La Rioja
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El delincuente aclamado
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Fernando Sáez Aldana | 21-06-2018 | 05:18| 0

Hace una semana al periodista valenciano Máxim Huerta lo dimitió de ministro de Cultura y Deporte el que lo puso cuando se enteró por la prensa de que había apoquinado a la Agencia Tributaria 365.939,85 euros, dos tercios de esa cantidad como deuda por tributación irregular, que no evasión ni ocultación de ingresos, y el tercio restante en concepto de interés y multa. La irregularidad (no declarar como persona física sino a través de una sociedad limitada unipersonal, menos gravada) era una práctica habitual entre la farándula hasta que Hacienda dejó de hacer la vista gorda para aumentar la recaudación.

Dos días después se hizo público que el futbolista portugués Cristiano Ronaldo había sido condenado por cuatro delitos fiscales a dos años de cárcel —que no pisará— y a pagar casi 19 millones de euros por fraude continuado a la Hacienda española. El tipo desvió al menos 150 millones a un paraíso fiscal para ocultar ingresos por derechos de imagen y cuando el difunto Montoro lo pilló le reclamó casi 15 millones de deuda, que tras un pleito se quedaron en solo 5,7. El resto hasta los 18,9 que el crack tiene que soltar es por intereses y sanciones, que para bucaneros que no se andan con chiquitas saqueando, los de la Agencia Tributaria.

Con 19 millones de euros se pueden construir diez bibliotecas, seis centros de salud, dos colegios o el kilómetro de AVE que joderá las viñas de Villarrica en San Asensio, por ejemplo. Y bien, ¿conocen a alguien que haya arremetido contra el Sr. CR7 por su insolidaridad o haya pedido su dimisión del Real Madrid y que a este delincuente fiscal le prohíban volver a jugar en España? Tras el escandaloso fichaje de Lopetegui por el llamado club merengue está claro que si a éste y a su todopoderoso presidente les falta algo son escrúpulos, pero es que ni siquiera aficionados de los eternos rivales del Madrid, ni la opinión pública ni por supuesto la «jauría» político-mediática que se cobra ministros en sus cacerías han osado meterse con un individuo al parecer intocable cuyo mayor mérito en la vida consiste en colar una pelota entre tres palos. En lugar de eso, el mismo día en el que conocieron la condena a este ídolo con pies de oro, millones de personas, incluidos aficionados españoles que anteponen su club a su selección, encumbraron sus hazañas futbolísticas aunque consistieran en golear a España. Ronaldo 3, Hacienda 1. Si seremos idiotas.

Machacar y estigmatizar al autor de un fraude leve y perdonar al de uno muy grave por ser quienes sean es injusto, inmoral y sintomático de una sociedad corrompida. No solo la conducta de los políticos debe ser ejemplarizadora. Se supone que el deporte ofrece valores positivos a la juventud y muchos más niños quieren ser de mayores más un Cristiano que un Huerta. Pues que no sea porque pueda delinquir sin despeinarse mientras lo sigan aclamando por marcar goles.

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Un bombón para el monstruo
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Fernando Sáez Aldana | 14-06-2018 | 04:56| 0

Los recientes acontecimientos políticos han reforzado mi escepticismo por la llamada democracia («gobierno del pueblo»), al menos tal y como se entiende y ejercita en España, donde más bien sigue vigente el «todo para el pueblo pero sin el pueblo» definitorio del despotismo ilustrado, con el agravante de que nuestros pequeños déspotas son bastante poco ilustrados.

Me asombra que un tipo al que ese pueblo presuntamente soberano no ha elegido y por tanto ni siquiera es diputado en Cortes pueda aparecer por allí y derribar a un gobierno democráticamente elegido. Será lícito pero no lo puedo entender. Es como si un pretendiente despechado irrumpiera en el banquete de una boda al que por supuesto no fue invitado y echase de una patada al novio para ocupar su lugar junto al amor de su vida, el poder, avalado por la aprobación de la mayoría de los convidados al banquete, entre ellos algún cuñado, para encima repartir la tarta nupcial sólo entre sus amigotes.

