y sentencias, sacando a la calle urnas ilegales para que los ciudadanos ejerzan su inexistente derecho a decidir algo tan indecidible como sería no pagar impuestos, por aplastante que fuese la mayoría de votos favorables. Los derechos han de estar sustentados por leyes aprobadas por los representantes de todos los ciudadanos de un estado soberano. Eso es la democracia. Lo otro es democraciosis, grave sociopatía que es preciso combatir con todos los tratamientos disponibles aprobados, aun los más drásticos, sin miedo a los posibles efectos adversos. No se trata el cáncer negociando con las células malignas sino aplicando las terapias más agresivas antes de que sea demasiado tarde. Ya sé que la aburrida opinión de un columnista de provincias no cuenta mucho al respecto. Pero, y lo contento que estoy con mi nueva palabrita, qué.

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