La Rioja

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El Bobadilla y el Talgo
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Fernando Sáez Aldana | 16-03-2017 | 06:19| 0

La perversa costumbre de no llamar a las cosas por su nombre por desagradable o duro que resulte, aplicada a lo que pasa en Cataluña, está escribiendo todo un capítulo en la floreciente historia del eufemismo en España.

¿Recuerdan el «conflicto» vasco? Pues ninguna de las tres acepciones de esta palabra era aplicable a lo que estaba sucediendo, a saber: (1) Oposición o desacuerdo entre personas, salvo que lo fuera porque muchas se oponían a que las extorsionaran, secuestraran o asesinaran; (2) Guerra o combate derivados de una rivalidad prolongada, porque los rivales compiten por lo mismo y aquí unos agredían y otros sufrían, y (3) Situación en que hay que decidir entre varias opciones, porque sólo había una: derrotar a la bestia terrorista.

En Cataluña llaman ahora procés a la delirante iniciativa unilateral de convertir esta región del reino de España en una república independiente. Sin duda es un «proceso», o conjunto de fases sucesivas de algo, sólo que todas vulneran las leyes vigentes en el país al que, mal que les pese, pertenecen. La segunda palabrita más utilizada por esta panda de traidores sinvergüenzas es «desconexión», con el resto de España se entiende. Palabra que significa (1) Interrupción del funcionamiento de un aparato o sistema al cortarle el suministro de energía (¿de verdad quieren eso?) y (2) Falta de relación o unión entre varias personas o cosas, lo que, como sabemos, nunca sucede si uno no quiere. Y la penúltima frivolidad semántica respecto a lo que en realidad es una grave crisis institucional y un auténtico golpe de estado no armado, es esa tontería del «choque de trenes», descriptiva de lo que puede suceder cuando las capacidades de rebelión y desobediencia de unos y de incompetencia de otros se agoten.

Desde luego, la colisión de dos trenes a gran velocidad puede ocasionar una tragedia de dimensiones catastróficas, pero dependiendo de qué trenes estemos hablando. No será lo mismo el choque entre dos mercancías impulsados por mastodónticas locomotoras a 140 por hora que entre un moderno Talgo y aquél trenillo de vía estrecha que recorría los 33 kilómetros entre Haro y Ezcaray en hora y media, al que los jarreros bautizaron «Bobadilla» por la poca cosa que les parecía comparado con los trenazos de verdad que pasaban por la estación del Norte. Así veo esto del choque de trenes como metáfora de la colisión institucional entre un Estado poderoso y una de sus comunidades, por muy autónoma que sea. De manera que, si el Bobadilla del secesionismo catalán no descarrila antes por exceso de velocidad y finalmente se produce el encontronazo será desagradable, sin duda, pero mucho menos si se viaja en el Talgo.

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Libertad de chicha y nabo
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Fernando Sáez Aldana | 09-03-2017 | 06:16| 0

Amigos lectores, en septiembre me caerán los sesenta y cuatro y a estas alturas de la novela me resbala lo que piensen o digan de mí a cuenta de mis opiniones publicadas en este su diario. Uno es insolente desde pequeñito y el paso del tiempo te enseña que, cuando eres joven, tu insolencia genera un fuerte rechazo que se va diluyendo  hasta desaparecer casi a las puertas de la tercera edad, lo que permite deducir que lo intolerable no era que fueses insolente sino joven.

Ustedes saben que servidor no profesa el credo católico y menos los de las religiones no verdaderas. Pero, como he confesado en varias ocasiones, no sólo respeto profundamente a los fieles creyentes sino que los envidio porque la fe les hará más soportable, digo yo, su penoso tránsito por el lacrimoso valle de la existencia terrenal. Desde este respeto hacia el sentimiento religioso de los devotos practicantes, que no es más que una faceta del que merece toda opinión o creencia siempre que no hiera, indigne o moleste, me repelen numeritos como el que montó la denominada Gala Drag Queen de Las Palmas en los pasados carnavales. El espectáculo fue considerado blasfemo con razón por muchas personas ofendidas en su sentimiento religioso, pero reconozcamos que estos tipos, o lo que sean, ejercen su derecho a expresar cualquier mamarrachada que se les pase por la neurona… siempre que no traspase la raya de la legalidad.