El golpe de parlamento con el que Sánchez ha echado a Rajoy para ponerse él debería animarnos a todos los ciudadanos a ver realizado el que por analogía con el sueño americano he llamado en otras columnas «la pesadilla española»: llegar a lo más alto desde la nada absoluta. Si se puede llegar a ministro no sólo desde el absoluto desconocimiento del sector sino incluso aborreciéndolo, un servidor podría ser ministro de Sanidad si no fuera, claro, porque mi condición de varón hetero con amplia experiencia en el ramo me deja prácticamente sin opciones.

Quienes ya hemos conocido docenas de gobiernos sabemos que la «admiración de la novedad» de la que hablaba Gracián siempre acaba en decepción, cuando no reprobación, porque esperar que el nuevo gabinete o la nueva ministra vayan a arreglar tus problemas o siquiera mejorarlos es ilusorio. La formidable maquinaria estatal es un monstruo siempre hambriento que para sobrevivir necesita engullir sin descanso ministros, subsecretarios, secretarios de Estado y directores generales, sin importarle si son competentes o ineptos, independientes o sectarios, de derechas o de izquierdas, legales o pillos, señores o señoras.

Este gobierno gestual de relumbrón y altos vuelos, insostenible con 84 diputados, le puede durar al monstruo lo que un bombón a un laminero, pero al pueblo soberano le da igual éste que el saliente que el siguiente. Los cambios de gobierno sólo afectan a los pocos miles que cesan o nombran. A los muchos millones que vivimos de nuestro trabajo qué nos importa, al final nunca pasa nada y si algo cambia será a peor. Todos los gobiernos y gobernados pasan pero siempre queda ese terrible Gargantúa del Estado que deglute apetitosos gobiernos para tarde o temprano defecarlos. De éste solo ha tardado una semana en soltar el primer cuesco.

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La gente corriente
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Fernando Sáez Aldana | 07-06-2018 | 05:11| 0

Quienes han vivido en un chalé aseguran que da dos alegrías: comprarlo y venderlo. En España, donde prima el hacinamiento urbano, la casita independiente en el extrarradio con piscina y jardín para delicia de niños y perro sin incómodos vecinos es el mito burgués del máximo bienestar por excelencia. De nada sirve advertir de sus muchos inconvenientes. Que necesitas coche para comprar, llevar a los niños al cole o acudir al trabajo; que cuidar el jardín y la piscina exige mucho trabajo para cuatro días de buen tiempo, y que una pareja deba invertir buena parte de las rentas del trabajo de toda su vida encadenados a una hipoteca a la que puede que no sobrevivan, mayormente él.

Para que encima venga un presunto antisistema y anticapitalista llamando ricos, especuladores o blanqueadores a los que habitan una vivienda independiente y en cuanto pueda haga lo mismo, naturalmente no para delinquir como ellos sino para fundar un confortable hogar. Aparte de la flagrante contradicción entre prédica y práctica, la pareja Iglesias-Montero ha caído de bruces en la trampa originaria de la burbuja inmobiliaria: en vez del recibo mensual del alquiler pagas el de la hipoteca y encima te haces con un patrimonio. Hace falta, claro, que un banco te preste medio millón de euros, pero dos buenas nóminas son suficientes si se dispone de un aval tan sólido como pertenecer a la casta política profesionalizada.

El alcalde de Cádiz, don José María González Santos, alias Kichi, ha liderado la crítica a sus jefes por entramparse para comprar el chalé alegando que así no vive «la gente corriente» a la que dice representar su partido. Mire, señor Kichi, a la gente corriente no le gusta apretujarse en 40 m2 como a usted. La gente corriente vive de forma tan corriente porque no puede hacerlo de otra manera. Incluso con un sueldo justito o una pensión miserable, mucha gente corriente se gasta un eurito diario sellando la apuesta que atiborre de millones su cuenta ex corriente para dejar de ser tan corriente y vivir a cuerpo de rey en un casoplón con jardín, piscina y haiga, aislado de esa peste de la gente corriente.

