Wagner

1813 fue un año prodigioso para los amantes de la ópera: el 22 de mayo nació Richard Wagner y el 10 de octubre Giuseppe Verdi, los dos soles que deslumbran en el firmamento operístico por la eternidad. Así que, arrimándome ya al que más me calienta, los wagnerianos celebramos hoy el bicentenario de la irrupción en el universo musical de «tal vez el mayor genio que ha existido» (W.H. Auden). Autor de uno de los proyecto artísticos individual más colosales, la monumental tetralogía El anillo del Nibelungo, idolatrado y denostado hasta los extremos, Wagner es el músico que más ríos de tinta continúa desbordando, en buena parte extramusicales por no distinguir al hombre sin escrúpulos, “repleto de una vitalidad demasiado grande para ser gobernada por el sentido de la moral” (E. Newman), del inmenso artista convencido de que el mundo le debía cuanto necesitara a cambio de sus partituras. Su mayor prejuicio sigue siendo un antisemitismo más bien inofensivo que hubiera pasado desapercibido sin la ulterior manipulación nazi, y que «entre la gente a la que más daño ha hecho se encuentra el propio Wagner» (B. Magee). Lo cierto es que o se le adora por su música o se le aborrece por su personalidad, y quienes lo detestan puede que no hayan escuchado una sola nota de maravillas como Lohengrin, La Valquiria, Tristán e Isolda o Parsifal.

Como músico, la gigantesca figura de Wagner es indiscutible. Revolucionario creador del drama musical, padre de la música moderna, mago del leit motiv y rompedor de diques formales con su desbordante melodía infinita, su pretensión de la «obra de arte total» le llevó no sólo a escribir sus propios libretos y dirigir hasta el menor detalle las representaciones sino a construir en una colina a las afueras de un pueblo un teatro dedicado exclusivamente a representar su obra según sus ideales artísticos. Convertido en centro mundial de peregrinación wagneriana, el Festspielhaus de Bayreuth continúa ofreciendo cada verano las obras del compositor como él dispuso: con el público abarrotando las incómodas gradas de una sala sumida en la oscuridad y la orquesta hundida en un «foso místico» bajo el escenario creando una acústica milagrosa.

Como homenaje a la altura de mi admirado ídolo musical, hago mía esta declaración de Thomas Mann: «mi pasión por el embrujo wagneriano me ha acompañado desde que lo conocí y empecé a hacerlo mío y a penetrarlo con mi comprensión. No puedo olvidar todo lo que le debo, todo el placer y la instrucción que me ha brindado: las horas de profunda y simple dicha en medio de la masa del teatro, horas de excitabilidad, de éxtasis y rapto intelectuales, percepciones de trascendencia enorme y conmovedora, como las que sólo proporciona este arte».

Gracias, Maestro.