Y a eso voy. Resulta que un va un juez y ordena retirar de la circulación madrileña un autobús por publicitar que los niños tienen pene y las niñas vulva. Mi primera perplejidad al respecto es que alguien gaste dinero en proclamar tamaña evidencia, abrumadoramente cierta desde un punto de vista estadístico, y la segunda, que tal «mensaje» pueda llegar a considerarse una provocación e incluso un delito, nada menos que «de odio». Entonces, ¿qué son una Virgen-drag desnudándose y un Cristo-drag contoneándose en la cruz? Imagino otro cartel proclamando que «el varón insemina y la mujer gesta, pare y amamanta, que no te engañen» y me pregunto de nuevo, primero, qué sentido tendría promocionar semejante perogrullada, y segundo, cómo puede resultar no ya ofensiva sino delictiva, pero no un sacrilegio perpetrado en público por individuos, dicho sea de paso, con todo el derecho a transportar en la entrepierna lo que gusten. Es la Ley del Embudo aplicada a la libertad de expresión: unos pueden expresar lo que quieran, aunque pueda ofender a muchos, pero otros no, aunque moleste a pocos y además sea cierto.

Bueno, pues ahora ya pueden algunos tildarme de meapilas, retrógrado, transexualófobo o lo que les salga de la chicha o el nabo. Como dije al principio, me la refanfinfla. En nada, sesenta y cuacho.

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No es país para Borbones
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Fernando Sáez Aldana | 02-03-2017 | 06:28| 0

Históricamente, los mejores alzamientos contra la autocracia, las revoluciones de verdad, son las que se cargan violentamente al tirano. Al rey Carlos I de Inglaterra, por ejemplo, su deriva absolutista le costó la cabeza (magnífica su flema cuando al dar un traspié subiendo al patíbulo susurró: «Dicen que tropezar trae mala suerte»). La misma mala suerte que correrían Luis XVI y María Antonieta de Francia, el zar Nicolás II de Rusia y su familia, el emperador Maximiliano I de México y ya en nuestros días, déspotas como Ceaucescu, Sadam o Gadafi. En España nunca nos atrevimos a linchar al o la monarca; nos conformamos con mandar al exilio, uno sí uno no, a esta dinastía bumerán de los Borbones: siempre que los echas acaban volviendo.

Sobre las ejecuciones del Estuardo en 1649 y de los Capeto siglo y medio después, las crónicas coinciden en que tras los regicidios las respectivas chusmas regresaron a sus casas sumidas en una especie de silenciosa depresión colectiva. Al parecer, la exhibición de las cabezas cortadas de sus monarcas chorreando sangre no les proporcionó satisfacción, gusto o regocijo sino sentimiento de culpa parricida. Y todos continuaron tan infelices o miserables como antes de los descabezamientos, corolario aplicable a las post revoluciones rusa, libia o mexicana.

Viene esto a cuento de las ganas que el moderno populacho español, «la gente», le tiene a la hermana lista de Felipe VI; de su frustración por no verla entre rejas al ser absuelta en un proceso, según los entendidos en jurisprudencia, impecable. Juicio al que fue sometida sólo por la acusación particular de un sindicato sinvergüenza cuyo capo sí está en la cárcel por corrupto. Me libraré de defender a la infanta Cristina porque me asiste la misma aptitud que para atacarla: ninguna. Pero en este país de sabidillos sin estudios, de sentenciadores sin juicio, de millones de catedráticos de Derecho Penal, doctores en Medicina y másteres en Loquesea por la Universidad de Google, qué chorra más dará la opinión de los expertos. La chusma siempre está ávida de sangre, si es azul mejor, aunque un tribunal de verdad absuelvan a su reo. Aquí la Justicia – a cuyas resoluciones llaman fallos– sólo es justa si el veredicto gusta. Y no gusta que, tras ser condenada en sumario proceso popular, una Borbón se salve de la guillotina chascarrillo-mediático-retículosocial y abandone el banquillo «de rositas», aunque sea cabizbaja y sin el apoyo entusiasta de incondicionales tan estúpidos que te vitorean aunque estés acusado de defraudar al fisco, o sea de robarles. Para esto tienes que apellidarte Messi, Neymar o Ronaldo. Pero Borbón, mal asunto. A ésta, al menos no habrá, que echarla. Ya está exiliada.