No se equivoque, Kichi: en cuanto han podido, su presidente y su portacoz han dejado de ser gente corriente y dos tercios de sus seguidores lo aprueban porque también querrían dejar de serlo y vivir como ellos. Lo siento por usted y sus podemitas ultraortodoxos con voto de apretura pero los españoles a los que ustedes llaman conservadores —y fascistas si te descuidas— porque tenemos una propiedad privada que conservar respiramos tranquilos. La revolución comunistoide con la que Iglesias nos amenaza cuando actúa ante las cámaras puede esperar, al menos los treinta años de la hipoteca. Y no se lleve mal rato, a la parejita ya sólo le queda una alegría. De dos.

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La doctora Martínez
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Fernando Sáez Aldana | 31-05-2018 | 09:31| 0

Hoy, como todos los días laborables desde hace décadas, la doctora Martínez ha madrugado para estar como un clavo a las ocho sin dar en su consulta del Centro de Salud. Nada más enfundarse la bata ha despertado al ordenador y al punto la pantalla le ha mostrado la agenda con los tropecientos pacientes que le hayan citado. Los conoce a casi todos y un rápido repaso de los nombres le revelará qué mañana le espera. Siete horas después regresará a casa, cansada después de escuchar tantos males y aconsejar tantos remedios, pero satisfecha por haber superado otro día más un trabajo que solo puedes soportar si te gusta.

La doctora Martínez es una de las y los médicos que día tras día revalidan a pulso un milagro asistencial en la sanidad pública española: la alta satisfacción de los usuarios de la Atención Primaria con los escasos minutos que el servicio regional de salud de turno les concede para atenderlos. El dato permite varias interpretaciones pero quedémonos con la más positiva: sólo es posible obtener un notable alto con profesionales tan buenos como la doctora Martínez y sus compañeros de centro, de todos los centros, de todos los servicios autonómicos de salud. Atender a tantos pacientes en tan poco tiempo y que la mayoría se vayan a casa —o a la farmacia— contentos e incluso agradecidos requiere habilidades que no se aprenden en la Facultad y sólo proporciona la experiencia.

Mañana es el último día de trabajo de la doctora Martínez tras cuarenta y dos años dedicada a «curar en ocasiones, aliviar con frecuencia, consolar siempre» durante los que siempre procuró atender a sus pacientes con honestidad profesional, buen hacer y una actualización de conocimientos hasta el último día. Su empresa podría estar atenta a un día tan especial como el último de trabajo de sus empleados y tener un detalle. Una simple llamada, una carta o, por qué no, unas flores con una notita: «Doctora Martínez, muchas gracias por su excelente trabajo exclusivamente dedicado a la Sanidad Pública y que disfrute muchos años de su merecida jubilación». Qué poco costaría y cuánto se agradecería. En cambio, abandonará mañana su consultorio como cualquier día, como si el lunes alguien no ocupara su lugar, como si en pocas semanas no cesaran las comparaciones y la gente, ley de vida, acaben olvidándola. Pero algo más valioso, el caluroso afecto de muchos pacientes y del personal del Centro, arropará su despedida.

Mañana la doctora Martínez abandonará para siempre el Centro con emoción tras miles de mañanas dando a sus pacientes lo mejor de su excelente práctica y mejor persona. Unas fueron mejores que otras pero ninguna peor que aquella en la que su amigo el doctor Narro no tuvo su suerte de salir de su consulta con vida a pocos meses del retiro .

A la doctora Martínez le espera ahora un jardín que regar y muchas mañanas para hacerlo. Felicidades, doctora.

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El desfile de mayo
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Fernando Sáez Aldana | 24-05-2018 | 05:37| 0

No solo las francesas del célebre soneto de Garcilaso. Todas las armas son odiosas. Tampoco hay guerras justas, legítimas o santas. Todas son igual de condenables, espantosas y perversas. Sobre todo las que enfrentan a compatriotas, a vecinos y a hermanos, de las que España exhibe un infalsificable currículo. La última finalizó el 1 de abril de 1939 y, a pesar de que «después de una batalla perdida, nada es tan triste como una batalla ganada» (Wellington), el 19 de mayo siguiente el ejército sublevado desfiló ante la tribuna del dictador para celebrarlo. Hasta 1964 el recordatorio anual de que el régimen se sustentaba en el ejército que ganó una guerra civil se celebró todos los mayos como «Desfile de la Victoria», pero a partir de aquél año sería «de la Paz» formando parte de la campaña propagandística de los «25 Años de Paz».