La que está cayendo

En el presente escenario de crisis global, modo políticamente correcto de expresar que casi todo el mundo las está pasando canutas, «con la que está cayendo» es una de las frases hechas más utilizadas en el lenguaje coloquial. Su plena aceptación como argumento indiscutible (nunca he oído pedir una explicación de sus significado) estimula mi desconfianza de algo tan indefinido en lo que todos parecen estar de acuerdo aunque. Puede que el origen de la expresión sea meteorológico: «la (lluvia/tormenta/granizada) que está cayendo (del cielo)». Lo indiscutible es que lo que sea que esté cayendo, necesariamente desde las alturas, es malo para la humanidad receptora de la precipitación, y («la») que su palabra definitoria pertenece al género femenino. Uno echa en falta con cierta enfermiza nostalgia a apóstolas del fundamentalismo de género como la inefable ministra Aído, que hubiera puesto el grito en el cielo: ¿por qué no «el» o cuando menos «lo» que está cayendo? Pues porque, además de los meteoros mencionados, calamidad, plaga, desgracia, catástrofe, adversidad, desventura e incluso esa inefable «cosa» que ayer glosaba Mayte Ciriza son vocablos femeninos. Quedémonos con «crisis» como posible sustantivo elíptico de la frasecita. Y sigamos analizándola. «Está cayendo»: obsérvese que la crisis, materializada como una recesión económica causante de recortes, desempleo, desahucios y empobrecimiento general, se percibe como algo extraño a nuestra biosfera que de pronto nos cae encima con la inesperada fatalidad y el potencial destructor de un rayo o un tornado. La crisis como diluvio, tsunami, terremoto o impacto de meteorito (esta vez los palabros son masculinos) nos convierte a todos en sufridores de una especie plaga bíblica con que esta moderna versión del Yahvé cruel y vengativo que es la economía de mercado está castigando implacablemente a quienes más han creído en ella: el pueblo escogido por la hipoteca, la financiera del coche o la tarjeta de crédito. Esta reflexión puede parecer una tontería, pero en mi opinión tiene más miga de lo que parece, pues la que está cayendo es una forma generalizada de considerar la actual depresión económica y sus consecuencias un fenómeno ajeno abatiéndose sin compasión sobre sus víctimas, inocentes e indefensas. Y no digo que seamos los culpables pero algo tendremos que ver con la que está cayendo. Puestos a soltar frases hechas, no hay crisis que dure cien años y siempre que llueve, escampa. Claro que el paisaje no será el mismo si cayó una llovizna o, como parece, un ciclón tropical. Y del paisanaje ni hablamos.

El sistema

Dado que la observación es la base del entendimiento, uno procura examinar con atención las cosas que escapan a su limitada razón. Como, por ejemplo, el «movimiento antisistema». Ante cualquier polémica, mi rudimentario método intelectivo exige comenzar el debate definiendo con exactitud la idea o el hecho objetos de la controversia, ya que a menudo discutimos sobre conceptos que no significan lo mismo para todos. En este caso, me pregunto qué es «el sistema», quiénes son los «antisistema», qué pretenden, cómo y por qué actúan, etc., y al no encontrar respuestas convincentes pongo en marcha mi primitivo proceso analítico observando el comportamiento visible de los individuos llamados «antisistema». Ignoro cómo ejercerán su condición en la intimidad, pero cuando se echan a la calle acostumbran a expresar su actitud antisistémica haciendo mayormente dos cosas: quemar contenedores de basura y romper cajeros automáticos. Podría pensarse que estos elementos urbanos presentes en casi todas las calles son blanco fácil para el bate o la gasofa. Pero no, porque hay más escaparates, bancos (de sentarse) o semáforos y no suelen emprenderla contra ellos. Contenedores y cajeros. Estos son los objetivos favoritos de los opuestos al orden establecido, lo que permite suponer que simbolizan el famoso sistema que pretenden cargarse con violencia. Veamos: un cajero es un depósito lleno de dinero, y un contenedor, de basura. Además de que el primero es la cara de un banco tan expuesta que resulta fácil rompérsela, los billetes que suelta permiten adquirir las cosas cuyo uso genera los desperdicios que arrojamos al contenedor. ¿No será que, para esta gente, la mierda constituye el producto final de un degradante proceso de transformación del dinero?, ¿que ambas cosas son la misma deposición de una sociedad dominada por las leyes de un sistema ferozmente capitalista, materialista e hiperconsumista? En todo caso, quisiera saber cuántos antisistema destrozarían el cajero automático de su barrio, que les dispensa los euros ingresados por su empresa para comprar lo que su familia necesita para tirar otro mes, o le pegarían fuego al contenedor de su acera que les permite desechar cómodamente los desperdicios de tan dura supervivencia. Es decir, si tuvieran un trabajo que les permitiera pagar sus facturas. Si formaran parte de ese denostado sistema contra el que quizá reaccionen con ira por negarles el acceso. Me pregunto, en fin, cuántos antisistema son serán en realidad prosistema frustrados. Porque un auténtico rebelado contra el insoportable orden establecido lo que hace es intentar cambiarlo, pegarse un tiro o ingresar en clausura. No vulgares gamberradas.

