La Rioja
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La venganza de don Pedro
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Fernando Sáez Aldana | hace 9 horas| 0

«Quítenle a su teatro el humor; desnúdenle de caricatura, arrebátenle su ingenio satírico y facilidad para la parodia, y seguirán ante un monumental autor de teatro». El elogio es de don Ramón María del Valle-Inclán hacia don Pedro Muñoz Seca, quien, como otro dramaturgo español, Federico García Lorca, vilmente asesinado en el infausto 1936 por escribir cosas como el «Romancero de la Guardia Civil española», fue vilmente asesinado el mismo año en Paracuellos del Jarama por escribir cosas como «La oca (Libre Asociación de Obreros Cansados y Aburridos)», «Anacleto se divorcia» y otras sátiras contra la República. La diferencia es que el primero está mitificado y nunca pararán de buscar sus restos mientras que el segundo estaría olvidado de no ser por «La venganza de Don Mendo», esa divertidísima obrita elevada a la categoría de clásico del teatro español. Y, por supuesto, que a nadie le importa dónde estén sus huesos.

Don Mendo, ya saben, es víctima de una traición y cuando todos lo daban por muerto reaparece para consumar su venganza. Igualico que don Pedro Sánchez, defenestrado en su día por la nobleza y rehabilitado ahora por el proletariado puño en alto. Creo que la clave de su victoria sobre la baronesa andaluza fue la gran promesa electoral que lanzó pocos días antes de las primarias: «Mi primera decisión si soy reelegido Secretario General será pedir la dimisión de Rajoy». Ya está. Ese es todo su programa. Hoy, como antes de su deposición (de deponer), seguimos ignorando sus ideas para combatir la amenaza yihadista o la sublevación independista catalana, reducir el paro, mejorar los salarios y las pensiones y demás tonterías de las que debería ocuparse un aspirante a gobernar el país. Su único objetivo político es echar de la Moncloa a don Mariano Rajoy, algo que deseamos incluso los que jamás lo votaremos a él para que le suceda. El renacido Sánchez ha regresado del exilio ulterior a su derrota como Napoleón cuando escapó de la isla de Elba y trató de recuperar el poder perdido. El intento duró los famosos cien días, al cabo de los cuales sus enemigos le dieron definitivamente para el pelo en Waterloo. Como no se atrevían a cargárselo, volvieron a confinarlo en otra isla pero esta vez perdida en medio del Atlántico, de la que no regresó, mientras su imperio se desmoronaba y Francia restauraba la monarquía.

En todo caso a Sánchez le deseo un final más parecido al de Bonaparte que al de don Mendo, quien tras vengarse de los que quisieron destruirlo acaba apuñalándose («Sabed que menda es don Mendo y don Mendo mató a menda») como remate final de una astracanada en la que, como en este pesoe, muere hasta el apuntador. Políticamente, claro.

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Cuando el pescado apesta
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Fernando Sáez Aldana | 18-05-2017 | 05:12| 0

Dígase claro: el Partido Socialista Obrero Español y el Partido Popular, por este orden cronológico, están corrompidos. Los escándalos de corrupción del PSOE en los últimos años del felipismo acabaron con su hegemonía política aunque millones de personas también siguieron y siguen votándolo a pesar de su corrupción, no tan pasada: en el feudo andaluz es institucional. Luego llegaron los populares y demostraron que en este país el que no pilla es porque no puede, y que las mayorías absolutas ayudan bastante. Los escandalosos casos de corrupción del PP, sobre todo en su feudo madrileño, han provocado más indignación que los del PSOE por haberse perpetrado en los duros años de la crisis, cuando la gente lo pasaba peor. La diferencia entre ambos regímenes corrompidos es que al PP no han logrado echarlo del poder y que Rajoy, que debería haberse ido a casa hace mucho tiempo, sigue ahí tan pichi, fumándose un puro, presumiendo por el mundo de sus hazañas macroeconómicas que no mejoran las microeconomías de tanto trabajador mal pagado, tanto joven sin futuro y tanto anciano en la miseria.