Tras la muerte del generalísimo, el desfile se recicló como acto principal del «Día de las Fuerzas Armadas», que ha continuado celebrándose todos los mayos por el centro de Madrid salvo excepcionales giras del carísimo espectáculo por provincias (reconozcamos que, molestias ciudadanas y dispendio aparte, que esa es otra, el escenario logroñés no puede ser más acertado: una calle cuyo nombre contiene las palabras general, vara y rey). Sorprende que antimilitaristas y memoriones históricos no digan ni mu ante una parada militar heredera directa del franquismo vencedor de una atroz guerra civil.

Pues, aprovechando que el ejército pasa por Logroño, un servidor manifiesta su rechazo, no por montar este desfile militar concreto sino cualquiera. Entiendo que frente a un ataque haya que defenderse y reconozco la labor de las fuerzas armadas españolas luchando contra el mal en el exterior o ayudando a la población civil en apuros. Pero en mi opinión nada justifica la exhibición callejera de armas mortíferas en un ambiente festivo. No discuto la necesidad de disponer de cazas, carros de combate, fusiles, lanzacohetes y fragatas. Pero su sitio es en el mejor de los casos el cuartel y en el peor el campo de batalla. Alardear en la calle de instrumentos bélicos destinados a provocar sufrimiento, destrucción y muerte, aunque sea en defensa propia, se me antoja desagradable por no decir impúdico. Y que la gente se estremezca de emoción bajo el ruido infernal de los aviones que aterrorizan a sus víctimas cuando llegan en serio, o sea a matarlos, no me parece sintonía del pueblo con sus fuerzas armadas sino pervivencia de una morbosa como frívola fascinación popular por los alardes militares en tiempo de paz. El verdadero espectáculo será ver por una vez Vara de Rey sin doble fila. Ha tenido que intervenir el ejército para lograr lo imposible. El año que viene, por el Paseo de Gracia. A ver qué pasa.

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Qué torra más da
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Fernando Sáez Aldana | 17-05-2018 | 04:28| 0

En las elecciones generales del 20 de noviembre de 2011 el Partido Popular obtuvo una victoria impresionante: el 44,63% de los votos, que le reportaron 186 diputados, 32 más que en las anteriores. El PP ganó en todas las provincias salvo en Guipúzcoa y Vizcaya (PNV), Lérida, Gerona y Tarragona (CiU) y Sevilla y Barcelona (PSOE, que se descalabró hasta los 110 escaños). Ni Ciudadanos ni Podemos existían entonces. Un reciente sondeo de intención de voto elaborado por Metroscopia (ajeno por tanto a la cocina del CIS) concede al PP el 21% y el segundo puesto.

Para un gran partido político tal caída de la confianza de los votantes en tan poco tiempo es tan catastrófica que en cualquier país con verdadera tradición democrática provocaría la dimisión de su líder y la renovación de su cúpula. Pero el señor Rajoy ahí sigue, imperturbable, como si el descalabro no fuese con él, dejando por el camino los cadáveres que haga falta y alegando los presuntos éxitos macroeconómicos de su gobierno como justificación de su aferramiento al poder.

Los casos de corrupción que han minado al PP no son la única causa de su derrumbe. También lo es su pésima gestión por el máximo responsable del partido, cuya táctica consiste en callar, no actuar y abandonar las cosas a su suerte. La gente puede entender que surjan problemas. Que un partido se financie ilegalmente. Que entre tantos surjan algunos chorizos. Incluso que un gobierno regional nacionalista se rebele contra el Estado al que pertenece. Son cosas que pasan. Lo incomprensible e inaceptable es que quien puede y deba no reaccione con rapidez, contundencia y eficacia. Dejar que los temas se pudran hasta que el hedor sea insoportable es propio de un mal gobernante, aunque sea gallego.