 

A propósito de dos casos

Dado que la moral distingue entre lo bueno y lo malo y la justicia entre lo lícito y lo indebido, sería lógico que ambas fuesen de la mano. Es decir, que lo justo debiera ser tan bueno como malo lo injusto. Pero la realidad de nuestro desordenado mundo demuestra lo contrario, pues el problema de la moral como código de comportamiento es que no hay una sino varias, por lo que el mismo hecho que a unos les parece aceptable puede resultar inadmisible a otros. La pena de muerte, el aborto, la eutanasia o la clonación son ejemplos de cuestiones generadoras de apasionados debates morales que nunca nos pondrán de acuerdo a todos. Pero la sociedad necesita dotarse de normas de convivencia, o saber a qué atenerse al menos, y para esto se inventaron las leyes: para definir lo oficialmente bueno y malo. En democracia, las leyes las promulgan los grupos políticos hegemónicos de acuerdo con su particular moral programática, a la que se adherirá su electorado ideológicamente afín. Así que, en muchos casos, una ley significa la imposición de la moral de un grupo a los demás. Dar muerte a seres humanos indefensos como en la pena capital o el aborto, por ejemplo, es legal en unos Estados pero no en otros, lo que ensancha el abismo entre lo lícito e ilícito y entre lo bueno y lo malo y confirma que no existe una conciencia humana sino muchas, incluso opuestas. Para los defensores de la eugenesia, por ejemplo, es correcto eliminar al feto aquejado de “fallos cromosómicos o anomalías del desarrollo causantes de enfermedades o deformidades”. Pero escuchando el estupendo jazz del ya desaparecido Michel Petrucciani, un pianista aquejado de osteogénesis imperfecta cuyo metro escaso de estatura le obligaba a trepar al taburete y tocar con el teclado a la altura del esternón a tres palmos de los pedales, o al sensacional barítono privado de brazos por la talidomida Thomas Quasthoff disfrutando y emocionando con su hermosa voz, la fronteras entre lo bueno, lo malo, lo justo y lo inicuo se desvanecen ante la grandeza humana encerrada en estas admirables personas a quienes la ley permite liquidar aprovechando su absoluta indefensión cuando todavía son embriones, no ya de magníficos artista sino de personas felices con su vida.

Si se pudiera identificar en el seno materno a los futuros asesinos, terroristas, torturadores, pederastas y demás malvados criminales, el aborto eugenésico quizá tendría justificación como estrategia de mejora de una especie tan necesitada como la humana. Pero negarles la vida sólo a los físicamente imperfectos o incompletos es lo que hacían los nazis.

Malicia en el país de las resonancias

Según la Fundación Kovacs (institución científica privada especializada en dolor vertebral), de las ¡960.000! resonancias magnéticas nucleares (RMN) de la columna lumbar que se realizan cada año en España, hasta el 28% -en el caso de dolor no extendido a la pierna- son “injustificadas”. La investigación, efectuada con 602 pacientes explorados en 12 centros públicos y privados de ocho autonomías, concluye: un dispendio de 25 millones de euros (244 de media), más exploraciones inapropiadas en el sector privado (17%, con una demora de 5 días frente al 7% con 36 días de la pública al cabo de los cuales puede desaparecer el dolor de la pierna) y, dado que las RMN revelan hasta lo que no duele, un riesgo disparado (400%) de intervención quirúrgica innecesaria. La publicación ha alborotado el mundillo de la lumbalgia. Mientras los prescriptores rechazan el estudio por sesgado y la patronal médica sermonea con el correcto uso de los recursos frente a los recortes, Kovacs invoca la medicina complaciente o defensiva de los médicos y, maliciosamente, inmorales incentivos a los que trabajan en el sector privado (la gran mayoría de los cuales también lo hacen en el público) como causas de la situación.