Ambos partidos, pero sobre todo el PP, han cometido dos clases de corrupción: la partidista y la personal. La segunda es la más obscena de las dos: sinvergüenzas con nombre y apellidos sin escrúpulos que aprovechan el poder para robar a manos llenas con una jeta que asusta por la impunidad con que debían de sentirse investidos. Pero la primera es aún más grave, porque la financiación delictiva de las sedes o de las actividades de un partido político, sobre todo sus campañas electorales, debería invalidar sus resultados y por tanto ilegitimar el poder que han ostentado y siguen ostentando, como y sobre todo en el putrefacto PP madrileño. Que después de los Bárcenas, Gürtel, Púnica, Lezo y demás ese partido siga gobernando allí es un síntoma de que no solo están en descomposición estos partidos sino esta democracia, y de que muchos pensarán que más vale lo corrompido conocido que lo nuevo por corromper, máxime si asusta.

Como antes en Italia y ahora en Francia, puede que el socialismo español se encamine a la desaparición, con ayuda del suicidio asistido. El popularismo de momento parece que aguanta, apuntalado por su marca naranja para que no se derrumbe, y con la tranquilidad de ser el único país europeo importante sin un partido fuerte que te coma votos por la ultraderecha, al estar inmunizado tras una larga dictadura fascista. Pues sería una pena e incluso un drama que PSOE y PP desaparecieran, pero cuando un pescado huele mal, por mucho que nos guste y nos haya costado una pasta, no lo comemos. Lo tiramos. Bueno, menos en Cataluña. Allí parece que les gusta aunque esté podrido hasta la raspa.

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Solución final
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Fernando Sáez Aldana | 17-05-2017 | 06:36| 0

Los eufemismos sirven para suavizar palabras que definen una dura realidad, pero algunos son más atroces todavía. Un ejemplo es la «solución final» como los nazis denominaron al exterminio de seis millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Sarcasmos de la fonética, el término alemán endlösung (solución final) se escribe y suena casi igual que erlösung (redención).

Bueno, pues tras las famosas «segundas elecciones» generales del año pasado, en las que Unidos Podemos Mermar perdió un millón de votos respecto a las celebradas seis meses antes, la entonces secretaria de Análisis Políticos, Carolina Bescansa, aseguró enrabietada que «si solo votaran los menores de 45 años, Iglesias sería presidente desde el año pasado». Puede ser tan cierto como que si sólo votásemos los mayores de 60 estaría tirado en una acera con el perro y la flauta, pero uno de los fallos de la democracia es que pueden votar incluso los más mayores de edad y aunque nunca lo hagan por ti. Al menos esta señora –que ya tiene 46– parece conformarse con retirarnos el voto a los nacidos antes que ella. Pero lean algunos truños verbales que cachorros de la jauría ultraizquierdista han expelido al respecto en las redes fecales:

 

– Hay que eliminar las pensiones a ver si los viejos la van cascando y porfin (sic) el PP deja de robar.

– Ojalá se mueran todos los putos viejos de mierda que votan al PP.

– Qué ganas de que pasen 20 años y se mueran los putos viejos que siguen votando al PP.

– Haber (sic) si recortan todo en sanidad y todos los viejos se mueren ya y el PP se queda sin putos votantes de mierda.

– Putos viejos de mierda y catetos de pueblo votando al pp, siguen hipotecando nuestro futuro, a ver si la palman ya.

– Lo mismo en 20 años podemos echar al PP cuando todos los putos viejos fachas se mueran.

– Viejos votando al brexit, viejos votando al PP… yo veo claro donde está el problema.