En estos ocho años han surgido en España problemas extremadamente graves y un presidente del gobierno incapaz de afrontarlos debería quitarse de en medio para dar paso a quien al menos quisiera intentarlo. Sólo por su ineptitud para evitar que un fanático sectario, repugnante xenófobo racista y enfermo de odio a España nombrado a dedo por un prófugo gobierne Cataluña, aunque lo haga como el perro sumiso a la voz de su amo, debería marcharse. Pero qué torra más le da a don Mariano.

No obstante, al Estado español menospreciado chuleado, toreado y ultrajado por este fantoche, por sus compinches y por el «puto amo» (Rahola), le quedaba hasta ayer un as en la manga para asestar un golpe a la insurrección secesionista: su Jefe. El Rey. Felipe VI tenía en sus manos la preciosa oportunidad de catapultar el prestigio de la Corona negándose a firmar el nombramiento de este indigno presidente títere de la Generalidad catalana en el BOE. Se hubiese metido a España en el bolsillo para siempre, media Cataluña incluida. Pero eso ya no tiene remedio. Y sí da. Mucho.

 

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Cobardía
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Fernando Sáez Aldana | 10-05-2018 | 04:25| 0

Aunque Cristina Cifuentes ya es un cadáver político, cuyos restos no han sido respetuosamente inhumados sino arrojados a los perros por el telediario, su caso me inspira dos reflexiones sobre un vicio moral tan mal visto como practicado en estos decadentes tiempos: la cobardía.

Con respecto a la primera, siempre me llama la atención que incluso los delincuentes pillados in fraganti cometiendo una fechoría nieguen haberla cometido y se declaren inocentes o traten de justificarse como si la policía, los tribunales y la opinión pública fuésemos idiotas. Ahora resulta que ese indeseable del Chicle estranguló a su víctima «involuntariamente», y, en el otro extremo de la gravedad delictiva, que Cifuentes no sólo retiró el envoltorio de dos cremas antiedad en un Eroski y se las metió al bolso debido a un «error involuntario» sino que aseguró haberla comprado en otro sitio hasta que le demostraron que mentía. Se entiende que alguien ceda al impulso de hacer algo indebido, pero incluso la peor bajeza puede merecer cierta redención o al menos compresión si uno tiene el coraje de reconocer que actuó mal y de mostrarse arrepentido. Sucumbir a la tentación es debilidad. Negarlo, indignidad y cobardía. A lo hecho, pecho.

La segunda se refiere a la implacable destrucción del personaje público utilizando aspectos poco edificantes de la persona privada como práctica indecente de la lucha política. A Cifuentes no la han despojado de la presidencia de Madrid ni han arruinado su carrera política por métodos democráticos, como una moción de censura o unas elecciones, sino con maniobras tan feas como ilegales, perpetradas por indignos enemigos políticos —de su propio partido, parece— que se mueven en la guerra sucia como ratas en el albañal. La moderna caza de brujas consiste en rastrear el pasado de personajes públicos relevantes en busca de alguna de esas meteduras de pata humana en la vida privada con la que destrozarlo públicamente. Un desliz sexual, un tuit desafortunado, un hurto de poca monta, una falsificación de firma irrelevante, un positivo en el alcoholímetro tras una cena familiar o un escamoteo de IVA en la factura del fontanero, aún legalmente prescritos, pueden acabar con las carreras de un gobernante, un catedrático, una estrella del cine, un premio Nobel o un director de orquesta sin importar la excelencia demostrada en el desempeñado de su cometido público por el que sí debería ser evaluado.

En esta sociedad integrista de la corrección política hay demasiado odio, demasiada intolerancia, demasiado sectarismo, demasiada hipocresía. Demasiado pecador, anónimo, rencoroso y cobarde, arrojando las piedras que merecería recibir con más motivo que el lapidado. O lapidada.