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Democraciosis
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Fernando Sáez Aldana | 23-02-2017 | 05:22| 0

Pretendía un título inédito para mi reflexión pero todas las palabras que se me iban ocurriendo: democratismo, democracismo, democratosis, democracitis o democranoia ya han sido utilizadas. Es mi deformación profesional la que me permite ofrecer hoy el estreno mundial de un neologismo: democraciosis. En Medicina, el sufijo –osis expresa «anomalía, proceso patológico, enfermedad»: artrosis, arterioesclerosis, neurosis, cirrosis. Y la reflexión va de la morbosa deriva que en un país con tan corta experiencia democrática ha tomado el concepto de democracia. Así, democraciosis podría definirse como «proceso degenerativo que afecta a la democracia». Un mal típico de sociedades salidas de largos períodos autocráticos, caracterizado por brotes incontrolados de reacciones pseudodemocráticas autoinmunes que atacan a todo el cuerpo electoral con la patológica tesis de que, como la democracia consiste en votar, votemos cuando y lo que nos dé la real gana.

Huelga explicar qué entendemos en Occidente por democracia. Solo resaltaré que los procesos de toma de decisiones por el colectivo que sea, la nación, cualquier institución o asociación, o una comunidad de vecinos, debe ajustarse a unas reglas de juego que todos deben aceptar. Por tanto, el llamado «derecho a decidir» es nulo si se ejerce al margen de la legalidad, norma suprema de convivencia, y acusar de no democrático al poder que impide votar lo invotable es, menudo bucle, profundamente antidemocrático. En una democracia todas las ideas y aspiraciones son legítimas si se conducen por la senda de las leyes que obligan a todos. Por lo tanto no debería alarmar que ciudadanos de Cataluña, La Rioja o El Bierzo aspirasen a convertir su región en un Estado independiente, por delirante que sea. Pero sí que lo pretendan desobedeciendo leyes y sentencias, sacando a la calle urnas ilegales para que los ciudadanos ejerzan su inexistente derecho a decidir algo tan indecidible como sería no pagar impuestos, por aplastante que fuese la mayoría de votos favorables. Los derechos han de estar sustentados por leyes aprobadas por los representantes de todos los ciudadanos de un estado soberano. Eso es la democracia. Lo otro es democraciosis, grave sociopatía que es preciso combatir con todos los tratamientos disponibles aprobados, aun los más drásticos, sin miedo a los posibles efectos adversos. No se trata el cáncer negociando con las células malignas sino aplicando las terapias más agresivas antes de que sea demasiado tarde. Ya sé que la aburrida opinión de un columnista de provincias no cuenta mucho al respecto. Pero, y lo contento que estoy con mi nueva palabrita, qué.

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La Casa de los Cuentos
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Fernando Sáez Aldana | 16-02-2017 | 07:14| 0

Ahora que la ruina originaria de la futura Casa del Cuento logroñesa se ha derrumbado quizá sea el momento de replantearse el proyecto. El coqueto chalé construido hace casi un siglo para casa de campo finalizó su vida útil como colegio público infantil, bautizado «Vuelo Madrid-Manila» en recuerdo de la hazaña aeronáutica cuyo prestigio mundial no parece suficiente para salvar de la memoria histérica al general riojano Eduardo González Gallarza, el héroe de la gesta (1926) que fue Ministro del Aire con Franco.