Como prescriptor de resonancias opino que la clave del asunto es definir se «inadecuación». ¿Qué es una RMN injustificada? Si que de su realización no derivará una mejora mejoría clínica del paciente, el porcentaje sería del 95%. Porque escuchar y explorar al paciente siguen siendo lo más importante en su diagnóstico y tratamiento, aunque cada vez se confía más en la tecnología que en la experiencia del médico. Pero si el criterio fuese el derecho del paciente a conocer el estado de su columna lumbar (o su rodilla o su cráneo) ante un dolor que le amarga, preocupa o limita, estarían justificadas todas. Es verdad que los médicos solicitamos bastantes pruebas ante la presión de pacientes que no pararán hasta que alguien lo haga (resulta menos penoso cumplimentar la petición que intentar convencer de la inadecuación basada en la evidencia, hacerlo de entrada puede ser lo menos costoso, en el ámbito privado el «para eso pago» tiene más fuerza y la actual doctrina sanitaria define «calidad» como satisfacción del cliente/paciente). O para protegernos de la denuncia por mala práctica al no haber detectado la imagen que provocó la intervención lo más probable inadecuada. Pero nunca por una comisión, como insinúa este experto en tratamientos privados innecesarios (el 98% de las lumbalgias o se curan solas o no tienen cura) que el año pasado recibió un millón de euros públicos para aplicar terapias tan «milagro» como grapar lomos con la misma base científica que el vudú.

Desde la barrera, aquí todos somos Manolete. Por lo menos.

Donde nunca pasa nada

Estos son los hechos: a finales de 2012 la revista Interviú denunció que el presidente de La Rioja poseía un chalet ilegal en Villamediana de Iregua. Según esta publicación especializada en presuntos escándalos y destetes suculentos, Pedro Sanz habría convertido la casilla de aperos de una finca rústica (por tanto no urbanizable) en una vivienda de dos plantas y 176 metros cuadrados tras varias «reformas» aprobadas por Ayuntamientos gobernados antes por el PSOE y después por el PP, actualmente con apoyo del PR+. A remolque de la información, la oposición municipal liderada por el PSOE (más IU y UPyD) hace suya la denuncia y exige una investigación. El debate llega al Parlamento riojano, en cuyo primer pleno de este año Sanz se quejó de que en Villamediana hubiera muchas irregularidades pero sólo hablaran de la suya, y sugirió al Ayuntamiento que redactara un Plan de Ordenación Urbana que «regule» las construcciones irregulares (la del presidente y otras situadas en el mismo sector). Dicho Plan, que «legaliza» las viviendas, fue aprobado la semana pasada con los 6 votos de los ediles del PP más el «coherente» del UPyD y el indisciplinado del PR+.

Y estas son las interpretaciones que muchos riojanos extraen del affaire: en esta región habrá cientos de chalés (algunas auténticos casoplones) edificados en parcelas rústicas, «irregularidad» que significa violar la ley y defraudar al fisco. Los ayuntamientos pueden hacer tres cosas al respecto: ordenar su derribo, sancionar al infractor o la vista gorda, que es lo más frecuente y lo que se hizo durante lustros con la urbanización ilegal de Villamediana. Pero cuando la prensa sensacionalista publica el asunto, a la oposición no le queda otra que denunciarlo. El gobierno municipal reacciona proponiendo urbanizar el suelo con carácter retroactivo y los ediles populares, con la colaboración necesaria, aprueban una amnistía urbanística (y fiscal) que no se hubiera producido sin el chivatazo a Interviú, y que zanja el aprieto del presidente beneficiando de paso a sus encantados vecinos de irregularidad. La rebelión del concejal del PR+, en fin, se utiliza para desviar la atención de lo realmente grave y escandaloso que la calle sospecha: un impúdico apaño politiquero con talante de cacicada.