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Alarma
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Fernando Sáez Aldana | 03-05-2018 | 05:13| 0

Se desconoce dónde está instalada, cómo y quien lo hizo. Nadie la ha visto u oído, pues carece de sirena estridente y luz roja. Tampoco se sabe quién acciona el dispositivo que la pone en marcha, ni cuándo ni por qué. Pero para ese mundo socio-político-mediático-reticular paralelo al de la gente normal y corriente, la alarma social existe y no para de sonar.

Una alarma es un aviso de que se acerca un peligro, real e inminente o temido por posible aunque puede que improbable. También es el medio empleado para propagarla, antaño campana, tambor o almenara y hogaño, mayormente, las redes fecales y los medios de comunicación. Los sociólogos entienden por «alarma social» el desasosiego, recelo y/o miedo provocados por el comportamiento de otras personas. Y en los últimos tiempos de esta cutre sociedad de baja estopa que estamos confeccionando, entre esas personas ocupan un lugar preferente los jueces y fiscales encargados de ejercer uno de los tres poderes independientes sobre los que se sustentaría un Estado de derecho.

España es un país plagado de sabelotodos, sabihondos y sabidillos, de gente que no sabe casi nada pero cree saberlo casi todo. Con respecto a mi profesión, la Facultad de Medicina de Google ha producido millones de licenciados y hasta doctores que por haber leído unas líneas divulgativas son capaces de indicar pruebas, alcanzar diagnósticos y prescribir tratamientos cuestionando la experiencia de colegas con décadas de práctica. Pero aún entiendo menos lo de esa gente, se conoce que docta también en leyes, que se echa a la calle segundos después de hacerse pública una sentencia redactada en cientos de folios que nunca leerán —ni entenderían aunque lo hicieran— para condenarla porque no coincide con la suya.

Ha ocurrido con el caso de «La manada» (los chicos no tratan de engañar a nadie: una manada es un grupo de animales que andan juntos), que no caeré en la ligereza de juzgar porque ni estuve en aquel portal ni he asistido a las sesiones de la vista ni he leído la sentencia ni su voto particular. Pero sí diré que la pena impuesta a los susodichos animales no me resulta tan alarmante como que masas de ignorantes jurídicos se agolpen ante los juzgados vociferando contra los magistrados y, más aún, que políticos y hasta el mismísimo ministro del ramo se posicionen tras la demagógica pancarta del populismo justiciero. Sí me alarma, y mucho, que chusmas disconformes con sus decisiones acosen a jueces y a sus familias, que docentes humillen en clase a alumnos por ser hijos de guardias civiles y que los gobernantes navarros apoyen a los matones de Alsasua. Estos graves atentados contra las reglas de juego básicas de la convivencia en democracia sí deberían disparar todas las alarmas en una sociedad sana. El alarmante problema es que la nuestra, al parecer, no lo está.

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Sin perdón
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Fernando Sáez Aldana | 26-04-2018 | 05:16| 0

«Matar a un hombre es algo muy duro; le quitas todo lo que tiene, y todo lo que podría tener…». (Clint Eastwood, Sin perdón).

En el ámbito civil de nuestra cultura de la corrección, la palabra perdón, o mejor dicho, el concepto que encierra, están muy devaluados. Es la coletilla que usamos antes de preguntarle algo a un desconocido sin ánimo de molestar, o para disculpar el roce de nuestro cuerpo con el de otro, o para exigir a un niño que reconozca lo mal que se ha portado sabiendo que solo con pronunciarla quedará exculpado. Por otro lado, el concepto católico del perdón es la absolución de los pecados tras los preceptivos arrepentimiento-contrición, confesión y cumplimiento de la penitencia que da nombre al sacramento, con lo que la cartilla de los puntos se queda de nuevo en cero.

Gustavo Bueno distinguió con lucidez entre el vacío convencionalismo social del perdón y el arrepentimiento, que para el polémico filósofo no es el cosquilleo del remordimiento sino la negación del propio ser, por lo que su única salida sería el suicidio (como hacen muchos parricidas, infanticidas y suegricidas ejemplarmente arrepentidos).