La Casa del Cuento, uno de los proyectos estrella del Ayuntamiento, pretende ser «un contenedor cultural pensado para incentivar la afición a la lectura entre los más pequeños pero que al mismo tiempo impulsará las relaciones intergeneracionales». Pero, tras el desplome de lo que sólo era fachada, desde la cutre zona cero del parque Gallarza surgen nuevas iniciativas: que si para niños, que si para mayores, que si para todos, que si para nada. A mí me gusta la idea de una Casa del Cuento, pero no pensando en el infantil o el literario sino en el que define el diccionario como embuste, chisme o engaño, el tipo de cuento al que aluden expresiones como «menos cuento», «dejarse de cuentos», «es un cuento chino», «echarle mucho cuento», «vivir del cuento» o «tener más cuento que Calleja».

Con esta perspectiva semántica, propondría un Centro de Interpretación del Cuento destinado sobre todo a los jóvenes, más expuestos a que les vengan con cuentos sobre la vida que les aguarda. La exposición, guiada por voluntarios de la ONG Mayores Desengañados, abarcaría áreas temáticas como El cuento de la Realización, con paneles sobre la Educación y la Formación, el Trabajo, la Familia, el Sueño hecho Realidad, la Vivienda en propiedad, el Coche, el Consumismo y demás obstáculos a la auténtica felicidad; El cuento de la Trascendencia, dedicado a las creencias en Dios, la Religión, el Alma, el Espíritu, la Vida Eterna y demás mitos consoladores de la nada; El cuento del Bienestar, o sea de la Vida Sana, el Ejercicio Físico, la Salud, la Prevención, la Regeneración, la Felicidad, el Merecido Descanso, las Pensiones y tal; El cuento de las Libertades, que abordaría el Estado de Derecho –a todo–, la Soberanía, la Independencia, la Nación, la Democracia, la Justicia, la Igualdad, la Derecha y la Izquierda y otras solemnes patrañas. Y como colleja final en la nuca del joven moviladicto, El cuento del Progreso de la especie humana, imparable, pero hacia cotas de estupidez autodestructora que parecían insuperables.

Lo que es impulsar las relaciones intergeneracionales se impulsarían, aunque se me antoja poca Casa para tanto Cuento.

 

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El Gran Mono en su jaula
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Fernando Sáez Aldana | 09-02-2017 | 06:23| 0

«Todo hombre decente se avergüenza del gobierno que lo rige»

(Henry-Louis Mencken)

 

Quizá sea pronto para certificarlo pero se acumulan los indicios de que Donald J. Trump es un peligro planetario. Desde luego, que el presiente de la primera potencia sea incompetente en el fondo y zafio en las formas no augura nada bueno para nadie. Muchos incrédulos se preguntan cómo es posible que semejante patán haya conquistado la cima del poder mundial, pero la respuesta es desoladoramente obvia: porque ha sido elegido en unas elecciones democráticas, aunque con peros: casi la mitad de los electores no votaron y la Clinton obtuvo tres millones de votos populares más que Trump, quien resultó elegido con el voto de un exiguo 27% del censo electoral. Sólo uno de cada cinco estadounidenses y de cada cuatro con derecho a votar lo hicieron por este magnate que ofrece una de las caras más duras del poliedro populista.

Este hombre es tan mal político que, lejos de olvidarse de las promesas electorales que le dieron la presidencia, las está cumpliendo con atropellamiento, lo que demuestra que en los mítines no trataba de engañar, y eso hay que reconocérselo. Pero, si su gestión resultara tan desastrosa como promete, la culpa no será tanto suya como del sistema que primero permitió a este individuo presentarse a las elecciones y después ganarlas con la cuarta parte de los votos posibles. Me gustaría saber cuántos de los cien millones de electores que el 8 de noviembre se quedaron en casa lamentan ahora tenerlo de «comandante en jefe».