Conclusión: pagar a doblón suelo urbano para construirse una casa con todas las de la ley (y todos los impuestos) es de tontos pudiendo hacerlo en una huerta que con el tiempo puede convertirse en parcela urbana con efecto retroactivo, sobre todo si está próxima a la de un personaje lo bastante poderoso.

En las democracias de verdad dimiten ministros por mucho menos, pero aquí sigue sin pasar nunca nada. De eso

Frente al espejo

En los últimos treinta y cinco años he suscrito cuatro préstamos hipotecarios y en ninguno, que recuerde, fui secuestrado a punta de pistola por un comando bancario compinchado con agentes de la propiedad inmobiliaria que me arrastraron hasta una notaría para obligarme a firmar un contrato leonino bajo amenaza de apretar el gatillo. Fui yo quien se entrampó solito, pidiéndole al banco más dinero del que ganaría en muchos años, con el compromiso de devolverlo en cientos de cómodos plazos. Quien firmó la escritura sin retorcerme el otro brazo, sabiendo: que el interés y por tanto la cuota podrían variar, o sea subir; que si no pagaba, el banco aplicaría un interés usurario además de una comisión que agrandarían la deuda; que a partir del tercer impago podrían iniciar una reclamación judicial y de seguir sin pagar, el banco solicitaría al juez la ejecución de la hipoteca; que entonces tendría que abandonar mi vivienda para venderla en pública subasta y que, si no se vendiese o lo obtenido con la venta no saldase la deuda -sin poder dar la vivienda como pago- el banco podría embargar más bienes míos o de mis avalistas. De modo que si no devolvía el préstamo me quedaría en la calle, pero encima debiéndoselo al banco y, para colmo, ingresando en un fichero de morosos a disposición de las entidades bancarias que significaría mi muerte prestataria.

Por suerte, nada de eso ha sucedido en mi dilatada trayectoria hipotecaria, y deploro las dramáticas consecuencias que la crisis está acarreando a tantas familias españolas que no pueden seguir pagando su vivienda. Pero no entiendo algunas reacciones organizadas de víctimas, de la crisis y de la Ley Hipotecaria, sí, pero también de sí mismos y de su voluntaria decisión de endeudarse casi de por vida por una vivienda en propiedad, presentándose ante la sociedad como “afectadas por las hipotecas”, como si resultaran de una plaga infectocontagiosa o de una catástrofe natural, tan imprevisibles como ajenas a su responsabilidad. Menos aún comprendo su acoso a políticos y sus familias, curiosamente siempre del mismo partido, cuando en la solicitud, tramitación, concesión, formalización y, en su caso, ejecución de un crédito hipotecario intervienen banqueros, notarios y jueces pero nunca diputados, consejeros o concejales. Si es porque son ellos quienes pueden cambiar las leyes que regulan hipotecas y desahucios, lo es desde hace decenios y cada año se producen decenas de miles de dramáticos desalojos de familias insolventes sin que a nadie parezca haberle importado hasta ahora. Quizá tendría más sentido montar esto de los escraches ante el banco, el juzgado, la inmobiliaria o, puestos a exigir responsabilidades, frente a ese espejo en el que nos miramos tan poco por miedo a descubrirnos.