Todo en la triste historia de ETA es miserable. Igual de miserables han sido los desalmados ejecutores de los crímenes que los despreciables políticos que los justificaban que los indignos ciudadanos que jaleaban las hazañas de los asesinos y votaban a sus voceros. Los matones, sus compinches y sus simpatizantes fueron miserables en los años de plomo, lo han sido en las treguas-trampa y siguen siéndolo incluso cuando simulan pedir perdón sin sentir arrepentimiento. Y aunque lo sientan: «El arrepentimiento no es virtud porque no sale de la razón. El hombre que se arrepiente es doblemente miserable» (Spinoza).

Cuando sus discípulos le preguntaron a Jesús cuántas veces debían perdonar a sus ofensores, ¿quizá siete?, les contestó que «hasta setenta veces siete» (Mt 18:22), así que son 490 veces, lo que deja a los verdugos etarras, a sus justificadores y a sus aplaudidores sin perdón posible. Además, toda esa inmundicia humana no merece el perdón sino la condena permanente y no revisable al desprecio de sus víctimas y de todos los ciudadanos moralmente decentes.

No caigamos en el error de entrarles al trapo del perdón-trampa. A un canalla no se le puede exigir que sienta verdadero arrepentimiento porque aunque lo proclame será falso. Yo estoy con Bueno y Spinoza. Si de verdad se arrepienten de lo que han hecho, dado que aún conservan las pistolas ya saben donde tienen que apuntar y apretar el gatillo para demostrarlo. Sólo entonces nos lo creeremos.

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Por el San Millán
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Fernando Sáez Aldana | 19-04-2018 | 05:05| 0

Hace once años escribí una columna titulada «Premios» que distinguía dos clases: los que prestigian a los premiados y los que se prestigian por ellos. El modelo de los primeros son los Nobel, huelga explicar por qué. Y como ejemplo de los segundos propuse los hoy Princesa de Asturias, «que empezaron como una ocurrencia provinciana y a base de premiar a gente muy famosa pero con un residuo de vanidad sin satisfacer han consolidado su relumbrón». Es cierto, tú creas los premios Villa de Turruncún para ruinosos octogenarios famosos en activo, se los concedes a Clint Eastwood, Mick Jagger, Akihito y Benedicto XVI y como los acepten ya tienes consolidado para siempre un Premio de postín mundial, si te llegan vivos a la ceremonia de entrega.

Con respecto a los premios literarios también hay dos tipos: los que se conceden como reconocimiento a un escritor consagrado, como el Cervantes, y los que exigen presentarse con una obra concreta, como el Nadal, el Planeta o, aquí en casa, el Ciudad de Logroño. Este último, inicialmente de novela, nació en 2006 premiado con 90.000 eurazos y publicación. Entonces un servidor opinó públicamente que en España había ya demasiados premios literarios, aunque casi ninguno dotado de semejante pastón, que el Logroño acabaría siendo uno más y que cuánto mejor instituir el Premio San Millán de la Cogolla de Literatura en Lengua Española con vocación de competir con el mismísimo Cervantes (dotado con 125.000). Como no habría que presentarse, la adjudicación sería tan sencilla como ofrecérselo a alguno de los eternos aspirantes al Cervantes, que hay muchos y muy buenos, dárselo (lo aceptarían encantados) y a tirar leguas.

Veinte años después del subidón que siguió a la declaración de Yuso y Suso como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, San Millán languidece paralelamente al devaluado premio Logroño, que ya no es ni de novela y ha reducido su dotación a 20.000, que, a ver, más que el Nadal todavía. El San Millán supondría una revalorización no sólo de nuestros monasterios, que verían afianzado su prestigio como cuna del castellano escrito (y del vascuence) frente a sus competidores, sino de La Rioja como patrocinadora de uno de los dos certámenes literarios más importantes del segundo idioma más hablado en el mundo. Y todo por pongamos sus primitivos 90.000, una migaja de los 1.500 millones largos de presupuesto de esta Comunidad.

Esto, como digo, lo propuse en plena era Sanz, pero como nadie me hizo caso relanzo la idea con la promesa de reconocer que no fue mía sino de alguien del gobierno con tal de que cuaje.

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