No discutiré que el sistema democrático siga siendo el menos malo pero aquí y allá adolece de graves fallos que pueden volverlo incluso peligroso para los ciudadanos, entre los que destacaría la manifiesta incompetencia de muchos aspirantes a gobernar y que encima puedan ser elegidos por una gran minoría. El primero se enmendaría exigiéndoles superar una prueba de idoneidad para el cargo (proceso que debería comenzar en las elecciones de candidatos por sus partidos) y el segundo obligando a la gente a votar, de modo que nadie pudiera gobernar sin el apoyo de la mayoría del censo electoral. Ello quizás invalidaría la penosa pero tantas veces acertada cita que encabeza este artículo. Mientras no sea así, y actualizando otra reflexión que el agudo Mencken nos dejó hace ya un siglo, la democracia seguirá siendo el sistema de gobierno en el cual el pueblo, pudiendo optar entre 240 millones de ciudadanos, muchos incluso inteligentes, eligen presidente a un Donald Trump. O, lo cito textualmente, «el arte y la ciencia de dirigir un circo desde la jaula de los monos».

 

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Il ritorno di Pedrusco in Babia
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Fernando Sáez Aldana | 02-02-2017 | 05:24| 0

(Secuela de la opereta Il Sorpasso)

 

Don Mariano della Casta (bajo), ya Archiduque de Génova

Sor Aya (soprano), su larga mano derecha

Pedrusco «il Cansinoesno» (tenor bastante dramático) depuesto jefe de los Ferrazzi

Paolo «il Coletto» (tenor spinto), caudillo de los indignati, cabreati, disperati

Erregionino «L’imberbbe» (voz blanca), pupilo de Paolo

Susanna (soprano ligera), Baronesa de la Bética

Pacci «Camaleone», intrigante, ex virrey de Basconia

El Vizconde de La Junquera (bajo obstinado), traidor Vicevirrey del Principat

Barones, sicarios, traidores, militantes, anticapitalistas, rufianes, indignados, la gente.

 

Acto I.

Tras un año de asedio a la fortaleza de los Casta,  ferrazzi partidarios de la baronesa Susanna levantan el sitio tras defenestrar al empecinado cabecilla Pedrusco que, arteramente aconsejado por su escudero Pacci, emprende el exilio (Aria «Compagni e compagne, e’stato un orgoglio»). Reforzado con la vuelta a casa por Navidad de su bastardo Bertino, Don Mariano recupera el control del Archiducado (Cavatina «Ora mi fumo un puro») mientras los indignati, cabreati, se repliegan a sus cuarteles de infierno donde se entregan a todo tipo de excesos (Cuplé bufo «Zuppame la minga Susanna, che mi viene la ganna»).

 

Acto II.  

La frustración por no conquistar el poder rompe a los indignati. El joven Erregionino se rebela contra su mentor mientras radicales anticapitalisti infiltrados amenazan con destruir la facción (Coro «¿Rivoluzionari? Voi siete nenazze!».

Sin cabeza, el clan de los Ferrazzi se desangra en un conflicto intestino, bastante grueso desde la violenta deposición de Pedrusco. Los otrora incondicionales del ahora llamado «il Cansinoesno» por su contumacia le vuelven la espalda y hasta su fiel Pacci «Camaleone» lo zancadillea cuando intenta regresar (Arioso «Prende pugnalata trappera, capuglio!»), mientras Susanna permanece agazapada en su baronía (Romanza «Quehto non è il momento, arma mia!»).

Para combatir la revuelta separatista del Principat, Casta envía a Sor Aya, mal vista por el Vizconde de la Junquera, con un arma temible (Recitativo y aria «Trema, furfante!.. Un dialogo leale e sensibile»).

 

Acto III.

En la refriega de Vistallegra sicarios de Paolo liquidan al piccolo Erregionino poniéndole cicuta en la leche (Nana «Caro bambino, prende il biberonino»). La guerra civil de los Ferrazzi se precipita. Ignorado por los barones, Pedrusco solivianta a sus partidarios, los feroces milittanti, y emprende una marcha sobre su antiguo castillo (Coro «C´è acqua in piscina!»). Pacci sale a su encuentro en plan conciliador (Arioso «Era uno scherzo, tonto!») pero es aplastado por la chusma. La baronesa moviliza sus huestes y se hace fuerte esperando el ataque, que logra repeler. Abandonado por todos, Pedrusco pone rumbo al reino de León, donde el ex caudillo Zetapero le ofrece asilo en su feudo de Babia (Dúo «Addio Ferrazze, addio ciollo divino!»).