La venganza de Arrio

Arrio (256-336) fue un sacerdote cristiano de Alejandría que negaba la naturaleza divina de Jesucristo. Dispuesto a zanjar las polémicas religiosas que desunían su Imperio Romano de Oriente, en 325 Constantino convocó, financió y acogió en Nicea (actual Iznik, Turquía) el primer concilio “ecuménico” (universal). Trescientos obispos (sólo cuatro de Occidente y ninguno el de Roma) fueron tratados a cuerpo de rey hasta imponer por aplastante mayoría un Credo con las creencias oficiales que todavía rezan los creyentes en misa. Las más apasionadas discusiones “bizantinas” debatieron la definición del dogma fundamental de la teología católica: la Trinidad, inagotable fuente de disidencia y, por tanto, de herejías como el arrianismo. Acabó imponiéndose la tesis de la homoousía o misma sustancia compartida por las tres personas distintas de la divinidad y Arrio, que en una acalorada muestra de odium theologicum fue derribado de un puñetazo por el obispo Nicolás de Bari (futuro Santa Claus o Papá Noel) fue excomulgado, declarado hereje y desterrado, y sus obras fueron destruidas.

Para no coincidir con la judía, Nicea determinó también que la Pascua cristiana se celebrara el domingo siguiente al primer plenilunio posterior al equinoccio de la primavera boreal. Tan caprichosa decisión explica que las fechas de la Semana Santa oscilen hasta cinco semanas, lo que en Educación obliga a reordenar agendas, programas de estudios y fechas de evaluación para adaptarse a la anacrónica celebración de una efeméride religiosa, y la hostelería, el turismo, la industria y la sociedad entera hayan de programar su actividad según caiga la semana de Pasión. Sorprende que un mundo tan desarrollado y tecnificado como el actual siga aceptando la alteración de su ritmo de funcionamiento por un acuerdo de obispos bizantinos en el siglo IV. Según los expertos, una excesiva duración del segundo trimestre laboral y escolar trastorna el funcionamiento de una sociedad compleja, acarrea un aumento de las jaquecas, el estrés y las depresiones entre la población y provoca una caída en la productividad tanto laboral como académica. Para más inri, en Semana Santa siempre hace mal tiempo. Los entendidos niegan el supuesto influjo de la luna llena y consideran típicamente primaveral una lluvia que año tras año nos hace a todos la Pascua frustrando escapadas familiares, expectativas hosteleras y desfiles procesionales. Que éste no es un Estado laico lo demuestra el que diecisiete siglos después nuestro calendario civil siga marcado por festividades religiosas y dogmas católicos como el que condenó a un Arrio cuyo espíritu errante parece vengarse aguando siempre la fiesta nicena que lo condenó.

En breve

Se ahoga en un bache. Desafiando el aguacero, un grupo de amigos prejubilados de la banca realizaba su paseo matutino por el Camino Reviejo de Alberite cuando echaron en falta a uno de ellos. “Aún tenía próstata y se paraba mucho”, explicó su portavoz, pero tardaba demasiado y cuando se volvieron a buscarlo hallaron su cadáver flotando en un enorme cráter inundado en pleno asfalto. “Bajito era, pero lo peor es que no sabía nadar”, apostilló. La Unidad de Socavones del Ayuntamiento de Lardero colocará un letrero advirtiendo del peligro.

Se declara en huelga de hambre por la rotonda de Vara de Rey. Una señora de mediana edad asidua del Teléfono del Lector lleva diez días sin comer como protesta por la inminente ejecución de la nueva rotonda de Vara de Rey con el soterramiento dichoso. “Es horrible, a medida que se acerca la obra ni duermo ni descanso, esto acabará conmigo”, asegura. Tras el fracaso del apoyo psicológico que le ofreció, el Ayuntamiento de Logroño intentará poner fin a su incómoda protesta poniéndole delante una caparronada de Anguiano con todos los sacramentos.

Otegui rechazó el indulto de Semana Santa. Aprovechando la costumbre de liberar a un preso de la prisión de Logroño por Semana Santa, el Gobierno pretendió solucionar una de las principales “consecuencias del conflicto” liberando al sortudo líder proetarra. La Cofradía de las Siete Palabras aceptó la propuesta a regañadientes, pero cuando Otegui supo que debía participar esta tarde en la procesión del Cristo Yacente con el característico capirote verde replicó que sólo saldría del Palacio de Justicia tocado con la chapela negra sobre capucha blanca de los portavoces de la banda.