 

El problema, para estos finos analistas políticos y exquisitos demócratas, es que los «putos viejos de mierda» no sólo tenemos derecho al voto sino que, según ellos, se lo damos todos al Partido Popular. La solución, por tanto, es clara: que nos muramos todos, por si acaso (con 63 para 64 me doy por incluido en esa abyecta categoría de ciudadanos). Para eliminarnos, de momento, proponen medidas de genocidio pasivo como privarnos de pensión y asistencia sanitaria, aunque como estos descerebrados poseídos por el odio y la gerontofobia conquisten el poder son capaces de resucitar las cámaras de gas como solución final al problema de la puta vejez pepevotante mierdosa. Pero no caigamos en el error de entrar al trapo de su provocación. Sólo son una panda de niñatos desagradecidos malhablados. Unos mamarrachos. Parásitos. Nazis. Cascomierdas. Nietoputas.

 

 

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Homo enmerdans
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Fernando Sáez Aldana | 17-05-2017 | 06:36| 0

El mismo día de la semana pasada este diario se hizo eco de dos denuncias formuladas por lectores sobre el mismo asunto: la suciedad de las vías públicas, tanto rústicas como urbanas. La primera queja aparecía en la sección Cartas al Director bajo el título «Logroño, más sucio», y sobre la porquería esparcida por las aceras de la capital riojana su autor especulaba de este modo: «Desconozco si se trata de una consecuencia de la crisis, si es responsabilidad de la empresa adjudicataria del servicio y si se debe achacar a la negligencia del concejal de turno». La segunda protesta, ilustrada con una elocuente imagen, fue recogida por el Teléfono del lector y se refería a la basura depositada fuera del contenedor instalado en un transitado camino rural, «para solaz de canes y vergüenza del Ayuntamiento responsable de semejante desidia».

No puedo estar más de acuerdo con el diagnóstico de estos denunciantes, porque salta a la vista, pero también más disconforme con las causas de la guarrería esgrimidas por ambos. Va a resultar que la culpa de que las aceras, plazas, parques y caminos rurales estén sembrados de envases, colillas, cáscaras, envoltorios, chicles, cagarrutas, latas, botellas, gargajos, meadas, vomitonas, condones o tampones la tienen los ayuntamientos, las empresas de limpieza, las crisis o el sursum corda, pero nunca los innumerables guarros y guarras que andan enmerdando la ciudad y sus aledaños. Qué quieren, ¿un barrendero detrás de cada marrano maleducado recogiendo lo que vaya arrojando al suelo? Los únicos culpables de utilizar las calles, y no digamos los contenedores como vertederos, son quienes lo ensucian. La solución de esta lacra, por tanto, no es aumentar unos dispositivos de limpieza que siempre serán insuficientes con tanto incívico suelto.

La primera medida debe ser preventiva: educar al futuro cochino desde lechón, y no solo en la escuela sino sobre todo en casa, inculcándole que mantener limpios los espacios públicos es una norma básica de convivencia y respeto a los demás, además de evitar cuantiosos gastos a los contribuyentes. Ahora bien, ante el empuerque consumado sí debería actuar el concejal de turno, pero no el que gestiona la limpieza sino la policía, porque si un agente se encuentra con un vehículo un poco subido a la misma acera donde un perrazo está soltando un zurullo como una butifarra ante la desidia de su amo, adivinen a por quién se tirará. Sólo saben instalan radares móviles ¿Para cuándo el guarradar?

(Es curioso: en este país no hay entorno más respetado, silencioso y acicalado que el cementerio. A español muerto, la limpieza al rabo. Pero al vivo, venga ruido y mucha mierda.)

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Buses
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Fernando Sáez Aldana | 27-04-2017 | 04:33| 0

Aunque lo parezca no es lo mismo propaganda que publicidad. Los folletos de supermercado que atascan nuestro buzón, las cuñas radiofónicas y los anuncios en el periódico o la tele animando a consumir no son «propaganda» sino publicidad. La propaganda también persigue «vender», pero ideas o creencias, no cosas. Buen ejemplo es la propaganda electoral, con la que los partidos pretenden colocarnos promesas que nunca cumplen a cambio de nuestro voto. Las campañas electorales son tan insoportables como inútiles porque no cambian la intención de voto de la gente, pero al menos duran poco. Dos semanas cada cuatro años se pueden soportar, aunque entre europeas, nacionales, autonómicas y locales son muchas más.