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Doble sentido común
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Fernando Sáez Aldana | 26-01-2017 | 06:24| 0

Hay una serie de televisión titulada «Mil maneras de morir» que ilustra las más extrañas y estúpidas formas de cascarla que se pueda imaginar. En verdad, las causas de morir en el momento y del modo más inesperados son incontables, pero las más frecuentes en nuestro privilegiado entorno son la vejez, la enfermedad y el «accidente» que mata violentamente a un individuo sano contra su voluntad. Habrá también mil clases, pero el accidente por antonomasia, el que más merece la atención de autoridades, medios y opinión pública, es el de tráfico. No importa que durante un fin de semana perezca más gente por caídas accidentales o hábitos insalubres; los noticiarios solo darán el preceptivo parte de «siniestralidad vial», o sea los muertos y heridos en las carreteras. Y es que, aunque estemos tan acostumbrados, la imagen de dos vehículos que han chocado, reducidos al inevitable «amasijo de hierros», sigue impactando. Tan trágica manera de morir visibiliza de un modo brutalmente espectacular la fragilidad de la existencia humana segada de un modo tan absurdo como, casi siempre, evitable.

El caso es que últimamente en La Rioja parece que sólo hubiera o preocupara una manera de morir: de colisión en el tramo riojano de la carretera nacional de Vinaroz a Santander, la célebre N-232. Ni siquiera en otras vías de la provincia: solo en la «fatídica» enedostredós. La satanización de esta carretera ha llegado al descerebrado extremo de calificarla en las redes como «asesina en serie cuyos cómplices son los políticos». Cuando, como sabemos, las principales causas de los accidentes son las distracciones, el exceso de velocidad, no respetar la distancia, el cansancio, guiar bajo efectos de drogas o alcohol y, sobre todo, las imprudencias. Para viajar a Haro siempre uso la autopista (gratis con Vía-T) pero el otro día se me ocurrió volver de noche por la N-232 y en tan corto trayecto fui objeto de varios adelantamientos temerarios por potenciales homicidas incapaces de chupar rueda pacientemente el tiempo que haga falta y que al final son esos pocos minutos por los que se juegan la vida pero poniendo en grave peligro la de los demás.

Hay mil maneras de morir, pero pocas achacables a una recta de carretera en perfectas condiciones y bien señalizada, y demasiadas al constante peligro que supone la circulación de tanto vehículo deficiente y, sobre todo, de tanto conductor imprudente o capaz de cometer un error fatal en cualquier momento, aunque sea gratis total circular por la vecina autopista. Reivindicación que también apoyo, faltaría más, igual que una autovía Foncea-Alfaro y otra Logroño-Soria. Pero, mientras tanto, no imputemos al doble sentido nuestra falta de sentido común.

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Inexorable maldición
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Fernando Sáez Aldana | 19-01-2017 | 05:10| 0

Hay tres clases de medicamentos: los beneficiosos, los peligrosos y los inútiles. Las categorías no son excluyentes (muchos inútiles e incluso beneficiosos son además peligrosos) y cada una comprende un tercio de los miles de fármacos comercializados por una de las industrias más siniestras, mafiosas, inmorales, corruptoras e insalubres del planeta: la farmacéutica (IF). Si esta aseveración les parece fuerte, ojeen «Medicamentos que matan y crimen organizado», de Peter C. Gotzsche, «Mala farma» de Ben Goldacre, «Los inventores de enfermedades» y «Medicina enferma» de Jörg Blech, «¿Somos todos enfermos mentales?» de Allen Frances o «Sano y salvo» de nuestro Juan Gervás, y leerán lo que es bueno.