Haro reivindica un puesto en el Consejo de Seguridad. En una carta dirigida al Secretario General de la ONU, Ban Kia-poon, el Ayuntamiento de Haro, crecido con la sede de la exposición “La Rioja, Tierra Abierta” (para hincar Alta Tensión en Viñedos Históricos), ha exigido convertirse en miembro permanente del Consejo de Seguridad. “Si están París y Londres, nosotros también”, declara con orgullo el alcalde. Asuntos Exteriores se ha apresurado a aclarar a Ban Kia que son “cosas de Haro”.

Bici-taxis solidarios para Arnedo. Ante el “insostenible despilfarro” del autobús urbano de Arnedo (120.000 euros de gastos y 13.000 de ingresos) el Ayuntamiento ha decidido suprimirlo. Y en respuesta a las críticas de la oposición, que reclama “coherencia” en la gestión, el alcalde anunció la adquisición de una flotilla de bici-taxis modelo “Shangai” que pondrá a su disposición y a la de todos los arnedanos defensores del traslado gratuito de escolares y mayores por el pueblo. “No gastan, no contaminan y mantendrán en forma al filántropo”, asegura.

La madre del cordero

En la actual etapa democrática de nuestra historia pueden distinguirse varias fases: Transición, Consolidación, Degeneración y la siguiente que sólo puede seguir dos caminos: Involución o, esperemos, Regeneración. Que en Biología significa “reconstrucción reparadora de un daño tisular” pero en Sociología “cese de conductas o prácticas reprobables desde un punto de vista social o moral”. Es un tipo de reparación privativo de los seres vivos, porque arreglar una máquina averiada, restaurar un edificio arruinado o desagraviar una ofensa son tareas de terceros, pero lo característico de los organismos celulares es su asombrosa capacidad de reparar por sí mismos los tejidos lesionados. Así que a esta España tan enferma por el cáncer galopante de la corrupción que no para de sembrar metástasis en todos sus aparatos, órganos y sistemas, no la salvan ni Bruselas ni Obama ni Francisco. La urgente regeneración moral de esta plaga de conseguidores, mangantes, sinvergüenzas, vendedores y vendidos sólo puede emprenderla el propio cuerpo social, por dañado que esté. Y ello exigiría, de vértice a base: la sustitución del Jefe del Estado; la dimisión o cese de todos los cargos públicos presuntamente implicados en casos de corrupción, sin esperar a una sentencia que los condene sino en cuanto sean imputados o simplemente acusados de ilicitud, pues ya basta de utilizar la inmunidad como impunidad y la presunción de inocencia como escudo de la indecencia; la devolución con intereses de las abusivas indemnizaciones blindadas, dietas y demás apropiaciones indebidas por gobernantes, banqueros, consejeros de administración y demás depredadores, sin perjuicio de sus responsabilidades legales. Y la desaparición de la vida pública de personajes indignos, veteranos o recientes. Es un escándalo que, lustros después, un vicepresidente del Gobierno dimitido por amparar chanchullos continúe calentando escaño o un ex ministro de un gobierno que amparó el terrorismo de Estado lidere la oposición, pero también que personajes como Mato, Barberá, Mas, Pujol, Barcina, Blanco o Griñán continúen en sus puestos. Sin salir de casa, nuestro Presidente Sanz daría una excelente lección de regeneración política e higiene democrática dimitiendo tras reconocer en el Parlamento una infracción urbanística. Pero no lo hará, argumentando que sólo en ese pueblo hay “setecientas” como la suya sin que hayan ido a por ellas. Y esta es la madre del cordero corruptor:  que en este país la irregularidad es una práctica tolerada por generalizada, o viceversa. Que burlar la ley es casi cultural. Que la ética ha muerto. Que el umbral de lo considerado ilícito es muy alto, Y que si se supera, no passsa nada.

La Rioja

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