O duraban. La tendencia actual es hacia la campaña electoral permanente. Los partidos –e inevitablemente los medios– ya no se conforman con bombardearnos de manera inmisericorde durante catorce días con cuñas, pasquines, papeletas ensobradas y ese insufrible tono histérico mitinero con el que los candidatos arrancan el aplauso de los suyos. Ahora los vamos a tener todo el año dando la barrila pero con una novedad: el autobús-anuncio como vehículo de propaganda rodante.

Tras la repercusión mediática del autobús del pitilín y la pocheta, los estrategas de Podemos han pensado que es mejor idea que el buzoneo del falso folleto de Ikea, ejemplo de propaganda disfrazada de publicidad, que como tantos otros iba a la basura sin hojearlos. De habérseles ocurrido hace dos años hubiesen fletado el Castabús, pero como ya forman parte de la Casta han tenido que inventarse otra conspiración enemiga, la Trama, y por ahí van, tan contentos, denunciándola con su Tramabús.

Como esto cuaje ya veo las ciudades colapsadas por el tráfico de buses propagandísticos visibilizando sus mensajes, como, por ejemplo, los Noesnobús, Patxibús y Susibús evitando coincidir en el mismo barrio. O el Soberabús de los secesionistas catalanes, con uno de los faros un poco torcido, cuyo gasóleo es el que quiera trasvasarle el Cupbús, un peligroso microbús que siembra el caos al no respetar stops, rotondas ni semáforos; el Pepebús, financiado por una constructora a cambio de la concesión de una autopista ruinosa que habrá que rescatar; el Bildubús, un bus turístico secuestrado a punta de pistola de las de verdad y tuneado para la ocasión; el Ciudabús, desorientado por un GPS de los que te acaban metiendo en Bonicaparra, la caravana de Mareabuses (verde, blanca, roja, naranja), el arcoirisado Lgtbibús… Pero sin duda el más peligroso será el Alabús, en realidad un obús lanzado por un yihadista con renta de ciudadanía y tarjeta sanitaria contra una aglomeración de infieles en zona peatonal. Los otros, al menos, no matan. De momento se conforman con autocar las narices.

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Una extraña obsesión
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Fernando Sáez Aldana | 20-04-2017 | 04:40| 0

Una de las falacias más utilizadas en la tergiversación es la conocida como post hoc ergo propter hoc, que significa: (ha sucedido) después de esto, luego (ha sido) a consecuencia de esto. Ejemplo: tomé un brebaje elaborado con hojas de ciprés y al rato cedió mi jaqueca; ésta, por tanto, se fue por ingerir la pócima. Pero tal presunta relación causa-efecto es absolutamente falsa. No hay evidencia científica de que la hoja de ciprés sea eficaz contra la migraña. Ambas cosas simplemente se sucedieron en el tiempo, y habría que saber si beber semejante porquería no retrasó un final de la cefalea programado para esa tarde. La medicina proporciona innumerables ejemplos de esta falacia: muchas mejorías (y empeoramientos) se atribuyen erróneamente a terapias aplicadas con anterioridad, algunas no tan inocentes como una infusión.

Otro ejemplo: según la DGT, 175 personas perecieron en 2015 en España en accidentes de tráfico por no llevar puesto el cinturón de seguridad. A ver. Esas víctimas A) no llevaban abrochado el cinturón y B) perecieron en accidente. Pero, ¿B es la consecuencia directa de A? Imposible saberlo. Si sufrieron un infarto mortal mientras conducían, se despeñaron por un barranco, cayeron a un pantano o fueron aplastados por un camión es discutible que no llevar puesto el cinturón fuera la causa de la muerte. Es más: de los 1.126 muertos por accidentes de tráfico en 2015, solo el 15% (175) no llevaban puesto el cinturón. Volviendo el argumento como un calcetín, como el 85% sí lo llevaban podría concluirse que es mucho más peligroso abrochárselo que no.