Aunque el sector de la IF ocupe el tercer lugar en la economía mundial, tras el armamento y el narcotráfico, es el más mortífero de los tres. Sus prácticas reiteradas incluyen «extorsión, ocultamiento de información, fraude sistemático, malversación de fondos, violación de las leyes, obstrucción a la justicia, falsificación de testimonios, compra de profesionales sanitarios, manipulación de la investigación, alienación de la práctica médica, divulgación mediática de falsos mitos, sobornos a políticos y funcionarios y corrupción de la administración del estado y de los sistemas de salud. El resultado: cientos de miles de muertes cada año por efectos adversos de fármacos que no era necesario tomar» (J-R. Laporte). Y aquí, además, con la generosa financiación del Estado. España es el segundo país consumidor mundial de fármacos y uno de los que más dinero público derrocha en sufragar incluso los inútiles y/o peligrosos. La causa principal es que los médicos mantenemos hipermedicada a la población, anciana sobre todo, beneficiando menos a su salud que al inmenso negocio de la poderosa IF.

Con su ocurrencia de rascarles el bolsillo a los pensionistas como única idea brillante para atajar este complejo problemón, la ministra de Sanidad revalida una maldición desplegada sin interrupción por sus ¡veinte! predecesores desde 1976, con figuras de la talla de Sancho Rof, Griñán, Villalobos, Pajín y, toma recochineo, Mato: la ineptitud para el cargo.

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Preferible la muerte
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Fernando Sáez Aldana | 12-01-2017 | 05:22| 0

Había una definición de «segundo» que los automovilistas cabales aprobarán: tiempo que tarda el bobochorra de atrás en tocarte el claxon desde que se pone verde el semáforo (aunque algunos virtuosos de la bocina floja logran reducir este lapso a la décima parte). Todo para acabar unos metros más adelante perpetrando el recadito en doble fila y al que venga detrás que le den por delante. Pero los tiempos, no es que cambien, incorporan nuevos vicios conductuales sin renunciar a los viejos, y esta acumulación de lacras sociales acabará convirtiendo la difícil coexistencia urbana ­en insoportable. Un colega me propone esta nueva definición del «instante»: lo que tardan o en sonarle «el pu(ñe)t(er)o móvil» al paciente desde que entra en su consulta o en ponerse a toquetearlo su acompañante desde que se sienta.

Con un 95% de moviladictos, España es el país con más teléfonos portátiles del mundo, fenómeno responsable de un síndrome sociopatológico que podríamos denominar «Hipercomunicación frívola superficial permanente». Este auténtico cáncer social consiste en mantenerse continuamente conectado en red con otros afectados para intercambiarse mayormente mensajitos tontos o intrascendentes, chismes, meme(ce)s, videos graciosillos y demás chorradas, una auténtica pandemia de trivialidad propagada con eficacia acertadamente calificada de viral. El cáncer es un crecimiento desordenado de células que invade y destruye un tejido, en este caso el social. En tal sentido, resulta más acertada la denominación «celular» del teléfono móvil, porque en sentido figurado «cáncer» significa también «Mal que destruye o daña gravemente a la sociedad o a una parte de ella y es difícil de combatir o frenar», lo cual es aplicable a esta moviladicción universal.

Si un alienígena superior nos visitara de incógnito seguramente le asombraría descubrir una raza tan dependiente que es incapaz de vivir, no sin una víscera interna tan vital como el corazón o el hígado, sino sin un aparatito electrónico ajeno a su organismo, cuyo funcionamiento exige a cada espécimen utilizar ambas manos y lo que le quede de autonomía cerebral, y que los mantiene paradójicamente aislados de su entorno inmediato mientras se comunican con el remoto.

Puede que la causa de estar siempre dale que te pego al guasap o al feisbuc sea nuestro arraigado hábito de abusar de lo que es o nos parece gratis. Unos céntimos por cada mensaje innecesario y por cada reenvío de ocurrencia chistosa o de video bueníssimo bastaría para frenar la compulsiva necesidad colectiva de compartirlos. Dicen que renunciar al esmarfón te condena a la muerte social. Pues a lo mejor es preferible suicidarse tirándolo al Ebro que participar en la agónica degeneración de una sociedad que ha convertido la comunicación en un insufrible coñazo.

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