Sofismas estadísticos aparte, aunque no se pueda evaluar con rigurosa exactitud el efecto positivo del «cinturón que salva vidas» en un accidente, es razonable aceptar que tal efecto existe. Pero, ¿justifica la histérica persecución policial desplegada contra quienes cometan el horrendo crimen de circular sin ajustarse el cinturón? La manía persecutoria de la DGT ha llegado al extremo de salir con cámaras especiales y hasta con helicópteros a cazar conductores que olvidan atarse al asiento o deciden no hacerlo porque les agobia. Pues allá ellos. Ejercen la misma libertad individual que quienes deciden seguir fumando aunque el tabaco cause nueve de cada diez cánceres de pulmón. Decenas de miles de personas mueren al año por fumar, soplar o estar gordos, no moverse del sofá y untarrear salsas, frente a, concedamos unas docenas, por no abrocharse el cinturón. ¿Por qué al mismo Estado que actúa como sobreprotector con estos se la sopla que enfermen o la palmen aquellos? ¿Alguien entiende esta extraña –y quizá enfermiza– obsesión institucional por el puñetero cinturón de seguridad? ¿Eh?

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Fijos sí, vitalicios no
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Fernando Sáez Aldana | 13-04-2017 | 05:33| 0

En el mundo laboral público la interinidad es el desempeño de un puesto de trabajo con carácter transitorio en sustitución de su propietario ausente por permiso, enfermedad u otras causas, o como refuerzo eventual de la plantilla cuando hay exceso temporal de demanda. Pero, al menos en el sector que conozco bien, se ha abusado sistemáticamente de este recurso ofreciendo contratos eventuales para atender necesidades permanentes, un fraude laboral masivo que ha dejado a miles de trabajadores en la aberrante situación de permanecer hasta décadas en situación de interinos. Además de la incertidumbre sobre su futuro, el abuso de encadenar contratos precarios ha supuesto una discriminación del interino respecto al fijo al soportar la misma responsabilidad pero sin disfrutar derechos como el cobro de trienios y vacaciones o la indemnización por extinción del contrato (en el sector privado lo llaman despido).

Dicho esto, al fin parece que hay voluntad política para acabar con esta perversa situación que sólo en nuestra mínima Comunidad afecta a 1.700 interinos que podrían pasar a fijos mediante el oportuno ­­—y malo, pero esto para otro jueves—proceso de adjudicación. Los sindicatos se han apresurado a asegurar que la «mayor estabilidad en el empleo redundará en un servicio de mayor calidad para el ciudadano», y uno estaría de acuerdo si el contrato fijo del trabajador de la empresa pública estuviese, como el de la privada, sometido a la misma legislación laboral ordinaria. Pero a los sanitarios, docentes o judiciales interinos no los van a hacer fijos sino vitalicios, es decir, poseedores hasta su muerte laboral de una plaza «en propiedad», lo cual, a mi juicio, es al menos tan indeseable como mantenerlos durante años contratados mes a mes. Obtener por oposición una parcelita del Estado sabiendo que será tuya hasta la jubilación y percibiendo el mismo salario sin importar lo excelente, regular o malamente que la trabajes, pues no hay evaluación del desempeño por competencias en esta gigantesca empresa carente de gestión de recursos humanos, créanme, no mejora la calidad de ningún servicio.

Acabar con el abuso de la interinidad era una excelente oportunidad para iniciar el necesario cambio de un modelo funcionarial de la función pública tan rígido e ineficiente ofreciendo contratos laborales fijos tanto a los actuales interinos como a los futuros incorporados al sistema, respetando los derechos adquiridos de los estatutarios. En cambio, los tecnócratas que nos gobiernan se disponen a subsanar una lacra laboral perpetuando otra mucho peor. Una pena.

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Oficios en extinción
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Fernando Sáez Aldana | 06-04-2017 | 03:56| 0

Los tiempos cambian y con cada época desaparecen ocupaciones humanas a medida que van perdiendo su utilidad. Así, en el último medio siglo han ido extinguiéndose oficios como guarnicionero, talabartero, colchonero, sereno, telefonista, aguador, carbonero, limpiabotas, afilador, hojalatero y una larga lista de trabajos ya inexistentes o en vías de serlo. La causas principales son: el progreso tecnológico que lo ha mecanizado todo, una sociedad de consumo de usar y tirar lo que se estropea, el cese de la actividad a la que servían o la transformación de sus antiguas funciones y tareas en otras.

En nuestros días también están desapareciendo oficios que en una o dos generaciones acabarán tan olvidados como lo son ahora los de costurera, soguero, hilandera, pregonero, nodriza o peón caminero. He aquí unos ejemplos:

Encofrador: su trabajo consistía en preparar unos moldes de metal o madera que rellenaban de hormigón para levantar las vigas que formaban el armazón de las viviendas, en la época en que éstas se construían en España.

Caravistero: era el encargado de levantar después los muros de las citadas viviendas apilando ladrillos a cara vista, de ahí su nombre. Unos y otros se extinguieron por la llamada precisamente «crisis del ladrillo».

Parlamentario: antiguamente era un señor bien vestido, educado, culto, diplomático y con dotes de oratoria, que se dirigía al Parlamento con un lenguaje políticamente correcto. Hoy en España apenas quedan ejemplares, sustituidos por tipos y tipas mediocres afectados de sectarismo, falta de ideas, crasa ignorancia, lenguaje tabernario, grisura intelectual e incluso indumentaria de mamarracho.

Cartero: antes cuando querías decirle algo a alguien que estaba lejos le escribías una carta que un empleado de Correos transportaba en una saca hasta el buzón del destinatario. Hoy en día recibir una carta es para echarse a temblar. Ya no contienen noticias de la familia, los amigos o declaraciones de amor sino, mayormente, amenazas legales de esbirros del Estado.

Estibador: así denominaban al jornalero encargado de cargar y descargar en el puerto. Hoy es el distinguido miembro de un gremio monopolista de creación franquista que puede ganar más que un profesor o un médico y transmitir su privilegio vitalicio a quien quiera, con patente de corso otorgada por la izquierda.

Escolta de amenazado por ETA: arriesgaban su vida protegiendo la de potenciales víctimas de los matones etarras y ahora se quedan en la calle sin alternativa. Con la cantidad de gente que hay necesitada de protección contra maltratadores, porteros de discoteca, tuiteros facciosos, piquetes «informativos», peatones logroñeses cruzando pasos de cebra, compañeros de partido, Bildu, los Cañamero, la CUP…

 

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RIPF
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Fernando Sáez Aldana | 30-03-2017 | 05:16| 0

Es su cumpleaños y decide convidar a su familia en un restaurante. Cuando pide la cuenta el camarero le requiere el DNI y lo introduce en un datáfono. No, no es para comprobar su tarjeta de crédito. El chisme está conectado con una base de datos de Hacienda que al instante sentencia el tipo impositivo del IVA que aplicarán a su cuenta según su nivel de renta. Como usted gana equis, pagará el 35%. En otra mesa unos amigotes celebran ruidosamente lo que sea y a la hora de pagar el que menos ingresos declara de todos pide la nota. Como gana la mitad que el padre de la familia contigua, su comilona se grava «solo» con un 15%. Es decir: cada mordisco al chuletón y cada lingotazo de crianza le sale más caro al mayor contribuyente, como premio. Esto no es hacienda ficción. Aparte de que cualquier día puede ser realidad, ya sucede con el Padre de Todos los Impuestos, el de la renta de las personas físicas (IRPF), cuya campaña de terror tributario comienza la próxima semana.

Ya saben qué un impuesto progresivo. Si usted gana 100 paga a Hacienda 10 (es un ejemplo). Si gana 1.000 y le aplican la misma tasa, el 10%, pagará 100, o sea diez veces más, y esto ya es «que pague más quien más tiene», de sobra, ¿no? Pues no. Si gana 1.000 le aplicarán el 20%, si 2.000 el 30% y si 4.000, el 40%. Es decir, le confiscarán el dinero que haya ganado con el sudor de su frente y en función de la formación superior requerida para desarrollar su trabajo o de la alta responsabilidad que conlleve su ejercicio. Y es que el «Estado cleptocrático» expropia más donde más puede, en virtud del sacrosanto principio colectivista de la «justa redistribución de la renta», que «los socialistas de todos los partidos» (Hayek), incluso los conservadores (¿hay algo más tonto que un socialista de derechas?), aplican sin rechistar. Y una mierda. La progresividad del IRPF será cualquier cosa menos justa. La virtuosa «solidaridad», obligatoria hasta la persecución, y por tanto falsa, a la que apela el Estado para justificar el expolio fiscal, es el envoltorio sentimental de una voracidad impositiva coactiva e insaciable que se está cargando las clases medias para financiar un gasto público desbocado y un déficit insoportable. Un año más, comienza la campaña: ya es primavera en la Agencia Tributaria. ¿IRPF? Más bien, RIPF: requiescat in pace, familia. Pero no quejarse, de momento todos pagamos lo mismo por un menú del día. Además, tenemos más AVE, más aeropuertos, más universidades, más gobiernitos y parlamenticos, más gestores despilfarradores o mangantes y más subvenciones que nadie, y todo ello cuesta un pastón público que ya saben de dónde sale: de los bolsillos privados.

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Ladrones
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Fernando Sáez Aldana | 23-03-2017 | 06:06| 0

Todo ciudadano honrado atesora el dinero que, en virtud de una maldición bíblica, ha de ganar trabajando. En el mismo instante en que surgió la propiedad privada, cuando un ser humano obtuvo su primera moneda, apareció otro con intención de arrebatárselo. Robar quizá sea la segunda actividad humana más antigua, después de codiciar. Así que, durante toda su vida, el individuo con más o menos dinero en el bolsillo no dejará de exponerse a que alguien le meta la mano para quitárselo.

Básicamente hay dos modos de afanar los cuartos ajenos: el robo y la sustracción. El primero implica violencia y es propio de los ladrones ilegales, denominados delincuentes. Sustraer, en cambio, es mangar sin violencia, de forma oculta o fraudulenta. Existen dos variedades de sustracción: una ilegal (desfalco, fraude, apropiación indebida y demás) y otra, que es a la que voy, perfectamente legal. En España, el robo legítimo (no es un oxímoron: robar es quitarle a alguien lo que le pertenece) lo perpetran sistemáticamente Grandes Ladrones: el mayor de todos es el Estado, Alí Babá indiscutible, a través de sus redes de extorsión estatal, autonómica y local, y a cierta distancia las grandes empresas dispensadoras de servicios que a los ciudadanos no nos queda otra que contratar: la banca y los proveedores de electricidad, gas y telecomunicación.

Sólo para enumerar las meteduras de mano en el bolsillo particular que este formidable hampa nos propina de manera continuada necesitaría varias páginas. Por su contumacia, o su actualidad citaré, por ejemplo, el choriceo bancario a costa de las comisiones y sobre todo de las hipotecas: multidivisas, cláusulas suelo, gastos de formalización (entre los que destaca el impuesto de Actos Jurídicos Documentados, ejemplo de comensalismo institucional de carroñeros impositivos), el cobro de plusvalías municipales en ventas de inmuebles con pérdidas o los de cantidades fijas aunque no consumas nada de agua, luz, gas o teléfono, y la insoportable persecución del automovilista a multazos. Con todo, el mayor latrocinio es la cantidad de impuestos con los que el monstruo tricefálico de la Administración nos devora, ante todo para financiar su propia existencia y dilapidar después lo que sobre en lo que se les ocurra, en lugar de dejar las perras en la cartera de sus propietarios para que se las gasten en lo que quieran.

Luego que el español (además, ya saben, de mujeriego y alcohólico) es un pícaro que en cuanto puede engaña al fisco, lo que lo convierte en algo mucho peor para el pensamiento único impuesto por el régimen socialdemócrata: insolidario. Cuando el hombre solo se resiste a que los ladrones le sustraigan, en legítima defensa.

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